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LORD PIRATA ,Sabrina Jeffries

Capítulo uno

Es una lástima que las damas británicas se resignen a acatar siempre las normas, cuando son plenamente capaces de llevar a cabo reformas…
Essays on Various Subjects… for Young Ladies,
Hannah More,
escritora y filántropa inglesa

Londres, enero de 1818

A sus veintitrés años, la señorita Sara Willis ya había pasado por bastantes momentos desapacibles en su vida. Como cuan­do a la temprana edad de siete años su madre la pilló robando galletas en la imponente cocina de Blackmore Hall, o cuando po­co después, durante la ceremonia en la que su madre se esposó con su padrastro, el ya fallecido conde de Blackmore, se cayó dentro de la fuente. O cuando en el baile del año previo presen­tó la duquesa de Merrington a la amante del duque sin darse cuenta.

Pero ninguna de esas ocasiones se podía comparar con la que estaba viviendo en esos instantes: ser físicamente asaltada por su hermanastro cuando salía de la prisión de Newgate en compañía del Comité de Señoritas. Jordan Willis, el nuevo con­de de Blackmore, vizconde de Thornworth y barón de Ashley, no era la clase de individuo capaz de ocultar su malhumor cuan­do no estaba de acuerdo con algo, tal y como un nutrido núme­ro de miembros del Parlamento habían podido experimentar en carne propia. Y ahora se había tomado la libertad de venir a buscarla en persona, haciendo gala de una rudeza brutal, empujándola hacia el carruaje de la familia Blackmore co­mo si fuera una simple niña pequeña.

Sara podía oír las risas entrecortadas de sus amigas mientras Jordan abría bruscamente la puerta del carruaje y la acribillaba con una mirada implacable.

—Entra en la carroza, Sara.

—Jordan, de verdad, no es necesario recurrir a esas muestras tan poco elegantes.

—¡Ahora!

Tragándose el orgullo y la vergüenza, Sara entró en el majestuoso carruaje con tanta dignidad como pudo. Él entró tras ella, cerró la puerta con un golpe seco, y luego se derrumbó en el asiento situado delante de Sara con tanto ímpetu que el carruaje se balanceó enérgicamente.

Mientras daba órdenes expeditivas al cochero para que se pusiera en marcha, ella miró a sus amigas a través de la venta­na como si pretendiera disculparse. Se suponía que tenía que ir con ellas a tomar el té a casa de la señora Fry, pero seguramen­te ya se habían dado cuenta de que eso no iba a ser posible.

—Por el amor de Dios, Sara. ¡Deja de mirar a tus amigas con esa carita de pena y mírame!

Acomodando su grácil figura en los cojines de Damasco, Sara desvió la vista y la fijó en su hermanastro. Abrió la boca para reprocharle su conducta execrable, pero la cerró cuando reparó en su ceño fruncido tan amenazador. A pesar de que estaba acostumbrada al temible temperamento de Jordan, no le gustaba ser la parte receptora. Prácticamente toda la alta sociedad londinense coincidía con ella en esa cuestión, ya que cuan­do Jordan se enfadaba, podía ser realmente abominable.

—Dime, Sara, ¿qué aspecto tengo hoy? —bramó él.

Si Jordan era capaz de lanzar una pregunta como ésa, qui­zá no estaba tan enojado, después de todo, pensó Sara. Cruzó las ma­nos sobre la falda y lo escudriñó durante unos segundos. Llevaba la corbata un poco torcida, un detalle del todo inusual en él. Su pelo castaño rojizo se mostraba en su estado ingobernable natural, y la levita y los pantalones estaban visiblemente arrugados.

—Diría que un poco desaliñado, para serte franca. Necesitas un buen afeitado, y tu ropa está…

—¿Sabes por qué tengo este aspecto? ¿Tienes idea de cuál ha sido el motivo que me ha obligado a salir disparado de mi casa en el campo, sin disponer de tiempo ni para dormir ni para acicalarme como es debido?

Su reprimenda consiguió que sus cejas oscuras formaran una sólida línea de desaprobación.

Ella intentó imitarlo, pero no lo consiguió. Poner cara de pocos amigos no era su fuerte.

—¿Te morías de ganas de verme? —se aventuró a contestar.

