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Prólogo
Aparece el diablo
Se decía que el invierno en la costa de Somerset poseía una cierta belleza inhóspita. Sin embargo, para algunos, el mes de febrero de 1827 fue simple y llanamente inhóspito. Podría haber sido peor, se dijo Aubrey Farquharson. Podría haber sido el invierno de 873.
En ese año los campesinos de una aldea, atribulados, hambrientos y fatigados, levantaron un hito en una colina del canal de Bristol para vigilar a los invasores nórdicos. Pero como suele suceder con los invasores, éstos eran traicioneros y reincidentes. Por necesidad, pronto el pequeño hito se convirtió en una torre de vigía, y esa torre en un baluarte hasta que, muchos años después, el hito se hubo convertido en Castle Cardow, llamado así por el peñasco sobre el que se erigía.
Dada la importancia de su situación estratégica, Cardow pronto estuvo almenado bajo la bandera del rey de Wessex. Desde sus inicios, el castillo parecía abocado a ser un lugar de profundo dolor. Hubo quien decía que Cardow se construyó con piedra cementada con lágrimas y, en verdad, fueron muchas las que allí se derramaron. Cuando al final fue invadido en la segunda guerra danesa, Gunthrum el Vikingo y sus secuaces quemaron, torturaron y desollaron vivos a los valientes muchachos que custodiaban el castillo. El más bárbaro de sus esbirros era Mangus el Waelrafen, es decir, «el Cuervo Negro», llamado así por el mascarón de su proa: un enorme pájaro negro con las alas desplegadas, un carroñero que se abatía sobre las presas desprevenidas.
El simbolismo era muy apropiado. Después de asolar el castillo, Mangus decidió rebuscar entre los huesos. Encontró una joven de gran finura, la heredera de Cardow, y la obligó a casarse con él. Era una muchacha sajona rubia de ojos azules llamada Ermengild; un nombre que significaba literalmente «fuerte en la batalla». Pero, ¡ay!, Mangus no captó la indirecta. Bautizó con su nombre el castillo y la aldea, y se afincó en esas tierras.
Durante dos años los vikingos saquearon Wessex, igual que Mangus saqueó a su esposa. Pero Ermengild resistía con elegancia. Y, al final, el rey de Wessex, el hombre al que un día llamarían Alfredo el Grande, forzó a los vikingos infieles a ceder no sólo ante Inglaterra sino ante la cristiandad. En vistas de la derrota ignominiosa, Gunthrum se marchó y se llevó a sus secuaces consigo. Mangus dejó a su mujer, que estaba embarazada de tres meses, y le juró que volvería.
Cuando volvió, el castillo que coronaba Cardow —fuera como fuese que quisieran llamarlo— era una fortaleza completamente fortificada. Para lo que maquinaba Ermengild, sin embargo, las almenas no eran necesarias. En cuanto vio el barco de su marido navegando por el canal, bajó hacia el foso, abrazó a Mangus en el puente levadizo y entonces le hundió su mejor cuchillo de cocina en la espalda. Así terminó, o así lo contaban, el primero de muchos matrimonios maltrechos en Castle Cardow.
Aubrey Farquharson había escuchado esta historia y muchas más durante el viaje desde Birmingham. El cirujano naval que se sentaba delante de ellos en el carruaje de línea era un hombre de Bristol al que le gustaba inventarse historias para entretener a los que estaban allí encerrados. Aubrey le dio las gracias, se bajó en Minehead y cuando llegó corriendo a la pequeña posada destartalada, se confirmaron sus peores miedos.
Habían llegado demasiado tarde, les dijo el posadero, ya que habían enviado un carruaje para llevarla hasta Cardow. Hacía dos horas que los criados del comandante Lorimer se habían cansado de esperar. Pero había buenas noticias, añadió el tabernero. Tenía un carro para alquilar. Para «alquilar». Esa noticia ya no era tan buena. De todos modos, tenía pocas opciones. Cogió las monedas del billetero y se puso en marcha para ir a buscar su futuro.
Mientras el carro salía de la carretera del canal traqueteando y cruzaba el viejo foso para empezar un ascenso agotador, Aubrey se acercó a la ventana, levantó la vista y restregó el puño contra el cristal para desempañarlo. Allí en las alturas, el castillo podría haber servido de inspiración para una de las novelas más escalofriantes de la señora Radcliffe. Lo único que le faltaba era una bandada de cuervos que saliera volando hacia una nube maligna, recortada contra el cielo plomizo.
Pero ese pensamiento le trajo a la memoria aquella aciaga leyenda de Waelrafen. Aubrey se estremeció y apartó la vista. No le apetecía pasarse la próxima década prácticamente aprisionada allí. Y tampoco quería llevar al niño a un lugar tan sombrío. Bajo sus pies, el carro desvencijado se precipitó hacia delante cuando el cochero dirigió a sus caballos hacia la siguiente curva y las ruedas surcaron el camino para aferrarse en el barro. El interior olía a cuero enmohecido y a madera podrida. En el asiento de enfrente, Iain la miró. Los ojos del niño eran redondos y aún tenía el rostro pálido. ¿En qué estaría pensando cuando decidió arrastrar a un niño de cinco años hacia lo desconocido? Sin duda, el agotamiento había contribuido a enfermarle. Alguien podría haberse quedado con él…
Pero no. No había nadie; nadie a quien poder confiarle a Iain.
—¿Crees que el hombre aún te dará el trabajo, mamá? —preguntó Iain en voz baja—. No quería ponerme enfermo en Marlborough. ¿Quieres que le diga al hombre, al comandante, que ha sido culpa mía?
Aubrey se inclinó hacia delante y pasó la mano por el pelo oscuro y brillante de Iain. Era el pelo de su padre. Y el nombre de su padre, también. Eso era lo único que Aubrey había temido cambiar. No le costó persuadir al niño para que adoptara un nuevo apellido y se olvidara del otro. Tampoco fue difícil refinar su ligero acento irlandés y hacerle pasar por un chiquillo de Tyneside normal y corriente cuyo padre había muerto en las minas. Pero ¿cambiar su nombre de pila? ¿O el suyo?
No, eso iba en contra de su intuición. Además, hoy, el nombre del niño podría ser su baza, aunque esperaba que no. Pero tendría que hacer lo que fuera para poder darle un techo a su hijo y evitar que los encontraran. Seguramente no habría mejor lugar que Castle Cardow, tan sombrío y desolado.
