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Capítulo 1
Algunas mujeres fantasean con una boda en la playa durante la puesta de sol, con las cálidas olas besándoles dulcemente los pies desnudos y bronceados. Otras se imaginan a sí mismas flotando hacia el altar en una nube de tul marfil. Theresa Falconetti soñaba con una ceremonia en la catedral de Saint Patrick, seguida de un paseo en un coche tirado por caballos que les condujera al lugar del banquete, el Plaza Hotel.
Y su sueño se estaba cumpliendo.
Mirando efusivamente a los ojos de su gran amor mientras dos imponentes sementales blancos les guiaban por la Quinta avenida, Theresa no podía dar crédito a su buena suerte. Un año antes había sido la copropietaria de una empresa de relaciones públicas en apuros, y ahora era la esposa de Miles van Dusen, arquitecto, jinete y coleccionista de cerámica sumeria. Se habían conocido en la boda de Elizabeth Taylor y Nicholas Cage, uno de los principales clientes de Theresa. Miles no tuvo más que preguntarle: «¿Te apetece un cóctel de gambas?» y Theresa sintió el flechazo; el profundo y sonoro tono de su voz fue su propio afrodisíaco. Para cuando sirvieron el sorbete de limón, supo que Miles era ÉL.
—¿Estás contenta, mi vida? —le murmuró Miles entre el cabello, bajo el abrazo de la fresca noche.
—Totalmente embriagada —suspiró Theresa, inclinando la cabeza para reposarla en su hombro.
—¿Theresa?
—¿Sí, mi amor?
—¡Jesús!, esto es nuevo.
Asustada, Theresa parpadeó. No estaba en ningún carruaje tirado por caballos, sino en una silla Aeron. Y quien pronunciaba su nombre no era el imaginario Miles van Dusen, sino Janna MacNeil, su socia.
—¿Estás bien?
—Perfectamente —respondió Theresa despreocupadamente, abochornada porque la hubieran sorprendido evocando una fantasía romántica tan fascinante que la había desvinculado totalmente del presente.
—¿Otra vez avanzando hacia el altar? —apuntó Janna con ironía.
—Tal vez —respondió Theresa, deseando volver a centrar la conversación en el trabajo—. ¿Dijiste que tenías una propuesta sobre un posible nuevo cliente?
—Es un restaurante —dijo Janna dando un sorbo a su café, adicción que compartía con Theresa. Su rutina desde el mismísimo día en que FM RP había abrieron sus puertas dos años atrás había sido y seguía siendo ésta: llegada a la oficina, repaso con un cafecito y, después, dedicación al trabajo cada una por su lado.
—Un restaurante —repitió Theresa pensativamente—. ¿Desde cuándo llevamos restaurantes?
—Desde que nuestro contable me dijo que tenemos que conseguir el máximo de clientes posible.
Theresa suspiró.
—Dispara.
—Es un negocio familiar de Brooklyn —empezó a explicar Janna leyendo los detalles de un papel que había en su inmensa mesa, tan grande que le hacía enana. Con su metro y medio y el pelo rubio y corto, físicamente era la antítesis de Theresa, cuyos negros rizos y largas piernas eran la envidia de infinidad de mujeres—. Cuenta con un montón de incondicionales locales pero los nuevos dueños, dos hermanos, quieren ampliar la clientela —continuó Janna—. Quieren atraer a los sibaritas de Manhattan. —Levantó la cabeza para mirar a Theresa.— ¿Tienes algo que hacer esta tarde?
—Creo que no.
—Entonces, ¿qué tal si vas y te reúnes con ellos? Yo tengo una entrevista con Mike Piazza.
—¿Mike Piazza? ¿De los Mets?
—No, Mike Piazza el fontanero. Pues claro que es el de los Mets —Jana la miró esperanzada.— Si pudiéramos conseguirlo, sería genial.
