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Capítulo 1
Capítulo 1
—¿Los hombres? ¡Habría que meterlos en aceite hirviendo!
—No quieres decir eso.
—Cortarles las...
—¡Zanita!
Zanita sonrió a su amiga Mills.
—… lenguas mentirosas.
—Ajá.
—Iba a decir lenguas mentirosas.
—Claro.
—Vale, pues no. De cualquier forma, ¡estoy harta, harta y harta!
Mills suspiró dramáticamente.
—¿No he oído esto antes?
—Esta vez va en serio, Mills. —Zanita golpeó la mesa de la cocina con las palmas de las manos a modo de énfasis—.Ya he tenido suficiente.
—¿De verdad? ¿Y ha sido bueno? –Mills trataba de esconder su sonrisa tras la taza de café.
—¿Puedes ponerte seria? Estoy intentando mantener una conversación.
Mills se echó hacia atrás en su silla.
—Ah, ¿se trata de eso? Y yo creyendo que habías hecho todo el camino hasta aquí para despotricar a gusto.
Zanita levantó las manos en un gesto de indignación.
—¡Eso también! —Miró con desaliento su taza—. Sin duda, no ha sido por tu café.
—Perdona, a todo el mundo le encanta mi café. Sólo porque resulte que tu prefieras un brebaje en el que la cucharilla se tiene sola en pie no te convierte en una crítica fidedigna.Y nos estamos desviando del asunto... algo que se te da extraordinariamente bien, Zanita.
—Bueno, ¿qué esperabas?
Mill enarcó una ceja.
—¿Lucidez? ¿Racionalidad? ¿Tal vez un atisbo de verosimilitud?
—De acuerdo. —Zanita la miró directamente a los ojos—. No lo ha sido.
—¿No ha sido qué?
Zanita se desplomó sobre su silla.
—No ha sido nada bueno.
Mills contempló a su amiga como si acabase de llegar de Marte. Como con frecuencia la gente adoptaba esa expresión a su alrededor, Zanita decidió ignorarla.
—¡No lo has hecho!
—Sí lo he hecho —exhaló—. No quiero hablar de ello.
—Entonces, ¿por qué lo has sacado? —Mills la observó con suficiencia.
—Vale, vale. —Su amiga la conocía demasiado bien. No era una gran sopresa-. Es sólo que fue tan...bah.
Mills pestañeó varias veces.
—¿Bah?
—Ya estás mirándome de esa forma otra vez.
—¿De qué forma?
—Como si viniese de la cara oculta de Marte.
—Perdona. —Mills se inclinó hacia delante-. Pero, estamos hablando de Rick, ¿no? ¿Tu actual querido?
—Mi último querido, en pasado. —Zanita se pasó una mano distraídamente entre los cortos rizos negros—. ¿Y por qué te sorprende tanto?
Mills le sostuvo la mirada.
—Contaré las razones. —Y fue señalando dedo por dedo—. Primero, según recuerdo, ¿no eras tú quien dijo que nunca volvería a mantener una relación con nadie después de que Steve te dejase sin nada para recordarle salvo un montón de deudas?
Zanita examinó con atención las flores del papel de la pared a su izquierda.
—Supongo que ésa fui yo —farfulló.
—¿Y no fuiste tú quien esperó dos años para volver a salir con alguien?
Zanita observó detenidamente el diseño intrincado de las baldosas del suelo.
—Supongo que ésa también fui yo.
Mills asintió con la cabeza para enfatizar la admisión de Zanita.
—¿Y no eres tú quien ha estado saliendo con Rick durante tres meses, diciéndole al pobre chico, que resulta que está loco por ti, que no quieres de él más que una relación platónica?
Zanita tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—¿Adónde quieres llegar?
Mills se acercó para mirarla.
—¿Qué te hizo acostarte con él de repente? —bramó—.Y me cuesta un poco creer que un hombre como Rick sea «bah» en la cama.
Zanita se encogió de hombros.
—No sé por qué lo hice. Quizá sentía curiosidad.
—¿Curiosidad? ¿Qué tipo de razón es ésa?
—¡No lo sé!
—Puedo comprender la pasión, o una juerga loca y salvaje, o incluso un buen calentón tradicional, pero ¿curiosidad?
—Déjame en paz, ¿vale?
