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Capítulo uno
Devonshire, Inglaterra
Miércoles, 1:51 a.m.
Un coche con los faros encendidos redujo la velocidad junto al recodo de la casa principal, vaciló, acto seguido aceleró y continuó nuevamente el camino hacia la oscuridad.
—Turistas —farfulló Samantha Jellicoe, enderezándose desde su posición agazapada y observando las luces de los faros desaparecer tras la curva. El paseante, británico nativo y buscador de fama de vacaciones, centraba de tal modo su atención en las altas verjas forjadas que quedaban a su espalda y en la apenas visible mansión más allá de éstas, que probablemente Sam podría ponerse a hacer el pino y malabarismos sin que siquiera reparara en ella en los arbustos.
Por tentador que fuera darle un susto de muerte a algún paparazzi aficionado, en esos momentos el objetivo era «pasar inadvertida». Tras echar otro vistazo a la oscura carretera, Samantha volvió a adentrase en ellos y emprendió la carrera hasta el muro, introduciendo la punta del pie en una grieta de la argamasa a media altura y utilizándola para encaramarse a la angosta y bien acabada parte superior de la piedra.
Cuando actuaba como ladrona, en realidad prefería desconectar las alarmas de la verja y entrar a pie, pero daba la casualidad que estaba al corriente de que aquellas puertas estaban surcadas de cables que recorrían las tuberías enterradas que llegaban hasta la casa del guarda en la parte norte de la propiedad de Devonshire. Para desactivar las verjas tendría que desconectar la luz de toda la casa, lo cual apagaría las alarmas en batería del perímetro.
Se dejó caer al césped del jardín interior con una leve sonrisa en los labios.
—No está mal —murmuró para sí. A continuación tenía que sortear los detectores de movimiento y los grabadores digitales de vídeo, además de media docena de guardas de seguridad que patrullaban el área en torno a la casa. Afortunadamente, esa noche soplaba una notable brisa, de modo que los detectores de movimiento estarían sobrecargados y los guardas hartos de controlarlos y reajustarlos. Siempre era mejor entrar en una propiedad en una noche ventosa, aunque enero en el centro de Inglaterra venía a significar que la temperatura ambiental descendería y se tornaría glacial.
Sacando del bolsillo un par de tijeras de podar, que hacían las veces de corta cables, cercenó la enorme rama, cuajada de hojas, de un olmo. La recogió y se dirigió a lo largo del muro hacia la cámara más próxima de las que había repartidas a intervalos regulares por el perímetro. Tal vez su solución al problema que planteaban las cámaras digitales fuera simplista, pero Dios, por experiencia sabía que algunas veces la tecnología menos complicada era el mejor modo de vencer los sistemas más complejos. Además, ya podía ver el titular: Chica con una rama vence el sistema de alarma más sofisticado.
Meneó la rama frente a la cámara, armando gran estruendo, y esperó unos segundos antes de hacerlo de nuevo. Acoplando el balanceo al ritmo del viento, golpeó contra el lateral y las lentes unas cuantas veces más, luego tiró y golpeó fuertemente la carcasa con la parte más gruesa de la rama. La cámara osciló hacia un lado, proporcionándole a quienquiera que estuviera observando una magnífica vista de una chimenea del ala oeste. Tras unas cuantas sacudidas más, arrojó la rama por el muro exterior y se dirigió hacia la casa.
A buen seguro que no tardaría en salir alguien de la casa para reposicionar la cámara, aunque ella estaría dentro para entonces. Salir de un sitio era muchísimo más fácil que entrar. Samantha tomó aire y se encaminó a lo largo de la base de la casa hasta alcanzar el muro levemente rebordeado que marcaba la cocina. Enhorabuena a quienquiera que fuera el aristócrata que, quinientos años antes, había decidido que la cocina era demasiado peligrosa para estar integrada en su totalidad dentro de la casa principal.
Los marcos de las ventanas de la planta baja estaban conectados al sistema de alarma, y el cristal era sensible a la presión. Nada de atravesarlo, a menos que quisiera despertar a todos los que habitaban la residencia. Por supuesto, no había nadie en casa, a excepción del servicio y el personal de seguridad, pero éstos podían telefonear a la policía sin problemas.
Se cercioró de que las podadoras estuvieran bien guardadas en su bolsillo, puso el pie en la estrecha repisa de la ventana y se impulsó hacia arriba. Unos puntos de apoyo más y se encontró en el tejado de la cocina. Quince pasos hacia arriba y hasta el otro lado, y la terraza de la biblioteca le aguardaba, tentadora.
Retirando de su hombro la cuerda que portaba, sacó las tijeras y ató un extremo de la empuñadura con fuerza. En su primera intentona, éstas aterrizaron sobre la baranda, y tiró de la cuerda para cerciorarse de que las tijeras estaban bien encajadas entre la balaustrada de piedra.
Samantha agarró la cuerda, mientras el corazón le latía de
saforadamente por el grato subidón de adrenalina, acto seguido bajó del tejado de la cocina. Quedó allí suspendida durante un momento, meciéndose lentamente adelante y atrás en el aire. Una vez estuvo segura de que la cuerda no iba a ceder, enganchó las piernas en ella y reptó hasta el balcón. ¡Dios, que fácil había sido! Aunque, a menudo, los nervios eran lo único que diferenciaban a los ladrones descamisados y fumadores que aparecían en Policías de aquellos que jamás eran atrapados. Nervios y una buena herramienta de jardinería. Bien merecía las dieciocho libras que había pagado por ella en el vivero local.
Se arrastró por encima de la barandilla y desligó las tijeras de la cuerda, devolviendo ambas cosas a su lugar correspondiente. Las puertas de cristal que conducían al interior de la biblioteca tenían el cerrojo echado, pero no le preocupaban. Estaban conectadas, naturalmente, pero no tenían sensor de presión. A tal altura, recibirían las brisas vespertinas y harían saltar las alarmas cada cinco minutos. Nadie quería lidiar con eso, aun a costa de la seguridad del interior.
