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Para mi querida abuela,
Pauline Peavy Thurman.
Gracias.
“No sorprende que en este mundo
surjan guerras y batallas, pues
primero han existido en el cielo”.
Honoré Bonet, 1386
EL CASTILLO
CAPÍTULO UNO
Cuatro hombres a caballo treparon la colina y, de pronto, ahí estaba Belvedere frente a ellos. Sobre su montura, Belden de Harnoncourt dominó con la vista el horizonte, inmóvil, cansado. El brillo del sol de octubre se iba apagando, veloz, en su camino hacia el ocaso. Pero él aún podía sentir aquella fuerza abrasadora a través de la malla de la armadura. Necesitaban darse prisa si querían llegar a ese extraño refugio antes del anochecer. Pero había algo hipnótico en la imagen del pequeño castillo de piedra. Permaneció quieto, observando en silencio solemne cómo se profundizaban los colores de la fortaleza con los últimos rayos fervientes del sol, al igual que una mujer se ruborizaría bajo las caricias de su amante.
Nada había cambiado: la fértil campiña italiana, el canto de los pájaros nocturnos saliendo de su escondite, la bandera color blanco y lapislázuli de los Ducci-Montaldo, flameando tranquila sobre el castillo donde residían. Belden de Harnoncourt, hombre de virtudes pero no de corazón sensible, de pronto advirtió que frente a él —y no por primera vez— había algo de aquella materia con la que los poetas urdían sus historias y sus sueños. Belvedere era un lugar encantado. Y hasta la villa de San Urbano, cobijada bajo la sombra del castillo, parecía recibirlo con la inocencia de una mano extendida para darle la bienvenida.
Pero él también sabía que estaba ante una ilusión, cuya realidad había sufrido la decadencia de muchos años y padecido grandes adversidades, en las que él también había participado.
Poco a poco, empezó a percibir los olores de la última cosecha, de un otoño que se deterioraba con prisa hacia el invierno, y hacia la muerte. Cuánto odiaba esa estación tan bella. Siempre la había odiado. Siempre lo haría.
—¿Sir?
Belden se dio vuelta, pero su mirada no reparó en la mirada preocupada de Cristiano, el soldado que lo llamaba. En lugar de eso, se forzó a ir más allá y observar a su hermano. Guy de Harnoncourt se había desmayado, por fortuna. Aún estaba bien atado a la montura ornamentada, pero se había hundido un poco más y sus mejillas estaban tan pálidas por la pérdida de sangre que en su rostro resaltaban vivamente sus gruesas pestañas. Aunque estaba acostumbrado desde pequeño a lidiar con la muerte, Belden no soportaba comprobar que esa mancha sanguinolenta sobre la túnica de su hermano seguía expandiéndose cada vez más rápido.
—Sí —dijo despacio, casi para sí mismo—. Debemos continuar.
Se volvió una vez más hacia Belvedere y por un instante creyó distinguir un movimiento en una de las torres centrales: un rostro vuelto directamente hacia él, ojos que lo reconocían y le daban la bienvenida. Pero sabía que era imposible. Aún estaba demasiado lejos del castillo. Y lo había estado por mucho tiempo.
El gran sir de Harnoncourt dio una señal a sus hombres y luego clavó las espuelas. Una vez más, con espíritu temerario, los jinetes se lanzaron colina abajo hacia las últimas profundidades del valle que los separaba de su destino.
—¿Es posible?
La condesa Francesca Ducci-Montaldo había pegado su nariz a la sucia ventana de la torre con la vista fija en los cuatro hombres que galopaban directo hacia Belvedere. Directo hacia ella. En un preciso instante en que el sol los enmarcó con su claridad, reconoció que eran caballeros, pero desesperados: sus cuerpos iban apretados contra las monturas, las manos cerradas con firmeza, tirando de las riendas. Venían a toda velocidad, como flechas lanzadas por una ballesta.
Los franceses, pensó ella. El miedo empezó a danzarle dentro de la cabeza y su corazón martilló contra la tela blanca y casta de su delantal. Pero justo cuando estaba a punto de dejar escapar un grito, el brillo emanado por las armaduras la cegó. Cuando volvió a abrir los ojos, no había ningún resplandor fuera de lo común, ningún peligro acechando, solo su propio reflejo, que le devolvía el cristal de la ventana con marco de plomo. Cabello oscuro, ojos verdes, un rostro pálido sorprendido que, a pesar de la repentina ansiedad, parecía relajado.