—No te lo tomes a broma —refunfuñó él en ese tono de aviso que usaba para acobardar a las señoronas que deseaban presentarle a sus hijas casamenteras—. Sabes perfectamente bien por qué estoy aquí. Y no intentes ofrecerme tu carita más dul­ce; no consentiré que lleves a cabo tu proyecto.

Santo cielo. No podía saberlo, ¿no?

—¿Qué… qué proyecto? El Comité de Señoritas y yo nos limitábamos a distribuir cestas de comida entre las pobres de­safortunadas que cumplen condena en Newgate.

—No mientas, Sara; lo haces fatal. Sabes perfectamente bien que ése no era el motivo por el que estabas en la prisión de Newgate. —Jordan cruzó los brazos sobre su levita que se ajustaba perfectamente a su figura, desafiándola a que lo contradijera.

¿Sabía el verdadero motivo? ¿O simplemente le estaba lanzando un farol? Con Jordan nunca se sabía. Incluso cuando él sólo tenía once años y la madre de Sara se casó con su padre y la llevó a vivir a Blackmore Hall, Jordan ya se comportaba de un modo completamente inescrutable, especialmente cuando intentaba sonsacarle algún secreto a su hermanastra.

Bueno, ella también podía ser hermética. Cruzó los brazos encima del pecho en un intento de imitarlo y luego inquirió:

—¿Y se puede saber por qué estaba en Newgate, señor Sabelotodo?

Nadie conseguía intimidar a Jordan. La única razón por la que él consentía esas insolencias por parte de ella era porque realmente la consideraba como su verdadera hermana, a pesar de que por sus venas no corriera la misma sangre. Sin embargo, a juzgar por el intenso brillo en sus ojos castaños, esta vez Sara se estaba pasando de la raya con tanta petulancia.

—Estabas en Newgate para conocer a las mujeres que serán trasladadas a la colonia de Nuevo Gales del Sur, en Australia, en el barco de reclusas que zarpará de aquí a tres días, porque se te ha metido en la cabeza la descabellada idea de irte con ellas. —Cuando Sara abrió la boca para protestar, él agregó—: No lo niegues. Hargraves me lo ha contado todo.

¡Maldición! ¿El mayordomo se había ido de la lengua? ¡Pero si Hargraves siempre le había sido leal! ¿Por qué razón había traicionado ahora su confianza, ese infeliz?

Con un terrible sentimiento de derrota, ella se desplomó pesadamente en el asiento y clavó la vista en la ventana. El cie­lo se mostraba apelmazado como un plato de nata cortada, y una densa niebla cubría el resto del panorama. El carruaje había penetrado ahora en la conocida calle de Fleet Street, donde tenían la sede todas las editoriales más importantes en Inglaterra. Normalmente el trajín de gente en esa famosa calle conseguía animarla, puesto que le demostraba que por lo menos algo estaba intentando cambiar en la sociedad. Pero en esos momentos nada podía levantarle el ánimo.

Jordan continuó con una voz firme.

—Cuando recibí la carta de Hargraves, dejé un buen número de labores inacabadas en Blackmore Hall para venir corriendo a Londres e intentar hacerte entrar en razón.

—Es la última vez que confío en Hargraves —murmuró ella.

—No seas así, Sara. Ya te lo he dicho varias veces; aunque te niegues a ver los peligros que asumes al continuar en contacto con esa mujer cuáquera, la señora Fry, y su Comité de Señoritas, los criados y yo sí que nos damos cuenta. —La nota de preocupación en su voz se hizo más patente—. Incluso Hargraves, que está a favor de tus esfuerzos reformistas, no es tan iluso como para no reconocer el riesgo que entraña tu nuevo proyecto. Él únicamente se ha limitado a cumplir con su obligación; si no me lo hubiera contado, yo lo habría puesto de patitas en la calle, y él lo sabe.

Sara miró fijamente a su apuesto hermanastro, cuyo pelo castaño cobrizo y sus ojos marrones se asemejaban tanto a los suyos que la gente normalmente la tomaba por su verdadera hermana. A veces, los intentos de Jordan de protegerla le parecían entrañables, pero en la mayoría de los casos le resultaban tediosos. De no ser por las obligaciones como nuevo conde, que le ocupaban prácticamente todo su tiempo, Sara jamás sería capaz de dedicarse a los proyectos que consideraba más importantes que la seguridad o el decoro.