Mills se arrepintió al instante.
—Lo siento, Zani, es sólo que no es nada propio de ti. ¿No te gustó en lo más mínimo?
Zanita hizo una mueca.
—No, y a pesar de lo que crees, «bah» describe la experiencia a la perfección.Todo acabó muy rápido.
Mills bajó la voz hasta lo que consideró un tono serio.
—¿Llegaste a…?
—No. —Zanita recorrió el borde de la taza con el índice; estaba a punto de hacer una confesión terrible—. Mills, yo...nunca.
Las cejas de Mills se dispararon.
—¿Nunca?
Zanita se hundió aún más en la silla.
—No.
—¿Ni siquiera con Steve?
Suspiró.
—Ni siquiera con Steve.
Ambas permanecieron sentadas en silencio cavilando sobre el dilema.
Finalmente, Zanita rompió el silencio.
—Bueno, entonces, ¿qué ocurre?
Como solía hacer cuando reflexionaba profundamente,Mills tomó un largo sorbo de café, y devolvió la taza a la mesa lentamente.
Zanita sabía que no hablaría hasta que el sonido de la taza tocando la mesa se hubiese desvanecido. En ese preciso momento, Zanita podía contar con que Mills tendría una inspiración.
Aquí viene. Esta mujer es un genio, pensó.
Mills la miró directamente y pronunció:
—No estaba bien.
Los ojos violeta de Zanita pestañearon dos veces.
—¿Ya está? ¿No estaba bien? —Se desplomó sobre la mesa—. Dios, Mills, dame un respiro.
—Piensa en ello.
—No —fue la respuesta amortiguada desde encima de la mesa.
—Piensa en ello. Con Steve, inconscientemente, nunca confiaste del todo en él, con razón, podría añadir, así que no podías... bajar la guardia, por así decirlo. Siempre faltaba algo. Y en cuanto a Rick...
Zanita levantó la cabeza ligeramente desde la mesa.
—Por favor, basta de psicología de andar por casa, te lo ruego.
Mills continuó impasible.
—Con Rick, no había nada. No había pasión. No había lujuria. Ergo no hubo satisfacción.
Zanita se incorporó en su silla.
—¿Lo crees de verdad?
—Sí, Zanita. Te conozco prácticamente desde que nací. Cuando dudas acerca de algo, siempre te contienes. Te retraes.
—¿Lo hago? —Pensó en ello un momento—.Tienes razón. Lo hago. No me había dado cuenta hasta ahora.
—Por otra parte, cuando te sientes segura acerca de algo, te lanzas a por ello, de cabeza, sin ningún tipo de restricción.
El tono de Zanita se volvió particularmente frío.
—¿Estás diciendo que me lanzo sin mirar?
—No te hagas la ofendida. Afróntalo, amiga, por naturaleza no te preocupa que el fin justifique los medios.
—Lo cual, ¿quiere decir…?
Mills extendió los brazos.
—Lo cual quiere decir que primero actúas, y vives con las consecuencias después.
—Entonces, doctora Ruth, ¿qué tiene todo esto que ver con mi problema?
—Todo. Cuando encuentres a un hombre que te haga lanzarte sin mirar, estará bien.
—Bueno, no tengo de qué preocuparme, ¿verdad? —preguntó sarcásticamente—. Las dos sabemos que no existe un hombre que me pueda trastornar de esa forma.
Mills comenzó a reír tontamente, vio la expresión de Zanita, y rápidamente se cubrió la boca con la mano.
—¿Qué es tan divertido? Se supone que eres mi amiga.
—Es sólo que acabo de imaginar a un hombre que llega, te engaña para que juegues a destapar la concha, y cuando no adivinas dónde se esconde la bolita, te echa sobre su hombro y te arrastra hasta la cama.
Sus miradas se encontraron y ambas estallaron en risas.
—Hablemos de la destreza de la mano... —Esto causó otra ola de carcajadas.
—Por favor... —dijo Zanita jadeando, al tiempo que se llevaba las manos a los costados.
—¡La mano —dijo Mills entre risas— es más rápida que el ojo!
—¡Para!
—A... ahora lo captas... —Mills se reía con tanta fuerza que no pudo continuar.
Zanita se quejó.
—Eso es terrible.
Mills se enjugó las lágrimas con el reverso de la mano.