—Iain —susurró—. No es culpa tuya. No digas nada, ¿me oyes, cariño? Encontraremos un lugar para que te acuestes y yo me encargaré del comandante Lorimer. Me dará el trabajo, te lo prometo.
Iain se recostó y cerró los ojos. Poco después estaban subiendo por el empedrado hacia la torre de entrada. Más arriba, en el centro de la entrada arqueada, una débil luz brillaba a través de las rendijas de una ventana. Debajo, Aubrey pudo ver las enormes púas de hierro de un rastrillo antiguo que habían levantado para permitirles la entrada. O quizá lo habían levantado hacía trescientos años y lo habían dejado allí colgado, oxidado y en el olvido. Pero cuando el carro pasó por debajo, Aubrey miró el techo negruzco del carruaje y se le pusieron los pelos de punta. Le sobrevino la irracional idea de que el rastrillo bajaría y les perseguiría, encerrándolos para siempre dentro de las paredes del castillo.
En el patio, el cochero encorvado los hizo bajar en un garaje antiguo, extrajo las maletas con esfuerzo y volvió a subirse en el carro. Aubrey casi le gritó que esperara, pero se mordió la lengua. Llovía a cántaros otra vez. No le extrañaba que tuviera prisa por volver por esa horrible carretera sinuosa, no fuera que se enfangara aún más. Con la mano de Iain firmemente agarrada, Aubrey se volvió hacia la gran puerta y dejó caer la aldaba.
—No nos dijeron nada de un niño —comentó la criada que salió a su encuentro para cogerles las capas. Se mostró un tanto indecisa pero tenía una mirada amable. Aubrey no creía que fuera a echarles otra vez, así que esbozó una sonrisa.
La criada se encogió de hombros y siguió parloteando.
—A ver, Pevsner, el mayordomo, se ha ido al King’s Arms con los lacayos —continuó—, si no, le preguntaría qué podemos hacer.
¿Los criados estaban de jarana a esas horas? Qué extraño.
—No caí en mencionar a Iain en mi carta al comandante Lorimer —mintió Aubrey—. Pero no traerá problemas. ¿Puedo preguntarle cómo se llama?
—Betsy, señora.
—Gracias, Betsy. —Aubrey sonrió de nuevo—. ¿Podría ponerle un camastro a Iain delante de la chimenea de la cocina mientras hablo con el comandante? Ya verá como no se dará cuenta de que está ahí.
Betsy miró al niño exhaustivamente.
—Me parece que no habrá problema, señora —dijo finalmente—. Pero la esperaban antes de la hora de cenar. El comandante no recibe a nadie después de la cena.
—Lo siento mucho —murmuró—. Nuestro carruaje vino con retraso. —No era más que una mentirijilla.
Betsy entregó los abrigos y el niño a otra muchacha más joven que esperaba a su lado y que se los comía con los ojos, grandes e ingenuos. Aparentemente no recibían a muchos invitados en Cardow, ya que los muebles estaban cubiertos de polvo. Aubrey besó a Iain en la mejilla suavemente y, entonces, él y la muchacha desaparecieron escaleras abajo por la otra punta del vestíbulo.
Acorde con su nueva etapa en la vida, a Aubrey no le ofrecieron asiento en el salón sino en un banco de madera negro y duro en el recibidor. Betsy volvió a sonreírle con indecisión y subió por una escalinata más ancha y elegante que llevaba a una galería abierta que recorría toda la habitación.
Aubrey trató de aplacar los nervios observándolo todo. El vestíbulo era abovedado e inmenso y tenía un toque medieval. Y un olor medieval, también, ya que olía a humedad y a podredumbre. Aubrey se imaginó el moho, latente bajo los enormes tapices. Se veían telarañas del tamaño de esquifes en las ménsulas que soportaban la galería. Las dos chimeneas parecían mugrientas, y ambas repisas estaban cubiertas de hollín. Colgado sobre la chimenea más alejada, había un escudo de armas; un cuervo negro, con las alas desplegadas delante de un fondo encarnado y dos leones rampantes que sujetaban el escudo.
Bueno. El mensaje de los condes de Walrafen no podía ser más claro. Aún así, pese a su heráldica y al moho, Cardow se había modernizado una o dos veces durante los últimos mil años. Habían cubierto las piedras con alfombras turcas, aunque éstas habían visto tiempos mejores. Parecía que los muebles se habían fabricado en el reinado de Guillermo y María, mientras que la mitad de las paredes estaban cubiertas con tapices y la otra con paneles jacobeos, con unos grabados intrincados en el roble, ennegrecidos por el paso del tiempo, que hacían juego con la galería.
Mientras Aubrey la miraba para estudiarla, percibió el susurro de unas voces que hacían eco; un murmullo que pronto derivó en una discusión. Un instante después, una voz bramó por la casa.
—Pues le dirás que el puesto de trabajo ya está cubierto —gritó un hombre—. ¡Y punto! Ahora, ¡fuera de una vez por todas! Y llévate esa bandeja. Esta comida no se la comerían ni los cerdos.
A eso le siguió un susurro. Los platos cayeron al suelo.
—Si yo te lo ordeno, ¡hazlo! —dijo otra vez esa voz—. Fuera, maldita sea. Y no me discutas.
Más murmullos, y más ruido de platos.
—¡Entonces, echa al niño también! Son las cuatro y media. Maldita sea, es la hora de mi whisky.
Más susurros. Entonces se oyó un grito agudo y corto, seguido por el ruido de cristales que se rompían.
Sin pensar, Aubrey se levantó del banco de un salto y corrió escaleras arriba. La galería era ancha pero estaba a oscuras, dobló la esquina y se encontró un pasillo con muchas puertas a cada lado, bajo arcos de piedra. Unos metros más adelante, una tenue luz se derramaba sobre la piedra. Aubrey no lo dudó y entró sin llamar.
Justo delante de la puerta, Betsy estaba arrodillada y recogía fragmentos de porcelana y se los guardaba en el delantal. Aubrey escudriñó la oscuridad. Un fuego débil ardía en el hogar; era la única fuente de luz de la cámara. Era una biblioteca.
—¿Está bien? —preguntó Aubrey, arrodillándose para ayudar a Betsy, que temblaba con una emoción contenida.
—No, no está bien —bramó un hombre entre las sombras—. Es una tonta de remate. ¿Y quién demonios es usted para irrumpir así?
Aubrey se levantó; los ojos aún se estaban ajustando a la luz.
—¿Comandante Lorimer?
