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LA DAMA EN CUESTIÓN , Victoria Alexander

6º Familia Effington

Prólogo

Enero, 1820

¿Podría él realmente cambiar su vida?

Miró fijamente la oscuridad de la noche y el agua aún más oscura, con los sentidos alerta a cualquier sonido extraño, a cualquier movimiento inesperado en aquel lugar apartado de los muelles de Dover. Aquella noche, como siempre, su vida dependía de ello. Un hombre que no permaneciera en todo momento vigilante podía cometer un error, y en aquel caso un error fatal.

Se apoyó contra la pila de embalajes, lejos de las zonas iluminadas de los muelles, una sombra entre las sombras, como cualquier otra criatura de la noche. Siempre le había gustado bastante aquella parte, esa espera de lo desconocido. Había una extraña soledad, incluso un consuelo ofrecido por la oscuridad. En momentos como aquél estaba realmente solo, en compañía tan sólo de sus propios instintos y sus pensamientos íntimos.

¿O acaso ella ya había cambiado eso?

Incluso ahora que él no podía permitirse ninguna distracción, la pregunta reclamaba su atención. No tenía planeado permitir que ella entrara en su vida. No había tramado nada más que usarla para obtener la información que necesitaba. Y desde luego no había pensado en el matrimonio.

Pero la maldita mujer había alcanzado a tocar algo en su interior que él ya creía muerto y enterrado. Ella había visto a través de la imagen de libertino sinvergüenza que él cuidadosamente cultivaba, la imagen de aquel pillo a la caza de mujeres tolerado en los círculos de la alta sociedad únicamente por causa de su origen y de su título, por causa de lo que un día había sido. Tal vez por lo que podría volver a ser.

No.

Por lo que volvería sin duda a ser, de un modo o de otro. Dependía mucho de lo que ocurriera aquella noche. Nunca antes había considerado qué era lo que tendría que hacer para abandonar el trabajo que había estado haciendo, y además bien, durante más de una década. Terminar su relación con el departamento clandestino con el cual había estado discretamente involucrado después de la guerra no sería fácil. ¿Qué otro de esos valientes tontos con los que había trabajado podría cumplir una misión como aquélla tan bien como él? Stephens, tal vez.

—Supongo que has traído el dinero.

Ella surgió de la oscuridad como un fantasma hecho de algo tan inmaterial como la niebla. Le fue difícil ocultar la conmoción que le produjo verla. Por supuesto que hacía años que debería haberse dado cuenta de la verdadera naturaleza de ella. Era un fastidio que no hubiese sido así. Su mente no estaba donde debería estar, y eso era tan peligroso como la mujer que tenía ante él.

—Debería haber sospechado que tu adorable mano estaba detrás de esto. —La voz de él era fría, despreocupada. Como si se hubieran encontrado una tarde paseando por el parque y no en los muelles de Dover en plena madrugada.

—Me sorprende que no lo hayas hecho. —El tono de su respuesta encajaba con el de él. Incluso con aquella débil luz, él pudo ver la delgada y familiar curva de su sonrisa—. Sin duda tu mente estaba demasiado ocupada pensando en tu nueva esposa.

Él se encogió de hombros, negándose a mostrar ni un asomo de emoción ante su acusación.

—Yo estoy tan sorprendida como tú de que hayas dado un paso así. —La curiosidad de su voz parecía auténtica—. No creí que fueras el tipo de hombre capaz de casarte.

—Tal vez no me conocías tan bien como creías.

—Tal vez. —Hizo una pausa—. Tampoco creía que ella fue­ra el tipo de mujer que usarías para calentar tu cama.

Él contuvo una sonrisa de satisfacción. Una voz en su cabeza le advertía que vigilara sus pasos. La ignoró.

—El tipo de mujer que uno escoge para calentar su cama no suele ser el mismo tipo de mujer que uno escoge para casarse.

Más que oír, él sintió su marcada inspiración. Era una estupidez por su parte atormentarla de esa forma. Pero ella sabía, tan bien como él, que las veces que habían estado juntos habían significado poco más que un rato de diversión por parte de ambos. Por eso le resultaba extraño que ella reaccionara así ante su matrimonio.

—Creo que tienes algo que me pertenece. —Su voz era enér­gica y formal, pero cargada de un matiz seco que no auguraba nada bueno.

De nuevo, él ocultó su sorpresa. Si en efecto ella sabía lo que él había encontrado, aquel encuentro era mucho más peligroso de lo que esperaba. Escogió las palabras con cuidado.

—He traído el dinero.

—Excelente. Y yo estoy más que dispuesta a darte los documentos. —Su voz se hizo más dura—. Pero quiero el cuaderno.

Debería haber prestado más atención a los contenidos del cuaderno, pero apenas había tenido tiempo suficiente para echar­le un vistazo y hallar un escondite donde estaría seguro hasta que todo aquello terminase.

—No sé de qué estás hablando. —Se encogió de hombros.

—No te creo.

Ella miró por encima de él e inmediatamente él se dio cuen­ta de que no estaba sola. Sin ningún aviso, unas manos fuertes lo agarraron por los lados. Era inútil luchar. Sólo con ingenio podría salir de aquello.

—Estoy aquí por los documentos, nada más. —Miró a los hombres que tenía a su lado. Ambos pesaban más que él y no había duda de que iban armados. Escapar sería un desafío—. Si haces que estos caballeros me suelten, te daré el dinero que está en mi carruaje.

