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LIGERAMENTE PERVERSO , Mary Balogh

Capítulo 1

Momentos antes al vuelco del coche de postas, Judith Law estaba inmersa en una fantasía que había hecho desaparecerde un modo muy eficaz la desagradable naturaleza de la realidad que la rodeaba.

Viajaba en un coche de postas por primera vez en sus veintidósaños de vida. Tras los primeros dos o tres kilómetros ya se había desvanecido cualquier ilusión que jamás hubiera albergadoacerca de lo romántico y aventurero que podía llegar a ser esemedio de transporte. Estaba apretujada entre una mujer tan voluminosa que necesitaba al menos un asiento y medio y un hombre delgado e inquieto, todo huesos y codos, que no paraba de removerse para encontrar una postura más cómoda ni de golpearla en el proceso, en ocasiones en los lugares más embarazosos.

Enfrente tenía a un hombre corpulento que roncaba sin cesar, lo que suponía un añadido considerable al ya de por sí ruidoso viaje.

La mujer que se sentaba a su lado no dejaba de contarle la triste historia de su vida con voz quejicosa a cualquiera que fuera lo bastante estúpido o tuviese la desgracia de cruzar la mirada con ella. Del silencioso hombre que se sentaba al otro lado de la mujer llegaban los efluvios de la falta de aseo mezclados con el olor del ajo y la cebolla. El carruaje traqueteaba, oscilaba y se sacudía con cada piedra y cada bache que encontraba en el camino, o eso le parecía a Judith.

No obstante, pese a todas las incomodidades del viaje, no estaba impaciente por llegar a su destino. Acababa de dejar atrás toda una vida en Beaconsfield, por no mencionar a su hogar y su familia, y no esperaba regresar en mucho tiempo… si acaso regresaba. Se dirigía a casa de su tía Effingham. La vida que siempre había conocido había llegado a su fin. Aunque no quedaba explícito en la carta que su tía le había escrito a su padre, Judith era perfectamente consciente de que no iba a ser una huésped distinguida y consentida en Harewood Grange, sino una pariente pobre de la que se esperaba que se ganara su manutención de la forma en que sus tíos, sus primos y su abuela considerasen apropiada. En pocas palabras: solo esperaba monotonía y arduo trabajo… Nada de pretendientes, matrimonio, casa o familia propias. Estaba a punto de convertirse en una de esas mujeres retraídas y apocadas tan abundantes en la sociedad, que dependían de sus parientes a modo de sirvientes sin sueldo.

La invitación de la tía Effingham había sido extraordinariamente amable, según palabras de su padre… aunque su tía, la hermana de su padre, que había hecho un matrimonio en extremo ventajoso con el adinerado y viudo sir George Effingham cuando ya había dejado bien lejos la flor de su juventud, nunca había destacado por su amabilidad.

Y todo por culpa de Branwell, ese despilfarrador que se merecía que lo fusilaran y después lo ahorcaran, lo ahogaran y lo descuartizaran por sus desconsideradas extravagancias… Judith no había albergado un solo pensamiento amable hacia su hermano desde hacía semanas. Todo aquello había sucedido porque era la segunda hija, la que no tenía ningún cometido que hiciera indispensable su presencia en casa. No era la mayor; Cassandra era un año mayor que ella. Ni mucho menos era la belleza de la familia; su hermana Pamela ocupaba ese lugar. Y no era la pequeña; Hilary, de diecisiete años, tenía ese dudoso honor. Judith era la que avergonzaba a la familia por su falta de delicadeza, la fea, la alegre y la soñadora.

Fue a Judith a quien todos habían mirado después de que su padre se sentara en el salón y leyera en alto la carta de la tía Effingham.

Su padre pasaba por graves estrecheces económicas y debía de haberle escrito a su hermana para pedirle la clase de ayuda que ella acababa de brindarle. Todas sabían lo que eso significaría para la elegida que tuviese que ir a Harewood. Judith se había ofrecido voluntaria. Todos habían llorado al escucharla y sus hermanas también se ofrecieron voluntarias… pero ella había sido la primera en hablar.

Judith había pasado su última noche en la rectoría inventando exquisitos métodos de tortura para Branwell.

