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Septiembre es un mes precioso en Manhattan y ese año no fue una excepción. La temperatura, 24 ºC, era perfecta, la humedad baja y en el cielo no había una sola nube. Al volver a la ciudad tras un verano agitado, el clima siempre nos recuerda que están a punto de ocurrir cosas extraordinarias y que a la vuelta de la esquina nos aguarda algo maravilloso. La atmósfera rezuma animación y, en un solo día, la ciudad pasa del letargo al frenesí. Como es de rigor, el tráfico avanza lentamente por Park Avenue y por la Sexta Avenida, el aire bulle de conversaciones de móviles y los restaurantes están a rebosar. En el resto del país, el Día del Trabajo1 marca el final del verano y el inicio del año académico, pero en Nueva York el año empieza de verdad unos días más tarde, coincidiendo con esa respetada tradición que se conoce como Semana de la Moda.
En la Sexta Avenida, detrás de la Biblioteca Pública, Bryant Park se había transformado en un país de ensueño lleno de carpas blancas donde se iban a celebrar decenas de desfiles. Unos escalones cubiertos por una alfombra negra conducían hasta las puertas de cristal y, durante toda la semana, los flanquearían estudiantes y admiradores que esperaban vislumbrar a sus diseñadores o famosos favoritos; por fotógrafos japoneses (que, según opinaba todo el mundo, eran los más educados), por paparazzi; por personal de seguridad provistos de auriculares con micrófono y walkie-talkies; por chicas de relaciones públicas (siempre vestidas de negro, siempre luciendo expresiones de preocupación) y por toda clase de adineradas espectadoras que pedían a gritos por el móvil que les trajeran su coche.
Frente a la acera se acumulaban las limusinas negras, aparcadas hasta en tercera fila, como en un importantísimo funeral de Estado. Dentro de las carpas, sin embargo, todo era glamur y entusiasmo. Siempre había cinco o seis grandes desfiles de asistencia obligada para conservar la jerarquía social (o, sencillamente, para recordar a todo el mundo que aún se existía) y el primero era el desfile de Victory Ford, que se celebraba a las siete de la tarde del primer jueves de la Semana de la Moda.
A las seis y cuarenta y cinco minutos, el interior de las carpas era un caos controlado: seis equipos de televisión, un centenar de fotógrafos y una marea de adictos a la moda y a la prensa del corazón, compradores y celebridades menores, todos ellos esperando el desfile con el mismo entusiasmo con que se acude a una première. Una habitual de la prensa del corazón que sostenía en brazos un perro salchicha enano recibió el golpe de una cámara de vídeo en el cogote; otra famosilla fue prácticamente atropellada por una relaciones públicas, que le pisoteó los Jimmy Choo de tacón al ir hacia un famoso de más nivel. Quienes esperaban ver aunque fuera de lejos a sus estrellas de cine favoritas se quedaron con las ganas, porque las estrellas de cine (y los políticos importantes, como el alcalde) nunca entraban por la puerta principal. Los de seguridad los escoltaban hasta una entrada lateral secreta que conducía a los bastidores.
Y en ese mundillo, en el que la vida se divide en una serie de círculos de exclusividad cada vez más reducidos (que, según cómo se mire, podrían ser los círculos del infierno de Dante) lo que se estilaba era pasearse entre bambalinas antes de que empezara el desfile.
En el rincón más alejado de esa zona, tras un perchero lleno de vestidos, estaba Victory Ford, que fumaba un cigarrillo a escondidas. Victory había dejado de fumar hacía años, pero el cigarrillo era una excusa para tener un momento de tranquilidad. Durante tres minutos, todo el mundo la dejaba sola, lo cual le proporcionaba unos segundos de concentración y preparación para la próxima hora, cuando tendría que encargarse de los últimos detalles, cotillear con sus clientas famosas y conceder entrevistas a la prensa escrita y a la televisión.
Frunció el entrecejo y le dio una calada a su cigarrillo, para disfrutar de aquel momento de paz. Durante las cuatro semanas anteriores al desfile, había trabajado una media de dieciocho horas al día y, sin embargo, aquella hora crucial que se avecinaba, una simple hora para la que llevaba meses trabajando, transcurriría tan rápido que le parecería un segundo. Arrojó la colilla en una copa medio vacía de champán.
Consultó su reloj —un elegante Baume & Mercier de acero inoxidable, con esfera adornada de diminutos diamantes— y cogió aire: eran las seis y cincuenta minutos. A las ocho de la tarde, cuando la última modelo hubiese finalizado su recorrido por la pasarela y Victory hubiera salido a saludar, conocería su destino de la próxima temporada: o subiría a lo más alto, o se quedaría a la mitad y conseguiría sobrevivir, o bien caería a lo más bajo y tendría que volver a escalar posiciones. Sabía que con este desfile se estaba arriesgando, y que no le hacía ninguna falta. Cualquier otro diseñador se habría mantenido en la línea que tantos éxitos le había proporcionado durante los tres últimos años, pero Victory no. Era demasiado fácil. Como propietaria de una pequeña firma, no tenía ni patrocinadores ni inversores a los que rendir cuentas. Esa noche esperaba mostrar a la industria de la moda un lado desconocido de su talento, una nueva manera de vestir a las mujeres. Su actitud, pensó irónicamente, era la de una heroína, o la de una estúpida.
