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LA PRINCESA , Gaelen Foley

Capítulo uno

Mayo de 1805

El sonido de sus rápidos y enérgicos pasos invadió el estrecho espacio entre las paredes del laberíntico jardín. Los setos se inclinaban sobre ella, como si quisieran cerrarle el paso, y el corazón le latía tan fuerte que pensó que ahora sí la oirían. Recorrió lentamente la estrecha vereda, sus pies desnudos deslizándose silenciosamente por la fresca y verde hierba, su pecho palpitan­do. Le temblaba todo el cuerpo y le sangraba la mano, tal vez rota después del puñetazo en la cara que le había propinado a Philippe con el cortante filo de su anillo de diamante. Al menos había conseguido deshacerse de él y esconderse en el laberinto. No se atrevía a pedir ayuda, pues sabía que sólo los tres hombres la oirían.

Esa noche, no había nadie más fuera. Las gotas de lluvia se esparcían en un cielo azul oscuro cubierto de nubes. Las cigarras cantaban al unísono mientras el viento, que soplaba primero de un lado y después del otro, traía consigo fragmentos de un minueto interpretado en los jardines reales, el minueto de un bai­le: el de su fiesta de compromiso. Su prometido había sido incapaz de asistir.

Inclinó la cabeza hacia la izquierda al oír movimientos al otro lado del frondoso seto.

Él estaba allí. Un sabor ácido del vino que había bebido le su­bió por la garganta.

Podía ver su silueta, alta y elegante. Podía ver la silueta de una pistola en su mano. Y supo que de la misma forma, él podría ver su vestido de seda clara a través de las ramas. Se puso en cuclillas y se alejó con cautela.

—No tenga miedo, Alteza. —Oyó la meliflua voz de Henri a varios pasos de distancia—. No vamos a lastimaros. Salid, no hay nada que podáis hacer.

El francés se había separado de su compañero para cercarla. Reprimió un sollozo, dominando su fragilidad mientras trataba de decidir el mejor camino. Aunque había correteado por el laberinto desde que era niña, el miedo la hacía ahora dudar de su sentido de la orientación.

Escuchó el pausado murmullo que provenía de la fuente del centro del laberinto y trató de guiarse por su sonido. Se acurrucó contra el arbusto y desde allí inspeccionó palmo a palmo el camino, cerrando con tanta fuerza los puños que las uñas se le clavaban en la palma de la mano. Al final, apretó la espalda contra los espinosos arbustos, demasiado asustada para superar el recodo del camino. Esperó, temblando, en un intento vano por contener los nervios y el nudo que le oprimía el estómago.

Ella no sabía lo que querían.

Había recibido otras veces proposiciones de los engreídos y hambrientos cortesanos de palacio, pero ninguno de ellos había tratado nunca de retenerla por la fuerza. Y mucho menos, habían usado armas.

«Dios, por favor.»

Quería gritar, pero tenía demasiado miedo. El viento sopló de nuevo: traía olor a hierba, a jazmín… a hombres.

«Ya vienen.»

—Alteza, no tiene nada que temer. Somos sus amigos.

Echó a correr, su larga y negra cabellera al viento. Se oyó un trueno, el anuncio de una tormenta de verano que traía el viento. Al llegar al final del pasaje se detuvo otra vez, demasiado asustada para girar en el próximo recodo, donde quedaría a merced de Philippe o el rubio, Henri, quienes parecían dispuestos a encontrarla. No podía dejar de pensar en lo que le decía su antigua institutriz, que un día le pasaría algo malo si seguía actuando de una manera tan salvaje y descarada.

Se prometió no ser descarada nunca más. No volvería a coquetear. No volvería a confiar en nadie.

Su pecho se movía arriba y abajo, arriba y abajo.

Ya llegaban. Sabía que no podía quedarse donde estaba ni un segundo más.

«Estoy atrapada. No hay salida.»

Y de repente, escuchó otra voz, apenas audible, como un susurro fantasmagórico.

—Princesa.

Era como si esta sola palabra hubiese salido de la tierra, co­mo si el viento la hubiese dejado salir apenas un momento.

Estuvo a punto de responder en voz alta, deseando con todas sus fuerzas que no fuera una jugarreta de su mente confundida por el pánico. Sólo una persona la llamaba así, con la versión española de su título italiano, principessa.

Si alguna vez le había necesitado, era ahora.

El hermoso y oscuro Santiago.

Sólo él podía salvarla de esta pesadilla. Sin embargo, él se encontraba a mucha distancia, ocupado en los asuntos de palacio, reuniendo información y protegiendo al embajador en Moscú, donde se estaba formando la nueva coalición contra Napoleón.