El cielo que se atisbaba por las ventanillas del carruaje era de color gris y estaba surcado por unas nubes bajas y cargadas de lluvia; el paisaje tenía un aspecto lúgubre. El posadero de la casa de postas en la que se habían detenido hacía una hora para cambiar los caballos les había advertido que más al norte habían caído lluvias torrenciales y que lo más probable era que se toparan con ellas, así como con los caminos llenos de barro; pero el cochero se había echado a reír ante la sugerencia de permanecer en la posada hasta que fuera seguro proseguir el viaje. Sin embargo, no cabía duda de que el camino se volvía más fangoso a cada minuto que pasaba, aun cuando la lluvia causante del lodazal hubiera cesado de momento.

Judith había logrado apartar todo de su mente: el agobiante resentimiento que sentía, la terrible nostalgia de su hogar, el espantoso clima, las incómodas condiciones del viaje y la desagradable perspectiva que tenía por delante… En cambio soñaba despierta, inventando una imaginaria aventura con un héroe imaginario en la que ella era la insólita heroína. Una distracción a la que su mente y su ánimo habían dado la bienvenida hasta un instante antes del accidente.

Estaba soñando con salteadores de caminos. O, para ser más precisos, con un salteador de caminos en particular. Por supuesto que no se parecía a ningún asaltante real que se preciara, uno de esos ladrones depravados, sucios, deshonestos y toscos que le rebanaban el pescuezo a los desafortunados viajeros. Ni mucho menos. El salteador era moreno, apuesto, elegante y risueño; tenía unos dientes blancos y perfectos y unos ojos de un brillo alegre detrás de los agujeros del estrecho antifaz negro. Galopó a través de las verdes praderas iluminadas por el sol hasta el camino, refrenando sin esfuerzo a su poderoso y magnífico semental blanco con una mano mientras con la otra apuntaba una pistola —descargada, faltaría más— hacia el corazón del cochero. Reía y bromeaba alegremente con los pasajeros al tiempo que los despojaba de sus objetos de valor, aunque después se los devolvía a aquellas personas que no podían permitirse la pérdida. No, no… les devolvía todos los objetos a todos los pasajeros, ya que no se trataba de un salteador de verdad, sino de un caballero que pretendía vengarse de un villano al que esperaba encontrar viajando por ese mismo camino.

Era un noble héroe disfrazado de bandido, con unos nervios de acero, un espíritu libre, un corazón de oro y una apariencia que provocaba palpitaciones en el corazón de las pasajeras; palpitaciones que nada tenían que ver con el miedo.

Y en un momento dado desviaba la mirada hacia Judith… y todo el universo se detenía y las estrellas comenzaban a cantar en sus órbitas. Hasta que, por supuesto, él se echaba a reír de buena gana y anunciaba que la despojaría del colgante que pendía sobre su busto, a pesar de que debía de resultarle evidente que carecía de valor. No era más que, que… algo que su madre le había dado en su lecho de muerte, algo que Judith había jurado que jamás se quitaría mientras viviera. De modo que ella se plantaba con valentía ante el salteador, echaba hacia atrás la cabeza y clavaba la mirada en esos ojos risueños sin amilanarse. No le daría nada, le decía con una voz alta y clara que no temblaba ni un ápice, aunque eso le costara la muerte.

Él se echaba a reír de nuevo mientras su caballo se alzaba sobre las patas traseras y se encabritaba un poco antes de que lo controlara con facilidad. En ese caso, si no podía llevarse el collar sin ella, declaró, se lo llevaría con ella. Se acercó con lentitud hacia Judith, tan grande, amenazador y espléndido, y cuando estuvo lo bastante cerca, se inclinó en la silla, la agarró de la cintura con sus poderosas manos —Judith pasó por alto el problema de la pistola, que momentos antes empuñaba en una mano— y la alzó sin esfuerzo alguno hasta la silla de montar.

El estómago le dio un vuelco cuando perdió contacto con el suelo y… y de pronto, algo la devolvió a la realidad. El carruaje había perdido tracción en el camino embarrado y dio un brusco giro antes de zigzaguear y sacudirse sin control. Hubo tiempo suficiente —mucho más que suficiente— para sentir un terror espantoso antes de que derrapara hacia un lado, colisionara con un montículo de hierba, girara bruscamente hacia el camino, se tambaleara en mayor medida y de una forma más alarmante todavía y, a la postre, volcara sobre una zanja de poca profundidad donde por fin quedó inmóvil, apoyado a medias sobre el techo y un lateral.

