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JAQUE AL MIEDO , Kay Hooper

Prólogo

Cinco años atrás

—Shhhhh.

Emitió aquel sonido en voz alta, consciente sólo a medias.

—Shhhhh. —Era, sin embargo, apenas un susurro. Menos que eso.

Tenía que quedarse callada.

Él podía oírla.

Podía enfadarse con ella.

Podía cambiar de idea.

Se quedó muy quieta y procuró hacerse muy pequeña. «No llames su atención. No le des motivos para cambiar de idea.»

De momento había sido afortunada. Afortunada o lista. Porque él se lo había dicho, le había dicho que era una buena chica y que por eso no le haría daño. Lo único que tenía que hacer era tomarse la medicina y dormir un rato y luego, cuando se despertara, quedarse quieta y callada un poco más.

«Cuenta hasta quinientos cuando te despiertes —había dicho él—. Cuenta despacio.» Y cuando acabara…

—Cuando acabes, yo me habré ido. Entonces puedes moverte. Puedes quitarte la venda. Pero hasta entonces no, ¿entendido? Si te mueves o haces algún ruido antes, lo sabré. Y tendré que hacerte daño.

Pareció tardar una eternidad en contar hasta quinientos, pe­ro por fin acabó. Entonces dudó un momento. Y contó hasta seiscientos, sólo para asegurarse. Porque era una buena chica.

Él la había tumbado de espaldas, de modo que tuviera las manos bajo las nalgas y su propio peso las sujetara, planas e inmóviles. Así no tendría que atárselas, le había dicho él. Ella podía poner las manos debajo del cuerpo como una buena chica, o si no él la ataría.

Tenía una pistola.

Ella pensó que seguramente ya se le habrían dormido las manos; tenía la impresión de que la medicina la había hecho dormir mucho tiempo. Sin embargo, seguía dándole miedo mover­se: temía que él estuviera cerca, en alguna parte, vigilándola.

—¿Está… está ahí? —susurró.

Nada. Sólo el sonido de su propia respiración.

Se estremeció, no por primera vez. Hacía mucho frío y algo de humedad. El aire que respiraba olía a rancio. Y en un rinconcito de su cabeza, al fondo, en la oscuridad, donde yacía agazapada una niña aterrorizada, se agitaba una idea que ni siquiera se atrevía a contemplar.

No. Eso no.

No era eso.

Comenzó a sacar con cautela la mano derecha de debajo del cuerpo, muy lentamente. Se le había entumecido, sentía pinchazos y un hormigueo intenso, una sensación tan escalofrian­te co­mo de costumbre. Apoyó la mano junto a la cadera y flexionó los dedos despacio mientras la sangre volvía a ellos. Le dieron ganas de llorar o reír. Sacó la mano izquierda y también la flexionó.

Sin querer admitir por qué lo hacía, deslizó las manos hasta la parte alta de los muslos y las subió luego por el torso, sin alargar los brazos, sin extenderlos de manera natural. Las deslizó hacia arriba, hasta que tocó la venda que le cubría los ojos.

Oyó que su aliento se quebraba en un pequeño sollozo.

No. No era eso.

Porque ella era una buena chica.

Empujó la venda hacia arriba, sobre su frente, sin abrir los ojos. Respiró hondo y procuró no pensar en lo estancado y den­so que parecía el aire.

Por fin abrió los ojos.

Oscuridad. Una negrura tan completa que tenía peso y sustancia.

Parpadeó, volvió la cabeza adelante y atrás, pero no vio na­da. Sólo… negrura.

En aquel remoto rincón de su cabeza, la niña gemía.

Lentamente, centímetro a centímetro, alargó las manos. Todavía tenía los codos doblados cuando sus manos tocaron algo sólido. Parecía… madera. La empujó. Con fuerza. Con más fuer­za aún.

No cedió un ápice.

Intentó no dejarse dominar por el pánico, pero para cuando sus manos acabaron de explorar la caja en la que yacía, un grito acechaba ya al fondo de su garganta. Y cuando la niña agazapada en aquel rinconcito de su mente le susurró la verdad, el gri­to escapó por fin.

«Te ha enterrado viva.»

«Y nadie sabe dónde estás.»

 

 

—Te digo que es inútil. —La voz del teniente Pete Edgerton era de una suavidad y una afabilidad poco frecuentes en un detective de crímenes violentos, pero en ese momento sonaba áspera. Y llena de reticente certeza—. Está muerta.

—Enséñame un cuerpo.

—Luke…

—Hasta que puedas enseñarme un cuerpo, no voy a dar por perdida a esa chica. —La voz de Lucas Jordan era, como siempre, calmada, pero en ella acechaba, también como siempre, cier­ta intensidad. Cuando Lucas se dio media vuelta y salió de la sa­la de reuniones, fue con el paso vivo y rápido de un hombre en excelente forma física que poseía energía suficiente para otros dos hombres. Quizá para tres.

Edgerton exhaló un suspiro, se volvió hacia los otros inspectores repartidos por la habitación y se encogió de hombros.

—La familia lo contrató y tiene el respaldo del alcalde, así que no tenemos autoridad para decirle que se largue.

—Dudo que nadie pudiera decírselo —dijo Judy Blake en un tono entre admirado y escéptico—. No dejará de buscar has­ta que encuentre a Meredith Gilbert. Viva o muerta.

Un detective que estaba inspeccionando el montón de archivos que tenía delante sacudió la cabeza cansinamente.

—En fin, tenga el don que dicen que tiene o no lo tenga, trabaja por su cuenta y puede dedicarse a un solo caso el tiempo que haga falta. Nosotros no podemos permitirnos ese lujo.

Edgerton asintió con la cabeza.

—Ya hemos invertido más tiempo y muchos más agentes de los que podemos dedicar a un solo caso de desaparición en el que no hay ni una sola pista, ni una sola prueba de que esa chi­ca fuera secuestrada contra su voluntad.

—Su familia está segura de que así fue —le recordó Judy—. Y Luke también.

—Lo sé. Yo también estoy seguro, o al menos tan seguro co­mo pueda estarlo de una corazonada. —Edgerton volvió a encogerse de hombros—. Pero tenemos otros casos atrasados y yo tengo órdenes que cumplir. La investigación sobre Meredith Gilbert queda oficialmente archivada.

—¿Ésa es también la conclusión de los federales? —pregun­tó Judy, y levantó las cejas al mirar a un hombre alto y moreno que permanecía apoyado tranquilamente contra un archivador, en una postura que le permitía observar a todos los que ocupaban la sala.

El agente especial Noah Bishop negó con la cabeza una so­la vez.