Darius Santiago era un insolente, un bárbaro arrogante, pe­ro no conocía el significado del miedo, por lo que estaba segura de que podría hacer cualquier cosa. No le había visto en casi un año, lo que no impedía que siguiera rondando por su mente, con su arrogante sonrisa y sus ojos negros como el azabache. Unos ojos que parecían vigilarla aunque estuviera a kilómetros de distancia.

—Estoy cansado de esta persecución, ma belle —le advirtió Henri. Vio un movimiento a través de la hilera de setos y unos rizos rubios desaliñados. Vio que el francés se detenía y movía la cabeza, como si así pudiera oír mejor.

Con los ojos muy abiertos, se tapó la boca con las dos manos. Empezó a retroceder sin darle la espalda. Estuvo a punto de gritar cuando una rama se le enredó en el pelo, y tuvo que volverse al comprobar que sus largos rizos negros se habían enganchado entre los arbustos.

—Princesa.

¡Sabía que había oído bien! Pero ¿cómo era posible? Se que­dó helada, su mirada inspeccionando los alrededores con vehemencia.

¿Cómo podía saber que estaba en peligro? ¿Era el lazo que les unía tan poderoso?

Y entonces se dio cuenta de que podía sentirlo, podía sentir su extraño y silencioso poder presente en la noche, como la inminente tormenta.

—Diríjase al centro del patio. —Era un murmullo oscuro y leve el que la dirigía.

—¡Ay, Dios mío! —susurró, aliviada. Había venido.

Desde luego que había venido.

Incluso aunque no la quisiera, incluso aunque no pudiera nunca amarla, ella era sangre real y su honor le obligaba a protegerla.

Darius Santiago era el hombre de confianza del rey, un maestro en el espionaje y el asesinato. Su lealtad hacia su padre era absoluta. Si había trabajo sucio que hacer para proteger al reino y a la familia real de la pequeña isla de Ascensión, Darius se encargaba de ello sin reproches. Su presencia le hizo darse cuenta de que había algo más serio de lo que pensaba en el intento de Philippe de secuestrarla.

Se quitó las manos de la boca, aunque su pecho seguía moviéndose con cada inspiración, y esperó, con la cabeza erguida, las instrucciones de Darius.

—Vaya al patio, Alteza. Deprisa.

—¿Dónde está? —respiró, temblando—. Ayudadme.

—Estoy cerca, pero no puedo acercarme.

—Por favor, ayúdeme —balbució, reprimiendo un sollozo.

—Shhh —le susurró—, vaya al centro de la plaza.

—Estoy perdida, Darius. Lo olvidé. —Cegada ahora por las lágrimas que había reprimido por pura supervivencia, intentó verle entre el denso verdor del seto.

—Tranquila, sé valiente —le pidió con suavidad—. Dos giros a la derecha. Está muy cerca. Me reuniré con usted allí.

—De acuerdo —balbució.

—Vaya. Ahora. —Y su susurro se desvaneció.

Por un momento, Serafina fue incapaz de moverse. Pero se armó de valor y se dirigió hacia el pequeño y pavimentado patio. Le temblaban las piernas y la herida de su rodilla le ardía todavía, fruto de un resbalón anterior en el césped. El vestido de gasa que había estrenado con tanto entusiasmo tenía ahora un rasgón a la altura de las rodillas. Cada movimiento era un suplicio que sufría en silencio, y aunque el miedo la volvía torpe, se esforzaba por seguir el sonido refrescante de la fuente.

A cada palmo que avanzaba, canturreaba mentalmente su nombre, como si así pudiera conjurarlo, «Darius, Darius, Darius». Así llegó hasta el primer recodo.

Tomó fuerzas y miró a su alrededor.

«A salvo.»

Siguió moviéndose, ahora con más confianza. Imágenes de Darius se sucedían en su mente, imágenes de la infancia, él siempre vigilándola, tranquilizándola con una mirada, su serio y querido caballero, siempre dispuesto a protegerla. Pero cuan­do por fin ella creció, nada había salido según sus planes.

«Darius, no dejes que me cojan.»

Al mirar hacia delante, vio que tendría que pasar un claro en el que confluía otro camino por la izquierda. Rezó para que sus perseguidores no estuvieran esperándola allí, escondidos. Se terminaba el seto que la protegía y, vacilante, sintió que el coraje volvía a abandonarla.

Una gota de sudor le rodó por la frente.