Ante la sorda quietud de su hermanastra, Jordan añadió:

—Mira, Sara, no es que no esté de acuerdo con vuestras ideas reformistas. Te aseguro que valoro mucho los esfuerzos del Comité de Señoritas. Sin ellas, habría más huérfanos en la calle, más bebés muertos de hambre…

—Más pobres desventuradas obligadas a prostituirse por atreverse a robar pan para sus hijos. —Ella se inclinó hacia delante, con los rasgos rígidos ante el ultraje moral que sentía—. Van a enviar a esas reclusas a una tierra desconocida sólo porque han cometido unas ofensas irrisorias, por el mero motivo de que en Australia necesitan más mujeres.

—Entiendo —repuso él con sequedad—. Me estás diciendo que no crees que ninguna de ellas merezca estar en la cárcel.

—No pongas en mi boca palabras que no he dicho —espetó Sara, recordando a las mujeres que había conocido ese mismo día—. Admito que muchas de ellas son ladronas y prostitutas… o algo peor. Pero por lo menos la mitad de ellas son mujeres que se han visto obligadas a robar por culpa de la pobreza. Deberías oír sus «tremendos» delitos: robar ropa vieja para intercambiarla por un poco de carne, o robar un chelín de la caja registradora. Una mujer ha sido condenada a ir a Australia por haber robado cuatro coles de una huerta. ¡Cuatro coles, por el amor de Dios! En cambio, un hombre sólo habría recibido un par de azotes por ese mismo delito.

La expresión en la cara de Jordan se tornó más solemne.

—Sé que la justicia no siempre es justa, muñequita. Pero las cosas hay que arreglarlas desde el Parlamento, aprobando leyes.

Ahora la llamaba «muñequita». Sólo la llamaba así cuando deseaba sosegarla.

—El Parlamento ha delegado las responsabilidades que tenía sobre las reclusas transportadas a Australia al Consejo Naval, cuyos miembros simplemente no saben nada del tema.

La humedad fría del carruaje de Blackmore no se podía comparar con el frío amargo que esas mujeres sufrían en la prisión de Newgate ni que sufrirían durante el viaje. Incluso tendrían que soportar cosas aún peores. La voz de Sara se tornó más glacial a causa de tal pensamiento.

—En el mismo instante en que esas mujeres pisan esos barcos, la tripulación ya se sobrepasa con ellas. Los barcos se convierten en burdeles flotantes, hasta que las mujeres llegan a su destino, donde son entregadas a unos amos incluso más desalmados. ¿No te parece un castigo demasiado severo para una mujer que ha robado un poco de leche para alimentar a su bebé?

—Burdeles flotantes. ¿Y contándome todo esto esperas convencerme para que te deje subir en uno de esos barcos infernales?

—Oh, los hombres no me molestarán, ya me entiendes. Sólo se aprovechan de las reclusas porque saben que ellas no están en condiciones de contraatacar.

—No te molestarán —repitió él con sarcasmo—. Mira, si eso no es lo más ridículo, lo más ingenuo…

Jordan se calló cuando ella lo miró fijamente.

—Sara, un barco lleno de reclusas no es el lugar más adecuado para una…

—¿Reformista? —El carruaje se zarandeó bruscamente al esquivar un bache. Cuando nuevamente volvió a avanzar con más calma, ella agregó—: No puedo pensar en una situación más adecuada que precise de la intervención de una reformista.

—¡Por todos los demonios! ¿Y se puede saber por qué diantre crees que tu presencia en ese barco conseguirá cambiar algo?

Sara se mostró perpleja ante la blasfemia. Lamentablemen­te, no era el momento oportuno para sermonearlo acerca de esa cuestión.

—Los grandes señores de tu Parlamento han ignorado las protestas de los misioneros que se embarcan con las reclusas. Pe­ro no ignorarán a la hermana del conde de Blackmore si ésta se presenta ante ellos con un informe detallado sobre las condiciones deplorables, tanto en los barcos como en Australia.