—La conclusión oficial del FBI es que no se ha cometido ningún delito federal. No hay pruebas de secuestro… ni de ninguna otra cosa que pueda implicar a la agencia. Y no se nos ha pedido que participemos oficialmente en la investigación. —Su voz era fría, como sus pálidos ojos grises de centinela. Lucía una media sonrisa, pero la cicatriz que zigzagueaba nítidamente por su mejilla izquierda hacía que aquella mueca resultara, más que agradable, amenazante.

—Entonces, ¿qué hace usted aquí? —preguntó con suavidad el mismo inspector de aire cansino.

—Le interesa Jordan —dijo Theo Woods—. Es eso, ¿no, Bi­shop? Ha venido a ver el numerito del médium. —El inspector tenía una actitud hostil, y se notaba, aunque resultaba difícil decir qué despreciaba más, si a los presuntos médiums o a los agentes federales.

El agente contestó con tranquilidad:

—He venido porque cabía la posibilidad de un secuestro.

—Y supongo que es una mera coincidencia que haya estado vigilando a Jordan como un halcón.

Con una risa suave y desprovista por completo de humor, Bishop afirmó:

—Las coincidencias no existen.

—Entonces, está interesado en él.

—Sí.

—¿Porque dice ser un médium?

—Porque es un médium.

—Eso son bobadas y usted lo sabe —dijo Woods—. Si de verdad tuviera poderes, ya habría encontrado a esa chica.

—Las cosas no funcionan así.

—Ah, claro, lo olvidaba. No se puede pulsar simplemente un interruptor para obtener todas las respuestas.

—No. Por desgracia, eso ni siquiera puede hacerlo un médium auténtico y con un don especial.

—Como usted bien sabe.

—Sí. Como yo bien sé.

Edgerton, consciente tanto de la irritación que bullía en la sala como del resentimiento que al menos algunos de sus inspectores sentían hacia el FBI y sus agentes, intervino para decir con calma:

—Eso ahora no importa, al menos en lo que a nosotros respecta. Como decía, la investigación sobre el caso Gilbert queda cerrada. Hay que pasar página.

Judy mantenía la mirada fija en Bishop.

—¿Y usted? ¿También va a pasar página? ¿Va a volver a Quantico?

—Yo —contestó Bishop— voy a hacer lo que vine a hacer aquí. —Salió de la sala sin apresurarse, tan aparentemente tranquilo y despreocupado como Lucas Jordan, tenso y reconcentrado.

—No me gusta ese tipo —anunció Theo Woods innecesariamente—. Tiene unos ojos que te taladran. Eso sí que es una mirada de largo alcance.

—¿De veras creéis que anda detrás de Luke? —preguntó Ju­dy a la sala en general.

Edgerton dijo:

—Puede ser. Mis fuentes afirman que Bishop está forman­do una unidad especial de investigación, pero no he podido averiguar por qué es tan especial.

—Santo cielo, ¿no creerás que está reuniendo a un montón de falsos médiums? —preguntó Woods, incrédulo.

—No —contestó Edgerton con una última mirada hacia el agente federal—. No creo que nada falso le interese.

 

 

Bishop supuso que las especulaciones se desatarían a su espalda en cuanto saliera de la sala de reuniones, pero, aparte de anotar mentalmente que debía añadir a Pete Edgerton a su lista creciente de policías que en el futuro podían sentirse inclinados hacia su Unidad de Crímenes Especiales, no pensó más en ello. Fue en busca de Lucas Jordan y, tal como esperaba, lo encontró en el pequeño despacho sin ventanas que le habían cedido a regañadientes.

—Te dije que no estaba interesado —dijo Lucas en cuanto Bishop apareció en la puerta.

Bishop se recostó en la jamba y observó cómo Lucas guardaba sus copias de los innumerables papeles que acompañaban siempre a un caso de desaparición.

—¿Tanto te gusta ir a tu aire? —preguntó cálidamente—. Trabajar solo tiene sus desventajas. Nosotros podemos ofrecerte apoyo y recursos que difícilmente encontrarías en otra parte.

—Es posible. Pero odio la burocracia y el papeleo —contes­tó Lucas—. Y de eso tiene el FBI en abundancia.

—Ya te dije que mi unidad es distinta.

—Pero sigues teniendo que informar al director, ¿no?

—Sí.

—Entonces no es tan distinta.

—Pretendo asegurarme de que lo sea.

Lucas se detuvo un momento y miró a Bishop con el ceño ligeramente fruncido, más curioso que incrédulo.

—¿Sí? ¿Y cómo piensas hacerlo?

—Mis agentes no tendrán que implicarse en el funcionamiento interno de la agencia; de eso me ocuparé yo. Llevo años labrándome una reputación, haciendo y pidiendo favores, y apretando alguna que otra tuerca para asegurarme de que tengamos toda la autonomía que sea posible para llevar a cabo nuestras investigaciones.

Lucas dijo con tono algo burlón:

—¿Y qué? ¿No hay normas?

—Tú sabes que sí. Pero normas razonables, aunque sólo sea para tranquilizar a los peces gordos y convencerlos de que no estamos actuando bajo cuerda. Tendremos que ser cautelosos al principio, muy discretos, al menos hasta que tengamos un historial sólido de casos resueltos con éxito.

—¿Tan seguro estás de que habrá éxitos?

—No estaría haciendo esto, si no estuviera seguro.

—Sí, ya. —Lucas cerró su maletín con un chasquido—. Te deseo suerte, Bishop, de veras. Pero yo trabajo mejor solo.

—¿Cómo puedes estar tan seguro si nunca has trabajado de otro modo?

—Porque me conozco.

—¿Qué me dices de tu don?

—¿Qué pasa con él?

Bishop sonrió ligeramente.

—¿Hasta qué punto lo conoces? ¿Entiendes lo que es, cómo funciona?

—Lo entiendo lo suficiente como para usarlo.

Bishop dijo con premeditación:

—Entonces, ¿por qué no encuentras a Meredith Gilbert?

Lucas no mordió el anzuelo, pero se le crispó un poco el semblante.

—No es tan sencillo y tú lo sabes.

—Quizá debiera serlo. Quizá sólo haga falta la práctica y el entrenamiento adecuados para que un médium sea capaz de controlar y utilizar sus habilidades más eficazmente como herramientas de investigación.

—Y quizás estés desbarrando.

—Demuéstrame que me equivoco.

—Mira, no tengo tiempo para esto. Tengo que encontrar a la víctima de un secuestro.

—Muy bien. —Bishop apenas vaciló antes de añadir—: Es el miedo.

—¿Qué?