Desenroscó el cable de cobre que rodeaba su muñeca izquierda, cortó dos trozos de cinta adhesiva del pequeño rollo que guardaba en el bolsillo e insertó con cuidado un extremo bajo cada puerta para interceptar y sortear el circuito eléctrico. Hecho lo cual, simplemente forzó la cerradura y abrió las puertas en un silencio casi absoluto.
—Pan comido —murmuró, descendiendo el llano escalón y entrando en la estancia.
Las luces del techo se encendieron con un brillo cegador. Samantha se hizo a un lado de modo instintivo, agazapándose en las sombras que quedaban. «¡Mierda!» Todos los criados deberían de haber estado durmiendo, y el propietario se encontraba en Londres.
—Qué interesante —dijo con languidez una fría voz masculina con un leve y culto acento británico.
Ella hundió los hombros.
—¿Qué narices haces aquí? —preguntó, volviendo al centro de la habitación y procurando disimular que no había estado a punto de mearse en los pantalones. A pesar de su casi infalible información de primera mano, resultaba obvio que el propietario «no estaba» en Londres.
Él se apartó del interruptor de la luz.
—Vivo aquí. ¿Has perdido tu llave?
Samantha se le quedó mirando durante un momento. Alto, moreno y maravilloso, Richard Addison, ataviado incluso con vaqueros y sudadera, era la encarnación de los sueños húmedos de cualquier joven. Y eso sin contar el hecho de que fuera multimillonario, o que como diversión practicara deportes como el esquí y el polo.
—Estaba entrenando —replicó, soltando el aliento—. ¿Cómo sabías que iba a entrar por aquí?
—Llevo media hora observándote por las ventanas. Eres muy sigilosa.
—Ahora estás siendo un listillo.
Él asintió, sonriendo ampliamente.
—Probablemente.
—Y no llevas media hora aquí, porque me pasé cuarenta minutos escondida junto a la verja de entrada mientras algún capullo simulaba tener una rueda pinchada.
—¿Cómo sabes que fingía?
—Porque llevaba una cámara con un enorme teleobjetivo en su caja de herramientas. —Ladeó la cabeza, evaluando su expresión. Rick era difícil de descifrar; se ganaba la vida ocultando sus emociones—. Apuesto a que llegaste aquí hace cinco minutos, mientras trepaba el muro de la cocina.
Rick se aclaró la garganta.
—Independientemente de cuándo llegara, es la segunda vez que te pillo allanando una de mis propiedades, Samantha.
«Así que había estado en lo cierto acerca del momento de su llegada.» Por mucho que le cabreara haber sido pillada, debía reconocer cierta satisfacción porque en esos momentos el sueño húmedo de este multimillonario le perteneciera.
—En esta ocasión, no pretendía robarte nada. No te empeñes en perder las formas.
—No me empeño en nada. No obstante, me gustaría una explicación.
Encogió un hombro al pasar por su lado, cruzando por mitad de la vasta biblioteca hacia la puerta que daba al pasillo.
—He pasado tres horas oyendo a John Harding quejarse sobre los maleantes e inútiles que quieren robar su colección de arte —bufó—. Como si cualquier ladrón que se precie quisiera sus caóticas miniaturas rusas. Al menos solía coleccionar crucifijos de plata.
Unos pies descalzos sonaron a su espalda.
—Corrígeme si me equivoco, Samantha, pero creí que ibas a dedicarte a ayudar a la gente a proteger sus objetos de valor. Después de todo, por lo que recuerdo, tu último robo tuvo como resultado una enorme explosión y casi la muerte del dueño de la casa y la tuya propia.
—Lo sé, lo sé. Por eso me retiré del oficio de ladrona, ¿te acuerdas? Y fue así como nos conocimos, don Propietario.
—Lo recuerdo, mi amor. Y se me ocurrió que te interesaría tener a Harding como cliente.
También lo había pensado ella. Por lo visto era más tiquismiquis de lo que ninguno de los dos había previsto.
—La parte de evitar allanamientos está bien. Es hablar con los objetivos lo que me hace…
—Clientes —la interrumpió.
—¿Qué?
—Has dicho «objetivos». Ahora son tus clientes.
—Bueno, Harding fue un objetivo en una ocasión. Y es un gilipollas aburrido, no un cliente. Jamás habría hablado con él si tú no me lo hubieras pedido.
Sam escuchó su pausada inhalación.
—Espléndido. Podrías haberme dicho que le habías robado antes de que me tomara la molestia de presentártelo.
—Quería conocerlo.
—¿Hablar con tus objetivos te produce una descarga de adrenalina?
Sam se encogió de hombros.
—No es para tanto, pero cualquier subidón es bueno.
—Eso dices tú. —Bajó la mano por su columna—. ¿Por qué nunca trataste de robarme hasta aquella noche en Palm Beach?
Ella esbozó una amplia sonrisa.
—¿Por qué? ¿Acaso te sientes ignorado?
—En cierto modo, supongo que así es. Ya me dijiste que sólo ibas a por lo mejor.
Había una docena de rápidas réplicas que podía responder, pero, con toda franqueza, aquélla era una pregunta que se había hecho a sí misma.
—Imagino que es porque tu colección y tú erais —sois— prominentes. Todo el mundo conoce lo que posees, así que, si alguien apareciera con algo…
—¿Así que lo único que me salvó de ti fue mi asombrosa fama?
—Correcto. Pero antes de que empieces a ponerte en plan santurrón conmigo, ¿qué estás haciendo aquí? Se suponía que estabas en Londres hasta mañana.
