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Prólogo
Londres, abril de 1818
No hay nada como el dinero para estimular el deseo de una mujer...
Lydia Harcourt sonrió triunfante frente a las dos cartas abiertas que se encontraban en el plato. Tarareando felizmente, renovó su chocolate con un chorro de la tetera de porcelana. Promesas de pago generoso. Suficiente para saldar las cuentas, si así lo quisiese. Pero los acreedores, tan desesperados ante las deudas, también podían ser fácilmente disuadidos.
Cogió la carta más cercana y la releyó mientras sorbía el chocolate, saboreando su victoria: mil libras. Aunque en realidad, Norton pagara más. Quizás, si lo presionara...
Lydia apoyó la taza en el plato y con un lujurioso bostezo, se desperezó. Ella era una de las pocas incógnitas que sabía qué mañana era esa. Cogió la tercera carta recibida en el correo de la mañana. Ésta prometía ser su Coup de grâce. Ninguno de sus amantes pudo jamás ocultarle secreto alguno. Un talento que ahora le serviría.
Con un movimiento rápido del abrecartas, sacó suavemente la delgada hoja. Para ser un duque, Montberry usaba el papel más barato. Tampoco había gastado mucha tinta. Una simple línea cruzaba la página.
«Pública y maldita seas». Y debajo, firmado «Montberry», rubricando la «M» y la «y».
¡Maldito sea! ¿Realmente deseaba que la alta sociedad supiese cuán espantosamente aburrido era en la cama? ¿O conociese sus preferencias? La haute ton lo consideraba un héroe, un gran hombre, que trascendía a la vida misma. ¡Qué gracioso cuando todos supieran la verdad!
Arrojó a un costado las cartas, agitó la cabellera suelta. Rodesson prefería su cabello suelto en ondas brillantes. Por alguna razón, el excéntrico artista disfrutaba de sus deseos carnales antes del mediodía. Su sexo hirvió ante el pensamiento del próximo encuentro y permitió que una lasciva sonrisa le curvara los labios, aun a riesgo de arrugarse. Sería un placer destruir a Rodesson después de los cuadros burlones que había pintado de ella. No le daría ni siquiera la oportunidad de sobornarla.
En realidad, hoy comenzaría con las letras «R», «S» y «T». Hojeó el pequeño libro encuadernado en cuero que reposaba en su mano derecha. Por suerte, había mantenido registros meticulosos. Después de veinte años, una mujer suele olvidar a los hombres a quienes dio placer.
Cuando tan pocos se lo dieron a ella…
* * * * *
Dos horas más tarde, Lydia se desperezó en la cama y se acarició sugestivamente las curvas desnudas. Se frotó los pezones y hundió los dedos en el vello del pubis prolijamente rizado.
Observó al visitante, escondiendo, en el interior de la coqueta invitación de su mirada, un sentimiento de victoria al notar la pena en los ojos verdes. Ojos hermosos que se estrecharon ante la vista del zumo de mujer empapando el vello con pequeñas gotas cual rocío matinal en el matorral oscuro.
Aún próximo a los sesenta, con su espeso cabello de un blanco puro, Rodesson era un hombre hermoso. Delgado y de buena musculatura. Las líneas en su rostro le otorgaban un grisáceo atractivo sensual. Un artista que apreciaba el gozo que a las mujeres brinda, el cuerpo estético de un amante. Cuánto ansiaba reírse. El gran Rodesson, arrojado a sus pies como un perro faldero.
* * * * *
—Me gustaría atarte —dijo roncamente.
Era la clase de hombre que, en el juego, permitía al sometido ejercer el poder. No la forzaría, pero, con los ojos verde esmeralda encendidos, estaba esperando ver cuánto le permitiría. Qué le sugeriría. La excitación creció en el cuerpo de Lydia, humedeciéndole aún más la vulva. Los juegos de ataduras eran una suerte de escapismo que Rodesson buscaba cuando las preocupaciones, por dinero o culpa, lo inquietaban, o cuando se hundía en lacrimógenas meditaciones sentimentales por la mujer que había amado y perdido.
—Soy tu sierva —afirmó.
Aunque su pene no estaba aún totalmente erecto, era largo y estaba hermosamente formado. Cuando se excitaba sexualmente sin alcanzar la erección, buscaba ansiosamente introducírselo en la boca y así, olvidar.
Miró fugazmente el revoltijo de cuerdas de seda y lazos amontonados en la mesa de luz. Los rayos del sol se filtraban por el vidrio de la ventana dibujándole sombras entrecruzadas en los desnudos pechos, vientre y muslos. La idea de juegos de ataduras cuando la mayoría de la gente apenas se estaba levantando para beber café o chocolate, le producía una agradable excitación.
Cerró los ojos mientras que Rodesson abandonó la cama para revisar sus juguetes. Sintió la profunda inhalación del hombre al descubrir para qué se utilizaban. Un regalo del marqués de Chartrand, brazaletes con joyas incrustadas y cerrojos diseñados para ser sujetados a la cabecera de la cama. Tintinearon cuando Rodesson los levantó.
—Date la vuelta —sierva.
Lydia obedeció. ¿Cómo podía despreciar a ese hombre y, a la vez, disfrutar del ronco sonido de su voz? Algunas veces pensaba que ella se seducía a sí misma. Enterró el rostro en dos abultadas almohadas y tembló al sentir la caricia de las sábanas de seda en los pezones endurecidos y en la vulva húmeda. Una vez más, cerró los ojos anticipando el placer del roce de la cuerda de terciopelo o de los grilletes de plata en la piel. Una excitación mayor hizo que su corazón diera un vuelco. Un hombre preocupado que goza de lascivos placeres era más vulnerable a revelar sus secretos.
— ¿Por qué no la había tocado aún?
Levantó las caderas y meneó las nalgas desnudas para tentarlo. Ahora estaba realmente excitada.
—Átame —susurró con voz ronca y seductora.
Sintió una presión, una dureza en las pantorrillas. Finalmente.
Pero no era el roce suave del terciopelo o de la seda. Asombrada, se irguió, apartó la almohada al sentir que algo le raspaba las pantorrillas. Al girar pudo ver que era Rodesson atándole las pantorrillas con una soga. ¡Había traído una soga! Prefiero el terciopelo —protestó. La áspera textura le dejaría molestas quemaduras.