—Es el miedo lo que captas, lo que intuyes. La señal electromagnética específica del miedo. El miedo de la víctima. Eso es lo que tu cerebro está equipado para percibir, telepática o empáticamente.

Lucas se quedó callado.

—¿Qué es lo que captas, sus pensamientos o sus emociones?

—Ambas cosas —contestó Lucas de mala gana.

—Entonces, sientes su miedo y conoces sus pensamientos.

—El miedo es más fuerte. Más seguro. Los pensamientos, si los capto, son sólo susurros. Palabras, frases. Energía mental estática.

—Como una emisora de radio que se sintonizara y se de­sintonizara.

—Sí. Algo así.

—Pero es el miedo lo que primero te conecta con ellos.

Lucas asintió con la cabeza.

—Cuanto más fuerte es el miedo, más intensa es la conexión.

—Generalmente, sí. La gente se enfrenta al miedo de modos distintos. Algunos lo entierran o lo refrenan hasta tal punto que nada se escapa. A ésos, tengo problemas para captarlos.

—¿Es el miedo a estar… perdido?

Lucas sostuvo la mirada fija del agente federal. Por fin se encogió de hombros y dijo:

—El miedo a estar solo. A que te cojan, a estar atrapado. Indefenso. Sentenciado. El miedo a morir.

—¿Y cuando dejas de sentirlo?

Lucas no respondió.

—Es porque están muertos.

—A veces.

—Sé sincero.

—Está bien. Normalmente, sí. Normalmente, dejo de captarlos porque ya no hay miedo que sentir. Ni pensamientos. Ni vida. —El solo hecho de decir aquello en voz alta le hizo enfadar, y no intentó ocultarlo.

—Como ahora. Con Meredith Gilbert.

—La encontraré.

—¿Sí?

—Sí.

—¿A tiempo?

La pregunta quedó suspendida en el aire, entre los dos, durante un largo silencio; luego, Lucas recogió su maletín y dio los dos pasos necesarios para llegar a la puerta.

Bishop se apartó sin decir nada.

Lucas pasó a su lado, pero se volvió antes de llegar a la escalera. Bruscamente, dijo:

—Lo siento. No puedo encontrarla por ti.

—¿Por mí? Meredith Gilbert está…

—A ella no. A Miranda. No puedo encontrar a Miranda por ti.

La expresión de Bishop no se alteró, pero la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda palideció, haciéndose más visible.

—Yo no te lo he pedido —dijo después de una pausa momentánea.

—No hacía falta. Capto el miedo, ¿recuerdas?

Bishop no dijo ni una palabra. Se quedó allí y vio alejarse a Lucas hasta que éste se perdió de vista.

 

 

—He estado a punto de no llamarte —dijo Pete Edgerton cuando Bishop se reunió con él en la carretera que pasaba por encima del barranco—. Si te soy sincero, me sorprende que todavía andes por aquí. Hace tres semanas que cerramos la investigación.

Bishop no comentó nada al respecto. Se limitó a decir:

—¿Jordan está ahí abajo?

—Sí, con ella. Aunque no queda gran cosa. —Edgerton mi­ró con fijeza al agente federal—. No tengo ni idea de cómo la encontró. Ese don especial suyo, supongo.

—¿Causa de la muerte?

—Eso tendrá que dictaminarlo el forense. Como te decía, no queda gran cosa. Y lo que queda ha estado expuesto a los elementos y a los depredadores. No sé cómo murió, ni por lo que tuvo que pasar antes de morir.

—Ni siquiera estás seguro de que fuera secuestrada, ¿verdad?

Edgerton movió la cabeza de un lado a otro.

—Por lo poco que hemos encontrado ahí abajo, podría haber ido caminando por el borde de la carretera, haber resbalado y haberse caído. Puede que se diera un golpe en la cabeza o que se rompiera algún hueso y no pudiera volver a subir. Por aquí hay mucho tráfico, pero nadie se para. Podría haber estado ahí todo este tiempo.

—¿Crees que el forense será capaz de determinar la causa de la muerte?

—Me sorprendería. ¿A partir de huesos, unos cuantos jirones de piel y un poco de pelo? No habríamos podido identificarla tan pronto, o quizá nunca, si no fuera porque su mochila estaba casi intacta y dentro había muchas cosas con su nombre. Además, encontramos entre los huesos esa extraña pulsera de peltre que llevaba. Los análisis de ADN confirmarán que son sus restos, estoy seguro de ello.

—Entonces, no le robaron nada y el asesino no se llevó ningún trofeo.

—Si es que hay un asesino, no parece que se llevara ninguna de sus pertenencias, no.

Bishop asintió con la cabeza; luego se dirigió hacia un ancho hueco del guardarrail, que alguien debería haber reparado hacía tiempo.

—Te vas a estropear ese traje tan bonito —le advirtió Edgerton.

Bishop no respondió; se limitó a bajar por la empinada ladera y a internarse en el barranco. Pasó junto a un par de investigadores, pero no se detuvo hasta reunirse con Lucas Jordan en una zona pedregosa, a la sombra de un arbolillo torcido.

Lucas parecía muy distinto al hombre al que Bishop había visto por última vez. Estaba desaliñado, sin afeitar, enflaquecido, con la ropa informal arrugada como si hubiera dormido con ella. Si es que había dormido, naturalmente. Permanecía de pie, con las manos en los bolsillos de su cazadora vaquera, y miraba fijamente el suelo salpicado de piedras.

Lo que retenía su mirada eran restos dispersos que sólo un experto habría reconocido como humanos. Pedazos de hueso y jirones de ropa. Un mechón de pelo marrón chocolate.

—Ya se han llevado la mochila —dijo—. Se la entregarán a sus padres, supongo.

—Sí —contestó Bishop.

—Tú lo sabías. Desde que llegaste aquí, sabías que estaba muerta.

—No desde que llegué.

—Pero sí desde ese día.

—Sí.

Lucas volvió la cabeza y miró a Bishop con incredulidad.

—¿Y no dijiste nada?

—Sabía que estaba muerta. Pero no sabía dónde estaba. La policía no me habría creído. Su familia no me habría creído.

—Quizá yo sí.

—Tú no querías creerme. Tenías que encontrarla por ti mis­mo. Así que esperé a que lo hicieras.

—Sabiendo desde el principio que estaba muerta.

Bishop asintió con la cabeza.

—Dios mío, eres un cabrón despiadado.

—A veces.

—No digas que no te queda más remedio.

—Está bien. No lo diré.

Lucas hizo una mueca y volvió a fijar su mirada atormentada en el suelo y en los restos desperdigados de Meredith Gilbert.