—Tienes razón. —Jordan se inclinó hacia delante, emplazando sus manos enguantadas sobre las rodillas—. No podrán ignorarte… si vas. Pero puesto que no existe ni la más remota posibilidad de que te deje ir…

—No puedes detenerme, y lo sabes. Soy lo suficientemente mayor como para ir donde quiera, con o sin tu permiso. Aunque me encerraras en mi habitación, hallaría la forma de escapar, y si no lo conseguía a tiempo para embarcarme en esta ocasión, sí que lo haría para la siguiente.

Jordan estaba tan lívido que ella temió que fuera a desmayarse allí mismo. Santo cielo, qué volátil que era ese hombre. Que Dios se apiadara de la mujer que acabaría casándose con él.

—Si no pensabas que podría detenerte, ¿por qué esperaste a que estuviera fuera de la ciudad para poner tu plan en marcha? —refunfuñó él.

—Precisamente porque quería evitar esta discusión. Porque me importas lo suficiente como para odiar pelearme contigo.

Jordan farfulló una maldición que apenas pudo oírse, sofocada por el ajetreo del carruaje.

—Entonces, ¿por qué no te importo lo suficiente como para que te quedes aquí?

Sara suspiró.

—Vamos, Jordan, mi ausencia seguramente te hará la vida más llevadera. Te será más cómodo correr de una a otra de tus fincas si no tienes que preocuparte por mí.

La travesía hasta Nuevo Gales del Sur duraba casi seis meses de ida y seis meses más de vuelta, así que Sara estaría ausente un año.

—¿Que no tendré que preocuparme por ti? ¿Qué crees que haré todo ese tiempo? —Propinó un puñetazo en la tapicería del carruaje—. Por Dios, Sara, los barcos se hunden, hay epidemias, y siempre existe la posibilidad de un motín a bordo…

—¡Huy, sí! Y no te olvides de los piratas. Sin lugar a dudas, seremos una apetecible recompensa para ellos. —Sofocó una sonrisa. Jordan siempre pensaba en lo peor, aunque fuera lo más absurdo que uno pudiera llegar a imaginar.

—Te parece la mar de divertido, ¿eh? —Se pasó los dedos por el pelo, alisándolo todavía más—. No tienes ni idea de lo mucho que te estás arriesgando.

—Te equivocas. Sí que lo sé. Pero a veces uno debe arriesgarse a ciertos peligros para obtener algo que merezca realmen­te la pena.

Una chispa melancólica emergió de los ojos de Jordan. Lan­zó un suspiró y sacudió la cabeza.

—No hay duda de que eres la hija de Maude Gray.

La mención de su madre hizo que Sara se pusiera seria.

—Sí, lo soy, y estoy muy orgullosa de ello.

Su madre había luchado duro por reformar algunos aspectos en su país. Empezó el día en que el padre de Sara, un soldado sin trabajo, fue encarcelado por culpa de unas deudas. Y continuó por esa vía incluso después de la muerte de su esposo, acaecida mientras cumplía condena en prisión. Sara estaba completamente convencida de que había sido el altruismo de su madre lo que había seducido al fallecido conde de Blackmo­re. Su madre conoció al conde, un hombre de ideas muy progresistas, mientras ésta solicitaba su ayuda para conseguir que los miembros de la Cámara de los Lores escucharan sus planes para reformar el sistema penitenciario. Se enamoraron casi de inmediato, y después de casarse con él, Maude continuó con sus actividades reformistas.

Hasta que ella murió hacía dos años, a causa de una larga y dura enfermedad.

Los ojos de Sara se anegaron de lágrimas. Las apartó con el dorso de la mano y luego desvió los dedos hasta acariciar el medallón grabado de plata de su madre, que siempre llevaba colga­do en el cuello.

—Todavía la echas de menos. —El comentario aterciopelado de Jordan rompió el silencio reinante en el carruaje.

—No pasa ni un día en que no piense en ella.

Los golpecitos que Jordan empezó a dar con los dedos en su rodilla demostraron el enorme grado de incomodidad que la profunda emoción de su hermanastra le había provocado.

—Yo también quería a tu madre. Me trató como a un hijo, incluso en esa época en la que… no deseaba tener a una madre a mi lado.

