Capítulo 1
Cindy Harper aborrecía a los hombres lobo. Se habían alojado ya seis en lo que llevábamos de semana y siempre dejaban los muebles llenos de pelo. ¿Por qué siempre tenían que ser hombre lobo? ¿Por qué no «hombres-pato» u «hombres-conejo»?
Allí estaba ella, delante de la entrada, con la sonrisa a punto y enganchada a su agenda electrónica mientras esperaba a los últimos huéspedes que debían llegar. Sabía que esta agenda contrastaba fuertemente con el aire anticuado del hostal, pero no podía evitar usarla. Era adicta a la tecnología. Los aparatos electrónicos simbolizaban el presente y su lema era mirar siempre hacia delante; nunca hacia atrás. Mirar hacia atrás es inútil y así nunca se encuentran las respuestas.
A Cindy le encantaba conocer a los huéspedes que se alojaban con la puesta de sol, pero los que llegaban al caer la noche eran siempre los más interesantes. Se sabían el juego. Las puertas del hostal sólo se abrían cuando la neblina nocturna se contorneaba desde los confines del bosque hasta los muros de la vieja posada como los dedos sutiles de un fantasma. Los guías turísticos siempre recomendaban el Siniestro Hostal por sus bonitos parajes.
—Cindy, ¿me podría explicar cómo se llega al cementerio que menciona en el folleto? Ya es muy de noche, así que supongo que los espíritus se habrán levantado y estarán a punto de irse.— Advirtió el huésped de la habitación Drácula esbozando una amplia sonrisa mientras dejaba ver sus largos y afilados colmillos.
«A punto de irse», como si los espíritus tuviesen conciencia.A Cindy le divertía mucho imaginarse qué le podría responder un dentista al paciente si éste le dijera: «Doctor, quiero ser vampiro». Sonrió al pensarlo.
—Desde luego, Latrienne —también conocido como Jim Kehoe tal y como constaba en su American Express—. Siga el camino que hay en el bosque justo detrás del hostal y está a cinco minutos. ¡Pero no olvide la linterna!
Frunció el ceño.
—¿Pero no asustaré a los espíritus con la luz?
Cindy se encogió de hombros.
—Es un cementerio muy antiguo, los espíritus están acostumbrados a la luz de los flashes. Además, hay enterrados un montón de asesinos, atracadores de banco y gente de peor calaña. Nada de angelitos.
—¿Gente peor? ¡Oh! —inspiró profundamente—. Creo que me llevaré a mi novia. Seguro que no se lo quiere perder—dijo esfumándose escaleras arriba mientras su capa negra golpeaba contra el aire.
¿Desde cuando una capa? Definitivamente tenía que asesorarle sobre últimas tendencias en moda vampírica. Cindy sacudió la cabeza expresando su cansancio. ¿Es que esta gente no sabía que todo eso no existía? Desde luego que no, porque su hostal estaba siempre lleno. Si tuviese suficiente dinero para aplicar un poco su sentido del humor, renovaría este viejo edificio y lo diseñaría especialmente para todos los que se sienten atraídos por el misterio y los sucesos inexplicables; o para todos los que son, por méritos propios, extraños e incomprensibles. Lo llamó Siniestro Hostal en un momento muy creativo de su vida y en el presente se había detenido un momento a medio ca mino para ver qué había ocurrido.Y lo que había ocurrido es que había cosechado un éxito arrollador.
Durante los primeros seis meses de negocio era muy fácil separar a los huéspedes en dos categorías: los interesantes y los chiflados. Algunos de ellos eran científicos y genetistas a los que había invitado especialmente para que…
Sus pensamientos se desvanecieron en cuanto entró uno de
los últimos huéspedes que esperaba.
La sensación de ver a ese hombre caminando a grandes zancadas
hacia ella hizo que se le entrecortara la respiración. Cada
día trataba con la gente más rara, chiflada y extravagante, así que
era inmune a la demencia de cualquier persona o cosa que traspasara
las puertas del Siniestro Hostal. Pero ese hombre… Era
como si las fantasías más sucias de toda mujer se hubiesen materializado
en este macho alfa que penetraba en su rellano.
Le era imposible disimular. Era un hombre con quien disfrutar
desde los instintos más primarios y Cindy les dejaba vía libre.
¿Cómo era a primera vista? Alto. Espaldas anchas. Chaqueta de cuero desabrochada hasta abajo.Tejanos (abrochados). ¡Dios! Camisa blanca (bien abrochada). Madre mía. Por supuesto, sus instintos primarios le impedían formular frases correctas, así que, después de perder su vista por ese cuello masculino, se atrevió a dar un paso a favor de la racionalidad del ser humano. Si hubiese tenido que describir a cualquier otro hombre, habría dicho que tiene el pelo rubio. Pero en este hombre el rubio no adquiría sentido pleno. El rubio evocaba imágenes de entidades delicadas o blandas. Nada en este hombre era delicado o blando. El viento había arremolinado su pelo y lo había dejado posarse, enredado, sobre esos impresionantes hombros. Cada cabello era un rayo de sol ardiente sobre el helado Mar del Norte, el romper de una ola rebelde contra la proa de un barco, los gritos de pelea de unos invasores del agua. Era… vikingo. Era un guerrero de la noche fuese cual fuese su color de pelo.