—Esto acaba así muy a menudo. —Su voz sonaba infinitamente exhausta—. Con un cadáver o lo que queda de él. Porque no fui lo bastante rápido. Porque no fui lo bastante bueno.

—Murió una hora después de que ese tipo le pusiera las manos encima —dijo Bishop.

—Esta vez, puede ser. —Lucas se encogió de hombros.

Bishop juzgó el momento oportuno para añadir:

—Según las leyes de la ciencia, es imposible ver el futu­ro, saber de antemano lo que va a ocurrir. Es imposible que un investigador posea ese instinto. Yo no lo creo. Creo que la telepatía y la empatía, la telequinesia y la precognición, la clarividencia y todas las demás así llamadas facultades extrasensoriales pueden servirnos para afinar nuestras herramientas. Para hacernos, qui­zá, mejores. Para hacernos más rápidos.

Al cabo de un momento, Lucas volvió la cabeza y sostuvo la mirada fija de Bishop.

—Está bien. Te escucho.

ϒ

 

Dos días después, tras dormir veinticuatro horas y darse un par de duchas, Lucas se sentía considerablemente mejor y aparentaba estarlo.

—No hace falta que me hagas de niñera, ¿sabes? —dijo, empujando su plato y cogiendo su taza de café—. No voy a dejarte en la estacada. Dije que le daría una oportunidad a esa nueva unidad tuya y voy a hacerlo.

—Lo sé. —Bishop bebió un sorbo de café y se encogió de hombros—. Pero he pensado que, ya que vamos a ir al este, podíamos marcharnos temprano. El avión nos espera con los motores en marcha.

Lucas levantó las cejas.

—¿El avión? —dijo—. ¿Dispones de un avión del FBI?

Bishop sonrió ligeramente.

—Es un jet privado.

—¿Tienes un jet privado?

—No sólo estoy intentando montar una unidad en el FBI —contestó Bishop, muy serio—. También trato de organizar una estructura de apoyo ciudadano, una red de gente de fuera y dentro de las fuerzas de seguridad que crea en lo que intentamos conseguir. Ellos nos ayudarán de diversos modos, como facilitándonos medios de transporte rápidos y eficaces.

—De ahí el jet.

—Exacto. No es una carga para la unidad ni para la agencia, ni tampoco para el contribuyente. Sólo es una contribución generosa de un ciudadano de a pie que quiere echar una mano.

—Un día de éstos —dijo Lucas—, tienes que contarme có­mo surgió todo esto. A fin de cuentas, yo también entiendo de obsesiones.

—Tendremos tiempo de sobra para hablar.

Lucas dejó su taza sobre la mesa y murmuró:

—Pero me pregunto si lo haremos.

Bishop no contestó a su comentario; sólo dijo:

—Si has hecho las maletas y estás listo, ¿por qué no nos vamos?

—¿Antes de que cambie de idea?

—Bueno, no creo que vayas a hacerlo. Como tú mismo dices, los dos entendemos de obsesiones.

—Ya. Tengo la impresión de que el FBI no sabe en qué se es­tá metiendo en realidad.

—El tiempo lo dirá.

—¿Y si, cuando se den cuenta, cierran la unidad?

—No permitiré que eso pase.

—¿Sabes? —dijo Lucas con sorna—, casi te creo.

—Bien. ¿Nos vamos?

Salieron de la pequeña cafetería. Una hora después, iban en el coche alquilado de Bishop por la carretera del aeropuerto. Al principio, apenas hablaron. Casi habían llegado cuando Bishop preguntó por fin lo que sentía la necesidad de preguntar.

Con voz comedida dijo:

—¿Por qué no puedes encontrarla?

Lucas contestó inmediatamente; era evidente que esperaba la pregunta.

—Porque no está perdida. Se está escondiendo.

—¿Escondiéndose de mí? —Saltaba a la vista que a Bishop le costaba formular aquella pregunta.

—Sólo indirectamente. Tú sabes de quién se esconde realmente.

—Tiene miedo. Eso puedes sentirlo.

—Vagamente, a través de ti. Estuvisteis unidos en algún momento, supongo. Tu miedo por ella es el más intenso. Lo que cap­té de ella fue breve y muy tenue. Tiene miedo, pero es fuerte. Muy fuerte. Y segura de sí misma.

—¿Está a salvo?

—Tanto como puede estarlo. —Luke lo miró—. No puedo predecir el futuro. Eso también lo sabes.

—Sí —repuso Bishop—. Lo sé. Pero en algún lugar hay alguien que puede.

—Entonces, espero que encuentres a ese alguien —dijo Luke mientras volvía a fijar la vista en la carretera que se extendía ante ellos—. Igual que me encontraste a mí.

 

 

 

 

 

 

Capítulo uno

 

En la actualidad

Jueves, 20 de septiembre

 

 

 

—Shhhh. No hagas ruido —dijo él.

Era casi imposible, pero logró no gemir, ni gimotear, ni emitir ningún otro sonido tras la cinta adhesiva que tapaba su bo­ca. La venda le cegaba, pero antes de que aquel tipo se la pusiera, había visto bastante: su secuestrador tenía una pistola de gran tamaño, y estaba claro que sabía manejarla.

Su instinto le gritaba que luchara, que se defendiera, que huyera si podía.

Pero no podía. El momento de escapar, en caso de que hubiera habido alguno, había pasado. Tenía las manos y los tobillos atados con cinta aislante. Si intentaba siquiera levantarse de la silla donde estaba sentado, caería hacia atrás o de bruces.

Estaba indefenso. Eso era lo peor. No el miedo a lo que pudiera sucederle, sino la conciencia de que no podía hacer absolutamente nada por impedirlo.

Debería haber hecho caso de las advertencias, de eso estaba seguro. Aunque parecieran disparates, debería haberles prestado atención.

—Yo no voy a hacerte daño —dijo su secuestrador.

Inconscientemente, volvió un poco la cabeza hacia un lado; su mente ágil había advertido el leve énfasis de la primera palabra. ¿Él no iba a hacerle daño? ¿Qué significaba aquello? ¿Que se lo haría otro?

—No intentes descubrirlo. —La voz sonaba de pronto divertida, y tan despreocupada como desde el principio.

Mitchell Callahan no era ningún tonto. A lo largo de los años, había calibrado a muchos hombres poderosos; no se dejaba engañar por una voz suave y unas maneras aparentemente despreocupadas. Cuanto más indiferente parecía alguien, más probable era que te volara las pelotas, en sentido metafórico.

O literal.

«Ni siquiera puedo razonar con este hijo de puta.»

Aquélla era su idea del infierno: hallarse indefenso y sentirse incapaz de persuadir a aquel tipo.

