![]() |
|---|
Capítulo uno
Desierto oriental de Egipto, 1889
«Por favor, que alguien me ayude.»
Aquella silenciosa súplica se repetía en la cabeza de Badra cual letanía desesperada. Se estremeció detrás de la gran piedra de caliza situada en el exterior del conjunto de tiendas negras de piel de cabra. Los sonidos de la guerra retumbaban en la lejanía: los aullidos de los hombres moribundos, los triunfales gritos de guerra de sus enemigos ganando terreno. Las dos tribus del desierto más temibles de Egipto —los Al-Hajid y los Khamsin, los guerreros del desierto— luchando entre ellas en sangrienta confrontación.
Asomada por detrás de la roca, Farah, amiga de Badra, observaba. El sol caía implacablemente sobre sus cabezas. El viento se deslizaba por la oscura arena, alborotando la larga cabellera de Farah. Con veinte años, era cinco años mayor que Badra en experiencia y sabiduría. Ella era quien había precipitado la huida.
Farah se volvió con el rostro enrojecido por la turbación.
—¡Los Khamsin abandonan nuestro campamento! Ha llegado el momento.
Los pies de Badra permanecían pegados a la arena. Habían conseguido abandonar la tienda del harén en mitad de la confusión y huir del campamento. Aunque por mucho que corrieran, el jeque Fareeq las encontraría.
—Eres mi esclava, Badra —le había advertido—. Huye al Sinaí y te encontraré. Jamás dejo libres a mis esclavos. Jamás.
La voz de Farah devolvió a Badra al presente.
—Por favor, salgamos de aquí —le imploró.
Badra encontró un resquicio de fuerza en su interior y se aferró a él. Ella y Farah salieron de detrás de las rocas que las resguardaban.
El caos hizo irrupción; la imagen borrosa de gráciles caballos árabes en movimiento. Los Khamsin habían recuperado a su preciado semental y dejaban atrás a los Al-Hajid. El bello corcel blanco iba atado a la silla del jefe de los Khamsin, que volvía cabalgando a su hogar.
Farah no lo dudó un instante. Fue como una flecha detrás de él con Farah de la mano y le gritó que se detuviera.
El jeque de los Khamsin detuvo su montura con un gesto magistral y el caballo resopló. Tenía una presencia imponente. Un velo añil cubría la parte inferior de su rostro, ocultando sus facciones. El jeque se inclinó hacia delante con los ojos oscuros brillando de ira hasta que Farah le puso la mano en el muslo.
—Por favor —suplicó ella con voz desesperada—, pertenecemos al jeque Fareeq. Por favor, se lo ruego, señor, llévenos con usted como sus concubinas. Sé que es Jabari bin Tarik Hassid, jeque de los Khamsin. Me han dicho que es un líder justo y honrado.
Badra levantó la vista expectante, implorando en silencio a aquel hombre. No tenía palabras. No podía hablar. El líder arrugó los ojos hasta fruncir el ceño y otros dos guerreros —uno menudo, aunque de constitución fuerte; el otro alto y más delgado— se detuvieron, cercándolas hábilmente entre el jeque y sus caballos. Tres rostros cubiertos por velos las observaban con velada amenaza. Badra se echó a temblar violentamente y se preguntó si habría abandonado un horror conocido para adentrarse en otro desconocido.
—Señor, ¿cuál es el motivo de la tardanza? —preguntó el guerrero más musculoso.
—Estas mujeres, Nazim. Solicitan refugio y se ofrecen como mis concubinas.
Nazim asomó por encima de su caballo y echó un vistazo a las mujeres.
—Entonces, présteselo —dijo entre dientes—, ¡pero démonos prisa!
Jabari bajó la vista, miró primero a Badra y después a Farah, y se dirigió inquisitivamente al tercer guerrero.
—Khepri, mi hermano, ¿qué opinas? ¿Se trata de una trampa o debería ponerlas bajo mi protección?
—Unas concubinas no te vendrán mal —respondió divertido el guerrero alto y delgado—. Si logran mantenerte ocupado en la cama, quizá evitarán que te metas en tantos líos.
—Vigila la lengua, no te la vaya a cortar —bramó Jabari, aunque a Badra le pareció advertir una sonrisa en su voz—. Muy bien —dijo él a las mujeres—, os ofreceré refugio en mi hogar.
El jeque de los Khamsin bajó la vista para mirar a Farah y le hizo una señal con la cabeza. Se inclinó, la levantó y la colocó en la silla.
—Khepri, coge a la más menuda —le ordenó—. Te confío su cuidado.
—Vamos, pequeña —dijo el guerrero llamado Khepri.
Badra no se podía mover; estaba demasiado asustada. Irse sería el acto de mayor valentía que habría emprendido desde que fue vendida a Fareeq cuatro años atrás, cuando apenas tenía once. Los otros emprendieron la marcha y se levantó una gruesa nube de polvo. Khepri le hizo señas, el velo le cubría todo a excepción de los ojos.
Ante la indecisión de la chica, el guerrero volvió la vista atrás. Se oían lejanos gritos de ira, como un rumor de hombres que se organizan. Los Al-Hajid se habían recuperado y pronto saldrían en su búsqueda. El hombre se apeó del caballo con un gesto grácil, fue hacia ella y le ofreció la mano. Badra levantó lentamente la mirada hasta encontrarse con sus ojos y retrocedió. Tenía el mismo color broncíneo de los hombres que ella conocía, pero sus ojos eran de un azul intenso, como el cielo egipcio.