«¿Guerrero de la noche?». Guau. Ahora ella se deslizaba por el hielo delicado de la prosa púrpura cuando siempre lo despachaba todo con cuatro palabras.Tenía un cuerpo escultural y un pelo increíblemente sexy.Y ya está.
—Usted es, si no me equivoco, Cindy Harper —se detuvo ante ella y le extendió la mano—.Thrain Davis.
Su voz encajaba perfectamente con toda su persona, tan ronca y llena de recovecos peligrosos y trampas eróticas para mujeres desprevenidas.Y definitivamente detectó una bruma escocesa en él, no tanto por sus palabras sino por la cadencia de sus frases. Cindy tuvo que aparcar toda su iconografía vikinga de montañas púrpura, cañadas ensombrecidas y guerreros sexys de las Tierras Altas de Escocia.
—¡Qué tal! —inmediatamente ella le tendió la mano sin dejar de observarlo, petrificada.
Sus ojos eran una mancha azul extraña y brillante.No, el azul es un color ambiguo. Eran como el corazón de una llama y el chorro de agua más frío del gélido invierno. Quizá las dos cosas a la vez. Aaay, acababa de caer rendida en el hielo.
—Bienvenido al Siniestro Hostal.
Su mente se despejó.
—¡Ohhh sí! Ohg, Ohg, ¡Ohg! Ven aquí, ¡que te como! ¡Mi peluchito cachondo! —así le recibieron las putas que vivían en el sótano.
—Gracias —sonrió.
Si se le hubiesen abierto las puertas del infierno delante de las narices no se habría sentido tan sobrecogida. Por supuesto que tenía unos labios sensuales y unos dientes preciosos, pero su sonrisa era increíble. Su sonrisa era la tentación. Cualquier mujer que lo viera sonreír fantasearía inmediatamente con el placer que le podría dar su boca y de ahí se movería al resto de su cuerpo imaginando todo lo que podría hacer con él. Su intensa mirada azul y su sonrisa sensual eran una invitación que rezaba: «toca cualquier pliegue de mi ardiente cuerpo para que tengamos sexo salvaje». Cindy persiguió con la mirada cada centímetro de su interminable busto. Su instinto de mujer y su intelecto decidieron que no estaría mal explorar esos pliegues ardientes.
—Creo que en algún momento tendrá que pestañear —dijo con una amplia sonrisa.
Cindy pestañeó varias veces y rápidamente apartó la mano.¿A qué venía eso? Desde muy jovencita había aprendido a ignorar a los hombres presuntuosos y hacía mucho tiempo que había dejado de tener dieciocho años. Pero también quería ser honesta consigo misma y no podía negar que había algo en él que había erizado todos los pelos de su piel.
—Es usted un hombre espectacular. Estoy segura de que todas las mujeres del mundo han sufrido taquicardias después de conocerle —le devolvió la sonrisa.
Ahora le tocaba a él pestañear. Estaba acostumbrado a tratar con mujeres remilgadas. Ella le decía lo que pensaba.Y con razón. No obstante, ella asumía tristemente que él no tendría las mismas fantasías con la jefa del hostal.
—¿Espectacular? No —frunció el ceño y se pasó la mano por el pelo—.Al menos, yo no me veo así; quiero pasar desapercibido entre los demás huéspedes.
Parecía preocupado.
—Es por el pelo, ¿no?
Cindy pensó en los demás huéspedes.No, definitivamente no pasaría desapercibido.
—No digas nada.Tengo el pelo muy abultado.
La modestia de Thrain le sorprendió. La mayoría de hombres que conocía tenían el ego por las nubes.
—Usted no se mira muy a menudo al espejo.
Una sonrisa empezó a dibujarse en la comisura de sus labios y Cindy tenía la sospecha de que se reía por algún pensamiento que a ella se le escapaba.
—No, no me miro mucho. Pero se equivoca, Cindy. Lo que ve ahora es mi «yo» normal y me guardo lo «espectacular» para las noches oscuras sin luna.
Cindy sintió el puñal del desengaño. Él era, al fin y al cabo, como los demás huéspedes, que fingían ser algo que no eran.Miró fijamente a la pantalla de la agenda. Por algún motivo, Hal no había introducido casi información al lado del nombre de Thrain. Miró atentamente.
—Bueno, entonces, ¿es usted vampiro, hombre lobo, demonio…? —dijo mientras esperaba su respuesta, preparada para escribir la información.
Se mofó de ella con una risita ligera.
—Nada de lo anterior. Sólo estoy aquí para observar. Los hechos paranormales me fascinan.
Cindy fue al encuentro de sus ojos sin dejarle tiempo a reaccionar.¡Otra vez no! Volvió al estado de pestañeo congelado.Y ahora se sentía… diferente. No le había puesto una mano encima, pero era como si algo externo hubiera trastocado su mente. Fuese lo que fuese, la sensación se desvaneció antes de que pudiera analizarla. Quizá era sólo un principio de migraña. Ese día no había podido dormir bien y la falta de sueño siempre le daba dolor de cabeza.
—No crees en nada de esto, ¿verdad? —Thrain abrió los brazos para referirse a todo aquello en lo que ella no creía —.Y ¿por qué eres la dueña de este hostal si no crees en hechos paranormales?