«Que esto salga en los periódicos —pensó nerviosa, enjugándose la frente con el dorso de la mano—: ¡Ultimas noticias! ¡La Princesa Real suda!»

Cerró los ojos brevemente y murmuró una plegaria. Después, se lanzó hacia delante tras echar una mirada furtiva a la parte baja de la línea de setos por la que caminaba. A unos vein­te pies de distancia, el rudo conductor de Philippe yacía boca abajo, inmóvil. Un pedazo de metal brillaba a la luz de la luna. Había sido estrangulado, pensó horrorizada. Darius había pasado por aquí.

Siguió caminando con pasos entumecidos y vacilantes mientras un terror frío se apoderaba de su estómago. El canto de las cigarras se había reducido a una vibración monótona que parecía iba a hacerle perder los nervios. Cuando llegó al final de la línea, hizo una mueca, luchando en silencio consigo misma por encontrar el coraje necesario para mirar al otro lado del recodo. Se obligó a hacerlo.

«¡Despejado!»

La entrada al patio se veía ya al final del pasillo. Casi había llegado. Todo lo que tenía que hacer era pasar otro hueco a mitad del camino.

Hizo el giro y corrió para pasarlo.

Con la respiración entrecortada, sus pies descalzos la llevaron rápidamente por la hierba sedosa. Estaba muy próxima al claro y al final de la línea veía ahora con claridad la entrada al patio. El cielo arrojó un puñado de lluvia y viento sobre su cara. Las nubes cubrían la media luna dorada.

—¡Vuelve aquí, pequeña zorra! —gritó una voz profunda.

Ella se encogió y miró por encima de sus hombros. Philippe la había encontrado.

Corrió con todas sus fuerzas para pasar el claro, y fue entonces cuando Henri apareció por la intersección y la agarró con los dos brazos. Gritó desesperada. Henri se abalanzó rápidamente sobre ella y, de repente, Darius apareció, como un resplandor mortal entre las sombras, como un lobo al ataque.

Henri gritó al perder el equilibrio en su intento por protegerse de Darius. Serafina se enfrentó a su agresor, y escuchó como se rasgaba la seda de su vestido cuando por fin se deshacía de él. Corrió hacia el patio, llorando. Los dedos de sus pies rozaron el asfalto y tropezaron en el pequeño recinto. Cruzó la grotesca mirada lasciva de piedra que Pan le dirigía desde la fuente, con su boca musgosa echando agua, y se refugió en las sombras de una esquina.

Se agachó, encogida, rezando para que Philippe eligiese quedarse y ayudar a su amigo a luchar contra Darius en vez de perseguirla. Este pensamiento no duró mucho porque pronto vio aparecer al francés en la entrada, y atravesar el bien cuidado seto.

La descubrió enseguida, sus pasos fuertes, y una mirada de desprecio en los ojos. Caminó a grandes zancadas hacia ella y la tiró del brazo para que se levantara. Serafina gritó. Él le tapó la boca con la mano y puso un cuchillo en su garganta, justo en el momento en que Darius aparecía corriendo por la entrada.

Serafina sollozó su nombre.

Philippe tiró de ella.

—¡Cállate!

Darius se acercó, respirando fuerte mientras analizaba la escena que tenía enfrente. Sus fieros ojos color ónice escudriñaron la noche con una intensidad demoníaca. Un rayo en el cielo iluminó su oscura y exótica belleza por un instante, y después, no hubo sino oscuridad.

Serafina fijó la mirada y toda su fe en él mientras agarraba con las dos manos el brazo que rodeaba su cuello.

—A un lado, Santiago —le advirtió Philippe—. Un paso más y ella morirá.

—No seas estúpido, Saint-Laurent. Los dos sabemos que él no quiere que le suceda nada. —Su tono era desdeñoso y frío, su mirada serena. Sin embargo, todo su cuerpo emanaba peligro al pasearse por el patio, esbelto y elegante, iluminado apenas por una luna dorada. Vestido impecablemente de negro, sus movimientos eran los de un depredador felino.

Bajo esa ceja arqueada, se escondía una expresión salvaje y luminosa. Los ojos profundos y melancólicos reflejaban una naturaleza apasionada y misteriosa. Los austeros ángulos de sus mejillas huesudas, la nariz altanera y aquilina… todo completado por la sensualidad de su enfurruñada boca. Una pequeña arruga, en forma de media luna, estropeaba la dulzura de sus labios en una curva amarga.

Serafina le contemplaba embelesada, pero Darius ni siquie­ra la miró, como si no existiera. En vez de eso, clavó los ojos en Philippe y esbozó una sonrisa.