Ella lo estudió por un momento.

—Tampoco me creo eso.

Sin embargo, le hizo un gesto al hombre de su derecha, que lo soltó y se marchó. El otro le puso los brazos a la espalda y lo sostuvo con firmeza. Al menos era una ventaja. Y su coche estaba a cierta distancia de allí. Al otro hombre le llevaría algún tiempo llegar. Ella tenía razón, por supuesto. El dinero no estaba en el coche, sino que lo llevaba encima.

—Ahora quiero el cuaderno.

—No tengo ni idea… —El hombre que tenía detrás le apretó los brazos con más fuerza y él hizo una mueca de dolor—. Bueno, esto no es de muy buena educación.

—No estoy de humor para ser educada. —Ella se acercó unos pasos y la luz de la luna iluminó el cuchillo que llevaba en la mano. Eso era otra cosa que debería haber esperado. Siempre había sido buena con el cuchillo.

—No puedo darte lo que no tengo. —Él la observó y se preguntó si había un modo mejor que el enfrentamiento para salir a salvo de esa situación. Suavizó su tono—. Pero siempre nos hemos dado placer el uno al otro. Lo hemos pasado bien juntos. ¿Ya te has olvidado?

—No me he olvidado de nada.

—Y nada tiene por qué cambiar entre nosotros simplemen­te porque yo ahora esté casado.

—¿Y qué pasa con tu esposa?

—Mi esposa tiene mucho dinero. —Se esforzó por dar un matiz despreocupado a su voz—. Ella es una necesidad. Un hombre de mi posición necesita una esposa respetable y un heredero. Mi matrimonio no significa más que eso.

Ella se acercó más, lo suficiente como para besarse.

—De nuevo no te creo.

Pero el tono de su voz revelaba que quería creerlo. Era una buena señal y al mismo tiempo aquello se volvía mucho más peligroso. Las emociones siempre subían las apuestas.

—Tienes que creerme, cariño. Sólo ha habido una mujer para mí. —Bajó la cabeza para encontrar sus labios.

Los labios de ella susurraron contra lo suyos.

—¿La amas?

Él vaciló apenas un instante, pero fue suficiente.

—No —dijo al mismo tiempo que el cuchillo de ella le atravesaba el estómago y un dolor agudo lo desgarraba, cortándole el aliento y doblándole las rodillas.

—Deshazte de él. —Su voz era dura, fría, inflexible.

—Pero el dinero… —dijo el tipo.

—No me importa —le espetó ella.

El hombre lo soltó y él se dio cuenta de que su truco para alcanzar la libertad había funcionado. Incluso mientras se desplomaba inconsciente sobre el agua fría, la confianza en sus propias habilidades y su invulnerabilidad no flaqueó.

No moriría de aquella forma. No allí y no esa noche. Había sobrevivido antes y volvería a sobrevivir esta vez. Ahora tenía mucho por lo que vivir.

Ahora la tenía a ella.

Capítulo uno

Junio, 1820

Queridísima Cassie:

Por fin he regresado a Londres para comenzar a residir en la casa de mi esposo. Soy plenamente consciente de que mamá aún no me ha perdonado por mi trasgresión y continúa prohibiéndote hablar conmigo, pero si de algún modo te fuera posible, ¿podrías hacerme una visita esta tarde? Te echo de menos terriblemente, querida hermana. He llegado hace tres días y aquí no hay nadie para hablar, aparte de los criados, y ellos son realmente muy extraños…

—Dadas las circunstancias, es decir, considerando todo lo que ha sucedido y el tiempo que ha pasado… —Lady Wilmont, Philadelphia, Delia para los amigos y hasta hace apenas seis meses la señorita Effington, recogió un hilo del brazo del sofá, demasiado masculino, que había en el salón de la última casa de la ciudad de su marido, y se esforzó por dar un tono despreocupado a sus palabras—, ¿crees que mamá volverá a dirigirme la palabra algún día?

—La verdad es que en este momento no apostaría por ello. Ha llevado esto más lejos de lo que esperaba. —Cassandra Effington, la hermana menor de Delia tan sólo por dos minutos, alzó ambas cejas con actitud pensativa—. Ya sabes cómo es mamá. Se ha tomado todo esto como una afrenta a las estrellas, como un desafío al destino y ese tipo de cosas.

—Sí, así ha sido, no podía ser de otro modo. —Delia soltó un suspiro de resignación.

—Al final se le pasará. —Cassie se inclinó hacia delante y dio unos golpecitos en la mano de su hermana gemela—. En realidad creo que ahora que has vuelto de tu exilio…

—No fue un exilio, Cassie, estaba en el Distrito de Los Lagos.

Cassie se burló.

—El Distrito de Los Lagos en invierno me parece algo muy parecido a un exilio.

—En absoluto. Además, nuestros hermanos me visitaron y papá me envió cartas.

—Aún así, la mayor parte del tiempo estuviste hospedada con una pariente tan lejana que apenas habíamos oído hablar de ella.

—La tía abuela Cecily. Fue muy amable, aunque bastante reservada, cosa que me vino muy bien, porque lo que necesitaba era tiempo y distancia —dijo Delia con firmeza—. Estar apartada de Londres y del cotilleo y el escándalo.