El hombre se quitó el velo, revelando unas facciones que la dejaron sin respiración. Badra se quedó mirándolo, atemorizada. Unas finas y esculpidas mejillas, una fuerte mandíbula y una barbilla poblada por una barba oscura le daban un aspecto temible, pero también le dedicaba una tierna sonrisa y su tono de voz era suave y tranquilizador.
—Soy Khepri bin Tarik Hassid, el hermano del jeque. No tengas miedo, pequeña. Conmigo estás a salvo. —Aquellos increíbles ojos azules ardían divertidos—. Te prometo que Jabari es un hombre considerado. Si tienes algún problema con él, le castigaré severamente —dijo guiñándole el ojo.
Si aquélla era la condición de su espíritu burlón o gentil, aquel hombre tenía algo que la atraía. Badra asintió con la cabeza. Él la alzó con facilidad, depositándola en la silla, y se sentó detrás de ella, sosteniéndola con su firme y cálido cuerpo. Otro escalofrío recorrió la espalda de Badra; aunque esta vez no era producto del miedo, sino de una profunda intensidad.
Atravesaron abruptos cañones y el desierto profundo a toda velocidad hasta finalmente alcanzar a los otros; entonces cabalgaron casi sin descanso, haciendo breves pausas por los caballos. Badra no hablaba. En los descansos, algunos de los guerreros le lanzaban miradas de soslayo, a las que seguían comentarios malintencionados.
—Fareeq se llevó nuestro semental y, para vengarse, nuestro jeque se acostará con sus concubinas. Jabari demostrará que es el líder viril que Fareeq no es —observó un hombre.
Alargándole a Badra un odre de agua, Khepri frunció el ceño.
—¿Tienes que hablar delante de estas mujeres como si no existieran? Tienes tantas palabras como una tormenta de arena, Hassan, pero una tormenta de arena es mucho más agradable a los oídos.
Todos los hombres se echaron a reír y un terror paralizante se apoderó de Badra.
El jeque de los Khamsin se acostaría con ella inmediatamente para demostrar su virilidad ante los guerreros. ¿También la maltrataría? Se preguntó aterrorizada mientras cabalgaban.
Cuando llegaron al campamento Khamsin, Badra miró a su alrededor con los ojos bien abiertos. Mujeres con pañuelos azules la miraban con curiosidad. Farah se le acercó, dedicándole una sonrisa de ánimo. Khepri las escoltó a una tienda de múltiples compartimientos. Una mujer de mediana edad se presentó ante ellas como Asriyah, la tía del jeque, y les dio la bienvenida. A Badra le proporcionaron agua para que se lavara, una muda de ropa y una cama blanda. Cayó rendida tan pronto como su cuerpo entró en contacto con el colchón.
°
Al día siguiente, Badra se levantó asustada y aturdida. Echó un vistazo a la mesita de madera de sándalo al lado de su cama, las ricas y gruesas alfombras, los elegantes tallados de los hermosos arcones de maderas. Entonces le volvió todo a la cabeza. El campamento de los Khamsin. Tenía un nuevo señor. Acarició las sábanas de algodón con la mano temblorosa. A pesar de las palabras tranquilizadoras de Khepri de la noche anterior, Badra no se podía creer que estuviera a salvo.
Incluso si Jabari era amable, Fareeq vendría a por ella. Era una de sus favoritas. La única vez que había logrado desviar su atención fue cuando estaba embarazada. Fareeq no tenía hijos y estaba desesperado por tener uno, así que rompió el pacto secreto entre las concubinas para asegurarse de que continuaba sin hijos y dejó de tomar las hierbas que prevenían la concepción. Al recordar su difícil embarazo y el parto, que tuvo lugar con dos semanas de anterioridad, Badra tragó saliva. Su pequeña. La había sostenido entre sus brazos y se había maravillado de su diminuta y preciosa vida. Entonces Badra cayó en un sueño profundo y se la llevaron. Al despertarse le dijeron que Jasmine era demasiado pequeña y había muerto. Apenas se había recuperado cuando Fareeq empezó a violarla y azotarla de nuevo…
Badra agarró fuertemente las sábanas al ver que la puerta tejida de su compartimiento se levantaba. Farah entró en ella, sonriendo de felicidad.
—¡El jeque me ha llevado a su cama! Es un amante extraordinario y me ha proporcionado un placer que jamás imaginé. No está casado. Quizá se case conmigo —le dijo Farah.
Su amiga poseía una gracia sensual. Como otras mujeres de Fareeq, había logrado eludir la fusta haciendo uso de múltiples artimañas para reducir los abusos de Fareeq, que con el tiempo había terminado enseñando a Badra. Una mirada de sabiduría se apoderó de sus ojos oscuros.
—Ahora quiere que vayas tú. Es bastante viril.
Al recordar las visitas nocturnas de Fareeq, Badra se estremeció. El tosco modo en que la embestía hasta hacerla llorar. Los hombres no proporcionaban placer. Sólo dolor.
La expresión de Farah se suavizó.
—Tienes que ir, Badra, si no se enfadará. ¿Quieres volver con Fareeq?
