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LIGERAMENTE CASADOS, Mary Balogh

Prólogo

Toulouse, Francia, 10 de abril de 1814

Aquella escena era terriblemente familiar para el hombre que la contemplaba. Su larga experiencia le decía que un campo de batalla y otro se diferenciaban en poco, al menos cuando el combate había concluido.

La humareda provocada por la artillería pesada y por la miríada de mosquetes y rifles de los dos ejércitos comenzaba a despejarse, revelando cómo las victoriosas tropas británicas y aliadas consolidaban las posiciones que acababan de conquistar en torno al cerro Calvinet, al este de la ciudad, y volvían los cañones en dirección a la mismísima Toulouse, donde las fuerzas francesas, al mando de Soult, se habían replegado hacía poco. Un hedor acre flotaba en el ambiente, mezclado con el olor a polvo, a lodo, a caballos y a sangre. Pese a que los ruidos no se habían acallado —gritos, órdenes, el relincho de los caballos, el entrechocar de las espadas y el estruendo de las ruedas—, ahora que habían enmudecido las explosiones atronadoras de los cañones se iba imponiendo ese silencio tan poco natural y tan conocido de los oídos cuando zumban. El suelo estaba cubierto de muertos y heridos.

Era una visión a la que el coronel lord Aidan Bedwyn no lograba acostumbrarse. Alto, fuerte y cetrino, de nariz aquilina y rostro duro, el coronel solía inspirar temor. Pero siempre, después del combate, se tomaba el tiempo necesario para recorrer el campo de batalla, examinando a los muertos de su batallón o dando consuelo y socorro a los heridos.

Con las manos a la espalda y la gran espada de caballería, sucia tras el combate, envainada a su costado, se detuvo y clavó los oscuros ojos en un bulto escarlata.

—Un oficial —dijo, indicando el fajín rojo con un leve gesto de la cabeza. El hombre que lo portaba yacía boca abajo sobre la tierra, con los miembros dislocados por la caída del caballo— ¿Quién es?

Su edecán se agachó y dio la vuelta al oficial muerto, dejándolo boca arriba.

El muerto abrió los ojos.

—Capitán Morris —dijo el coronel Bedwyn—, está usted herido. Consiga una camilla, Rawlings. Enseguida.

—No —susurró el capitán—. Estoy acabado, señor.

Su comandante en jefe no rebatió aquellas palabras. Con un ligero ademán indicó a su ayudante que permaneciera a la espera y observó al moribundo, cuya chaqueta roja se teñía por momentos de un rojo más oscuro. Le debían de quedar pocos minutos de vida.

—¿Qué puedo hacer por usted? —le preguntó el coronel—. ¿Quiere un poco de agua?

—Un favor. Una promesa. —El capitán Morris cerró los párpados, pálidos como el papel, sobre los ojos mortecinos y, por un momento, el coronel creyó que había expirado. Apoyándose sobre una rodilla, se inclinó a su lado al tiempo que apartaba la espada. Inesperadamente, los párpados se agitaron y se volvieron a entornar—. La deuda, señor. Dije que nunca apelaría a ella. —Su voz era apenas audible, y tenía la mirada turbia.

—Pero yo juré que la honraría pese a todo. —El coronel Bedwyn se acercó aún más, para oírlo mejor—. Dígame qué puedo hacer.

Dos años antes, el capitán Morris, que por entonces era teniente, le había salvado la vida en la batalla de Salamanca, cuando habían abatido su caballo y había estado a punto de ser asesinado por la espalda mientras luchaba fieramente contra un adversario a caballo. El teniente había matado al segundo enemigo y luego se había apeado de su montura e insistido en que su oficial superior tomara su caballo. Después sería gravemente herido en la batalla. Gracias a ello había ascendido a capitán, una promoción que, de otro modo, no habría estado en condiciones de conseguir. En aquel entonces insistió en que el coronel Bedwyn no le debía nada porque, en una batalla, el deber de un soldado era guardar las espaldas de sus camaradas, en especial las de sus oficiales superiores. Tenía razón, por supuesto, pero su coronel nunca había olvidado la obligación contraída.

—Mi hermana —dijo el capitán, con los ojos otra vez cerrados—. Dele la noticia.

—Lo haré en persona —le aseguró el coronel—. Le informaré de que su último pensamiento fue para ella.

