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CAPÍTULO UNO
―Por el amor de Dios, Edward, quédate quieto antes de que tenga que atarte a la cama ―se quejó lord Bidwell.
Edward Sinclair, quinto conde de Harrington, sonrió divertido. Era un caballero con los músculos de una persona acostumbrada a trabajar duro y rizos color castaño que peinaba alrededor de una tez demasiado bronceada para la moda y rasgos demasiado vigorosos para los cánones de belleza. Sus ojos color avellana eran cálidos y tenía un par de inesperados y encantadores hoyuelos.
Solía estar de buen humor y era paciente por naturaleza. Lo cual era una ventaja para alguien que había tenido que escuchar durante quince días las lamentables ideas de Biddles acerca de cómo consideraba él que debía ser un verdadero caballero.
―Nadie puede quedarse quieto después de haber padecido durante tres horas que lo bañen, lo cepillen y mil cosas más. Te puedo asegurar que me han tratado mejor en las peleas de borrachos.
―Deja de quejarte. Puedes considerarte afortunado que tu silueta no exige que encargue un corsé. Son terriblemente incómodos, según la mayoría ―respondió Biddles, con total falta de compasión―. Por supuesto, hacen furor desde que el príncipe comenzó a usarlos. Después de todo, quizá podamos tenerlo en cuenta.
Edward alzó una ceja.
―Ni se te ocurra.
Impaciente ya, el esbelto dandy, vestido con extravagancia, sonrió con un aire de superioridad.
―No solo me atrevería, querido Edward, sino que además te apretaría y te metería yo mismo dentro de él si lo creyera necesario. —Con un gesto ampuloso sacó un abanico para agitarlo frente a su puntiaguda nariz―. Te advertí que toda la alta sociedad va a estar ansiosa esperando emitir su juicio acerca del nuevo conde de Harrington. En especial, desde el momento en que has despertado su curiosidad con tu súbita transformación de granjero en conde. Sin duda todos estarán aguardando el instante en que se evidencien tus modales rústicos y tu falta de experiencia en asuntos mundanos.
―¿Lo que significa que creen que llegaré a sus veladas con mis botas llenas de barro y arrastrando una vaca?
―Eso es exactamente lo que esperan.
Edward sonrió irónico.
―Confío en tu juicio, Biddles ―murmuró―, pero debo admitir que todavía no entiendo cómo el hecho de que me cepillen hasta quedar en carne viva, y de ser ahorcado luego por mi perverso lacayo puede garantizar que no oleré a campo.
El abanico se cerró de golpe y Biddles avanzó por la horrible alfombra de cachemira. Desde su llegada a Londres, durante su riguroso entrenamiento para adquirir buenos modales, ser elegante y aprender a bailar, Edward no había tenido la oportunidad de hacer más que una somera inspección de la enorme mansión. Por cierto, no había tenido tiempo de transformar la opulencia en un estilo más simple y más adecuado a un soltero de gustos sobrios.
―Díos mío, ¿cuántas veces debo recordártelo? Un caballero se distingue por su atuendo, y lo más importante es el nudo de su corbata: lo que diferencia a un verdadero noble de un campesino.
Edward no pudo evitar sonreír al escuchar las absurdas palabras de su amigo. Ese era el tipo de lógica que él jamás entendería, sin importar la cantidad de títulos que le cayeran encima.
―¿Pretendes decirme, mi querido Biddles, que en un país lleno de mentes brillantes, de científicos progresistas y de muy respetados filósofos, poetas y guerreros, todo lo que nos eleva sobre el nivel de los salvajes es el nudo de una corbata?
Se oyó una tos de uno de los muchos sirvientes uniformados que estaban reunidos en el salón, hasta que la severa mirada de lord Bidwell cayó sobre el desdichado.
―Retírense ―ordenó―. Hablaré con el señor a solas.
Los sirvientes se retiraron de la habitación, felices de alejarse de la filosa lengua del dandy y de su costumbre de desollar vivos a los que osaran interferir en sus tortuosas lecciones. Sólo el bien entrenado lacayo se animó a demorarse unos instantes en un gesto de rebeldía y sacar una diminuta hilacha del hombro de la chaqueta morada de Edward antes de unirse al grupo en retirada.