—Oh, necesitaba esto. ¿No habías dicho algo acerca de un seminario esta noche?
—Sí, gracias por recordármelo...Tengo que ir al campus de Hampshire para inscribirme. —Zanita cogió una galleta de la mesa.
Mills la imitó de forma automática.
—Odio estas malditas cosas.
—Entonces, ¿por qué las compras?
—Porque están tan buenas... —Le dio un gran bocado a la galleta.
—Están buenas... dame otra.
—Toma, coge la bolsa entera, por favor. —Empujó la bolsa hacia Zanita. Zanita la empujó de vuelta.
—Ni hablar. No podría soportar verlas mirándome fijamente en medio de la noche.
—Aquí nunca duran hasta el medio de la noche. —Mills suspiró al tiempo que cogía otra galleta—. ¿Y de qué trata el seminario?
—Desarrollo psíquico —farfulló en torno a un trocito de galleta.
—No sabía que te interesara ese tipo de cosas.
—No me interesa... quiero escribir un artículo acerca de ese tío que ha estado yendo por ahí diciendo a la gente que es un sanador espiritual. He oído algunas cosas alarmantes acerca de él, pero aún no he sido capaz de confirmar nada. Pensé que, si asistía a una clase legítima acerca del tema, podría extraer alguna información sobre la situación.
—¿El periódico te ha encargado esta historia? ¿Por fin te dejan hacer algo de reportaje deinvestigación?
—No exactamente. Lo estoy haciendo por mi cuenta.
—¿Es eso prudente?
—Necesito hacer esto, Mills. Tengo que librarme de las misiones a fiestas de jardín. Lo único que el jefe me da es fruslerías. ¿Cómo voy a llegar a las buenas historias si no tomo la iniciativa por mi cuenta?
—Tal vez no quiera que te hagas daño. Cosas como ésa pueden resultar peligrosas, Zanita. Ambas sabemos que Hank es una agradable reliquia de otro siglo, pero tiene mucha experiencia. Tal vez te esté defendiendo.
—¡Maldita sea, Mills, tengo veintisiete años! No necesito un jefe cascarrabias que actúa como si fuera mi abuelo.
—El cascarrabias es tu abuelo.
—Ésa no es la cuestión. Solía ser un gran reportero. En sus buenos tiempos, desenmascaró a gángsteres y mafiosos.Y puso al descubierto un montón de corrupción política. A mí me salieron
los dientes con sus historias.
—Eso fue hace mucho tiempo. Creo que Hank está bastante satisfecho con su periódico de pequeña ciudad. Y de vez en cuando sí hace que los concejales se mantengan en alerta.
Zanita se bebió lo que le quedaba de café.
—Es cierto, pero yo no estoy satisfecha. Puedo conseguir una historia, puedo llegar a un mercado más importante.
—Te refieres a que tendrás una excusa legítima para abandonar a Hank. Él ha invertido sangre, sudor y lágrimas en ese periódico. Sin duda no tiene una gran circulación, pero a la gente de por aquí le gusta.Y lo que es más, lo compran. Y sabes por qué.
Zanita cerró los ojos.
—Porque confían en lo que leen en el Patriot Sun. —Miró a Mills—. Razón de más para que consiga esta historia. La vieja señora Haverhill le entregó a ese hombre un montón de dinero
porque él le dijo que podía curar su cáncer de estómago mediante una sanación. Ha muerto esta mañana.
—No pretendo que esto suene frío, Zani, pero la mujer padecía una enfermedad incurable. Habría muerto de todas formas.
—Es cierto, pero no merecía que la mintieran y estafaran. Él se aprovechó de forma terrible de ella cuando se hallabaen una posición extremadamente vulnerable. Fue despreciable.
—Estoy de acuerdo, pero no toda la sanación psíquica es una estupidez. He leído que muchos médicos están incorporando la técnica a sus prácticas.
—Sí, lo cual hace aún más importante denunciar los fraudes. Hay gente que podría beneficiarse de verdad. Si esa gente acaba con un charlatán, es una tragedia.
—Una doble tragedia en la mayoría de los casos, estoy segura.
Zanita echó un vistazo a su reloj.
—He de darme prisa. Gracias por el té y la simpatía.
—Querrás decir el café y la simpatía. Cuéntame cómo ha ido la clase.