Sara siempre había presentido que había algo peculiar en la relación de Jordan con su propia madre, que murió sólo un año antes de que Maude conociera a su padre y se casara con él en segundas nupcias. Pero Jordan y su padre siempre se habían negado a hablar de la primera lady Blackmore, y Sara nunca los presionó al respecto.

—Para serte sincero, yo también echo de menos a tu madre —se apresuró a añadir Jordan—, y respeto su labor como reformista.

—Y tu padre también la respetaba; no lo olvides.

—Sí, pero incluso mi padre se habría opuesto a tu proyecto. Habría alegado que deberías quedarte aquí y…

—¿Y hacer qué? ¿Dar de comer a los pobres? ¿Realizar visitas ocasionales a la prisión mientras hacía la vista gorda a tus esfuerzos por encontrarme un marido adecuado?

Sara se arrepintió de sus duras palabras en el momento en que las pronunció. No deseaba enojarlo, no cuando se iba a marchar de Londres al cabo de unos pocos días.

—¡Mis esfuerzos por encontrarte un marido adecuado! ¿Se puede saber a qué diantre te refieres?

—No soy tan ingenua, Jordan. Sé por qué insistes tanto en que vaya a esas celebraciones que están tan de moda entre la alta sociedad. —Inclinándose hacia delante, Sara tomó las manos de su hermanastro entre las suyas; las notó frías y rígidas, a pesar de los guantes de piel que las cubrían—. Piensas que si me exhibes ante suficientes solteros que puedan ser un buen partido, uno de ellos se apiadará de mí y se casará conmigo.

—¡Apiadarse de ti! —Jordan se zafó de sus manos con un aire disgustado—. ¿Cómo puedes hablar así? Eres guapa, inteligente e ingeniosa. Lo único que sucede es que todavía no has encontrado al hombre de tu vida…

—El hombre ideal no existe. ¿Por qué no puedes meter esa idea tan sencilla en tu dura cabezota?

—Aún me guardas rencor por lo del coronel Taylor. ¿No es cierto? Te niegas a conocer a otros hombres porque no te dejé casarte con él.

—¡No es cierto! Eso pasó hace cinco años. Y no es verdad que no me hubiera podido casar con él si hubiera querido. —Cuando Jordan la miró con cara de sorpresa, ella dudó, debatiéndose entre su orgullo y la necesidad que sentía por hacer que él comprendiera sus sentimientos. Al final ganó la necesidad—. Yo… nunca te lo había contado, pero… ¿recuerdas la noche en que se lo explicaste todo a tu padre? ¿La noche en la que él me llamó y me amenazó con desheredarme si me casaba con el coronel?

—¿Cómo podría olvidarlo? Te enfadaste muchísimo conmigo.

—Bueno, pues esa misma noche me escabullí de casa para ver al coronel Taylor en secreto.

Las hermosas facciones de Jordan se retorcieron de angustia.

—¡No puede ser!

—Fui a verlo y… y le pedí que nos escapáramos juntos. —Sa­ra desvió la vista hacia la ventana. Los dolorosos recuerdos no le permitían mantener la mirada fija en los penetrantes ojos de su hermano—. Pero él no quiso. Parece ser que el coronel era realmente un bribón, tal y como tú habías asegurado. Sólo me quería por mi fortuna. Y yo fui tan ilusa como para no dar­me cuenta.

Sara esperó a que su hermano aceptara su confesión como una forma de demostrarle que era plenamente consciente de que en el pasado había tomado decisiones precipitadas. Pero cuando él le propinó unas palmaditas en la rodilla, tuvo que hacer un enorme esfuerzo por contener las lágrimas que nuevamente deseaban aflorar.

—Ilusa no, muñequita. —Su voz era ronca y cariñosa—. Simplemente eras muy joven. Las mujeres os dejáis guiar por vuestros instintos en esa temprana edad, y ya dicen que el amor es ciego. No podías ver su verdadera personalidad, tal y como el resto de nosotros lo veíamos.

—¡Pero debería haberlo visto! Todo el mundo se dio cuen­ta… tú, papá, incluso mamá. La única persona incapaz de verlo fui yo.

—¿Y ésa es la razón por la que no deseas dar ninguna oportunidad a otros posibles pretendientes? ¿Porque crees que te decepcionarán?