El miedo se deslizó cual repugnante serpiente por la espina de Badra. ¿Cómo iba a soportar meterse en la cama con su nuevo señor? Pero no le quedaba ninguna otra opción. Se le secó la boca.
Farah salió de la tienda con expresión ensoñadora. Asriyah la sustituyó.
—Me han dicho que te llamas Badra —le dijo la tía del jeque—. Tengo instrucciones de llevarte a la tienda de Jabari tan pronto como estés preparada para él. Date prisa —dijo aquella mujer.
Badra se lavó, se vistió y se rindió al suave tacto de aquella mujer mientras le cepillaba el pelo.
—Eres muy guapa —dijo Asriyah—, mi sobrino estará contento.
Badra se puso tensa, pensando en los horrores que le aguardaban.
La tía del jeque la escoltó hacia la tienda más grande. Badra se quitó las sandalias. Después de tomar aire, entró en la estancia principal de la tienda y dio unos silenciosos pasos en la gruesa alfombra de color rubí. El viento soplaba suavemente en la tienda procedente de las portezuelas parcialmente abiertas. Jabari yacía sentado con las piernas cruzadas al lado del guerrero al que llamaban Nazim. Los hombres tomaban dátiles de un cuenco en el suelo mientras hablaban y reían. Badra observó con detenimiento a su nuevo señor. Era mucho más joven de lo que creía, debía de tener poco más de veinte años. Bastante guapo y alto, con una larga y negra cabellera que sobresalía de su turbante azul añil. Rezó para que sus ojos de ébano revelaran bondad, para que aquel hombre demostrara la calidez que le había parecido entrever a ella el día anterior.
Jabari levantó la vista. Una sonrisa tranquilizadora se dibujó en sus labios. Parecía poseer una naturaleza serena.
—Nazim —dijo él con voz ronca—. Déjanos a solas.
El guerrero sonrió a su jeque, le guiñó el ojo y se marchó. Badra estaba temblando. Jabari la invitó a sentarse y le ofreció un dátil. Ella lo aceptó mientras él hablaba. Su voz era profunda y tranquilizadora, pero ella apenas oía nada. El sudor le recorría la espalda. Jabari se puso en pie y extendió su musculoso cuerpo, a lo que Badra sintió pinchazos en el estómago.
—Ven —le dijo él, tendiéndole la mano.
El jeque la condujo a una estancia trasera. Badra sabía lo que quería. El corazón le estaba a punto de estallar.
—Desnúdate para mí —le ordenó suavemente.
A Badra le sudaban las palmas de las manos. Se mordió el labio, sintiendo repugnancia. Pero si no le obedecía, quizá aquel hombre la azotaría como Fareeq. Sus amplias espaldas dejaban entrever músculos que podían manejar el látigo con mayor dureza que Fareeq. Se sentía indefensa.
Con los dedos temblorosos, retiró el caftán azul añil de sus hombros y se quitó la larga camisa de muselina y los pantalones amplios y ablusados. Desnuda, de pie ante Jabari, dejó al descubierto lo que había codiciado el ojo de Fareeq al verla en el Palacio del Placer, el burdel al que la habían vendido sus padres. El jeque quedó boquiabierto.
—Alá —dijo él con voz ronca—. Eres preciosa.
Odiaba aquello. Se odiaba a sí misma. Badra procuró reprimir el terror que el destello de deseo en su mirada provocaba en ella. Se cubrió los pechos con la mano.
«¡No! ¡Otra vez no! ¡No podría soportarlo!» Aterrorizada, retrocedió bruscamente. No tenía escapatoria. Badra se sentía atrapada. El instinto la condujo a una esquina de la tienda. Se fue encogiendo en la alfombra hasta ponerse en cuclillas, de cara a la pared. Rodeó su cuerpo con sus brazos para protegerse.
Si se acurrucaba fuertemente y no hacía ruido, quizá él la dejaría en paz. De pronto empezó a sufrir violentas convulsiones.
—Badra, ¿qué ocurre? ¿Qué estás haciendo? —La voz del jeque revelaba desconcierto.
Badra se resguardó todavía más en la esquina. Se sentía humillada y avergonzada. Pero no podía parar.
—No me tengas miedo —dijo él.
Cuando él le levantó la cabellera, el aire acarició su piel desnuda. Una mano cálida se posó en su espalda desnuda, en la más profunda de sus cicatrices. Ella se estremeció. Badra se llevó el puño a la boca para reprimir un grito.
No oyó ningún ruido. El ruido significaba que la golpearía más fuerte.
—Alá —dijo el jeque con un tono de asombro en su voz—. Ese gordo chacal hijo de perra, ¿qué le ha hecho a tu espalda?
Badra empezó a gimotear.
—Por favor, Badra, sal de ahí. No te voy a hacer daño.
«Mentiras. Siempre mentiras. Claro que dices que no me vas a hacer daño. Para luego hacérmelo. Oh, por favor, no me toques. No puedo soportarlo.»
Las palabras de Jabari eran un zumbido en sus oídos. Badra echó un vistazo y se encontró con que le tendía su ropa. Otro truco. Le ofrecería ropa de abrigo y luego se la rasgaría. Y la golpearía. Y se reiría.
Al final el jeque se puso en pie. Badra oyó cómo se marchaba. Minutos más tarde volvió, y Badra distinguió la voz de Farah.