Cuando Judith recobró el sentido todos sus compañeros de viaje parecían estar gritando o chillando. Pero ella no formaba parte de ese grupo; se estaba mordiendo los labios para evitarlo.

Los seis pasajeros del interior, según pudo descubrir, estaban amontonados sobre un lateral del carruaje. Sus juramentos, gritos y gemidos atestiguaban que la mayoría de ellos, si no todos, estaban vivos. Desde fuera llegaban gritos y los relinchos de los caballos asustados. Dos voces, que se escuchaban por encima del resto, se expresaban mediante el más soez y sorprendente de los lenguajes.

Estaba viva, pensó Judith con cierta sorpresa. También estaba —comprobó la conjetura con cautela— ilesa, aunque se sentía bastante maltrecha. De alguna forma, había acabado encima del montón de cuerpos. Trató de moverse, pero en ese preciso instante la puerta que había sobre ella se abrió y alguien —el propio cochero— la miró desde arriba.

—Deme su mano, señorita —le ordenó—. Los sacaremos de ahí en un santiamén. ¡Por el amor de Dios, deje de dar esos chillidos, mujer! —le dijo a la señora parlanchina con una lamentable falta de tacto, teniendo en cuenta que él había sido el culpable de que volcara el carruaje.

Tardó algo más de un santiamén, pero al final todos estuvieron de pie sobre la hierba que cubría el borde de la zanja o sentados sobre las bolsas volcadas, observando con desesperación el carruaje, que obviamente no iba a reanudar el viaje en un futuro cercano. De hecho, resultaba evidente incluso para los ojos inexpertos de Judith que el vehículo había sufrido daños considerables.

No había señal de ningún asentamiento humano a ese lado del horizonte. Las nubes estaban bajas y amenazaban con descargar lluvia en cualquier momento. El aire era húmedo y frío.

Resultaba difícil creer que fuera verano.

Por algún extraño milagro, incluso los pasajeros que viajaban en el exterior del carruaje se habían librado de heridas graves, aunque dos de ellos estaban cubiertos de barro y esa circunstancia no parecía hacerlos muy felices. A decir verdad, los ánimos estaban muy exaltados. Las voces se alzaban y se blandían los puños. Algunas de esas voces eran furiosas y exigían saber por qué un cochero experto los había llevado directos hacia el peligro cuando en la última parada le habían aconsejado que esperara un rato. Otros gritaban con la intención de que sus sugerencias acerca de lo que había que hacer se escucharan por encima del griterío. Y unos terceros se quejaban de los cortes, magulladuras y otras heridas por el estilo. A la mujer quejumbrosa le sangraba la muñeca.

Judith no emitió queja alguna. Había elegido continuar el viaje aun cuando había escuchado la advertencia y podría haber esperado a un carruaje posterior. Tampoco tenía sugerencia alguna que hacer. Y no sufría ninguna herida. Tan solo se sentía desdichada, por lo que miró a su alrededor en busca de algo que apartara de su mente el hecho de que estaban varados en medio de la nada con una amenaza de lluvia inminente. Comenzó a ocuparse de aquellos que lo necesitaban, si bien la mayoría de las heridas eran más imaginarias que reales. Era algo que podía realizar con seguridad y cierta destreza, puesto que a menudo había acompañado a su madre cuando visitaba a los enfermos. Vendó cortes y contusiones utilizando cualquier material que tuviera a mano. Escuchó una y otra vez todas y cada una de las narraciones individuales acerca del accidente y murmuró palabras reconfortantes mientras les buscaba un asiento a los que se sentían mareados y abanicaba a los desfallecidos. En pocos minutos se había quitado el bonete, que no dejaba de molestarla, y lo había arrojado al interior del carruaje volcado. Se le estaba soltando el pelo, pero no se detuvo para intentar recomponer su peinado. La mayor parte de la gente, descubrió, tenía un horrible comportamiento durante las crisis, aunque aquella no era ni de cerca tan desastrosa como podría haber sido.

No obstante, estaba tan desanimada como los demás. Esto, pensó, era la gota que colmaba el vaso. Era imposible que su vida pudiera ser más deprimente. Había tocado fondo. En cierto sentido incluso resultaba un pensamiento reconfortante. Era poco probable que las cosas pudiesen ir a peor. Tan solo a mejor… o hacia una eterna prosecución de lo mismo.

