portada

MUY CERCA DEL SOL , Robin T Popp

Capítulo 1

Playa de West Coast

LasVegas, Nevada

Planeta Tierra, 2503 D.C.

—No tienes miedo.

Era más una observación que una pregunta, así que Nicoli Alexandres Romanof ni se molestó en contestar.Aunque entendía la inquietud de su amigo, a menos que cambiase de idea, no iba a conseguir tranquilizarle.

Había más gente en la playa disfrutando de una buena noche de pesca, de las estrellas, de la luz de la luna y de la compañía. Había una pareja sentada en la orilla que miraba cómo el romper de las olas seguía los pasos de sus jóvenes hijos por la orilla. Sus carcajadas flotaron hasta Nicoli transportadas por la brisa salada y confundidas con el suave crujir de las olas. Se detuvo un momento para observarles, consciente de no tener recuerdos felices de su propia infancia. Le sobrevino un enorme sentido de culpabilidad y pensó que ojalá pudiera avisarles a todos, dejarles a buen recaudo. Pero no podía. No lo haría. Si la playa estuviera vacía, entonces ellos no vendrían.Y era necesario que ellos aparecieran. Incluso a sabiendas de que algunas personas en la playa morirían horriblemente esa misma noche, se mantuvo firme en su decisión. Intentó consolarse pensando que lo que hacía era más importante que la pérdida de esas vidas inocentes y que a menudo el mal de pocos comporta el consuelo de muchos. Sin encontrar consuelo, intentó volver a concentrarse en sus tareas.

—Esto servirá —dijo con voz aterciopelada, eligiendo un tramo de playa algo apartado de la gente.

El mayor de los dos asintió con la cabeza y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta para sacar un fino disco plateado, de medidas inferiores a la palma de su mano.A continuación, se quitó la cadena que llevaba en torno al cuello, al final de la cual colgaba un tubo de cristal brillante de unos cuatro centímetros de largo. Lo miró fijamente, con ojos dubitativos.

—Sí, esto servirá —confirmó Nicoli, asintiendo con la mirada puesta en el disco.

—Esto no es lo mejor que se te podía haber ocurrido, Alex.

A Nicoli se le escapó una sonrisa al oírle usar su segundo nombre. Sólo Yanur Snellen insistía en llamarle Alex porque, según él, «Coronel Romanof sonaba demasiado militar y Nicoli, demasiado formal». Nicoli se lo toleraba, no porque Yanur fuera el científico más brillante que había conocido en su vida, sino porque además era su amigo. En todo el universo, lleno de gente, sólo tenía un amigo.

—Si los Segadores aparecen esta noche —prosiguió Yanur—, y si funciona este plan tuyo, podrían pasar días, e incluso semanas, hasta que podamos volver a transferir tu esencia vital a tu cuerpo.

—Hizo una pausa para después añadir sigilosamente—:Y ni siquiera estoy seguro de poder lograrlo.

—No voy a cambiar de parecer.

—Todo este plan es una locura. ¿Y si me encuentro con problemas a la hora de buscar tu cuerpo? ¿Y si no lo encuentro?

—Deja que Richardson se ocupe de buscar mi cuerpo. Para eso le he contratado.

—Vale, digamos que encontramos tu cuerpo, pero no somos capaces de restituirte. ¿Estarías preparado para vivir toda tu vida metido aquí? —Alzó el tubo.

Nicoli suspiró.

—Si no puedes restituirme, haz que programen mi cuerpo para el sexo y regálaselo a tu tía, la solterona. No pienses que no me he dado cuenta de la forma en que me mira. Así, la vieja podrá hacer lo que quiera con mi cuerpo y, como yo no estaré, no me importará lo más mínimo.

—No es momento para bromas.

—No lo digo de broma. —Alzó la mirada y vio en los ojos desu amigo una cierta preocupación—.Vale, lo siento. Mira, tengo una fe total en ti,Yanur. Lo harás lo mejor que puedas.

—¿Y qué pasa si eso no basta? Igual consigues acabar realmente con tu vida esta vez.