—No me quiere hablar. ¿Qué le ha hecho ese hizo de perra a esta pobre chica? —dijo Jabari.
—Badra hace meses que no le dirige la palabra a nadie. Era la favorita de nuestro señor. A él le gustaba… azotarla.
Farah se puso en cuclillas. Badra echó una mirada.
—Badra, deten todo esto antes de que el jeque se enfade —le suplicó su amiga—, es un hábil amante, mucho más que nuestro señor. Porque el miembro del jeque de los Khamsin es mucho más largo que el de nuestro señor. Es como los imponentes obeliscos de Egipto.
—Gracias —dijo el jeque secamente—. Ahora puedes retirarte. Dile a Nazim que entre.
El jeque acompañó a Farah a la estancia principal de la tienda. Badra oyó unos pasos y la voz profunda y jovial de un hombre.
—¿Necesita ayuda, señor? ¿Algún consejo? Pensé que usted no necesitaba instrucciones en la materia.
—Déjate de bromas, Nazim. Badra se ha agazapado en una esquina de la tienda y no quiere salir. Farah ha intentado tranquilizarla diciéndole que mi miembro es tan largo como los obeliscos de Egipto.
—Ah, muy reconfortante. Además de falso —dijo Nazim riéndose entre dientes.
—La chica está aterrorizada. Fareeq la azotaba. Ven y veamos si tus tan afamados encantos logran convencerla para que salga.
Badra oyó que entraban en la estancia. Cerró los ojos con fuerza. Si Jabari la quería, tendría que forzarla. Ninguna palabra la movería de la seguridad que le ofrecía aquella esquina.
—Mira, está temblando, la pobre chica. Debería clavarle el puñal a ese bastardo de Fareeq por lo que le ha hecho —dijo Nazim en voz baja.
Badra abrió un ojo y vio que el hombre se le acercaba y le murmuraba algo tranquilizador. Advirtió ternura en sus extraños ojos del color de la miel, pero sabía que las apariencias engañaban. Él le puso la mano en su brazo desnudo.
Ella se estremeció y se resguardó todavía más en la esquina.
Nazim dejó escapar un fuerte suspiro.
—Está demasiado asustada, Jabari. Te recomiendo que seas delicado con ella. Dale tiempo.
Badra oyó que se marchaba y el jeque se sentó junto a ella.
—Veo que nos encontramos en un punto muerto, Badra —dijo Jabari serenamente—. Pero soy un hombre paciente, y esperaré a que salgas. El tiempo que sea necesario.
Dos horas. ¿Qué le estaría haciendo Jabari a aquella chica?
Había contado los minutos desde el momento en que el jeque se había llevado a la muchacha nueva a su tienda. Finalmente, Khepri no pudo esperar más. Se colocó cerca de la tienda de Jabari, haciendo ver que preparaba un nuevo arnés para el asno de un campesino. Irritado, frunció el ceño al ver que dos guerreros intercambiaban maliciosas sonrisas y lanzaban miradas a la tienda del jeque. A éstas siguieron comentarios socarrones acerca de las facultades sexuales de Jabari, no todos ellos positivos. Jabari todavía tenía mucho que demostrar. Sólo tenía veintitrés años y apenas hacía dos meses que había asumido el liderazgo. Acostarse con las concubinas de Fareeq le ayudaría a ganarse el respeto de los guerreros.
—¡Dos horas! ¡Nuestro jeque es un hombre fuerte! —dijo uno de ellos.
Khepri hizo una mueca. Al verlo, el otro guerrero se echó a reír. Le dijo al primero:
—Mira, su hermano ya está pensando en cómo superarlo. Siempre resuelto a ser el mejor. He oído que cuando Khepri baja a la aldea, los padres encierran a sus hijas bajo llave. Se han percatado de que, después de estar con él, sus señoras no pueden andar erguidas durante días. Quizá nuestro jeque haga lo mismo con su nueva concubina.
Khepri se removió por dentro. Aquella pequeña concubina llamada Badra parecía aterrorizada. Sus ojos negros pedían ayuda. Un sentimiento de compasión y extraña protección se apoderó de él. Él también había sentido miedo al llegar al campamento Khamsin, con los gritos de muerte de sus padres aún retumbando en su cabeza.
Para disimular su inquietud y cualquier ruido del apareamiento en el interior de la tienda, Khepri empezó a cantar. Procuró no pensar en Jabari acostándose con Badra. Ella pertenecía al jeque y era estúpido por su parte desearla. Con todo, no podía evitar que los celos se clavaran en él como la espina de un cactus.
Le dolían los músculos. Badra no se atrevía a moverse. El jeque estudiaba un fajo de papeles. Le dolía el cuerpo por estar acurrucada en una única posición durante tanto tiempo. Pero ahí se encontraba a salvo.
Fuera se oyó un ruido espantoso. Era como si alguien estuviera… ¿cantando? De algún modo, Badra se percató de que era el mismo hombre que la había traído a caballo. Era Khepri. Era peor que un burro rebuznando. Sus sospechas se confirmaron y un burro rebuznó. Los labios le temblaron de súbito alborozo.
—Es como si un camello se hubiera tirado un pedo —susurró Jabari.
El guerrero cantó más fuerte. El asno emitió un ruido inconfundiblemente descortés. Badra se contuvo la risa.