—¿Cómo es que está tan alegre, querida? —preguntó la mujer que había ocupado sitio y medio.

Judith le sonrió.

—Estoy viva —contestó—, y usted también. ¿Hay algo por lo que no debiera estar alegre?

—Se me ocurren un par de cosas, la verdad —comentó la mujer.

Pero en ese momento las distrajo el grito de uno de los pasajeros que viajaban en los asientos exteriores y que señalaba a lo lejos, en dirección al camino por el que habían llegado minutos antes. Se aproximaba un jinete, un hombre solo a caballo.

Algunos de los pasajeros comenzaron a llamarlo, a pesar de que el tipo estaba todavía demasiado lejos para escucharlos.

Se mostraban tan entusiasmados como si un salvador sobrehumano se aprestara a rescatarlos. Judith no alcanzaba a imaginar qué habrían pensado que podía hacer un solo hombre para mejorar la penosa situación en la que se encontraban. Sin duda, ellos tampoco sabrían decirlo en caso de que les preguntaran.

Dirigió su atención hacia uno de los desafortunados caballeros empapados, que entre muecas de dolor estaba limpiándose con un pañuelo lleno de barro la sangre de un arañazo en la mejilla.

Quizá, pensó ella justo a tiempo de reprimir una sonora carcajada, el desconocido que se acercaba fuera el salteador moreno, alto, caballeroso y risueño de sus fantasías. O quizá fuera un bandido de verdad que venía a robarles, indefensos como estaban, todas sus pertenencias de valor. Quizá las cosas sí pudieran empeorar después de todo.

Aunque se trataba de un viaje largo, lord Rannulf Bedwyn iba a lomos de su caballo; evitaba viajar en carruaje siempre que le era posible. El vehículo que transportaba tanto su equipaje como a su ayuda de cámara rodaba por algún lugar del camino tras él. Su criado, un alma tímida y cauta, a buen seguro habría decidido detenerse en la posada que había dejado atrás hacía cosa de una hora, tras ser advertido de la amenaza de lluvia por un posadero decidido a hacer negocio.

Debía de haber caído un buen chaparrón en esa parte del condado no hacía mucho. Incluso en esos momentos parecía que las nubes estuvieran conteniendo el aliento antes de liberar otra descarga de agua. El camino estaba cada vez más mojado y embarrado, y en esos instantes parecía un resplandeciente lodazal de fango revuelto. Podría haber vuelto atrás, supuso. Pero iba contra su naturaleza agachar las orejas y huir de un desafío, ya fuera humano o de cualquier otra clase. Sin embargo, tendría que detenerse en la siguiente posada que encontrara. Tal vez no le importaran los peligros que pudiera correr su persona, pero debía mostrarse considerado con su caballo.

No tenía ninguna prisa por llegar a Grandmaison Park. Su abuela lo había convocado, como hacía en algunas ocasiones, y él la estaba complaciendo, tal y como solía hacer. La quería mucho, con independencia del hecho de que algunos años atrás lo hubiera nombrado heredero de todas las propiedades y la fortuna que no estaban ligadas al título que ella poseía, pese a tener dos hermanos mayores y uno menor… sin contar a sus dos hermanas, por supuesto. El motivo de su falta de prisa era que, una vez más, su abuela había anunciado que había descubierto una novia adecuada para él. Quitarle a la anciana la impresión de que podía organizarle la vida siempre requería una combinación de tacto, humor y firmeza. No tenía intención alguna de casarse pronto. Solo tenía veintiocho años. Y cuando se casara —si es que lo hacía—, por Dios que sería él quien eligiera a su novia.

Aunque no sería el primero de la familia en caer en las redes del matrimonio. Aidan, uno de sus hermanos mayores, había sucumbido y se había casado en secreto pocas semanas atrás a fin de cumplir una deuda de honor con el hermano de la dama, un oficial con el que había servido en la Península. Por algún extraño milagro, el apresurado matrimonio de conveniencia parecía haberse convertido en una unión por amor. Rannulf había conocido a Eve, ahora lady Aidan, apenas hacía dos días. De hecho, había emprendido el viaje desde su casa esa misma mañana. Aidan había vendido su cargo en el ejército y se estaba adaptando a la vida de un caballero rural con su esposa y sus dos hijos adoptivos, el estúpido enamorado. Pero a Rannulf le había caído bien su cuñada.