—No le tengo miedo a la muerte —le aseguró Nicoli.

—Es precisamente eso lo que me preocupa.

—Yanur, hay que detener a los Segadores. No podemos permitir que continúen aniquilando sistemáticamente a nuestra gente

—Nicoli perdió su mirada en el horizonte a medida que su paciencia empezaba a flaquear.

—Si yo estoy de acuerdo. ¿Pero quién te manda asumir la responsabilidad de salvar al universo?

—Yo mismo.

—¿Por qué? ¿Por qué tú?

—Porque tengo experiencia militar. Porque no tengo familia que dejar atrás. —Se volvió hacia Yanur y le miró directamente a los ojos—.Y porque se me ha ocurrido a mí cómo hacerlo. —El tono firme de sus palabras no daba pie a la réplica—. Así que manos a la obra. Cada vez es más de noche.

Nicoli se tumbó en la playa y levantó los brazos para llevarse las manos detrás de la cabeza con los dedos entrelazados. Cruzó las piernas a la altura de los tobillos, de manera que, a todos los efectos, parecía estar descansando en paz. Más allá, en la misma playa, otros «durmientes lunares» yacían en posición similar.

Con resignación,Yanur se arrodilló y le colocó el disco plateado en la frente. Colocó el tubo erguido sobre el disco, después acarició el borde con el dedo para activar un interruptor oculto, pero al final vaciló.

—¿Estás seguro de que no hay otra manera? —preguntó con la voz entrecortada de la emoción.

La respuesta estaba implícita en la expresión inexorable de Nicoli.

—Recuerda que tienes que irte una vez completado el proceso de transfusión. Será peligroso. Regresa con la primera luz del amanecer. Si se han llevado mi cuerpo, corre a la nave. Richardson te estará esperando. Si mi cuerpo sigue aquí, lo volveremos a intentar mañana.

—Pero...

—No discutas conmigo. Haz lo que te digo. —Nicoli vaciló por un momento al sentir de nuevo las carcajadas de los niños. Se repudió en voz baja por ser tan débil, consciente de que a pesar de toda una vida intentándolo, no había conseguido deshacerse de su lado emocional. ¿Cuántos planes se le habían ido al garete por culpa de las emociones? A sus treinta y ocho años, estaba hecho todo un blandengue—. Una cosa más —dijo con delicadeza—. Cuando te vayas, llévate a esa familia contigo.

Yanur asintió y, acto seguido, mientras ambos cerraban los ojos, accionó el interruptor.

Inmediatamente, a Nicoli se le pusieron los ojos en blanco y una tenue luz de color ámbar se desprendió de su cuerpo. La luz se hizo más intensa llegando a formar una aureola alrededor de su silueta postrada en la arena. La parte superior del tubo se abrió automáticamente, emitiendo un suave silbido.Yanur observó, con cierta satisfacción, cómo la luz se comprimía y era absorbida por el tubo.

Cuando toda la luz terminó en el interior del tubo, bajó la tapa hasta que se oyó un leve click, señal de que el tubo estaba correctamente cerrado.Yanur le puso dos dedos en el cuello a Alex y no los retiró hasta que sintió el batir de su pulso firme y fuerte. Había funcionado. Alex seguía vivo o, al menos, su cuerpo lo estaba. Ni siquiera la preocupación de lo que les quedaba por venir podía ensombrecer el momento de fruición ante el éxito de un experimento.

Recogió el tubo, que ahora brillaba resplandeciente con la esencia de la vida de Alex en su interior, y lo enganchó a la cadena antes de colgársela al cuello. Volvió a meterse el disco en el bolsillo y levantó la mirada hacia el cielo de la noche como para comprobar algo. Todo estaba en calma.

Caminó por la playa para hablar con los jóvenes padres, y se quedó de pie a su lado mientras recogían sus pertenencias y llamaban a sus hijos para irse a casa. Cuando ya se habían ido, volvió al lado de su amigo y, haciendo oídos sordos a las instrucciones que le había dado, se sentó para esperar.