- Silencio, esclava. -La soga, anudada aún con más fuerza, le lastimaba la piel. El no poder escapar de las ataduras le provocaba, a la vez, una sensación excitante. Quizás había logrado vencer el miedo, la conmoción, ya que se estaba humedeciendo deliciosamente cada vez más, provocando la risa ronca de Rodesson, quien entonces se reclinó para besarle las nalgas desnudas. No, no eran besos. ¡Estaba mordiendo sus nalgas! Gentilmente, pero mordiscos al fin.
—Cuidado, no quiero que me desfigures.
Rio sin hacerle caso alguno, le cubrió las nalgas con apasionados mordiscos, dejándola, a pesar de sus quejas, empapada y palpitante. El roce de su mentón raspándole las curvas, le hicieron desear que la penetrara turbadora y profundamente por detrás. Levantó las nalgas hacia él, ansiando que aceptara la insinuación.
Pero en vez de consumar el juego, se demoró anudándole los pies mientras que ella gemía con desesperación.
— ¡Espósame las muñecas! Por favor, ¡Oh! Sí, mi señor.
Lydia se arrojó de espaldas, con el rostro ardiente sobre la suavidad del colchón. Al oír el tintineo de los grilletes cuando él los cogió de la mesa de luz, emitió un quejido de felicidad. Estaban listos para ser abiertos con la llave de oro del cerrojo. Esperó y esperó, temblando contra las sábanas.
—Maldición.
Preocupada pensó: « ¿Habrá perdido la llave?» Su corazón palpitó durante un largo período, su frustración creció. « ¿Qué estaba haciendo?» El miedo superó a la irritación. Se irguió nuevamente para poder ver. De rodillas al pie de la cama, sus hermosos rasgos desfigurados en una mueca. Estremecido de dolor, Rodesson arrojó los grilletes sobre la cama y se masajeó las manos.
—Maldito reuma. Parecía sufrir profundamente. Con las pantorrillas amarradas, giró sobre la cadera observando cómo se frotaba las manos para distender la rigidez. Cuando sus ojos se encontraron, algo en su mirada la intrigó. Cesó de masajearse las manos y tomó otra soga. — Boca abajo, ramera.
Realmente excitada ahora, se recostó nuevamente. Sus pechos, famosos por su formidable tamaño, se aplastaron contra el colchón. El hombre le deslizó la soga por debajo de las piernas y se la colocó alrededor de los muslos.
—Han de dolerte mucho las manos cuando pintas — dijo Lydia con tono compasivo y sensual.
El hombre respondió con una lacónica afirmación. No deseaba hablar de ello. ¿Sería acaso por vergüenza? ¿O por algo más?
Él comenzó a anudar la soga que le sujetaba los muslos, luchando, mientras ella apenas podía respirar debido a la excitación. Su miel le fluía por los muslos como un río, el corazón palpitante y la garganta cerrada. No quería estar realmente cautiva, atada, violada. Dios del cielo, sabía lo que era ser forzada por un hombre. Había pasado toda la vida prometiéndose que no sucedería otra vez; sin embargo, por algo perverso en su naturaleza, disfrutaba… no, necesitaba… que Rodesson la hiciera su prisionera.
Él levantó los grilletes susurrando improperios, luchó por controlar la llave. No lograba comprender cómo podía sostener un pincel con esas manos tan arruinadas. Cuánto debían dolerle al pintar. Por alguna razón, la idea le proporcionaba una sensación de satisfacción. Acababa de finalizar un hermoso libro, cada momento debió haber sido de penosa agonía.
Lydia se volvió hacia arriba para mirarlo una vez más.
—Ah, sierva, no sirve de nada. —Los anchos hombros le flaquearon al igual que el pene.
—Dámelos.
Parecía avergonzado.
—Me excita hacerlo —aseguró ella—. Esposarme porque así lo deseas. Sé que no puedo osar desobedecer...
Se los alcanzó pero su pene no se agrandó ni se endureció. Tenía que esforzarse aún más para reafirmarle el ego. Él siguió el trayecto de su mirada. —No debes preocuparte por esto, sierva. Todavía funciona. Son las manos las que no pueden. No pueden ni siquiera pintar bien.
«¿No pueden pintar? ¿Sería acaso ésta su última obra? ¿Significaría que no era necesario destruirlo?» Abrió el cerro jo de uno de los grilletes y se los colocó alrededor de la muñeca. Al estar forrados con terciopelo le resultaba placentero, podía disfrutar del juego, no importaba la incomodidad.
—Lydia, amor…
Alzó la vista, tratando de parecer tan inocente como fuese posible, mientras colocaba el segundo grillete. La cadena de oro que los unía permitía cierto movimiento, por lo que dio una vuelta más alrededor de las muñecas para que pareciera completamente atrapada.
—Lydia, no debes permitir que nadie sepa que no puedo pintar.
Un secreto. Qué delicioso. Qué útil.
—Eres mi amo y yo obedeceré.
—Hablo en serio, mujer. No puedo permitir que se sepa que no puedo funcionar más… en esa arena.
Ella sonrió, una vez más el sometido controlando al dominador.
—Bien, mi amo ¿Deseas follarme?
—Por supuesto. —Sus ojos se achicaron y se lamió los labios —. Mi houri.
No le molestaron las manos al levantarle las nalgas exponiendo su trasero y vulva cual yegua excitada. No sabía por dónde prefería que la penetrara. La cabeza contundente del pene se deslizaba entre el contraído ano y la burbujeante vulva, empapándola en el camino. Con el corazón palpitante esperaba que se decidiese. Sintió la presión de algo grande contra la entrada del trasero, y se incorporó hacia él, relajándose.
Se sintió abierta como para recibir... una de sus propias fruslerías, una talla de marfil con forma de enorme falo. Los movimientos del hombre eran lentos y gentiles, induciéndola a dilatarse para recibir el gigantesco juguete. Al cabo de algunas embestidas, lo había introducido hasta la mitad.
—Dios, sí —gimió el hombre—. Mantenlo más adentro, mi bella.
Lydia murmuró en respuesta—: Empújalo hasta el final, mi amo.