Sara empezó a juguetear nerviosamente con uno de los lazos de su vestido de día de color azul levantino, retorciéndolo inflexiblemente con su dedo índice enfundado en un guante.

—Mientras mamá estuvo enferma, no tuve tiempo para pensar en pretendientes. Cuando murió, supongo que… me amedrenté. Me equivoqué tanto en mi primera elección… y ahora… ahora no sé si puedo distinguir entre un cazafortunas y un hombre de fiar.

—No puedes acusar a ninguno de mis amigos de ir detrás de ti por tu fortuna. Fíjate en Saint Clair, por ejemplo. Admito que no tiene una enorme fortuna, pero la riqueza no es un factor determinante para él. Y a menudo elogia lo bella que eres.

—Saint Clair jamás aprobaría mi trabajo. Ese hombre quie­re una mujer que se comporte como la dueña y señora de su ca­sa, y no a una reformista. —Luego añadió con un tono burlón—: Además, le gusta el salmón, y yo simplemente no puedo soportar a un hombre que le guste el salmón.

—Vamos, sé seria, Sara. Ahí fuera hay un montón de hombres que estarían dispuestos a casarse contigo.

Sara retorció el lazo con más tesón.

—No tantos como crees. Los hombres que están por debajo de mi posición social se sienten atraídos por mi fortuna, y los hombres que están por encima no quieren complicarse la vida con una esposa que se dedique a molestar a sus allegados con ideas reformistas.

—Entonces busca a alguno de una posición intermedia.

—No existe un individuo así. Soy una plebeya adoptada por un conde, pero sin estirpe propia. No soy ni carne ni pescado. No pertenezco a tu mundo, Jordan. Jamás perteneceré. Únicamente me siento cómoda cuando estoy con las del Comité de Señoritas, y en ese círculo te aseguro que no existen pretendientes potenciales.

Lo que Sara no dijo era que nunca encontraría a un hombre de cualquier posición social con el que pudiera imaginarse pasar el resto de su vida. Los amigos de Jordan eran unos tipos muy agradables, pero preferían pasarse la vida divirtiéndose antes de hacer nada útil. Y ninguno de ellos la comprendía. Ni uno solo.

—Por Dios, Sara, si creyera que con ello evitaría que te marcharas, yo mismo me casaría contigo. No tenemos vínculos de sangre, por lo que supongo que podríamos casarnos.

Sara se echó a reír.

—¿Lo supones? ¡Vaya entusiasmo! —Sabiendo como sabía lo que Jordan pensaba acerca del matrimonio, se quedó gratamente sorprendida de que le hubiera llegado a sugerir que se esposara con él. Intentó imaginarse cómo sería su vida casada con Jordan, pero le fue del todo imposible—. ¡Vaya tontería! No es factible, y tú lo sabes. No somos hermanos de sangre, pe­ro nos comportamos como hermanos en casi todos los aspectos. Jamás podríamos consumar el matrimonio.

—Es cierto. —Jordan parecía visiblemente aliviado de que ella hubiera rechazado la oferta que había lanzado de forma tan irreflexiva—. Además, con ello no evitaría que te marcharas, ¿no es cierto?

—Supongo que no. Vamos, Jordan, ese barco lleno de reclusas no será tan terrible como imaginas. La mayoría de las mujeres fueron condenadas por delitos no violentos. El médico llevará a su mujer y, en el pasado, los misioneros llevaban a sus esposas a bordo. Estaré perfectamente a salvo.

El carruaje se adentró en el elegante y efervescente barrio de Londres llamado Strand, y Jordan clavó la vista en la ventana, como si buscara respuestas en las carísimas tiendas que hacían las delicias de la aristocracia.

—¿Y si te llevas a un criado, a modo de protección?

Sara le lanzó una mirada perspicaz. Su hermano se estaba reblandeciendo, lo sabía. Eligió las palabras con sumo cuidado.

—No puedo llevarme a un criado. Nuestra idea es ocultar mi relación contigo. Me voy a hacer pasar por una maestra solterona, que se encargará de montar la escuela para las reclusas y sus hijos, tal y como hasta ahora han hecho los misioneros.

—¿Hijos?

La imagen de todos esos niños que acababan embarcándose en esos barcos la llenó de una rabia incontenible.

