Pasion

PASIÓN , Nicole Jordan

Ella nunca había esperado volver a ver al audaz americano que, con una aparición tan fugaz, había conmocionado su vida. Regresó a la fortaleza prisión con pesar, sintiendo un vacío en la boca del estómago mientras precedía a su primo en la sombría celda.Nicholas Sabine estaba de espaldas a ella y un rayo de sol doraba sus rubios cabellos. Advirtió, distraída, que en esa ocasión estaba totalmente vestido. Alguien, tal vez Percy, le había facilitado una chaqueta y unas botas altas, de modo que ahora más bien parecía un caballero con medios que un salvaje pirata o un prisionero condenado.
No obstante, cuando se volvió lentamente para enfrentarse a ella, aún le causó el mismo poderoso efecto. Sintió acelerarse los latidos del corazón en su pecho mientras se encontraba con la negra intensidad de su mirada.

—Gracias por venir —dijo él con voz queda, y miró al primo de Aurora—. ¿Puedo abusar un poco más de tu amistad, sir Percy, y pedirte que nos dejes unos momentos a solas? Lady Aurora no correrá ningún peligro, te doy mi palabra.

Percy asintió, aunque de mala gana.

—Muy bien. Te aguardaré en el pasillo, querida.

Percy se retiró dejando la puerta entreabierta. Sabine esbozó una semisonrisa fugaz, casi irónica, al advertir la precaución. Luego devolvió su mirada a Aurora y le hizo señas con la mano indicando el catre.

—¿Le importa tomar asiento, lady Aurora? Creo que preferirá estar sentada para oír lo que tengo que decirle.

—Gracias, pero prefiero seguir de pie —repuso ella cortésmente.

—Como guste.

Él la contemplaba en silencio, con mirada fascinada. Aurora resistió su penetrante valoración con inseguridad, preguntándose qué se propondría pedirle. Al ver que seguía callado, dirigió su mirada hacia el vendaje de su sien. Parecía limpio y algo más pequeño que el día anterior, como si hubiera sido cambiado recientemente. Se disponía a preguntarle por su herida cuando él habló.

—¿Qué le ha contado Percy? —preguntó Sabine.

—Sólo que usted necesitaba mi ayuda para algo relacionado con su hermana.

—Así es.

La miró especulativamente otro momento y luego volvió a pasear por la pequeña celda como un gato enjaulado, ágil, elegante, nervioso.

—Creerá que estoy loco, pero le ruego que escuche todo lo que tengo que decirle antes de decidir.

Le transmitió su sensación de apremio haciéndola sentir incómoda.

—Muy bien, señor Sabine —lo animó—. Estoy escuchando.

—Supongo que debería comenzar contándole una historia, una historia de amor, si lo prefiere. Pero me temo que pueda escandalizar a una dama de delicada sensibilidad. ¿Está usted dispuesta a oírla?

—Sí —murmuró Aurora dubitativa.

Él siguió paseando por la celda y mantuvo la voz baja mientras hablaba.

—Érase una vez un hombre, un americano, que fue a Inglaterra y se enamoró. La dama correspondió a su afecto, pero desde el principio la unión entre ellos estaba condenada. No sólo ella era muy joven, sino que su familia nunca habría permitido que se casara con alguien de clase inferior. Aún más grave, él ya tenía esposa y un hijo, y otro iba a nacer en breve.»Negándose a deshonrarla a ella ni sus propios votos de matrimonio, el hombre salió de Inglaterra decidido a vencer sus sentimientos y no volver a ver de nuevo a la dama. Pero años más tarde tuvo que retornar por asuntos de negocios y descubrió que ella estaba casi desesperada. Se hallaba a punto de casarse con un anciano caballero cuyas deformidades físicas lo convertían en un monstruo a sus ojos. Cuando fuera su esposa, residiría en la lejana
finca de su marido, lejos de todo cuanto quería.»No podía soportar verse prisionera de tal matrimonio, y creía que su vida había llegado a su fin sin haber vivido ni conocido la pasión. Así pues, rogó al hombre al que amaba que le mostrara qué era la auténtica intimidad. Incapaz de resistirse a sus ruegos o negar sus sentimientos por más tiempo, él se convirtió en su amante.