—Que no lleve luto. —El aliento del hombre iba menguando y sus estertores eran claramente audibles—. Lo ha llevado demasiado tiempo. Dígale que no debe vestir de negro. Es mi última voluntad.

—Se lo diré.

—Prométame... —La voz se desvanecía. Pero la muerte todavía no había acudido en su busca. Súbitamente abrió los ojos de par en par, encontró la fuerza para mover un brazo hasta tocar la mano del coronel con unos dedos yertos, fríos como la muerte, y le habló con la urgencia que solo puede provocar la inminencia del final—. ¡Prométame que la protegerá! —exclamó. Sus dedos se aferraban débilmente a la mano del coronel—. ¡Prométamelo! ¡Cueste lo que cueste!

—Se lo prometo. —El coronel inclinó aún más la cabeza para que su voz y su mirada atravesaran la niebla de la muerte que estaba engullendo a aquel hombre atormentado—. Se lo juro solemnemente.

El capitán exhaló su último aliento en el preciso momento en que pronunciaba aquellas palabras. El coronel alargó una mano para cerrar los ojos de Morris y permaneció de rodillas dos minutos más, como si rezara, aunque en realidad meditaba sobre la promesa que había hecho al capitán Morris. Le había prometido llevar personalmente la noticia de su muerte a su hermana, aunque no sabía quién era ni dónde vivía. Había prometido comunicarle la última voluntad de Morris: que no llevara luto por él.

Y había jurado por su honra protegerla. De qué o quién, no lo sabía.

«¡Cueste lo que cueste!»

El eco de las últimas palabras del moribundo resonaba en sus oídos. ¿Qué querrían decir? ¿Qué era exactamente lo que había jurado?

«¡Cueste lo que cueste!»

1

Inglaterra, 1814

Una cañada umbría hendía el bosque que bordeaba el parque de la casa solariega de Ringwood, en Oxfordshire. El agua del arroyo borboteaba deslizándose por su lecho rocoso antes de unirse a un río más caudaloso que dibujaba la linde del parque y fluía a través de la cercana aldea de Heybridge. La cañada siempre resultaba recoleta y amena. Pero en aquella mañana de mayo era de una belleza sobrecogedora. Una primavera especialmente templada había logrado que las campánulas, que no solían florecer hasta junio, abrieran sus pétalos mucho antes. Las azaleas también estaban en flor, de modo que las terrazas en desnivel parecían alfombradas de azul y rosa. Unos brillantes rayos de sol atravesaban el oscuro follaje de los altos cipreses y moteaban el suelo de luces y sombras, al tiempo que arrancaban destellos al agua espumeante del arroyo.

Eve Morris paseaba entre las campánulas, que la cubrían hasta las rodillas. Había decidido que era una mañana demasiado espléndida para desperdiciarla en cualquiera de sus actividades habituales en la casa, la granja o el pueblo. Las campánulas permanecían muy poco tiempo en flor, y recogerlas para adornar su hogar era desde siempre uno de sus pasatiempos favoritos en primavera. No se encontraba sola. Había convencido a TelmaRice, la institutriz, de que suspendiera las clases durante unas horas y se llevara a sus dos alumnos y su bebé a recoger flores. Hasta la tía Mary iba con ellos, a pesar de que sufría de artritis en las rodillas y se quedaba sin aliento enseguida. De hecho, había sido idea suya aprovechar aquella oportunidad para improvisar un picnic. Ahora estaba sentada en la silla maciza que Charlie le había llevado, haciendo tintinear sin cesar las agujas de tejer, con una gran cesta llena de comida y bebidas al lado.

Eve se enderezó estirando la espalda. Un enorme ramo de flores de largos tallos yacía en la cesta que colgaba de su brazo.

Con la mano libre se caló en la cabeza su viejo sombrero deforme de paja, aunque una ancha cinta gris ceñida a la copa y el ala lo sujetaba firmemente por debajo de la barbilla. Era una cinta a juego con su vestido, una prenda de algodón de corte sencillo, cintura alta y mangas cortas, ideal para una mañana de campo en la que no se esperaran visitas. Saboreaba conscientemente aquel bienestar. Tenía todo el verano por delante, un verano que no se vería turbado por la ansiedad por primera vez en largos años.

Mejor dicho, apenas turbado, porque no podía quitarse de la cabeza la pregunta de qué era lo que le impedía volver a John. Había confiado en que estaría en casa para marzo o abril como muy tarde, pero vendría en cuanto pudiera. De eso estaba segura.