—Pensé que eras un profesional, Saint-Laurent —dijo con una voz suave y calmada, matizada por su acento español—. ¿Es así como llevas tus negocios, poniendo cuchillos en las gargantas de las jovencitas? —Hizo un gesto hacia ellos con ociosa elegancia—. Me pregunto cómo tenéis estómago para hacerlo —remarcó—. Me pregunto cómo podéis servir a un hombre sin honor.

—No he venido aquí a filosofar contigo, Santiago —gruñó Philippe, tan tenso y alterado mientras Darius permanecía frío—. Me voy ya, y ella se viene conmigo.

—Si crees que voy a dejarte pasar —le dijo con amabilidad—, es que te engañas a ti mismo.

—¡La mataré! —le advirtió Philippe.

Darius le dirigió una sonrisa aterradora.

—A tu señor no le gustaría.

El silencio cortaba el aire como el filo de una navaja. Los dos hombres se miraron desafiantes, los dos entrenados para matar, cada uno de ellos esperando a que el otro se rindiera, hasta que Serafina no pudo soportarlo más.

—Por favor —suplicó—, déjame marchar.

Al oír su desamparo, Darius volvió la mirada hacia ella. Durante un desafortunado instante, ella pudo leer la verdad: la furia, la desesperación que escondía su apariencia inflexible. Esa mirada se desvaneció al instante y sus labios se contrajeron de nuevo en una media sonrisa, aunque fue demasiado tarde.

Philippe lo había visto también.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó en tono de burla—. ¿He descubierto tu punto débil? ¿Es posible que el gran Santiago tenga un talón de Aquiles?

La cara finamente cincelada de Darius se contrajo. Sus ojos de largas pestañas se entrecerraron mirando a Philippe.

—Ah, desde luego —prosiguió, sin prestar atención al peligro—, recuerdo que alguien me dijo que fuiste su guardaespaldas cuando ella no era más que una mocosa.

La voz de Darius se suavizó en un murmullo aterrador.

—Baja tu arma.

—Apártate de mi camino.

—Libera a la princesa. Rendirte es tu única salida. Tus hombres han muerto, y sabes demasiado bien que te necesito vivo.

—Mmm, empieza a enfadarse. —Philippe reflexionó en voz alta—. Debe de estar verdaderamente prendado de vos, querida.

Sus palabras hirieron a la princesa más de lo que podía imaginarse.

—No estás haciendo sino empeorar las cosas, Saint-Laurent. Recordaré cómo me has importunado cuando tú y yo tengamos más tarde una charla sobre tus amigos y tus órdenes.

—Ah, pero mis órdenes no existen, Santiago. Yo no existo. No puedo volver con las manos vacías, así que, ya lo ves, no conseguirás nada de mí —gruñó.

Darius empezó a acercarse a ellos lentamente, con cautela.

—¡Ni un paso más!

Él se detuvo.

—Aléjate de la princesa —dijo suavemente, con una mirada tranquila y despiadada.

Serafina recitaba mentalmente el fragmento de una plegaria, una y otra vez. Podía sentir el pulso de Philippe contra su cuerpo, y cómo apretaba la presión sobre su cuello. Sintió que aumentaba su desesperación mientras buscaba una forma de salir de allí. Ella miró el cuchillo con el que le amenazaba el cuello, cerró los ojos y rezó más fervorosamente.

—Dime, Santiago… entre colegas —ladró de repente Philippe—: ahora que tu pequeña carga ha, digámoslo así, crecido, ¿no te has preguntado alguna vez…? Quiero decir, mírala. Hay quien dice que es la mujer más hermosa del mundo; o al menos, una de las tres más guapas. Desde luego, mi patrón está de acuer­do. Helena de Troya, la llama. Los hombres van a la guerra por poseer semejante belleza. ¿No deberíamos echar un vistazo?

Los ojos de Serafina se abrieron sorprendidos mientras Philippe agarraba la parte del vestido que Henri había roto. Dio un grito ahogado, aterrorizada al ver que le bajaba el vestido dejando al descubierto su cuerpo hasta la altura de la cintura.

Esto no podía estar sucediendo, pensó. No en sus hermosos jardines, en el centro mismo de su pequeño, seguro y aislado mundo. Con las mejillas encendidas de vergüenza, se mordió el labio inferior, conteniendo unas lágrimas de rabia. Intentó taparse con los rizos de su pelo, pero Philippe protestó.

—Non, non, cherie. Déjanos ver la belleza que Dios te ha dado. —Con la mano izquierda, le apartó delicadamente el cabello para que cayera detrás de sus hombros.