Zanita asintió con la cabeza mientras se colgaba el enorme bolso del hombro y salía por la puerta.
A alrededor de una hora en coche al oeste de la ciudad de Boston, la pintoresca ciudad de Stockboro, Massachusetts, se hallaba rodeada de hermosas colinas onduladas y pastos verdes. Esta tierra pacífica y fértil fue el emplazamiento de una escaramuza durante la Guerra de la Independencia, y ese escenario histórico constituía el perfecto telón de fondo para un campus de la Ivy League.A mediados del siglo XVIII, los dirigentes de la ciudad habían plantado la semilla, y la Universidad de Hampshire había
cosechado su fruto como estaba previsto.
La comunidad en sí era un grupo variado y ecléctico formado por intelectuales, músicos de jazz, artistas, algunos aristócratas, algunos marginados supervivientes de los sesenta, y granjeros.
Todos norteños recalcitrantes.
Se trataba de una comunidad interesante, donde los lugareños toleraban todos los puntos de vista, pero hacían oír el propio de forma extremada. Todo el mundo se alzaba siempre en protesta por algo; un vestigio de los días de la Revolución, sin duda.
A Zanita le encantaba Stockboro. Se trataba de un lugar donde al parecer siempre ocurrían cosas. Animada, ajetreada y vibrante, sus habitantes participaban de forma activa en la comunidad y se preocupaban por la ciudad en la que vivían. En resumen, era una ciudad perfecta para un periódico.
A pesar de lo que Zanita le había dicho a Mills, no quería dejar el Patriot Sun; sus horizontes se encontraban allí mismo, en su hogar. Lo que sí quería era que el jefe le asignara casos más sustanciosos. Sabía perfectamente que iba a tener que demostrar al jefe que estaba preparada en negro sobre blanco.
El curso al que esperaba asistir esa noche le proporcionaría una buena información de la situación para su historia. Zanita tenía planeado escribir una serie de artículos acerca del tema de la sanación psíquica. Conociendo a los dogmáticos habitantes de Stockboro, estaba casi segura de que podría armar mucho revuelo con los artículos.
Al entrar en el aparcamiento junto a la facultad, una alumna le indicó a Zanita el mostrador de inscripción. Allí, se dirigió a una mujer de mediana edad, que le entregó una lista de los cursos de extensión y seminarios especiales que se ofrecían.
Zanita leyó la lista por encima rápidamente, marcó su elección y se la devolvió a la mujer detrás del mostrador, que en ese momento colgaba el teléfono.
—Es tu día de suerte.
Zanita levantó la vista de una circular que un estudiante acababa de pasarle.
—¿Qué quiere decir?
—La clase que has marcado ha estado llena desde el momento en que se anunció. Acabo de colgar el teléfono por una cancelación de última hora.
—¡Bromea! —No tenía ni idea de que las clases de sanación psíquica fuesen tan populares.Y si las clases eran populares su artículo daría...
La mujer interrumpió los pensamientos de Zanita.
—Oh, oh.
—Oh, oh, ¿qué?
—Lo siento, debería haberlo imaginado, hay una lista de espera interminable para esta clase.
Vio cómo su artículo salía volando por la ventana.
—Oh, ¡no puede! —La mujer la miró de una manera extraña—. Quiero decir que tengo que asistir a esa clase. Es realmente importante para mí. Por favor.
A la mujer pareció incomodarle que se la colocara en esa situación. Zanita decidió insistir en su ventaja momentánea.
—Es posible que ni siquiera pueda ponerse en contacto con ninguna persona de la lista tan tarde. La clase va a empezar en una hora. Aquí estoy yo, preparada y dispuesta a asistir. ¿Qué impresión dará
con un asiento vacío? Además, usted misma dijo que era el destino.
La mujer alzó las manos en señal de rendición.
—¡Vale, vale! Estás dentro. Pero no le digas a nadie lo que he hecho. —Puso el sello en el formulario.
—Mis labios están sellados. Muchas gracias, le estoy muy agradecida.
—Deberías... he tratado con algunas de esas personas de la lista de espera, y se pueden poner raros cuando no consiguen lo que quieren.
Los ojos violeta de Zanita se abrieron de par en par. ¿Tal vez podría obtener un soplo ahí? Se inclinó hacia la mujer y susurró:
—¿Cómo de raros?