Debajo estaban las colinas amarillas de la Toscana, que moldeaban la tierra ondulante en dirección a Florencia y, más allá, hacia Roma y Nápoles. Unos bueyes gordos y apacibles punteaban de negro las lomadas de las elevaciones, cubiertas de olivos plateados, cipreses y pinos. Las vides colmaban las laderas hacia abajo. La región disfrutaba de una serenidad ganada con mucho esfuerzo. Gracias a Dios, los caballeros y sus campañas no eran más que recuerdos.
—Paz —rezó Francesca, contemplando las colinas en busca de algún signo de guerra—. Amén.
—¡Ayyy!
Aquel grito la llamaba de regreso al laboratorio y a su trabajo. Se dio vuelta y parpadeó ante la penumbra que había esperado encontrar. Pero no había ninguna penumbra ante ella, ningún laboratorio. Solo estaba el brillo danzante de la fogata, cuyas llamas se contorsionaban directo hacia el cielo. El calor devoraba todo lo que encontraba a su paso.
Marco, Luca, Piero II... Papá.
Gritando. Gimiendo.
Pero ella conocía esa escena, sabía que solo era una pesadilla de la vigilia. Sabía que si cerraba los ojos y contaba. Uno, dos, tres...
—¡Ayyy!
... volvería a abrirlos a la realidad; a una calavera humana que le mostraba los dientes desde la cima de unos pergaminos. A los restos estropeados de alfarería etrusca y monedas que ella y sus hermanos mayores habían recogido con cuidado de las ruinas cercanas. Al polvo tan familiar que se arremolinaba en cada esquina, un testimonio elocuente de que no había ningún criado desde la Toscana hasta Roma y que no se podría convencer a nadie de limpiar esa torre mágica.
Y a Filippo, el pequeño hipnotizado.
Sentado en medio del laboratorio, con sus dos manitos de cinco años aferrándose a la silla donde lo habían colocado, clavaba los ojos encendidos de miedo y fascinación en la tonsura que coronaba la cabeza inclinada de un sacerdote franciscano. Parecía dispuesto a dar otro chillido, pero Francesca lo detuvo.
—Filippo —lo reprendió—, no es tan grave. El padre Gasca sólo está tratando de ayudarte.
El niño echó una rápida mirada a Francesca.
—Condesa, ¿cómo un brujo podría ayudarme?
La mujer frunció los labios para contener la sonrisa.
—En primer lugar, el padre Gasca no es un brujo sino un alquimista muy culto. De hecho, está claro que nosotros, y tú en especial, somos muy afortunados en que él esté aquí en Belvedere por un tiempo y no dando clases en París. Así que recuerda tus modales y discúlpate de inmediato. —Ella esperó pacientemente una respuesta del niño que nunca llegó—. Porque, en segundo lugar, el golpe que recibiste jugando a los caballeros en el campo de las justas, contra mis expresas órdenes, debo agregar, fue bastante severo. Si el padre Gasca no hubiera estado ahí, bien podrías haber terminado arremetiendo contra los angelitos del cielo. En caso de que el cielo hubiese sido tu último destino.
El niño no pareció impresionado por el funesto presagio.
—Pero él me hizo daño.
—¡Tonterías! —clamó la voz profunda de Gasca, con el ceño fruncido—. Esto es aloe, hijo, aloe, y es por eso que no te puede picar. En lugar de desperdiciar los dones que te ha dado Dios quejándote, deberías agradecer al Altísimo que el viejo conde nos haya traído esta medicina de la Tierra Prometida. De lo contrario, te hubiera ido mucho peor, supongo, que el haber arremetido contra los angelitos en el otro mundo. Porque fue tu brazo de armas el que quedó herido. Y si la herida no hubiera sido tratada correctamente, ya no podrías usarlo, y este mundo se hubiera quedado sin los servicios de un valiente guerrero.
Los ojos redondeados de Filippo se agrandaron más aún al escucharlo, y volvió a considerar al sacerdote con respeto renovado.
—¡Y no me llames brujo!
Alrededor de ellos se escuchó el tintineo de las botellas de preparados, que temblaron en los estantes por la fuerza de vendaval del atemorizante grito del sacerdote.
—Como te ha recordado tan amablemente tu ama, soy un sacerdote, y por ello una parte de mí pertenece a Dios. Pero también soy alquimista, y por ello otra parte de mí pertenece a la ciencia. De modo que, mi joven amigo, tú tendrás que decirme qué parte de mí quedaría libre para asociarse con la brujería, la oscuridad y los trabajos ocultos.