Los cojones, tallados tan reales como parte del falo, ahora le golpeaban las nalgas. ¡Oh, Dios! Significaba que había entrado completo, llenándola toda. Rodesson lo mantenía en su lugar con una mano y sintió cómo le separaba los labios de la vulva con la otra. El flujo brotó inundándola, mientras arrancaba un ávido gemido de su amante.
El pene comenzó a darle batalla al falo. Al deslizarse el miembro grueso y caliente en la vagina, empujaba la vara hacia afuera del ano. La introducía nuevamente, dilatándola hasta lo imposible.
El secreto. Debía pensar en el secreto... había algo significativo en lo que le había dicho. Pero la tenía tan maravillosamente colmada. Y el hombre comenzó a esbozar una imagen…
—Qué sucedería si fueses capturada de esta manera por un hombre a tu servicio. Un joven sirviente de 20 años. Cachondo, fuerte y musculoso, pero todavía virgen y ansioso de ser iniciado por una experimentada y voluptuosa mujer. Su falo henchido por ti. Aun prisionera, podrías controlarlo. Y luego, un amigo vendría en su búsqueda. Otro joven, otro enorme falo. Ambos penetrándote y decididos a complacerte. Controlar el clímax para complacerte, les resultaría torturante. Y tú, mi bella, disfrutarías de su frustración.
Debía concentrarse, pero la fantasía del hombre era tan perfecta que no podía evitar dejarse llevar… El pene bien adentro, y cada acometida de la pelvis, le hundía más el falo en el trasero.
Rara vez alcanzaba un orgasmo con sus caballeros. Con Rodesson lo lograba siempre. Como ahora. La doble penetración la llevó a la cima del placer sin dilación. Su ano era tan deliciosamente sensible…, y él lo sabía. Arremetió contra ella con brutal rudeza, como le gustaba. Estaba tan húmeda y lubricada, le encantaba el azote de las caderas, el golpe de su sólida ingle contra las nalgas. La carne se contraía con cada embestida, y en respuesta, la vulva y el ano se contraían en éxtasis.
—Sí, más fuerte —gritó Lydia.
Retorció las manos que tenía capturadas entre el vientre y la cama. Con un quejido de puro goce, logró alcanzar su punto álgido, el disparador de su placer. Debía trabajar rápidamente. Amaba tener orgasmos múltiples pero él estaba por alcanzar su límite pronto. Después de todo, tenía casi sesenta años.
— ¡Oh, Dios! ¡Sí! —Dos embestidas le hicieron alcanzar el primero. El orgasmo explotó en su interior, bullendo en cada nervio.
— ¡Oh!, ¡Sí! ¡Sí! —Tanto gozo. Tanto tiempo para aprender de placeres como éste. Vio estrellas, como le sucedía siempre con él. Estrellas que brillaron como joyas sin precio sobre terciopelo negro. Apenas había recuperado los sentidos por el primer orgasmo y, llegó el segundo. Y luego, el tercero. Para el quinto, no necesitó frotarse el palpitante clítoris. Bastó una profunda embestida del magnífico falo para lograrlo una vez más. Estaba empapada, húmeda y satisfecha. No así él.
—Sácalo —le ordenó jadeante—. Debes sacarlo.
Cumplió la instrucción con un quejido de frustración. Empapada y exhausta, rodó sobre la espalda. Con el trasero golpeó la cama hundiéndose el falo hasta lo imposible. Esto la hizo correrse una vez más, pero el orgasmo apenas fue una vibración que le recorrió el cuerpo todavía sentado. No necesitó dar más instrucciones. Rodesson se movió para montarse sobre sus hombros y descendió el pene rígido hacia sus labios. Cuando se debía esperar, era imposible que alcanzara el clímax. Algunas veces tuvo que dejarlo insatisfecho, cuando la penetraba por detrás. Pero hoy, debía procurarle un placer especial, porque tenía secretos que sonsacar. Le lamió la cabeza del pene, arrancándole un quejido. La historia era real. Aun sometida, tenía gran poder. Besó el orificio del pene.
— ¿No puedes pintar en absoluto? —susurró ella.
Él trató de introducírselo en la boca, pero los labios cerrados provocaron a la cabeza henchida.
—Pero eso no es tan trágico —aseguró—; ¿No sería tu obra más valiosa si se supiera que fueron tus últimos volúmenes? Desearía que no hubiera más —murmuró más por reflejo que conscientemente. Guió al pene hasta el interior de la boca, para luego sacarlo, atormentándolo así una y otra vez.
—No funciona de esta manera —dijo más fuerte. Para un hombre experimentando en el placer oral, se veía decididamente sombrío.
—He hecho cosas escandalosas para el mundo de las letras. Mantener mis derechos de autor, por ejemplo. Pero si el volumen se acaba, también lo haré yo.
Si ella quería algo de él, debía conseguirlo ahora.
—Demonios, ya que no tengo más dinero, estaré en poder de los acreedores nuevamente.
—No pienses en eso, amo. Deja que tu esclava te succione y satisfaga.
—Eres una sagaz y astuta doncella, ¿no es así, Lydia?
No, no podía dejar que la considerara astuta y calculadora.
Debía actuar como una cortesana que amaba dar placer,
aun a riesgo de que advirtiera el embuste.
Se lo introdujo profundamente dentro de la boca y en
recompensa de su habilidad, se agrandó. Le cogió las nalgas y
permitió que lo empujara tan vigorosamente como necesitase. Curvó los labios sobre los dientes y resistió. Eyaculó con
una explosión, y por un momento ella temió que su corazón
no fuese suficientemente fuerte. Se derrumbó sobre la cama
junto a ella susurrando expresiones y palabras de reconocimiento.
Lydia respiró profundamente y murmuró palabras de placer. El hombre parecía estar casi inconsciente mientras que luchaba por liberarla de las ataduras y le dio la llave para soltarse las manos.
—Sí, eres una mujer sagaz… Se tambaleó.
Conociendo a Rodesson, sabía que había pasado toda la noche jugando a las cartas sin dormir. Se ovilló junto a él, le acarició el húmedo vello gris del pecho y esperó hasta que se hundiera en un sopor postcoito.
Lydia se deslizó de la cama y cogió la bata de seda. Mientras se la anudaba en la cintura, salió de puntillas de la habitación. Una vez en la biblioteca, examinó los libros encuadernados con cuero en su abarrotada biblioteca. Tuvo que tirar con fuerza para coger el que quería. Con un sentimiento de orgullo, inspeccionó los libros que la rodeaban. Su biblioteca estaba tan bien equipada como la de cualquier caballero.