Por alguna razón, se mostraba muy seguro de sus ideas.¿Y él que sabía? Ella nunca hablaba de sus creencias. Cindy hizo un gesto benevolente antes de empezar a vacilar.
—No sé por qué dice eso si yo soy una observadora como usted.
Soy una mujer con la mente abierta pero también necesito pruebas. Y nadie había aportado ni una sola prueba. No obstante, algún día entraría alguien en el hostal con las respuestas a todas sus preguntas y ella quería estar allí cuando eso ocurriese.
—Abrí este hostal porque quería invertir mi dinero en un negocio y este tipo de trabajo me parecía divertido. No era el único motivo. Definitivamente, no era el único motivo.
Él sólo destacó, sin embargo, una parte de su respuesta.
—Creo que somos observadores totalmente diferentes.
Se sintió decepcionada ante su actitud reservada. Su rostro ya no expresaba nada. Como ella no tenía nada más coherente que decir, sencillamente se encogió de hombros.
—¿De verdad eres abierta de mente? ¿Aceptarías pruebas si te las pusiese delante de los ojos? —parecía muy interesado en su respuesta aunque sus ojos permanecieran impasibles.
Apartó suavemente sus ojos de ella.
—Claro.
Puede que sí. Desplazó la mirada hacia la pantalla y cuidadosamente empezó a escribir el perfil de observador vehemente en su ficha.
—Voy a mandar a alguien para que le lleve la…
—Puedo llevar mi maleta perfectamente.
Cindy en seguida levantó la mirada ante este comentario descortés. Estaba claro que había dicho algo que le había molestado. No había empezado con buen pie. Le sonrió con la esperanza de cambiar su gesto.
—Como quieras. Mandaré a alguien para que le acompañe a…
—Puedo ir a la habitación yo solo —alargó la mano para tomar la llave.
En ese momento empezaba a ponerse nerviosa. Él agarró la llave con cierta brusquedad.
—Muy bien. Se aloja en la habitación del Íncubo. Segundo piso a la derecha. El desayuno estará listo en media hora y después puede elegir diferentes actividades. Hay un folleto informativo en la habitación con más detalles.
Ella hacía el esfuerzo de hablar con un tono agradable. Por muy raros que fuesen los huéspedes, siempre pagaban bien por vivir una experiencia excitante e iba a continuar jugando a ser la azafata simpática aunque la situación acabara con ella. Cindy intentaba darle la espalda para dedicarse a otras cosas, pero él seguía plantado delante de ella, bloqueando la visión de la entrada. Impaciente, se volvió para mirarle.
—¿¡Qué pasa!?
Una sonrisa repentina suavizó su boca y contagió a los ojos.
—Te mereces que todo el mundo se acuerde de ti.Yo tengo muy buena memoria.
¿«Buena memoria»? Y ¿qué tenía que ver ahora eso? Se fue retirando mientras ella observaba cómo subía por las escaleras poco a poco. Mmmm. Se fue tan arrebatador como cuando había entrado. Ella sonrió. Es una bestia sexual. En ese momento entendió perfectamente la frase sobre la buena memoria.
Sólo cuando él se apartó totalmente de su campo de visión
volvió a retomar el control de la entrada. ¿Pero qué había pasado?
Porque algo había pasado.
De acuerdo, no le iba a dar más vueltas. Como mínimo tenía
algo muy claro: ningún huésped podría superar a Thrain Davis.
Una mujer empujó la puerta y caminó decidida hacia ella. No,«caminó» no es la palabra correcta. Repiqueteó el suelo con un paso
suntuoso que gritaba a los cuatro vientos «soy una bestia sexual».
Cindy suspiró. Bueno, puede que sí haya alguien que lo supere.
Observó a su último huésped. ¿Estilo? Pantalones de cuero negro.Top de seda negro; chaqueta de piel hasta la cintura; llevaba un gato en sus brazos. Hummm. ¿Bruja? Quizá. ¿Súcubo? Más probable. Fuese cual fuese el ser no-humano o semi-humano al que esta mujer quería emular, resultaba convincente. Alta. Con un cuerpo que parecía estar especialmente tallado para cualquier hombre, esta mujer tenía unos rasgos perfectos y los ojos anaranjados más impresionantes que Cindy había visto nunca. Mientras Cindy se entretenía mirándola, la mujer se apartó bruscamente el largo cabello de color rojo fuego hacia atrás y le sonrió.
—Creo que mi hermana me ha hecho una reserva.
Cindy miró la agenda.
—Sí, la señorita de Estrellas hizo la reserva pero no le dio su nombre a mi empleado.
Eso no podía ser. Siempre iba detrás de Hal para recordarle que apuntase los nombres, pero, ¿de Estrellas? ¿Alguien podía tener un apellido así?
—Mi hermana se llama Chispa de Estrellas. La familia de Estrellas es muy conocida.
La sonrisa de la mujer era sempiterna.
—Soy Prada Smith.
Cindy hizo un gesto de extrañeza. ¿Había dicho en voz alta lo del apellido? No.Y, ahora, Prada. ¡Como la marca de zapatos!
—Bienvenida al Siniestro Hostal, señorita Smith. Deseo que…
—Llámame Prada. —Bajó la mirada hacia el gato que sostenía en brazos—. Se llama Troyano.