—Nada —murmuró—, ninguna parte.
—Pero, padre Gasca —intervino Francesa, mientras la luz del sol centellaba juguetona en sus ojos verdes—, no debemos ser muy severos con el niño; después de todo, es cierto que ha habido rumores. Se dice que en París usted logró descubrir el secreto de la piedra filosofal, que convierte el metal común en oro, pero que se rehusó a revelar su secreto al rey Carlos y quemó sus anotaciones.
—Un hombre codicioso, Carlos —rezongó Gasca—. No tenía ninguna intención de compartir la recompensa con los pobres.
—Y también estuvo el asunto de su larga correspondencia con ciertos médicos otomanos que atrajo la atención de la Inquisición —Francesca hizo una pausa—... por no mencionar su descubrimiento del elixir de las desapariciones.
—Ah, eso —suspiró el sacerdote—. Una nimiedad. Solo sirve para andar a hurtadillas por la vida de los jóvenes caballeros y verificar si están cumpliendo con su deber, ¡o para arremeter contra ellos cuando no lo hacen y deberían!
—Sin embargo el elixir fue un trabajo a escondidas. Al menos, tan sospechoso como para que el rey lo acusara de ser un caballero templario y para que el papa de Aviñón lo suspendiera y le prohibiera seguir enseñando.
—Él no es nuestro papa —intervino con voz aguda Filippo, de regreso en las filas leales—. Es el papa francés. Nuestro papa está en Roma, donde deben estar los papas.
—No es nuestro papa —coincidió Francesca—. Pero sigue siendo una autoridad. ¿Qué nos dice al respecto, querido padre?
—Todo eso fue una conspiración de celos. Pero tengo que añadir que con tus ojos verde hoja y tu cabello rojo tierra, tienes el aire de una ninfa del bosque, mi querida Francesca, y en estos tiempos tan embrujados, tendrías que cuidar tu propia reputación y no perder mucho tiempo en mofarte de la mía. En especial, teniendo en cuenta que tú también tienes fama de buena sanadora.
—Pero no tanta como usted.
—No, no tanta —acordó Gasca complacido—, pero aprendes rápido. Eres la réplica de tu padre.
La mención del conde Piero Ducci-Montaldo flotó pesada en el aire de ese mismo laboratorio que, años atrás, el conde había construido con tanta dedicación. Pero pronto los tres amigos prefirieron huir de allí. Filippo para probar el movimiento de su brazo recientemente reparado, Gasca para enfrentar la pila de manuscritos que habían caído de su escritorio y encontrado refugio en el suelo, alrededor de las robustas patas del mueble, y Francesca para quitarse a regañadientes su delantal blanco de laboratorio y convertirse, una vez más, en la condesa Ducci-Montaldo, la administradora del castillo de Belvedere.
La joven reparó en el pequeño espejo mantenido en pie, precariamente, por dos frascos de ranas en conserva.
—¡Qué pecas horribles! —se quejó por los puntos marrones que revoloteaban con obstinación sobre el tabique de su nariz—. ¡Oh!, ¿por qué no heredé el color delicado de mi madre, en lugar de estas manchas? Ni siquiera el agua de cebada ha... —Pero entonces recordó a esos hombres apresurados y esa sensación de urgencia. Se volvió hacia el padre Gasca—: Creo que tenemos visitantes en las cercanías —anunció, midiendo las palabras para no asustar al viejo sacerdote ni al niño.
—Ajá —fue lo único que respondió, pero levantó los ojos.
—Sí, los he visto llegando por las colinas. Parecen caballeros, pero no estoy segura a quién pertenecen. En verdad, no estoy completamente segura de haberlos visto tampoco. Desaparecieron detrás la pendiente.
—¿Llevaban algún estandarte? ¿Podrías decir si eran franceses u hombres de la compañía dorada?
Por un mínimo instante, todo el brillo del rostro de Francesca pareció desfallecer.
—No, no eran de la compañía dorada. Dudo que ninguno de los hombres de la armada de Belden de Harnoncourt se atreva a presentarse aquí.
—¿Entonces crees que al fin están llegando los franceses? —preguntó Gasca, tratando de apartar los pensamientos de la joven de un dolor que, él sabía, aún seguía perturbándola.
Francesca asintió, agradecida.
—¿Y estaremos seguros con ellos?
Gasca, portugués de nacimiento, había entrado en contacto con la Inquisición en Aviñón y sus dudas sobre las buenas intenciones de los galos se evidenciaban en el escepticismo apenas oculto de su voz.