—Oh, lo habitual. Les da un berrinche académico de algún tipo, y alguien cambia de trabajo. Nadie osaría meterse con ese departamento.
—¿Por qué no? —Zanita sacó libreta y bolígrafo.
La mujer respondió seriamente:
—Porque saben cómo hacer que tu casa brille en la oscuridad. —Y entonces le guiñó el ojo—. Sala de conferencias doscientosveintitrés. Que tengas un buen día.
Zanita aún miraba boquiabierta de horror a la mujer cuando ésta se volvió para ayudar a otro estudiante.
¿Estos médiums intimidan a la gente con sus llamadas capacidades?
¿Fue así como Xavier LaLeche logró convencer a la pobre señora Haverhill para que le entregara su libreta de ahorros? Hizo una nota mental para investigar esta perspectiva.
Justo tenía tiempo suficiente para comerse una hamburguesa en la cantina. Para cuando llegó a la sala de conferencias, ésta se encontraba bastante repleta. Divisó una silla vacía en la tercera fila, se abrió paso escaleras abajo y tomó el asiento rápidamente.
Era extraño, pero parecía ser la única mujer presente. Sus ojos pasaron por las sillas de la sala. ¡Todos hombres!
Y, además, menuda pinta tenían.
Por un momento sintió la necesidad de tirar del dobladillo de su falda corta, pero ninguno de ellos parecía prestar la menor atención a sus piernas.
¿Por qué no?
Las cruzó intencionadamente. Aún sin respuesta. Muy curioso. Hubo un murmullo de agitación que ascendía por la sala y que no tenía que ver con la forma de sus piernas. Un hombrecillo mayor que se hallaba sentado junto a ella le confesó lo feliz que se sentía de asistir a ese seminario. Sus ojos de sabiondo la observaban desde detrás de unas gafas de culo de botella al tiempo que le tendía una mano regordeta en señal de saludo.
—Stan Mazurski.
Ella le estrechó la mano.
—Zanita Masterson.
—No puedo esperar a oírle, ¿sabes? —El hombrecillo se agitaba de entusiasmo—. Es bastante inconformista, radical en muchas de sus opiniones, pero realmente brillante. Una de las mentes más grandes de nuestro tiempo.
De modo que el conferenciante presentaba todas las señales de ser un líder de culto. ¿Se suponía que eso debía impresionarla? «No sabría decirlo.»
—¿No le has visto nunca? Yo sí que le he visto: una vez, cuando estaba en el Cern, volé a La Haya para escucharle dar una conferencia.
Típico groupie. Pobre hombre. Los había visto antes.
—Espero que mereciera la pena. —Su respuesta fue seca.
—¡Oh, sí! Fue inspirador, de verdad. Cambió mi modo de pensar por completo.
Maldita sea. Había creído que asistía a una conferencialegítima, no que estaba a punto de escuchar a un líder de culto pontificar ante sus masas adoradoras. Bueno, le daría una oportunidad al tío; no tenía sentido juzgarle por un fan enloquecido.
Pero si su charla olía ligeramente a rito nigromante se largaba.
—He oído que le ofrecieron una cátedra permanente en el Instituto de Estudios Avanzados.
Eso resultaba alentador, aunque nunca había oído hablar de un centro de investigación espiritual que llevase ese nombre. Sólo sabía de una universidad que había realizado investigaciones espirituales, y había oído que cerraron el departamento. Quizá había oído mal.
—¿La Universidad de Duke?
Los ojos redondos pestañearon dos veces tras las gruesas lentes.
—N... no, Princeton.
¡Bien! Aún más alentador. Se reservaría su opinión.
—Lo rechazó.
Zanita estaba a punto de preguntar por qué cuando las puertas de doble batiente que daban al escenario se abrieron, y cinco hombres entraron en la sala. Cuatro de ellos rodeaban a un solo hombre en el centro, pidiéndole con avidez su opinión acerca de diferentes temas. Pese a hallarse rodeado, Zanita no tuvo ningún problema para verle, porque su cabeza sobresalía por encima de los otros hombres.
Era pecaminosamente atractivo.