—Sí, una reclusa enviada a Australia tiene derecho a llevarse con ella a sus hijos menores de seis años y a sus hijas menores de diez años. Si consideras que me veré expuesta a un espectácu­lo deplorable, imagina a esas pobres criaturas —comen­tó Sara con amargura.

Jordan permaneció unos instantes en silencio, como si estuviera imaginándose la escena.

—¿Y por qué tienes que viajar de incógnito?

—Escribiré un diario relatando los abusos. Si el capitán y la tripulación averiguaran que soy tu hermana, ocultarían sus malas artes. Queremos un informe honesto sobre las condiciones en esa clase de viajes; por eso no puedo revelarles mis vínculos con la nobleza.

—Pero eso no significa que no pueda enviar a…

—Sara Willis, una simple maestra, no viajaría con un cria­do, te lo aseguro.

—Genial —pronunció él con un marcado tono sarcástico—. Ni siquiera podrás disponer de un criado.

—No lo necesitaré. —Sara intentó hablar con un tono más animoso—. ¿Me consideras tan inepta como para no ser capaz de apañarme sola sin un criado durante una temporada?

—Sabes perfectamente bien que no se trata de ser o no capaz. —Jordan hizo una pausa y luego prosiguió—. Así que estás decidida a embarcarte en el Chastity,* ¿no es verdad? ¡Maldita sea! ¿A quién demontre se le habrá ocurrido un nombre tan inapropiado para ese barco?

Cuando Sara lo acribilló con la mirada, él apartó la vista y la fijó de nuevo en la ventana. Ya estaban llegando a la mansión que la familia Blackmore poseía en la ciudad. Se trataba de un impresionante palacete ubicado en Park Lane, en el corazón del elegante barrio de Mayfair, que había sido erigido con la intención de intimidar a cualquier mortal inferior que se aventurara a adentrarse en sus espectaculares pasillos.

Sara podía recordar cómo esos imponentes pilares y esa mi­ríada de ventanas la habían impresionado la primera vez que ella y su madre asistieron a cenar a la espléndida mansión. Pe­ro su padrastro no permitió que se sintiera intimidada. Se ofreció a mostrarle la nueva camada de cachorros que alberga­ba en la cocina, y con ese gesto consiguió ganarse su corazón para siempre.

A veces lo echaba de menos tanto como a su madre. Nunca llegó a conocer a su verdadero padre, y el conde llenó ese pues­to de una forma tan admirable que Sara siempre lo vio como a su verdadero padre. Él amaba a su madre con locura. A pesar de que su muerte acontecida un año después de que Maude falleciera dejó tanto a ella como a Jordan destrozados, no fue una sorpresa para ninguno de los dos. A lord y a lady Blackmore jamás les gustó estar separados.

El carruaje se detuvo, Jordan saltó sobre el sendero cubierto por una finísima capa de escarcha y luego se apresuró a ayudarla a bajar. En lugar de soltarle la mano rápidamente, la apre­só entre las suyas.

—¿Así que no hay nada que pueda hacer para evitar que te marches?

—Nada. Es algo que tengo que hacer. De verdad, Jordan, no te preocupes. Todo saldrá bien.

—Eres la única familia que me queda, muñequita. Y la verdad es que no quiero perderte.

Sara notó cómo se le formaba un nudo en la garganta, y estrujó cariñosamente la mano de su hermano.

—No me perderás. Sólo dejarás de verme durante una temporada. El año pasará volando, ya lo verás, y antes de que te des cuenta ya volveré a estar de vuelta.

Un año. A Jordan le pareció una eternidad. A pesar de que no pronunció ni una sola palabra más cuando ella lo agarró por el codo y lo arrastró hasta el interior de la casa, sintió unos enormes deseos de zarandearla para hacerla entrar en razón. ¡Una mujer de su posición en un barco lleno de reclusas! ¡Va­ya insensatez!

Pero sabía que no podría hacer nada para detenerla. Quizá si su padre hubiera estado vivo…

No, ni siquiera su padre habría sido capaz de convencer a Sara cuando ésta había tomado la determinación de hacer alguna cosa. La confesión de cómo se había escapado para verse a escondidas con el coronel Taylor era la prueba.