Por primera vez, Cindy se fijó en el gato. Grande. Gris.Acechante.¿Acechante? ¿De dónde había sacado este pensamiento? Alargó la mano para acariciarle la cabeza.
—Hola, gatito.
Cualquier gato habría levantado la cabeza para oler la mano. Troyano no. Sus enormes ojos ámbar no dejaban de mirarla.
—Troyano. ¿Es por el caballo de Troya?
Cindy sonrió en seguida para dejar claro que era una broma.
La sonrisa de Prada se volvió un poco tensa.
—Bueno, el caballo de Troya era bastante falso. Creo que le
has ofendido.
¿Que lo había ofendido? ¿Por qué? Bueno, esto formaba parte de la normalidad. Siempre había huéspedes que la desconcertaban. De nuevo, miró a la pantalla para ver su ficha.
—Hal no anotó si usted es un ser no-humano o si, sencillamente, le interesa ver cosas paranormales.
Hal tendría que responder a muchas preguntas cuando se reincorporase al día siguiente. Se había lucido con estas dos últimas reservas. Cindy dormía durante el día porque tenía que estar despierta por la noche mientras los huéspedes exploraban los secretos del más allá y no había tenido ningún problema con Hal hasta ese momento.
—Somos perturbadores cósmicos.Aplicamos los influjos del infierno en cualquier parte del universo.Yo estoy más especializada que Troyano. Provoco deseos sexuales que siempre acaban en situaciones placenteras.Troyano trabaja más en el caos y la destrucción, aunque ahora se está tranquilizando bastante con la edad. —Suspiró y posó su mirada sobre el gato—. Pobrecito. Su ternura no es ni la mitad de excitante que su maldad.
—Fascinante.
No lo decía por su trabajo de perturbadores cósmicos (ya estaba acostumbrada a gente rara), sino por la provocación de deseos sexuales y situaciones placenteras. Este era un concepto a tener en cuenta. Además, últimamente no solía experimentar mucho placer. Por tanto, estaba abierta a tal posibilidad. Por un momento, divagó con el pensamiento de Thrain Davis y su habilidad de generar placer hasta el mismísimo clímax. «¡Déjalo!».
Cindy releyó toda la información. Había una categoría para cada tipo de huésped y todavía no existía ninguna categoría llamada«perturbador cósmico». Escribió rápidamente una nueva entrada. Prada y Troyano habían inaugurado una nueva categoría.
—Voy a mandar a alguien para que le lleve la…
Troyano le bufó. Miró a Prada y le lanzó un pequeño gruñido. Cindy se quedó muda. Prada lo miró, afectuosa.
—No te asustes. Sólo me está diciendo que me deje de charlas y que coja la llave de la habitación.
Se inclinó un poco hacia Cindy y le hizo un gesto afable con la cabeza. Cindy ya no tenía ganas de hablar con ella.
—Típica actitud masculina. Troyano está enfadado porque esta vez le ha tocado a él ser el gato. Hay que ser justo. La última vez fui yo el gato. ¿No crees que es lo lógico? —buscó un gesto de complicidad en Cindy.
—Sí, sí. Es lo lógico.
Muy lógico. ¿Hasta dónde llegaba su locura?
Prada se encogió de hombros para expresar su incomprensión hacia la actitud masculina.
—Una vez fue gato negro y fue una experiencia muy buena para él, por eso quería volver a ser negro —le sonrió a Troyano y le gruñó un poco entre dientes—. Puedo entender su predilección por el negro porque esta ausencia de tono simboliza todo lo que somos.
Le lanzó a Cindy una sonrisa juguetona.
—Vale, admito que me cabreé bastante porque la última vez me vi forzada a ser una gata blanca y no me pegaba nada. El blanco me hace el culo gordo. Discutimos mucho sobre este color y al final nos decidimos por un término medio entre blanco y negro. Gris.
Cindy fue incapaz de pronunciar otra palabra que no fuese:
—¿Maletas?
Prada rebuscó en el bolsillo de su chaqueta; sacó las llaves del coche y se las dio a Cindy.
—Es un Porsche. Me acabo de sacar el carnet. ¿En qué habitación nos alojamos?
Cindy arrugó la frente mientras miraba la nueva casilla que había abierto en la agenda. Le gustaba que todo estuviese ordenado: la nueva casilla de «perturbadores cósmicos» quedaba aislada e independiente del resto y eso le molestaba. Respiró profundamente y volvió a recuperar la voz.
—Les pongo en la habitación del Troll. Con su explicación, creo que encajan bien en la categoría de metamorfos.
Le gustaba llevar un orden de grupos para cada tipo de ser y así podía planear actividades específicas dependiendo de cada uno. ¿Qué podía organizar para un nuevo grupo de seres formado sólo por dos personas? Eliminó la entrada.
—No —Prada le rozó la muñeca con la punta de su uña roja y afilada y Cindy notó cómo la sangre se le congelaba por momentos.
Cindy levantó la vista de la agenda y se topó con los ojos enfurecidos de Prada y Troyano. La intensidad de ambos casi le hace retroceder un paso. No, no podía ser. Se empezaba a sentir intimidada por la locura demente de Prada.
—Somos algo más que seres metamorfos, guapa.Vuelve a escribir esa entrada porque no hay nadie que pertenezca a nuestro clan. —Prada le sonrió y apartó el dedo de su muñeca.