En menos de una hora, una parcela aislada del cielo de la noche empezó a resplandecer y, como un holograma que va tomando forma, se materializó en una nave espacial alienígena.Yanur, adormilado, saltó sobre sus pies y miró al cielo, temeroso.Agarró con fuerza el tubo que llevaba colgado en el collar y observó el cuerpo de Alex por última vez. Rezó una oración en silencio y después se dio la vuelta y echó a correr dejando la playa a sus espaldas.

La taberna de Skeeter era el último vestigio de una época anterior.

Situada en el remoto confín del Aeródromo Costero de Las Vegas, ese tugurio del Viejo Mundo ofrecía cobijo a viajeros del mundo dejados de la mano de Dios. Puede que la cerveza estuviera aguada, pero costaba poco. Las comidas no eran de gourmet, pero estaban calientes y las raciones eran satisfactorias. Las habitaciones del piso de arriba eran pequeñas y, para lo que costaban, no tenían ni siquiera las ventajas de los hoteles de la más baja categoría. Pero no tenían insectos (de ningún tipo) y se podían alquilar por muy poco dinero ya fuera por horas, días o meses, sin mostrar el DNI y sin preguntas. En las habitaciones de la parte más húmeda, se jugaba veinticuatro horas al día de lunes a domingo al borde de la legalidad. Las actividades que tenían lugar en las habitaciones traseras eran directamente ilegales. La clientela habitual era ruda y resolvía los entuertos sin posibilitar cualquier tipo de intervención legal. Por eso, la taberna de Skeeter no era un antro nada recomendable para los ciudadanos respetuosos con la ley. Además, era el último lugar donde se te ocurriría buscar a una jovencita de colegio de pago y familia acomodada.

Precisamente por eso Angel Torrence la consideraba su hogar.

Sentada en la cabina de su Falcon XLT, la chica observaba fijamente el brillo de las luces del tugurio al otro lado de la pista. Había sido un escondite seguro para los últimos dos años. Dadas las circunstancias, había logrado ser casi feliz allí. Pero dos años eran un año y medio más de lo deseado. Tenía que mover ficha.

Pero esta vez sería diferente. Acarició con ternura la consola de su nave. Ahora tenía los medios necesarios para ir adonde se le antojara.

Con el dinero que había ganado en su último trabajo, podría efectuar el último pago. Esta nave era la llave de su libertad.

Libertad. Llevaba huyendo desde los quince años. Escapándose de quienes querían controlarla, utilizarla para sus propios fines. Escapando de quienes se negaban a dejarla en paz. En algunas ocasiones había incluso temido por su propia vida. Sin embargo, era más dura de lo que parecía.Y la suerte le había acompañado casi todo el tiempo. Ahora trabajaba como mensajera galáctica independiente.

No tenía el carné de piloto, porque para eso le pedían estar registrada y comprobar su historial. Pero a su clientela ese detalle no le importaba lo más mínimo. El transporte de bienes ilegales no siempre era tarea fácil, pero era rentable.

Ahora mismo tenía un trabajo que terminar y cuanto antes lo hiciera, mejor. Dugan la esperaba para saber cómo habían ido las cosas en Felinea.Y lo que es más importante, querría su dinero.

Angel obtuvo de la torre de control el permiso final para el Falcon, verificó que el campo de tracción magnética estaba en orden y se preparó para desembarcar. Se detuvo en la pequeña cabina de a bordo para retirar sus cosas. Se recogió su larga melena en una trenza que le llegaba por la cintura y se la metió debajo de la camisa. Debería haberse cortado el pelo hacía tiempo, pero era tan alta, tan delgada y tenía unas curvas tan sutiles, casi imperceptibles bajo la ropa, que el pelo largo era su toque más femenino. Llevaba un estilo de vida tan sacrificado que dejarse el pelo largo era su única concesión a la vanidad femenina.