Sabine hizo una pausa en su narración y miró a Aurora como para calibrar su reacción. Al ver que ella conseguía mantener su aire evasivo, prosiguió:

—Su relación ilícita duró sólo unos meses, porque él tenía que regresar con su familia para hacer frente a sus responsabilidades. Sin embargo, poco después, la joven descubrió que estaba embarazada.

Aurora se estremeció en su interior. Podía imaginarse perfectamente el menosprecio al que se enfrentaría una joven soltera si era conocida su condición de enceinte.

—¿Qué sucedió? —murmuró.

—Por supuesto, el compromiso de la dama fue rápidamente disuelto. A continuación, para acallar el escándalo, la hicieron casarse con el hijo más joven de un noble irlandés y la desterraron al Caribe mientras su indignado padre se lavaba las manos. La dama falleció el año pasado sin haber vuelto a ver nunca a su familia. Dejó un único hijo, una muchacha.

—Su hermana —dijo Aurora suavemente.

Sabine exhaló un lento suspiro.

—Sí. Mi hermanastra, para ser más exactos. Como habrá sospechado, el amante de la dama era mi padre.

—¿Estaba enterado de la existencia de esa criatura?

—Al principio, no. Pero cuando su marido murió, ella le escribió explicándole lo que había ocurrido. Mi padre la mantuvo económicamente,
aunque no podía reconocer de modo público a la criatura. Consideraba necesario mantener a su familia en la ignorancia, evitarle a mi madre el vergonzoso conocimiento de su aventura amorosa. Mi padre falleció hace cuatro años, pero en su lecho de muerte me habló de su hija, y me hizo prometerle que cuidaría de ella.

De nuevo, Sabine esbozó aquella irónica semisonrisa que conmovía el corazón de Aurora.

—¿Cómo podía negarme a hacer honor a una petición en el lecho de muerte? A decir verdad, nunca he sido el hijo ideal. Nuestra relación siempre fue… tensa, porque yo no tenía ningún interés en hacerme cargo de la firma naviera que él había creado. Mi padre, ¿sabe?, era sobrino del sexto conde de Wycliff, pero con pocas perspectivas de heredar el título. Antes de la guerra de Inglaterra con las colonias emigró a Virginia para hacer fortuna. Y la realidad superó en mucho sus mayores sueños; logró construir un formidable imperio casi de la nada. No obstante, yo preferí la vida aventurera a seguir sus pasos. Aunque cuando él murió me sentí obligado a asumir las responsabilidades que siempre había descuidado.

—¿Conoció entonces a su hermana?

—Sí. Lo primero que hice fue visitarla en Montserrat. Lleva el apellido Kendrick, el irlandés con el que se casó su madre, pero siempre ha sabido la historia de su nacimiento. Su madre deseaba que comprendiera que era hija del amor.

—El capitán Gerrod dijo que usted fue a Montserrat a ver a una mujer —observó Aurora pensativa.

Sabine hizo una mueca ante la mención de su justiciero.

—Sí, a mi hermana. Ella ahora ya está bastante crecida, tiene diecinueve años, y es una verdadera belleza, así como mi pupila. Su madre sucumbió a unas fiebres el año pasado, poco antes de que estallara la guerra, y antes de morir confió la tutela de Raven.

—¿Raven? Es un nombre poco habitual para una damita.

—Tal vez. Pero muy adecuado. Nació con los cabellos tan negros como ala de cuervo, al parecer reminiscencia de uno de mis antepasados españoles. Y es despreocupada en muchos aspectos, además de en la apariencia. Cuando la conocí, era un completo diablillo con faldas, más cómoda en un establo o en una cueva jugando a piratas. Pero últimamente ha hecho un serio intento para enmendarse y comportarse como una correcta dama inglesa. Está decidida a realizar el sueño de su madre respecto a ella, ser aceptada por sus parientes ingleses y ocupar su puesto legítimo entre la nobleza. Y aún se ha superado un obstáculo más importante, Raven ha sido invitada por su abuelo a vivir en Inglaterra.