En la esquina más alejada de la habitación, había una butaca de respaldo curvo, escondida entre las sombras como si el ocupante no quisiera ser visto. Aubrey distinguió la silueta de un hombre. Éste se levantó con torpeza, agarró un bastón y se acercó a ella renqueando y escorando a duras penas a estribor.
En el suelo, la criada se encogió de miedo y siguió recogiendo los fragmentos de porcelana que se habían clavado en la alfombra. El hombre se detuvo a unos metros de ella y miró a Aubrey de arriba abajo con el ojo derecho. El izquierdo era tan sólo un arrugado nudo de piel dentro de la cuenca como un ombligo enorme y obsceno. El brazo izquierdo parecía rígido y le faltaba la mitad de la pierna. Era mucho más viejo y más irascible de lo que esperaba. Y mucho más borracho, también.
Tambaleándose, se le acercó un poco más con la pierna de madera y la escudriñó.
—¿Y usted quién demonios es?
Aubrey le miró a los ojos… lo mejor que pudo.
—Buenas noches, comandante Lorimer —dijo con firmeza—. Soy la señora Montford, la nueva ama de llaves.
—¿Ah, sí? —gruñó mientras se inclinaba hacia ella—. Deme la mano.
Con aire vacilante, Aubrey le dio la mano. El comandante la cogió y la frotó entre el pulgar y el índice como si comprobara un rollo de lana.
—Bufff —resopló—. Si usted es una maldita ama de llaves, yo soy el arzobispo de Canterbury.
Aubrey ya había tenido suficiente.
—En realidad soy un ama de llaves normal —replicó ella—, no una maldita ama de llaves. De verdad, señor, ¿acaso no tiene otro adjetivo en su vocabulario?
Por un momento el comandante permaneció quieto, mirándola con su ojo bueno. Entonces miró a Betsy y le gritó:
—¡Fuera, fuera! —Y la pinchaba con el bastón a cada sílaba—. ¡Déjanos, imbécil!
—¡Pare ya! —le ordenó Aubrey, que intentaba arrebatarle el bastón—. Deténgase de inmediato.
Pero a Betsy le faltó tiempo para salir de la habitación; el delantal le tintineaba por los trozos de los platos rotos.
El comandante apoyó ambas manos en el bastón y se echó hacia delante.
—A ver, señorita… señora… ¿Cómo demonios se llama?
—Montford —dijo con claridad.
—Bueno, señora Montford —repitió con sorna—. ¿Cuántos años tiene usted?
—Veintiocho, señor —mintió.
El comandante estalló a reír.
—Ay, lo dudo mucho. —Ahora había menos rabia en su tono—. Y ese niño al que arrastra, ¿de quién es? ¿De su anterior patrón?
Aubrey sintió que la sangre se le subía a la cabeza.
—De mi difunto marido, señor. —Esta mentira era más difícil de contar.
Él sintió su vacilación y le cogió la otra mano. La alianza que llevaba relucía bajo la luz de la lumbre.
—Era minero —contestó—. Somos de Northumberland.
El comandante dejó caer la mano y la miró.
—Pues, para mí, tienes el aspecto de una maldita escocesa.
—Yo… sí, bueno —admitió—. Mi abuela era de Sterling.
—Poco importa —refunfuñó—. El puesto ya está ocupado.
Aubrey negó con la cabeza y se metió la mano en el bolsillo.
—Usted me prometió el trabajo, comandante Lorimer —dijo mientras extraía la referencia falsificada—. Me escribió que debía traer una carta de mi último patrón. Me dijo que, si era de su agrado, el trabajo sería mío.
—Bueno, ahí lo tiene —rezongó—. ¡No es de mi agrado!
Aubrey sacudió la carta delante de sus narices.
—¡Pero si ni tan siquiera la ha mirado!—exclamó indignada—. He recorrido todo el camino desde Birmingham para trabajar para usted.
El comandante le arrebató la carta.
—¡No para mí! —espetó, renqueando hacia el escritorio junto a las ventanas—. Para mi maldito… mejor dicho, para mi condenado sobrino, Giles. Ésta es su casa, no la mía.
Lanzó la carta sobre la mesa.
—Todo el mundo sabe quién es el conde de Walrafen —dijo Aubrey—. Pero me habían dicho que su señoría apenas venía a Cardow. A ver, ¿puede decirme cómo ha podido dar un puesto que se me ofreció hace tres días?
El comandante Lorimer dijo con desdén:
—Es usted una insolente, señora Montford.
Aubrey se mantuvo firme.
—No me gusta que jueguen conmigo, comandante —dijo, tajante—. Además, es bastante obvio que Cardow necesita un ama de llaves. ¿Tiene idea su señoría de la condición en la que se encuentra su residencia familiar?
Al comandante le dio un ataque de risa.
—Si lo supiera, le daría igual —replicó—. Le importaría un comino que la casa quedara reducida a escombros mañana. Ahora, vamos, mujer. Salga de aquí. Betsy encontrará un sitio para que usted y el niño duerman hoy. He cambiado mi opinión respecto al ama de llaves. No necesito más criados pululando por aquí, bebiéndose mi whisky y entrometiéndose en mis asuntos.
Aubrey se dio cuenta que lo decía muy en serio. Era verdad que iba ebrio; sus poros rezumaban una borrachera habitual. Llevaba el pañuelo arrugado y tenía una barba de dos días. Sin embargo, se notaba que aún conservaba algo de honor. Era mayor que su padre, pero Lorimer tenía la espalda erguida de un soldado. Le odiaba con tan sólo verle y, sin embargo, de una manera muy curiosa, le encontraba atrayente.
Como vio que no tenía alternativa, Aubrey respiró hondo. Extrajo una segunda carta, con las esquinas dobladas por el paso del tiempo.
Sin mediar palabra, se la entregó.
Lorimer la miró extrañado.
—¿Qué es eso?
—Otra carta, señor.
—¿Eh? —La cogió de mala gana—. ¿De quién es?
—Es suya, señor. Es su palabra de honor como oficial y caballero. Se la escribió a mi madre cuando mi padre murió. Nos ofrecía su ayuda para cuando la necesitáramos.
Con una expresión inescrutable, el comandante se sentó en una butaca que había al lado del escritorio. Aubrey le siguió. Él abrió la carta y la acercó al fuego. Después de una larga pausa, la dobló junto con la primera y las dejó en un cajón.
—Dios mío, pobre Janet —susurró—. Entonces, murió, ¿verdad?