—Tal vez deberíamos enviar a mamá al Distrito de Los Lagos. También a ella le vendría bien estar un tiempo apartada de…

—¿La ira? ¿El escándalo? ¿La vergüenza?

—Sí, por supuesto, de todo eso. —Cassie agitó la mano ante las palabras de su hermana como si éstas no tuvieran importancia—. Creo que mamá podría manejar la ira, el escándalo, la vergüenza, la humillación, la desgracia, el deshonor…

—Creo que yo no he usado las palabras «humillación», «desgracia» ni «deshonor» —murmuró Delia.

—Se usen o no, están presentes de todas formas —dijo Cassie con firmeza—. Sin embargo, la cuestión es que mamá podría arreglárselas con todo eso y mucho más. Ella es, aunque sólo sea por su matrimonio, una Effington. Y los Effington estamos muy acostumbrados a lidiar con los problemas mezquinos que traen los pequeños escándalos ocasionales.

—Entonces, ¿crees que es un escándalo menor? —Delia se enderezó un poco.

—Oh, por Dios, no. No en este momento, al menos. —Cassie negó con la cabeza con un poco más de entusiasmo del necesario—. No, una Effington que huye con un sinvergüenza con la reputación de lord Wilmont es claramente el mayor escándalo del año.

—Eso supongo. —Delia se hundió en su asiento, una parte curiosamente sensata de su mente hizo que se recriminara a sí misma el adoptar aquella postura. La señorita Philadelphia Effington nunca tenía un aire desgarbado. Sin embargo, por lo visto lady Wilmont, sí.

—Es muy posible que éste sea el mayor escándalo que ha habido en los últimos años —añadió Cassie—. De hecho, me cuesta recordar un escándalo mayor. Aunque supongo…

—Ya es suficiente, gracias. —Delia suspiró de nuevo y se hundió aún más profundamente en el sofá. La postura perfecta que se espera de una joven de veintidós años bien educada no puede tener mucha importancia cuando una es el centro del mayor escándalo de los últimos años. O del mayor escándalo de todos los tiempos.

—Oh, querida, no te estoy ayudando en nada, ¿verdad? Muy bien. Quizás haya exagerado un poco. Con toda probabilidad únicamente parece algo tan enorme porque ocurrió en diciembre y en esa época hay pocas cosas de las que hablar. —Cassie le lanzó una mirada compasiva—. Debo disculparme, querida, simplemente es extraño para mí encontrarme en esta posición. Y, francamente, creo que es por eso que a mamá le está resultando tan difícil.

Delia alzó una ceja.

—¿Te refieres a que le resulta más difícil porque esta vez no se trata de ti?

—Exactamente. —Cassie asintió con firmeza—. Ella y todo el mundo han creído siempre que si alguna de nosotras tenía que verse envuelta en un escándalo de semejante magnitud, ésa iba a ser yo…

—Podía haber sido mucho peor. Al fin y al cabo, me casé con él —puntualizó Delia.

—En ese caso en particular, me atrevería a decir que eso empeora aún más las cosas —dijo Cassie—. Sigo sin entender por qué lo hiciste.

—Yo tampoco —dijo Delia por lo bajo.

No tenía ni idea de cómo explicar lo que sólo podía atribuir a la locura que la había embargado durante las semanas de la Navidad y finalmente la había conducido al escándalo y su actual y extraña posición de viuda reciente.

Seis meses. Parecía muy poco tiempo para que una vida cambiara tan completamente. Hacía seis meses ella no tenía nada de qué preocuparse en el mundo, más allá de la cuestión de si su hermana y ella encontrarían o no una pareja adecuada durante el próximo año.

—Tus cartas no aportaban mucha información, al menos no sobre nada importante. No hemos tenido oportunidad de hablar desde que todo ocurrió. —Cassie se encogió de hombros con actitud despreocupada—. Huiste tan rápido…

—Yo no huí. Yo… —Delia arrugó la nariz— me escapé. Fue una cobardía por mi parte, lo sé, pero me era difícil en aquel momento aceptar que había perdido la cabeza y había arruinado mi vida.

—No está del todo arruinada. Te casaste con él.

—Acabas de decir que en este caso eso aún empeora las cosas.

—¿Eso he dicho? Bueno, puedo haberme equivocado.

Delia soltó un bufido lleno de desdén y muy impropio de una dama, sobre todo de una dama como la señorita Philadelphia Effington, y sin embargo, muy apropiado viniendo de la viuda lady Wilmont.

Cassie estudió a su hermana detenidamente.

—He tenido mucha paciencia. Pero ya es hora de que me lo cuentes todo.

—¿Todo?

Cassie asintió.

—Absolutamente. Cada detalle. No te dejes ni una sola cosa. Es lo mínimo que puedes hacer. —Se cruzó de brazos, se echó hacia atrás en su sillón y observó fijamente a su hermana—. No tienes ni idea de lo que se siente al descubrir una mañana que tu hermana, tu hermana gemela, ha huido con un hombre…

—Charles —murmuró Delia.

Cassie la ignoró.

—… y tú no tenías ni idea de nada. No tenías ni la más mínima pista de qué estaba tramando. Puedo asegurarte que es muy angustioso. Además, no había ni un alma en toda la casa que me creyera cuando yo afirmaba que era completamente inocente y tan inconsciente de tus intenciones como cualquiera de ellos.