La segunda cosa que percibió en él fue su complexión. El hombre hacía ejercicio, no cabía duda. Era el mejor cuerpo que había visto en años; tal vez nunca. Llevaba unos vaqueros desgastados que se ceñían a unos muslos de líneas elegantes. Su camisa blanca entallada estaba desabrochada a la altura del cuello, con las mangas recogidas hasta los codos, con lo que dejaban al descubierto unos antebrazos musculosos.
Tenía el cabello muy largo y castaño, con reflejos dorados. Estaba peinado hacia atrás y descendía por su espalda en una cola de caballo. Su piel era morena con un tono dorado cálido, y evocaba imágenes de un sensual calor tropical...
Alguien le dijo algo que le hizo sonreír, con lo que reveló unos hoyuelos encantadores, pícaros incluso. Entonces otra persona requirió su atención, probablemente no muy interesante, porque mientras esa persona continuaba hablándole, alzó la vista y miró alrededor de la sala de conferencias.
Por un momento, su aguda mirada dio con Zanita antes de proseguir.
Ella se dio cuenta de que sus ojos eran limpios, de un azul claro que contrastaba con su tono de piel cálido, y parecían brillar con una inteligencia viva. A mediados de la treintena, su imagen transmitía que era un hombre poseedor de un conocimiento esotérico atractivo.
El hombre era cautivador.
Zanita tragó saliva, volviendo a evaluar su impresión original.
No sólo era pecaminosamente atractivo; era escandalosamente sexy.
—¿Quién es? —susurró a Stan.
Stan alzó la vista del manual que estaba leyendo.
—¿Quién?
¿Quién? ¡Como si estuviera preguntando por cualquier otra persona en la sala!
—¡El tipo alto del centro!
Stan se volvió a enderezar las gafas sobre el puente de la nariz.
—¡Es él!
—¿Quién?
—Tyberius Augustus Evans.
El nombre le decía algo, pero no acababa de ubicarlo.
—¡Espera a oírlo hablar!
Zanita estaba sorprendida. De modo que ése era el gurú espiritual del que Stan se había deshecho en elogios. Su boca se entreabrió ligeramente. Por supuesto, el carisma era una parte importante de su profesión, así que a Zanita no debería haberla impresionado tanto su aspecto. Pero lo hizo. No había esperado a alguien parecido como... como él.
Iba mucho mejor de lo que podría haber esperado. Aunque su charla fuese aburrida, podía pasar el rato limitándose a mirlarlo.
Zanita se relajó en su silla.
¡Cuando se lo contara a Mills!
—Entonces, ¿quién quiere definir el Caos?
Una risa apreciativa retumbó en la sala. Tyberius Augustus Evans descansaba contra la mesa en una postura informal, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Su pregunta era lo primero que Zanita había comprendido en los quince minutos que llevaba hablando. Había comenzado a mirarla de formas extrañas cuando dibujó algo en la pizarra para ilustrar una idea que estaba explicando, y ella bizqueó. Desde entonces, la mirada de él se había dirigido a ella de forma distraída de vez en cuando, y su expresión no era distinta de la de Mills antes. La misteriosa mirada de Marte.
Nunca se había dado cuenta de que la sanación psíquica fuese tan... obtusa. Al fin algo que podía comprender. ¿Quién habría dicho que el hombre formularía una pregunta trivial? Con vacilación,
Zanita levantó la mano.
Las cejas de Tyber se arquearon cuando se alzó la pequeña mano. Había sido una pregunta retórica. No esperaba que nadie tratase de responderla. Lo que es más, expresada de ese modo, nadie podría responderla. Contempló con cautela a la joven de los extraordinarios ojos violeta de la tercera fila.
—¿Sí?
—Kaos eran los malos que iban contra Control en El Superagente 86.
Tras su comentario se produjo un silencio sepulcral.
Una carcajada grave y generosa rompió el silencio, resonando en una sala que se había quedado tan quieta como una tumba.
Tyber, aún riendo, le sonrió.
—Tiene razón, ¿señorita…?
—Masterson, Zanita.
—Por el árbol de manzanita, sin duda.
Zanita se quedó boquiabierta.
—¿Cómo lo ha…?
Él se dirigió de nuevo a la clase.
—Junto con la definición de la señorita Masterson, el Caos es también un comportamiento. Este comportamiento posee tres propiedades: es ergódico; se produce en sistemas con varios grados de libertad; y presenta una dependencia sensible de las condiciones iniciales.