Theresa se acomodó en la silla. La cosa siempre parecía ir así: Janna se reunía con los famosos y enviaba a Theresa a dar un vistazo a lo que probablemente sería una pizzería pretenciosa. Antes de montar la agencia, Janna había trabajado como relaciones públicas para los Blades, una de las franquicias neoyorquinas de la Liga Nacional de Hockey, la NHL. Theresa había estado pidiéndole, erre que erre, que le presentara al nuevo fichaje, Alexei Lubov y el tío más bueno del equipo. Todavía tenía pesadillas al recordar lo sucedido el día en que vio cumplido su deseo: Lubov y ella habían salido y él la había intentado violar. Cuando finalmente se atrevió a presentar cargos contra él, la autoestima y la reputación de Theresa estaban prácticamente por los suelos, pero perseveró y finalmente llegó a un acuerdo extrajudicial. Con el dinero montó la empresa con Janna y juró rehuir para siempre a cualquier deportista profesional que no fuera Ty, marido de Janna y antiguo capitán de los Blades. Así que, de acuerdo, Janna podía atender a Mike Piazza El Met; era más que razonable.
—¿Y a qué hora quieren reunirse los hermanos de Brooklyn?
—A eso de las dos.
—Es factible. ¿Y dónde está el restaurante?
—En Bensonhurst.
—¿En serio? —Theresa estaba sorprendida. Había nacido y crecido en Bensonhurst. Su familia todavía vivía allí, y no cesaba de repetirle que ojalá ella también. Bensonhurst... Se estrujó los sesos intentando averiguar a qué restaurante familiar se estaría refiriendo Janna. Y entonces cayó en la cuenta.
—¿No me estarás enviando al Dante’s?
Con culpabilidad, Janna desvió la mirada.
—Sí.
—¡No puedo creer que me hagas esto!
El Dante’s era el restaurante donde los Blades celebraban todas sus fiestas privadas. De hecho, uno de los copropietarios era Michael Dante, un ala de la tercera línea del equipo. Había dejado un recuerdo imborrable en ella un par de años atrás, cuando Michael le había ofrecido una bebida sin darse cuenta de que se había olvidado de ponerse los dos dientes postizos de delante. En la boda de Janna y Ty, la había estado persiguiendo insistentemente para bailar. Lo había pasado mal al tenerlo rondando por ahí, pues le recordaba a todo lo que quería olvidar: un deportista que no aceptaba un no por respuesta.
—Me has engañado —la acusó.
—Lo sé —confirmó Janna—. Pero sabía que era la única manera de hacerte aceptar. Además, su hermano también estará.
—¿Y no puedes cambiar tu reunión con Piazza e ir tú?
—Es trabajo, Theresa. —A pesar de ser temprano Janna sonaba cansada.— A parte de que a ti esto se te da mucho mejor que a mí.
Theresa miró a su amiga con recelo:
—¿Qué es lo que se me da mejor?
—Pues valorar clientes potenciales, y decidir qué dirección debe tomar una campaña si es que finalmente nos contratan. Vamos, sabes que es así, y que a mí se me da mejor alimentar el ego de la gente y controlar los daños y perjuicios.
—Si eso es lo que crees, deja que yo vaya a ver a Piazza y ve tú a alimentar el ego de Michael Dante.
—Es curioso, Ter. No sé, nunca he acabado de entender qué es lo que tienes contra él. Es un tío majo.
—Un tío majo que me recuerda a todos y cada uno de los tipos italianos de Brooklyn con los que me crié. Como si no supieras que me mudé a la ciudad para evitarlos.
Janna hizo una leve mueca:
—Entonces intenta ser un poco abierta de miras cuando te reúnas con ellos, por favor. Nos vendría muy bien que nos contrataran.
—Actuaré con consumada profesionalidad —le garantizó Theresa, aunque mentalmente hacía acopio de injurias para soltarle a Dante si intentaba flirtear con ella. De acuerdo, se reuniría con él una vez. Necesitaban el cliente, así que lo haría.
Pero eso no implicaba que tuviera que gustarle.
—¡Dante! ¡Sal de la pista!
Al oír la voz de su entrenador, Michael Dante concluyó su sprint a lo largo de la pista y, con obstinada determinación, patinó hasta el banquillo donde estaba Ty Gallagher, cronómetro en mano. Michael estaba a punto de vomitar de agotamiento y auténtico dolor físico, pues Gallagher había insistido en que todo el equipo se pusiera a patinar en círculo a toda velocidad hasta próxima orden. Y de eso hacía ya veinte minutos, y después de un entrenamiento de hora y media.