Mientras tanto, contemplaba cuanto la rodeaba y a sus compañeros con placidez y satisfacción.

Al trabajar, la tía Mary no se miraba las manos, sino que vigilaba a los niños, con una sonrisa afectuosa dibujada en su rostro cansado y arrugado. Eve tuvo un arrebato de ternura por ella.

La mujer había pasado cuarenta años tirando de carretas de carbón por las galerías de la mina hasta que, a la muerte de su marido, que era tío del padre de Eve, este le había concedido una pequeña pensión. Eve la había convencido de que fuera a vivir con ellos a Ringwood hacía poco más de un año, cuando su padre estaba muy enfermo.

Davy, de siete años de edad, recogía flores con gran seriedad, con el ceño de su carita fruncido, como si se le hubiera confiado una tarea de suma importancia. Cerca de él, como siempre, su hermana Becky, de cinco años, hacía lo mismo disfrutando más abiertamente y menos concentrada, tarareando por lo bajo. Parecía una niña segura de su entorno. Ojalá Davy pudiera aprender a dejarse llevar así, a abandonar esa expresión tensa y seria que lo hacía parecer demasiado mayor para su edad. Pero todo llegaría, se dijo Eve, bastaba con un poco de paciencia. Ninguno de los dos niños era suyo, aunque habían vivido con ella los siete últimos meses. No tenían a nadie más.

Muffin estaba junto al arroyo, con tres patas apostadas precariamente sobre tres pedruscos y la cuarta doblada bajo la panza, el hocico unos centímetros por encima del pequeño caudal. No bebía. Se las daba de perro pescador de primera, aunque jamás había sido capaz de atrapar siquiera a un renacuajo. ¡Qué chucho tan bobalicón!

El pequeño Benjamin Rice se dirigía bamboleando hacia su madre, con un ramo de azaleas y campánulas agarrado firmemente en el puño tendido. Thelma se inclinó para recogerlo, poniendo las manos en forma de cuenco como si se tratara de un tesoro raro y precioso, lo que efectivamente era.

Eve sintió una punzada de envidia por aquel amor materno, pero enseguida se sobrepuso, diciéndose que era indigno de ella.

Era uno de los mortales más afortunados de la tierra. Vivía en un paraje idílico, rodeada por personas a las que la unía un amor mutuo. La soledad de su infancia era cosa del pasado. Una semana más tarde se cumpliría el primer aniversario de la muerte de su padre y podría dejar el medio luto y volver a lucir prendas de colores.

Se moría de impaciencia. Pronto —el día menos pensado— John estaría de regreso y podría admitir por fin ante el mundo que estaba enamorada, enamorada, enamorada. No se puso a girar como una peonza ante la idea, con la exuberancia de su juventud, sino que se contentó con una sonrisa.

Y, para que su felicidad fuera completa, había otra alegría en perspectiva. Percy iba a regresar a casa. En su última carta le decía que pediría un permiso en cuanto pudiera, y esta vez seguro que podía. Hacía poco más de una semana había oído la fantástica noticia de que Napoleón Bonaparte se había rendido en Francia ante las fuerzas aliadas y de que al fin habían acabado todas aquellas guerras interminables. Su vecino James Robson había acudido personalmente a Ringwood en cuanto se enteró de la noticia, sabedor de la importancia que tenía para Eve, pues suponía el final de años de ansiedad por la vida de Percy.

Eve se agachó para recoger más campánulas. Quería llenar un jarrón para cada una de las habitaciones de su casa. Así celebrarían todos juntos con colores y aromas la primavera, la victoria, la paz y el final del luto. Ojalá pudiera venir John.

—¿Quién quiere comer? —La tía Mary los llamó unos minutos más tarde con su fuerte acento galés—. Estoy agotada solo de miraros.

—Yo —chilló Becky, trotando alegremente hacia la cesta y dejando sus flores al lado de la tía Mary—. Me muero de hambre.

Davy se irguió pero permaneció dubitativo, quieto, como si sospechara que retirarían la oferta en cuanto se moviera.

Muffin acudió como una flecha desde el arroyo, con su oreja y media de punta, ladrando sin parar.

—Tú también debes de tener hambre, Davy. —Eve se acercó a él con unas zancadas, pasó su brazo libre por los delgados hombros del chico y lo arrastró consigo—. Qué bien trabajas. Has recogido más que nadie.