—¿El padre de su madre?

—Sí. Es el vizconde Luttrell, de Suffolk. Tal vez usted lo conozca.

Aurora hizo un intento de recordar.

—Lo conocí, pero nunca supe que tuviera una hija.

—Porque renegó de ella hace veinte años. Pero últimamente sus sentimientos han cambiado. Al enterarse de la muerte de su hija, lamentó no haber intentado nunca reconciliarse con ella. Asimismo, su salud se está resintiendo, y desea conocer a su única nieta y procurar que asuma su puesto en sociedad. Aunque a regañadientes, la tía de Raven ha accedido a presentarla formalmente, pero es dudoso que la gente bien se dé prisa en aceptarla como uno de los suyos dadas las dudosas circunstancias de su nacimiento. Ella está ansiosa, incluso apasionada, por ser bien recibida por la sociedad que rechazó a su madre. Sin duda su camino sería mucho más fácil si alguien de un estatus social elevado la amparara y aconsejase.

—Y usted desea que yo sea esa persona.

—Sí. —Fijó sus negros ojos en los suyos con resuelta intensidad—. No me gusta mucho suplicar, lady Aurora, es impropio de mí, pero le quedaría muy reconocido si concediera a mi hermana la misma amabilidad que mostró ayer hacia mí.

Aurora pensó que, evidentemente, Nicholas Sabine era un hombre acostumbrado a salirse con la suya. La impotencia no debía de ser un sentimiento bien acogido por él. Sin embargo, ella no tenía problema en acceder a su ruego. Ciertamente, muy duro hubiera tenido el corazón para no conmoverse ante la situación de la muchacha.

—Desde luego, señor Sabine. Me sentiré muy gustosa de hacer todo lo posible porque su entrada en sociedad sea un éxito.

El rostro de Sabine se suavizó ligeramente. A Aurora le sorprendió que su alivio no fuese mayor, hasta que recordó las restantes preocupaciones del hombre.

—Percy mencionó que su hermana también necesita que alguien la acompañe a Inglaterra.

—Así es.

Reanudó sus paseos con movimientos rigurosamente controlados.

—Antes de que comenzara la guerra, yo había planeado llevar a Raven a Inglaterra en uno de mis barcos, pero como soy americano, ahora no sería bien recibido allí. Mi primo Wycliff está demasiado ocupado tratando de derrotar a los franceses como para hacerse cargo de Raven, y pueden pasar años antes de que ustedes, los británicos, puedan finalmente con Napoleón. Tengo una prima por parte de madre, pero también es americana.

Sabine fue a pasarse la mano por los cabellos pero se detuvo al encontrar la venda.

—Había acordado con Wycliff que utilizaría uno de los buques de su flota caribeña en lugar de uno de los míos, mientras yo le facilitaría a Raven una escolta armada para atravesar el Atlántico. En realidad, fui a Montserrat para ultimar con ella los detalles del viaje. Por desdicha, la tripulación de Gerrod me tendió una trampa. Y ahora que se ha decidido mi destino…

Aurora sintió un nudo en la garganta al pensar que aquel hombre tan vital estaba a punto de perder la vida.

—Bien —prosiguió Sabine con una dura sonrisa—, pese a este contratiempo, pretendo hacer cuanto esté en mi mano para cumplir la promesa hecha a mi padre y asegurar el bienestar de mi hermana. Por ello es por lo que… —hizo una pausa de nuevo, esta vez examinándola con atención entre sus espesas pestañas— … por lo que me gustaría hacerle una propuesta formal de matrimonio.

Aurora lo miró fijamente sin comprender. Tras un breve lapso de tiempo dedujo que lo había entendido correctamente. Dejó encajar un breve suspiro.

—¿Habla en serio?

—Completamente en serio.

Hizo una mueca nada divertida con su hermosa boca.

—Le aseguro que no tomo a la ligera la perspectiva del matrimonio. Antes de ahora nunca había propuesto matrimonio a una mujer… y si las circunstancias no fueran tan graves, no lo estaría haciendo ahora.