—¿Qué pasa? —jadeó Michael agradecido por el alivio momentáneo. Deseaba poder desplomarse en el banquillo junto a Ty, pero sabía que lo interpretaría como una señal de debilidad. Así que, en vez de eso, se inclinó hacia delante apoyando el stick en las rodillas, intentando estabilizar su respiración y deshacerse de la punzada en el costado que le torturaba de dolor cada vez que cogía aire.
—Estás aflojando el paso —le gritó Ty—. Has empezado muy bien, pero en el último par de sprints ibas arrastrando el culo. Anoche saliste de juerga, ¿o qué?
—¡No! —Sabía que su tono de voz revelaba que se había puesto a la defensiva, pero no podía evitarlo. Si por Ty fuera, y a pesar de que hubo una época en que él mismo se aprovechó de todos los frutos que Manhattan tenía por ofrecer, a las nueve todos estarían en la cama con un vaso de leche caliente.
La diferencia estaba en que entonces Ty se las había arreglado para destacar también en la pista. Había sido uno de los jugadores legendarios de la NHL, con cuatro victorias en la copa Stanley en su carrera. Dos años atrás, como capitán de los Blades, había conducido al equipo a su segunda copa en un montón de años, y se había retirado antes de hacer el ridículo y estando todavía en plena forma. La temporada pasada los Blades no habían llegado a las eliminatorias y cuando su querido entrenador, «Tubos» Matthias, murió en un accidente de coche durante el verano la Kidco Corporation, que tenía el equipo, consiguió volver a pescar a Gallagher y lo convirtió en el entrenador mejor pagado de la NHL. Probablemente también fuera el más exigente, cabrón entregado y despiadado que no se andaba con miramientos con sus jugadores ni toleraba gilipolleces. A juzgar por el escepticismo de su rostro, Michael supuso que Ty no le creía.
—Te lo digo en serio —le prometió Michael. Su respiración era ya más sosegada, lo suficiente como para ponerse de pie—. Anoche me quedé en casa.
—¿Cómo así? —le chinchó Ty—. ¿Acaso habían cerrado todos los bares, restaurantes y discotecas de la ciudad?
«Por el amor de Dios, ¿es que no me vas a dar tregua?», suplicó Michael mentalmente. Desde que Ty cogió el mando del equipo, cualquier actividad que Michael realizara fuera de la pista eran la manzana de la discordia entre los dos. Ty consideraba que Michael llevaba una vida social «demasiado activa» y decía que mostraba una falta de compromiso con la profesión que había elegido. Chorradas. Michael llevaba diez años como jugador de hockey profesional, por lo que sabía que se podía perfectamente ser un jugador dedicado y tener una vida social decente al mismo tiempo. ¿Qué demonios quería Ty que hiciera? ¡Por Dios, si estaba soltero! Además, Nueva York era su ciudad. Había nacido allí, y era allí donde había aprendido a jugar al hockey... Todavía se le hacía un nudo en la garganta cuando se ponía a pensar en el primer partido de hockey profesional al que había asistido. Tenía seis años, y su padre, cuyos conocimientos deportivos no iban más allá del bocce, le llevó al Metropolitan Garden a ver a los Blades contra los Rangers. Fue en aquel lugar y en aquel momento cuando supo que quería convertirse en uno de esos fuertes chicarrones que recorrían la pista de hielo como por arte de magia. Y había hecho su sueño realidad.
Cuando los Blades lo ficharon tres años atrás arrebatándolo del Hartford estaba entusiasmado por poder volver a la ciudad, y a su regreso, la ciudad no hizo nada por ocultar la imperturbable adoración que le tenía. Era su «Mikey D.», el triunfante chaval local. Así que, ¿qué más daba si, como espetó Ty en una ocasión, no desperdiciaba la oportunidad de fotografiarse con algún fan? Le gustaba la gente. Le gustaba conocer a los neoyorquinos, hablar con ellos, descubrir qué era lo que les hacía vibrar. Y no sólo a los ricos que asistían a los actos de beneficencia y a las fiestas pijas. A Michael le gustaba hablar con la gente que conocía en el metro; con gente que se le acercaba cuando salía a hacer la compra; con gente corriente y trabajadora que le recordaba al barrio de donde él procedía, y aquello tenía más valor que su propio ego. Era buena gente. Neoyorquinos. ¿Qué había de malo?