—Eres un cerdo —susurró Darius.

Ella no pudo resistir buscar sus ojos.

Con las manos a los lados, se quedó allí temblando de humillación y rabia, expuesta ante el único hombre que ella había querido. El único que no la quería.

No mucho tiempo antes, había amado a Darius Santiago con un ardor doloroso y adolescente. Tres años atrás, había tratado de demostrárselo en el baile de su puesta de largo. Ese día le dijo que había crecido para él, que había dejado de ser una niña; intentó demostrarle que ninguna mujer le amaría como ella le ama­ba. Pero él la había rehuido y había dejado la isla, embarcándose en alguna nueva misión. Ahora, testigo de su humillación, era forzado a ver su cuerpo, el regalo que ella había intentado darle, y que ahora tan poco significaba.

Justo entonces, el cielo de la noche se abrió en otro rápido y frío chaparrón. Serafina se estremeció y tembló al sentir las primeras gotas de lluvia sobre su cuerpo desnudo.

Podía sentir la fuerza volcánica de la ira que inundaba a Darius, pero por algún motivo la única cosa en la que podía centrarse era en su orgullo, en lo que creía su última defensa. Se agarró rápido a él, como si fuera una tabla de salvación. Levantó la cabeza para combatir la vergüenza. Con lágrimas en los ojos, se quedó mirando fijamente hacia la nada.

Philippe se rio de ella.

—Criatura altanera. Sí, sabes que eres maravillosa, ¿verdad? —murmuró, recorriendo con un dedo la curva de su hombro hasta llegar al brazo. Luchó para no temblar de asco—. Una piel como la seda. Ven y tócala, Santiago. Es exquisita. No te culpo, cualquier hombre sentiría debilidad por una criatura como ésta. Podemos compartirla si quieres.

Al oírlo, sus ojos se volvieron hacia Darius, y entonces fue como si una fría vara le golpease la espina dorsal. Porque lo que vio fue a un hombre disfrutando con la visión de sus pechos, una mirada que devoraba su desnudez.

—¿Darius? —preguntó con un susurro lastimero.

Los dedos de Philippe se agarraron con más fuerza al puño del cuchillo, aunque su voz segura y calmada emitiera una no­ta de triunfo.

—Ven y pruébala. Nadie tiene que enterarse. En serio, con to­do lo que has hecho por tu rey, ¿acaso no te la mereces?

Finalmente, Darius elevó la mirada para examinar la intimidad de su cuerpo. Serafina pudo ver el destello de unos dientes blancos en su sonrisa fría y diabólica. Empezó a acercarse lentamente hacia ellos, a la vez que preguntaba a Philippe:

—¿Qué es lo que sugieres?

Serafina no daba crédito a lo que oía. En su mente aparecieron imágenes de la última vez que había visto a Darius, seis meses atrás. Como de costumbre, la había ignorado nada más poner los pies en palacio, pero aquel día, ella había abierto la puer­ta del salón de música a media tarde, y le había encontrado jun­to a la pared jugueteando con una de sus muchas amantes. Llevaba la camisa abierta, los hombros y el pecho desnudo, y los pantalones le caían hasta los muslos, mientras la mujer, de faldas remangadas, trataba de desnudarle. Cuando Serafina abrió la puerta, él la vio por encima del hombro de ella y sus ojos se encontraron por un segundo.

Todavía recordaba el ardor de su mirada. Ella se había quedado allí, de pie en la puerta, con la boca y los ojos muy abiertos. Recordaba la sonrisa burlona y seductora que le había dirigido antes de salir ella con un portazo. Se parecía a la que ahora veía.

—Yo la sujetaré para ti —dijo Philippe.

—Ah, no se resistirá a mí —murmuró—, verdad, ¿mi ángel?

Sus mejillas se volvieron de color carmesí. Agachó la cabeza, avergonzada y rabiosa. Temblaba y no podía soportar ver cómo se acercaba a ellos.

Se juró a sí misma que esto era parte de un plan. ¡Ella era la princesa heredera! Darius no haría algo así nunca, nunca.

Pero él no era como los demás hombres. Este español de belleza aterradora escapaba a cualquiera de sus predicciones. Sólo sabía que no le temía a nada y que, por mucha lealtad que profesara a su padre, no obedecería a otra ley que no fuera la suya propia.

Lentamente, primero un paso y después otro, se acercó has­ta quedarse a unos tres palmos de ella, tan cerca que sus pechos casi podían rozarse. Tan cerca que podía sentir su respiración contra ella.