—Disculpe —Zanita alzó la voz—, pero ¿qué tiene esto que ver con la sanación?
Tyber la miró fijamente, sin habla por un momento. No podía recordar que eso le hubiese ocurrido alguna vez.
—Nada.
Volvía a mirarla de esa forma.
—Oh.—Zanita pensó un momento—. ¿Está hablando de cristales?
—Los videntes parecían estar enamorados de los cristales.
El hombre de repente sintió un gran interés.
—¿En qué sentido?
—Bueno... yo oigo las vibraciones...
Contestó a sus palabras al vuelo.
—¿Se refiere a la resonancia? No lo había pensado antes. Continúe —la instó.
—Yo... yo... —Alzó las manos, sin saber qué decir—. ¿Transmiten energía?
Tyber la miraba, estupefacto.
—¡Eso es brillante!
Zanita se encogió de hombros y miró alrededor de la clase con recelo. No tenía ni idea de qué había estado hablando él, y ahora no tenía ni idea de qué había estado hablando ella misma.
Pero él creía saber de qué hablaba ella.
El hombre estaba chiflado.
Lo miró detenidamente. Un chiflado guapísimo, pero un chiflado.Tenía que irse.
Comenzó a incorporarse, ajustándose la correa del bolso al hombro.
—Mire, yo...
Él avanzó intencionadamente hacia Zanita, posando la mirada momentáneamente en sus piernas. Al menos él se había fijado; la idea quedó flotando en el fondo de su mente. En la superficie de su mente salía corriendo de ese desvarío.
—¿Se da cuenta de que la acción del péndulo es bastante diferente, aun cuando... por qué sube las escaleras?
—Yo tengo que irme, de verdad. Verá, no me había dado cuenta de que la sanación psíquica era tan intensa, y...
—¿Sanación psíquica? —Ahí estaba otra vez. Esa sensación que le enmudecía. Ahora se concentraba en ella con interés—. Éste es un seminario de física.
Pareció completamente confundida y, debía admitirlo, estaba encantadora.
—¿Cómo ha podido…? —Sus ojos pestañearon repentinamente divertidos al evaluar correctamente la situación—. Aaah. No es muy buena deletreando, ¿verdad?
Zanita palideció.
—¿Física? —logró articular.
—Física —afirmó él.
—¡Puaj! —Le miró rápidamente—. Lo siento... se me ha escapado, señor Evans. Quiero decir señor doctor... quiero decir doctor Evans. —Dios, parecía una completa estúpida. ¡Ahora el hombre se reía de ella!
Él sonrió, mostrándole un hoyuelo.
—Tyber lo arreglará.
La clase entera rompió a reír. Zanita quería gatear escaleras arriba y salir. Comenzó a subir de nuevo, sintiéndose como una completa idiota.Tyber Evans siguió avanzando, disfrutando por completo de la situación.
—Usted, señorita Masterson, es impredecible; lo que los físicos llamaríamos un elemento aleatorio. Muy interesante...
—¡Elemento aleatorio! Muchas gracias. Hace que parezca... que parezca...
Tyber arqueó una ceja como desafiándola a que terminara la frase con precisión. «Chiflado arrogante.» Ella alzó la barbilla.
—¿Si me disculpa?
—No tan rápido. —Él se cruzó de brazos y se apoyó contra
la pared—. No le va la física, ¿verdad?
Ella se detuvo un momento para orientarse. La visión de Tyber apoyado contra la pared, sonriéndole con picardía, la había puesto nerviosa. Dios, era guapísimo. Enrolló uno de sus rizos, un hábito que tenía cuando se ponía nerviosa.
—Bueno...
—Hummm... como sospechaba. —Se dio golpecitos en la barbilla con el dedo—. ¿Sabe?, yo podría abrirle todo un nuevo universo. ¿Por qué no se queda en la clase? Soy consciente de que gran parte de esto no significará nada para usted, pero tal vez capte algunas ideas interesantes entretanto. Mucho mejor que las clases de sanación psíquica. Por supuesto, yo estoy condicionado por los prejuicios.
El hombre le estaba pidiendo que asistiera a la clase. Física... qué aburrimieeento. ¿Cómo iba a rechazar educadamente a ese dechado de virtudes delante de toda esa gente? Decidió tratar de salirse por la tangente y...