Aun así, la insinuación de su entrenador de que estaba aflojando el paso le había molestado. Sabía que nunca sería un jugador ejemplar como lo había sido Ty. Pero era un jugador sólido, un luchador, un ala de la tercera línea de los de la vieja escuela. Era el tipo al que habían elegido para machacar a los defensas del equipo contrario. Cuando había que remontar un partido, era en él en quien confiaban. Tal vez no fuera el patinador más rápido del mundo, pero era célebre por su implacable y aplastante presión en defensa, y por su rechazo a echarse atrás. «Una presencia física formidable», le había halagado el New York Post en su primera temporada de vuelta a la ciudad. Así que, ¿qué intentaba decirle Ty? ¿Qué estaba perdiendo facultades?
—Está bien —le dijo Michael echando una mirada a sus compañeros, gran parte de los cuales parecían tan agotados físicamente como lo estaba él hacía tan sólo unos minutos—. Me concentraré en recuperar el ritmo, ¿vale?
—Concentrarse es precisamente la palabra clave —respondió Ty—. Tengo la sensación de que no estás totalmente centrado en lo que haces.
—Lo intento.
—Pues esfuérzate más. O si no tendrás que contentarte con ver jugar a van Dorn.
Paul van Dorn. El niño mimado. Un principiante. La segunda venida de Cristo al ruedo. Recién terminados los estudios, van Dorn fue adquirido por Lubov y ahora era uno de los jugadores más jóvenes de los Blades. Todavía no tenía una posición fija en el equipo, pero la situación podía cambiar si Michael o cualquiera de los otros jugadores se descuidaba o se quedaba atrás. Y van Dorn lo sabía. Parecía regocijarse sádicamente chinchando a algunos de sus compañeros por ser «unos abuelos». Pero con Michael era algo más personal. «Creía que a los abuelos italianos os gustaba sentaros en el jardín a cuidar los tomates», le soltó una vez en que Michael se estaba asfixiando en la bicicleta estática. Otra vez le preguntó a Michael si necesitaba ayuda para vestirse. «Engreído clasista de mierda».
Michael asintió a las palabras de Ty y volvió patinando a la pista.
El entrenador tenía razón: hoy no estaba totalmente centrado. Tenía la cabeza en la reunión que iba a tener aquella misma tarde en Brooklyn. Quería que la agencia de Theresa y Janna le ayudara a atraer a más clientes al restaurante que él y su hermano Anthony habían heredado de sus padres. Por desgracia, Anthony era el patrón de los hoscos hermanos mayores. También era el jefe de cocina del restaurante, y el mero hecho de pensar en cualquier cambio le horrorizaba. Para él, los cambios eran malos y punto. Anthony hacía veinte años que llevaba el mismo peinado, y llevaba tanto tiempo conservando sus trapos de los setenta que habían vuelto a ponerse de moda. Michael quería a Anthony, pero su estrechez de miras e inflexibilidad a menudo le sacaban de quicio. Sabía que cuando aquella tarde llegara al restaurante y le contara a su hermano que iban a reunirse con una relaciones públicas, éste empezaría a sacar espuma por la boca. Volarían cazos y sartenes e invocaría la inmunidad de sus padres. Michael ya se encargaría de esto más tarde. Ahora tenía que ocuparse de sus músculos, que pedían auxilio a gritos dentro de sus piernas.
Se sumó a sus compañeros de equipo y se entregó a fondo, recorriendo la pista con ellos de un lado al otro, de un lado al otro...