—¡Bestia testaruda! Soy el guerrero más temible de Egipto. ¿No te merezco ningún respeto? —gritó Khepri. Su exasperación era patente.
Esta vez a Badra se le escapó la risa. Jabari la miró.
—Te hace reír, ¿verdad?
Ella no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.
—Badra, si te gusta Khepri, puedo traerlo hasta aquí. Me encantaría verte sonreír de nuevo. ¿Te gustaría que lo trajera?
Ella se mordió el labio, considerándolo. Khepri parecía tierno y protector. Le infundaba más confianza que el jeque. Su cerebro se puso a trabajar frenéticamente. El jeque parecía un hombre orgulloso. No la abordaría delante de Khepri. Ella asintió con la cabeza.
—Si quieres que entre, tendrás que vestirte y salir de esa esquina —intentó persuadirla.
Badra vaciló, con la mirada fija en su ropa, que el jeque sostenía en sus manos extendidas. ¿Sería aquello una trampa? La expresión del jeque era alentadora. Cogió el caftán de un vuelo y se lo puso encima.
Al levantarse, sus músculos crujieron en señal de protesta. Le temblaban las piernas, pero siguió cautelosamente a Jabari hacia la estancia principal. El jeque se dirigió a la puerta de la tienda.
—Khepri, ven aquí inmediatamente. Tus bramidos se pueden oír desde el Sinaí.
A continuación, Jabari se volvió. La sonrisa en sus labios suavizó las duras líneas de su rostro. Quizá no era la bestia que ella creía, pensó Badra. El guerrero Khamsin entró penosamente en la tienda, con una apariencia hosca.
—Discúlpate ante mi concubina por tu mala educación —le ordenó Jabari—, tus cantos han dañado sus oídos. Eres peor que un asno expulsando ventosidades.
Khepri frunció el ceño y advirtió la sonrisa socarrona del jeque. Le dedicó una encantadora sonrisa a Badra.
—Debo disculparme por los ruidos que habéis oído, aunque el maleducado ha sido el asno. No cree en la maestría de mi voz, así que se burla de mí, del mismo modo que mi hermano —dijo guiñándole el ojo.
A Badra se le escapó una risita.
—Te mofas de mi dolor —dijo él, bromeando con ella—. Te puedo asegurar que Jabari no canta mucho mejor. ¿Quieres que te haga una demostración?
—No le pidas al cantante que cante a menos que lo quiera hacer por sí mismo —dijo ella con voz ronca, rememorando un antiguo proverbio árabe.
Aquellas palabras, las primeras que había pronunciado desde que perdió a su bebe y toda esperanza, la sorprendieron. Su voz sonó quebrada y seca. Jabari se quedó boquiabierto. Khepri sonrió.
El temor fue abandonando a Badra. Se percató de que el jeque había retrocedido, otorgándole su tan necesitado espacio. Cuando Jabari le pidió a Khepri que se marchara y que llamara a Nazim, abriendo las portezuelas de la tienda para exponer la estancia al aire exterior, Badra ya no tenía miedo. El jeque no hizo ningún amago de tocarla, sino de querer hablar con ella tranquilamente.
—Badra, yo no puedo cambiar el pasado ni lo que Fareeq te hizo. Pero te prometo que bajo mi protección algo así no te volverá a pasar.
A continuación apareció Nazim, que esbozó una amplia sonrisa al verla. El jeque les hizo señas para que se sentaran en la alfombra, cerca de las sillas de camello amontonadas, ahí donde nadie pudiera oírlos. Ella obedeció cautelosamente.
—Nazim, no puedo hacerla mi concubina. No me acosté ni me acostaré con ella, en vistas de lo que hizo Fareeq. Farah lo hará y, ah, me mantendrá suficientemente ocupado.
Nazim parecía preocupado.
—Señor, los hombres creen que estás satisfecho con ella, puesto que lleva dos horas en la tienda.
Jabari frunció el ceño.
—Veo que contáis los minutos.
—Todos los hombres lo han hecho —dijo Nazim—. La tribu entera habla de tus… sorprendentes habilidades. Si no la declaras tu concubina, será una deshonra para ella. —Aunque su mirada decía lo que ocultaban sus palabras: una deshonra para él mismo. El jeque dejó escapar un suspiro de impotencia. Miró a Badra.
—Entonces, Badra, te llamaré mi concubina, pero sólo de nombre. Tú no te acostarás conmigo. Ahora estás bajo mi protección. ¿Lo comprendes? Ya no perteneces a Fareeq.
—Estás equivocado —respondió ella con un tembloroso susurro—. Siempre perteneceré a Fareeq. No cesará en su búsqueda hasta encontrarme. Usted y sus hombres se encuentran en un grave peligro.
Nazim puso la mano en la empuñadura de su cimitarra y dijo:
—Escúchame, Badra. Hace mucho tiempo que los Al-Hajid son nuestros enemigos. Jamás nos han derrotado en la batalla y jamás lo harán. Doy fe de ello, lo mismo que cualquier otro guerrero de esta tribu.
—No podréis impedir que venga a buscarme —insistió ella.
—Entonces te asignaremos un fuerte guerrero para que te custodie y vigile todos tus movimientos para que te puedas sentir segura —le aseguró Jabari—. Khepri está al frente de mis saaqrs, mis guardianes halcones. Lo nombro tu protector. Ahí donde vayas, él estará contigo. Es un valiente guerrero. Confío plenamente en él, y tú también deberás hacerlo. Ya no eres una esclava de Fareeq.