—La reunión terminó pronto, de modo que decidí conducir hasta casa… a tiempo, debo añadir, de demostrar que sigues sin poder superarme. Tal vez sea ésa la verdadera razón de que nunca me robaras, cariño.
Su espalda se puso rígida y se detuvo, volviéndose de cara a él cuando llegaron a la puerta que daba al pasillo.
—¿Qué?
Él asintió.
—Te pillé en Florida, hace tres meses, con las manos en la masa, y ahora aquí, en Devon. Puede que sea buena idea que te hayas retirado del negocio del latrocinio.
Ah, ya estaba bien de tanta superioridad británica. Samantha se estiró para besarle, sintiendo la sorpresa en su boca y luego sus brazos la rodearon al tiempo que relajaba el cuerpo. Descolgó la cuerda de su brazo y le ciñó las manos con ella, agachándose para escapar de su abrazo.
—Sam…
Enroscó el extremo libre de la cuerda alrededor de él, tensándolo y atándole las manos al frente, a la altura de las costillas.
—¿Quién supera ahora a quién? —preguntó.
—Quítame esto —espetó, el humor jocoso desapareció de su voz y de su expresión.
—No. Has menospreciado mis habilidades —le empujó con el pecho, y él cayó pesadamente en uno de sus butacones de estilo georgiano—. Discúlpate.
—Desátame.
«Ay, ay, estaba cabreado.» Aunque estuviera dispuesta a hacerlo, soltarle ahora le pareció una malísima idea. Además, se había estado trabajando un saludable subidón de adrenalina que él se había encargado de destrozar. Le ató a la butaca con el resto de la cuerda antes de que pudiera ponerse en pie.
—Tal vez esto te convenza de no enfrentarte a la gente que irrumpe en tu casa a no ser que cuentes con algo más contundente con qué defenderte que el encanto.
—Eres la única que irrumpe en mi casa y empieza a parecerme de todo menos divertido.
—Por supuesto que sí —musitó, dando un paso atrás para admirar su obra—. Yo estoy al mando.
Sus oscuros ojos azules se cruzaron con los de ella.
—Y, por lo visto, te va practicar el sometimiento. Niña mala.
—Discúlpate, Rick, y te soltaré.
Su mandíbula se contrajo nerviosamente y su mirada descendió hasta su boca.
—Digamos que estoy descubriendo tus verdaderas intenciones. Sé todo lo mala que puedas.
—Oh —«Aquello se ponía interesante»—. Cuando soy mala, soy muy mala —comentó, su adrenalina comenzó a recuperarse. «Atar a Rick Addison. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?»—. ¿Seguro que estás preparado?
—Definitivamente —respondió, tirando de ella contra la cuerda.
Samantha se inclinó con lentitud y lamió la curva de su oreja izquierda.
—Bien.
Él giró la cabeza, capturando su boca en un apasionado beso.
—¿Con que esto es lo que debo esperar cada vez que te reúnas con un cliente?
Sam sacó las tijeras del bolsillo trasero, divertida ante el repentino recelo en sus ojos.
—Eso parece —contestó, cortando el cuello de su sudadera con tijeretazos sucesivos y abriendo acto seguido la parte delantera de la tela para exponer su pecho y sus marcados abdominales. La primera vez que había puesto los ojos en él pensó que su físico guardaba mayor semejanza con el de un jugador de fútbol profesional que con el de un hombre de negocios, y seguía sin poder controlar el modo en que todo eso afectaba a su cuerpo.
—Entonces, te animo encarecidamente a que expandas este negocio tuyo.
—No quiero hablar de negocios en este instante. —Sus manos ascendieron la cálida piel de su torso, repitiendo la caricia con la boca. Él gimió cuando ésta se cerró sobre un pezón, y Sam se humedeció.
—¿Qué me dices de la expansión? —sugirió, su rica voz mostraba cierto temblor.
Con una risilla ascendió de nuevo hasta su boca. Parecía que al menos había desviado su atención del incidente del allanamiento, aunque si Rick se mantenía fiel a su pauta, lo retomaría más tarde. Era extraño, pero después de tres meses había prácticamente llegado a un punto en que no le importaban sus preguntas o el modo en que éstas le obligaban a realizar demasiado autoanálisis, algo que anteriormente había evitado por todos los medios.
—Al menos, desátame las manos —propuso.
—No. Has perdido. Sufre las consecuencias.
Respirando con dificultad, todavía un poco enervada por el modo en que Rick podía atravesar todas y cada una de sus defensas sin tan siquiera proponérselo, se puso a horcajadas sobre él. Profundizó el beso hasta tornarlo en un apasionado pulso de lenguas y, empujando cuando él trató de recuperar cierto dominio, enredó los dedos en su cabello negro como el carbón. Podía sentirle entre los muslos, presionando contra sus vaqueros, y meneó las caderas al tiempo que dejaba escapar un suspiro satisfecho.
—¡Dios! —gruñó—. Quítate la camisa y sube aquí.
Bueno, puede que aquello pusiera en tela de juicio quién estaba al mando, pero parecía una buenísima idea de igual modo. Se quitó la sudadera negra por la cabeza, la arrojó al suelo, seguida por el sujetador. Por lo general no le iban los juegos de poder y dominación, pero tenerle a su absoluta meced tenía un algo embriagador. Aquello no sucedía con frecuencia. Se alzó, ofreciéndole los pechos a su boca y su lengua, gimiendo cuando sus manos atadas se dedicaron a la cremallera de sus vaqueros negros. Para ser un rehén era muy emprendedor, aunque nunca había tenido motivos para dudarlo.
Samantha se aferró a los bastidores del respaldo de la silla y se arqueó contra él.
—Eres casi tan bueno como un allanamiento —murmuró.
—¿«Casi tan bueno»? —repitió con la voz amortiguada contra su pecho izquierdo—. Y hablando de «irrumpir», quítate los malditos pantalones.