Acarició con el dedo las brillantes letras doradas repujadas en el delicado cuero, apoyó el libro en la gran mesa. Lo abrió, hojeó las páginas hasta encontrar el primer dibujo erótico. Luego cogió el segundo libro y lo colocó junto al primero. Los dos últimos libros de Rodesson: Cuentos de un caba llero londinense y Placeres de un caballero.
« ¿Por qué su incapacidad para pintar debía ser un secreto? A menos que…» Estudió los cuadros de cerca. Las poses. Las expresiones. El estilo. Su presunción era correcta. Los cuadros eran… diferentes. «¿Quién habría pintado la obra de Rodesson? »
Capítulo Uno
¿Qué haría su fatigado lord con las manos mientras la encantadora cortesana se arrodillaba entre sus piernas y lo besaba íntimamente?
Venetia Hamilton se golpeteó los labios con la punta del pincel mientras estudiaba la acuarela. Aunque su conde, sí, había decidido que fuese un conde, era un hombre de lo más experimentado, esta vez había encontrado su par en la encantadora mujer de cabello cobrizo que lo complacía.
No podía evitar una sonrisa al imaginar su sumisión en el ruedo en el que se creía supremo soberano. Su lord estaba tan hundido en el vicio que los actos sensuales convencionales le resultaban sumamente aburridos y, por hastío, pasaría a ser un mero espectador de su propia seducción.
En la mano derecha, Venetia dibujó una copa de champagne pues estaría ambientado en el palco de teatro de la hermosa mujer; en la izquierda, una naranja pelada, que ella le había dado, del tamaño de un pecho generoso, suficientemente grande como para llenársela. No, decidió que el conde no tocaría a la mujer, pero en su expresión... allí había decidido reflejar no sólo deseo, sino el creciente deslumbramiento y deleite de un corazón abierto, abandonado a los placeres que se le ofrecían. Dirigió su atención al público, ya que las partes íntimas del conde serían acariciadas de tan atrevida manera frente a todos los espectadores del Teatro Drury Lane. Ah, las expresiones en los rostros resumirían la historia: las matro nas simulando estar escandalizadas, cuando en realidad, estaban extasiadas ante sus magníficas proporciones, sus formas exquisitas, sus rasgos hermosos; envidia en los rostros de los maridos; y miradas lascivas en los miembros de la multitudinaria orquesta.
Ahora debía concentrarse en la expresión del conde. Capturar el creciente asombro en su rostro al descubrir que el acto que había experimentado miles de veces, al menos le resultaba nuevo y especial, maravilloso una vez más. Con respiración entrecortada, volvió de su traviesa fantasía a la realidad de su pequeño estudio. Cuando dibujaba, se convertía en parte de la escena, no como participante, sino como una figura en las sombras que, con el pincel, contaba una historia de vida a través de un momento erótico.
Su cuerpo vibraba de deseo, sufría a causa de él. Debería estar avergonzada de admitirlo, pero no era en absoluto lo correcta que debería, de acuerdo con la educación recibida de su madre... Después de todo, era hija de su padre. Con un suspiro, Venetia hundió el pincel en la vasija y lo retorció hasta que el agua adquirió un tinte rosado, iluminada con la débil luz del sol de primavera que se filtraba por el cristal de la ventana. En su vida, los únicos bribones de cabello azabache vivían en los lienzos apilados en los angostos estantes de su estudio, escondidos bajo muselina.
Sabía perfectamente que el amor era insensatez de mujer. Los libertinos nunca cambian realmente. Un golpe brusco en la puerta hizo que casi derribara el vaso de agua. Se repitieron los golpes. Luego, una voz sin aliento:
¡Por todos los cielos, señorita Hamilton!
Apenas tuvo tiempo para poner el atril enfrentado a la pared para esconder la escandalosa pintura, justo cuando la señora Cobb atravesó el umbral. La señora Cobb jadeaba debido al rápido ascenso de la escalera. Con las mejillas enrojecidas y la cofia ladeada, le extendió una tarjeta.
—Hay un caballero que desea verla, madame. ¡Un caballero que quiere verla a solas!
«¿Qué caballero?, ¿Sería su padre? Por su apariencia, Rodesson podría parecer un caballero, sin embargo, no se atrevería a visitarla.»
El ama de llaves se enderezó la cofia. — ¡El conde de Trent, madame! Lo conduje hasta la recepción. ¿Té? ¿Debo preparar la tetera?
El corazón de Venetia parecía zapatear una danza frenética en el pecho. Empujó la silla hacia atrás, arrebató la llave del estudio y, en un santiamén, cruzó la habitación para coger la tarjeta. Deslizó el pulgar por el papiro de gruesa textura grabado con un escudo. Detuvo la mirada en el título de letras remarcadas. Realmente decía: Conde de Trent. Incrédula, se recostó bruscamente contra el marco de la puerta. ¿Cómo podía ser que el Conde supiese quién era ella?
La señora Cobb espió sobre su hombro, aguardando una decisión respecto del té mientras que Venetia con manos temblorosas, cerraba con llave la puerta del estudio.
—No... té— balbuceó. Levantándose las faldas, atravesó apresuradamente el pasillo de una forma totalmente inadecuada para una señorita. Aunque estuviese lanzándose hacia el desastre, quería saber de qué se trataba. Se precipitó tropezando con la señora Cobb quien corría tras ella, sin poderla alcanzar.
La idea más descabellada cruzó por su mente mientras
se dirigía escaleras abajo. ¿Y si su padre había estado apostando
otra vez tratando de recuperar el dinero perdido a manos
del Conde? ¿Y si esta vez, era ella lo que Trent había ganado
a las cartas? Al alcanzar la puerta del recibidor, se detuvo, se
alisó la falda, tragó saliva intentando tranquilizar la respiración.
Debía tener cuidado. Si arruinaba su reputación, arruinaría
también la de sus hermanas Maryanne y Grace... al menos
ellas merecían una oportunidad para lograr las vidas que
su madre deseaba para ellas: matrimonio, hijos, felicidad…
Advirtió que el Conde había encontrado el único lugar cálido en el helado recibidor. Tan pronto como dio el primer paso hacia el interior del salón, el frío le atravesó el vestido y le envolvió el cuello desnudo con dedos helados. Ya que jamás recibía visitas, nunca calentaba la habitación. Al menos ahora el fuego crepitaba en la chimenea.