Cogió una gorra del armario, se la puso bien baja en la cabeza, dejando la cara a la sombra. Comprobó que la pistola estaba en su funda a la altura del hombro, asegurándose de que quedaba oculta bajo su chaqueta de vuelo. Al coger la mochila con el dinero de Dugan y colgársela por encima del hombro, sintió un dolor en el costado, que le recordó que llevaba la herida de cuchillo todavía abierta.

Echó un vistazo bajo la chaqueta y vio que la sangre había empapado la venda hasta alcanzarle la camisa. Pero la mancha era pequeña y estaba seca, así que intuyó que la herida había dejado de sangrar y que no necesitaría que le pusieran puntos después de todo.

Abandonó la nave sigilosamente.

El sol empezaba a salir por el este, coloreando el aeródromo de azul grisáceo y amarillo rosáceo. La pista estaba en buenas condiciones, teniendo en cuenta que era sujeto de continuos ataques terroristas. A esa hora, aunque era temprano, había un flujo de actividad constante. Al menos una centena de naves hacían maniobras entre los pivotes de la pista de aterrizaje; los campos de tracción magnética las mantenían fijas sobre el suelo mientras el personal de mantenimiento las sometían a diversos controles anteriores y posteriores al vuelo. Delante de la pista se erguía la torre de control, desde la que se coordinaban todos los despegues y aterrizajes. Desde donde estaba percibía incluso el olor familiar del humo de tirilio. Respiró hondo, mientras contemplaba cómo los pilotos y el resto del personal corrían de un lado a otro para realizar su trabajo. Iba a echar de menos todo esto.

Se volvió hacia su propia nave para echarle de nuevo un vistazo.

Todo parecía estar en orden.Ya sea por costumbre o por curiosidad, se fijó en las naves de alrededor. La mayor parte las conocía de vista.

A mano izquierda, maniobraba la nave abandonada de TJ, una típica nave comercial. A mano derecha, había una nave pequeña de aspecto estupendo que no había visto antes. Una verdadera maravilla. Se trataba de una nave pequeña de alta velocidad para tres o cuatro personas diseñada para trayectos largos. Se preguntó si funcionaba tan bien como parecía a simple vista, aunque decidió ignorar un repentino impulso de averiguarlo por sí misma. Al acercarse, le llamaron la atención las peculiares compuertas a cada lado de la punta. Audazmente empotrados en la coraza exterior había dos lanza proyectiles.

Definitivamente, no era una nave cualquiera. Parecía del gobierno, pero eso no tenía ningún sentido. Las Fuerzas de Seguridad de la Confederación de Planetas Unidos (CPU) tenían su propio aeródromo a poca distancia.

Su nombre se podía leer en un lateral, escrito con letras grandes de color azul: Ícaro. Ese nombre le resultaba familiar. Rastreó su memoria de folclore de la antigüedad en el planeta Tierra y recordó un personaje de la mitología griega que tenía alas moldeadas en cera y plumas para volar. Por desgracia, se había puesto a volar, ingenuo, demasiado cerca del sol, y se derritió la cera. Había caído en picado hacia su propia muerte. Angel se preguntó si efectivamente este era un nombre apropiado para una nave espacial. Quizá el propietario de la nave tenía un sentido del humor macabro. Y, en ese caso, quedaba anulada la teoría del gobierno, puesto que este no tenía ningún sentido del humor, ni macabro ni de ninguna otra índole.

Se dio la vuelta, dejando la nave a sus espaldas, y observó la pista una vez más antes de empezar a cruzar. Los malos augurios de la noche anterior, antes de dejar Felinea, volvieron a asolarla. Si lo que le había ocurrido allí era indicativo de lo que estaba por venir, cuanto antes se fuera, mejor.