Salió de detrás del perchero de ropa y de inmediato se le acercaron tres de sus colaboradoras, tres jóvenes brillantes, de veintipocos, que trabajaban casi tan incansablemente como ella. Llevaban prendas de la nueva colección, carpetas con sujetapapeles y auriculares con micrófonos, pero las tres parecían aterrorizadas.
Victory sonrió con serenidad.
—Lila —dijo dirigiéndose a una de las chicas—, ¿están en su sitio los baterías?
—Sí. Y Cindy Beecheck, la columnista de chismes, está que trina. Dice que tiene problemas de oído y quiere que la cambiemos de sitio.
Victory asintió. Cindy Beecheck era más vieja que Matusalén y parecía una de las brujas malas de un cuento de los hermanos Grimm: a nadie le caía bien, pero no invitarla suponía tener mala prensa durante el resto del año.
—Dale el asiento de Mauve Binchely. Mauve tiene tantas ganas de que la vean que le dará igual sentarse en un sitio u otro. Pero hazlo ya, antes de que la gente se dé cuenta.
Lila asintió y se marchó a toda prisa, mientras las otras dos mujeres se disputaban la atención de Victory.
—Quieren hacerte una entrevista para «Extra»…
—Ha venido Keith Richards, pero no tenemos asiento…
—Y se han perdido cuatro pares de zapatos…
Victory resolvió rápidamente los problemas.
—Le doy dos minutos a «Extra», acompañad a Keith a los bastidores y que se quede allí hasta el último momento. Los zapatos están en una caja, debajo de la mesa de maquillaje —dijo. Puso buena cara, se acercó al equipo de televisión de «Extra», que estaba en medio de un tumulto de personas que querían saludarla. Victory avanzó entre la multitud con elegancia y pericia, y sintió como si flotara por encima de su propio cuerpo. Se detuvo para besar una mejilla por aquí, para iniciar una conversación de unos segundos por allí y para estrechar la mano de una niña de diez años, seria y atemorizada, que según dijo su madre era una gran admiradora de Victory.
«Espero que lo siga siendo después del desfile», pensó sarcásticamente Victory, permitiéndose un breve instante de inseguridad.
Un segundo más tarde, sin embargo, el equipo de «Extra» ya se le había echado encima. Una joven pelirroja de encrespada melena le plantó un micrófono delante de la cara. Victory observó la expresión de la chica y se preparó: después de seis años concediendo entrevistas, había aprendido a descubrir de inmediato si el entrevistador era amigo o enemigo y, aunque la mayoría de los periodistas del corazón eran tan amables y encantadores como el famoso más de moda, de vez en cuando salía alguna que otra manzana podrida. Al ver la sonrisa forzada y despectiva de la joven, a Victory no le cupo duda de que se trataba de uno de esos casos en los que había un interés personal de por medio. A veces, el motivo era muy sencillo, por ejemplo que a una la hubiera dejado el novio, pero otras la cosa iba mucho más allá: en muchos casos, se trataba de la vaga sensación de estar cabreada con el mundo porque, a diferencia de lo que le habían hecho creer a una, no era fácil salir adelante en Nueva York.
—Victory —dijo la joven, muy segura de sí misma—, no te importa que te llame Victory, ¿verdad? —añadió. Su acento, estudiadamente refinado, le dio a entender a Victory que, casi con toda seguridad, la joven se creía por encima de la moda—. Tienes cuarenta y dos años…
—Cuarenta y tres —la corrigió Victory—. Todavía celebro mi cumpleaños.
No se había equivocado: empezar una entrevista con la edad era un acto claramente hostil.
—Y no estás casada ni tienes hijos. ¿De verdad vale la pena renunciar al matrimonio y a los hijos por tu carrera?
Victory se echó a reír. ¿Por qué se consideraba siempre que una mujer, por muy alto que hubiese llegado en la vida, era una fracasada si no estaba casada y no tenía hijos? La pregunta de la joven era del todo inapropiada, dadas las circunstancias, y también de lo más irrespetuosa, porque… ¿qué podía saber esa pipiola de las vueltas que da la vida, de lo mucho que ella había trabajado y de todos los sacrificios que había hecho para llegar a ser lo que era, es decir, una diseñadora de moda internacionalmente reconocida y con empresa propia, logro que sin duda era mucho más de lo que aquella maleducada jovencita conseguiría en toda su vida? Pero Victory era demasiado lista para perder los nervios. Si dejaba que eso ocurriera, saldría en la tele y en unas cuantas columnas de cotilleos.