Al notar que el Lord estaba parado tan cerca de las flameantes llamas, temió que una chispa pudiese incendiarle los pantalones. Tenía el codo izquierdo apoyado sobre la repisa de la chimenea, entre los objetos curiosos dejados por el inquilino anterior: dos candelabros en forma de mujeres desnudas y una estatuilla de bronce de su cabalgadura favorita.
Venetia cerró gentilmente la puerta tras de sí, luego se detuvo sosteniendo el picaporte. El Conde balanceaba el libro abierto que descansaba en su gran mano enguantada mientras que hojeaba las páginas lentamente. La tenue luz del sol daba reflejos azulinos a su cabello negro carbón y bordeaba sus rectos hombros. Aun en esa postura informal, sobrepasaba fácilmente los seis pies de altura y no pudo sino admirar, cómo su delicada vestimenta azul noche destacaba las anchas espaldas, la estrecha cintura y las esbeltas caderas. Los pantalones ajustados resaltaban las magníficas piernas enfundadas en botas hessianas de acabado espejo.
Se puso de puntillas para espiar. Cuadros. El libro contenía realmente cuadros, pero no pudo ver en detalle porque estaba muy lejos. Pero, Cuentos de un lord londinense estaba encuadernado en cuero color borgoña, de idéntica forma que libro que sujetaba esa mano poderosa.
El Conde se detuvo ante una imagen, movió el libro para estudiar un detalle que captó su atención. Venetia sintió un escozor que le ardía en la nuca. Cuando él se adelantó para que la luz iluminara mejor la página, pudo ver su perfil. Cabello negro azabache, ojos sombreados por pestañas oscuras, rasgos patricios, labios gruesos y firmes.
El estómago le dio un vuelco. Trent era el caballero de
oscura cabellera que aparecía en los cuadros de su padre. El
hombre que había copiado en su libro. Lo había supuesto un
invento del pincel de su padre. Sin embargo, al tenerlo frente
a ella en carne y hueso, descubrió el error de su presunción.
Tenía sentido. Rodesson solía asistir a todo tipo de
burdeles, orgías e infiernos similares. ¿Por qué no habría de
representar a clientes reales? ¿Escenas que hubiese presenciado?
Los títulos se arremolinaron en su mente. La bella lady Bound; El harén de la calle Jermyn; El beso francés. Incluso en El Trapecio, la dama desnuda se encontraba sentada en una barra suspendida sobre la erección del caballero...
Venetia se presionó el estómago que sentía agitado. Ahora podía notar que su padre había cambiado un tanto la apariencia de lord Trent. Y ella, de forma totalmente inocente y por terrible coincidencia, al querer pintar más agraciado a su Lord, había logrado un parecido más notorio con el hombre real.
Un suave gemido escapó de sus labios.
Repentinamente, el Conde levantó la vista y ella pudo fijar la suya en esos vívidos y hermosos ojos color turquesa que contrastaban admirablemente con las pestañas negras y las cejas rectas. Esa tonalidad extraordinaria no aparecía en los cuadros de su padre. ¿Podría ella capturarla? Quizás mezclando azul cobalto con un toque de…
—Ésta es mi favorita, señorita Hamilton. Creo que en ésta ha logrado captar mi parecido perfectamente. Un tono peligrosamente divertido vibraba en esa profunda y masculina voz de barítono que la atravesó. —Tiene usted, un notable talento.
«Un notable talento.» Sintió un cálido arrebato de orgullo aunque las rodillas casi le flaquearon.
—Mi…mi Lord. —Logró hacer una reverencia, aunque algo tambaleante, estrujando su sencilla falda gris mientras se inclinaba—. Temo que no comprendo a qué se refiere.
Cerró el libro. Las cejas se arquearon sobre aquellos ojos turquesa (azul cerúleo serviría, mezclado con un toque de amarillo óxido…)
—Su libro erótico en el que tengo el rol principal.
Erótico. La palabra fluyó de su boca de una forma imperturbable como si se hubiesen encontrando en el parque y, saludándola con el sombrero, hiciera un comentario trivial sobre la lluvia. Sin embargo, sus palabras la conmocionaron con la fuerza lujuriosa de una bofetada en las nalgas. Pensó en los cuadros que él había estado mirando, cuadros que ella había creado y, todo el aplomo que había luchado por conseguir se evaporó en un santiamén. Ante su confusión, el Lord se acodó en la repisa de la chimenea y sonrió burlonamente.
No. Finalmente, ella había logrado hacerse cargo de su vida y no estaba dispuesta a rendirse. Conde o no. Debía engañarlo. Y por la seguridad de su madre y hermanas, debía alardear mejor que su padre. Se irguió. Primero, disgusto. Eso es lo que debía demostrar. Se imaginó a lady Plim, esposa de sir Plim y la mujerzuela de lengua más afilada de Maidenswode.
—Mi Lord, puede ser que portar libros escandalosos y mirarlos frente a ingenuas mujeres esté de moda en la aristocracia, pero me temo que su conducta es…
—La detuvo con un movimiento de la mano. —No me haga perder el tiempo, señorita. Tiene pintura en las mangas.
—Acuarela. Un pasatiempo de damas.
Él sonrió entre dientes y un escalofrío le recorrió la columna. Nunca había escuchado una risa así. Una risa grave, cavernosa, puramente masculina. Contenía una sugestiva sensualidad que nunca le habían dispensado antes.
—Inclinó la hermosa cabeza. —Rodesson me contó todo sobre usted, querida. Vino a rogarme que le devolviera el dinero, por la seguridad de sus hijas ilegítimas.
Venetia se sobresaltó ante la palabra ilegítima. Siempre la hacía sentirse culpable por las acciones de sus padres.
—Pero… Su último intento de protesta fue decirle que Rodesson no era su padre, pero murió en sus labios. El L o r d sabía la verdad y ella no iba a convencerlo de lo contrario. —La llamó con un gesto del dedo enguantado. —Acérquese, señorita Hamilton. No quiero mantener esta conversación a gritos desde un extremo al otro de la sala y sospecho que usted tampoco.