Delia hizo un gesto de dolor.

—Lo siento.

—Papá y mamá me interrogaron como si hubiera traicionado a la Corona.

—Me lo imagino.

—No, Delia. No creo que puedas imaginártelo. Tú nunca has estado en esa situación porque entre nosotras jamás ha habido secretos. Al menos yo nunca he tenido secretos para ti.

—Yo tampoco —se apresuró a decir Delia—. Hasta ahora.

Cassie sorbió por la nariz.

—Todavía no estoy segura de poder perdonarte.

—Pero yo lo siento. De verdad lo siento. —Delia no podía culpar a su hermana por estar preocupada, e incluso enfadada ante la falta de confianza que había demostrado.

—Puedes comenzar a arreglar las cosas contándomelo todo. Sin embargo, no tengo mucho tiempo. Mamá no sabe que estoy aquí.

—Es absurda la forma en que nos está separando, como si todavía fuéramos niñas. —Delia estudió a su hermana—. Debo decirte que tu buena disposición a la hora de cumplir con su edicto me resulta bastante sorprendente.

Cassie se rio, el hoyuelo de su mejilla izquierda era el perfecto reflejo del de Delia.

—Yo también estoy bastante sorprendida. Pero, como siempre he sido la hermana que se tambaleaba peligrosamente en el borde de la respetabilidad, y por lo tanto tú has sido siempre la preferida…

—¡Desde luego que no es así!

—Quizás. —Cassie se encogió de hombros—. Sea como sea, he disfrutado bastante de ser la hermana correcta durante tu ausencia. Es realmente muy agradable, aunque no del todo jus­to. Siempre he mantenido que las diferencias entre nosotras eran mínimas y sólo superficiales. —Sonrió abiertamente—. Y debo decirte que aprecio el hecho de que tú hayas demostrado que tenía razón.

—Me alegra haberte servido de ayuda —dijo Delia con ironía.

Cassie podría en efecto estar en lo cierto, aunque Delia jamás había pensado antes en aquello.

Las hermanas eran tan parecidas de aspecto como dos guisantes en una vaina, salvo que Delia era diestra y Cassie zurda. Durante mucho tiempo Cassie había creído que lo mismo ocurría con sus temperamentos y siempre había insistido en que la diferencia entre ellas no era más que una cuestión de grado. De matiz. Se consideraba a sí misma un poco más impulsiva, extrovertida y aventurera que su hermana mayor, pero sólo un poco. Delia no solía mostrarse en desacuerdo con ese juicio en voz alta, pero en privado pensaba que la diferencia no era tan poca. Ella se veía a sí misma mucho más tranquila, mucho mas reservada y muchísimo más prudente que su hermana.

—Ahora empieza por contarme exactamente cuándo conociste a Wilmont. —Cassie se echó hacia atrás en su sillón—. Adelante.

—Muy bien. —Delia soltó un suspiro de resignación—. ¿Recuerdas el baile de Navidad de lady Stanley? ¿Recuerdas lo horriblemente lleno de gente que estaba y lo sofocante que resultaba el ambiente?

—Todos los bailes están atestados de gente y tienen el ambiente cargado.

—El de aquella noche aún más. Sentí la necesidad de respirar un poco de aire fresco, así que salí a la terraza.

Entonces, ella había pensado que debía de haber algo especial en el aire de aquella fresca noche de invierno, en el brillo que lanzaban las estrellas, en la invitación de la primavera por llegar. Era la promesa de algo nuevo, desconocido y excitante. Quizás algo como un hechizo de magia, o más aún, quizás algo que ella había estado anhelando siempre pero que, sin embargo, hasta aquel momento no era capaz de reconocer.

—¿Y entonces fue cuando conociste a Wilmont?

—Sí. —Lord Wilmont. Barón Wilmont. Charles.

—¿Y?

—Y… intercambiamos los cumplidos de rigor. —Él había surgido de entre las sombras, casi como si hubiera estado allí esperándola.

—¿Los cumplidos de rigor?

—Supongo que puede considerarse una especie de coqueteo. —Él se había comportado de un modo escandaloso. Totalmente inapropiado y sin duda con excesiva confianza e intimidad. Se sacó la chaqueta y se la puso a ella sobre los hombros. Completamente escandaloso. Y completamente encantador.

Cassie alzó una ceja.

—¿Y tú correspondiste a sus coqueteos?

—Puede que sí. —Delia se encogió de hombros con ligereza. Aquella noche había respondido con una amabilidad, una confianza y un temperamento juguetón que no tenía nada que ver con su naturaleza reservada. En el fondo de su mente, se preguntaba qué demonios la había poseído, pero disfrutó de ello de todas formas—. Un poco, tal vez.

—Ya veo. —Cassie examinó a su hermana durante un largo momento. Delia se resistió a la urgencia de retorcerse en el asiento—. ¿Y después qué?

—¿Después?

—Sí, después. A menos que en aquel mismo momento en la terraza de lady Stanley decidieras que huirías con él, habría un después. ¿Cuándo volviste a verlo?

—Al día siguiente. En una librería, Hatchard, creo que se llama. —Él apenas la había reconocido; se había limitado a inclinar su sombrero y educadamente le había recomendado un libro de poesía, dejándolo en sus manos antes de salir. Dentro del libro ella había encontrado un trozo de papel con su firma y las palabras «hasta que volvamos a encontrarnos». Más tarde, le había vuelto a dar el mismo libro—. Y después en una velada en casa de lady Conord-Smythe.