—Seguro que tu mujer pagará el rescate. Luego podrás irte a casa.

Callahan se preguntó si la cinta adhesiva y la venda ocultarían su mueca refleja. ¿Su mujer? ¿La misma que estaba a pun­to de pedir el divorcio porque un día llegó a su oficina de improviso, pasada la hora de cierre, y lo encontró follándose a su secretaria encima de la mesa?

Sí, su mujer estaba deseando que volviera. Sin duda estaba ansiosa por pagar una pasta para salvarle el pellejo a un marido que la engañaba.

—No te preocupes. He pedido un rescate razonable. Tu mujer podrá conseguirlo fácilmente, imagino.

Callahan no pudo impedir que un sonido estrangulado escapara de él; luego, al echarse a reír su secuestrador, sintió que la vergüenza le abrasaba la cara.

—Naturalmente, puede que no quiera pagar cuando el detective privado al que ha contratado descubra que tu secretaria sólo es la última de la larga lista de mujeres con las que te has divertido. No sabes tener la bragueta abrochada, ¿eh, Mitchell? Y tu mujer es muy simpática. Se merece algo mejor. Deberías haber sido un marido bueno y respetable. No todo consiste en ganar mucha pasta, ¿sabes? Y, además, ¿para qué necesita el mun­do otra urbanización hecha en serie que estropee el paisaje?

Callahan sintió un escalofrío repentino. Su secuestrador estaba hablando demasiado. ¿Por qué dar a su víctima la ocasión de memorizar el sonido de su voz? ¿Por qué poner en evidencia lo mucho que sabía de su vida y sus negocios?

«Quizá porque sabe que no vas a tener ocasión de contárselo a nadie.»

—Inquietante, ¿verdad?

Callahan se sobresaltó: aquella voz baja había sonado junto a su oído. Suave y tranquila, amenazadora sin siquiera proponérselo.

—Que un extraño diseccione tu vida. Que te arrebaten to­do tu poder, toda tu seguridad. Estar completamente indefenso y ser consciente de que otro controla tu destino.

Callahan profirió sin querer otro sonido estrangulado.

—Así es, ¿sabes? Yo controlo tu destino. Al menos, hasta cier­to punto. Después, está en manos de otro.

Callahan se sorprendió no poco cuando de pronto le quitó la venda. Durante unos segundos, mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, sólo pudo parpadear. Luego miró, vio.

Y todo se hizo mucho más claro.

«Dios mío.»

 

 

 

Lunes, 24 de septiembre

 

 

—El rescate se pagó. —Wyatt Metcalf, sheriff del condado de Clayton, parecía tan enfadado como solía estarlo cualquier policía cuando ganaban los malos—. Su mujer no dijo nada por miedo, así que no nos enteramos hasta que todo había acabado, cuando Callahan no volvió a casa después de que ella dejara el dinero.

—¿Quién encontró el cuerpo?

—Un excursionista. En esta época del año, con el cambio de las hojas y todo eso, esto se llena de gente. Estamos rodeados de bosques y de parques nacionales, y los turistas nos salen hasta por las orejas durante semanas. Lo mismo pasa en toda la montaña de Blue Ridge.

—Así que el secuestrador sabía que el cuerpo sería encontrado rápidamente.

—Si no lo sabía, es que es idiota… o no conoce esta zona. —Metcalf observaba al agente federal, un tipo muy alto al que todavía intentaba tomarle la medida. Lucas Jordan no era, se decía el sheriff, un hombre al que fuera fácil calibrar de un plumazo. Saltaba a la vista que era un tipo enérgico, atlético, sumamente inteligente, cortés y de habla suave; pero tan visible como esos atributos resultaba la intensidad reconcentrada de sus llamativos ojos azules, una intensidad rayana en la ferocidad e igual de turbadora.

Un hombre ambicioso, evidentemente.

Pero ¿en qué consistía su ambición?

—Estamos reteniendo el cuerpo, como nos pidieron —le dijo Metcalf—. Los chicos de mi unidad forense se formaron en el laboratorio de criminología del estado y han dado unos cuantos cursos en el FBI, así que saben lo que hacen. Lo poco que encontraron aquí les espera a usted y a su compañera en comisaría.

—Supongo que no había nada revelante.

No era una pregunta, pero Metcalf contestó de todos modos.

—Si lo hubiera, no habría tenido que llamar a su Unidad de Crímenes Especiales.

Jordan le miró, pero volvió a fijar su atención en el terreno rocoso que los rodeaba sin hacer ningún comentario.

Consciente de que había hablado con tanta irritación como sentía, Metcalf contó hasta diez en silencio antes de volver a dirigirse a él.

—Mitch Callahan no era un santo, pero no se merecía lo que le ha pasado. Quiero encontrar al hijo de puta que le asesinó.

—Le entiendo, sheriff.

Metcalf se preguntó si en realidad lo entendía, pero no pu­so en duda su afirmación.

Jordan dijo casi distraídamente:

—Éste es el tercer secuestro que se denuncia en la parte oes­te del estado este año. En los tres casos se pagó el rescate y las tres víctimas murieron.

—Los otros dos fueron en condados ajenos a mi jurisdicción, así que sólo conozco los datos generales. Aparte de ser bastante ricas, las víctimas no tenían nada en común. El hombre rondaba los cincuenta años, era blanco, viudo y tenía un hijo; la mujer tenía treinta y cinco años, era de ascendencia asiática, estaba casada y no tenía hijos. Él murió asfixiado; ella, ahogada.

—Y Mitchell Callahan fue decapitado.

—Sí. Es muy raro. El forense dice que fue un corte muy rápido y extremadamente limpio; no lo hicieron con un hacha ni nada parecido. Quizá con un machete o una espada. —Metcalf tenía el ceño fruncido—. ¿No estará insinuando que esos casos estén relacionados? Esos otros secuestros fueron hace meses y me figuro que…

—¿Que fue una coincidencia? —Una tercera persona se unió a ellos. Era la compañera de Jordan, la agente especial Jaylene Avery. Tenía una sonrisa un tanto irónica—. Si le pregunta a nuestro jefe, le dirá que tal cosa no existe. Y suele tener razón.

—¿Has encontrado algo? —le preguntó Jordan. Ella había estado deambulando por el claro montañoso en el que había si­do hallado el cuerpo sin vida de Mitchell Callahan.

—No. Esto está muy cerca de una zona de descanso y un mirador. Mucha gente pasa por aquí. Pero tengo la impresión de que nadie se detiene mucho tiempo.

Metcalf tomó debida nota de su tono y su expresión, así co­mo de su postura y de los gestos que intercambiaba con su compañero: Jordan era el más veterano de los dos, pero Avery parecía confiar en la posición que ocupaba y sentirse completamente a gusto con él. El sheriff tuvo la impresión de que eran compañeros desde hacía tiempo.