Lo miró con ojos chispeantes, reacia a cumplir la orden, pero, por supuesto, tenía razón. Apostaría doble contra sencillo que la señora Cobb tenía la oreja pegada a la cerradura. Renuente, Venetia se dirigió hacia la chimenea y la imagen de arrojarse a las llamas pasó por su mente. Se detuvo ante el raído sillón entre ellos. Pero, aun separada del Conde por una voluminosa pieza de mobiliario, se sintió pequeña, indefensa y vulnerable frente a su gran tamaño y dominante constitución. Se le cerró la garganta. Su corazón galopó. Un temblor que deseaba fuese por temor, aunque lo dudaba, le electrizó la espalda. El Conde se alejó de la repisa y se dirigió hacia ella, el lomo del libro ahuecado en la palma de la mano.
—Su padre insistió en que no tenía otros medios para sostener a su familia que sus derechos de autor. Aclaró que su inocente hija mayor se había visto forzada a embarcarse en una peligrosa carrera de pintura erótica.
¡Qué tonto había sido su padre! Trent era un libertino, un canalla. Destilaba tanto vicio y maldad, que seguramente no sería capaz de entrar en una iglesia. Todo él gritaba corrupción. Se movía con la seductora gracia de un depredador, sus ojos centelleantes eran una amenaza para cualquier corazón inocente, así como su seductora e insolente sonrisa burlona…
—Mi padre está envejeciendo —gritó—. Está abatido y confuso. Seguramente, olvidó que los había pintado. Real mente, ¿cómo podría haber creado yo ese tipo de pintura tan escabrosa?
—No lo sé, querida. Pero lo hizo, ya que es obvio que Rodesson no las pintó.
Sintió cómo le palpitaba el corazón mientras que Trent rodeaba la silla hasta pararse detrás de ella. Sin darse la vuelta, miró por el rabillo del ojo. Su altura se impuso a la de ella. Atrapada entre ese cuerpo inmenso y la silla, no pudo escapar. El hombre se inclinó, acercándose tanto que pudo sentir su cálido aliento en la oreja, expuesta por el ajustado moño.
Trastabilló hacia atrás conmocionada y gratificada por el roce de la mandíbula bien afeitada sobre su mejilla. A pesar de tener los nervios a flor de piel, se obligó a mantenerse inmóvil. Si se movía, sus labios podrían rozarse. La loca tentación de girar la cabeza, la tomó por sorpresa. Estaba ardiendo, transpiraba bajo el corsé y el estrecho corpiño. Tensa como un resorte.
Ese hombre le había hecho el amor a una mujer amarrada. Ese granuja había estado en un lecho suntuoso, succionando el pecho de una mujer mientras que otra tenía su miembro en la boca…
Sí, el Conde podía parecerse al hombre imaginario creado por su pincel, el hermoso libertino truncado por amor; pero era un asunto totalmente diferente que un granuja real de semejante calaña estuviese en conocimiento de su terrible secreto. Además, no creía ni por un instante que Trent pudiese ser doblegado por nada.
Apoyó el libro en el respaldo del sillón. Para su asombro, pasó las hojas hasta encontrar una lámina. — ¡Ah!, El lector cautivado.
Conocía el cuadro de memoria. Un hombre joven sosteniendo un candelabro y pasando las hojas mientras que su hermosa dama jugueteaba. Los pantalones abiertos, los pechos de la mujer liberados del vestido, las faldas sobre los muslos desnudos. La mujer dirigía su boca de labios rosados en un mohín hacia el miembro masculino. En las sombras, bajo el instrumento, otro hombre, Trent, amante secreto de la cortesana, la satisfacía con los dedos. Realmente, una tonta fantasía inspirada quizás en su odio por la práctica de pianoforte.
Ahora una fantasía devastadora porque lo involucraba a él. Por sobre el crepitar del fuego, su respiración corta y superficial, parecía llenar la habitación.
—Exquisito. —La suave y rica voz del Conde la envolvió como la seda—. Si bien su estilo es bastante similar al de su padre, muestra marcadas diferencias.
—Imposible —mintió —. Ya que los dibujos son de mi padre.
—Las manos de la dama están tocando un acorde que corresponde a la partitura de una pieza musical que conozco bien porque mi hermana la ha tocado miles de veces, yo estaba encargado de sostener la partitura. Mientras que en la obra de su padre, las mujeres son vanas, inexpresivas, todas iguales; en este libro, cada mujer es diferente. Distinta.
—¿Usted observa el rostro de las mujeres, mi señor?
—Sí, lo hago, señorita Hamilton —murmuró en su oído—. Evidencia de un rasgo femenino, quizás.
Trataba de concentrarse, pero los aromas que de él emanaban, la provocaban, la envolvían. Un aroma suave a madera de sándalo. A almidón del cuello de la camisa y corbata, a cedro de sus ropas, a humo y café de su aliento. A caballo y cuero, y el más suave, a transpiración. El Conde debía ser uno de esos caballeros que disfrutan de un buen galope en el Row al atardecer.
Sin poderlo evitar, respiró profundamente. Intrigada. Los hombres de las pinturas no despedían aromas tan cautivantes. En realidad, pasaba todo el tiempo enclaustrada en su estudio, nunca conocía a caballeros reales. El recuerdo de su fragancia la ayudaría a ser más creativa. A estar más inspirada. Los fuertes bíceps le golpearon los hombros. El roce sensual del cuerpo masculino contra el suyo hizo que las pier nas le temblaran. Venetia apretó los puños y enderezó la espalda.
—Usted debe ser un gran conocedor del trabajo de mi
padre, lord Trent. ¿De qué otra forma podría haber advertido las sutiles
diferencias de estilo? ¿Qué probabilidades había de que otros
caballeros lo hicieran?
—Mi padre lo era —dijo él—. Poseía todos los libros de arte de Rodesson. Él fue quien me introdujo a su obra a temprana edad. Creo que tenía ocho años cuando me dio el primer volumen.
—¿Ocho? Ésa es la edad de un niño, no de un hombre.
¿Qué niño de esa edad es capaz de entender los dibujos? ¿De encontrarlos excitantes? Si a los ocho años había comenzado a mirar ese tipo de cuadros, ¿qué edad habría tenido al hacer el amor por primera vez?