En la taberna de Skeeter, todo estaba en calma. Sólo sus clientes más empedernidos seguían en pie a esa hora. Al entrar, unas cuantas cabezas se voltearon un momento para mirarla. Al otro lado de la sala, Martin estaba tras la barra, con un trapo en la mano, limpiando el mostrador. Ol’Joe estaba inconsciente en su sitio habitual con la cabeza contra la mesa. Un fino chorro de saliva le colgaba de la comisura de la boca hasta la mesa. En la zona de las escaleras, Pixie estaba terminando de hacer «negocios» con un potencial cliente. Angel se detuvo para admirar la enorme perseverancia de la mujer, más veterana que ella. Era probablemente su décimo cliente de la noche.

Otros estaban sentados alrededor de las mesas de juego, apostando y bebiendo cerveza. Era la misma escena de tantas otras veces, incluido el forastero sentado en la esquina.

Él sí que parecía estar siempre fuera de lugar, bebiéndose su café ahí solo. Por lo menos iba a lo suyo. Y eso era algo que ella respetaba profundamente.

Angel se movía por la sala con aire indiferente. Bastante tenía con preocuparse de sus propios asuntos. La puerta de la oficina de Dugan estaba cerrada y sabía que era mejor no llamar. Sin duda, Martin había accionado el botón de debajo del mostrador para advertir a Dugan de su llegada, así que se acercó a la barra para esperar.

—¿Qué tal, Angel? —La sonrisa de Martin era cálida y amistosa.

Ella se temía que la suya le saliera un poco más agria al tener que sacar la punta de la bota que se le había quedado encajada de la barra inferior de un taburete. Se sentó de un salto y dejó un pie en el suelo para mantener el equilibrio. Con cierto esfuerzo se quitó la mochila del hombro y la puso sobre el mostrador.

—Dios mío, chica, ¿qué te ha pasado?

Angel alzó la mirada y vio a Martin fijándose en la parte de su chaqueta que se le abría por el costado. Inmediatamente, se tapó.

—Nada.

—No me cuentes historias. Sé reconocer perfectamente la sangre.

¿Te metiste en algún lío en Felinea?

—Nada que no pudiera solucionar yo sola. Deberías haber visto al otro tío.

Como chiste, no funcionó.

—¿Ah sí? —dijo él escéptico—. Quizá debería echarle un vistazo. Limpiar la herida. Ponerle unos puntos.

—No, gracias.

Martin no la presionó más. Sacó un vaso de chupito doble de debajo de la barra y lo rellenó con un líquido azul celeste tornasolado.

Empujó el vaso hacia ella. Angel se bebió el líquido helado de un solo trago. La cerveza marciana bajaba fría, pero llegaba caliente. Mientras la onda de calor se extendía por su cuerpo, sintió el dolor en el costado.

Empujó el vaso vacío a través del mostrador e hizo unas señas a Martin para que se lo rellenara. Él la miró escéptico.

—Nunca bebes más de una. Te debe de estar doliendo mucho esa herida.

—Estoy celebrando algo —le contestó mientras le miraba rellenando el vaso otra vez.

—¿Ah sí? ¿Te importaría compartir conmigo la buena nueva?

—Desde esta noche, soy la feliz propietaria de la nave espacial Falcon XLT.

Esta noche, por primera vez en mi vida, soy libre, pensó, aunque no lo dijo en voz alta.

—Y a tu edad —dijo Martin con una sonrisa en los labios—. Bueno, espero que aceptes mi más sincera enhorabuena.

Empujó el vaso hacia ella y después se puso otro más corto para él. Alzaron los vasos, brindaron en silencio y bebieron. Esta vez el resquemor helado no fue tan sobrecogedor como la vez anterior.

—¿Qué dicen por ahí del fiambre ese de la esquina? —preguntó Angel para cambiar de tema.

—No lo sé. No habla mucho, sólo se sienta y bebe café. De vez en cuando, mira el reloj y sale. Una vez le seguí para ver adónde iba.

—¿Y qué? —preguntó Angel impaciente.

—Y nada. Camina hasta esa pequeña nave tan chula que hay en el aeródromo. ¿Sabes a cuál me refiero? Y se queda ahí parado unos minutos, como si estuviese esperando a alguien. Luego vuelve a entrar y pide más café.