A decir verdad, era un alivio saber que se trataba de un matrimonio por amor. Los Bedwyn tenían la reputación de ser desmedidos, arrogantes e incluso fríos. Sin embargo, también había una tradición familiar que los obligaba a permanecer escrupulosamente fieles a sus esposas una vez que se casaban.

Rannulf no podía imaginarse amando a una sola mujer durante el resto de su vida. La idea de permanecer fiel durante toda la vida le resultaba en extremo deprimente. Solo esperaba que su abuela no le hubiese comentado nada sobre el matrimonio en ciernes a la dama en cuestión. Lo había hecho en una ocasión y le había costado la misma vida convencer a la mujer —sin que pareciera que lo hacía, por supuesto— de que en realidad ella no quería casarse con él.

Perdió el hilo de sus pensamientos de pronto cuando apareció delante de él una mancha negra más oscura que las cercas y el barro imperantes. En un principio creyó que se trataba de un edificio, pero a medida que se acercaba se dio cuenta de que era un grupo de personas y un enorme coche de postas. Un vehículo volcado, comprendió al instante, con un eje roto. Los caballos se encontraban en el camino, al igual que unas cuantas personas.

La mayoría, no obstante, se amontonaba sobre la hierba adyacente al carruaje volcado, a fin de mantener los pies alejados del barro. Muchos gritaban y le hacían gestos con las manos, como si esperaran que desmontase, apoyara el hombro contra el desvencijado vehículo, volviera a colocarlo en el camino y reparara el eje como por arte de magia antes de meterlos a todos en el interior una vez más y ponerlos en camino hacia el proverbial atardecer.

Habría sido una grosería, desde luego, pasar de largo por el mero hecho de no poder ofrecerles ningún tipo de ayuda práctica.

Tiró de las riendas al llegar junto al grupo y esbozó una sonrisa cuando todos trataron de hablarle a la vez. Levantó una mano para detenerlos y preguntó si había algún herido de gravedad.

Al parecer no lo había.

—En ese caso, lo mejor que puedo hacer por ustedes —dijo cuando el griterío se acalló de nuevo— es cabalgar tan rápido como pueda y enviarles ayuda desde la aldea o el pueblo que se encuentre más cerca.

—Hay un pueblo con mercado unos cinco kilómetros más adelante, señor —le dijo el cochero al tiempo que señalaba el camino con un dedo.

Un cochero particularmente inepto, juzgó Rannulf, ya que había perdido por completo el control de su carruaje en un camino fangoso y ni siquiera había tenido la ocurrencia de mandar a un postillón con uno de los caballos en busca de asistencia.

Claro que el hombre mostraba señales inequívocas de haberse vigorizado contra la humedad y el frío con el contenido de la botella que se veía a través de un agujero en el bolsillo de su gabán.

Uno de los pasajeros, una mujer, no se había unido a la bienvenida que le habían ofrecido los demás. Se inclinaba sobre un caballero cubierto de barro que estaba sentado en una caja de madera, y presionaba algún tipo de venda improvisada sobre su mejilla. El hombre le quitó la venda mientras Rannulf los contemplaba y la mujer se enderezó y se dio la vuelta para mirarlo.

Era joven y alta. Iba ataviada con una capa verde un poco mojada y ligeramente enfangada en el dobladillo. La capa se abrió al frente para dejar al descubierto un ligero vestido de muselina y un busto que al instante incrementó en un par de grados la temperatura corporal de Rannulf. Llevaba la cabeza descubierta.

El pelo desordenado le caía parcialmente sobre los hombros.

Era de un glorioso y brillante tono dorado rojizo que él jamás había contemplado con anterioridad en un ser humano. El rostro que había más abajo era ovalado, de mejillas sonrosadas y ojos brillantes —los ojos eran verdes, creía— y, para su sorpresa, adorable. Ella le devolvió la mirada con aparente desdén.

¿Qué esperaba esa muchacha que hiciera? ¿Saltar al barro y hacerse el héroe?

Le dirigió una sonrisa lánguida y comenzó a hablar sin apartar mucho la mirada de ella.

—Supongo —dijo— que podría llevar a una persona conmigo. ¿A una dama? Señora, ¿le parece bien?