—Sí, señor.
—¿Y que pasó con la hija mayor? —gruñó—. Se casó bien, ¿no? ¿No puede ayudarle ella?
—Muireall siempre fue muy enfermiza —dijo Aubrey—. Murió poco tiempo después de mamá.
El comandante no quiso mirarla.
—Ya decía yo que parecía escocesa —susurró, apoyando la cabeza sobre la mano—. Tiene el pelo y los ojos de su madre.
—Sí —dijo en voz baja.
El comandante resopló.
—Entonces, ¿está en apuros, jovencita? ¿Y espera que yo le solucione los problemas? Bueno, ha venido usted al lugar equivocado. Soy un soldado viejo y acabado, sin influencias y con el dinero justo para mantenerme a base de whisky y prostitutas.
—Señor —le dijo, casi rogándole—. Yo sólo quiero un trabajo; una oportunidad de ganarme el sustento.
Él volvió a reír y se quedó mirando la oscuridad.
—Fue cosa de Iain que adoptara tan mala costumbre, ¿sabe? —dijo en un tono de confesión—. No las prostitutas; el whisky. El oro de Glasgow, lo llamaba.
—A papá le gustaba el buen whisky.
El comandante la miró y entrecerró el ojo que le quedaba.
—Su padre valía su peso en oro, jovencita —dijo con recelo—. ¿Qué necesidad tiene usted de trabajar?
Aubrey dudó un momento.
—Lo necesito. Por favor, por la gloria de mi padre, no me pregunte nada más. No le diga a nadie que me conoce.
—¡Sabe Dios que no la conozco!
—Por supuesto —dijo Aubrey rápidamente—. Soy tan sólo la señora Montford, su ama de llaves.
Por toda respuesta, el comandante se inclinó hacia delante y cogió la botella medio vacía de whisky. Encima de la mesa, al lado del codo, tenía un vaso sucio y lo llenó despacio.
—Por la gloria de su padre, ¿eh? —gruñó—. Creo que la desperdició conmigo.
—Señor, no es posible que piense eso.
Entonces se volvió hacia ella con la mirada encendida de repente.
—¡Usted no tiene ni idea de lo que yo pienso! —le espetó—. Maldita sea, deje de darme la charla.
Entonces entrecerró el ojo y le dijo:
—¡Espere, por el amor de Dios! Hay algo que me ronda por la cabeza.
Aubrey tragó saliva.
—¿Señor?
—Salió un escándalo en el periódico la primavera pasada. —Inclinó la cabeza hacia un lado y se la rascó—. ¿O fue el año anterior? Un nombre conocido, me parece recordar. No creo que estuviera tan borracho como para olvidarlo. ¡Ja! Señora Montford, ¡por todos los santos! Me apostaría diez guineas a que usted está mintiendo también sobre eso.
Aubrey cerró los ojos.
—No me pregunte nada más, señor. Se lo ruego.
—No lo haré —la tranquilizó—. No quiero saber nada más de usted o del problema que tiene. Haré lo que deba por su padre, pero nada más, ¿me oye?
—Sí, señor.
Entonces fijó la vista, no en ella sino en el fuego.
—No tiene sentido que una muchacha de su sangre haga de criada.
—Es un trabajo honrado, señor —dijo Aubrey—. Tengo experiencia en la gestión de casas grandes.
El comandante gruñó.
—A mi me da igual que no sepa diferenciar una plancha para ropa de un gato mecánico. Los despediría a todos si Giles me dejara; pero no me deja. Y ahora también tengo que cargar con usted, ¿no?
Aubrey no dijo nada.
El comandante se maldijo entre dientes y colocó la botella sobre la mesa con torpeza, como si no pudiera apreciar la distancia hasta el escritorio.
—Bueno, así es como nos apañaremos, muchacha —continuó, deteniéndose para secarse la boca con la manga—. Quiero que el whisky se mantenga en frío y que el agua de la bañera esté caliente. El té lo quiero a las cuatro y la cena a las seis. Aquí mismo, en una bandeja.
Aubrey suspiró, aliviada.
—Sí, señor.
—Y no quiero verla u oírla decir ni pío a menos que el castillo esté en llamas o los franceses estén llegando al canal. No me pregunte nada sobre el funcionamiento de esta casa, ya que no tengo ni voz ni voto. No me pregunte nada sobre la gestión de esta hacienda porque ni se nada, ni tengo interés en saberlo.
Aubrey asintió levemente.
—Sí, señor.
Pero Lorimer volvió a respirar hondo.
—No desayuno. No recibo a gente. Abra el correo y si es una factura, páguela. Si es algún asunto relacionado con la finca, háblelo con Giles. Si es cualquier otra cosa, quémelo. Si voy al pueblo y me traigo una puta, es cosa mía. Si me desvanezco por una borrachera y me cago encima, es cosa mía. Si decido desnudarme y correr como Dios me trajo al mundo por los adarves… eso, ¿qué sería?
—¿Cosa suya, señor?
—Está en lo cierto. Y si a alguien no le gusta, por mí que se pudra… ¿Me sigue, señora Montford?
—Sí, señor.
Lorimer sonrió con sarcasmo.
—Y otra cosa, señora Montford: odio a los niños. Mantenga a ese mocoso llorón fuera de mi vista, ¿me oye? Porque si deja que ese crío se me acerque, le juro por Dios que le enseñaré todo lo que sé, empezando por la palabra «maldito».
Aubrey notó que le fallaban las piernas.
—Sí, señor —contestó—. Le mantendré alejado, se lo prometo. ¿Hay…. algo más?
El comandante se echó a reír.
—¡Ya lo creo! En un par de días correrá la voz en toda la condenada aldea de que usted es una de mis lujosas adquisiciones de Londres. Siempre lo dicen cuando contratamos a una mujer hermosa aquí arriba.
Aubrey sintió náuseas.
—¡Ahí está! —bramó él, antes de beberse el vaso de whisky de un trago—. Ahora ya tiene su dichoso trabajo, señora Montford. Que lo disfrute.
De modo vacilante, Aubrey le hizo una reverencia.
—Gracias, señor.
El comandante Lorimer eructó.
Aubrey salió corriendo.
Capítulo uno
A lord de Vendenheim no le hace gracia
Septiembre, 1829
En Mayfair hacía una tarde plácida. Los escaparates y las ventanas de las casas estaban abiertos de par en par para dejar pasar la brisa otoñal, y en Hill Street, las criadas aprovechaban la oportunidad de barrer los portales mientras el sol aún calentaba. Los cocheros se quitaban el sombrero con más ganas mientras paseaban y media docena de lacayos deambulaban por la acera, respirando aire fresco y esperando algo —o nada— que hacer.