Angel se preguntó a qué se dedicaba realmente. Gracias a la cerveza marciana, se sentía como nueva. Sus manos jugueteaban con el vaso vacío mientras ella, ausente, dirigía su atención hacia el otro lado del bar.

—¿Me he perdido algo? —preguntó señalando con la cabeza las imágenes que pasaban por la vídeo pantalla.

—Un ataque de los Segadores, no muy lejos de aquí. En West Beach.

Angel asimiló la noticia sobrecogida. Acababa de sobrevolar esa zona hacía menos de una hora.

—Hostia.

—Sí —asintió Martin con la cabeza—. Hemos llegado a un punto que ya no es seguro para las personas decentes salir de noche.

Angel le lanzó una mirada levantando las cejas. ¿Cuánto tiempo hacía ya que ninguno de los dos podía ser considerado «persona decente»?

—La cuestión es que ya no es seguro para nadie —matizó con la mirada puesta en la zona donde ella tenía la herida.

—Pues yo me las arreglo muy bien sola.

—¡Torrence! —gritó una voz de hombre—.Ven aquí inmediatamente.

—Ya estamos otra vez... —Empujó el vaso vacío hacia Martin y se bajó del taburete—. Encantada de haberte visto. —Esta vez casi no le hizo daño cuando se llevó la mochila al hombro. Con más calma de la que sentía, se fue hacia la sala de atrás.

Alistar «Skeeter» Dugan, jefe clandestino del West Side, tenía cincuenta y tantos años y lucía un cuerpo atlético a punto de empezar a reblandecerse. Su presencia autoritaria le concedía la talla que su verdadera estatura no le daba. Era déspota, rencoroso, y su sentido del humor se había muerto junto con su esposa y su hija diez años atrás. Era el tipo de hombre con el que mejor no tener problemas y a Angel no le cabía la menor duda de que, si le irritaba lo suficiente, le haría olvidar lo mucho que le recordaba a su hija.

—No fue culpa mía —dijo ella, atravesando el despacho hasta su mesa. Se quitó la mochila del hombro y la dejó caer sobre el escritorio—. Aquí tienes tu dinero.

—¿Cómo que no es culpa tuya? —gritó Dugan, cerrando la puerta de un golpe—. Has disparado al hijo del criminal más importante de Felinea.

—Dame un respiro, no lo maté. Fue sólo un arañazo.

—Le disparaste en...

—Sé perfectamente dónde le disparé —le interrumpió Angel—. Mira, el tío se me estaba echando encima. Le dije que no estaba interesada, pero cuanto más le decía que no, él más entendía que sí. No me quedó otra alternativa. Además, ¿cuál es el problema? Le volverá a crecer, es un felineo.

Dugan se precipitó hacia ella, obligándola a retroceder. Prefería que hubiese una cierta distancia entre ellos, por si acaso. De un manotazo, la agarró por el brazo y la agitó violentamente. A causa del forcejeo, le volvió a doler la herida del costado y no tuvo los reflejos suficientes para ocultar su reacción a tiempo. Dugan la pilló desprevenida y le levantó la solapa de la chaqueta.

—Explícame esto —le dijo al verle la sangre.

—Como te he dicho, a Tony no le gustaba oír que no. Las cosas se complicaron hasta que conseguí hacerme entender.

Dugan la observó un momento y ella pudo ver como la expresión furiosa de su cara empezaba a cambiar a otra bien distinta. Resignación, quizá.

—Si fueras cualquier otra persona, te cortaría la cabeza y se la serviría en bandeja a Felinea con mis más sinceras excusas.

Angel tragó saliva, porque sabía que Dugan iba en serio.

—Lo siento, pero el tío se lo merecía y tampoco le hice un daño irreparable.

—Sí que se lo hiciste.

—De ningún modo. Utilicé a posta un rayo extrafino para asegurarme de limitar el daño a esa zona. Y aun así, todo fue muy confuso y además era un blanco pequeño, pero...