—Gracias, tía Eve —dijo con seriedad. Todavía pronunciaba su nombre torpemente, como si le pareciera una impertinencia dirigirse a ella con tanta familiaridad. Él y Becky estaban vagamente emparentados con Eve por un matrimonio lejano, pero Eve habría sido incapaz de criar a los dos niños en su casa y hacer que la trataran de «señorita Morris». O a la tía Mary de «señora Pritchard».

Thelma reía. Con las flores en un brazo y Benjamin en el otro, no podía impedir que su niño le quitara la toca empujándola para atrás.

La tía Mary tenía la cesta abierta e iba sacando panecillos hechos esa misma mañana, que había envuelto cuidadosamente en un trapo de cocina. El olor a levadura y a pollo frito hizo que Eve se diera cuenta de lo hambrienta que estaba. Se arrodilló sobre la manta que Davy y Becky habían tendido sobre el césped y se hizo cargo de la gran botella de limonada.

Los diez minutos de silencio casi absoluto que siguieron dejaron claro tanto lo duro que habían trabajado como las virtudes culinarias de la señora Rowe, la cocinera de Eve. ¿Por qué la comida era siempre más apetitosa al aire libre?, se preguntó Eve, limpiándose las yemas grasientas con una servilleta de lino después de devorar el segundo trozo de pollo.

—Creo que deberíamos recoger las cosas y llevarnos todas estas flores a casa antes de que se marchiten —dijo la tía Mary—. Si alguien me alcanza el bastón en cuanto haya metido la lana y las agujas en la bolsa, podré levantar mis viejos huesos.

—¿No queda más remedio? —preguntó Eve con un suspiro mientras Davy recogía el bastón y se lo alcanzaba a la tía.

Pero en ese momento alguien pronunció su nombre.

—Señorita Morris —dijo una voz con urgencia y sin resuello—, señorita Morris.

—Todavía estamos aquí, Charlie. —Se volvió hacia el joven de cara ancha y lozana que se acercaba a pasos inciertos desde la casa, con sus maneras característicamente torpes—. Tómate tu tiempo o te caerás y te lastimarás. —Lo había contratado hacía unos meses, aunque en Ringwood no hacía falta más servicio, para que se encargara de las chapuzas en la casa, la cuadra y el parque.

Nadie había querido emplear a Charlie desde la muerte de su padre, el herrero del pueblo, porque se decía que era medio lelo. Su propio padre lo denigraba constantemente, tachándolo de ceporro inútil. Eve nunca había conocido a nadie tan deseoso de trabajar y agradar.

—Señorita Morris. —Cuando estuvo lo bastante cerca para pronunciar su mensaje, jadeaba y tenía las mejillas encendidas.

Cada vez que se le confiaba un encargo, Charlie se comportaba como si se le hubiera encomendado anunciar el fin del mundo o algo de semejante magnitud—. Me envía… la señora Fuller… para traerla conmigo a casa. —Pugnaba por aspirar un poco de aire entre frase y frase.

—¿Ha dicho por qué, Charlie? —Eve se puso de pie con calma mientras se agitaba la falda para quitarse las migas—. De todas formas, nos disponíamos a volver.

—Ha llegado alguien —dijo Charlie. Se quedó inmóvil, con sus grandes pies apartados, el entrecejo fruncido en profundos pliegues, tratando de evocar algo más—. No me acuerdo de su nombre.

Eve sintió una punzada de excitación en la boca del estómago.

¿Sería John? Pero había tenido tantas decepciones en los dos últimos meses que lo mejor era no plantearse siquiera esa posibilidad.

En realidad, empezaba a dudar que fuera a venir alguna vez, si es que se lo había propuesto de verdad. Pero todavía no estaba preparada para llegar a una conclusión tan drástica, de modo que la descartó con firmeza.

—Bueno, no te preocupes —dijo alegremente—. Juraría que pronto lo descubriré. Gracias por traerme el mensaje tan rápidamente, Charlie. ¿Puedes llevarte la silla de la señora Pritchard a casa y volver luego a buscar la cesta?

Charlie sonrió radiante ante la perspectiva de ser útil y se quedó plantado y alerta, dispuesto a recoger la silla en cuanto la tía Mary se pusiera de pie. Luego se volvió hacia Eve con una sonrisa de triunfo.

—Es un militar —precisó—. Lo he visto antes de que la señora Fuller me enviara a buscarla y llevaba uno de esos uniformes rojos.

Un militar.