¡Que el demonio se llevara a Taylor! Si no hubiera sido por ese maldito coronel, probablemente ahora Sara estaría casada y rodeada de un par de vástagos, en lugar de planeando viajar a Australia en una misión descabellada.

Jordan observó a Hargraves mientras éste se acercaba para tomar el abrigo de su hermana. Ella le lanzó una mirada acusadora.

El pobre Hargraves se puso colorado hasta las raíces de su escaso pelo.

—Lo siento, señorita. De verdad que lo siento.

Como de costumbre, Sara se suavizó ante la visión del remordimiento del criado. Rápidamente le propinó una palmadita en la mano al tiempo que murmuraba:

—No te preocupes. Sólo cumpliste con tu deber.

A continuación, les dio la espalda y empezó a subir los alfombrados peldaños de la majestuosa escalinata. Jordan la contempló sin pestañear. Su hermana era la persona más generosa y gentil que jamás había conocido. ¿Cómo diantre iba a sobrevivir en un barco lleno de reclusas? Sus labores con el Comi­té de Señoritas le habían proporcionado una pequeña muestra de las miserias humanas, pero nunca se había visto inmersa en ese mundo tan cruel. Una vez en el barco, se vería irremediablemente atrapada durante un año o más. Desprotegida. Sola.

Jordan observó su bella figura por detrás, las puntas de su melena cobriza que despuntaban por debajo del recogido de su cabello, su andar tan inconscientemente femenino, y un suspiro se escapó de sus labios. Sara no se daba cuenta de lo atractiva que era. Podía sentirse incómoda entre la alta sociedad, pe­ro eso no evitaba que todos los hombres la desearan. Al contrario. Él se había pasado la primera mitad de la temporada de bailes frenando los impulsos más atrevidos de los pretendientes más osados de su hermana.

Sara no era especialmente hermosa, aunque se la podía considerar una mujer ciertamente atractiva. No obstante, conseguía atraer a los hombres gracias a su inteligencia y a esa amabilidad tan franca que profesaba con todo el mundo, sin tener en consideración la posición social de su interlocutor. Una maestra solterona y amargada no tendría nada que temer de los marineros a bordo del Chastity, pero no sería igual con Sara. ¿Có­mo podía permitir que se embarcara en ese barco sin ninguna clase de protección?

No podía. Y puesto que no podía negarle el derecho a ir, só­lo le quedaba una alternativa. Tendría que maquinar algo para protegerla.

Tan pronto como Sara desapareció de su vista, Jordan miró fijamente a Hargraves.

—¿Conoces a algún marinero?

—Sí, señor. —El criado de mediana edad tomó el abrigo y el sombrero del conde con una cara estudiadamente inexpresiva—. Mi hermano menor, Peter, es marinero.

Un plan empezaba a gestarse en la mente de Jordan.

—¿Es bueno en defensa propia? ¿Y es capaz de defender a alguien?

Hargraves le lanzó una mirada sagaz.

—Estuvo en la Marina seis años antes de enrolarse en la tripulación de un barco mercante. Por lo que me han dicho, es muy diestro con los puños. No nos vemos con frecuencia, porque él se pasa la mayor parte de su tiempo en alta mar.

—¿Está embarcado en estos momentos?

—No, señor. Regresó hace un par de semanas.

—Excelente. ¿Crees que le interesará volverse a embarcar dentro de un par de días? Hay una bonita suma de dinero esperándolo.

El criado asintió.

—Estoy seguro de que sí, señor. No tiene esposa de la que ocuparse. Además, me debe un par de favores.

—Haz que venga mañana a las diez. Ah, y asegúrate de que Sara no lo vea. ¿Has comprendido bien?

—Sí, señor —respondió Hargraves con un aire conspirador—. Y debo añadir, señor, que estoy seguro de que Peter no os defraudará.

—Así lo espero. —Con una sonrisa, Jordan se despidió de Hargraves, aliviado de haber hallado la forma de vigilar a Sara mientras ella estuviera a bordo de ese horrible barco. No quería hacerse ilusiones hasta que no conociera a Peter Graves en persona, pero si el tipo le parecía adecuado, Sara dispondría de un compañero en el Chastity, lo quisiera o no.

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