Con una mueca de disgusto, el nuevo conde se adelantó para examinar su figura en el espejo ataviada con pantalones de satín blanco y chaleco plateado. Ese tipo de atuendo elegante podía ser de rigor para una velada en Londres, pero él se sentía ridículo.
Cielos, él había visto monos disfrazados que parecían más cómodos que él cubiertos de satín y de diamantes.
¿Qué sabía él de la alta sociedad? No había sido educado para ocupar un puesto entre los elegidos. De hecho, durante la mayor parte de su vida había sido apenas consciente de su vínculo con la aristocracia. La noticia de que había heredado un título, luego de la muerte del viejo conde, seguida al poco tiempo por la muerte de su hijo y de dos sobrinos, lo sorprendió tanto a él como a la horrorizada familia de los Harrington, que lo consideraban casi un usurpador.
Un súbito golpe de abanico sobre uno de sus hombros obligó a Edward a volverse de mala gana y a enfrentar la mirada centelleante de su amigo.
―Edward, hay pocas personas tan versadas en las costumbres de la sociedad como yo ―le advirtió Biddles, en un tono severo―. De lo cual me siento orgulloso, y esa es precisamente la razón por la cual me elegiste para que preparara tu presentación en sociedad. Yo soy tan consciente como tú del ridículo. Quizá más que tú. Pero, a pesar de que he convertido la superficialidad y la estupidez de los demás en una fuente de diversión, nunca cometí el error de subestimar el poder de la alta sociedad. Nunca.
Edward suspiró. Su amigo tenía razón, por supuesto. Aunque no le importara en absoluto la opinión que la sociedad podía llegar a formarse de él, no podía olvidar que ahora poseía una familia que dependía de él para conservar su dignidad. Una de las cargas que había heredado junto con su título. Más importante aún era que debía ganar la confianza de sus pares los nobles, si deseaba usar su nueva posición para ayudar a los que había dejado atrás. Su sillón en la cámara de los lores no tendría sentido si lo consideraban un simplón y un torpe, sin la capacidad necesaria para manejarse en las altas esferas. O para solicitar el ingreso a los clubes de caballeros, donde, por supuesto, se reunía el verdadero poder.
―Perdóname, Biddles —se inclinó―. No es mi intención menospreciar el evento. Es solo que me siento incómodo e inseguro, no querría hacer el ridículo.
Los finos rasgos volvieron a adquirir su expresión irónica.
―No temas, Edward. No serás el más deslumbrante o el más elegante de los caballeros, pero eres inteligente y tienes tu encanto cuando te lo propones.
―Gracias... creo.
Los ojos celestes destellaron.
―Y con un poco de suerte, no harás el ridículo.
Echó hacia atrás la cabeza para reírse del ácido cumplido. Biddles nunca sería un compañero complaciente. Actuaría como un perfecto idiota y de pronto sacaría a relucir su filoso ingenio que lo habían convertido en el más exitoso espía de la corona. Edward no lamentaba haber solicitado su ayuda.
Aunque en ese momento Biddles era el propietario de La guarida de Hellion, una elegante casa de juegos, era sin duda el personaje más destacado de la sociedad y la persona ideal para presentar a Edward a la más selecta minoría.
―Bueno, puedo lastimar a unas cuantas muchachas que tengan la desdicha de ser mis acompañantes en la pista de baile, y olvidarme de qué tenedor debo usar, pero al menos mi corbata estará perfecta y mi chaqueta, tan ajustada que apenas podré respirar. Espero que nadie me confunda con el jardinero.
Biddles resopló con desdén.
―Como si un jardinero pudiera darse el lujo de tener una chaqueta de Weston.
―O fuera lo bastante ridículo como para querer tener una.
Edward respiró hondo. Por más que desease permanecer en la dudosa comodidad de una casa llena de corrientes de aire, sabía que eso era imposible. Debía ocupar su lugar como conde de Harrington, le gustase o no.
―¿Vamos?
Lady Bianca, la hija de los duques de Lockharte, estaba cada vez más furiosa.
Era algo que solía suceder.