Theresa mascullaba entre dientes a medida que se apresuraba hacia la calle Ochenta y seis, camino del Dante’s, en la avenida Veinte. Se sentía culpable de estar en Bensonhurst y no tener la mínima intención de visitar a sus padres. Se imaginaba reiteradamente que se chocaba con su madre que volvía de comprar en el Santoro’s Pork Store o el Cuccio Brothers Cheese. Tras simular un infarto, su madre se pondría a lanzar un soliloquio melodramático sobre cómo su única hija tenía tiempo, por supuesto, de ir a Brooklyn por asuntos de trabajo, pero Dios le prohibía visitar a su familia más que un domingo al mes. El encuentro imaginario había sido tan real que Theresa empezó a defenderse en voz alta. Si esto no era una prueba de la facilidad que tenía su familia para crisparle los nervios, entonces no sabía qué era.
El Dante’s. Podría haberse mantenido en sus trece y haberle exigido a Janna que fuera ella. Pero últimamente Janna parecía muy estresada. Como si ella no lo estuviera... La idea de que igual tendrían que cerrar la agencia no le dejaba pegar ojo, y se pasaba las noches viendo cualquier porquería en la televisión, absorta en el nebuloso mundo de los infocomerciales y los televangelistas cuadriculados y farisaicos. Suspiró. Había cosas mucho peores en la vida que un encuentro con un deportista profesional; como quedarse sin trabajo.
Al doblar en la esquina de la avenida Veinte, se quedó asombrada por lo poco que había cambiado desde que era niña. Los negocios familiares de su infancia seguían allí, intactos. El Dante’s era exactamente como lo recordaba, una verdadera institución de Bensonhurst con un comedor de dimensiones aceptables, y una carta amplia y tradicional en la que se podía encontrar desde espagueti y albóndigas hasta ossobuco. Hasta hacía ocho meses, en que a su padre le diagnosticaron cáncer de pulmón, sus padres solían ir al Dante’s todos los jueves. Lo llamaban «la noche de su cita». Pero ahora su padre estaba demasiado fatigado y enfermo como para ir a ninguna parte. De nuevo se sintió culpable. Quizá cuando terminara la entrevista pasaría por su casa para darles una sorpresa.
Empujó la enorme puerta de madera tallada del restaurante y entró, a salvo del cálido aire de septiembre. Las luces estaban encendidas y el aire acondicionado, en marcha. Pero tras la barra de madera, larga y lustrada, no había nadie, y las mesas de la sala, cada una con su mantel, estaban vacías. Haciendo lo posible por ignorar los pobres cuadros de gondoleros venecianos y las fotografías de los párrocos locales que adornaban las paredes, llamó en voz alta: «¿Hola?». Un minuto después, por la puerta de vaivén de acero de la cocina apareció Michael Dante, frunciendo el entrecejo. Al ver a Theresa su expresión de enojo desapareció y se fundió en una gran sonrisa. «Ya empezamos», pensó Theresa.
—Theresa, me alegro de verte.
Theresa sonrió con educación:
—Igualmente. Veo que hoy llevas puestos todos los dientes.
—Por ti, la boquita llena —bromeó a su turno. Theresa advirtió que la repasaba sutilmente y eso la irritó. «Déjalo ya, patinador. Ya no trato con los tuyos».
—Bueno... —dijo ella, impaciente por ponerse manos a la obra para poderse ir lo antes posible—. ¿Esperamos a que llegue tu hermano, o empezamos ya?
Michael volvió a fruncir el entrecejo:
—No hace falta que le esperemos —respondió, conduciéndola a una mesa para dos con un mantel de cuadros blancos y rojos—. ¿Quieres tomar algo? ¿Una Pellegrino, o un vaso de vino?
—Una Pellegrino, gracias —dijo Theresa. Lo observó alejarse e ir tras la barra. Objetivamente hablando, estaba bastante bien: pelo negro y alborotado, piel bronceada y unos ojos azul-verduzcos que cambiaban de color según la ropa que llevara. Su cuerpo tampoco estaba nada mal: unos brazos fuertes y un musculoso pecho que se iba estrechando hasta formar una «V» perfecta en la cadera.