Con una risita entrecortada se deslizó por sus muslos, desprendiéndose de los vaqueros y arrojando seguidamente la ropa interior al rincón próximo junto a la estantería.
—Tu turno —se agachó y se desabrochó el botón de los vaqueros.
Se arrodilló entre sus muslos y, centímetro a centímetro, comenzó a bajarle la cremallera. Su respiración se aceleró con cada click de los liberados dientes de metal, mientras que Rick reposaba la cabeza contra la caoba tallada y aguantaba. Finalmente dejó escapar un gemido.
—Me estás matando, lo sabes.
—Ése es el propósito de la tortura, ¿no? —Aunque, cuando quedó libre, salvo por el delgado y abultado tejido de sus calzoncillos, tampoco ella pudo soportarlo más.
Le bajó de un tirón los vaqueros y los calzoncillos por los muslos y volvió a subirse nuevamente al butacón. Supuso que podría haber prolongado la tortura, pero le deseaba al menos tanto como él a ella. Parecía desearle en todo momento, con mayor desesperación y frecuencia de lo que pudiera ser normal.
Pero claro, había mantenido muy pocas relaciones largas con las que poder comparar. Aferrándose con las manos a los brazos de la butaca para sujetarse, se hundió lentamente en su dura y dispuesta verga.
Rick alzó las caderas contra ella, la máxima acción que podía realizar estando atado a la butaca. Afianzándose sobre los reposabrazos, se deslizó arriba y abajo por su longitud con toda la lentitud que pudo soportar, resollando ante la potente y satisfactoria sensación de tenerle en su interior. Rick echó de nuevo la cabeza hacia atrás, embistiendo dentro de ella y pugnando obviamente por mantener el control.
—Maldita sea, Samantha —dijo con voz ronca.
Ella incrementó el ritmo, apoyándose contra su pecho mientras se hundía en él con fuerza y rapidez.
—Vamos, Rick —susurró, mordisqueándole la oreja—. Córrete para mí.
—¡Dios! —gruñó roncamente, embistiendo en su interior una y otra vez.
Ella se corrió primero, violentamente, asiéndose a los brazos de la butaca y arrojando la cabeza hacia atrás mientras su cuerpo se convulsionaba. Sintió los músculos de Rick contraerse bajo ella, dentro de ella, su gruñido animal de satisfacción… y luego la silla se desplomó bajo los dos.
Cayeron al suelo en un enredo de miembros y cuerda y una butaca de doscientos años de antigüedad. Después de un momento de consternación que sobrevino, Samantha levantó la cabeza para mirar a Rick.
—¿Estás bien?
Él se rio entre dientes, liberando una mano de las flojas cuerdas.
—No desde que te conocí. —Enroscando la mano en su cabello, tiró de ella para darle otro profundo y largo beso—. Y ten la cuerda a mano. Puede que sienta la necesidad de vengarme, yanqui.
—Mmm. Promesas, promesas, inglés.
Capítulo dos
Miércoles, 7:18 a.m.
Richard Addison se despertó antes que Samantha. Habitualmente lo hacía. La mayoría de la gente que afirmaba ser un ave nocturna no tenía ni idea de lo que decían. Sam vivía de noche y, salvo algunas excepciones, detestaba levantarse temprano.
Sus hábitos de sueño eran un buen recordatorio sobre las diferencias existentes entre ellos. Las necesidades de dirigir un conglomerado internacional le obligaban a levantarse temprano y quedarse despierto hasta horas tardías. Por el contrario, hasta hacía tres meses, Samantha había desempeñado la mayor parte de su trabajo de noche. Robos de guante blanco, hurtos, atracos de arte y joyas, cosas que sabía a grandes rasgos, pero de las que probablemente nunca conocería los detalles… salvo los de su último trabajo. Aquél había sido memorable. Y si ella no hubiera estado en su casa de Palm Beach, tratando de robar una inestimable tablilla de piedra, seguramente él habría muerto en la explosión que, literalmente, les había arrojado juntos. Le había salvado la vida esa noche, y desde entonces salvar la de ella se había convertido en su meta.
Richard se inclinó para besar suavemente a Samantha en la mejilla, acto seguido bajó de su cama estilo Jorge II y se escabulló en la enorme habitación privada adyacente. En cuanto hubo terminado la llamada con Nueva York relativa a la investigación que había ordenado sobre los aranceles chinos, llamó a la cocina para pedir que le preparasen el té y se fue a la ducha. Tenía un cardenal en una de las caderas debido al desplome de la butaca la noche anterior, pero por lo que a él respectaba, el sexo había merecido el estropicio.
Samantha le había dado un susto de muerte cuando la vio entrar por la cristalera de la biblioteca. Si no hubiera pasado tres horas al volante para llegar a casa, si no hubiera dado la casualidad de que iniciara su búsqueda por la biblioteca, se hubiera perdido su llegada.
Y gracias a Dios que no había sido así; al parecer el único modo de convencerla de que no debería volver a su antigua, y muy lucrativa, vida criminal era ir un paso por delante de ella.
Conocedor del típico clima de enero en Devonshire, se puso un grueso jersey de cuello vuelto y unos vaqueros antes de salir de la residencia del piso superior en el ala norte de Rawley House y bajó a su despacho. El té le aguardaba cuando se sentó a su escritorio, y sostuvo la caliente taza en las manos durante un dichoso momento antes de tomar un sorbo e iniciar la sesión en su ordenador.
Llamó a sus oficinas de Londres después de las ocho para solicitar el último informe y las actualizaciones de la compañía de suministros de fontanería que estaba en pleno proceso de adquisición. Ventiló todas las citas del día para así no tener que conducir de nuevo a la ciudad hasta el día siguiente y encomendó a su asistente, Sarah, que concertase una reunión con el secretario de Comercio para después del fin de semana. Terminado aquello, se acomodó para revisar las cifras de cierre del mercado bursátil americano, bebiéndose el té al tiempo que navegaba.