—Fareeq jamás te golpeará de nuevo —añadió Nazim. Sus ojos color ámbar la miraban compasivamente.
Badra se sentía avergonzada. ¿Todos los miembros de la tribu la mirarían de ese modo? No podría soportar que alguien conociera su oscuro secreto.
—Por favor. No le contéis a nadie más… lo que Fareeq me ha hecho. Os lo suplico —imploró.
—Debo decírselo a Khepri para que conozca tu pasado y sepa lo importante que es protegerte —dijo el jeque
—No —gritó ella—. Por favor, os lo ruego. No podría soportarlo.
No podría soportar la deshonra de que alguien más lo supiera. Sentirían repulsión y desprecio hacia ella. La culparían.
Jabari exhaló un suspiro.
—Como lo desees. Permanecerá entre las paredes de esta tienda. —Se dirigió a Nazim—. Dile a Khepri que entre.
Mientras Nazim abandonaba la habitación, Jabari se inclinó hacia ella.
—Badra, si nombro a Khepri tu protector, debes confiar en mí. ¿Confiarás en mí? ¿O como mínimo lo intentarás?
—Lo intentaré —susurró ella. Khepri parecía una persona buena.
Un torrente de emociones se despertó en ella cuando el joven guerrero apareció de nuevo por la puerta. Al mirarla, sus alegres ojos azules rebosaron simpatía. Ella intentó sonreír. Sentía que su rostro se partía en dos, pero lo consiguió.
Aquel gesto no pasó desapercibido a Jabari. Una expresión de satisfacción se dibujó en su rostro.
—No te dejes engañar por su aspecto juvenil. Khepri sólo tiene diecinueve años, es impulsivo y temerario, pero es también un guerrero valiente y feroz.
—La impulsividad es un rasgo común en la familia —respondió Khepri, sonriendo con descaro—, si bien no lo es el mejor guerrero de todos.
Nazim le dio una palmada amistosa a Khepri.
—Cuida las formas, jovencito. No hagas afirmaciones que luego no puedas demostrar.
—Ah, el guardián de mi hermano se ofende porque he dicho que mi hermano es mejor guerrero que yo. Me disculpo por haber dicho la verdad —dio Khepri en tono de burla.
—¡Basta! —ordenó Jabari, aunque una cariñosa sonrisa se dibujó en sus labios. Badra se relajó todavía más, viendo la camaradería existente entre ellos.
El jeque se puso serio.
—Te he hecho llamar para confiarte y encomendarte una misión muy especial. No me he acostado con Badra y no lo pienso hacer. Aunque se trata de información que debe quedar entre las paredes de esta tienda. Se la conocerá como mi concubina.
—¿No lo has hecho? ¿Por qué? Es preciosa —espetó Khepri.
Jabari le lanzó una mirada que parecía decir que no era asunto suyo, pero el gesto de incredulidad del guerrero indicaba que continuaba esperando una respuesta. Badra lanzó una mirada de desesperación al jeque.
—Es demasiado joven y delicada —dijo Jabari prudentemente—. A diferencia de mi enemigo, yo soy mucho más considerado con las mujeres que me llevo a la cama. Pero al parecer toda la tribu piensa que ya me he acostado con ella, así que será mejor que continúe siendo mi concubina.
Lanzó a Badra una mirada de complicidad. La tensión desapareció de su cuerpo. El jeque había dicho la verdad sin revelar su secreto. Sí, quizá podía confiar en aquel hombre.
Los ojos abiertos del joven Khepri revelaron sorpresa y un extraño alivio.
—Por supuesto —dijo solemnemente —. ¿Qué quieres que haga?
—Badra queda bajo tu responsabilidad desde este momento en adelante. Te nombro su guardián halcón y debes protegerla de todo peligro. Necesito un guerrero en quien poder confiar, puesto que es muy bella y muchos hombres pueden desearla. No debes permitir que ningún hombre la toque. —El jeque calló y le lanzó una mirada penetrante—. Ningún hombre, incluido tú mismo. Te concedo semejante honor porque sé que usarás la cimitarra para defender su honor y su vida. ¿Lo has comprendido?
Su mirada se llenó de orgullo mientras se ponía en pie y se llevaba la mano a la empuñadura de su espada.
—Sí, señor —declaró él—. Defenderé el honor y la vida de Badra con la mía propia.
—Como tu tótem, la cobra, debes enfrentarte a sus enemigos con la misma fiereza con la que te has enfrentado a los míos —dijo Jabari en tono grave.
El tono solemne de aquellas palabras debería de haber tranquilizado a Badra, pero no fue así. Badra conocía a Fareeq. Vendría a por ella. Y cuando lo hiciera, se derramaría mucha sangre. Incluida la suya propia.
La noche se cernió sobre el campamento Khamsin con el suave susurro del viento del desierto. Badra yacía en la cama. Asriyah le había dejado una pequeña lámpara de aceite, pero ni siquiera la luz lograba disipar las sombras de su cabeza, los pequeños miedos que la acechaban.