A pesar del interminable desfile de institutrices que habían intentado persuadirla, intimidarla, y hasta obligarla para que se convirtiera en una recatada dama, ella tenía un carácter orgulloso y la costumbre de hablar primero y pensar después. A menudo, mucho después.
En su defensa, sin embargo, se puede decir que ella siempre estaba dispuesta a admitir cuando se equivocaba y que nunca descargaba su mal humor sobre la servidumbre o cualquiera que no estuviera en situación de poder defenderse.
Lo cual no significa que los sirvientes se mantuvieran alejados cuando lady Bianca se enfrentaba con su padre. Escaleras abajo se decía que era mejor introducir la mano en un nido de avispas que caer en el medio de una de esas batallas entre personas de sangre azul. Hasta el mayordomo, que se consideraba apenas un escalón por debajo de la realeza, huía a toda velocidad hacia las dependencias de servicio cuando escuchaba cómo se estrellaban contra el piso los primeros platos de la delicada porcelana de Wedgwood.
Sin darse cuenta del éxodo de la servidumbre a zonas más seguras, Bianca caminaba con brío, furiosa, de un extremo al otro de la vasta biblioteca, evaluando la posibilidad de arrojar contra la puerta algunos de los excepcionales libros empastados en cuero. Harían un estrépito aún mayor que el de la porcelana. Pero mientras su rabia la impulsaba a estrangular a alguien, no había caído aún en la insensatez total. El duque, alto, con los cabellos de plata y rasgos vigorosos, era muy tolerante con su única hija, pero la encerraría en lo alto de una torre si tocaba alguno de sus amados libros.
Percibiendo su ardiente necesidad de destrucción, se instaló cómodamente en un elegante sofá de damasco y señaló los estantes con libros y porcelana pintada.
―Creo que le erraste a uno de los platos de Wedgwood de tu madre, Bianca, en caso de que aún estés de humor como para seguir actuando como una niñita caprichosa ―le dijo con un tono sereno.
Ella se detuvo de repente y escudriñó a su padre como un gato erizado.
―Esto es intolerable. No tenías ningún derecho a rechazar la propuesta de matrimonio de lord Aldron ―siseó, apretando los dientes.
Una ceja de plata se alzó ante sus mordaces palabras.
―Pues resulta que tenía todo el derecho. A pesar de que tú creas que estás por encima del mundo, todavía soy tu padre y no te dejaré arrojar tu futuro por la borda casándote con un vicioso rufián como Aldron que, por cierto, te haría desdichada en una semana.
Bianca inspiró hondo. Sabía que a su padre no le simpatizaba lord Aldron. ¿Cómo no saberlo? Bastaba que los dos hombres se encontraran en la misma habitación para sentir cómo se helaba el ambiente. Pero ella no había previsto que el duque pudiera insultarlo como lo hizo.
―Lord Aldron no es un rufián.
―Bah. Solo una inocente como tú es capaz de ignorar su pésima reputación. —La expresión de su padre se endureció con un inusual desagrado―. Por el amor de Dios, es un jugador y un aventurero que ha estado envuelto en escándalos desde el día en que llegó a Londres.
Bianca contuvo las ganas de llorar. Inocente o no, ella conocía la reputación de Stephen. Y sin duda ese riesgo era lo que más la atraía. Bueno, no solo eso, también su encantadora cabellera rubia y sus ojos azul profundo. Para una joven que había sido sobreprotegida toda su vida, ¿qué podía resultar más fascinante que un caballero que osaba desafiar las tediosas reglas de la convención?
Él era orgulloso, impredecible, y tenía toda la buena voluntad del mundo para iniciarla en las realidades que estaban fuera de la burbuja en la que había sido criada.
En todo sentido: irresistible.
―No puedes arrojar la primera piedra, padre ―le respondió, echando chispas―. Por lo que sé, te permitiste unos cuantos escándalos cuando eras joven.
―Mis escándalos no incluyeron duelos, bailes prostibularios en mi casa o poner en peligro a jóvenes mujeres.
―¿En peligro? Eso es absurdo.
Una de las pocas personas que no le tenía miedo a su mal carácter, el duque se puso de pie y la enfrentó con una expresión seria.