Jaylene Avery, que parecía tan relajada como Jordan carga­do de tensión, era una mujer preciosa, de poco más de treinta años, con el pelo negro recogido severamente hacia atrás, un impecable cutis café con leche y ojos castaños e inteligentes. Su leve acento sureño indicaba que probablemente se sentía más cerca de casa allí, en Carolina del Norte, que cuando estaba en Quantico.

No como Jordan, cuya voz baja y serena, pero un tanto cortante y rápida, situaba su origen en algún punto muy al norte de allí.

—¿Qué esperaba encontrar? —le preguntó Metcalf a Ave­ry sin poder evitar que la tensión se reflejara en su voz.

Ella volvió a sonreír.

—Sólo intentaba hacerme una composición del lugar, sheriff, no estaba buscando nada que su gente o usted hubieran pasado por alto. A veces, con sólo retroceder un poco para tener una panorámica general, se descubren muchas cosas. Por ejemplo, después de pasearme por aquí, por la zona donde se encontró el cuerpo, puedo decir con bastante seguridad que nuestro secuestrador está en excelente forma física.

—Para traer el cuerpo hasta aquí, quiere decir.

—Sabemos que la víctima no murió aquí. Esta zona está lle­na de senderos, pero son senderos para excursionistas expertos, no para domingueros a los que sólo les interesa ver el paisaje: caminos rocosos y empinados que apenas se ven, a no ser que uno sepa dónde mirar. El solo hecho de llegar hasta aquí desde una de las rutas principales ya supone un gran esfuerzo, pero si además se acarrea durante todo el camino un bulto muy pesado y poco equilibrado desde el punto de vista ergonómi­co… No hay marcas de ruedas, ni de cascos, ni de que se haya arrastrado algo. Y el secuestrador no tuvo que cargar solamen­te con el cuerpo de un hombre de estatura superior a la media. También tuvo que traer la cabeza.

Metcalf se vio obligado a admitir que no había prestado mucha atención a la cuestión del traslado del cuerpo y de la cabeza cercenada.

—Comprendo lo que quiere decir. Debe de ser un toro y tener mucha suerte, si no se cayó y se partió el cuello por el camino.

Ella asintió.

—Este terreno es muy traicionero. Sabemos que se encontró rocío debajo del cuerpo, de modo que tuvo que traerlo de noche o bien por la mañana, muy temprano. Debía de llevar también una linterna.

Jordan añadió:

—De noche o por la mañana temprano; trajo el cuerpo cuan­do era menos probable que lo vieran. Fue cuidadoso. Muy cuidadoso.

—Puede que sólo tuviera suerte —le dijo Avery a su compañero.

Jordan frunció el ceño.

—No creo —dijo—. La pauta es demasiado clara, demasia­do marcada. Todas las víctimas fueron secuestradas en un momento del día en que era muy probable que estuvieran solas; las tres fueron retenidas entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas antes de morir; y, según las pruebas forenses, las tres fueron asesinadas después de que se pagara el rescate. En todos los casos, la llamada pidiendo el rescate se produjo un jueves, para dar tiempo a la familia a reunir el dinero y asegurarse de que los bancos, como era final de semana y tenían que pagar salarios, disponían de suficiente liquidez. Nunca ha pedido demasiado, sólo el límite máximo que los familiares podían conseguir. Planeó cada paso y mantuvo vivas a las víctimas, sin perder en ningún momento el control, hasta que tuvo el dinero en sus manos.

—Un sujeto con mucha sangre fría —comentó Metcalf.

Jordan, que comprendía exactamente lo que quería decir el sheriff, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Hace falta ser muy calculador y poseer una crueldad muy peculiar para pasar algún tiempo con alguien al que sabes que vas a matar. Una cosa es una víctima anónima y sin rostro, pero, si esa víctima se convierte en un individuo con personalidad propia, si se le pone cara a ese objeto, destruirlo resulta muchísimo más difícil.

Esta vez fue el sheriff quien arrugó el ceño.

—¿Cómo sabemos que pasó algún tiempo con ellos? Puede que los tuviera encerrados en una habitación o en un sótano, atados, amordazados, con una bolsa en la cabeza. Eso habría hecho yo. ¿Qué le hace pensar que se relacionó con ellos?

—Llámelo una corazonada.

—Eso no me sirve. —El ceño de Metcalf se hizo más profundo—. ¿Qué hemos pasado por alto?

Jordan y Avery se miraron.

—No han pasado nada por alto, sheriff —dijo ella—. Simplemente, hay cierta información que ustedes desconocían. Durante el último año y medio hemos estado siguiendo la pista a una serie de secuestros en el este y el sureste.

—Y la palabra justa es «siguiendo», porque solemos llegar demasiado tarde para ayudar a las víctimas —añadió Jordan casi en voz baja y con no poca amargura.

Su compañera le lanzó una breve mirada.

—Creemos que esos secuestros están conectados —le dijo al sheriff—. Y creemos que tanto éste como los otros dos que se produjeron en esta zona forman parte de esa serie. Desde luego, como dice Luke, cumplen la pauta.

—¿Un secuestrador en serie? Nunca había oído hablar de una cosa así.

Esta vez fue Jordan quien respondió.

—Porque la gran mayoría de los secuestros por dinero que tienen éxito se planean y llevan a cabo como acciones únicas. Ya viva o muera la víctima, el secuestrador consigue su dinero, normalmente lo suficiente como para llevar cierto tren de vida el resto de sus días, y desaparece para dedicarse a ello. Incluso cuando tienen éxito, muy pocos lo intentan una segunda vez.

Su compañera añadió:

—Hoy en día, es cada vez más difícil que un secuestro por dinero tenga éxito, y, debido a las complicaciones que implica, no es un delito frecuente.

Metcalf, que estaba pensando en esas posibles complicaciones, dijo:

—Los sistemas de seguridad electrónicos, los guardaespaldas, la vigilancia de rutina en los bancos y los cajeros automáticos, y ahora hasta en las calles… ¿Esa clase de cosas?

Jordan asintió con la cabeza.

—Exacto. Además de las penas cada vez más severas y de la simple logística necesaria para secuestrar y retener a una persona viva. Muchas víctimas acaban siendo asesinadas sencillamente porque es un engorro mantenerlas vivas el tiempo necesario.

—Pero no es eso lo que está pasando con ese secuestrador en serie, si es que existe.

—No. Él no deja nada al azar. El retener a sus víctimas en lugar seguro el tiempo que sea necesario es simplemente otro paso de su plan, un paso que, evidentemente, le enorgullece llevar a cabo con éxito.