La biblioteca del conde de Walrafen estaba perfectamente orientada para disfrutar semejante día, ubicada como estaba en un rincón de la segunda planta. Las cuatro ventanas estaban abiertas y, tras él, oyó a las palomas gorjear mientras se atusaban las plumas. Pero, a diferencia de las sirvientas, Walrafen no estaba contento —casi nunca lo estaba— así que lanzó la carta que estaba leyendo sobre la mesa y miró a su empleado con el ceño fruncido.
—¡Ogilvy! —bramó el conde—. ¡Las palomas! ¡Las palomas! ¡Échalas fuera de las repisas!
Ogilvy palideció pero, para su sorpresa, saltó de su escritorio y arremetió, regla en mano.
—¡Fuera! ¡Fuera! —gritó entre el ruido y el revoloteo de las alas—. ¡Salid de aquí, endiabladas!
Cuando acabó, hizo una reverencia y volvió a su tarea. Walrafen carraspeó y se sintió algo estúpido. Quizá el joven Ogilvy aún no estuviera listo para volar, pero espantar palomas no era su trabajo. Walrafen abrió la boca para disculparse pero, en aquel momento, la brisa se convirtió en un vendaval que le abrió el archivo del escritorio. Dos años de correspondencia salieron volando por la habitación, como si fuera un pequeño tornado de pliegos de papel.
Walrafen maldijo en voz alta.
—¿No basta con que aquella mujer me acose cada semana con sus arengas? —rezongó mientras recogía los papeles—. Ahora parece que el archivo de la señora Montford está poseído por el diablo, también.
Y la verdad es que daba esa impresión, ya que el aire se había calmado de repente. Ogilvy le dio un golpecito a la mesa con el borde del archivo.
—No ha pasado nada, señor. —Le devolvió el archivo a Walrafen—. Todo está aquí.
El conde sonrió irónicamente.
—Eso es lo que me preocupa.
El muchacho soltó una carcajada y volvió al trabajo. Walrafen abrió el archivo y empezó a leer la última carta.
Castle Cardow, 21 de septiembre
Mi señor:
Como le expliqué en mis últimas cuatro cartas, es imprescindible que tome una decisión con respecto a la torre oeste. Como no he tenido noticias suyas, me he encargado personalmente de llamar a un arquitecto de Bristol. El informe de los señores Simpson y Verney concluye que hay una fisura profunda en la pared expuesta y que los cimientos están torcidos. Por favor, señor, ¿debemos echarla abajo o apuntalarla? Le puedo asegurar que a mí me es indiferente y que tan sólo deseo que se tome una decisión antes de que se derrumbe encima de uno de los jardineros, porque éstos son difíciles de conseguir.
Su segura servidora,
Señora Montford
Dios mío, ¿era posible que fuera ésta su quinta carta sobre la dichosa torre? Pensaba que ya lo habría mandado arreglar. Walrafen no quería pensar más en eso. Ella ya había contratado a los arquitectos. Sí, en las habilidosas manos de la señora Montford, podía olvidarse de Cardow y de todo lo que el castillo contenía, tal como deseaba. Podía lavarse las manos con facilidad y eso era un lujo casi extraordinario.
Pasó al siguiente pliego de papel. ¡Ja! Otra de sus regañinas favoritas. Tío Elias. El pobre hombre no debía de tener ni un minuto de paz.
Mi señor:
Su tío sigue encontrándose mal y ahora padece un ataque de hígado. No deja que entre Crenshaw y la semana pasada le arrojó una botella por la cabeza mientras el doctor volvía al carruaje. Como tenía la vista igual que el hígado, no acertó. De todos modos, le imploro que le dedique atención y le pida que se comporte…
«Señora —le murmuró Walrafen al papel—, si dándole la lata no lo consigue usted, entonces no tengo ni la más remota posibilidad.»
—¿Disculpe, señor? —Ogilvy levantó la vista del trabajo.
Walrafen levantó la carta, sujetándola con dos dedos como si fuera un pañuelo sucio.
—¡Ah! —dijo el muchacho en señal de complicidad—. El ama de llaves.
Sí, «el ama de llaves». Era una espinita clavada. Walrafen sonrió con aire atribulado, archivó la carta y, en un impulso extraño, cogió otra del montón. Marzo, ¡de hace dos años! Ésta era una de sus favoritas.
Mi señor:
Su tío me ha vuelto a despedir. Por favor, dígame si debo irme o quedarme. Si tengo que irme, por favor, tenga en cuenta que se me deben 1,86 libras que le pagué al farmacéutico la semana pasada, cuando su tío se tragó la llave de la caja fuerte por despecho. (Habíamos tenido unas palabras sobre su deseo de comprar coñac libre de impuestos en la aldea.) Si tengo que quedarme, tenga la amabilidad de escribirle inmediatamente para que recupere la llave de la caja ya que extraerla, por decirlo de algún modo, es responsabilidad suya…
¡Pobre tío Elias! Le parecía verle inclinado sobre el orinal, cortaplumas en mano y la señora Montford detrás de él sujetando una fusta, probablemente. Ajeno a la mirada extrañada de Ogilvy, Walrafen se echó a reír y cogió otra carta. ¡Ah, sí! Ésta era de principios de primavera, cuando la mujer revolvió la casa de arriba abajo. Una parte de él se preguntaba qué aspecto presentaba ahora el lugar.
Mi señor:
¿Está usted enterado de que hay seis sapos muertos en el cajón inferior de la cómoda de su vestidor? Betsy me dijo que, cuando se marchó usted a Eton, dio órdenes estrictas de que no se tocara nada. Pero ya que eso fue en 1809 y ahora estamos en 1829, pensé que sería mejor dejarlo claro. ¿Podría añadir que, lamentablemente, esos sapos no son más que polvo y huesos?
Mis condolencias por su pérdida,
Señora Montford
P.D.: Su tío me ha despedido otra vez. Por favor, dígame si debo irme o quedarme.
Walrafen dejó la carta a un lado y se pinzó con fuerza el puente de la nariz con el pulgar y el índice. Quería echarse a reír. Maldita sea, también quería llorar. «¡Váyase, váyase! —pensó—. ¡Y hasta nunca, señora Montford!»