—¡Ah! Y le diste donde querías. Pero no te pienses que te vas a llevar la palma de la originalidad. Aunque sí has conseguido ocupar el noveno puesto y, como dicen ellos, a la novena va la vencida para los felineos. No hay más regeneraciones posibles para ese miembro en particular y la gente por allí está muy enfadada. Tony, en particular.

Esa información le había sentado como una bofetada, pero intentó restarle importancia.

—Era un poco duro de mollera. Deberían agradecérmelo por haberle eliminado del concurso genital.

—A Tom no le ha hecho ninguna gracia. Quería ser abuelo. Ahora quiere venganza. —Dugan se puso de pie detrás de su escritorio.

Acercó la mochila y la abrió. Metió la mano dentro, sacó los fajos de billetes y los contó. Después de haberlos contado por segunda vez, la miró de nuevo—. No está todo.

—No, no está. He sacado lo que me debías, menos el último pago para la nave, como habíamos acordado. —Angel no le apartó la mirada, a la espera de ver su reacción. Después, para su tranquilidad, el viejo asintió. A continuación, Dugan cogió uno de los fajos y se lo quedó mirando un momento, como si estuviera decidiendo qué hacer con él. Entonces, se lo ofreció.

—Llévate esto —le dijo—. Lo necesitarás adonde vayas.

—¿Y adónde voy?

—Ni lo sé, ni me importa, pero no pierdas tiempo en llegar allí.

Angel sacudió la cabeza.

—No necesito tu dinero, me las arreglaré.

Dugan rodeó el escritorio y le metió el fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta con mucho cuidado de no hacerle daño en el costado.

—No seas tan cabezota. Los Felineos estarán pronto aquí. Por razones políticas, no seré yo quien les pare los pies. Pero está claro que aborrezco la idea de que te maten y creo que es mejor que no estés aquí cuando lleguen. Te puedo enviar las cosas de tu habitación más tarde, si quieres.

—Eso no será necesario.

Angel había aprendido hacía tiempo a no acumular más de lo que podía llevarse. De manera que «sus cosas» eran el medallón que llevaba en el cuello, un regalo de su madre, y la pistola láser que llevaba enfundada, regalo de Dugan. Todo lo demás podía ser reemplazado.

—¿Cómo llevas esa herida? ¿Quieres que Martin le eche un vistazo?

—No, estaré bien.

—Entonces, mejor que te vayas.

Y así de sencillo, había llegado el momento. Angel sabía que tenía que irse, incluso lo había planeado, pero de algún modo le dolía que le dijeran que se fuera. En los últimos dos años, a pesar de sus esfuerzos por mantener las distancias, había desarrollado un cierto cariño por esta gente. Eran como una familia. Se dijo a sí misma que no tenía porqué ser tan difícil. No era la primera vez que dejaba atrás a su familia. Pero al mirar a Dugan, se apoderó de ella un sentimiento de soledad tan grande que se sintió desolada. La emoción creció sin mesura hasta atragantar en el silencio cualquier palabra que pudiera haber musitado.

Mientras luchaba por recomponerse, le distrajo una conmoción en la sala de afuera.

Angel se acercó curiosa a Dugan por detrás del escritorio para poder ver los monitores de las cámaras de seguridad. Delante había de pie seis hombres, de semblante serio y duro, con pistolas en las manos. Había mesas bocabajo alrededor de ellos y la mayor parte de la clientela estaba de pie, expectante, contra las paredes.

—¿Terroristas? —preguntó Angel esperanzada.

—Vengadores Felineos —corrigió Dugan.

—Maldita sea.

Estaba claro que este no era su día. Podía ver a Martin con una mano debajo del mostrador, sin duda apuntando al grupo con un arma. Pero de ese modo sólo podría cargarse a dos, a lo sumo tres.

El resto de los clientes no iban a interferir y él, como ya le había advertido, tampoco lo haría. Eso le dejaba a tres de ellos para ella sola.

Semejante desventaja no le hacía ninguna gracia.