Lord Wilmont, Charles, no era el tipo de hombre que generalmente atraería a la señorita Philadelphia Effington, lo cual, según lo veía ella ahora, lo volvía más atractivo. Su reputación como derrochador y jugador únicamente rivalizaba con la reputación que tenía como mujeriego. Corría el rumor de que había causado la ruina de más de una mujer y ninguna dama respetable debía dignarse ni tan siquiera a bailar con él. Sus frecuentes ausencias de Londres durante largos periodos en la última década únicamente habían contribuido a aumentar los rumores en torno a él.

Sin embargo, cuando Wilmont se dignaba a aparecer, los lazos que le unían a su impecable familia le permitían la entrada en el hipócrita mundo de la alta sociedad de Londres. Por supuesto, las damas no podían dejar de notar que era extremadamente guapo, con sus cabellos del color del oro, un brillo pícaro en sus ojos y una sonrisa capaz de hacer que una mujer se sintiera absolutamente única. Los caballeros, por otra parte, sabían que al margen de los defectos que pudiera tener, siempre pagaba sus deudas. Además, poseía una significativa fortuna y un antiguo y honorable título, aunque tal vez un poco empañado.

En cuanto a su reputación con las mujeres, todo eran rumores e insinuaciones. Delia, de hecho, no había conocido a ninguna mujer a la que él hubiera arruinado. Las historias que había oído acerca de él podrían muy bien no ser más que invenciones debidas a la envidia por su apariencia, por su riqueza o por su nombre.

No saberlo a ciencia cierta lo hacía aún más misterioso, peligroso y excitante.

Y él la deseaba. Desde el momento en que se habían conocido, ese simple hecho la había vuelto imprudente y osada, en contraste con su naturaleza habitual. Había gozado con aquella diferencia y había disfrutado también por la certeza de que aquel peligroso seductor la deseaba no porque ella fuera un buen partido como esposa, sino porque ella era toda una mujer y él todo un hombre. Ésa era la sensación más embriagadora que nunca había sentido. Y completamente irresistible.

—Y en el baile de año nuevo de lady Bradbourne, y… —Delia sonrió débilmente—. De hecho, me encontré con él bastantes veces.

—Dios santo. —Cassie se hundió en el asiento y la miró fijamente—. No puedo creerme que nadie se diera cuenta.

—Te sorprendería saber lo fácil que resulta escabullirse de un salón de baile abarrotado y retirarse a una biblioteca o un salón vacío. —Delia tamborileó con sus dedos nerviosamente sobre el brazo del sofá. Aquél había sido su secreto, suyo y sólo suyo durante tanto tiempo, que ahora le resultaba de lo más difícil revelarlo, incluso a Cassie, la única persona a la cual Delia nunca había ocultado nada.

—En efecto me sorprendería. Sospecho que puedes enseñarme muchas cosas, querida hermana. —Había en los ojos de Cassie una admiración reticente.

—Me resulta increíblemente difícil hablar de esto. —Delia se levantó y caminó de un lado a otro de la habitación, retorciéndose las manos sin darse cuenta a cada paso—. Creí que, dado el tiempo transcurrido, me sería fácil contártelo, pero veo que no soy muy buena para las confesiones.

—Dicen que es bueno para el alma —dijo Cassie con tono mojigato.

—Lo dudo. A mi alma no le sienta nada bien. Eso son sólo estupideces.

—Tonterías. Oh, no quiero decir que eso sean tonterías —se apresuró a corregirse Cassie—, tal vez un poco sí, pero probablemente no podías evitar enamorarte de ese hombre.

Delia se detuvo y observó a su hermana, sus palabras surgieron antes de que pudiera impedirlo.

—Pero, verás, yo no me enamoré.

Las cejas de Cassie se alzaron con asombro.

—Pero yo creía…

—Oh, lo sé. —Delia hizo un gesto para interrumpir a su hermana—. Yo hubiera pensado exactamente lo mismo: que alguien en mi lugar habría llegado a mi posición porque se habría enamorado locamente, perdiendo todo criterio respecto a lo que es un comportamiento apropiado.

—Me da miedo preguntar cómo fue exactamente.

—Fue… —Delia juntó las manos y trató de juntar valor—. Fue la cosa más excitante que nunca había imaginado. La aventura con la que siempre soñé.

—¿Aventura?

—No sé muy bien cómo explicártelo. —Delia buscó las palabras justas—. Fue algo muy parecido a galopar a caballo demasiado deprisa. Sabes que es peligroso y que es probable que acabes seriamente herida, pero es tan estimulante que en realidad no te importa.

Delia volvió a sentarse en el borde del sofá.

—Ya sé que esto no tiene ningún sentido, pero Charles no es para nada el tipo de hombre que normalmente se interesa por mí. Incluso tú debes admitir que mis pretendientes tenían un carácter sombrío, una tendencia a comportarse de manera formal y seria e interés en encontrar una esposa adecuada. Y eran mortalmente aburridos.

—Bueno, sí, eran bastante…

—En cambio, los caballeros que aspiran a tus favores son apuestos y apasionantes y a menudo tienen un aire peligroso.