Sabía que iba a venir. Khepri le había asegurado que Fareeq no la reclamaría, pero ella conocía la obcecación de Fareeq, su incapacidad para renunciar a algo que le perteneciera. Si no podía tenerla, la mataría. Aunque la muerte sería un grata liberación a los brutales sufrimientos por los que había tenido que pasar. Lloraría de alegría ante el golpe de la hoja de una espada.
Corría un frío helado de la noche que penetró en sus huesos. Lo presentía, lo notaba en el aire, tan denso y amenazador como una oscura nube de fuego: iba a venir a buscarla.
Se oyeron gritos en la lejanía, además del golpeteo de cascos contra la dura arena. Badra se irguió de repente y se echó a temblar violentamente. La puerta entretejida de su estancia se hizo a un lado y Khepri irrumpió en ella como un vendaval, empuñando su cimitarra. Se inclinó hacia ella y le hizo señas para que se acercara. Ella se levantó de la cama y echó a correr hacia él, con el camisón ceñido al cuerpo.
—Los Al-Hajid nos devuelven el ataque. Jabari lo había previsto y aquí estoy yo para permanecer a tu lado. No tengas miedo, pequeña. Yo te protegeré.
Badra se mecía hacia delante y atrás mientras las lágrimas le caían por las mejillas.
—Fareeq es poderoso. Asesinará salvajemente a tu gente.
Una sonrisa burlona se dibujó en los labios de Khepri al tiempo que levantaba su larga y curva cimitarra en el aire.
—Al parecer, nunca has visto a los guerreros Khamsin en la batalla.
Apenas terminó de decir estas palabras cuando un cuchillo rasgó las paredes de la tienda. Badra gritó y dos guerreros Al-Hajid entraron violentamente en la tienda, cimitarras en alto, y con los ojos rebosantes de crueldad.
Khepri cogió el extremo de su turbante y se cubrió el rostro. Primero se llevó la punta de la espada al corazón, luego a los labios, y a continuación emitió un grito largo y ululante que Badra reconoció como el grito de guerra de los Khamsin. Él dio un paso adelante, protegiéndola con su cuerpo musculoso y hendiendo el aire con su cimitarra.
—Decidle a ese repugnante perro del desierto, Fareeq, que Badra ya no le pertenece. Ahora ella es una Khamsin. Yo soy la Cobra, su guardián halcón, y antes de que alguno de vuestros chacales le pueda poner la mano encima, perderé hasta la última gota de mi sangre.
—Por mí no hay problema —dijo uno de ellos echándose a reír.
—Ya lo veremos —respondió tranquilamente Khepri, abalanzándose sobre él.
Badra se estremeció mientras él se enfrentaba sin esfuerzo a los dos guerreros. Los sonidos del metal contra el metal retumbaban en sus oídos. Fuera de la tienda se oían ruidos de otros Khamsin luchando contra los asaltantes. Ella se echó atrás y cerró los ojos con fuerza. Khepri se volvió con una expresión de feroz satisfacción en el rostro. Sus enemigos yacían muertos ante él. Echó un vistazo al exterior de la tienda.
—Los demás huyen, los muy cobardes. —Limpió la espada con la ropa de sus enemigos y a continuación la enfundó.
Se volvió hacia ella con expresión dulce y tranquilizadora.
—Ahora estás a salvo, Badra. Ningún hombre te hará daño.
Badra miró a los dos hombres tumbados en la alfombra, pero no sintió alivio alguno. Fareeq no se rendiría. Un intento no sería suficiente. Otros vendrían a por ella y la devolverían a la negra tienda de dolor. Permitió que un atisbo de esperanza penetrara en su mente, aunque se disipó al instante.
Sólo le quedaba una opción. Su salvación colgaba del cinturón del joven guerrero Khamsin. La perversa punta curva atravesando su corazón. Se abalanzó sobre el arma y la desenvainó. Khepri se dio la vuelta efectuando un movimiento propio del tótem de su cobra. Él se abalanzó sobre el puñal, apartó a Badra de un empujón y lo lanzó en el aire, provocando los gritos de Badra.
Los ojos se le llenaron de amargas lágrimas. Badra miró el puñal lanzado, profundamente avergonzada.
—Te lo suplico, déjame morir antes de que los otros vuelvan. Déjame sentir el alivio de la muerte, ya que sólo la espada me liberará de Fareeq.
—No, Badra —dijo Khepri dulcemente sin apartar los ojos de los de ella—. Estás tan equivocada… La muerte jamás es la opción correcta.
—Lo es para mí. No puedo continuar viviendo como una esclava.
—Ahora tienes una nueva vida, Badra —dijo él, dando un paso hacia ella—. Y un guardián halcón. —Sus profundos ojos azules rebosaban determinación—. Un guardián halcón ha jurado a su jeque protegerte con su vida. Semejante juramento se concede en muy pocas ocasiones y honrará el resto de mis días.
Pero sus palabras no significaban nada.
—Has arruinado mi última oportunidad para descansar —susurró ella.
Él fijó su mirada, llena de compasión, en ella.
—No, Badra —dijo él—. Eres libre de escoger tu propio destino. Fareeq ya no tiene ningún poder sobre ti. Confía en mí, se trata de un nuevo principio. Lo sé. Porque yo no nací siendo un Khamsin.
No fueron sus palabras lo que la convencieron, sino su mirada llena de angustia.
—Tus ojos —dijo ella de repente.
Una sonrisa amarga asomó en su rostro.