—Eve, querida —dijo la tía Mary, pero Eve no alcanzó a oírla.

—¡Percy! —gritó con frenesí. Olvidó cesta, flores y compañía y, recogiéndose la falda con las dos manos, echó a correr cuesta arriba, dejando que su tía, Thelma y Charlie se ocuparan de los niños y las campánulas.

No había un gran trecho hasta su casa, pero la mayor parte del camino era pendiente arriba. Eve no se dio ni cuenta. Como tampoco de que Muffin le pisaba los talones, corriendo y jadeando.

Llegó arriba de la cañada en un santiamén y luego sorteó los árboles, rodeó el estanque de los lirios y siguió subiendo por la hierba hasta llegar a las cuadras, recorrió la fachada y cruzó la terraza empedrada hasta alcanzar la puerta principal de la casa. Cuando entró en el vestíbulo estaba sonrojada, jadeaba y debía de estar desaliñada, desaseada. No le importaba lo más mínimo.

A Percy tampoco le importaría.

¡Qué antipático, mira que no avisarle de su llegada! Pero eso ahora no importaba. Y las sorpresas eran maravillosas. Al menos, las buenas sorpresas. ¡Estaba en casa!

—¿Dónde está? —le preguntó a Agnes Fuller, el ama de llaves, que la esperaba en el vestíbulo, corpulenta y robusta y con la cara afilada. Qué típico de Percy tenerla en ascuas, en lugar de precipitarse a su encuentro y alzarla del suelo con un fuerte abrazo.

—En la sala de espera —le dijo Agnes, apuntando con un pulgar hacia la derecha—. ¡Fuera de aquí, perro, no entrarás con las patas sucias! Cariño, harías bien en subir primero y lavarte...

Pero Eve no la oyó. Cruzó apresuradamente el suelo ajedrezado del vestíbulo y, abriendo de par en par la puerta de la sala de espera para visitas, se precipitó en su interior.

—¡Canalla! —chilló, mientras se desataba la cinta del sombrero. Pero se quedó de piedra, avergonzada. No era Percy. Era un extraño.

De pie ante el hogar vacío, dando la espalda a la chimenea y de frente hacia la puerta, casi parecía llenar la estancia. Se habría dicho que medía más de dos metros, vestido como iba con el uniforme completo de su regimiento: abrigo escarlata y cuello y bocamangas dorados e inmaculados, bombachos blancos impolutos, resplandecientes botas de caballería altas hasta las rodillas, y una espada brillante envainada a su costado. Era un hombre grande, fornido y de aspecto amenazador. Su rostro duro y curtido por la intemperie parecía más oscuro aún por su pelo y cejas negros, y tenía una expresión adusta en los ojos color azabache, una nariz grande y aguileña y labios finos, crueles.

—¡Oh, le ruego que me disculpe! —dijo Eve, consciente de repente de lo descuidado de su aspecto. Se quitó el sombrero, su viejo y deforme sombrero, y lo dejó a su costado. Seguro que llevaba el pelo aplastado, despeinado, y briznas de hierba y flores por todas partes. Probablemente tenía la cara sucia. ¿Por qué no se había parado a preguntarle a Agnes la identidad del militar que quería hablar con ella? Y ¿a qué había venido?—. Creí que era usted otra persona.

Se quedó mirándola un buen rato antes de hacer una reverencia.

—La señorita Morris, supongo —dijo.

Ella inclinó la cabeza.

—Me temo que estoy en desventaja, señor —repuso—. El criado que ha venido a buscarme no ha sabido decirme su nombre.

—El coronel Bedwyn, a su servicio, señora —se presentó.

Reconoció el nombre de inmediato. Lo sabía incluso completo. Era el coronel lord Aidan Bedwyn, el comandante en jefe de Percy. Si antes se había sentido avergonzada, ahora esperaba que se abriera un agujero negro a sus pies y se la tragara.

Pero un segundo después comprendió que la vergüenza era el menor de sus males. Era el comandante en jefe de Percy. Y estaba de pie en la sala de espera de Ringwood vestido con su uniforme de gala completo. No había necesidad de preguntar por qué. En ese preciso instante lo comprendió y sintió que la sangre se le helaba en las venas. El aire que inspiraba parecía congelado.

Sin darse cuenta de lo que hacía, dejó caer el sombrero al suelo y con las dos manos cerró la puerta a sus espaldas, buscó el picaporte y se aferró a él.