Aún aturdida, Aurora se limitó a mirarlo. Abrió la boca para decir algo y la cerró de nuevo. Se acercó al catre y se sentó como él le había sugerido antes, necesitando ahora apoyarse en algo. Su mente estaba compitiendo entre la impresión y el desconcierto mientras trataba de formular una respuesta.

—Señor Sabine, yo no…

—Se ha comprometido a escucharme hasta el final.

Ella elevó su mirada hacia él.

—Sí, pero… ¿no sabe que se espera que me case en cuanto regrese a Inglaterra?

—Sí, lo sé, y así me lo dijo también Percy. Está usted prometida al duque de Halford. Pero tengo entendido que el compromiso aún no es oficial.

—No. No se podía anunciar públicamente mientras yo estuviera de luto por mi difunto prometido. Pero mi padre está empeñado en la boda.

—Y ¿qué hay de usted, lady Aurora? Me pareció que usted era reacia a casarse según la elección de su padre, ¿me equivocaba?

—No, no se equivocaba —reconoció ella en voz baja.

Sabine se situó ante ella reclamando su atención.

—Entonces considere las ventajas de una unión entre nosotros. Usted no tendría que casarse con Halford. Sólo eso ya resultaría un gran incentivo. Recuerdo al duque de mi visita a Inglaterra hace tres años. Debe de doblarle a usted la edad, y es tan arrogante y engreído, tan convencido de su propia importancia como cualquier noble que yo haya tenido la desgracia de conocer.¿Es eso lo que usted desea, toda una vida de encarcelamiento como esposa de ese hombre?

Al ver que ella no respondía, prosiguió:

—Además, existen otras ventajas. Le aseguro que le haría la molestia financieramente rentable. Soy un hombre acaudalado, lady Aurora, con una fortuna que probablemente supera la de Halford. Me he tomado la libertad de comentar con su primo los posibles detalles y él ha quedado muy satisfecho del acuerdo que propongo para dejarla en buena posición. Tendría completa solvencia financiera, no dependería ya de su padre. Piense en ello. No se vería obligada a permanecer bajo su tutela o casarse según su elección de candidatos…

El pensamiento de no seguir estando sujeta a los dictados paternos era enormemente atractiva. Aun así…

—Me atrevo a decir que podría ser para usted un marido más agradable que Halford —presionó Sabine—, pero de no ser así, tampoco va a tener que seguir atada a mí para toda la vida… O bueno, sí durante toda la mía. Nuestro matrimonio sólo durará unas horas, un día como máximo. Después de eso, será mi viuda.

Aurora se estremeció ante su despreocupada referencia a su inminente ejecución. Era evidente que él estaba intentando quitar importancia a su desesperada situación. Sin embargo, cuando examinó el firme rostro masculino, comprendió que él no deseaba su piedad. Se estaba centrando tan sólo en procurar el bienestar de su hermana.

—Comprendo que estaría abusando de su amabilidad —murmuró tomando una mano de Aurora en la suya, más grande y poderosa—, pero lamentablemente no tengo muchas opciones.

Desconcertada por su contacto, retiró la mano y se levantó pasando junto a él para pasear también de un lado a otro.

—Le he dicho que me alegraría poder ayudar a su hermana, señor Sabine —dijo con un tono que ella creía de calma razonable—, y estoy dispuesta a ello sin ningún acuerdo formal entre nosotros. Sin duda no es necesario que nos casemos.

—Tal vez no, pero ello mejoraría enormemente las posibilidades de asegurar el futuro de Raven. Si usted está relacionada con mi pupila por matrimonio, tendrá todo el derecho a guiarla e influir en su entrada en sociedad. En realidad, si usted está dispuesta, yo podría transmitirle a usted su tutela.

Sabine hizo una pausa para que ella captara las consecuencias de sus palabras y luego añadió:

—Eso podría resultar imposible si se casa con Halford. Imagino que él se opondría a que su duquesa estuviera relacionada con una… joven tan poco común como Raven. Es un obseso de la propiedad.

—Sí, lo es —repuso ella con aire ausente.