Veinte minutos después se puso en pie, se desperezó y fue hasta el helado pasillo. Había equipado un despacho junto al suyo para Samantha en lo que históricamente habían sido las dependencias del administrador de la propiedad. Titubeó antes de poner la mano en el pomo de la puerta. A pesar de su variopinto pasado, Sam había sido honesta con él desde un principio, y si ella decía que había decidido montar una pequeña empresa de seguridad, entonces eso era lo que hacía. Sin embargo, el problema era doble: uno, una pequeña empresa parecía más una afición que un cambio permanente de carrera; y dos, si su reacción a la entrevista con John Harding era indicativa, al parecer recomendar sistemas de alarma no le proporcionaba el subidón suficiente para satisfacer a una adicta a la adrenalina. Richard frunció el ceño.
—Alguien dijo que no deberías fruncir el ceño, porque tu cara podría congelarse en esa postura —llegó la voz de Samantha a unos pasos de distancia.
Él apenas evitó dar un brinco sobresaltado.
—No es más que un rumor —replicó, volviéndose de cara a ella—, perpetrado por los vendedores de cosméticos.
Verla le privó de aliento, como sucedía casi cada vez que le ponía los ojos encima. Su mejor amiga; su ladrona; su amante; su obsesión; lo que significaba para él cambiaba y evolucionaba con cada latido de su corazón. Sus rasgos —ojos verdes, pelo caoba hasta los hombros, delgada, figura atlética— le enloquecían tanto como el conjunto de su persona.
—Se me ocurrió que podría echarte una mano con tu propuesta para John Harding —improvisó, siguiéndola adentro.
—No estoy segura de querer hacerle una propuesta a Harding —dijo, encendiendo las luces—. Te dije que prefería centrarme en iniciar algo razonable en Florida antes de abrir un megaconglomerado internacional. Nunca antes he dirigido un negocio. —Samantha le ofreció una fugaz sonrisa—. No que fuera legal, en todo caso.
Por supuesto que prefería trabajar en Florida. Era ahí donde se habían conocido, y donde había comenzado a echar unas débiles raíces. Tomándola de los dedos, la acercó para darle un beso.
—No existe la palabra «megaconglomerado». Harding es un vecino, y necesito quedarme en Inglaterra por lo menos otra quincena.
—Nada de «quincena». Dos semanas. Y lo comprendo. Me estás diciendo que me mantenga ocupada mientras trabajas —comentó, zafándose de él—. Qué tontería. Tengo asuntos propios, y no tienen nada que ver contigo, colega. Joder, ahora dirás que decidiste convertir todo el ala sur de tu casa en una galería de arte pública porque yo dije que me gustaba el arte y porque no quieres que me aburra.
«Aquello sólo había sido parte de los motivos.»
—A mí también me gusta el arte. Según recuerdo, trataste de robar algunas piezas.
—Sólo una. —Le miró con una expresión especulativa en sus verdes ojos.
Era el momento de pasar a la ofensiva antes de que ella lo descubriera todo.
—Estoy montando una galería pública porque quiero. Te pedí ayuda porque has trabajado en museos, tienes buen ojo para la estética y no tengo que pagarte. Y, además, resulta que sabes un poco sobre mantener mi propiedad a salvo. Además, tienes un bonito culo.
—Mmmm. No cabe duda de que tú también tienes buen ojo para la belleza, inglés. —Le tomó de nuevo la mano—. Ahora deja de darme la lata con lo de comenzar mi negocio y sigue mi bonito culo al ala de la galería. Quiero conocer tu opinión sobre la iluminación que estamos instalando para el pasillo de las esculturas.
—Ah. —Aquella era Samantha y sus malabarismos; confrontar y esquivar. Pero si quería cambiar el tema de los negocios por el de la exposición de arte, al menos ponía fin a la discusión por el momento—. ¿Y cuánto va a costarme dicha iluminación? —preguntó, siguiéndole el juego.
Su veloz sonrisa reapareció.
—No querrás que tu Rodin deslumbre con una iluminación guarrindonga, ¿no?
—Es demasiado temprano para que sigas inventado palabras, amor —respondió, complacido al apreciar un sincero entusiasmo en su voz—. Y, tenía intención de preguntártelo antes, si alguien puede entrar en Rawley Park con la facilidad con la que tú lo hiciste anoche, ¿por qué traer aquí a mi Rodin?
—El que yo pueda entrar no significa que otros puedan. Además, era una prueba. La idea es continuar mejorando la seguridad hasta que ya no pueda entrar.
—¿Es así como vas a comprobar todas tus operaciones de seguridad?
—Aún no lo sé. Pero podría ser divertido. Hay compañías que contratan a gente como yo con el solo propósito de poner a prueba su seguridad.
«¡Estupendo!»
—¿Hiciste las llamadas que te sugerí para tener una idea de lo que debes cobrar por tus servicios?
Samantha suspiró.
—Rick, deja de meterte en asuntos ajenos. Vete a ganar tus millones, y yo me ocuparé de mis cosas.
Rick quería seguir presionando, en gran medida porque a ella le sería más difícil meter sus cosas en una mochila y desaparecer para volver a su vida anterior una vez que tuviera un negocio consolidado. Pero también reconocía la expresión de su rostro. Sam era una persona que odiaba tanto como él ser manipulada, y la había estado presionando insistentemente.
—Muy justo. ¿Podríamos, al menos, desayunar antes de que me enfrente a la galería? —Francamente, le gustaba la idea de crear una galería pública, un lugar para mostrar sus obras de arte y antigüedades de incalculable valor y alentar su estudio y conservación. Lo que le resultaba molesto era la cuadrilla de obreros que invadían su privacidad y le llamaban «milord». Democrático o no, sus compatriotas británicos eran incapaces de ignorar un polvoriento y desfasado título heredado como el marquesado de Rawley. Benditos fueran los estadounidenses, y en particular aquella que en esos momentos caminaba a su lado.