—En realidad, estamos a salvo con cualquiera de las dos facciones en este enfrentamiento sin sentido —respondió ella—. Los franceses están aquí para poner al tío del rey, Louis d’Anjou, en el trono de las Dos Sicilias en Nápoles. Mi madre es pariente cercana del comandante de la armada francesa, Eguerrand, sir de Coucy, quien nos ha prometido su protección. Pero, por otra parte, pertenecemos a la liga florentina y somos parte del pacto que Florencia ha negociado con Belden de Harnoncourt. Si los franceses no se adhieren a sus garantías de neutralidad respecto de la Toscana, Harnoncourt nos defenderá con el poder de su compañía dorada. Él es un gran condottiero y su compañía de mercenarios es la mejor en Europa —concluyó Francesca, tratando en vano de sonar desinteresada—. Cuánto desearía que la pobre reina Johanna siguiera viva.
—Es difícil seguir vivo cuando a uno lo han estrangulado —repuso Gasca suavemente—. ¿De modo que usted cree que el duque Carlos Durazzo, o el rey Carlos III, como lo conocemos ahora, estranguló a su tía?
—Claro que la estranguló. El reino de las Dos Sicilias se extiende de Roma hasta la última punta de Italia, y es un territorio muy rico. Si no lo fuera, de seguro los poderosos franceses no estarían aquí, combatiendo contra un Carlos que, a fin de cuentas, es solo la cabeza titular de un pequeño ducado en Albania.
Pero los pensamientos de Francesca se habían retirado a otro sitio, más allá de la ventana, hacia las colinas.
—Probablemente, esos hombres eran solo un espejismo —murmuró.
—Espejismo o no, espero que nos dejen tranquilos para completar nuestros experimentos en paz. Estamos tan cerca de...
—¿De desaparecer? —Francesca había avanzado hasta la pesada puerta de madera, pero se volvió hacia Gasca con picardía.
—Entre otras cosas —respondió con una sonrisa enigmática. Pero luego, su tono cambió—. Ahora sé una buena asistente, sal al jardín, y tráeme la cosecha de hoy de borraja. Ve tú misma, no mandes al pequeño guerrero, y recógela ahora, antes de que salga la luna. Date prisa. Y no te pongas el velo. Las leyendas dicen que la borraja debe ser recogida por una doncella de cabellos sueltos.
Francesca no parecía haberse alegrado con el pedido. Tenía tanto que hacer... Hasta sus sosegadas visitas al laboratorio se estaban volviendo cada vez menos frecuentes. Siempre requería su atención algún otro asunto. Corría todo el día de aquí para allá en el castillo, ahora que la condesa Blanche apenas asomaba la nariz de su alcoba. Belvedere —sus intereses, sus campesinos, su pasado y su futuro— se habían ceñido alrededor de Francesca como el bonito lazo de una cinta. Y el nudo estaba comenzando a apretar.
La culpa de haber enviado a una mujer tan ocupada a una búsqueda probablemente infructuosa inquietó a Gasca por un momento. Pero ¿qué otra opción tenía? Debía hacer que ella saliera al jardín exterior.
Ellos estarían esperándola allí. Las estrellas se lo habían dicho, y el ancho anillo rojo alrededor de la luna de cosecha de la noche anterior, y la visión de cuatro hombres a caballo que tan claramente él había distinguido a través de los ojos de Francesca.
El rostro del anciano se frunció alrededor de sus ojos brillantes, como una ardilla enérgica alrededor de una nuez. Francesca debía tener cerca de veinticinco años. Una doncella entrada en años y resignada a la soltería. Pero para él, no era tan mayor. Había estado presente en su nacimiento, la única niña después de cuatro hijos fuertes. Un suceso tardío. Ahora todos esos hijos, menos uno, estaban enterrados, y su padre con ellos. Y los años habían ido dejando sus huellas en el corazón de la muchacha.
Guy de Harnoncourt.
Pero Gasca dudaba sobre esa unión desde el principio. Y lo mismo el conde Piero.
—Ah, viejo amigo —suspiró el sacerdote, hablando en voz alta hacia la sombra que se extendía—. Llegué demasiado tarde para servirlos a ti y a los muchachos, pero quizá no es demasiado tarde para darle una pequeña ayuda a tu Francesca. Y acaso la respuesta para ella acaba de llegar a Belvedere.
Gasca ladeó la cabeza y permaneció en un perfecto silencio, escuchando. Luego se incorporó del asiento, anduvo hasta la misma ventana donde Francesca había tenido su visión y miró hacia afuera.