Sirvió dos vasos de agua mineral con hielo, intentado disimular su decepción ante el cambio de aspecto de Theresa. Todavía estaba estupenda, pero no tenía nada que ver con la Theresa que recordaba; o con la que soñaba. Vestida de negro de arriba abajo, tenía la larga melena ondulada recogida en un elegante moño, y sus ojos quedaban ocultos tras aquellas gafas estilosas de marco grueso, tan de moda ahora entre los más modernos. Su actitud también era diferente. Educada, formal. ¿Cómo era posible que fuera la misma mujer divertida y coqueta de hacía tan sólo dos años, a la que le encantaba maldecirle en italiano? «Después de todo, tal vez no sea ELLA», pensó.
—Aquí tienes —Michael le trajo su vaso de Pellegrino y se sentó en la silla que había frente a ella.— Bueno —empezó ahora él.
—¿Bueno...?
—Estás muy guapa —apuntó.
—Gracias —contestó Theresa educadamente. De pequeña le habían enseñado que cuando alguien te hace un cumplido hay que responder, te guste la persona o no—. Y bien, ¿qué puedo hacer por ti?
Michael abrió la boca y la volvió a cerrar, repensando claramente lo que iba a decir.
—Mi hermano y yo necesitamos vuestra ayuda. Queremos convertir el Dante’s en un restaurante de categoría, estilo Manhattan.
—Muy bien —dijo Theresa mientras sacaba, intrigada, la pluma y el libro de notas—. ¿Qué es lo que habéis pensado?
Le escuchaba detenidamente, bosquejando la reinvención que Michael tenía prevista. Y justo cuando ella iba a preguntarle si habían pensado en llevar a cabo alguna reforma, ¡pum!, una de las puertas de la cocina se abrió de golpe, e irrumpió en el comedor una versión mayor de Michael con estilo de los años setenta. Recorrió a zancadas el restaurante, fulminándolos deliberadamente con la mirada, y salió por la puerta principal.
Theresa se volvió hacia Michael, de manera inquisitiva:
—¿Ése no era...?
—¿Mi hermano? —concluyó Michael—. Sí, es él. Sí, sí.
—Pues no parecía estar muy contento.
—Es que no lo está. Cree que mejorar el restaurante es un pecado capital, como la salsa de carne en conserva y la tercera parte de El Padrino —contestó Michael meneando la cabeza displicentemente—. No te preocupes por él, ya me ocupo yo.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Puedes hacerme tantas preguntas personales como quieras.
Theresa quiso que la tierra se la tragara de la vergüenza.
—Si mejorar el restaurante va a provocar que tu hermano tenga una embolia, ¿por qué quieres hacerlo?
Michael se incomodó.
—Porque ha llegado el momento. Mi madre murió el año pasado, y siempre decía que le encantaría que el local fuera un poco más... un poco mejor. He estado esperando a que Anthony hiciera algo, pero es evidente que si no intervengo nunca va a cambiar nada. Así que aquí estoy —Se inclinó hacia ella con expresión picarona.— ¿Hay algo más que quieras saber?
Theresa se echó hacia atrás para ponerse fuera de su alcance, esperando que Michael captara el mensaje.
—Sí, ¿por qué habéis elegido FM RP para que os represente?
—Bueno, la respuesta es obvia. Digamos que así todo queda en familia —Theresa dio por supuesto que se refería a su relación con Janna y Ty, y no, o al menos eso esperaba, a ningún tipo de futura unión imaginaria entre ellos dos.— Además, Eddie James Jackson me dijo que tú, personalmente y como relaciones públicas, eras la mejor en convertir todo lo que tocaras en oro.
Eddie James Jackson. Vaya, vaya, un nombre del pasado. Jackson actuaba en Libre y salvaje cuando ella todavía trabajaba allí. Theresa se las ingenió para convencer a las revistas de telenovelas que él era el equivalente diurno de Robert de Niro. Toda una proeza, teniendo en cuenta que Jackson tenía la capacidad emocional de un tapón de corcho, y que su personaje era un extraterrestre disfrazado de propietario de un club nocturno, a quien habían enviado a la tierra para reunir seres para la cría y llevarlos a su planeta. Theresa se rió:
—¿Conoces a Eddie?