En el instante en que ese desconcertante pensamiento le cruzó la mente, no pudo evitar imaginarse al Conde en su primera experiencia sexual. Con una voluptuosa lechera o quizás con una bondadosa cortesana. Ansioso. Sudado. Desnudo. «¡Venetia, Dios del cielo, detente!» Respiró temblorosamente.
— ¿Hay alguna otra…diferencia?
Pasó las hojas. —Ésta.
Miró boquiabierta el dibujo señalado por su gran dedo enguantado.
Un simple almuerzo al aire libre donde el Conde estaba representado con la espalda contra el viejo roble, mientras que su dama estaba encima de él.
—Para mí éste es el indicio más claro de que su padre no es el autor de la obra.
Aunque le fuese la vida en ello, Venetia no podría descubrir por qué. En realidad, su padre había hecho pinturas similares.
—La posición de la mujer es la evidencia más reveladora.
Desconcertada, estudió a la damisela. La falda de la dama en alto, revelando su trasero voluptuoso, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, los labios abiertos en éxtasis. Venetia había copiado la expresión de Belzique, el artista francés del último siglo quien dibujó mujeres de extrañas costumbres, empuñando látigos. Cuadros que la habían perturbado, que nunca quiso repetir pero que encontró inexplicablemente intrigantes.
—En el trabajo de su padre la mujer siempre está en alto — explicó—. En la parte más alta del movimiento. —Por primera vez, su voz se quebró.
—¿Sí? —preguntó roncamente.
—Esa posición muestra el… equipo masculino.
—Su equipo —repitió ella.
—El pene. Eso excita al hombre, ver el pene desapareciendo dentro de la mujer. En primer lugar, de esa forma resulta evidente que la penetración se está consumando.
Si bien su tono era bromista, sentía el pecho oprimido como si los lazos la estuviesen estrujando. Miró el cuadro, extrañamente herida. ¿Acaso una mujer sentada en la postura que mostraba la pintura no era excitante para los hombres? Entonces había algo más que diferencias de estilo. Ella consideraba a su trabajo tentador, seductor, placentero. Pero, como mujer, ¿acaso no había comprendido lo que los hombres deseaban? ¿Sería más complejo de lo que había pensado? ¿Acaso esto significaría que su carrera, llave para ser independiente, fracasaría? Quizás, su libro se había vendido bien sólo por el nombre de su padre. Quizás, nunca vendería otro.
—Se ve tan angustiada, querida —murmuró él—. Puedo asegurarle que los hombres disfrutan de sus dibujos. Su trabajo es diferente a cualquier otro que haya visto. Mucho más excitante.
Colocó las manos en el respaldo de la silla. Quedó atrapada entre sus brazos poderosos, su respiración le rozó la nuca. Pequeñas guedejas sueltas se agitaron y le hicieron cosquillas. Él se reclinó hacia delante en el mismo instante en que ella retrocedió. Sus nalgas chocaron contra el rígido bulto, el fuerte equipo de su Lord se pronunciaba a través de falda y pantalones, contra su trasero.
Pasó a la página siguiente: Dos damas pintando acua rela. Dos jóvenes damas de sociedad sentadas en el jardín con atriles frente a ellas y como inspiración, la estatua de un dios desnudo. Ambas habían intentado bosquejarla pero fueron sorprendidas por su propia excitación. Faldas y enaguas abiertas y sueltas sobre suaves muslos experimentando con sus pinceles de las formas más ingeniosas. Y, desde los arbustos, el conde de Trent espiando a las hermosas jóvenes.
—Ahora se da cuenta usted, por qué estoy aquí, señorita Hamilton. —Su tono se endureció. La burla había desaparecido, la furia ardía bajo sus palabras—. Usted me representa como el hombre más promiscuo y pervertido de Londres. Justamente cuando he brindado mi patrocinio a las obras de caridad de lady Ravenwood que buscan rescatar a jóvenes mujeres de los burdeles. Lady Ravenwood, mi hermana, se horrorizó por los rumores que llegaron a sus oídos, calumnias que me involucraban exactamente en lo que ella intentaba evitar.
Venetia sintió pánico. No valía la pena seguir negando la verdad. — ¡No fue intencionado, mi señor! Ni siquiera sabía que usted era un hombre real. ¡Ni mucho menos su nombre! Usted aparecía en los libros de Rodesson. Usted hizo esas cosas en público. Usted estaba desnudo...
Se interrumpió bruscamente. Acababa de decir desnu do a un conde. Con sentimiento de culpa, pensó en El Palco. De repente, quiso quemarlo. —No lo pintaré nunca más.
—No, usted no lo hará, querida. —Levantó las manos del libro y retrocedió, como si le diese espacio para respirar —. Su carrera está por llegar a su fin.
Ella giró bruscamente. — ¡Pero debo pintar! ¿De qué otra forma podría sobrevivir mi familia? ¡Mi editor espera un libro en un mes!
Una parte de ella, se sintió abrumada por la magnífica talla del Conde, su intimidante postura con los brazos cruzados sobre el amplio pecho, la línea dura de los labios. Aun así, levantó el mentón.
Los labios de él se suavizaron. —Normalmente, no perdono deudas de juego, señorita Hamilton. Pero no seré responsable de su ruina. Destruiré los compromisos de pago de su padre.
Debía sentirse regocijada. Le devolvería el dinero. Estaban salvados. Ella los había salvado a todos. Regresaría al campo. Tendría que renunciar a su independencia tan duramente ganada.
Solemnemente, negó con la cabeza. —Mi padre siempre queda atrapado en deudas de juego, mi señor. Volverá a perder el dinero. Yo soy la única esperanza que tiene mi familia. Y no debe usted preocuparse, no soy tan inocente. —La mentira escapó de sus labios antes de que la pudiese detener.
Levantó su ceja oscura y respiró cortante. — ¿Su padre mintió?
—No lo sabe, por supuesto.
Tembló nuevamente ante la mirada masculina que la recorrió de arriba abajo.
—Se sonroja de forma encantadora, querida. Pero he conocido a varias cortesanas capaces de fingir atractivos rubores a voluntad.
Su rostro ardió más aún. —No soy inocente y puedo... puedo probarlo.
—¿Puede probarlo? —Su dedo enguantado siguió los trazos del cuadro— ¿Entonces usted tiene experiencia en los placeres que representa en sus pinturas?