—Sal por mi puerta privada —dijo Dugan, apretando un botón bajo el escritorio. Para su sorpresa, detrás de ella se abrió una compuerta en la pared—. Por aquí se sale un par de puertas más abajo, detrás del contenedor de la basura.

Angel puso un pie en la compuerta, pero no tuvo el coraje de irse así como así. Había traído problemas a la taberna de Skeeter y a sus amigos. No podía dejarles tirados con semejante papeleta.

—Dugan...

Él asintió con la cabeza en señal de haber comprendido su preocupación y, a continuación, se sacó de la chaqueta un impresionante Destructor Smith & Wesson. Le hizo un gesto con la cara.

—Más vale que te des prisa.

Ella sonrió, se dio la vuelta y se fue.A pesar de lo que había dicho, Dugan nunca iba a facilitarles el trabajo a los Vengadores Felineos.

Nadie venía a la taberna de Skeeter buscando gresca, sin llevarse gresca a cambio.

Se coló rápidamente por el túnel y salió por detrás del contenedor de la basura. Rodeó el edificio y miró al otro lado del tramo abierto de asfaltado que la separaba de la nave.

No había Vengadores fuera esperándola, pero de todos modos seguía con la mosca detrás de la oreja. Una sensación de desastre inexorable se apoderó de ella mientras cruzaba la pista de aterrizaje.

Sintió que le pesaban los pies, pero se forzó por ir más rápido. No había dado ni tres pasos cuando oyó la explosión. La onda expansiva le hizo tropezar al mismo tiempo que le caía encima una lluvia de grava, salpicándole la cabeza y la espalda. Instintivamente, se dio la vuelta para ver, unos metros más allá, la perforación en el suelo. Intentó localizar al Vengador responsable, pero no había nadie a la vista, así que examinó el resto del aeródromo. En todas partes, la gente permanecía inmóvil intentando discernir también lo que había ocurrido.

Otra explosión irrumpió en el silencio, esta vez al otro lado del aeródromo. Los Vengadores no iban a volar por los aires toda la base sólo para acabar con ella. Tenía que ser un ataque terrorista. Como si le hubieran leído el pensamiento, las alarmas anti-terrorismo empezaron a sonar y entonces se desató el caos absoluto. Para Angel era como una bendición del cielo. Sobre todo si salía ilesa.

La gente se dispersó sin rumbo fijo en un intento de escaparse de los atacantes invisibles. A lo largo y ancho del perímetro del aeródromo, había clientes que salían despavoridos de bares y restaurantes para llegar a sus naves. Angel se perdió pronto en el tumulto.

Al echar la vista atrás, vio a los Vengadores abandonar la taberna de Skeeter y dirigirse hacia ella. Entonces se dio la vuelta y dejó que la multitud la llevara en dirección hacia su nave.

A medio camino, otra explosión la pilló por la espalda y la derribó contra el suelo. Intentó levantarse, pero un peso la oprimía.

Entonces, torció el cuerpo y, al mirar hacia arriba, se encontró al forastero de la taberna de Skeeter tirado sobre ella.

—Levántate —le gritó, pero él no se movía. Agotada, intentó en vano quitárselo de encima. Miró a su alrededor para pedir ayuda, pero todos tenían ya bastante con intentar salvarse, como para ponerse a atender a los demás. Entonces, vio que tenía las manos ensangrentadas.

¿Se le había vuelto a abrir la herida al caerse? No lo creía. Preocupada, intentó averiguar de dónde salía la sangre. Y lo averiguó. El forastero tenía un trozo enorme de metralla clavado en la espalda. A juzgar por la cantidad y el color de la sangre, le dio la sensación de que el metal estaba profundamente incrustado.

Volvió a mirar al forastero a la cara y esta vez se percató de sus ojos en blanco, sin vida.

De repente, le distrajo una especie de silbido fuerte por encima de ella. Se llevó las manos a la cabeza al pasarle un misil por encima y rezó para que la trayectoria que le había parecido que describía fuera otra.

—Por favor, Señor —rezó en silencio—, que su objetivo sea la nave de TJ.

Volver a autoras