—No sé. Es un poco... seco.
—¿Seco? Ahora me ha retado, Zanita.Voy a enseñarle lo excitante que puede ser.
Hablaba de física, ¿verdad? Por su expresión, no estaba tan segura. Bueno, le había dado una salida y él eligió no tomarla.
—Muchas gracias, pero...
—No son necesarias. Enseñar es un placer.
Sus ojos bailaban como si guardasen secretos que estaría más que dispuesto a compartir con ella. Se subió al mismo peldaño que ella, le colocó una cálida mano sobre la espalda y suavemente pero con firmeza la instó a regresar a su asiento.
—Así son las cosas: se ha equivocado al entrar aquí, y ahora nos vamos a quedar con usted. ¿Cierto, chicos? —Se dirigió a la clase en general.
La clase se mostró totalmente de acuerdo. Aunque Zanita no esperaba que hiciesen otra cosa. Resultaba obvio que el sol salía y se ponía con ese hombre en lo que a ellos se refería.
Stan se volvió en su asiento, sonriéndole.
—Te quedas con nosotros, Zanita.
Ella se volvió para mirar a Tyber, que permanecía de pie por encima de su hombro. Sabía muy bien que la había acorralado.
Guiñó el ojo. ¿Quién era él para…?
De repente recordó dónde había oído antes su nombre.
Tyberius Augustus Evans era un excéntrico brillante y de renombre, que poseía miles de patentes de diferentes aparatos y era consultado por jefes de Estado, científicos, compañías de negocios, centros de investigación... en resumen, por cualquiera que creyera que podía obtener algo de él. Sus estudios, que llevaba a cabo en la privacidad de su propiedad amurallada, le conducían por los distintos caminos de la investigación. Por lo que recordaba, algunos eran sensacionales; otros a ella le parecían algo tontos. Pero ¿quién era ella para juzgar? La opinión general consistía en que todo lo que él creaba demostraba la extraña genialidad por la que se le conocía.
¿Qué más podía recordar? Ah, sí.Trabajaba completamente por su cuenta; en otras palabras, no había vendido su alma a las multinacionales. Guardaba su intimidad, y nunca, nunca concedía una entrevista.
Zanita le sonrió lentamente.Elemento aleatorio, en efecto. La información que necesitaba acerca de la sanación psíquica podría obtenerla de algún otro sitio. Todavía estaba decidida a investigar a Xavier LaLeche, pero un curso de sanación psíquica no era ni de lejos tan importante como la posibilidad de conseguir una entrevista con ese hombre.
En una demostración relámpago de razonamiento deductivo que habría fascinado a Tyber si hubiese sido consciente de ello,
Zanita calculó sus posibilidades. No había ninguna verdadera decisión que tomar.
—Me quedo. —La clase aplaudió, pero ella apenas lo notó.
Sus ojos estaban puestos en Tyberius Augustus Evans.
Tyber frunció ligeramente el ceño al estudiar a la mujer que tenía delante. Tenía la mirada de su gato. Sí, cuando el gato estaba a punto de hacer algo muy astuto.
Tyber se sonrió. Siempre le había encantado el misterio. Sabía exactamente qué hacer a continuación.
El primer paso era probar el agua. Cuando ella tomaba asiento, decidió inquietarla un poco. Sólo para continuar con el juego.
—Voy a seguir con esa idea suya.
Ella le miró horrorizada. ¿Ya había visto a través de ella?
—¿Qué idea? —Le tembló la voz.
—La vibración. —Se inclinó para susurrar en su oído—: La energía. —Su cálido aliento le hizo cosquillas en el cuello—. La resonancia...
Ella tragó saliva nerviosa, rehusando mirarle. Resultaba incómodamente obvio para Zanita que, por alguna razón, el hombre había aceptado el reto.
También resultaba obvio que tenía intención de disfrutarlo.
Suspiró cuando la conversación que había mantenido con Mills poco antes pasó por su cabeza. Ahí estaba la justificación perfecta de sus convicciones. Maldita sea, pero su atractivo rostro poseía una mirada pícara.
Nada podía ser sencillo si había un hombre involucrado.
Habría que meterlos en aceite hirviendo.