Las demás pasajeras no tardaron en decirle lo que pensaban tanto de su oferta como de su elección, pero Rannulf no les hizo ni caso. La belleza pelirroja volvió a mirarlo y él llegó a pensar que declinaría la propuesta a juzgar por el desprecio que reflejaba su rostro. No le cupo duda de cuál sería su respuesta cuando uno de sus compañeros de viaje, un individuo delgado como un junco y con una nariz puntiaguda que bien podría tratarse de un clérigo, dio su opinión sin que nadie se la pidiera.

—¡Buscona! —exclamó el hombre.

—Oiga —dijo otra de las pasajeras, una mujer alta y entrada en carnes con las mejillas rojas como tomates y una nariz más colorada aún—, cuidao a quién llama ramera, muy señor mío. No crea que no me he dao cuenta de cómo la ha mirao durante to el día, porque sí que me he dao cuenta, viejo verde… removiéndose to el rato en su asiento pa poder manosearla sin que lo notara. Y eso que llevaba un libro de oraciones en la mano y to. ¡Vergüenza debería darle! Vaya con él, querida. Yo lo haría si me lo pidiera a mí, aunque no lo hará porque sabe que le partiría el lomo a ese caballo suyo.

La pelirroja le sonrió a Rannulf en ese instante, una sonrisa que creció con lentitud a la par que el rubor de sus mejillas.

—Será un placer, señor —dijo ella con un tono de voz cálido y ronco que recorrió la espalda de Rannulf como un guante de terciopelo.

Cabalgó hasta la ribera del camino, hacia ella.

No se parecía en nada al salteador de caminos de sus fantasías. No era grácil, ni moreno, ni apuesto ni llevaba antifaz; y aunque sonreía, su expresión resultaba más irónica que despreocupada.

Ese hombre estaba macizo. De ningún modo gordo, sino… macizo. El cabello que se apreciaba bajo su sombrero era rubio. Parecía ondulado y sin duda lo llevaba más largo de lo que dictaba la moda. Su rostro era de tez morena, con cejas oscuras y una nariz grande. Los ojos eran azules. No era apuesto en absoluto.

Pero tenía algo. Algo irresistible. Algo innegablemente atractivo… si bien esa palabra no era lo bastante fuerte.

Algo ligeramente perverso.

Esos fueron los primeros pensamientos que atravesaron la mente de Judith cuando lo miró. Y estaba claro que no era un salteador, sino un simple viajero que se había ofrecido a ir en busca de ayuda y a llevar a alguien consigo.

A ella.

Su segundo pensamiento fue de pasmo, indignación y afrenta. ¡Cómo se atrevía! ¿Por quién la había tomado para esperar que ella se mostrara de acuerdo en subirse a un caballo con un desconocido y marcharse a solas con él? Era la hija del reverendo Jeremiah Law, cuyas expectativas sobre el estricto decoro y la moralidad de sus fieles solo se veían superadas por lo que esperaba de sus propias hijas… sobre todo de ella.

Su tercer pensamiento fue que a poca distancia —el coch ero había dicho que a unos cinco kilómetros— había un pueblo y la comodidad de una posada, que tal vez pudieran alcanzar antes de que cayera un chaparrón. Si aceptaba la oferta del desconocido, claro.

Y entonces recordó una vez más su fantasía; la absurda y encantadora fantasía acerca de un audaz salteador que había estado a punto de llevársela hacia una extraña y fabulosa aventura, liberándola así de todas las obligaciones para con su familia y su pasado, liberándola de la tía Effingham y de la deprimente existencia de trabajo duro que la esperaba en Harewood. Un sueño que se había hecho añicos cuando volcó el carruaje.

En esos momentos se le ofrecía la oportunidad de experimentar una aventura de verdad, por pequeña que fuera. Durante cinco kilómetros y quizá algo más de una hora podría cabalgar delante de ese atractivo desconocido. Podría hacer algo tan escandaloso e impropio como abandonar la seguridad y el decoro que ofrecía la multitud para estar a solas con un caballero. Si su padre llegara a enterarse, le daría una Biblia y la encerraría a pan y agua en su habitación durante una semana; y la tía Effingham bien podría decidir que ni siquiera un mes sería suficiente.

Pero ¿quién iba a enterarse? ¿Cómo podría salir malparada?

Fue en ese instante cuando el hombre esquelético la había tildado de buscona.