—Cada mañana, cuando me despierto —empezó a decir Victory, contando la misma historia que había contado a sus entrevistadores miles de veces, pero que al parecer nadie había pillado aún— echo un vistazo a mi alrededor y escucho. Estoy sola y lo que oigo es… silencio. —La muchacha le dirigió una mirada de comprensión—. Un momento —dijo Victory, levantando un dedo—, oigo… silencio. Y muy despacio, pero sin vacilar, mi cuerpo se llena de felicidad. De dicha. Y le doy gracias a Dios porque he conseguido permanecer libre, libre para disfrutar de mi vida y de mi carrera.
La chica soltó una risa nerviosa y se toqueteó el pelo.
—En parte, ser mujer consiste en contar mentiras, ¿no crees? —prosiguió Victory—. En convencerte a ti misma de que quieres las cosas que la sociedad dice que debes querer. Las mujeres creen que la supervivencia se basa en el conformismo, pero para algunas de nosotras, el conformismo significa la muerte. La muerte del alma. El alma —dijo— es algo muy valioso y, cuando se vive en una mentira, dañas tu alma.
La joven contempló sorprendida a Victory y, después, frunció el entrecejo mientras asentía. De repente se vieron interrumpidas por una de las ayudantes de Victory, que hablaba por su micrófono presa del nerviosismo.
—Jenny Cadine ya está aquí. Llegará más o menos dentro de tres minutos…
* * *
Wendy Healy se colocó bien las gafas, descendió del Cadillac Escalade y contempló la marea de paparazzi que rodeaba el todoterreno. Por muchas veces que se hubiera hallado en esa situación, no dejaba de sorprenderla que los fotógrafos consiguieran dar siempre con las actrices. Supuso que olían a las estrellas, como sabuesos. A pesar de que llevaba años en la industria del cine, seguía sin entender cómo sobrellevaban los actores la fama, y sabía que ella jamás podría (o, mejor dicho, jamás querría) soportarlo. Claro que, en el puesto que ocupaba, no le hacía falta. Era la directora ejecutiva de Parador Pictures y, por tanto, una de las mujeres más importantes de la industria del cine; pero para los fotógrafos podría haber sido perfectamente una secretaria personal.
Wendy se volvió de nuevo hacia el todoterreno y, sin ser consciente de lo que hacía, se colocó bien su chaqueta negra de Armani. Vestía siempre prendas negras de Armani y, de repente, recordó que hacía dos años que no se compraba ropa. Era imperdonable, teniendo en cuenta que una de sus mejores amigas era la diseñadora Victory Ford.
Tendría que haberse arreglado más para el gran acontecimiento, pero llegaba directamente del despacho: con un trabajo, tres niños y un marido que a veces también parecía un niño, a algo tenía que renunciar y le había tocado a la moda. Y al gimnasio. Y a la alimentación sana.
Pero qué leches… las mujeres no pueden con todo y lo más importante era que estaba allí y que, como le había prometido a Victory ya hacía meses, había traído a Jenny Cadine.
La horda de fotógrafos se acercó aún más al todoterreno, mientras varios miembros del personal de seguridad se adelantaban para intentar contener a una multitud impaciente que se volvía más numerosa por momentos. La publicista privada de Jenny, una joven de aspecto hosco a la que todo el mundo conocía por un único nombre —Domino— descendió del todoterreno. Domino sólo tenía veintiséis años, pero lucía esa cara de «no juegues conmigo» que por lo general asociamos a los tíos cachas, además de poseer una voz áspera que daba a entender que cada mañana desayunaba metralla.
—¡Os han dicho que os apartéis! —ladró, contemplando a la multitud.
Y entonces apareció Jenny Cadine. Wendy pensó que aún era mucho más guapa en persona que en las fotos, si es que eso era posible.
Las fotos siempre ponían de manifiesto la ligera asimetría de sus facciones, además de su nariz un poco abultada en la punta. Pero en persona, esos defectos desaparecían gracias a una cualidad intangible que impedía dejar de mirarla. Era como si poseyera una fuente de energía que la iluminaba por dentro; desde luego, también ayudaba el hecho de que midiera metro ochenta y de que tuviera el pelo del tono de las fresas casi maduras, entre rojizo y dorado.
Jenny sonrió a los fotógrafos, mientras Wendy permanecía un instante a su lado, mirándola. Quienes no pertenecían a la industria del cine siempre se preguntaban cómo sería conocer a Jenny y daban por sentado que la envidia les impediría tener una amistad con la actriz.
Wendy, sin embargo, la conocía desde hacía casi quince años, cuando ambas empezaban en este mundillo. Y, a pesar de la fama y el dinero que tenía la actriz, Wendy jamás le habría cambiado el puesto.
Aquella mujer poseía una cualidad inhumana: nunca se mostraba exagerada, ni arrogante, ni brusca, ni egoísta, pero a veces parecía que no tuviera alma. Jenny era una de las estrellas de Wendy… y Wendy sabía que eso era lo más cerca que la actriz podía estar de alguien, pero no eran amigas. Por lo menos, no era una amiga como Victory o Nico O’Neilly, de quienes podía decirse que en su propio campo eran tan famosas como Jenny.