Estaba atrapada entre dos altos y rudos hombres, respiraba con dificultad y temblaba con tiritones fríos y calientes. Él iba a tocarla en cualquier momento, pensó. Con las mejillas encendidas, quería morirse de vergüenza al ver el deseo perverso en su rostro. Solía ser bastante perspicaz, pero esta vez se había queda­do muda, mirando como hipnotizada el botón plateado que queda­ba a la altura de sus ojos.

No podía pensar en nada que pudiera decir en su defensa, no podía encontrar la voz para invocar el nombre de su padre, ni el de su prometido; en este momento, ni siquiera podía dibujar el ros­tro de Anatole. El terror la había dejado en blanco, y Darius llenaba sus sentidos: los más fieros y elementales.

Su cercanía, la pura fortaleza masculina que emanaba… era sobrecogedor. Los orificios de su nariz se llenaron de una mezcla de olores a almizcle, caballo y piel, y la exótica marca de puro que siempre fumaba. Tampoco escapó a su nariz el hedor de la sangre que hervía por sus venas. Podía sentir el calor que emitía, la tensión que rodeaba sus formas duras y musculosas.

Entonces, todo pasó muy rápido. Darius cogió a Philippe por el cuello, obligándole a soltar a Serafina. Esquivó la hoja de su cuchillo y apretó la muñeca derecha de Philippe mientras Serafina tropezaba y caía a cuatro patas sobre el suelo. Con lo que pensó eran sus últimas fuerzas se alejó cuanto pudo y se levantó lo suficiente como para ver si Darius estaba herido. Pero la fuen­te no le dejaba ver lo que pasaba al otro lado. Sólo escuchó un batir de metales.

Philippe profería toda clase de improperios cuando su arma voló rozando el pavimento. Intentó abalanzarse sobre ella, pero Darius le dio un puntapié para alejarla y le mantuvo agarrado con fuerza. Revolviéndose con furia, Philippe logró escabullirse y salir corriendo.

Darius fue tras él. Agarró a Philippe por la parte de atrás del cuello y se tiró sobre él, haciéndole caer sobre las baldosas de pie­dra y bloqueando la salida.

Serafina levantó la mirada horrorizada cuando oyó el silbido del metal y vio la daga de ébano en la mano de Darius. La luz de la luna besaba la fina elegancia de la hoja.

«Dios mío.»

Cuando Philippe levantó las dos manos para protegerse del primer golpe, la daga de Darius cortó sus palmas abiertas.

Serafina volvió el rostro para no ver nada más, aunque siguió oyendo cada segundo de pelea, cada jadeo, cada maldición que salía de sus labios mientras Darius le masacraba.

Las cigarras gritaron. Quería correr con todas sus fuerzas. Cuando Darius juró en alguna lengua irreconocible, abrió los ojos y le vio con la daga levantada a dos manos, lista para el gol­pe final. En ese momento vio cómo su hermoso rostro se iluminaba de ferocidad.

«No.»

Serafina cerró los ojos con fuerza cuando el cuchillo se hundió como un ave de rapiña en su presa. El grito de Philippe fue breve, seguido de un mortal silencio.

Después, sólo pudo oír la brisa soplando entre los enebros y los pasos rudos de un hombre que se acercaba. Pensó que iba a vomitar.

Se dio cuenta con una histeria repentina de que tenía que correr. Tenía que escapar de allí, alejarse de él de una vez antes de que viniera a satisfacer el deseo que había visto en sus ojos. Era el hombre más devastador del reino y estaba fuera de control, reducido por la rabia a la ley de su niñez, la ley de la calle.

Sin apartar los ojos de él, Serafina se puso en pie con un movimiento vacilante mientras Darius se pasaba una mano por el cabello y mostraba el perfil de su rostro negro y demoníaco en la oscuridad de la noche. Un segundo después, sacaba el cuchillo del pecho de Philippe.

Ella le miró, recomponiendo los restos de su vestido de seda mientras miraba con atención los alrededores del patio. Trató de ignorar las ramas que le arañaban la espalda. Él bloqueaba la única salida, pero podría abrirse paso entre los setos si fuese necesario.

Darius se levantó junto al cuerpo sin vida de Philippe. Sacó un pañuelo del bolsillo de su impecable chaqueta y se limpió la sangre de las manos. De repente, se detuvo y dio al cuerpo una patada maligna en las costillas.

Serafina dejó escapar un pequeño grito, bajando la guardia ante este rápido y tempestuoso movimiento.