—¿Y relacionarse con ellos es otro paso?

—Creemos que sí.

—¿Por qué lo creen?

Jordan y Avery volvieron a mirarse.

—Porque tenemos una superviviente —dijo él—. Y, según dijo, era un hombre muy cordial, muy hablador. La trataba co­mo una persona. A pesar de que es al menos posible que pretendiera matarla desde el principio.

 

 

Carrie Vaughn no era lo que se dice una persona con la que fuera fácil convivir, y ella era la primera en reconocerlo. Era terca, voluntariosa, extremadamente segura de sí misma y, después de veinte años viviendo sola, tenía unas costumbres muy arraigadas. Esperaba de sus amantes que se adaptaran a ella y no al contrario, y los que no habían sido capaces de aceptarlo apenas habían brillado un instante en la pantalla de su radar.

Por eso, posiblemente, rara vez salía con alguien.

Pero no le importaba. Casi siempre le gustaba estar sola. Su trabajo como diseñadora de software era al mismo tiempo lucrativo y creativo y, además, le permitía trabajar desde casa y viajar cuándo y dónde quería. Tenía una casa preciosa de la que estaba tremendamente orgullosa, sentía pasión por los rompecabezas y las películas antiguas y poseía la capacidad de divertirse hasta cuando estaba sola.

Era, además, muy mañosa, de modo que, cuando esa tarde de fines de septiembre se volvió inesperadamente fría y su bomba de calor se negó a funcionar, sacó su caja de herramientas del garaje y se dispuso a rodear la casa para echarle un vistazo.

—Eso es peligroso, ¿sabe?

Sobresaltada, Carrie se volvió y vio a una desconocida de pie en el camino de entrada a su casa. La mujer era quizá diez años más joven que ella, de mediana altura y complexión delgada, y tenía los ojos y el pelo más negros que Carrie había visto acompañar nunca a una tez tan pálida. No era exactamente bonita, pero sí, desde luego, llamativa; había algo curioso y exótico en sus ojos de densas pestañas y en su boca carnosa.

El voluminoso jersey que llevaba le quedaba una talla gran­de, y sus pantalones vaqueros estaban tan desgastados que parecían raídos, pero su porte erguido denotaba una especie de orgullo lleno de sencillez, y su voz tenía un deje al mismo tiempo fresco y confiado.

—¿Quién es usted? —preguntó Carrie—. ¿Y qué es peligroso?

—Soy Sam.

—Está bien, Sam. ¿Qué es peligroso?

—Su despreocupación. No tiene valla, ni perro, ni sistema de seguridad… y la puerta de su garaje lleva toda la tarde subida. No hay ningún vecino que viva lo bastante cerca como para oírla, si necesitara ayuda. Aquí está muy expuesta.

—Tengo un arma dentro. Dos, en realidad. —Carrie la miró con el ceño fruncido—. Y sé defenderme. Oiga, ¿ha estado vigilándome? ¿Quién es usted?

—Alguien a quien le preocupa que corra peligro.

—¿Y qué demonios le importa eso a usted?

Por primera vez, la mirada oscura de Sam vaciló, se desvió un instante y su boca se torció un poco antes de volver a afirmarse.

—Porque… no quiero que acabe como ese hombre. Ese tal Callahan. Mitchell Callahan.

Carrie no se sentía amenazada por aquella mujer ni le tenía ningún miedo, pero algo le decía que no se riera ni desdeñara lo que estaba oyendo.

—¿El promotor inmobiliario al que secuestraron?

—Y asesinaron, sí.

—¿Por qué iba a acabar como él?

Sam cambió levemente de postura y metió las manos en los bolsillos delanteros de sus pantalones.

—No hay razón para que acabe así… si tiene cuidado. Sólo le estoy diciendo que sea cautelosa.

—Mire —dijo Carrie, sin saber por qué permitía siquiera que aquella conversación continuara—, yo no soy la víctima ideal pa­ra un secuestro. Tengo algunos ahorros, claro, pero…

—No se trata de dinero.

—Los secuestros suelen ser por dinero.

—Sí. Pero no esta vez.

—¿Por qué no esta vez? ¿Y usted cómo lo sabe? —Mientras la más joven de las dos vacilaba, Carrie la observó atentamente. De pronto se dio cuenta de algo—. Espere un momento, yo la conozco. Más o menos. He visto su foto. En un cartel.

La fina cara de Sam se tensó.

—Es posible. Señorita Vaughn…

—Está con ese circo que hay en el recinto ferial. Se supone que es una especie de adivinadora. —Carrie notó que su voz subía de tono, indignada, y no se sorprendió. ¡Una adivinadora, por el amor de dios! En el cartel que anunciaba sus servicios como «Zarina, la vidente y médium que todo lo sabe», lucía un turbante.

Un turbante morado.

—Señorita Vaughn, sé que no quiere tomarme en serio. Créame, no es la primera vez que me pasa. Pero si quisiera…

—Debe de estar tomándome el pelo. ¿Qué pasa? ¿Es que ha leído las hojas del té y le han dicho que alguien va a secuestrarme? Por favor, no me venga con ésas.

Sam respiró hondo.

—El secuestrador, sea quien sea, estuvo en la feria —dijo rápidamente—. Yo no lo vi, pero estuvo allí. Se le cayó algo, un pañuelo. Yo lo recogí. A veces, cuando toco cosas, veo… La vi a usted. Atada, amordazada, con una venda en los ojos. Estaba en una habitación pequeña y vacía. Y tenía miedo. Por favor, sólo le pido que tenga cuidado, que tome precauciones. Sé que soy una extraña y que no tiene motivos para creerme, pero ¿qué puede perder por hacerme caso?

—Está bien —dijo Carrie—. Le haré caso. Tendré cuidado. Gracias por la advertencia, Sam. Ya nos veremos por ahí.

—Señorita Vaughn…

—Adiós. —Carrie se cambió de mano la caja de herramientas y volvió a entrar en la casa. Había decidido dejar para más tarde el echar un vistazo a la bomba de calor. Cuando unos minutos después miró por la ventana de la fachada, vio a Sam alejarse por el camino, en dirección a la carretera.

La observó con el ceño fruncido hasta que dejó de verla.

Su sentido común le decía que se sacudiera de encima aquella «advertencia» y siguiera con sus asuntos como habría hecho normalmente. No tenía una opinión muy formada respecto a las facultades psíquicas, pero era decididamente escéptica en lo referente a pitonisas, y no se sentía inclinada a creer a aquélla.