Pero en realidad no quería que ella se fuera, ¿verdad? No, claro que no. De repente el papel se le antojaba demasiado brillante para sus ojos. Veía venir un repentino dolor de cabeza. La mujer siempre conseguía irritarle de alguna forma. Ella lograba enojarle. Pero también le divertía. Era insolente. Incluso algunas veces de un agudeza mordaz.
Ése era precisamente el problema, ¿no? Muy en el fondo tenía que admitirlo: la mujer le hacía sentir culpable; lo había hecho desde hacía casi tres años. Sus cartas se habían vuelto más estridentes, más exigentes y más perspicaces con cada mes que pasaba. Tenía pavor de abrirlas pero las leía una y otra vez. Generalmente no se molestaba en contestarlas, algo que resultaba en más cartas. Debió de haberla despedido a la primera muestra de insolencia.
Pero a veces sus cartas le hacían reír, y de eso había tenido poco en la vida. Le traían los recuerdos más vívidos del hogar de su infancia. Lo más placentero, al menos. Era muy extraño pero, en ocasiones, parecía que la señora Montford intentaba… bueno, atraerle hacia allí. A veces, en sus cartas, había algo más que cinismo y reprimendas. Algo que le hablaba en una voz suave y secreta.
Cogió otra, del pasado mayo, con las esquinas dobladas, y leyó un fragmento familiar.
Este año, la aulaga de las tierras altas es de un color verde excepcional, mi señor. Ojalá estuviera aquí para verla. Las rosas chinas evocan una gran promesa y Jenks me ha dicho que piensa construir una pérgola cerca del jardín tapiado.
¿Por qué le escribía semejantes cosas? ¿Y por qué las leía una y otra vez? Walrafen se preguntó, y no era la primera vez, si el ama de llaves sería hermosa. No estaba seguro de su edad, pero sus cartas le decían que era joven. Joven y llena de vitalidad. Tío Elias prefería siempre contratar a criadas bellas que estuvieran encima de él y no a sus pies. Se preguntaba si el viejo verde habría metido a ésta en su cama.
Bueno, seguro que sí; si no, la habría despedido hacía tiempo. Ninguna criada aguantaría a tío Elias por la mísera cantidad que le pagaba a la señora Montford. Nadie podía estar tan desesperado. ¿O sí?
Esa pregunta le hacía sentir… bueno, no sabía cómo. Desde luego, no le deseaba a ningún hombre —o mujer— que por cuestión de clase o por la pobreza se viera obligado a realizar un trabajo que encontrara intolerable. El martilleo que sentía en la cabeza empeoraba. ¡Ay, Dios, esta criticona señora Montford era como la viruela! Pero ¿qué le importaba a él que la torre oeste sobreviviera o no? ¡Pero si tampoco le importaba si lo hacían los jardineros!
«Dios mío.»
No era del todo así. No se había pasado la vida luchando por los derechos del trabajador para ahora arriesgar a uno de los suyos de una manera tan imprudente. Pero si se limitaba a no hacer nada, la señora Montford se encargaría de todo. Aunque se enfadaría mucho con él. Le llovería una tormenta de cartas indignadas, seguida por una granizada de facturas y recibos. Pero todo estaría arreglado en Cardow. Y por su lasitud, Walrafen aceptaría esa correspondencia como penitencia. O como diversión; no estaba seguro. La idea le hizo preguntarse por qué una mujer tan inteligente dejaba que tío Elias gruñera y jadeara encima de ella.
Sintió un aguijonazo en la sien.
—¡Ogilvy! —dijo bruscamente—. Corre las cortinas y que me traigan café.
Ogilvy le miró con recelo.
—Sí, señor.
Pero antes de que Ogilvy pudiera levantarse, la puerta se abrió de par en par.
—Lord de Vendenheim —anunció el mayordomo. Y, entonces, Max, el amigo de Walrafen entró en la habitación.
—Per amor di Dio! —farfulló Max, mientras se quitaba los guantes de conducir y paseaba por la sala—. ¡No estás vestido!
Max, delgado, moreno y con los hombros caídos, siempre parecía irritado. Y arrogante. Que Walrafen estuviera jerárquicamente por encima de él nunca le había preocupado, ni tan siquiera cuando era un modesto inspector de policía que trabajaba en el río en Wapping mientras Walrafen era uno de los miembros más influyentes de la Cámara de los Lores. Si uno era un necio, Max le trataba como tal. En ese aspecto era muy igualitario.
Max le miró por encima de su narizota morena.
—¿Vienes conmigo?
Al otro lado de la habitación, Ogilvy maldijo en voz baja.
—¡El desfile de la policía, milord!
Walrafen sonrió sin ganas.
—No podrán empezar sin nosotros, amigo —dijo mientras se incorporaba—. Pero será mejor que suba y me cambie. No sé dónde se ha ido el tiempo.
La mirada de Max se posó sobre el archivo que estaba abierto encima del escritorio de Walrafen. Con sus dedos largos y oscuros cogió la primera carta del montón.
—¡Ah! Otra vez el ama de llaves —dijo con complicidad—. Por favor, Giles, ¿cuándo vas a dejar de jugar al ratón y al gato con esa mujer?
Walrafen le fulminó con la mirada.
—Eso es cosa mía —le espetó, intentando que no le fallara la pierna, que se le había entumecido de estar sentado.
Max le siguió, con la carta en la mano. Mientras el mozo le quitaba el abrigo y el pañuelo al conde, Max se sentó en la butaca favorita de Walrafen y leyó la dichosa misiva en alto.
—¡Qué criatura más extraordinaria! —comentó cuando hubo terminado—. Me encantaría conocerla.
Walrafen estalló a reír.
—Del agua mansa líbrame Dios, que de la brava me libro yo, ¿no?
Max arqueó sus cejas negras.
—Pues estas aguas no son precisamente mansas —dijo con toda la razón—. Están agitadas por los intentos frustrados… y me apostaría que también es por algo más. Me pregunto de qué se trata.
Walrafen se acercó un poco más al espejo y se arregló los pliegues del pañuelo nuevo.
—La señora Montford es tan sólo una criada, Max; un ama de llaves arrogante y autoritaria.
—Entonces, despídela.
—¿Qué? ¿Y que otro pobre hombre tenga que cargar con ella? —se rio Walrafen—. Nunca podría despedir a una criada sin una referencia. No a menos que hubieran cometido un asesinato o algo peor. Y la verdad, ¿qué problemas me supone?