—Es un gran entusiasta del hockey —Sostuvo su mirada fija en los ojos de ella.— Y un gran entusiasta tuyo también —Theresa miró hacia otro lado.— Supongo que yo soy uno entre tantos —Dante sonrió.
—Ya vale —le advirtió Theresa, concentrándose en su librillo. Volviendo a relajar la conversación desviándola hacia los negocios, le preguntó lo que tenía en mente antes de que Anthony les interrumpiera. La respuesta fue que tenían pensado ampliar la zona del comedor y la sala de banquetes en los dos meses siguientes.
—¿Y la decoración? ¿Cómo queréis decorarlo todo?
—Pues no lo sé —Michael recorrió el restaurante con la vista, perplejo.— Supongo que pondremos alguna otra pintura. Un par más de cuadros.
—Si queréis atraer a una clientela más sofisticada —empezó a explicarle Theresa dulcemente—, el restaurante necesitará un aspecto... más... refinado.
—De acuerdo —Michael terminó su Pellegrino como si estuviera cogiendo fuerzas para lo que pudiera venir después.— ¿Qué más?
—Los camareros.
—¿Qué les pasa?
—¿Cuántos hay? ¿De qué edad?
—Pues nos sé cuántos —admitió—. Tendré que preguntárselo a Anthony. Y en cuanto a la edad, la mayoría son sesentones y hasta diría que más de uno pasa ya de los setenta. Empezaron a trabajar aquí de jóvenes, para mi padre —concluyó orgulloso.
Intuyendo que tal vez no era el mejor momento para decirle que el personal también necesitaba una renovación, Theresa pasó al aspecto más importante: la carta.
—Y si queréis hacer venir a gente de otros distritos la comida tiene que ser excepcional.
—Es excepcional.
—¿Es una afirmación, o una mera esperanza?
—Es excepcional —repitió—. Sabes que lo es. Ya has comido aquí alguna vez.
—De eso hace más de un año —respondió, y a continuación dijo para sus adentros: «En la boda de Ty y Janna, cuando te pusiste tan plasta para que bailara contigo que te hubiera incrustado una lasaña en la boca para que callaras de una vez y me dejaras en paz».
—Ya, pero todo sigue igual. Como mucho, la comida es aún mejor —Se levantó de un salto.— Un momento, ahora vuelvo. Quiero que pruebes algo —Desapareció en la cocina, regresando segundos después con un platito de postre que colocó ante Theresa.
—¿Qué es? —preguntó Theresa con desconfianza, mirando fijamente aquella especie de bollo rociado con miel.
—Tú pruébalo —le instó Michael—. Venga, dale.
Con él allí observándole, Theresa se sentía bastante incómoda, pero no tenía escapatoria. Cogió un tenedor, cortó un pedacito y se lo metió en la boca. Estaba bueno. De acuerdo, estaba muy bueno. No, debía ser honesta, estaba delicioso. De haber estado sola se lo hubiera zampado entero.
—¿Y bien? —Michael se cruzó de brazos, aguardando su respuesta.
—MQS —declaró embelesada.
—¿MQS?
—Mejor que el sexo.
Michael se echó a reír. Sí, aquélla era la Theresa que él recordaba: directa, divertida, natural... Sin duda alguna, la chica que se le aparecía en sueños seguía allí, merodeando tras aquella conducta seca y cortante. Con la esperanza de sacar más elementos de la verdadera personalidad de Theresa se inclinó hacia delante, acercándosele:
—Cuidado, se te empiezan a intuir las raíces. Y no estoy hablando de tu pelo.
Theresa entrecerró los ojos:
—¿Que qué?
—Tu acento de Brooklyn —dijo Michael cariñosamente—. Se te ha escapado, con toda su presencia. Y en cuanto a lo del MQS —añadió con una sonrisa diabólica—, ¿estás segura?
La expresión de Theresa se volvió sombría.
—Zoccolo! Come sei sciocco —masculló Theresa lo suficientemente alto como para que él pudiera oírle.
El corazón de Michael se hinchó. Le había llamado zoquete, ¡en italiano! Dios, cómo la adoraba.
—Haré lo posible por serlo —respondió.