―No soy idiota, Bianca. Sé que el sinvergüenza te ha seducido llevándote a ver boxeo y carreras de caballos, y también una comedia subida de tono que no era digna ni de una prostituta.
Ella se quedó sin aliento. Oh, ¡diablos! Y todo el cuidado que había puesto para ocultar sus emocionantes salidas... Era obvio que ser un duque incluía conocer cada maldita cosa que sucedía en Londres.
Tuvo que hacer un esfuerzo para enfrentar su mirada acusatoria.
―Stephen no es el culpable. Fui yo quien le pidió que me acompañara a esos lugares.
―Y esa es la única razón por la cual no tomé un látigo para azotarlo, te lo puedo asegurar.
―Y le pedí que me acompañara porque estoy aburrida a muerte de ser tratada como una incapaz de tomar por sí misma las más sencillas decisiones.
―Eres mi hija. Es mi deber protegerte.
Bianca casi grita de la rabia. ¿Cuántas veces había escuchado el sermón familiar? ¿Cien veces? ¿Mil? Por cierto, se repetía de una manera mecánica cada vez que ella corría el riesgo de divertirse un poco.
―No soy tu hija. Soy una muñequita que exhibes cuando se te da la gana y luego la guardas. Al menos Stephen nota que soy una mujer que puede conocer un poco el mundo.
―Oh, no me cabe la menor duda. Lord Aldron ha desempeñado bien su papel. Él es, después de todo, un exitoso seductor y está acostumbrado a hacer todo lo necesario para complacer a una dama ―alzó una ceja con parsimonia―. Me pregunto, sin embargo, si te has puesto a reflexionar en los motivos por los cuales ha demostrado tanto interés en ti después de haber evitado con tanta asiduidad a las debutantes.
Bianca tuvo la súbita visión de un gato jugando con una laucha.
Y ella no era el gato.
―Él me encuentra... fascinante.
―No, mi querida. Lo que encuentra fascinante es lo que se dice acerca de tu dote.
―¡Padre! —parpadeó sorprendida.
―El hombre no tiene donde caerse muerto ―agregó con frialdad―. A pesar de haber empeñado hasta la última de sus propiedades, aún está cargado de deudas. No hay una casa de juegos en la ciudad que le permita cruzar sus umbrales, y lo han echado de todos los clubes. Su única esperanza es conseguirse una novia lo bastante ingenua como para no ver más allá de un físico agradable y unos encantos superficiales.
Bianca frunció los labios. No escucharía más a su padre. No podía. Si lo hacía, el caballero que le había robado el corazón, el hombre que le había prometido un futuro esplendoroso sin reglas ni expectativas tediosas, se convertiría en un fraude.
Los sirvientes habían sido prudentes al desaparecer.
―No escucharé semejantes calumnias. Stephen me ama.
―Lord Aldron sólo se ama a sí mismo.
―No lo conoces tan bien como yo.
―Lo conozco mucho mejor que tú ―hubo una breve pausa antes de que su padre se levantara del sillón con determinación y concluyera―: y es por eso mismo que nunca será tu esposo.
Bianca levantó el mentón para competir con el de su padre. Estaba harta de que le ordenaran lo que debía hacer como si fuera una idiota. Al menos Stephen fingía tener en cuenta sus deseos.
―Tengo veintidós años, padre, y estoy en condiciones de hacer lo que se me antoje. No puedes impedir que me case con Stephen.
Sus manos estaban apoyadas en sus caderas para reafirmar su decisión, pero el duque se arregló con calma los puños de su elegante saco. Los dientes de ella rechinaron ante la afectada despreocupación.
―Quizá no, pero en realidad no creo que ninguno de los dos esté satisfecho con la perspectiva de tener que vivir en una ruinosa casita o alquilar un cuarto en los suburbios ―sonrió con tristeza―. Te aseguro que puede parecer encantador en los libros de cuentos, pero no hay nada placentero en tener que fregar los propios pisos o congelarse delante de una chimenea apagada. Además, lord Aldron vendería hasta a su madre antes de verse reducido a la pobreza.
―¿Pobreza? ―su aire desafiante desapareció con sorprendente rapidez―. ¿Serías capaz de desheredarme?