—Pues muchos, por lo que he visto en tus ojos —dijo Max, al tiempo que se levantaba y abría la puerta—. Dudo que asesine a alguien y te salve a ti de tu vida de… ¿Cómo la llamas? ¿Abandono benévolo? Eso es, y entonces te verías obligado a irte a casa, ¿verdad?
Walrafen pasó por su lado.
—Deja ya la maldita carta y vámonos —dijo—. A estas horas ya debe de haber una multitud por las calles de alrededor de Whitehall. Tendremos que ir andando.
—Sí, ¿y de quién es la culpa?
Al final, la predicción de Walrafen fue certera. Cuando llegaron a Charing Cross, tuvieron que abrirse paso entre la muchedumbre a codazos. La marea habitual de oficinistas de abrigos negros y tenderos con gafas que salían de Westminster en busca de la comida se reducía a un hilillo cuando llegaban a los carruajes. En la oficina de Max los pasillos estaban repletos de hombres que corrían de un lado a otro con uniformes azules largos y sombreros altos. Las escaleras estaban obstruidas con oficinistas de burócratas, incluso unas cuantas damas con sus sombreritos y parasoles.
En medio del caos, se gritaban los cambios de última hora y al final llegaron a la puerta de Max. Pero la habitación estaba ya ocupada. Una dama y un caballero miraban por la ventana, observando el tumulto que había en la calle. Al oír la puerta, la mujer se dio la vuelta, pero Giles la reconoció al momento. Era Cecilia, la joven viuda de su padre, y su segundo marido, David, lord Delacourt.
—Buenas tardes, Cecilia —dijo Walrafen mientras le hacía una reverencia—. Y Delacourt. Qué sorpresa.
—Hola, Giles, querido —contestó Cecilia—. ¡Y Max! Esperábamos encontrarles aquí.
Cecilia fue volando hacia Walrafen, con la mejilla preparada para su beso. Y claro que la besaría; siempre lo hacía. Pero, de repente, apareció un niño pequeño de detrás de las faldas de Cecilia y se abalanzó sobre ellos.
—¡Giles! ¡Giles! —exclamó el niño—. ¡Vimos al sargento Sisk! ¡Y dejó que me pusiera su sombrero! ¿Marchará usted y lord de Vendenheim en el desfile con él?
Con el corazón menos apesadumbrado, Walrafen cogió al niño en brazos.
—No, pero voy a pronunciar un discurso muy, muy aburrido. Y ya me gustaría a mí el abrigo de Sisk. Me gustan esos grandes botones de latón.
El niño se echó a reír. El marido de Cecilia se apartó de la ventana.
—Cecilia y Simon insistieron en ver cómo tomaba juramento la nueva policía de Londres —dijo Delacourt a modo de disculpa—. Espero no estar entreteniéndoles. —Se dirigía a Max pero miraba a Walrafen.
—En absoluto —contestó Max.
—Bien —dijo Delacourt—. Caballeros, si tienen ustedes los programas y los discursos a mano, ¿quieren que les llevemos a Bloomsbury en nuestro carruaje? Simon, súbete a los hombros de papá y te llevaré.
El niño se subió mientras Max abría la puerta.
Cecilia sonrió y puso la mano sobre el brazo de Walrafen.
—Giles, estoy tan orgullosa de ti hoy —susurró ella—. Me haces sentir como una madrastra abnegada.
Walrafen dejó que los otros fueran saliendo mientras se quedaba mirando sus hermosos ojos azules.
—No sea absurda, Cecilia —murmuró—. Usted ya no es mi madrastra. Es la mujer de Delacourt. La madre de Simon, por el amor de Dios.
Cecilia le miró extrañada.
—Sí, soy consciente de eso. ¿Y esas cosas son mutualmente excluyentes? Siempre me he preocupado por ti, Giles. No como madre, por supuesto, sino como… como una hermana, diría.
«Como una hermana.» Platónicamente. Ésas eran las maneras de Cecilia. Y era lo único a lo que podía aspirar de momento. A los ojos de la Iglesia, Cecilia era su madre y, por lo tanto, no podía ser nada más —que era precisamente lo que su padre pretendía al casarse con ella, el muy condenado. Entonces, para empeorar el tormento de Giles, su padre había muerto prematuramente, y permitió que Delacourt —un sinvergüenza que no le llegaba a Cecilia a la altura—, entrara en su vida con astucia. Para el asombro de todo el mundo, se había convertido en un marido fiel. Y así tenía que ser, se decía Walrafen tristemente; si no, le hubiera matado. Y hubiera sido una pena, porque al final le había cogido cariño a ese petimetre.
Con delicadeza, condujo a Cecilia fuera de la oficina de Max.
—Soy mayor que usted, Cecilia —le recordó mientras empezaban a bajar las escaleras—. Cuando se casó con papá, tenía veintitrés y ya iba a la Cámara de los Comunes. Es una ridiculez que se haga llamar madrastra.
Con una tímida sonrisa, Cecilia se detuvo y le dio un golpecito en la mejilla.
—¡Mi pobrecito Giles! —Hizo un mohín—. David y yo somos parte de tu familia, lo quieras o no. Ahora, hablando de la familia, ¿cómo está Elias? No quiere contestar mis cartas.
—El Ministerio del Interior no es lugar para una dama, Cecilia —dijo Walrafen, que ignoró su pregunta—. ¿No puede su marido dejarla en Curzon Street, donde pertenece?
Cecilia volvió a reírse.
—Que inflexible eres, Giles. No me lo perdería por nada. Peel nunca hubiera conseguido que aprobaran ese proyecto de ley en el Parlamento sin tu influencia y el trabajo duro de Max. Todo el mundo lo dice.
Walrafen desistió. Cecilia no dijo nada más y, pronto, con sus asientos en el palco asegurados, los cinco miraban y saludaban mientras la policía metropolitana que acababa de formar desfilaba con sus uniformes nuevos. Con sus largos abrigos y sus altos sombreros ofrecían una vista conmovedora. Pero en cuanto los aburridos discursos terminaron, los nuevos oficiales tomaron juramento y se acabaron los saludos y los vítores. Cecilia le ofreció la mejilla de nuevo y Walrafen la besó diligentemente. Él y Max rechazaron su oferta de volver a Mayfair en el carruaje de Delacourt y bajaron por Upper Guildford Street a pie.
—Es una mujer única, ¿verdad? —comentó Max mientras Cecilia les saludaba con la mano entre la multitud.