Darius la miró con atención por un segundo, como si acabase de recordar que estaba allí. Después caminó en silencio, una figura alta y sigilosa surgiendo de la oscuridad.

—¿Qué está haciendo? —Su voz era tan serena, que resultaba desconcertante.

Atrapada en sus ojos, se quedó helada.

—Jesús —murmuró, y cerró los ojos por un momento.

Ella se quedó allí sin decir nada, tratando de juntar los últimos jirones de su vestido sobre el pecho con manos sudorosas, mientras calculaba las probabilidades de salir airosa.

Darius suspiró y sacudió la cabeza para sí mismo. A continuación, se dirigió a la fuente y refrescó su rostro en el agua bur­bujeante. Sólo entonces se dirigió a ella, al tiempo que se quitaba el abrigo negro.

Se encogió junto a los arbustos.

Él le ofreció el abrigo, lo sostuvo frente a ella.

Ni se atrevía a aceptarlo, ni se atrevía a retirar sus ojos de él.

Había matado a tres hombres como trabajo nocturno, era conocido por hacer cosas indecentes a las mujeres en mitad del día, había visto sus pechos, y, lo que era aún más perturbador: había sido marcada por la sangre de este hombre ocho años atrás.

Había sucedido en la plaza del pueblo, durante su decimosegundo cumpleaños, cuando alguien había intentado matar al rey. Ella estaba allí, sonriendo por la fiesta, sosteniendo la mano de su padre cuando el asesino atacó. Santiago, este hermoso salvaje, pensó, se interpuso entre la bala y su padre. La sangre caliente y escarlata de este hombre le había rozado la mejilla y manchado su precioso vestido blanco.

Desde aquel día, en ese lugar profundo e ilógico donde guardaba cosas como la calidez del fuego y el olor de la cocina, en lo más profundo de su sangre y sus huesos, donde no era ni princesa ni peón político, sino una simple mujer, supo que pertenecería para siempre a este hombre.

Y lo más terrible de todo era saber que él también lo sabía.

Su intensa y fiera mirada se suavizó bajo sus largas pes­tañas.

Ella no podía dejar de temblar.

De nuevo, él le ofreció el abrigo.

—Cójalo, princesa —dijo débilmente.

Sin previo aviso, sus ojos se desbordaron al oír la gentileza de su tono.

Parpadeó una y otra vez con sus largas pestañas, sin saber muy bien qué hacer con ella.

—La ayudaré —dijo a regañadientes, sosteniendo la chaqueta para que ella sólo tuviese que meter los brazos por las mangas.

Vacilante, le dejó que se lo pusiera, como si fuera una niña.

—Pensé… —empezó. Se mordió el labio inferior, incapaz de terminar la frase.

—Sé lo que pensó. —Su voz era baja, fiera—. Nunca podría lastimarla.

Sus miradas se encontraron, enfrentándose, con cautela.

Ella fue la primera en bajar los ojos, asombrada de esa inu­sual sumisión. Su antigua institutriz no lo hubiese creído.

—¿No… no le necesitaba vivo?

—Bueno, ya está muerto, ¿no? —dijo disgustado—. Me las arreglaré. —Con un puño se golpeaba la cadera, y con la otra mano se frotaba la frente.

—Gracias —susurró Serafina temblando.

Él se encogió de hombros y caminó en dirección a la fuente.

Finalmente, ahora que veía que el peligro había pasado, toda la fortaleza pareció abandonarla. Las lágrimas se apoderaron de sus ojos, cegándola. Se quedó clavada donde estaba, abatida sobre el pavimento. Cubrió su cuerpo con el abrigo, sentada, y se abrazó los hombros, dejando caer la cabeza entre sus manos, luchando por contener las lágrimas.

«No lloraré delante de él», pensó con fuerza, pero al poco tiempo sucumbió. No pudo evitarlo.

Al oír los sollozos, Darius se volvió hacia ella sorprendido. Con los ojos fruncidos, se acercó y se quedó de pie junto a ella. No podía recuperar su sentido del orgullo, sólo podía llorar y sorber furiosamente. Se secó una lágrima de la mejilla con el dorso de la mano, incapaz de elevar los ojos por encima de esas brillantes botas negras terminadas en espuelas.

Él se arrodilló, en busca de sus ojos.

—Eh, princesa. ¿A qué viene esto? ¿Está tratando de arruinarme la noche?

Ella le miró sin dar crédito a lo que oía.

—¿«Arruinarle» la noche?

Saltó cuando se acercó a ella, pero él lo único que hizo fue ofrecerle un pañuelo limpio que sacó de ningún lado, en uno de sus trucos de gitano.