—En su calidad de marido, podría prohibirle que tuviera algo que ver con mi hermana.

Aurora se llevó una mano a la sien. Halford no sólo podría prohibírselo, sin duda lo haría.

—Aun así…, casarse es una medida tan drástica…

Sabine, que visiblemente estaba controlando su impaciencia, mostró una sonrisa forzada.

—Tal vez hubiera sido más aceptable para usted si lo hubiese enfocado de otro modo. Si hubiera intentado cortejarla y halagar su sensibilidad.

Ella se puso rígida, a la defensiva, y le dirigió una dura mirada.

—Mi sensibilidad no necesita de halagos, señor Sabine.

—¿No? —Por primera vez la sonrisa llegó a sus ojos—. No lo creo así.

A continuación suspiró y redujo su voz a un murmullo.

—Lamento tener que pedir su mano en tan desagradables circunstancias. Normalmente trataría de utilizar todo mi poder de persuasión, pero me temo que no tengo tiempo para tratar de seducirla. No obstante, no mentiría si declarara que estoy profundamente embelesado con su belleza.

Aurora se encontró mirándolo y preguntándose si su confesión era simple adulación. Sin duda, Nicholas Sabine poseía un encanto implacable que podía ejercer efectos letales. Suspiró profundamente y retomó la conversación.

—No puedo acceder a casarme con usted y ya está, señor Sabine. Existen otras circunstancias que debo considerar.

—¿Como cuáles?

Como por ejemplo el hecho de que Nicholas Sabine no era la clase de hombre que ella elegiría gustosamente como marido. Nunca había conocido a un hombre tan convincente o que le hubiera causado tan profundo impacto. Transmitía una sensación de peligro, una intensidad tal que resultaba intimidante, cuando no amedrentadora… aunque su ferocidad debía de estar impulsada en aquellos momentos por la preocupación que sentía por su hermana.

—Si estuviera buscando un marido, mi primera elección no sería un pirata, un americano. Como usted ha reconocido, es usted un hombre violento.

—No recuerdo haber reconocido eso nunca.

—¿Qué me dice de lo que dijo el capitán Gerrod? Declaró que casi había matado a un miembro de su tripulación mientras se resistía al arresto.

Sabine apretó la mandíbula, pero la miró a los ojos, impávido.

—Cierto que un hombre resultó herido, pero lo fue a manos de sus propios compañeros. Yo estaba desarmado cuando caí en la trampa de media docena de marinos. Me defendí y alguien sacó un cuchillo; en la confusión otro cayó sobre la hoja. Yo vi lo que sucedió poco antes de perder el conocimiento. Supongo que me golpearon en la cabeza con una botella.

Se llevó la mano a la herida de la cabeza. Luego suavizó su expresión.

—Comprendo que se sienta reticente a aceptar mi propuesta. Soy un hombre que va a ser colgado por pirata… No soy el tipo de caballero con el que una dama como usted se relaciona.

Rió suavemente para sí. Aurora lo miró.

—En realidad, si usted fuera mi hermana, no le permitiría estar a un kilómetro de distancia de mí. Pero en mi propio descargo debo alegar que cualquier acto que haya cometido como corsario lo hice para salvar el legado de mi padre. Sus compatriotas están empeñados en destruir todo aquello por lo que él se esforzó, y yo le juré que su imperio se mantendría floreciente bajo mi dirección.

Hizo una pausa y le dirigió una intensa mirada de sus ojos negros.

—Mi error fatal fue pensar que podría esquivar a la armada británica en Montserrat. Obré descuidadamente. En realidad, es irónico. Había tomado una habitación en una taberna y me disponía a visitar a Raven cuando fui reconocido por uno de los oficiales de Gerrod. Un teniente cuya vida había salvado un mes antes, cuando evité que la tripulación del Barton naufragara con su barco.

Aurora frunció el entrecejo. Ciertamente, salvar a una tripulación enemiga había sido un gesto noble, pero ello no convertía a Nicholas Sabine en un santo.

—Gerrod le llamó a usted capitán Sable. Ése no es precisamente el título de un hombre amable.