—De acuerdo. El desayuno primero. Sólo recuerda que aunque la galería sea un favor, me pagas por encargarme de la seguridad.
—Lo recuerdo. Pero tú ten presente que este favor me cuesta una pequeña fortuna.
Ella se rio por lo bajo, y sus hombros se combaron.
—Sí, pero tendrá un aspecto fabuloso cuando hayamos acabado. Puede que incluso ganes un premio.
—Pero qué suerte tengo. ¿Por qué no entraste a través del desbarajuste de la obra?
—Porque es ahí donde tengo instalada la mayor parte de la seguridad en activo. Y, además, sería hacer trampa.
Su chef residente, Jean-Pierre Montagne, había preparado crepes americanos para desayunar. Por lo que Richard sabía, el maestro culinario jamás se había rebajado a tal cosa antes de la llegada de Sam, pero ella parecía ser tan persuasiva y encantadora con su servicio de Devonshire como lo era con sus empleados de Palm Beach. Y daba la casualidad que los crepes eran su comida favorita.
Después de comer Samantha le condujo a lo que habían comenzado a denominar como el ala de la galería. Algún tiempo atrás había renunciado a intentar descubrir por qué a Sam no le suponía ningún problema robar lo que fuera y a quien fuera pero se negaba a robar museos o colecciones públicas… y, de hecho, prácticamente los adoraba. Algún tipo de esnobismo, supuso. Y en lo que a Sam concernía, aquello guardaba una extraña y entrañable lógica.
—Amplié esta alcoba de aquí —dijo, señalando en el plano que había tomado prestado al jefe de la cuadrilla—, porque sería un magnífico lugar para tu Van Gogh azul. Hay que contemplarlo de lejos para comprender el tema de la soledad y no perderte en los detalles de la ajetreada vida nocturna.
—Me sigue sorprendiendo lo bien que interpretas los planos —dijo, mirando fijamente su perfil.
Ella se encogió de hombros.
—Prácticamente aprendí a leer mirando planos. Además, acuérdate de que tengo una memoria casi fotográfica. —Sam se dio un golpecito en el cráneo.
Aquello tenía más que ver con el talento innato y la destreza que con la memoria, pero no quería inflar su ego más de lo necesario.
—Tu memoria no explica cómo sabes que poseo un Van Gogh azul —dijo en cambio—. Está cedido en préstamo al Louvre.
—Estoy subscrita a tu boletín mensual de admiradoras —respondió con voz fría, y sólo la alteración final indicaba que creía estar siendo graciosa—. No son más que 12,95 dólares al año.
—Y haces que te lo envíen aquí, ¿no? —preguntó con sequedad—. Ya que eso sería la monda. Sí, Richard Addison se subscribe al boletín de su propio club de admiradores.
—Yo lo haría si tuviera un boletín. Pero no, lo envían a casa de Stoney en Palm Beach y él me lo manda a mí.
—Maravilloso. Tu perista recibe mi boletín de noticias.
—Ex perista. Él también se ha retirado, ¿recuerdas?
Richard se colocó detrás de ella, rodeó su cintura con los brazos y se inclinó para darle un beso en la nuca.
—¿Cómo iba a olvidarlo? ¿Y cómo está Walter?
—Como si eso te importara.
—Oye, a ti te importa, así que a mí también.
Ella se encogió de hombros contra su pecho.
—De acuerdo. Estoy esperando su llamada. Está… investigando una cosa para mí.
—¿Algo legal? —preguntó, manteniendo un tono divertido. Walter Stoney Barstone era como un padre juerguista para una Samantha alcohólica reformada. La adicción en este caso era el robo en vez del licor. Y no, no le gustaba Walter. Stoney era lo más parecido a una familia que Sam tenía, y era una condenadamente mala influencia para ella. Rick apostaría cinco peniques a que el hombre se vio comprometido a retirarse, dijera lo que dijese. Un profesional de la reubicación de adquisiciones, como se denominaba el propio perista, no dejaba una carrera sumamente lucrativa por un capricho. Y mucho menos por el capricho de otra persona.
—Como si fuera a decírtelo si no fuera legal.
—Sam…
El teléfono sujeto a su cinturón emitió la melodía Raindrops Keep Falling on My Head, de la película Dos hombres y un destino. El solo hecho de que Sam tuviera un teléfono móvil con un número fácil de rastrear, tanto si había sido él quien la convenciera como si no, decía mucho sobre sus intenciones de unirse al mundo de la legalidad.
—Hablando del rey de Roma —farfulló, retirándolo del enganche y abriendo la solapa—. Hola.
Así que había elegido el tema de una película de ladrones para Walter. Richard se preguntó qué melodía había escogido para sus llamadas. Ella escuchó un momento en silencio, luego, tras lanzarle una mirada, se alejó por la galería. Rick podía escucharla hablando animadamente sobre algo, pero obviamente se suponía que él no debía saber de qué se trataba. Aquello no le hacía la menor gracia… y ella también lo sabía, maldición.
Respiró hondo y tornó de nuevo su atención a los planos. Para tratarse de alguien que, por lo general, contemplaba un edificio con las miras puestas en perpetrar un allanamiento, sus planes para el ala de la galería eran asombrosos: sencillos, elegantes y diseñados para que las obras se vieran tal y como el artista hubiera imaginado. Aquello entibió su corazón, y por la más extraña de las razones; Sam disfrutaba haciendo eso, y él había sido capaz de darle la oportunidad.
Se volvió nuevamente hacia Sam al oír el sonido del teléfono al cerrarse.
—Reitero la pregunta, ¿qué tal está Walter?