—Todo lo que se sabe de mi familia es que eran extranjeros que cruzaban el desierto en dirección al mar Rojo. Su caravana fue asaltada y todos fueron asesinados. Recuerdo muy poco, pero el padre de Jabari, Tarik, me contó la historia para que honrara a mis padres, quienes murieron mientras me ponían a salvo.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Badra.
—Cuando apenas tenía cuatro años, los Al-Hajid asaltaron nuestra caravana. Mis padres me ocultaron en una gran cesta. Los Khamsin atacaron a los Al-Hajid mientras estos huían con el botín, llevándose la cesta con ellos. Cuando retiraron la tapa me eché a temblar, creyendo que moriría como mis padres, mi hermano y los criados. Levanté la vista y advertí dos rostros que me miraban, uno de ojos negros y otro de ojos ámbar. El que tenía los ojos negros dijo…
Se detuvo unos instantes y sonrió. Dijo:
—Padre, en esta cesta no hay ningún tesoro. Me parece que aquí dentro no hay nada de valor».
Badra advirtió que la mandíbula de Khepri se tensaba y desviaba la mirada mientras continuaba el relato.
—El padre de Jabari miró en el interior de la cesta y dijo: «Estás equivocado, hijo mío. Aquí hay algo de gran valor. Un niño». El jeque me miró y me dijo estas mismas palabras.
—No tengas miedo, pequeño —repitió Badra en voz baja.
Khepri asintió solemnemente con la cabeza.
—Tarik mandó a unos cuantos guerreros para que inspeccionaran la caravana pero lo único que encontraron fueron muertos. Fareeq había prendido fuego a los cadáveres para que éstos fueran irreconocibles. —Cerró los ojos—. El padre de Jabari me crió como a un hijo. —La miró seductoramente—. Aquí reina la paz, Badra. Puedes empezar una nueva vida. Yo te ayudaré. El padre de Jabari me puso el nombre de Khepri, el dios egipcio del sol, para reflejar el amanecer de mi nueva vida.
A ella le temblaba la voz.
—Khepri, el dios del amanecer. Y yo soy Badra, como la luna llena. Somos opuestos.
Una leve sonrisa curvó los labios de Khepri.
—Quizá es lo que parece, pero el Sol y la Luna no pueden existir el uno sin el otro.
Ella lo miró fijamente, como si quisiera creerlo. Él era tan bello, parecía tan bueno.
—Pero ¿acaso la Luna se atreve a confiar en el alba? La obliga a abandonar el cielo con su luz cegadora, lejos de la oscuridad de la que se nutre. El Sol quema. Es mucho más poderoso que la Luna.
Una terrible expresión tensó el rostro de Khepri, despojado del encanto infantil que a ella le había parecido advertir antes. Ahora asomaba la resolución de un guerrero entregado a su deber.
—Poderoso, sí. Para ocultar a la Luna de modo que nadie la pueda encontrar. Badra, yo soy tu guardián halcón, entregado a ti como tu protector. He jurado defenderte hasta la muerte. Soy un Khamsin, guerrero del viento, y jamás permitiré que te ocurra nada. Lo prometo. Escúchame bien: estás a salvo de Fareeq.
Tras dirigirle una sonrisa tranquilizadora, Khepri le acarició la mejilla, secándole las lágrimas con el pulgar. Algo cálido y húmedo remplazó el agua salada que brotaba de sus ojos. ¿Su sangre?
Ella volvió la palma de la mano de Khepri hacia arriba para examinarla. Se había cortado al arrebatarle el cuchillo a ella.
—¡Estás herido!
Dando un leve chillido de angustia, Badra le quitó el fajín del cinturón, y con él envolvió su mano ensangrentada. Lo fijó fuertemente, mirando fijamente a Khepri. Jamás un hombre se había hecho daño por ella. Jamás un hombre había luchado contra otro para defenderla y protegerla.
Un destello iluminó los ojos de Khepri, volviéndolos de un azul más intenso.
—Ah, si hubiera sabido que el hecho de herirme te ablandaría, me hubiera cortado mucho antes.
Por primera vez en largos años, Badra esbozó una verdadera sonrisa.
—Has jurado ser mi guardián halcón y protegerme, Khepri. Así que supongo que lo mejor que puedo hacer es curar tus heridas. Desde el momento en que has jurado dar tu vida por mí, es lo menos que puedo hacer a cambio.
—Pequeña, para mí no supone un gran sacrificio. Por verte sonreír, daría gustoso mi vida —dijo Khepri en susurros.
A Badra le conmovió la ternura en su rostro. Se acercó a él. Alargó la mano y, por primera vez desde que había sido esclavizada, tocó a un hombre por voluntad propia. Su mano temblorosa acarició la tersura de la oscura barba de Khepri.
Khepri soltó un profundo gemido y se apartó. Él cerró los ojos. Al abrirlos, su mirada era distante.
—Ah, pequeña —musitó él, y a ella le pareció advertir un extraño tono de pesar en su voz—. Los puñales y las cimitarras no representan ningún peligro para mí. Pero tú, creo yo, eres mortal. Tienes el poder de esclavizar mi corazón. Podría enamorarme de ti. Que Dios me asista, creo que ya lo he hecho. Y la profunda herida que ello me puede causar es mucho más profunda que la de cualquier cuchillo. Hasta el hueso. Hasta los mismísimos huesos.