—Muy bien, no hay problema.
Al menos no los volvería a ver en cuanto se fueran hacia la habitación. Le hizo una seña a Tom, que había estado deambulando por allí.
—Tom le acompañará a la habitación y le llevará las maletas.
Le paso un horario de actividades interesantes que se hacen en el hostal y de lugares para visitar que quedan cerca de aquí.Todas las actividades del hostal se realizan durante la noche, así que le recomiendo que duerma por el día —Cindy forzó una sonrisa sincera—. Para cualquier cosa, estoy aquí.
—¿La habitación del Troll? Qué inapropiado.
El rostro serio de Prada fue mudándose en sonrisa.
—Nunca he conocido personalmente a un Troll. Pero he oído hablar de su gran herramienta —ladeó la cabeza hacia Troyano como si lo estuviera escuchando—. Quiere saber cuándo se come.
—El desayuno estará listo en media hora.
Cindy ya no se esforzaba por sonreír.
Prada se despidió con la cabeza y empezó a seguir a Tom por las escaleras.
Tras un largo suspiro, salió un momento para ir hacia su piso, que quedaba detrás del hostal. Necesitaba algo de paracetamol para pasar la noche.Aunque hayas sobrevivido a setecientos años de existencia, a veces necesitas alguna que otra pastilla para acabar con el dolor de cabeza.
Thrain todavía seguía sentado al pie de la cama de baldaquín. Había llegado la hora de bajar para conocer a la gente y unirse a ellos. Se duchó y se cambió de ropa, aunque no consiguió sentirse más despejado. Había esperado más de setecientos años a que llegase este momento y ahora no sabía cómo enfrentarse a la situación. Durante todos esos años había seguido a Cindy por todos los continentes, volviéndola a encontrar después de sus cambios de identidad, preguntándose si esta mujer a la que tanto perseguía era de verdad la hija de Darach Mackenzie.
Había llegado el momento. Era la primera noche en que la vería cara a cara y ella lo miraría con esos ojos de su padre. Los ojos azules que tenían todos los del clan. Sin embargo, su tierna cara; con esa boca tan vulnerable y sensual, era herencia de su madre. Thrain no quería que Cindy Harper fuese tan aparentemente vulnerable como su madre,Aesa. Él sabía, por culpa de sus amargas experiencias, que debajo de esa manifiesta debilidad de Aesa yacía la determinación más implacable de sus antepasados vikingos.
¿Cindy sospechaba algo de él? Probablemente no. Había estado demasiado centrada en su «pelo abultado». Thrain sonrió.Muchas vampiresas le daban placer, pero ninguna le había parecido especial. La mentalidad de Cindy era un soplo de aire fresco. Si ella hubiese tenido la habilidad de adentrarse en los pensamientos ajenos, le habría gustado saber que él también pensaba que su «pelo abultado» era bastante interesante. Desde las raíces de su cabello largo y negro (otro de los legados de su padre), pasando por la sinuosidad de sus curvas, ella era la tentación sexual personificada.
Una tentación a la que Thrain no podía someterse, pues su mutua unión inhabilitaría otras necesidades más importantes y sería como volver a traicionar a su amigo Darach.Ya lo había traicionado bastante cuando ayudó a una embarazada Aesa a huir de su marido, el mismo Darach. Desenterrar los sufrimientos pasados nunca deja atender a los nuevos objetivos.Tenía que hacerle saber de alguna manera a Cindy que ella era la hija de un vampiro muy influyente.Y tenía que convencerla antes de que Darach abandonara el castillo de sus ancestros, en Escocia.Tenía dos semanas.
No sería fácil teniendo en cuenta el fuerte carácter que había intuido en Cindy durante su breve interacción. Así que, ¿qué le podía decir?: «Vamos a fijarnos en tu árbol genealógico,Cindy.Muchas de las ramas se dividen. Por ejemplo, por la influencia de tu padre, formas parte de un clan de vampiros y posees rasgos familiares muy singulares.Todos nacemos humanos pero nos convertimos en vampiros hacia los treinta años.Tampoco hay que darle mucha importancia, porque no tenemos que alimentarnos constantemente o acabaremos contaminando la pureza de nuestra sangre y convirtiéndonos en monstruos inconscientes y depravados con gula a los que se impone cazar y aniquilar. Estoy seguro de que prefieres que sea sincero contigo. Bienvenida al clan».
Sí, ¡funcionaría!
«Puedes hacerlo».
Él tenía el poder y escuchaba su alarma interna. Cada ser del clan desarrollaba las habilidades que creía más oportunas. Cautivado por sus propios recuerdos,Thrain había refinado su capacidad de cambiar los recuerdos de los demás. Si quería, podía eliminar los recuerdos de Cindy de su pasado real y, en su lugar, insertar en su mente recuerdos felices de una infancia al lado de Darach; recuerdos de una niña que creyese en vampiros.
Pero eso no estaba bien y Darach no aceptaría ganarse a una hija por haber manipulado su mente. Era una lástima, porque Thrain pensaba que era lo mejor que le podía funcionar a Cindy. De repente, se dejó herir por un pensamiento amargo: Ojalá pudiese cambiar sus propios recuerdos.Se levantó y fue a abrir la puerta. Miró el reloj de la mesita de noche.Todos tendrían que haber desayunado ya y estar esperando en el centro del salón a que empezase la reunión nocturna descrita en el folleto de Cindy. Estarían compartiendo experiencias nocturnas de la noche anterior.