—No te costará demasiado esfuerzo —gruñó, volviendo a ponerse en guardia. Incapaz de resistir a la tentación, se llevó otro trozo de pastelito a la boca—. Por cierto, ¿y esto qué es?
—Buñuelos de ricota. Receta de mi abuela materna. Tendré que decirle a Anthony cuánto te han gustado.
—¿Es también él el chef de repostería?
—Él es el chef de todo.
—Pues aquí tiene un plato estrella; me saco el sombrero ante él. No me extraña que a mi madre le encanten los postres de aquí.
Michael la miró confuso:
—¿Tu madre...? —Inclinó la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, estudiando la cara de Theresa.— Un momento —le instó; los ojos se le empezaban a iluminar—. ¿Falconetti? ¿Natalie y Dominic son tus padres?
—Ajá.
—Nunca me había planteado el parentesco. Hace mucho que no vienen.
—Sí —asintió Theresa; al pensar en el porqué se le encogió el corazón—. Es que mi padre está enfermo.
—Vaya, no sabes cuánto lo siento —se lamentó Michael, apoyándose en el respaldo. El modo en que empezó a mirarla, tan lleno de inquietud y compasión, le puso nerviosa. Prefería mil veces cuando la miraba como si fuera una chica de bandera—. Dales recuerdos míos y de parte de Anthony, ¿vale? —prosiguió—. Y si hay algo que podamos hacer...
—Gracias —dijo Theresa con serenidad, temerosa de ponerse a llorar si seguían hablando de su padre—. Necesitaré una copia de la carta, si es que no hay ningún inconveniente.
—En absoluto.
La puerta del restaurante se abrió y reapareció Anthony, que seguía de mal humor.
—Anto, ven un momento —le gritó Michael con voz persuasiva mientras su hermano se dirigía a la cocina como un vendaval.
—¡Vaffanculo! —exclamó Anthony por encima del hombro antes de volver a desaparecer por la puerta de vaivén de la cocina.
Theresa se estremeció:
—¡Uh!
—Perdona —se disculpó Michael, muerto de vergüenza porque su hermano acabara de mandarle hacer algo imposible en compañía femenina—. A veces Anthony puede llegar a exaltarse demasiado.
—Pues yo sé de unas pastillas que... —Al ver que su ocurrencia no provocaba la más leve sonrisa decidió ser directa.— ¿Crees que se tomará bien que os represente y os haga una campaña?
—Tranquila, se le pasará —respondió Michael con voz tensa, controlándose. Theresa no quería pensar en lo que pasaría cuando se fuera del restaurante. Ya podía ver los titulares: ESTRELLA DE HOCKEY AHOGA A SU HERMANO EN UN CALDERO DE ACEITE DE OLIVA Y SE DA A LA FUGA CON UNA DENTADURA POSTIZA Y UNOS BUÑUELOS. La cosa se iba a poner fea.
—¿Estás bien? —le preguntó sorprendiéndose a sí misma.
—Sí —contestó bruscamente Michael. Hizo un gesto señalando el libro de notas de Theresa—. Bueno, ¿cuánto me van a costar tus servicios?
Theresa hubiera preferido que no hubiera usado la expresión «tus servicios». Ni que fuera una puta.
—A ver, solemos cobrar tres quinientos al mes, pero como eres amigo de Janna y Ty te lo dejaré en dos quinientos.
—O sea, que al año serían treinta mil.
—Exacto.
—Es suficiente como para pagar la entrada de una casa.
—¿Y quieres comprarte una casa, o contratar los mejores servicios de relaciones públicas que se puedan pagar con dinero? —le preguntó con tono insinuante.
Michael torció el gesto haciendo una leve mueca:
—Así que sois las mejores, ¿eh?
—Contrata mis servicios y lo verás.
Michael se rió en señal de apreciación.
—Con un discurso como éste no puedo decir que no —Alargó el brazo por encima de la mesa para estrecharle la mano.— Está usted contratada por un año, señorita Falconetti.
Tan delicadamente como pudo y sin parecer maleducada, retiró su mano de la de Michael.
—No te decepcionaré.