Por extraño que pudiera parecer, no se sintió indignada. La acusación le pareció tan absurda que a punto estuvo de echarse a reír. Aunque fue como un desafío para ella. Y la mujer gorda la estaba animando. ¿Podría llegar a ser tan patética como para rechazar una oportunidad de las que solo se presentan una vez en la vida? Esbozó una sonrisa.

—Será un placer, señor —dijo y descubrió con cierta sorpresa que no había utilizado su propia voz, sino la de la mujer de sus fantasías, la que se atrevía a hacer cosas como aquella.

Él acercó el caballo hasta ella sin dejar de mirarla a los ojos y se inclinó en la silla.

—En ese caso deme la mano y apoye el pie en mi bota —fueron sus instrucciones.

Judith lo hizo y a partir de ese momento fue demasiado tarde para cambiar de opinión. Con una facilidad y una fuerza que en lugar de asustarla la dejaron sin aliento, el hombre la levantó, la hizo girar y, sin que apenas se diera cuenta, abandonó el suelo y acabó sentada de costado por delante de él, encerrada entre unos brazos que le ofrecían una engañosa sensación de seguridad. Había mucho ruido a su alrededor. Unas cuantas personas se habían echado a reír y la animaban, mientras que otras protestaban por quedarse atrás y le suplicaban al desconocido que se diera prisa y enviara la ayuda necesaria antes de que empezara a llover.

—¿Alguna de esas bolsas de viaje es suya, señora? —preguntó el desconocido.

—Esa de ahí —respondió ella al tiempo que la señalaba con el dedo—. Ah, y el ridículo que está al lado. —Aunque tan solo contenía la pequeña cantidad de dinero de la que su padre había podido desprenderse para que tomara una taza de té y quizá un poco de pan y mantequilla durante el largo viaje, le horrorizaba haber estado a punto de olvidarlo.

—Usted, arrójemelo —le dijo el jinete al cochero—. La bolsa de viaje de la dama puede esperar, ya la recogerán con las demás más tarde.

En cuanto Judith cogió el bolsito de mano, el hombre acercó la fusta al ala de su sombrero y acicateó a su caballo para que se pusiera en marcha. Ella se echó a reír. La patética y pequeña gran aventura de su vida había comenzado y deseó que esos cinco kilómetros duraran eternamente.

Durante unos momentos le preocupó el hecho de encontrarse tan lejos del suelo a lomos de un caballo —nunca había sido muy buena amazona—, por no mencionar que el suelo se había convertido en un océano de barro. Sin embargo, no le llevó mucho tiempo darse cuenta de lo íntima que resultaba esa postura.

Sentía la calidez del cuerpo del desconocido en todo el costado izquierdo. Sus piernas —que parecían muy musculosas cubiertas con los pantalones de montar ajustados y las flexibles botas altas— la rodeaban por uno y otro lado. Judith tenía las rodillas apretadas contra una de esas piernas y notaba que la otra le rozaba las nalgas. Percibía el olor del caballo, del cuero y de la colonia masculina. Los peligros del viaje palidecieron al lado de esas otras sensaciones, totalmente desconocidas.

Se estremeció.

—Hace bastante fresco para un día de verano —afirmó el jinete, que la rodeó con un brazo y la inclinó hacia el costado, de modo que su hombro y su brazo estuvieron apretados con firmeza contra el pecho masculino; a Judith no le quedó más remedio que apoyar la cabeza sobre su hombro.

Resultaba de lo más escandaloso… y sin duda emocionante.

También le hizo recordar de pronto que no llevaba puesto el bonete.

Y no solo eso: con un rápido vistazo de reojo descubrió que al menos una parte de su cabello estaba suelta y caía en desorden sobre sus hombros.

¿Qué aspecto tendría? ¿Qué pensaría de ella?

—Ralf Bed… Bedard a su servicio, señora —dijo.

¿Cómo podría ella presentarse como Judith Law? No se estaba comportando en absoluto tal y como la habían enseñado.

Tal vez debiera fingir ser alguien muy distinto… una persona inventada.

—Claire Campbell —dijo ella, juntando los dos primeros nombres que se le vinieron a la cabeza—. ¿Cómo está usted, señor

Bedard?

—Por el momento, extremadamente bien —afirmó él con voz ronca y ambos se echaron a reír.

Estaba flirteando con ella, pensó. ¡Qué escandaloso! Su padre habría desalentado semejante impertinencia con unas cuantas palabras mordaces… y después la habría castigado por presumir delante de él. Y esta vez habría tenido razón. Pero no estaba dispuesta a arruinar su preciosa aventura pensando en su padre.