—Sí, y yo nunca he acabado de entender por qué. —Cassie negó con la cabeza—. De aspecto somos exactamente iguales…

—Sí, pero hay algo en ti… —Delia examinó a su hermana, tratando de encontrar las palabras—. Por mucho que mirarte sea como mirarme al espejo, hay una diferencia. En tu mirada o tal vez en la inclinación de tu sonrisa. Algo que indica que puedes comportarte de manera totalmente inapropiada ante la más ligera provocación. —Suspiró y se echó hacia atrás en el sofá—. Yo, obviamente, tengo aspecto de ser incapaz de tener ni un sólo pensamiento inapropiado.

—Las apariencias pueden engañar mucho, pues yo en realidad nunca he hecho nada particularmente inapropiado salvo decir las cosas con franqueza. Y en cambio tú has conseguido convertirte en el centro del escándalo.

—Me casé con él.

—Y todo el mundo se pregunta por qué. Por Dios, Delia, la gente cree que Wilmont se casó contigo por la respetabilidad o por el dinero de tu familia…

—De hecho, mi abogado me ha escrito acerca de eso. Al parecer soy bastante rica —murmuró Delia.

—… o para salvar su honor. Por supuesto, eso lo convertiría a él en un hombre mucho mejor de lo que la gente sospecha y haría de ti…

El rostro de Delia enrojeció de repente.

—¿Delia?

Delia se levantó de un salto y cruzó la habitación en un intento inútil de impedir lo inevitable.

—¡Philadelphia Effington! —La voz de Cassie sonaba turbada—. No puedo creer…

Delia se dio la vuelta para mirar de frente a su hermana.

—¿No te había mencionado la excitación de cabalgar demasiado deprisa?

—¡Estabas hablando de una sensación! ¡Maldita sea, estabas hablando de un caballo! Al menos, yo creía que estabas hablando de un caballo. —Cassie la miró fijamente, perpleja—. Tú no lo harías, Delia, yo te conozco. Tú no podrías… Tú no lo harías.

—Tal vez lo haya hecho. —Delia fingía estar atenta a sus uñas—. Una vez.

Durante un momento el silencio reinó en la habitación. Delia contuvo la respiración.

—¿Cómo? —preguntó finalmente Cassie.

La mirada de Delia se encontró con la suya.

—¿Qué quieres decir con cómo?

—¿Cómo lo hiciste? —Cassie entrecerró los ojos—. Sin duda no acometiste ese pequeño galope a caballo…

—¡Cassie!

Cassie la ignoró.

—… en una biblioteca o en un salón vacío.

—Por supuesto que no. —Había un matiz de indignación en la voz de Delia—. Eso sería de lo más inapropiado.

Cassie levantó una ceja sin poder dar crédito a lo que oía.

Delia no le hizo caso.

—¿Recuerdas la noche en que fingí encontrarme enferma y tú y el resto de la familia acudisteis a no sé qué fiesta donde os esperaban?

—Vagamente.

—Yo había alquilado un coche para venir aquí. A la casa de Charles.

—Oh, aquí no podría ocurrir nada inapropiado. —Las palabras de Cassie estaban teñidas de sarcasmo.

Delia alzó las manos frente a ella en un gesto de impotencia.

—Y después de eso Charles insistió en casarse conmigo.

—Ya veo. —La expresión de Cassie era irritantemente evasiva.

—Y desearía que no te refirieras a ello como un galope a caballo. —Delia alzó ambas cejas—. Suena tan poco… decoroso.

—Y no querríamos que sonara así. —Cassie se puso en pie—. Por lo visto estaba equivocada. Fue una buena cosa que se casara contigo. Lástima que se matara al cabo de una semana.

—Sí, ha sido una lástima. —Había una punzada de dolor en las palabras de Delia. Un lamento ante lo que podía haber sido y también un sentimiento de culpa ante el hecho de que él hubiera muerto y en realidad a ella no le importara tanto como siempre pensó que le importaría el hombre con quien se casara.

—Sin embargo —Cassie se colocó el sombrero con la debida inclinación—, en cierto sentido su muerte ha procurado algún beneficio.

—Me cuesta ver…

—De hecho, no necesitas verlo, porque ya lo veo yo. —Cassie se puso los guantes de una forma deliberadamente lenta—. Nadie sabe que ésta no ha sido una unión por amor, de hecho ni tan siquiera yo lo sabía hasta hace tan sólo unos minutos. —Lanzó a su hermana una mirada acusadora—. ¿He mencionado la poca información que dabas en tus cartas?

—Puede que lo hayas dicho.

—Sé que tu regreso ha vuelto a suscitar comentarios escandalosos, que habían disminuido considerablemente, debo añadir. Así que yo misma me encargaré de rectificar la situación.

—¿A qué te refieres con rectificar? —preguntó Delia lentamente.

—No se necesitará gran cosa, en realidad. Dejar caer cuidadosamente unas palabras aquí y allá y la manera en que el mundo comprende este incidente cambiará radicalmente. Ya no serás el centro del escándalo y la curiosidad, sino de la compasión.