Sonrió al bajar por las escaleras: ya empezaba a oírse el murmullo de voces entremezcladas que procedían del salón. Alguna fuerza maligna le forzaba a alzar la voz y anunciar que él era un vampiro centenario.Y tenía hambre. Nunca se saltaba el desayuno. Pero se controló a sí mismo. A Cindy no le hubiera gustado que asustase a todos los huéspedes.
Atravesó el marco de la entrada y entró en el salón de reuniones. Estaba atestado de seres. Se detuvo un momento y se quedó absorto. Una ola de poder lo invadía; un poder que una parte de los allí presentes se esforzaban en manifestar, pues estos seres especiales no sabían que él llegaría y estaban muy ocupados intentado impresionarse los unos a los otros.Thrain se quedó quieto delante de la entrada y notó la desconfianza en todos esos rostros.No lo conocían ni sabían el poder que tenía; sólo sabían que era un no-humano como ellos.Y los que vivían entre humanos habrían aprendido muy pronto que la suspicacia era la clave para una vida eterna.
Allí había un ser que no era, sin embargo, ajeno; que tenía los mismos poderes que él. Los agudos sentidos de Thrain recibieron, de golpe, una energía brutal y en seguida supo que los demás no-humanos no tenían la capacidad de notar la fuerza del ser que tenían al lado. Thrain sí que tenía esta capacidad.Analizó detenidamente los rostros que se habían dado la vuelta para mirarlo e intentó aislar la fuente de todo ese poder concentrado. Confundido, les devolvió la mirada a modo de respuesta. Fijó la vista en el rincón más alejado de la chimenea.
Cuatro cazadores nocturnos le miraban desde la sombra. Thrain frunció el ceño. ¿Qué estaban haciendo allí? Una pequeña turba de los vampiros más viciosos, hematófagos que sólo vivían para capturar y cazar. Por separado, no impresionaban en absoluto, por eso viajaban en conjunto para conseguir su comida. Odiaban al clan de Thrain pero no eran lo bastante fuertes para combatirlos. Su presencia incomodaba a los humanos, así que tendría que vigilarlos.
Pero todavía no había encontrado ese ente poderoso que estaba en el salón. Desconcertado, continuó observando. Nada. Prada Smith le sonrió y le saludó suavemente con la mano.
¿Dónde estaba esa puñetera fuente de poder? Tenía que estar en… su mirada recayó en el enorme gato gris que Prada sostenía. El gato le devolvió la mirada con sus enormes ojos enigmáticos. El gato. ¿Cómo lo había llamado Prada? Troyano ¿Cómo iba a acordarse? Thrain le sonrió mientras intentaba penetrar en su mente, pero cesó en su empeño porque el gato impidió su intromisión con la misma fuerza de un portazo. Thrain entornó los ojos. No sabía qué era el gato, pero ya lo descubriría. Su carácter norteño le daba garra para buscar e indagar tal y como había hecho durante setecientos años.
Alguien le tocó el brazo. Era Cindy. No le hacía falta mirarla para saber que estaba a su lado. La reconocía con los sentidos (el aroma a lavanda, la suavidad de su respiración y la calidez de sus dedos al tocarle).Y el latido de su corazón. En su mente penetró un influjo oscuro, primario y lujurioso que le turbó un poco el pensamiento. No, no iba a dejar que su deseo vicioso de sexo ni su hambre vampírica le alejaran de su misión.
Cindy se topó con su mirada y vio cómo él recorría cada centímetro de su cuerpo con los ojos. Ella llevaba unos pantalones desgastados que moldeaban la curva de sus caderas y abrigaban unas piernas delgadas que no acababan nunca.Thrain sentía cómo se iban destapando sus deseos primarios de hombre viril. El top rojo se ceñía a todo el óvalo de sus pechos.Tragó saliva.Todos los demás eran como una gran mancha negra; seguro que pensaron que el negro era súper ideal para su misión de cazadores nocturnos. Y, él, siendo cazador nocturno, se impresionaba viendo un top rojo.
—Hola a todos; escuchad —ella retiró los dedos de su brazo y se colocó justo en el centro del salón—.Tenemos otro nuevo invitado en el Siniestro Hostal —se volvió y le sonrió—. Se llama Thrain Davis y es un observador vehemente. Estoy segura de que disfrutará mucho uniéndose a vuestros grupos de tertulia sobre hechos paranormales. Espero que le deis la bienvenida como se merece.
Los humanos concentrados en el salón le recibieron con murmullos de saludo. Los no-humanos, se limitaban a observarlo. Prada, como de costumbre, no se sentía amenazada por su presencia. Le lanzó un beso al aire.Troyano miró a Thrain y gruñó a Prada. «Interesante. Está celoso».Thrain se guardó este detalle para el futuro.
—Bueno, siéntate donde puedas. —Cindy caminó hacia un sofá situado cerca de la chimenea y se sentó entre un hombre mayor con chaqueta de lana y una mujer que observaba a Thrain con ojos enormes de depredadora.Thrain la siguió inútilmente, pues no había sitio para él—. Primero, nos pondremos al día con lo que ha pasado la noche anterior.