—¿Adónde se dirige? —preguntó el señor Bedard—. Y por favor no me diga que hay un marido esperando en alguna parte a que usted se baje del carruaje. O un novio.

—Ninguna de las dos cosas —respondió ella, que se echó a reír sin otro motivo que no fuese lo alegre que se sentía. Iba a disfrutar de su pequeña aventura hasta el último momento. No pensaba desperdiciar tiempo, energía ni oportunidades en sentirse escandalizada—. Estoy soltera y sin compromiso… como deseo estar. —Mentirosa. Señor, qué mentirosa.

—Acaba usted de devolverme el alma —le aseguró él—. En ese caso, ¿quién la espera al final del viaje? ¿Su familia?

Judith se encogió para sus adentros. No quería pensar en el final del viaje. Sin embargo, lo bueno de las aventuras consistía en que ni eran reales ni duraban mucho. Durante lo que restaba de ese extraño y breve interludio podría decir y hacer —y ser— lo que le viniera en gana. Era como vivir un sueño y estar despierta al mismo tiempo.

—No tengo familia —le dijo—. Al menos ninguna ante la que deba responder. Soy actriz. Me dirijo a York para representar una nueva obra. Un papel protagonista.

Pobre papá, pensó. Le daría una apoplejía. No obstante, ese siempre había sido su sueño más persistente y descabellado.

—¿Una actriz? —inquirió él junto a su oído con voz grave y ronca—. Debí imaginarlo en cuanto puse los ojos sobre usted. Una belleza tan vibrante brillará sobre cualquier escenario. ¿Por qué no la he visto nunca en Londres? ¿Será porque rara vez asisto al teatro? Está claro que tendré que enmendarme.

—Londres… —dijo ella con despreocupado desdén—. A mí me gusta actuar, señor Bedard, no que me devoren con los ojos. Me gusta elegir las obras en las que voy a participar. Prefiero los teatros de provincia. En ellos soy muy conocida, creo.

Se dio cuenta de que todavía hablaba con esa voz que utilizara junto al camino. Y por increíble que pareciera, él había creído su historia. Resultaba evidente por sus palabras y por la expresión que reflejaban sus ojos: alegre, apreciativa y elocuente.

Branwell, cuando comenzó las clases en la universidad y empezó a conocer mundo, les había dicho una vez a sus hermanas —en ausencia de su padre— que las actrices de Londres casi siempre incrementaban sus honorarios convirtiéndose en las amantes de algún tipo rico y con título. Judith sabía que se movía en aguas peligrosas. Pero tan solo sería durante cinco kilómetros; tan solo durante una hora.

—Me encantaría verla sobre el escenario —dijo el señor Bedard, que la estrechó con más fuerza y le alzó la barbilla con el dorso enguantado de sus dedos.

La besó. En la boca.

No duró mucho. Después de todo se encontraba a caballo en un camino peligroso con una acompañante que entorpecía sus movimientos y los del animal. No podía permitirse la distracción que supondría un abrazo más largo.

Sin embargo, duró lo suficiente. Lo bastante para una mujer a la que nunca habían besado. Él tenía los labios separados y Judith pudo percibir la humedad de su boca. Unos segundos, o quizá no más de una fracción de segundo, antes de que su cerebro registrara la atrocidad que estaba cometiendo, todo su cuerpo reaccionó. Sintió un hormigueo en los labios que se extendió hasta la boca, la garganta y la nariz. Sintió que se le endurecían los pezones y que un doloroso anhelo se esparcía por su abdomen, su vientre y la cara interna de los muslos.

—Oh —dijo cuando hubo terminado.

Sin embargo, antes de llegar a expresar la indignación que sentía por semejante insolencia, recordó que era Claire Campbell, la famosa actriz de provincias, y que se esperaba que las actrices, incluso cuando no eran las amantes de algún tipo rico y con título, supieran un par de cosas acerca de la vida. Lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa soñadora.

¿Por qué no?, pensó de forma temeraria. ¿Por qué no vivir su fantasía mientras durara aquel breve hechizo y descubrir adónde la conducía? Después de todo, ese primer beso también sería posiblemente el último.

El señor Bedard le devolvió la sonrisa con una mirada lánguida y burlona.

—Yo no lo habría expresado mejor —dijo.

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