—Está bien —respondió, sonriendo—. Recibió el último boletín. Al parecer has convertido tu aventurilla con la tal Jellicoe en algo más prolongado y, de hecho, las has invitado a mudarse a tu enorme y muy privada propiedad de Devonshire, Inglaterra.
—Mmm. Rumores, ya lo sabes. Uno no puede fiarse de ellos.
—Cierto. Estoy impaciente por echarle un vistazo a tu foro. Apuesto a que las chicas comienzan a ponerme verde otra vez.
—¿De qué demonios hablas?
—Te lo he dicho, tienes una página web, administrada por «Las chicas de Rick». No les gusta que salgas con nadie.
—Pensé que se alegrarían por mí —dijo sin concederle importancia, sabiendo que ella sólo seguía tales cosas porque le divertían y a él le molestaban—. Así que, ¿es el único motivo de que Walter llamara?
Vio el mero segundo de duda antes de que se uniera de nuevo a él junto a la mesa de dibujo.
—No. Ha encontrado un lugar con un buen potencial.
—¿Para vuestras oficinas?
—Quizá. Quiere que vuelva a Palm Beach para echarle un vistazo.
Él asintió, ocultando su frustración. Por mucho que deseara que ella quisiera quedarse en Inglaterra con él, había sido consciente de que el tema de Palm Beach acabaría surgiendo.
—Dame una semana y le echaré un vistazo contigo.
Samantha se aclaró la garganta.
—Por lo visto es una propiedad muy codiciada.
—Que Walter les diga que estoy interesado. Esperarán.
El ceño entre sus bonitas cejas se hizo más marcado.
—No eres tú quien está interesado, si no yo.
—Es lo mismo. Venga, vamos…
—No es lo mismo, Rick. Por última vez, esto es asunto mío, ¿de acuerdo?
—Ya lo sé —respondió, preguntándose si estaba enfrentándose a su vertiente independiente, que fue lo primero que le atrajo de ella, o a su lado más terco, igualmente desarrollado que el anterior, y que en ocasiones le cabreaba soberanamente—. Aunque alguien tan emprendedor como tú podría tener en cuenta que me gano la vida montando compañías y haciéndolas rentables… y que tengo mucho éxito en ello. Además, no tengo objeciones a que utilices mi experiencia o mis recursos.
Samantha entrecerró los ojos.
—¿No tienes objeción? —repitió.
«Oh, oh.»
—Me alegra ofrecerte mi ayuda —se corrigió, maldiciéndose para sus adentros. Sam no era una profesional de la compra apalancada con financiación ajena y no era una empleada—. Me gustaría ayudar —probó de nuevo.
—No creo que me estés ofreciendo ayuda —dijo con rigidez—. Lo que quieres es hacerlo tú. Montar una firma internacional de seguridad, reclutar a los clientes que consideras que harían que el negocio resultara rentable y con las mínimas molestias. Pero no voy a abrir una oficina satélite de Addisco. Es mi idea, mi proyecto, mi oportunidad. Tengo que hacerlo yo. Por mí misma.
—A excepción de Walter, quieres decir. Él consigue que le incluyas. Se trata de un despacho, no de un Picasso que quieres robar y colocar.
—Ay, tío, gracias por aclararlo.
—Me refiero a que Walter y tú tenéis experiencia en algo que no se presta a establecer un negocio legal. Yo me especializo en negocios, y sería una estupidez no aprovecharse de eso.
—¿Así que ahora soy estúpida? ¿Por qué, porque quiero hacer algo sin ti, no? Sabes, Rick, he hecho mucho dinero sin tu ayuda… y tú, sin mi ayuda, hubieras muerto hace tres meses.
Él frunció el ceño.
—¿Qué demonios tiene eso que ver con montar un negocio?
La mordaz réplica que Samantha evocó salió de su pecho con un gruñido frustrado. Habría tratado de explicárselo, en numerosas ocasiones, y él se había negado a escuchar.
—Ya lo pillo, sabes. Quieres que me sienta en deuda contigo, y quieres poder recordarme por los siglos de los siglos que fuiste tú el motivo de que pudiera lograrlo. No es así como yo hago negocios, legales o no. Así que puedes irte a la mierda.
—Si intentas esto tú sola, imagino que llegarás allí antes que yo.
—Oh, se acabó, gilipollas —espetó, girando sobre sus talones y encaminándose con paso enérgico hacia sus habitaciones privadas. O, más bien, hacia las habitaciones privadas de él, las cuales compartían. El jodido palacio de Buckingham no era tan grande como aquel lugar.
—¿Qué significa eso? —exigió, trotando tras ella.
—Me voy a Florida.
—Te vas a Florida dentro de una semana.
—¡Ja! —«Sigue sin pillarlo»—. ¿Crees que puedes retenerme aquí, chico rico?
—Es por tu propio bien. Si te pararas a utilizar el cerebro en vez de tu maldito ego durante un jodido minuto, te darías cuenta de que te iría mejor si me esperaras.
—¿Piensas que mi ego es el problema?
—Tu…
—Oye, aplícate el mismo consejo —replicó, sacándole el dedo corazón al tiempo que saltaba por encima del pasamanos de la escalera hasta el rellano de abajo, haciéndolo de nuevo para llegar al segundo piso mucho antes que él.
Sabía lo que él pretendía: intentar controlarla a ella y la situación. Así era como ganaba sus millones. Pero era su obra, su experimento, y si continuaban con ese tira y afloja, que iba a más, tal y como habían hecho durante las últimas semanas, uno o los dos iban a acabar en el hospital o muertos.
—¡Sam! —gritó Rick, bajando las escaleras a toda prisa tras ella.