—Cassie, ¿qué vas a…

—Es obvio que te sentiste arrebatada por ese bribón y que a él le ocurrió lo mismo. ¿De qué otro modo podría un hombre con una reputación como la de Wilmont casarse contigo? —La voz de Cassie sonaba orgullosa—. Ojalá lo hubiera pensado hace meses, pero no se me ocurrió hasta que supe que volvías a casa. Tú transformaste a ese sinvergüenza en un hombre virtuoso, pero antes de que ninguno de los dos pudieseis disfrutar de vuestro amor recién descubierto, él murió trágicamente. Entonces tú te exiliaste, llena de dolor…

—El Distrito de los Lagos no es ningún exilio.

—… hasta que has recuperado tus fuerzas para enfrentarte al mundo.

—Esa parte, al menos, es verdad, aunque ha sido la vergüenza más que el dolor…

—Sí, pero mi versión es perfecta, y muchísimo más romántica. La tragedia combinada con el amor es irresistible.

—No creo que…

—Puede que incluso mitigue los comentarios acerca de las sospechas de que Wilmont iba a abandonarte y que por eso se embarcó solo a Francia.

—Eso es absurdo —dijo Delia con firmeza—. Charles tenía negocios urgentes en Francia y no creía que fuera adecuado para mí acompañarle. —Delia odiaba tener que admitir que no conocía a su marido lo suficientemente bien como para saber si en efecto lo que le había contado acerca del propósito de su viaje era cierto. A juzgar por su comportamiento después de casarse, también ella se había preguntado si él iba a abandonarla. Fuera cual fuese la razón de su viaje, le había costado la vida cuando el barco había naufragado durante una tormenta en el Canal.

—Sea como sea, mi idea es brillante y tarde o temprano me la agradecerás. Puede que hasta facilite el perdón de mamá. Me atrevería a asegurar que prefiere ser la madre de una viuda afligida por la tragedia dispuesta a sacrificarlo todo por amor antes que la de una…

—De acuerdo, entonces —se apresuró a interrumpirla Delia—. Supongo que en cualquier caso vale la pena intentarlo.

Cassie le dedicó una sonrisa.

—Será más que un intento, querida hermana, reuniré a las mujeres Effington, excepto a mamá, naturalmente, en un valiente esfuerzo por torcer el rumbo de los cotilleos en tu ventaja. No tengo la menor duda de que podremos conseguirlo.

Por primera vez en mucho tiempo Delia sonrió.

—Será un esfuerzo realmente formidable.

Las damas de la familia Effington eran bien conocidas por la fuerza de su carácter y otras cualidades que podrían considerarse defectos o virtudes según el punto de vista que uno adop­te. Hacía mucho tiempo que habían entendido que el poder que ostentaba su familia tenía tanto que ver con la tenacidad de los miembros femeninos como con la de los miembros masculinos.

Cassie se puso los guantes y se dirigió hacia la puerta.

—¿No irás a irte? —Una ráfaga de pánico recorrió a Delia—. Llevas muy poco tiempo aquí y esto es tan espantosamente solitario.

—No quiero irme, pero… —Cassie suspiró— mamá me tie­ne más vigilada de lo habitual. Está convencida de que si te hubiera tenido más controlada a ti, todo esto no hubiera ocurrido. —Examinó a su hermana por un momento—. Puedes venir conmigo, lo sabes. Papá te recibirá bien y a mamá le será fácil no dirigirte la palabra tanto si estás en casa como si te quedas aquí.

—Me gustaría, pero… —La idea era extraordinariamente tentadora. Volver a casa y hacer como si nada hubiera ocurrido. Pero durante todos aquellos meses de relativa soledad, una de las cosas que había comprendido era que su vida había cambia­do para siempre y que no habría modo de fingir que no era así. Además, corría en sus venas la sangre de generaciones de mujeres Effington y ya era hora de comportarse con el coraje que correspondía a su nacimiento—. He escogido mi camino y aho­ra debo ser consecuente con eso.

—Sabía que dirías eso; me hubiera asombrado mucho que no lo hicieras. —Cassie sacudió la cabeza y sonrió—. Debo decir que te envidio bastante.

—¿Por qué demonios ibas a envidiarme?

—Como viuda no estás sometida a las limitaciones que gobiernan mi vida. Puede que en este momento no te des cuenta, querida hermana, pero eres libre.

—¿Libre? —Delia se cruzó de brazos—. No entiendo cómo puede hablarse de libertad con las restricciones que impone un luto. Simplemente he cambiado unas reglas por otras.

—Pero eso se acabará un día y entonces podrás hacer lo que tú quieras. —La mirada de Cassie era risueña—. Tal vez pueda casarme con un bribón rico que se muera pronto. Alguien lo bastante viejo, a punto de desplomarse, para asegurarme de que enviudaré lo antes posible.

—¡Cassie! —Delia trató en vano de reprimir la risa.

—Era sólo una idea y al menos te ha hecho reír. —Cassie dio un abrazo rápido a su hermana—. No sé cuándo podré visitarte otra vez, pero supongo que al menos podré escribirte y enviarte un criado con mis cartas. Cada día, si quieres.

—Eso sería maravilloso —dijo Delia aliviada—. Me siento muy sola aquí. Esta casa no es muy grande, pero está muy vacía.

—Pero seguro que Wilmont tenía criados.

—Sólo un ama de llaves, que también hace de cocinera, y un mayordomo, y se marcharon en cuanto fui informada de la muerte de Charles. Papá mantuvo la casa cerrada por mí mientras estuve fuera. En cuanto a mi propia criada… ¿recuerdas a Martha?

Cassie asintió.