—¿Qué puedo hacer por usted, coronel? —Su voz parecía venir de muy lejos. Él la miró intensamente, pero sin una expresión particular.

—Soy portador de malas noticias —dijo—. ¿Desea mandar llamar a alguien?

—¿Percy? —Pronunció el nombre con un susurro. Una parte independiente de su cerebro imaginó perfectamente a aquel hombre esgrimiendo frías armas de acero—. Pero si las batallas han concluido. Napoleón Bonaparte ha sido derrotado. Se ha rendido.

—El capitán Percival Morris cayó en combate en Toulouse, al sur de Francia, el diez de abril —dijo—. Murió como un héroe, señora. Lamento profundamente el dolor que la nueva le provocará.

Percy. Su único hermano, a quien había idolatrado durante la infancia y adorado ferozmente en su adolescencia, inquieto, rebelde y siempre a la greña con su padre; su hermano, al que había querido sin desmayo durante todos los largos años de su separación, después de que se marchó y aprovechó la inesperada herencia de un tío abuelo materno para comprar un grado de oficial en un regimiento de caballería. Él, a cambio, la había querido con alegría y generosidad. Eve había recibido una carta suya —de Francia— hacía tan solo dos semanas.

«El capitán Morris cayó en combate.»

—¿Quiere sentarse? —El coronel se le había acercado, aunque no llegó a tocarla. Se inclinó sobre ella, inmenso, con su aire severo y amenazador—. Está muy pálida. ¿Quiere que mande llamar a alguien, señora?

—¿Está muerto? —Llevaba muerto casi un mes y ella no se había enterado. Ni siquiera lo había presentido. Llevaba dos semanas muerto cuando leyó su carta y más de dos semanas muerto cuando James trajo la noticia de la victoria y ella se sintió tan aliviada—. ¿Sufrió? —Qué pregunta tan estúpida.

—Creo que no, señora —dijo el coronel. No se había echado atrás y Eve se sentía ahogada, privada de aire y espacio. Montado a caballo y blandiendo una espada debía de resultar verdaderamente aterrador—. A menudo los moribundos se sumen en una postración que les impide sentir el dolor de sus heridas. Creo que eso le ocurrió también al capitán Morris. No parecía sufrir y no habló de ello.

—¿Hablar? —Lo miró penetrantemente—. ¿Habló? ¿Con usted?

—Sus últimas palabras y pensamientos fueron para usted —dijo, inclinando la cabeza—. Me suplicó que le trajera la noticia personalmente.

—Ha sido muy amable honrando su ruego —le agradeció ella, comprendiendo al punto cuán extraño era que el comandante en jefe de Percy acudiera en persona desde el sur de Francia a comunicarle el fallecimiento de su hermano.

—Debo mi vida al capitán Morris —explicó él—. Me salvó en un acto de valentía extraordinaria y exponiéndose personalmente a grandes riesgos hace dos años, en la batalla de Salamanca.

—¿Dijo algo más?

—Pidió que no llevara usted luto por él —le informó el coronel—. Creo que añadió que lo ha llevado demasiado tiempo.

Bedwyn deslizó la mirada por su vestido gris, que con tanta ansiedad había esperado quitarse una semana más tarde para ponerse algo más colorido, más acorde con la estación. Pero eso ahora carecía de importancia. Su hermano se había ido.

Para siempre.

Se sentía abrumada por el dolor, cegada, ensordecida por él, por la insoportable agonía de la pérdida.

—Señora… —El coronel avanzó medio paso más y alargó una mano, como si fuera a cogerla por el brazo.

Ella retrocedió de un salto.

—¿Algo más?

—Me pidió que la protegiera —agregó.

—¿Que me protegiera?

Volvió a mirarlo fijamente a la cara. Parecía de granito. Sin calidez, inexpresiva, sin sentimientos. Si había una persona detrás de aquella dura fachada de militar, no asomaba por ninguna parte. Aunque quizá fuera injusta. Se le había acercado como para ayudarla y le había tendido una mano confortadora. Y había hecho todo el viaje desde el sur de Francia para saldar la deuda contraída con Percy.

—He cogido una habitación en la posada Tres Plumas en Heybridge —dijo—. Me quedaré en ella hasta mañana, señora. Cuando venga la próxima vez ya me dirá usted en qué le puedo servir. Pero de momento necesita la ayuda de personas de su entorno. Está usted conmocionada.