—Sable es un nombre de guerra, simplemente eso. Calculado para que el enemigo lo considere dos veces antes de atacar mis buques.

Aurora escudriñó su rostro con expresión preocupada.

—Pero ha sido acusado de asesinato además de piratería —murmuró.

—Lamentablemente, los hombres mueren en la guerra, lady Aurora —replicó él fríamente—. No intento disculparme por ser un corsario. Y le aseguro que Gerrod y los de su clase tampoco son inocentes. Cierto número de americanos han sido exterminados por la armada británica, algunos de ellos amigos míos. He tenido tripulaciones ilegalmente apresadas por destacamentos ingleses que fueron salvajemente apaleadas como animales. Algunos de ellos murieron en acto de servicio…

Se interrumpió y exhaló un lento suspiro. Una vez controlada su ira, se adelantó hasta situarse frente a ella.

—Mi pasado no es totalmente inmaculado, pero nunca he asesinado a nadie. Y tampoco he sido violento con una mujer, jamás. Le prometo solemnemente que no tiene nada que temer de mí.

No, reflexionó Aurora. Nada que temer salvo lo que la hacía sentir. Su simple proximidad le aceleraba el pulso, le encendía la piel y su cuerpo parecía estar a punto de consumirse.

—Y tenga en cuenta —insistió él— cuán breve será nuestra unión. Aunque yo fuese la clase de hombre que usted afirma, no tendría que soportar mi compañía mucho tiempo. Por supuesto, puedo dejar de comportarme como un pirata salvaje durante el breve plazo de nuestro matrimonio.

Aurora sintió un dolor profundo en el corazón. No podía creer que aquel hombre fuese a morir en breve. Irradiaba tal vitalidad, una vida tan vibrante…

—Lo que usted propone suena tan… frío —dijo por fin asiéndose a un clavo ardiente.

Él agitó la cabeza.

—Considérelo como un trato comercial. Las damas de su clase suelen aceptar tales acuerdos.

Aurora pensó, consternada, que no era corriente que una dama se casara para perder a su esposo al día siguiente.

—¿De modo que usted desea tan sólo un acuerdo de negocios?

—No exactamente.

Lo oyó exhalar un lento suspiro.

—Debo expresar claramente mis intenciones, lady Aurora. Nuestro matrimonio no será tan sólo nominal. Para ser legal, debe estar totalmente consumado.

Aurora fijó en la suya una mirada inquisitiva. Los ojos de Sabine eran impenetrables, imperturbables en su intensidad.

—No deseo que se ponga en duda la legalidad de nuestra unión —dijo llanamente—, ni que quepa la posibilidad de que pueda ser invalidado. Su padre es un hombre poderoso, y también Halford. No quiero que mis esfuerzos por asegurar el futuro de mi hermana se vean malogrados.

El corazón de Aurora se aceleró al comprender el significado: compartirían lecho como marido y mujer. Lo miró atónita. Había estado considerando seriamente su desesperada propuesta hasta que él añadió esa inquietante condición. La posibilidad de tener intimidad física con aquel hombre la desconcertaba. Pensar en entregarse a un desconocido… Pero ¿no era eso lo que se le exigiría que hiciera cuando se casara con Halford? Y aquel hombre, por intimidante que fuera, era infinitamente más atractivo que el anciano duque. Sintió que su corazón latía de un modo peligroso.

Sabine seguía observándola. Sin apartar la mirada, le cogió la mano y se la llevó a los labios. Pero en lugar de besarle los dedos, le giró la mano y le besó el suave interior de la muñeca. Sus labios sobre la sensible piel le parecieron a Aurora una marca, y le transmitieron escalofríos por todo el cuerpo.

—¿Considerará ser mi esposa por una noche, querida? Creo poder prometerle que su introducción al matrimonio no le resultará desagradable.

Ella se quedó sin respiración ante las imágenes que su promesa conjuraba en su mente. Eso y la seductora sensualidad de sus ojos la dejaron tan hechizada que no pudo responder.Él bajó la mirada hacia sus labios.