Los guardas de seguridad consiguieron abrir un pequeño hueco frente a ellas, para que pudieran recorrer la corta distancia hasta la entrada que había en un lateral de la carpa. Jenny llevaba un traje de chaqueta y pantalón en tono marrón: los pantalones eran ligeramente acampanados y la chaqueta fosforescente. Wendy decidió que era uno de los atuendos más espectaculares que había visto jamás. Pertenecía a la nueva colección de Victory: Wendy sabía que Victory lo había diseñado especialmente para Jenny y que Jenny había ido varias veces al estudio de Victory para las pruebas. Pero la diseñadora había estado tan atareada en las tres últimas semanas que Wendy no había podido comentar ese tema con ella, ni tampoco saber qué pensaba de Jenny. Aun así, no le costaba imaginar lo que habría dicho Vic.
Habría hecho una mueca y habría comentado: «¿Sabes, Wen?, Jenny es una chica estupenda, pero no se puede decir que sea exactamente “una buena persona”. Seguramente, es más calculadora que nosotras… quizá hasta más calculadora que Nico». Y después se habrían echado a reír, porque las dos pensaban que Nico era probablemente la mujer más calculadora de toda la ciudad. Era una auténtica maestra y lo mejor de todo es que la gente nunca se daba cuenta de lo que estaba maquinando: un buen día, comprendían que estaban acabados y listos.
Por supuesto, invitar a Jenny Cadine al desfile de Victory había sido idea de Nico. Era tan obvio, que Wendy se sintió un poco avergonzada de que no se le hubiera ocurrido a ella.
—Es lo natural —dijo Nico, con aquel tono dulce y sereno, tan habitual en ella, que hacía que todo lo que salía de su boca pareciera lógico—. Jenny Cadine es la estrella de cine más importante y Victory es la diseñadora más importante. Además, Jenny casi siempre lleva ropa de diseñadores masculinos. Tengo la sensación de que bajo todo ese glamur se esconde una feminista, sobre todo después de su ruptura con Kyle Unger —añadió, mencionando al actor de películas de acción y aventuras que había roto con Jenny en el transcurso de un programa de noche—. Yo apelaría a su lado femenino, aunque dudo que te haga falta. Puede que no tenga mucho gusto con los hombres, pero desde luego sí lo tiene con la ropa.
Por supuesto, Nico tenía razón y Jenny se había entusiasmado de inmediato con la idea de que la vistiera Victory Ford y de asistir al desfile, donde su presencia le aseguraría a la diseñadora aún más publicidad. Y en ese momento, mientras observaba a Jenny sortear con elegancia el acoso de los fotógrafos (tenía un talento innato para advertir la presencia de los reporteros gráficos y, al mismo tiempo, aparentar la máxima naturalidad, como si no la estuvieran fotografiando), Wendy deseó que la asistencia de Jenny fuera una señal de que el desfile de Victory iba a ser todo un éxito. Aunque no estaba dispuesta a admitirlo ante nadie, Wendy era bastante supersticiosa y, en honor a Victory, se había puesto sus bragas de la suerte: unas bragas blancas de Fruit of the Loom, dadas de sí y bastante gastaditas ya, las mismas que llevaba el día en que por primera vez una de sus películas recibió una nominación a los Oscar, ya hacía cinco años.
Jenny entró en la carpa con Wendy pegada a sus talones. La directora ejecutiva de Parador Pictures ocultó la mano a un lado, cruzó los dedos y deseó que el desfile de Victory fuera apoteósico. Nadie se lo merecía más que ella.
* * *
Unos minutos más tarde, exactamente a las siete y quince, una flamante limusina negra con los cristales tintados se detuvo frente a la entrada de las carpas, en la Sexta Avenida. El conductor, vestido con un traje de raya diplomática y el pelo peinado hacia atrás, rodeó el coche y abrió la puerta del pasajero.
Nico O’Neilly descendió del vehículo. Al ver sus pantalones gris plateado, su blusa con cuello de volantes y su chaqueta de visón de un tono entre rojizo y dorado, casi idéntico al de su melena, nadie podía dudar que Nico O’Neilly era alguien importante. Ya desde muy joven, Nico había sido una de esas personas que irradian distinción y que hacen que los demás se pregunten de quién se trata. A simple vista, y debido a su espectacular melena y a su ropa sofisticada, se la podía tomar por una estrella de cine. Al observarla más de cerca, sin embargo, uno podía darse cuenta de que, técnicamente hablando, Nico no era guapa, pero había sacado el mejor partido de lo que tenía. Y dado que, en cierta manera, la seguridad en sí misma y el éxito también hacen hermosa a una mujer, la opinión general era que Nico O’Neilly era muy atractiva.