De pronto el semblante de su padre se ensombreció.
―No hay necesidad de tomar tan drásticas medidas —comentó apenado—. Es tan sencillo como que no tengo ninguna dote para darte.
―Pero... eso es absurdo.
―Es la pura verdad.
―No te entiendo.
―Porque nunca me esforcé para que entendieras ―admitió con un suspiro―. Con tu belleza y tu posición, supuse que cuando eligieras un marido, tendrías el buen criterio de escoger uno con una gran fortuna. Después de todo, es lo que hace la mayoría de las muchachas.
Ella frunció el ceño. La mayoría de las muchachas no eran las hijas de un duque. Por el amor de Dios, ella nunca le había dedicado ni un minuto a un tema tan poco interesante como la riqueza.
―Pero ¿qué fue de mi dote? ―le preguntó.
―¿Cómo crees que han sido financiadas tus costosas actividades sociales durante estos últimos cuatro años?
Quizá por primera vez en su corta vida, su rápido ingenio abandonó a Bianca.
―¿Me estás diciendo que no tenemos dinero?
Hubo un momento de silencio antes de que su padre se volviera para caminar con lentitud hacia la ventana. Le daba la espalda.
―Ser un duque es muy costoso, mi querida. Tengo propiedades que necesitan un constante mantenimiento, casi un batallón de sirvientes a los que hay que pagar, arrendatarios que alojar, tus hermanos que tienen que estudiar, y, por supuesto, tu madre que necesita las joyas y la ropa adecuadas.
―¿Y qué hay de tus rentas y de tus inversiones?
Su mirada permanecía fija en la calle Mayfair debajo de su ventana.
―Deberían alcanzar, pero mientras Londres está consagrada al placer, la guerra está arrasando con el mundo. El comercio se ha detenido, y no quedan suficientes hombres en condiciones de atender los campos ―sacudió la cabeza para expresar su frustración―. Son tiempos funestos para los terratenientes. ¿Cómo podría desentenderme y dejar que mis arrendatarios se mueran de hambre?
―Pero la guerra terminó ―señaló sin convicción.
―Eso no hace que los jóvenes se levanten de sus tumbas para sembrar mis campos, ni llenar las despensas vacías. A veces lleva años recuperarse de ciertos desastres.
―¿Por qué no dijiste nada antes?
Se volvió para mirarla con una expresión sombría.
―Ya te lo dije, simplemente creí que cuando tuvieras que elegir con quién casarte, lo harías con un caballero en buena posición.
Bianca sintió náuseas. El brillante futuro que había imaginado durante meses se despedazaba frente a ella.
―Dios mío, esto es terrible.
―No tanto ―su padre se le acercó y le dio una suave palmadita en el hombro―. Debe de haber más de un caballero que reúna las condiciones adecuadas y que desee con toda su alma casarse con la hija de un duque, en especial, una más hermosa que un ángel.
Se separó de un tirón de su mano consoladora, conteniendo las lágrimas.
―¿Careces de todo sentimiento? Amo a Stephen. No me interesa ningún otro caballero. En especial ninguno que quiera casarse conmigo porque soy tu hija.
Su padre se encogió de hombros.
―Entonces dile a lord Aldron que te quieres casar sin dote y sin mi consentimiento. Y veamos cuánto tarda en desaparecer .
Bianca ni siquiera tuvo en cuenta la posibilidad de ir a ver a Stephen. “No porque tema que él me abandone si se entera de que no tengo un centavo”, se dijo para tranquilizarse. Simplemente, no quería que él se sacrificara por ella de esa manera. No importaba cuánto le doliera.
Sabiendo que no podría contener las lágrimas por mucho tiempo más, miró al caballero que acababa de arruinar su vida. Sin pensarlo, se llevó la mano al medallón de plata que llevaba colgado sobre su corazón, que latía con fuerza. El collar había sido un regalo de Stephen y guardaba su querido retrato.
―Nunca olvidaré a Stephen. ¡Nunca! ―exclamó con dramatismo. Luego, salió indignada de la habitación, dirigiéndose a sus aposentos privados para llorar su desdicha.