Thrain le sonrió y desvió el paso hacia el sofá de Prada. Se escurrió y quedó atrapado entre Prada y un hombre pálido y medio calvo que parecía un corriente y vulgar empleado de clase media. Pero Thrain sabía que era mucho más que eso. Un bufido de rabia parecía provenir de Troyano. El gato lo miraba con aire hostil.Thrain le dedicó una amplia sonrisa; se introdujo en su mente y comenzó a hablarle: «Si quieres que te entienda, tendrás que utilizar otros medios de expresión que no sean gruñidos o bufidos».
Troyano quería expresarse, pero, como siempre, se decantó por el silencio.Thrain dejó de pensar en lo misterioso que era ese gato para pasar a temas más interesantes, como el sofá donde estaba sentada Cindy. Estaba embutida entre el hombre mayor y la mujer y lo había hecho a propósito para que Thrain no se sentase a su lado. Interesante. La ponía nerviosa y, aunque sus nervios fueran una traba para alcanzar los objetivos de Thrain, este se sentía muy satisfecho a nivel masculino.
—… muy bien ¿quién quiere empezar?
La voz de Cindy sonaba alegre y espontánea, pero Thrain no dejaba de mirar la arruga entre sus ojos. ¿Le dolía la cabeza? Tenía que ayudarla.
—Yo empiezo —se levantó un hombre sentado en una de las sillas laterales. Su cara y barriga orondas testimoniaban una vida de excesos alimenticios—. La noche de ayer, después de nuestra salida, los hombres lobo nos sentamos a discutir cuál de nuestras apariencias es la más peligrosa: si la de lobo o la de semi-humano.
Se balanceaba sobre los talones, como dándose importancia.
—Al final llegamos a la conclusión de que la forma semi-humana es la más peligrosa porque es más voluminosa y cuenta con la ventaja de la inteligencia humana.
Thrain observó a la mujer de ojos cristalinos. Su mirada era tan fría como inexpresiva y la curiosa curva de su labio superior podía ser una muestra de simpatía o un gesto de hastío. No parecía tener ganas de levantarse y rebatir a este humano estúpido y a sus amigos, que estaban desprestigiando la figura del hombre lobo.
Thrain pensó que este tipo, que se mostraba tan relajado y apoltronado en la silla, necesitaba que alguien lo dejara en ridículo.
—Eso no es verdad.
Sorprendido, el hombre se incorporó y se levantó.
—No hay nada más terrorífico que la anatomía de un lobo. Caza a las víctimas con una eficiencia intuitiva, salvaje y cruel.
El hombre escudriñó a Thrain. Sus cejas casi se chocaron.
—¿Cómo lo sabes?
Thrain respiró profundamente. «Recuerda que estás aquí para pasar desapercibido».
—¿Que cómo lo sé?
El hombre se volvió a sentar, más relajado.
—Eso es muy interesante, Clark.Thrain, gracias por tu aportación.
Cindy parecía muy cansada y la arruga en el entrecejo no dejaba de crecer.
—Ah, Clark, por cierto. Cuando vuelvas de las salidas con tus compañeros y os subáis por los muebles, tened cuidado con los pelos —le dijo con una sonrisa—.O también estaría bien que os cambiaseis antes de entrar.
Clark parecía confuso.
—Pero entonces nos quedaremos desnudos.
Thrain podía deducir, por la expresión horrorizada de Cindy, que Clark ya se había desnudado suficiente como persona.
—¿Alguien más quiere decir algo? —ella seguía luciendo una sonrisa intacta, pero sus ojos aclamaban que todo el mundo se callara de una vez para poder dejar de sentir ese dolor de cabeza martilleante.
—Yo, yo misma —una veinteañera delgadita que agitaba la mano se levantó de un salto—. La noche de ayer fue luna llena y ya sabéis todos que a los vampiros les encanta cazar en luna llena. Bueno, pues yo me convertí en murciélago y me pasé toda la noche cazando —arrugó la nariz—. He tenido que recorrer volando bastantes kilómetros para encontrar alguna vaca porque no me alimento de humanos. —Adquirió una expresión tosca—. Los vampiros no se tendrían que alimentar de humanos.Yo pertenezco a la Asociación de Vampiros contra el Consumo de Carne Humana y queremos llevar al campo legislativo…
Thrain estaba a punto de arder en ira. «¿Sangre de vaca?». No podía seguir escuchando ni un segundo más todas esas tonterías. Se olvidó de la importancia de pasar desapercibido.
—Eso es una idiotez. ¿Cómo va a convertirse un vampiro en murciélago? Si me permites, la metamorfosis es algo muy serio, así que, si vas a enredarlo todo, al menos hazlo con cierto rigor. Si quieres volar, conviértete en pájaro depredador y, si no, entérate de que son todos carnívoros.Y respecto a lo de la sangre de vaca…
¡Por las barbas de Odin! ¿Qué estaba diciendo?
Cindy le clavó una mirada de estupefacción y pudo sentir la tensión de algunos de los huéspedes. Su juventud como vikingo y posteriormente como soldado de las Tierras Altas de Escocia le había enseñado que el que más habla, más peligro tiene de morir.¿Por qué no lo tenía presente? La vida en la era moderna le estaba reblandeciendo el cerebro. Es igual. No soportaba callarse las cosas, si bien durante todos los siglos había visto a muchos inmortales aniquilados por no saber callar.