Y también era muy meticulosa. Sabía que el desfile de Victory Ford no empezaría hasta las siete y media, así que había calculado su aparición de forma que ni llegara tarde, ni tuviera que pasar demasiado tiempo esperando. Como redactora jefe de la revista Bonfire (y, según Time, una de las mujeres más importantes del mundo editorial), Nico O’Neilly siempre disponía de un asiento de primera fila en todos los desfiles a los que decidiese asistir. Sin embargo, ocupar uno de esos asientos a pocos centímetros de la pasarela la hacía sentir a una como de una presa fácil: los fotógrafos y los equipos de televisión deambulaban por la pasarela como si fueran cerdos en busca de trufas, aparte de que cualquiera podía acercársele para invitarla a una fiesta, organizar una reunión de negocios o, simplemente, cotillear.
Nico detestaba esas situaciones, porque, a diferencia de Victory, capaz de conseguir en dos minutos que el vigilante de un garaje le hablara de sus hijos, no sabía charlar de banalidades. El resultado era que la gente a menudo la consideraba una esnob o una arpía y, dado que no poseía el don de cotorrear, Nico era incapaz de explicar que no era ni una cosa ni la otra. Cuando se encontraba frente al rostro ansioso de un desconocido (o, incluso de un conocido), Nico se quedaba paralizada, sin saber muy bien qué buscaba el otro, pero convencida de que no sería capaz de dárselo. Pero cuando se trataba de su trabajo, de un público impersonal y sin rostro, Nico era un genio. Sabía muy bien lo que buscaba el público en general… pero el público individual la desconcertaba.
Sin duda, aquél era uno de sus defectos, pero a sus cuarenta y dos años había llegado a la conclusión de que era inútil seguir batallando consigo misma, que resultaba mucho más sencillo aceptar que no era perfecta. Lo mejor que podía hacer era quitarle importancia a las situaciones incómodas y pasar a otra cosa. Así pues, tras consultar su reloj, ver que eran las siete y veinte y pensar que sólo tendría que estar diez minutos en la línea de fuego —después todas las miradas se concentrarían en la pasarela—, empezó a subir los escalones.
De inmediato se le acercaron dos fotógrafos, que salieron de detrás de un jarrón enorme. Desde que había asumido hacía seis años el cargo de redactora jefe de la respetable (y gris) Bonfire, y la había convertido en una moderna y glamurosa biblia del mundo del espectáculo, los medios de comunicación y la política, la habían fotografiado en todos los eventos a los que asistía. Al principio, sin saber muy bien qué hacer, Nico posaba para los fotógrafos, pero pronto se había dado cuenta de que permanecer impasible frente a un aluvión de flashes al tiempo que intentaba aparentar una mínima naturalidad o fingía que le gustaba, jamás sería su fuerte. Además, Nico no quería cometer uno de los errores más comunes en Nueva York: creer que para ser alguien había que salir en las fotos. Lo había visto muchas veces en su mundillo. Alguien salía en una foto, empezaba a creer que era famoso y, antes de que pudiera darse cuenta, estaba más preocupado por la fama que por hacer bien su trabajo. Y entonces empezaba a perder la concentración, lo despedían y, como le había sucedido recientemente a un conocido suyo, tenía que mudarse a Montana.
Y una vez allí, nunca más se supo.
Por tanto, Nico había decidido que aunque no podía evitar a los fotógrafos, tampoco tenía necesidad de posar para ellos. O sea, que ella iba a lo suyo y se comportaba como si no existieran. El resultado era que Nico O’Neilly no salía quieta en ninguna foto: normalmente, los fotógrafos sólo captaban su perfil, sobre todo cuando se dirigía de su limusina a un cine, caminando con brío sobre la alfombra roja. Obviamente, su conducta le había costado una mala relación con los chicos de la prensa y, durante un tiempo, ellos también la habían considerado una arpía. Pero tantos años de perseverancia («La perseverancia —decía siempre Nico— es la clave del éxito») habían merecido la pena, porque ahora todo el mundo veía en la negativa de Nico a posar una especie de excentricidad, un rasgo definitorio de su personalidad.
Se alejó con paso rápido de los dos fotógrafos y cruzó las puertas de cristal, donde había más paparazzi tras un cordón de terciopelo.
—¡Allí está Nico! —exclamó alguien—. ¡Nico! ¡Nico O’Neilly!
Resultaba bastante ridículo, pensó Nico, pero no era del todo desagradable. De hecho, era reconfortante que se alegraran tanto de verla. Por supuesto, los conocía a todos desde hacía años y Bonfire les había comprado fotos a la mayoría. Les dedicó una sonrisa divertida al pasar a su lado, al tiempo que los saludaba discretamente con la mano.
—Hola, chicos.
—Nico, ¿de quién es la ropa que llevas? —le preguntó una mujer campechana, con el pelo corto y rubio, que probablemente llevaba más de veinte años fotografiando a los famosos.
—Victory Ford —respondió Nico.
—¡Lo sabía! —dijo la mujer, satisfecha—. Siempre lleva ropa de Ford.