Quedó paralizada. Su voz, ¿dónde estaba su voz? — S…sí —mintió.
—Si no es inocente, debe saber cómo se sentirían estas caricias. —Con la punta de los dedos, hizo un círculo sobre la vulva de la pintura—. Usted debe saber cómo goza un hom bre al separar estos labios suaves, al encontrar el calor y la miel de su interior.
Se detuvo. El silencio se prolongó durante varios ardientes latidos. Pudo oír su propia respiración agitada. El sonido de las agujas del reloj sobre la repisa de la chimenea. El voraz rugido de las llamas.
— ¿Se toca usted así, cariño? ¿Pinta su vulva hasta que está lubricada y húmeda? ¿Disfruta de tríos? ¿Prefiere dos falos a su disposición, o tal vez, el flujo de otra vulva?
Sintió las rodillas tan inconsistentes como la espuma del mar.
Le cogió la mano que estaba en el respaldo de la silla, y le rozó los nudillos con los labios. Con masculina gentileza y suavidad. Pero luego, le tomó el dedo índice y se lo introdujo en la boca, ella se conmocionó, se crispó. La lengua masculina jugueteó con el borde de su uña, empapando el fino algodón.
¿Cómo un simple toque de la lengua masculina en sus dedos podía provocarle dolor en los muslos? Pero así fue. ¿Por qué no retiró la mano? ¿O lo detuvo? No podía.
Sus palabras, sus palabras prohibidas poseían un hechizo irresistible. Se debía calmar. ¿Cómo se comportaría la cortesana de cabello cobrizo que ella había creado? Una mujer suficientemente osada como para complacer a su amante en un palco, seguramente no se quedaría paralizada y sin aliento por un simple beso en la punta de los dedos.
Le liberó el dedo y alcanzó el dobladillo del guante. Por Dios, estaba a punto de perder una prenda. Le desnudó la mano y el guante revoloteó hacia la alfombra.
—Con un beso, querida, sabré si es o no inocente
No, no lo sabría. Lo besaría como una cortesana. No sabía cómo besaba una ramera, pero debía ser con gran pasión. Desafortunadamente, estaba completamente sola en esto. Ninguno de los cuadros de su padre representaba besos.
Con un tirón gentil, la acercó aún más. Ella trastabilló, cayó en sus brazos. Su cuerpo apretado contra el de él, sintió la erección contra su vientre. Tan juntos, tan íntimamente juntos. El Lord le cogió la muñeca, con una rapidez sorprendente en relación con la gracia de sus lentos movimientos. En un instante, le capturó ambas manos en las de él.
Luchando por la necesidad de tragar saliva, fijó osadamente la vista en los ojos turquesa. Pero ella no sintió más que la audacia de esos labios, sensuales y perfectamente esculpidos, descender hasta los suyos. Debía comportarse como una ramera. Ella era una ramera. La boca del hombre era una obra de arte, sólo podía pensar en presionar su boca contra la de él y lograr que se rindiera. Simulando descaro, deslizó su pie sobre la bota lustrada del Lord. Con su suave calzado, acarició la fuerte pantorrilla. El cuero se le adaptaba como una segunda piel.
El hombre la cogió por la cintura, sus grandes manos apoyadas en la cadera. Le dolieron los pezones, necesitaba algo…que los presionara. Se arqueó contra él, y pecadoramente los apretó contra el pecho fuerte y sólido del hombre. Sus labios se inclinaron sobre los de ella y su gemido se perdió en la boca de él. Sintió su café de la mañana, un rastro de humo y calor, un delicioso calor.
No tuvo necesidad de fingir pasión, él sedujo sus labios para que se abrieran y deslizó la lengua dentro de su boca. Nunca había sido besada de esa manera. Tan sólo había recibido un pequeño beso, aburrido, ¡Un insignificante beso en toda su vida! Éste era escandaloso, sensual. La lengua de él le llenaba la boca, tocando la suya y la inducía en un juego sensual.
Venetia deslizó los brazos alrededor del cuello y se atrevió a acariciar los oscuros cabellos, más suaves que las cerdas de sus preciados pinceles.
Él gimió. Roncamente.
Ella lo hizo gemir. Una sensación emocionante de poder la inundó. Se sintió salvaje, irreflexiva, loca. En lo profundo de su garganta, gimió de nuevo. Levantó la pierna buscando envolver las caderas masculinas. Aferrarlo. Para nunca dejarlo partir. ¿Por qué nunca se le ocurrió dibujar algo tan espectacular como un beso?
Su cuerpo ardió de necesidad. Un deseo vertiginoso la abrumó. Le deslizó las manos detrás de la espalda, de la ancha, fuerte y hermosa espalda del Conde. Acarició las superficies que había dibujado, imaginándose piel desnuda, músculos esculpidos. Las manos del hombre se ahuecaron en su trasero, aferrándoselo, ella estrujó esas manos. Dios mío, tenía hermosas nalgas, fuertes y suaves, ahuecadas en los costados. Si él estuviese sobre ella, dentro de ella, le aferraría y apretaría el trasero mientras la penetrara.
La puso de pie nuevamente, le retiró las manos del trasero
—Es suficiente, cariño. Cada pulgada de ti es virgen. Este beso inexperimentado fue prueba definitiva.
Se aferró, tambaleante. Beso inexperimentado. Beso maravillosos. Beso vertiginoso. Había sido apasionada. ¿Cómo pudo darse cuenta de que era inocente después de aquello?
—Yo —Ella deseaba otro beso. Quería más. No podía pensar.
—Con el tiempo, su secreto saldrá a la luz, señorita Hamilton. ¿Quiere arruinar a sus hermanas también?
Movió la cabeza. No, no haría eso. —Pero quiero ser independiente. No puedo soportar vivir cada día con la sensación de que el desastre sobrevendrá en cualquier momento. ¿No puede entender eso?
—No estoy seguro, señorita Hamilton.
—Entonces usted me salvará aun en contra de mi voluntad ¿Por qué?
Él sonrió burlonamente y su corazón dio un salto en el pecho.
—Porque mi hermana, lady Ravenwood, insistió en ello —dijo—. Mi padre hizo su carrera arruinando a inocentes. No tengo la intención de seguir sus pasos. Desafortunadamente para los hombres de Inglaterra, señorita Hamilton, su carrera está a punto de terminar de forma definitiva.