—Lamento no ser capaz de cortejarla como se merece. Una mujer tan encantadora como usted debería tener un escenario igual de encantador… luz de luna, rosas, susurros de promesas…

Se inclinó hacia ella y sintió su aliento en los labios. Sin embargo, al ver que Aurora instintivamente se ponía rígida,él se detuvo. En lugar de besarla, le habló con tono acariciador.

—No puedo creer que de verdad me tema, Aurora, una mujer de su singular valor. Yo vi el fascinante cambio que se operó ayer en usted, de dama correcta a ángel vengador.

Ella examinó su rostro cautelosa. Una barba incipiente sombreaba todavía su mandíbula, lo que otorgaba a sus hermosos rasgos una aura peligrosa. Podía pretender no ser un pirata, pero seguía pareciéndolo. Ella no solía sentirse intimidada, pero aquel hombre, con su vital masculinidad, la inquietaba. Y aún estaba más intranquila por las sensaciones prohibidas que despertaba tan fácilmente en ella. La ruda manifiesta y poderosa sexualidad que emanaba de él era palpable; la tensión entre ambos, muy real.

—Dame tu mano, querida. Tócame… —Le cogió la mano y le guió los dedos por su rostro—. Soy de carne y hueso, como tú. No soy tan temible.

Sí lo era. La dejaba sin aliento, todo su interior palpitante. Y, no obstante, había algo cálido y tierno en sus ojos que mitigaba el sincero pánico que ella sentía.

—Esto no te asusta, ¿verdad? —le preguntó.

Y le llevó los dedos a sus labios, haciendo que se los tocase.

—No… —murmuró ella honestamente.

—¿Y qué me dices de esto?

Cuando él rozó su boca con la suya, notó sus labios cálidos… y suaves como la caricia del ala de una mariposa. Una inconfundible ansia inundó a Aurora junto con un apetito desconocido que sólo pudo identificar como deseo. Se lo quedó mirando aturdida mientras él se retiraba. El tono ronco de su voz la impresionó tanto como la mano que recorrió la línea de su mandíbula.

—¿No te han besado nunca?

—Sí… Mi prometido.

—Pero imagino que no fue un auténtico beso. Un verdadero beso es más que el encuentro de los labios. Es un apareamiento… de boca, lengua y respiración… Un conocimiento íntimo. —Recorrió con los dedos la línea de su boca—. Deseo besarte de verdad,ángel.

Su delicado contacto la hizo estremecer.

—Yo… Usted no debería…

La sonrisa de Sabine era delicada, indulgente, tierna. Tenía una hermosa boca, en especial cuando sonreía.

—En circunstancias como ésta —repuso— no es impropio que un hombre corteje a su dama pidiéndole un beso. Ésta es miúnica oportunidad de persuadirte para que te conviertas en mi esposa. Quizá sea la última vez que voy a verte, incluso tocarte. ¿Me negarás esta última oportunidad de cumplir con el deseo de mi padre en su lecho de muerte?

—No —susurró ella incapaz de resistirse.

En esta ocasión, él inclinó la cabeza y ella no se puso rígida ni se echó atrás. Le permitió que la cogiera entre sus brazos y que la estrechara como lo haría un amante. Su beso fue algo que ella nunca había experimentado. Su boca era cálida, húmeda, abierta contra la suya, audaz e inesperadamenteíntima. Las aletas de su nariz se impregnaron de su aroma y su boca de su descarado sabor mientras un placer escandaloso asaltaba sus sentidos.La atrevida respuesta de su propio cuerpo la consternó. Sin embargo, ante su sorpresa, fue él quien bruscamente concluyó el beso.

—Esto ha sido un error —dijo con voz vacilante mientras inclinaba su frente hacia ella—. Creí que tendría más control…

Inspiró profundamente y se retiró con lentitud sin dejar de mirarla.

—No —prosiguió luego con más calma—, a juzgar por tu respuesta no diría que te hayas asustado. Has sentido el mismo fuego que yo. Las señales están bien claras. Tu pulso se ha acelerado, tu cutis está sonrojado.