Casi todo el público estaba ya en el Pabellón, la enorme carpa donde iba a tener lugar el desfile de Victory Ford, así que Nico no tuvo problemas para atravesar el cordón de terciopelo. Dentro de la carpa la cosa era muy distinta. Una tribuna de ocho filas de altura se elevaba casi hasta el techo de la carpa y, justo delante de la pasarela, había otras tribunas de asientos protegidas por unas verjas metálicas de poca altura, tras las cuales se apostaban cientos de fotógrafos que se disputaban el mejor sitio. En la pasarela, que aún estaba cubierta de plástico, el ambiente se asemejaba al de un cóctel multitudinario.
Se respiraba un aire festivo, como de vuelta al cole, y los que no se habían visto desde la última gran fiesta en los Hamptons, el Día del Trabajo, se saludaban como si hubieran transcurrido años. El ambiente era contagioso, pero Nico contempló consternada la multitud.
¿Cómo iba a conseguir abrirse paso entre tanta gente?
Durante un segundo, pensó en la posibilidad de marcharse, pero era imposible. Por su trabajo, estaba obligada a asistir por lo menos a seis desfiles de moda todos los años, aparte de que Victory era su mejor amiga. No le quedaba más remedio que enfrentarse a la muchedumbre y rezar para salir indemne.
Una joven apareció de repente a su lado, como si hubiera percibido su angustia.
—Hola, Nico —la saludó alegremente, como si se conocieran de toda la vida—. ¿Te acompaño a tu asiento?
Nico puso su mejor expresión festiva —una sonrisa tensa, forzada— y le entregó a la chica su invitación. La joven empezó a abrirse paso entre la gente. Un fotógrafo levantó la cámara y le hizo una foto a Nico; unas cuantas personas a las que conocía la saludaron con gestos y se las arreglaron para llegar hasta ella y estrecharle la mano o besar el aire junto a su mejilla. El personal de seguridad gritaba en vano a los presentes que ocuparan sus asientos. Después de unos minutos, Nico y su acompañante llegaron al centro de la pasarela, desde donde Nico divisó por fin su silla. Su nombre, Nico O’Neilly, estaba impreso en una tarjeta blanca cuyos bordes estaban adornados por la misma cenefa de fantasía que aparecía en la etiqueta de Victory Ford.
Nico se sentó, agradecida.
De inmediato, un montón de fotógrafos se apiñaron frente a ella y la inmortalizaron. Ella se limitó a mirar al frente, hacia el otro lado de la pasarela, mucho más organizado que el suyo: por lo menos, allí todo el mundo estaba ya sentado. Tanto el asiento de su izquierda como el de su derecha seguían vacíos. Volvió la cabeza y se encontró con la mirada de Lyne Bennett, el magnate de los cosméticos. Al verlo, sonrió para sus adentros: no es que Lyne no tuviera motivos para asistir a un desfile de moda, sobre todo teniendo en cuenta que el mundo de la cosmética, el de los perfumes y el de la moda guardaban una estrecha relación entre sí, pero… Lyne era un empresario tan machista que a Nico le costaba pensar que pudiera estar interesado en la ropa de mujer. Seguramente, había asistido para comerse con los ojos a las modelos, pasatiempo al que pocos hombres de negocios de Nueva York podían resistirse. Lyne le hizo un gesto con la mano y Nico le devolvió el saludo levantando su programa y asintiendo.
Suspiró y consultó con impaciencia su reloj. Eran casi las siete y media, pero aún no habían retirado el plástico protector de la pasarela, que era la señal de que el desfile estaba a punto de empezar. Echó un vistazo a su derecha para ver quién se sentaba a su lado y se alegró al ver que la tarjeta decía «Wendy Healy», su otra mejor amiga.
Aquello sí que estaba bien, porque hacía por lo menos un mes que no veía a Wendy, desde mediados de verano, antes de que ambas familias se fueran de vacaciones. Wendy se había ido a Maine, la nueva Meca de verano para la gente del cine: había sido elegido porque allí no había nada que hacer y se suponía que estaba en plena naturaleza… pero Nico estaba convencida de que, por poca dignidad que tuviesen, los asiduos de Hollywood no se dejarían ver ni muertos en una casa que tuviera menos de seis dormitorios y, por lo menos, una o dos personas de servicio, por mucho que la casa estuviera en los bosques del noreste. Nico había llevado a su familia a esquiar a Queenstown, en Nueva Zelanda: según Seymour, el marido de Nico, era lo máximo que uno podía alejarse de la civilización sin dejarla del todo. Aun así, se habían encontrado con unos cuantos conocidos, lo cual le recordaba que por lejos que viajara, en realidad jamás salía de Nueva York…
Jugueteó impacientemente con su programa y supuso que, en parte, el retraso era culpa de Jenny Cadine, cuyo asiento estaba al otro lado del de Wendy. Al parecer, las estrellas de cine eran un mal necesario de la vida moderna, pensó. Echó un despreocupado vistazo al nombre de la tarjeta de su izquierda y se quedó helada.
«Kirby Atwood», decía.