Había sido una ladrona toda su vida a excepción de los tres últimos meses, y algunas costumbres eran más difíciles de abandonar que otras. Entrando precipitadamente en el dormitorio, se sumergió en el vestidor y sacó su mochila. Por muchas cosas que hubiera adquirido últimamente, en aquella mochilla llevaba todo cuanto necesitaba para sobrevivir.
Prácticamente se chocó con Rick en la entrada del dormitorio y Sam lo esquivó. Cada vez se le daba mejor seguirle la pista. Después de todo, estaba en muy buena forma incluso para tratarse de un tipo rico, y no estaba del todo convencida de ser capaz de superarle en una pelea, sobre todo habida cuenta de que sabía como pelear sucio.
Rick le había regalado un Mini Cooper negro, en gran medida por el solo hecho de que ella lo consideraba increíblemente guay, y la noche anterior lo había dejado aparcado a un kilómetro de la casa. Rick tenía al menos media docena de coches en Devonshire, todos, salvo uno, estacionados en el enorme antiguo establo que había transformado en garaje.
Se hizo con sus tijeras de podar de camino al exterior, desviándose por el garaje y cortando los cables de la puerta cuando salió a toda carrera por las puertas giratorias del frente. Detrás de ella Rick se detuvo en seco justo a tiempo de evitar golpearse la cabeza, gritándole que se detuviera y dejara de hacer el capullo. «¡Ja!» No había hecho más que empezar. Ahora él tendría que salir por la entrada delantera, de modo que disponía de al menos tres minutos de ventaja sobre él. Y sabía dónde estaba estacionado su coche, y él no.
Su reluciente BMW azul estilo James Bond estaba aparcado en el camino, sin duda aguardando para llevarla de improviso a algún picnic, una elegante comida u otra cosa, como parecía hacer con alarmante regularidad. A primera vista, tres meses atrás, no le había considerado un romántico, pero parecía tener un innato sentido de lo que a ella le gustaba y de lo que siempre había deseado hacer. Pero, a la mierda con eso. Se negaba a darle ningún punto por tratar de ser simpático ese día. Sosteniendo la tijeras de podar a modo de navaja, las clavó en el neumático delantero derecho del BMW. Las extrajo cuando escuchó el aire escapar y se afanó con los otros tres restantes. Era una verdadera lástima inutilizar un coche tan precioso como aquel, pero no iba a permitir que tuviera ocasión de perseguirla. Le había dicho que se marchaba, y lo había dicho en serio, maldita sea.
Dejó clavadas las tijeras en el último neumático, luego echó a correr por el largo y empinado camino de entrada. Su propiedad tenía una obscena extensión de acres, pero los paparazzis y el público le habían forzado a erigir un muro alrededor de la propia mansión. Era ahí dónde había mayor seguridad, y el punto en que se había concentrado para proteger a Rick y la colección de obras de arte que había estado reubicando, anticipándose a la apertura del ala de la galería. Sin embargo, esa mañana le traía más bien sin cuidado disparar las alarmas o ser sigilosa. Las cerraduras de la verja principal estarían conectadas, de modo que se limitó a escalarlas, saltando al suelo adoquinado del camino de entrada del otro lado. Hecho aquello, ascendió a pie la angosta carretera hasta el desvío del lago.
Sam no pudo evitar echar un vistazo por encima del hombro mientras abría el coche y arrojaba la mochila al asiento del pasajero. No había señal de Rick, pero no podía estar lejos. Y no estaría contento.
Aunque puso el coche en marcha y bajó el camino como una exhalación hacia la carretera principal, parte de ella disfrutaba del momento. Un pequeño chute de adrenalina, por el motivo que fuera, todavía ayudaba a satisfacer la profunda ansia que había en su interior, el ansia que últimamente no había satisfecho con la suficiente frecuencia. Aquella ansia que él quería aprisionar detrás de un escritorio, probablemente en un despacho que no contara siquiera con una ventana.
Abrió la capota de su móvil y telefoneó a British Airways. Haciendo uso del número que había memorizado de una de las tarjetas de crédito de Rick, reservó asiento en el siguiente vuelo abierto para Miami, y luego concertó otra conexión hasta Palm Beach. ¡Las tarjetas de crédito eran la leche! Debería hacerse con una a no tardar. En cuanto a devolverle el dinero a Rick, le enviaría un giro con el maldito efectivo tan pronto llegara a Florida. No quería deberle nada.
Sam miró por la diminuta ventanilla mientras el avión despegaba. No había señal de Rick en la terminal. Por primera vez se preguntó si tal vez hubiera decidido no ir tras ella.
Se recostó y se encogió de hombros. ¿Y qué si no volvía a verle nunca más? No era mucho mejor que ella, pero sí muchísimo más arrogante. Definitivamente, aquello no era algo que necesitara en ese momento.
Al abrir la revista People que había cogido en el aeropuerto, se encontró con él, con los dos, en el estreno de una película a la que habían asistido el mes pasado. Él estaba magnífico con su traje negro, mientras que daba la sensación de estar intentando evitar encogerse de vergüenza ante la marea de flashes de las cámaras y escandalosos adoradores de famosos. A buen seguro que no echaría de menos aquello. Y no le echaría de menos a él.
De acuerdo. Tal vez sí le echaría de menos, pero daba igual. Después de pasar tres meses seguidos en Inglaterra, partía hacia un lugar que durante los tres últimos años casi había comenzado a considerar su hogar. Salvo que en ese mismo instante, para su mente «hogar» tenía la alarmante tendencia a estar allá dondequiera que estuviera Rick.
Se sacudió mentalmente. No le necesitaba; simplemente le gustaba estar cerca de él. Y le gustaba el sexo. Mucho. Aun así, la promesa que había realizado de enmendarse no había sido tanto por él como por sí misma. Rick no tenía que llevarse el mérito, y no iba a realizar parte del esfuerzo. Era asunto suyo. Su vida y el rumbo que ésta tomase habían sido asunto suyo en todo momento.