Pero…

No le haría ningún mal, se dijo, tomar unas cuantas precauciones sensatas. Cerrar con llave las puertas, ser precavida. Porque, después de todo, Mitch Callahan había sido secuestra­do y asesinado, y ella nunca habría creído que fuera la víctima más propicia para un secuestro.

De modo que cerró con llave las puertas y se puso a hacer otras cosas, pero pasaron una o dos horas antes de que aquella advertencia dejara de rondarle por la cabeza y se esfumara de su memoria.

 

 

—Supongo que veis un montón de salas como ésta —dijo la inspectora Lindsay Graham, dirigiéndose a los dos agentes federales.

Lucas Jordan paseó la mirada por la sala de reuniones, funcional aunque poco estimulante, del departamento del sheriff del condado de Clayton; luego intercambió una mirada con su compañera y dijo:

—Unas cuantas, sí. Siempre parecen iguales; sólo cambia la vista desde las ventanas. Si es que la hay.

Aquella habitación, situada en el centro del edificio, no tenía vistas, pero estaba bien iluminada, era espaciosa y parecía contener los muebles, el equipamiento y los suministros necesarios.

—De momento, el caso Callahan no ha generado mucho papeleo —dijo la inspectora Graham, señalando las carpetas que había sobre la amplia mesa—. Y todo el que hay es posterior a los hechos, dado que la señora Callahan nos avisó cuando el secuestrador ya tenía el rescate y su marido no aparecía. Tenemos su declaración, las de los compañeros de trabajo de la víctima, la del excursionista que encontró el cuerpo, el informe del patólogo y el de nuestra unidad de investigación forense.

—Teniendo en cuenta que os avisaron de la desaparición el sábado y que el cuerpo fue encontrado el domingo por la mañana, yo diría que os ha cundido mucho —dijo Jaylene Ave­ry—. Soy Jay, por cierto.

—Gracias, yo me llamo Lindsay. —La inspectora Graham apenas titubeó—. Maldita sea, no tenemos ni idea de quién es el secuestrador. El jefe dice que creéis que podría ser un secuestrador en serie.

—Podría ser —le dijo Jordan.

—¿Y lleváis siguiéndolo un año y medio?

—No nos lo recuerdes, por favor —dijo Jay en broma—. Siempre vamos un paso por detrás de él, y Luke se lo está tomando como algo personal.

Lindsay observó a Jordan, un hombre rubio y francamente atractivo, tomó nota de aquella mirada intensa y dijo:

—Sí, parece de los que se lo toman como algo personal. ¿Ha­ce listas? El sheriff las hace, y no lo soporto.

—Él jura que no, pero yo no le creo.

—Sigo en la habitación, señoras —dijo Jordan mientras se sentaba a la mesa de reuniones y elegía una carpeta.

Jay ignoró su comentario.

—También es un adicto al trabajo —confesó—. Hace cuatro años que somos compañeros y en ese tiempo no ha cogido vacaciones ni una sola vez. Ni una sola.

—El año pasado estuve en Canadá —objetó Jordan cálidamente.

—Fuiste a un seminario policial, Luke. Y al final pasaste ca­si una semana ayudando a la policía montada a encontrar a una adolescente desaparecida.

—Me pidieron ayuda. No podía negarme. Y volví descansado, ¿no?

—Volviste con un brazo roto.

—Pero descansado.

Jay suspiró.

—Eso es cuestión de opiniones.

Lindsay sacudió la cabeza.

—¿Nadie os pregunta nunca si lleváis mucho tiempo casados?

—De vez en cuando —dijo Jay—. Pero yo siempre les digo que no lo querría ni en pintura. Además de su perfeccionis­mo, que me saca de quicio, y de que es un adicto al trabajo, tie­ne uno de esos pasados oscuros y tormentosos que pondrían los pelos de punta a cualquier mujer sensata.

Jordan levantó una ceja. Se disponía a hablar cuando oyeron acercarse la voz del sheriff Metcalf. Sonaba un poco como un oso al que alguien estuviera pinchando con una vara afilada y molesta.

—No sé cómo demonios tiene la desfachatez de extrañarse porque no quiera volver a hablar con usted. Ya vino a verme la semana pasada, ¿recuerda?

—Para lo que sirvió… —La voz de la mujer no sonaba exactamente amarga, pero era algo afilada.

Lindsay, que por casualidad estaba mirando a Lucas Jordan, vio cambiar su semblante mientras aquella mujer invisible hablaba. El agente federal pareció dar casi un respingo, y una sorpresa momentánea, acompañada de algo mucho más inten­so, crispó sus facciones. Luego, su cara quedó totalmente inexpresiva.

Llena de curiosidad, Lindsay volvió la mirada hacia la puer­ta a tiempo de ver entrar al sheriff Metcalf, seguido por una mujer esbelta, de mediana estatura, con los ojos extremadamen­te oscuros y el pelo negro y corto peinado con descuido.

La mujer se detuvo en la puerta y sus ojos oscuros e insondables se dirigieron inmediatamente hacia Jordan. Como si, pen­só Lindsay, no sólo no se sorprendiera —como en cambio le había sucedido a él—, sino que esperara encontrarlo allí.

Fue él, sin embargo, quien primero habló.

—Veo que el circo está en el pueblo —dijo, arrastrando las palabras, y se recostó en la silla mientras la miraba desde el otro lado de la habitación.

Ella sonrió, quizás extrañamente, y dijo con voz seca:

—Es una feria ambulante, como muy bien sabes. Hola, Luke. Cuánto tiempo sin verte.

—Samantha.

Metcalf estaba sorprendido.

—¿Se conocen?

—Desde hace tiempo —contestó ella con la mirada aún fija en Jordan—. Obviamente, el señor Jordan estaba… visitando los bajos fondos… cuando nos conocimos.

Jordan fue el primero en apartar la mirada. Su boca se torció ligeramente.

—Hola, Samantha —dijo con tranquilidad su compañera.

—Jay.

—¿Llevas mucho en el pueblo?

—Un par de semanas. Vamos a estar en el recinto ferial otros quince días. —Clavó en Lindsay su mirada opaca e inclinó la cabeza—. Inspectora Graham.

Lindsay la saludó con una inclinación de cabeza, pero guar­dó silencio. Estaba con el sheriff cuando, a principios de la semana anterior, Samantha Burke se había presentado en comisaría. Su incredulidad entonces, al igual que la de Metcalf, había sido poco menos que hostil. Notó ahora que le ardía la cara al acordarse de su desdén.

Un desdén que había resultado desencaminado.

Porque la «vidente» de la feria había intentado advertirles, y ellos no la habían escuchado.

Y Mitchell Callahan había muerto.

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