Desvió rápidamente la mirada y se sintió aturdida, culpable, nerviosa y confusa, todo a la vez. ¿Se trataba de una coincidencia? ¿O era deliberado? ¿Sabía alguien lo suyo con Kirby Atwood? Pero era imposible.
Ella no se lo había contado a nadie y tampoco creía que Kirby lo hubiera hecho. Durante el último mes, ni siquiera había pensado en él, pero al ver su nombre recordó de repente lo ocurrido en los lavabos de la sala de fiestas Bungalow 8.
Había sucedido por lo menos hacía tres meses y, desde entonces, no había visto a Kirby ni hablado con él. Kirby Atwood era un modelo bastante famoso, al que había conocido tras un after-party patrocinado por Bonfire. Estaba sola en la barra cuando Kirby se acercó a ella y le sonrió. Era tan guapo que Nico no le hizo ni caso, pensando que la había confundido con alguien… con alguien que podía ayudarlo en su carrera. Y luego, cuando estaba sentada a la mesa vip, consultando su reloj y pensando a qué hora podría marcharse sin quedar demasiado mal, Kirby se había sentado a su lado. Lo cierto es que era encantador y hasta le había ido a buscar una copa: después de cinco minutos de charla, Nico empezó a preguntarse cómo sería acostarse con él. Daba por sentado que Kirby no tenía ningún interés, pero para una mujer era imposible mantener una conversación con un hombre como Kirby y no sentir deseo. Sabía que se hallaba en terreno peligroso y, puesto que no quería hacer el ridículo, se puso en pie para ir al lavabo. Y Kirby la siguió. Hasta los lavabos e incluso dentro del retrete.
Resultaba patético, pero los pocos minutos que pasó en los lavabos con Kirby fueron uno de los mejores momentos de su vida. Se pasó semanas recordando lo ocurrido: la forma en que a Kirby le caía sobre la frente el pelo moreno, el color exacto de sus labios carnosos (rojo cereza claro, con una línea más oscura allí donde los labios se unían con la piel, como si llevara perfilador) y la sensación de esos labios en su boca, suaves, tiernos y húmedos (lo único que hacía Seymour, su esposo, era fruncir los labios y darle piquitos). Tuvo la sensación de que los labios de Kirby le cubrían toda la cara —hasta se le doblaron las piernas, literalmente— y apenas creyó que aún pudiera sentirse así.
¡A los cuarenta y dos años! Como una adolescente…
Por suerte, no ocurrió nada más. Kirby le había dado su número de teléfono, pero Nico no lo había llamado, porque tener una aventura con un modelo de ropa interior se le antojaba ridículo. Por supuesto, la mitad de los ejecutivos casados de Splatch-Verner tenían aventuras y la mayoría de ellos ni siquiera se molestaban en disimular.
Y Nico tampoco disimulaba que ese comportamiento le parecía asqueroso.
Pero… ¿qué iba a hacer en ese momento, en público, delante de medio Nueva York? ¿Debía comportarse como si no lo conociera? Pero… ¿y si él sacaba el tema? O, peor aún, ¿y si no se acordaba?
Victory, que seguía soltera, sabría cómo manejar el tema, porque seguramente se encontraba muy a menudo en situaciones como ésa, pero Nico llevaba catorce años casada con el mismo hombre, y cuando una pasa tanto tiempo con el mismo, pierde toda capacidad de enfrentarse a las situaciones románticas con otros hombres.
«No es una situación romántica», se recordó a sí misma, con severidad.
Saludaría a Kirby como a un conocido más (que es lo que era), vería el desfile y luego se iría a casa. Todo muy normal e inocente.
Pero entonces apareció Kirby, justo frente a ella.
—¡Hola! —exclamó en voz alta, muy contento, como si encontrarla allí fuera una grata sorpresa para él. Nico levantó la cabeza, con la intención de dirigirle una mirada fría y desinteresada, pero se le desbocó el corazón en cuanto lo vio, y no le cupo ninguna duda de que le había sonreído como una adolescente tonta—. ¿Qué haces aquí? —preguntó él, mientras se sentaba a su lado.
Los asientos estaban muy juntos, así que era imposible sentarse junto a él sin que sus brazos se rozaran. Se sintió nerviosa y aturdida.
—Victory Ford es una de mis mejores amigas.
Kirby asintió.
—Ojalá lo hubiera sabido. No me puedo creer que esté sentado a tu lado. Te he buscado por todas partes.
El comentario le resultó tan sorprendente que Nico no supo qué decir. Y mientras echaba un vistazo a su alrededor para ver si alguien los estaba observando, decidió que lo mejor sería no decir nada, dadas las circunstancias.
—¿De verdad? —le dijo. Lo miró a la cara con disimulo y, de inmediato, recordó el beso. Cruzó las piernas y empezó a sentirse excitada.
—No me has llamado —comentó él, sin más. El tono de su voz hizo pensar a Nico que estaba dolido de verdad.
—Bueno, Kirby…
—Y yo no podía llamarte.
Volvió la cabeza, con la esperanza de aparentar que mantenían una conversación informal.