Walrafen no dijo nada durante un rato. Cecilia era más que única; era incomparable.
—Hablando de mujeres únicas —dijo al final—, ¿dónde está tu mujer?
—En casa, en Gloucestershire —respondió Max un poco apenado—. Su nuevo sobrino o sobrina, posiblemente uno de cada, está a punto de nacer.
—¿Y qué me dices de ti, viejo amigo? —preguntó Walrafen—. ¿Seguirás sus pasos? La ciudad pronto se quedará vacía. La temporada de caza, ya sabes.
Max se abrió paso al lado de un repartidor de periódicos avispado mientras cruzaban Russel Square.
—Creo que sí. Normalmente pasamos el invierno en Cataluña; pero con el niño en camino, no.
—Podrías quedarte en la ciudad con Peel —sugirió Walrafen.
Max negó con la cabeza.
—Seguramente Peel también se irá a casa. Su padre se está muriendo.
—¡Ah! —exclamó Walrafen—. ¿Y pronto será sir Robert, supongo? Un título en lugar de un amado padre. No creo que tenga comparación.
Max le miró con curiosidad.
—¿Es así cómo te sentiste cuando murió tu padre?
Walrafen se quedó mirando la plaza.
—La muerte de mi padre nos impresionó tanto a Cecilia como a mí —contestó al final—. Su salud era excelente.
—Amigo mío, creo que no has contestado mi pregunta.
Walrafen le dirigió una mirada fulminante.
—No dejas de ser inspector de policía nunca, ¿verdad? No, Max, no sentí nada cuando mi padre murió. Nos distanciamos cuando era niño y, a pesar de los esfuerzos de Cecilia por reconciliarnos, apenas nos hablábamos antes de morir. Y no puedo decir que me sintiera mal al verle marchar. ¿No pensarás mal de mí ahora?
Max le sorprendió cuando le puso la mano en la espalda y le dio unos golpecitos.
—No, Giles —le dijo en voz baja—. Nunca podría pensar mal de ti. Pero sí creo que desperdicias el tiempo quedándote solo en la ciudad. Porque eso es lo que querías hacer, ¿no?
Giles se lo pensó un momento. Pero la verdad era que no tenía lugar dónde ir. Bueno, Cecilia le había invitado a la residencia de Delacourt en Derbyshire, pero le parecía impropio de un caballero aceptar la hospitalidad de un hombre cuando lo que de verdad quería era a su mujer. Por supuesto, siempre podía ir a Gloucestershire con Max y Catherine, y pasar la temporada de caza en su finca…
Presentía que Max estaba a punto de invitarle. Pero la calidez y la vivacidad de la gran familia de Catherine le hacían sentir extraño, como si fuera inútil en algo que no sabía bien qué era.
Así pues, eso sólo le dejaba Cardow. Y sus recuerdos.
—Max, estoy demasiado ocupado —dijo al final—. Hay mucho que hacer antes de que el Parlamento vuelva a reunirse. Hay una corriente de apoyo para esta nueva asociación reformista radical y Peel está muy preocupado. La igualdad es una idea noble y, en principio, yo la mantengo, pero podría irse de las manos.
Max le miró de una manera extraña.
—Una vez mi padre apoyó un movimiento radical —le dijo a modo de advertencia—. Y lo único que consiguió fue un disparo en la cabeza, por cortesía de Napoleón. Así que ten cuidado con lo que haces, Giles, o uno de estos días tus nobles ideas van a hacer que te disparen. Y entonces me veré en la delicada situación de tener que averiguar quién lo hizo: los liberales, los sindicatos, las mafias radicales o tu propio partido.
Giles se encogió de hombros.
—Alguien tiene que preocuparse por el futuro de Inglaterra, Max. Éste es el proyecto de mi vida.
Max se rio entre dientes.
—Amigo mío, hay más cosas en la vida a parte del trabajo. Es una lección que he aprendido al final.
Entonces añadió medio en broma:
—Mira, se me ocurre algo: búscate una mujer. Te lo recomiendo y, después de todo, necesitas un heredero. Alguien a parte de Elias, por el amor de Dios.
—Bueno, tengo un par de primos a quienes perdí de vista hace mucho tiempo —dijo Giles—. En algún lugar de… no sé, ¿Pennsylvania, quizá? Seguro que alguien aparecerá por aquí si hay suficiente dinero en juego. Los americanos son oportunistas hasta la médula.
Max se rio.
—¿Y no hay ninguna chica de pueblo hermosa y rellenita que suspire por ti en algún lugar de Somerset? —le sugirió—. Además, tendrías que ir a casa y poner a la insolente de tu ama de llaves en su sitio.
—¿La señora Montford? —Walrafen se echó a reír—. Más bien la estrangularía.
Max le lanzó una mirada de curiosidad, pero siguió andando.
—Dime, Giles, ¿es tu señora Montford joven o vieja? ¿De mediana edad, quizá?
Walrafen se encogió de hombros sin apasionamiento.
—Bastante joven, creo. Siempre lo son.
—¿Qué quieres decir?
—Las contrata tío Elias —explicó Walrafen—. ¿Qué crees que quiero decir?
—¡Ah! —exclamó Max—. ¿Tiene otras tareas además de organizar la casa?
Walrafen vaciló.
—Bueno, en los viejos tiempos solían tenerlas —admitió—. Pero mi tío ya no es joven. Sin embargo, he oído que él y la señora Montford se pelean a menudo y encarnizadamente.
—¿Ah, sí? —preguntó Max—. ¿Y de quién lo has oído?
—De Pevsner, el mayordomo. Creo que la señora Montford llegó a romperle la nariz, también. Pero como tío Elias nunca se me ha quejado, debo concluir que hay algo entre ellos. Mi tío no es de naturaleza caritativa.
Durante un momento no dijeron nada más. Iban andando por Berkeley Square cuando Max volvió a hablar.
—¿Cómo llevas esa pierna hoy, Giles? Me da la impresión de que cojeas un poco.
Pero esa tarde ya había tenido bastante de Max y su interrogatorio.
—A ti no te importa lo que le pase a mi pierna —refunfuñó—. Sigue andando, por el amor de Dios, y dejemos de hablar de tantas tonterías.
Max le miró como si se preguntara de qué tonterías hablaba. ¿La pierna? ¿Su padre? ¿Cardow? ¡Ay, había tantas posibilidades! Y ninguna de ellas era agradable. Pero como buen amigo que era, Max no dijo nada más.