Algunos humanos se levantaron y empezaron a intercambiar opiniones, pero Thrain les ignoró deliberadamente. No quería volver a escuchar ningún prejuicio que le hiciera saltar en honor a la verdad. Se percató de que los no-humanos permanecían sentados y serenos sin decir nada.Astutos. Si hubiera seguido la misma estrategia, ahora Cindy no lo estaría mirando así. Su mirada contenía una mezcla de curiosidad e incredulidad. Eso le desconcertaba.
Ella tenía más de setecientos años y todavía seguía descartando la posibilidad de que cualquiera de sus huéspedes pudiese pertenecer a la dimensión de lo no-humano. Cindy pensó que todo eso era muy extraño. ¿Qué le estaba ocurriendo? El hombre sentado al lado de Thrain se le acercó.
—Eh, tío, lo que necesitas es descargar un poco la tensión. Me voy a cazar (pero no una vaca), ¿quieres venir?
Thrain tomó aire lentamente.
—Gracias, pero esta noche no me va bien.
El vampiro no era de su clan, pero tampoco habría pasado nada por irse con él en lugar de merodear cerca de Cindy para arrancarle algunas palabras a esta incrédula.
—Ayer me alimenté; no necesito cazar durante algunas semanas.
El vampiro levantó una ceja.
—Eres muy adulto, ¿no? Me lo había imaginado.
Le sonrió y se levantó.
—Bueno, en cualquier caso, yo soy Stan. Estaré hasta finales de semana. Los otros dos de nuestra especie siempre cazan juntos. Ya sabes, la juventud, el amor y todas esas historias. No tienen más de cien años —miró a los cazadores nocturnos e hizo una mueca desagradable—.Yo no los considero de mi especie.
Thrain observó a Stan mientras se marchaba y miró a Prada, que seguía sentada cerca de él.
—Tu gato qué es cuando no se comporta como un gato y por qué estáis aquí.
—Mmmm me encantan los hombres tan directos. Es un rasgo de macho alfa tan sensual —le dedicó una sonrisa provocadora—. Estamos aquí por la misma razón que los no-humanos. Este es un santuario en el que podemos relajarnos y ser nosotros mismos sin miedo a ser descubiertos. Aquí nos sentimos hasta normales—bajó la mirada hacia Troyano, que en ese momento estaba cabreado para variar—.Y, si a Troyano le apetece, algún día te dirá qué es.
Ella no iba a revelar nada más, así que Thrain se despidió con la cabeza y fue en busca de Cindy. Se la encontró enviando a la panda de falsos hombres lobo a aullar a la luna. Justo detrás iba la vampiresa farsante con sus dos amigas igualmente farsantes.Todas lo ignoraron. Fantástico. Finalmente, Cindy cerró la puerta después de que saliera elúltimo individuo deseoso de aventuras nocturnas.Thrain escuchó cómo respiraba aliviada y dejaba caer los hombros.
—Menos mal que estamos lejos del pueblo, porque los de fuera están totalmente chalados.
Le encantaba estar cerca de ella y rozarle el hombro con el brazo sólo por el puro placer de verla ruborizada. Se alejó un poco de él. Cindy se volvió para examinarlo.
—No lo entiendo. Antes estabas defendiendo con tanta pasión tu discurso sobre los mitos y ahora dices que están todos locos.
Ella seguía con la arruga entre los ojos. Por un momento se sintió culpable de estarle causando más dolor de cabeza.Y su culpa crecía cuando se acordaba de lo mucho que ella renegaba de su identidad.
—Mira, los que están fuera sólo son chavales que juegan a ser mayores, pero aquí hay muchos seres con poderes reales. ¡Ah! Y ten cuidado con los que estaban sentados en la esquina. Son peligrosos. —Cuanto más se alejaba de él, más cercano se sentía de ella—. No notas el poder de los seres que están aquí, ¿Cindy? ¿O no lo quieres notar?
Lo miraba con todo el recelo que podían evocar sus grandes ojos azules.Thrain intentaba canalizar la excesiva tensión masculina de su cuerpo al verse atrapado por su penetrante mirada. Quería retener para siempre el recuerdo de esa nuca aterciopelada rebosante de vida y estaba convencido de que lamer la cálida piel de su cuello le haría sentir un placer extremo. Después de tantos siglos de vida, ella tenía que saber a vino dulce y reposado.
Por suerte, el juicio de Thrain aplacó sus impulsos. La estaba poniendo nerviosa y él sabía que, si la acechaba y se abalanzaba sobre su cuello, deslizando su lengua por toda su extensión, la frontera del dolor guardaría para siempre un recuerdo en ciertoórgano particularmente abultado.Durante todos estos siglos siempre había pensado que su encuentro sería la parte más desagradable de su vida. Después de conocerla, este pensamiento se empezaba a disipar.
Ella levantó la barbilla y le dedicó una mirada de furia perfectamente ensayada, aunque habría sido más efectiva si hubiese inflado el pecho.
—No sé qué eres,Thrain Davis. Pero, desde luego, no eres el observador imparcial que decías —su mirada desafiante le retaba a una réplica—. No sé qué eres.
Aaay, pero yo si sé quién eres tú, Elina Mackenzie.