Eve se apartó y tiró de la cuerda de la campanilla que había junto a la puerta. ¿Estaba conmocionada? Se sentía perfectamente dueña de sí misma. Se llegó a preguntar si el timbre funcionaría, puesto que no lograba recordar cuándo se había usado por última vez. Comprendió también que, si funcionaba de verdad y Agnes contestaba efectivamente, ella tendría que moverse. Seguía de pie contra la puerta, con las manos agarrotadas en torno al picaporte como si le fuera en ello la vida. No se veía capaz de moverse por mucho que lo intentara. El universo iba a estallar en miles de millones de fragmentos. Quizá fuera cierto que no estaba en sus cabales.

Percy había muerto.

Agnes contestó a la llamada casi de inmediato. El coronel agarró firmemente a Eve por el antebrazo justo a tiempo de apartarla cuando se abrió la puerta.

—¿Puede llamar a alguien para que ayude a la señorita Morris? —preguntó, aunque en verdad sus palabras resonaron más como una orden seca que como una petición cortés—. Si es así, hágalo ahora mismo.

Agnes, fiel a su estilo, se limitó a volver la cabeza y dar una voz.

—¡Charlie! Charlie, ¿me oyes? Deja esa silla y vete corriendo a buscar a la señora Pritchard. Dile que se dé prisa. La señorita Morris la necesita. ¡Enseguida!

—Debe sentarse, de lo contrario se desmayará —le indicó el coronel—. Hasta los labios los tiene pálidos.

Eve le obedeció, dejándose caer sobre la silla más cercana, y se quedó sentada muy tiesa, sin respaldarse, apretando dolorosamente las manos sobre el regazo. Pobre tía Mary, pensó, espero que se dé prisa. Y luego resonaron en sus oídos las palabras que el coronel había pronunciado hacía uno o dos minutos.

«... ya me dirá usted en qué le puedo servir.»

—No puede hacer usted nada por mí, coronel —dijo—. No tiene sentido que padezca usted la incomodidad de una posada de campo. Pero le agradezco su ofrecimiento. Y que haya venido de tan lejos. Es usted muy amable.

¿Cómo podía decir cortesías mundanas cuando Percy estaba muerto?, se preguntó mirando cómo Agnes recogía su sombrero del suelo y lo apretaba contra el pecho sin dejar de fruncir el ceño. Sentía el dolor agudo de las uñas clavándosele en las palmas de las manos.

—Las incomodidades de la más humilde de las posadas de campo son lujos para un hombre que acaba de regresar de una campaña militar, señora —afirmó—. No se preocupe usted por mí.

No le había ofrecido nada de beber, pensó durante el breve silencio que siguió, mientras Agnes la miraba y el coronel Bedwyn, que se había vuelto a colocar ante el hogar, apartaba la vista.

Ni siquiera le había ofrecido una silla.

La tía Mary, aún con el sombrero puesto y ayudada por su bastón, entró cojeando en la habitación antes de que se reanudara la conversación, con la tristeza reflejada en sus ojos como si hubiera comprendido de qué se trataba. Probablemente Charlie había hecho lo posible por transmitirle su dolor. Eve se alzó despacio.

—La señorita Morris la necesita —dijo el coronel Bedwyn sin esperar a que lo presentaran—. Lamentablemente, he oficiado de portador de malas noticias sobre el capitán Percival Morris, su hermano.

—¡Oh, pobrecita mía!

La tía Mary fue directa hacia Eve y la abrazó. Su bastón cayó al suelo con un ruido sordo. Eve reclinó la cabeza sobre el huesudo hombro de su tía en busca del consuelo de tocar a alguien familiar, alguien que la quería, que haría cuanto pudiera por ella. Pero nadie podía mitigar su pena. Nadie podía traer de vuelta a Percy. La desdicha se había abatido sobre ella como una maldición.

Cuando volvió a levantar la cabeza, su tía tenía los ojos inundados de lágrimas y los labios temblorosos. Trataba en vano de controlar sus emociones. Muffin estaba a sus pies, agitando la cola con aire desconsolado. Agnes seguía rondando junto a la entrada de la habitación, con el sombrero de Eve en la mano y el aire de ansiar ir a matar un par de dragones si alguien le decía dónde estaban. También se encontraba presente Thelma, con los ojos llenos de pena, pero no había señales de los niños. El aya Johnson los debía de haber llevado al piso de arriba.

El coronel lord Aidan Bedwyn se había marchado.

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