Con el corazón desbocado, Aurora permaneció en silencio debatiéndose entre la consternación y el deseo mientras él describía tan bien las sensaciones que la estaban abrumando. No podía sentirse así, experimentar esos poderosos y prohibidos sentimientos hacia un desconocido. En ella nunca había existido esa atracción tan primaria hacia un hombre, una reacción que ninguna dama reconocería.

—Y esto es sólo el principio, querida. Puedo llevarte mucho más lejos. Dame ese derecho, Aurora.

Ella vio que sus ojos se habían ensombrecido de sensualidad y eran tan impenetrables como la noche. Se quedó cautivada mirándolos. Él se expresó en voz aún más baja.

—Tu primo cree que podrá conseguir una licencia especial a tiempo para que nos casemos mañana por la tarde. Me consideraría el más afortunado de los hombres si me hicieras el honor de concederme tu mano en matrimonio.

Aurora cerró los ojos luchando por recuperar sus aturdidos sentidos. Su mente giraba como un torbellino y sentía un caos parecido en su corazón; un tumulto de esperanza, temor y duda. ¿Se atrevería a considerar su descabellado proyecto? Era muy tentador y, no obstante, asimismo innegablemente amedrentador.

—Eres mi mejor esperanza, ángel. Mi única esperanza. Una noche. ¿Puedes darme eso?

Ella tragó saliva con dificultad.

—¿Debo responder… en este momento? —preguntó por fin—. La decisión que me pides que tome es muy seria. Necesito tiempo para considerarla.

—Desde luego. —Su mirada expresaba simpatía—. Pero por mucho que me disguste presionarte, tal vez debería recordarte que el tiempo se acaba.

—Lo sé —repuso ella con voz sombría.

Retrocedió un poco, lejos de su abrazo, y no le sorprendió descubrir cuán débiles sentía las piernas. No necesitaba que el señor Sabine le recordara la urgencia. Iban a colgarlo al día siguiente…, a menos que ella consintiera en convertirse en su esposa. Entonces la ejecución se retrasaría el tiempo necesario para que se casaran. Lo miró con ojos encendidos y la garganta tensa. Tan tensa que no podía articular palabra. Se volvió de repente y salió de la celda; fuera, se apoyó débilmente en un muro de piedra. Un estremecimiento recorrió su cuerpo mientras pensaba en él muerto…

—¿Te sientes mal, Aurora? —La voz de Percy sonaba preocupada.

Ella había olvidado totalmente que su primo la aguardaba en el pasillo.Negó con la cabeza incapaz de hablar.

—Vamos, tenemos que salir de este calabozo y respirar aire fresco.

Agradeció que su primo la cogiera del brazo y la condujera, primero por el oscuro pasillo y luego por un estrecho tramo de escalera. Cuando llegó al aire libre dio un profundo suspiro tratando de contener el torbellino de emociones que la desgarraban interiormente. Percy aguardó paciente mientras ella luchaba por recuperar la compostura.

—Así pues —dijo por fin su primo—, entiendo que Sabine te ha propuesto matrimonio.

—Sí. —Su voz tenía un filo desapacible que no podía ocultar.

—¿Y le has dado una respuesta?

—Todavía no. No podía… tan rápidamente. Le dije… que necesitaba tiempo para considerar un paso tan drástico.

—Bien, desde luego lo necesitas. Puedo imaginar cuán difícil debe de ser esa decisión para ti… Desafiar a tu padre y casarte con un desconocido. Tal vez deberíamos ir a casa y comentarlo con Jane.

Ella esbozó una sonrisa forzada.

—Sí.

Percy la condujo hacia el carruaje que aguardaba, la ayudó a subir y luego ocupó la plaza contigua. Aurora se desplomó sobre los cojines y miró por la ventanilla sin ver. Se estremeció al pensar en cómo reaccionaría su padre, los reproches que tendría que soportar… Sin embargo, no era sólo hacer frente a la inevitable ira de su padre o casarse con un desconocido lo que hacía tan difícil su reacción. Le pedían que se casara con un hombre muerto. Aun así, lo que le destrozaba el corazón era pensar en Nicholas Sabine en la horca.

Volver a autoras