—¿Por qué no? —le preguntó.
Él se acercó un poco y le rozó la pierna.
—No te lo pierdas —dijo Kirby—. Es una estupidez… Sabía quién eras… o sea, sabía que eras famosa y eso… pero no me acordaba de dónde trabajabas.
Nico lo miró de nuevo con disimulo y se dio cuenta de que su expresión era sincera: era una expresión entre avergonzada y divertida, como si no le quedara más remedio que reírse de su propia estupidez y esperar que ella también se riera. Nico sonrió. En cualquier otra persona, aquello le habría parecido insultante, pero en Kirby se le antojaba encantador.
De repente, se sintió un tanto esperanzada. Si era cierto que Kirby no sabía quién era, tal vez estuviera de verdad interesado por ella.
—En la revista Bonfire —susurró ella, torciendo los labios.
—Eso. Ya lo sabía —dijo Kirby—, pero no me acordaba. Y no quería preguntárselo a nadie para que no pensaran que soy tonto.
Nico se dio cuenta de que estaba asintiendo con un gesto comprensivo, como si estuviera acostumbrada a verse en situaciones similares y entendiera a la perfección cómo se sentía el joven.
Un fotógrafo se plantó frente a la pareja y les sacó una foto. Nico volvió la cabeza a toda prisa. Era lo último que le faltaba, una foto con Kirby Atwood. Tenía que dejar de coquetear con él, se dijo con severidad. Pero Kirby no era precisamente un joven al que se le diera bien disimular sus sentimientos. De nuevo, le rozó casualmente la pierna, para llamar su atención.
—Pensaba que acabaríamos por encontrarnos —prosiguió con su historia— y que entonces podríamos… Bueno, ya sabes —dijo, encogiendo los hombros en un gesto sensual—. Bueno, es que te conocí y me gustaste, ¿sabes? Y tampoco hay tanta gente que me guste, o sea… conozco a un montón de gente, pero tampoco es que me gusten mucho.
Miró a Lyne Bennett, que los estaba observando con curiosidad y probablemente se preguntaba de qué podía hablar Nico con un modelo. Tenía que ponerle fin a aquello.
—Sé exactamente lo que quieres decir —susurró, manteniendo la vista al frente.
—Y ahora estoy aquí, sentado a tu lado en un desfile de moda —exclamó Kirby—. Hay una palabra… ¿Cómo lo llaman? ¿Kilim?
—Kismet —dijo Nico. Se movió, incómoda en su asiento, pues aquella palabra le había hecho ver lo inevitable: «Me voy a acostar con Kirby Atwood», pensó, desconcertada. No sabía cuándo sucedería, ni dónde, lo único que sabía era que iba a pasar. Lo haría una vez, y luego no se lo contaría a nadie ni lo repetiría jamás.
—Eso, kismet —repitió Kirby, sonriendo. Nico se movió una vez más en su asiento, incómoda. En realidad, se estaba empezando a poner cachonda… cosa que no le ocurría con su esposo desde hacía años. ¿Alguna vez se había sentido atraída por Seymour? Bueno, en algún momento sí, porque habían tenido una vida sexual muy activa, por lo menos al principio—. Eso es algo que me gusta de ti —dijo Kirby—, que eres inteligente. Sabes muchas palabras. Hoy en día, la mayoría de la gente no sabe muchas palabras, ¿te has dado cuenta?
Nico asintió, muy colorada. Deseó que nadie le estuviera prestando atención. Por suerte, en la carpa hacía calor, así que su sofoco no parecería tan raro. Sintió deseos de abanicarse con el programa, como estaban haciendo otras muchas personas —para dejar bien clara su indignación por el retraso—, pero le pareció que no era muy distinguido.
Como si percibiera su inquietud, uno de los baterías empezó a marcar un compás, que los otros baterías, colocados en la primera fila a ambos lados de la pasarela, siguieron de inmediato. Se encendieron los deslumbrantes focos blancos de la pasarela y, de repente, apareció la primera modelo.
Llevaba una chaqueta corta en tono fucsia, de cuello muy cerrado, combinada con una larga falda verde que terminaba justo por encima del tobillo. Lo primero que pensó Nico fue que esos dos colores juntos tendrían que haber desentonado. Sin embargo, la composición quedaba bien —era sutilmente atrevida—, como si lo más normal fuera que la gente combinara habitualmente esas dos tonalidades.
A partir de ahí, sin embargo, Nico se perdió: siempre se jactaba de su capacidad para compartimentar, para controlar la atención de su mente y centrarla en el asunto —o persona— que tuviera entre manos, pero su famosa capacidad de concentración le estaba fallando por primera vez. Contempló a la modelo mientras ésta desfilaba y trató de recordar los detalles de la ropa para poder comentarlos después con Victory, pero su cerebro se negaba a cooperar. El ritmo de la percusión iba minando su resistencia y en lo único que podía pensar era en Kirby y en la deliciosa sensación de abandono que experimentaba.