—Conoció a un granjero durante mi ausencia y se casó con él cuando regresé a Londres, así que tendré que sustituirla. ¿Te conté que entraron a robar en la casa mientras yo no estaba?

Cassie dio un grito ahogado.

—Dios santo.

—Los ladrones lo dejaron todo hecho un desastre y te confieso que fue de lo más desconcertante. No dejaron ni un solo rincón sin tocar. Sacaron todos los libros de las estanterías, vaciaron los cajones hasta el más mínimo detalle, movieron todos los muebles. Era un auténtico caos.

—Delia, ¿estás segura de que estás a salvo aquí?

Delia agitó la mano como para acallar la pregunta.

—Por supuesto. Es normal que pasen estas cosas cuando una casa está vacía tanto tiempo. Afortunadamente, el mismo día de mi regreso llegó un nuevo mayordomo, enviado por una agencia de colocación, supongo. Lo contraté inmediatamente y él a su vez se apresuró a contratar a un ama de llaves y a un lacayo. Se han pasado los últimos días poniéndolo todo en orden mientras yo he estado tratando de descubrir si han robado algo.

—Es una suerte que tengas ayuda, pero ¿no te parece un poco extraño que esos criados hayan aparecido en la puerta de tu casa mágicamente?

—No tiene nada de mágico. Estoy segura de que los antiguos criados avisaron al servicio y ellos simplemente estaban esperando a que yo regresara para enviarme a alguien. —Delia negó con la cabeza—. Y a mí no me molestó lo más mínimo, dado el estado de la casa. Además, sus referencias son excelentes.

—Vi al mayordomo al llegar. Parece muy mayor.

—Y por eso mismo tiene muchísima experiencia. Servirá por el momento —dijo Delia con firmeza. Lo último que quería o que necesitaba era preocuparse por los criados—. Además, vino muy recomendado.

—Bueno, eso es algo, supongo. —Cassie comenzó a abrir la puerta, luego se detuvo y miró a su hermana a los ojos—. Delia, ¿cómo es eso?

—¿Eso?

—Eso. Sabes exactamente a qué me refiero. —Cassie la estudió detenidamente—. ¿Cómo fue con él?

Al comprender la pregunta Delia se ruborizó.

—Oh, quieres decir eso.

—¿Y bien?

—Fue… —Delia luchaba por encontrar las palabras— interesante. Bastante agradable, realmente…

—¿Es verdad que duele? —El tono de Cassie era despreocupado, pero la curiosidad brillaba en su rostro—. ¿La primera vez, quiero decir?

—En realidad, no. Es extraño y un poco incómodo, pero…

—¿Y después?

Delia no estaba dispuesta a admitir, ni siquiera a Cassie, que no había habido nada después de la primera vez. Ni siquiera se había dicho a sí misma que no había sido tan salvaje y magnífico como había esperado. Soltó un profundo suspiro.

—En general, diría que la experiencia tiene un gran potencial.

—¿Potencial? —Cassie alzó una ceja.

—Potencial —dijo Delia con firmeza.

—Potencial —murmuró Cassie—. Suena interesante. —Un momento más tarde, besó a su hermana en la mejilla y se marchó.

Delia permaneció en la puerta del salón lo bastante como para ver cómo el mayordomo, Gordon, despedía a su hermana, luego cerró la puerta y se apoyó contra ella.

Era terriblemente duro haber sido expulsada de la propia familia. Lamentaba eso, pero nada más.

Incluso ahora, Delia sabía que si pudiera volver el tiempo atrás y vivir de nuevo los días pasados, volvería a tomar las mismas decisiones. Oh, haría todo lo posible por evitar la muerte de Charles y también por convertir en afecto lo que había comenzado simplemente como pasión, pero no actuaría de un modo distinto.

Durante los veintidós años de su vida, había sabido que lo que les correspondía, a ella y a sus hermanas, era lucir tan encantadoras como fuese posible, aprender aquellas habilidades que las convertirían en buenas anfitrionas y señoras de la casa y, por supuesto, formar excelentes parejas. ¿Qué otra elección podía haber aparte del matrimonio para las hijas de lord William Effington, el hermano del duque de Roxborough?

Las hermanas en ocasiones habían discutido y a veces habían lamentado el capricho de la naturaleza que las había hecho nacer mujeres sin otro auténtico propósito en la vida más allá del matrimonio y la procreación. Envidiaban mucho a sus hermanos y primos varones, que eran libres para explorar el mundo, correr grandes aventuras y llevar vidas excitantes. Con la edad, descubrieron que había cierta dosis de aventura en las sonrisas coquetas que les lanzaba algún hombre guapo, y cierta excitación en las miradas lanzadas por algún caballero pícaro a través de un salón de baile lleno de gente. La aventura y la excitación no habían tentado realmente a Delia antes de conocer a Charles.

Retrospectivamente, se preguntaba si su rebelión no había estado siempre hirviendo a fuego lento sin saberlo bajo su calma exterior, como una peligrosa y desconocida necesidad de excitación y de aventura, y se preguntó también si el darse cuenta de que se acercaba a una edad en la que ya no podía seguir eludiendo un matrimonio conveniente, con o sin afecto, no habría despertado esa parte de su naturaleza.

A pesar de las consecuencias, aquélla había sido la aventura más grande de su vida.

Ahora simplemente tenía que vivir con ello.

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