Después de un momento de vacilación, se decidió a aceptarlo, y recordó cómo solía pensar que él era un mago cuando de pequeña sacaba una moneda de oro de su oído y la hacía después desaparecer ante sus asombrados ojos.

Darius la estudió, con una mueca arrogante en los labios, incómodo con la mirada que ella le dirigía.

—¿Qué ocurre? ¿También usted me tiene miedo como todos los demás?

Le respondió con un único sollozo, surgido de lo más profundo de sus pulmones.

La sonrisa de él se desvaneció.

—Ah, vamos, Pequeño Grillo. Soy yo —dijo, ahora con más delicadeza. Parecía casi conmovido—. Me conoce, siempre me ha conocido. Desde que era así de grande, ¿no es cierto? —Extendió el pulgar y el índice mostrando algo así como un palmo de longitud.

Ella le miró la mano, después se encontró con sus ojos sin mucha convicción.

Era una verdad a medias. Toda su vida había estado allí, en la sombra, pero nadie conocía verdaderamente a Darius Santiago. Él no lo permitía. De hecho, se protegía con el humor más mordaz de aquellos que intentaban amarle, como ella muy bien sabía.

Hacía veinte años, justo antes de su nacimiento, sus padres habían sacado a Darius de la calle, un ladronzuelo sin domesticar que, por un acto de valor, había salvado la vida de su madre. Como prueba de agradecimiento, su padre le había nombrado guardia real, criándole como si se tratase de su propio hijo, en la medida en que el orgullo de Darius le permitía aceptar lo que él veía como caridad. Cuando ella fue lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que había sido una especie de desilusión para sus padres —al ser la primogénita mujer en lugar de hombre— encontró en este extraño medio gitano, cuyos únicos amigos eran los caballos del establo real, a su mejor aliado y protector.

Darius bajó sus largas pestañas y su voz se hizo más suave.

—Bueno, no importa si tiene miedo de mí ahora. No la culpo. A veces, incluso me asusto de mí mismo.

—Los mataste —susurró—. Fue horrible.

—Ése es mi trabajo, y sí, algunas veces es horrible —se defendió—. Siento mucho que tuviera que verlo. Deberíais haber cerrado los ojos, Alteza.

—Lo hice, pero aún así lo oí.

Parecía resentido.

—Ese hombre insultó su honor. Tuvo lo que se merecía. —Se levantó y se alejó caminando.

Sujetándose la cabeza con una mano, y abrazada con el otro brazo a una de sus rodillas, Serafina le vio dirigirse hacia la salida del patio, la espalda ancha, el chaleco negro ceñido a la cintura, sus enormes brazos bien cubiertos con una camisa blanca de manga larga.

«Le he ofendido.» Sabía lo sensible que era.

—Venga, Alteza —dijo, lejano—, va a ser una noche larga. Los franceses han introducido más espías en palacio. No sé todavía quiénes son pero terminaré por descubrirlo. Hasta entonces, tenemos que sacarla de aquí inmediatamente.

Serafina dejó escapar un suspiro y se puso en pie. Las piernas le temblaban aún después de la terrible experiencia.

Darius la esperaba junto a la fuente, sin poder mirarla todavía, encerrado en sí mismo. Con las manos en las caderas, levantó su fino rostro para escudriñar el cielo de la noche.

La luz líquida de la luna se reflejaba en su mandíbula y besaba su amarga y hermosa boca con un resplandor dorado.

Cuando ella estuvo a su lado, se volvió para mostrarle el camino.

—Primero tenemos que ir a ver a su padre. Él le asignará a alguien para que os lleve a su escondite…

—Darius, espere. —Puso una mano en la amplia curva de su brazo—. No fue mi intención…

—El tiempo es crucial, Alteza. —Se apartó.

Al intentar alejarse de ella, no pudo evitar que ella le rozara el brazo. Miró la forma de su hombro y sus dedos se enredaron en un trozo invisible de tela mojada.

Serafina se quedó helada. Lentamente, se miró la palma de la mano.

—Darius —respiró, con los ojos clavados en la sangre de su mano.

—¿Qué?

—Está sangrando.

Ella le oyó reírse por lo bajo, mientras encendía una cerilla sobre la piedra grotesca de Pan, y prendía con ella, a continuación, un puro.

—¿A quién diablos le importa, Serafina? —dijo amargamen­te—. ¿A quién diablos le importa?

Bruscamente, tiró a la fuente la cerilla todavía encendida y se alejó caminando, el brillo de su cigarro parpadeaba en medio de la oscuridad.

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