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Prólogo
El aire estaba densamente cargado, caliente y vivo con el zumbar de insectos. No había tregua, ni siquiera a la sombra en el porche. Una gota de sudor resbaló lentamente por la espalda de Seraphina Treadwell mientras miraba las dos monedas que tenía en la palma de la mano. Sujetó con mayor firmeza el portafolio que llevaba en la otra. Se obligó a esbozar una sonrisa y miró a su patrona a los ojos.
—Recuerdo que convinimos una comisión de cinco libras esterlinas —dijo con tanta educación como pudo.
—Cierto —dijo Cora Matthews, la barbilla alzada y los labios apretados en una sonrisa de suficiencia—. No obstante, lord Matthews ha señalado, entretanto, que carece usted de educación o credenciales y que debería, por tanto, estar muy agradecida por cualquiera que sea la suma que elija pagarle por su trabajo. He decidido que dos libras son más que suficiente.
Y lord Matthews carecía de título legítimo; todo el mundo en la ciudad de Belice conocía la vanidad a primera vista. Con el pulso latiendo con fuerza, Sera hizo un nuevo intento.
—Convinimos…
—O dos libras o nada, señora Treadwell. Dadas sus circunstancias…
—Soy muy consciente de mis circunstancias —la interrumpió Sera, dejando caer con brusquedad las monedas dentro de su bolso. «Soy consciente de muchísimas cosas —agregó para sí, dejando su carpeta de piel sobre el tablón de madera a sus pies—. Ninguna de las cuales es que usted consentiría que unas niñitas pasaran hambre y fueran descalzas en vez de hacer honor a su palabra.»
Seraphina, sacando con cuidado el dibujo a carboncillo de su maletín, lo giró a fin de que la otra mujer pudiera verlo bien.
—Tal como encargó, un dibujo de su casa. Hecho a petición suya, con considerable… grandilocuencia. ¿Cumple sus expectativas, lady Matthews?
Los ojos de la mujer echaron chispas durante un instante y seguidamente la máscara de frío desdén volvió a aparecer en su lugar.
—Tendrá que valer, ¿no es cierto? Es la única artista de la colonia.
Seraphina sonrió.
—Lo soy, en efecto —repuso mientras rasgaba el dibujo justo por la mitad. Le entregó una parte a una estupefacta Cora Matthews a la que prácticamente se le salían los ojos de sus órbitas.
—Ha pagado la mitad del dibujo —agregó—. Cuando decida pagar la otra mitad, hágamelo saber
Mientras la otra mujer barboteaba con muda rabia, Seraphina dejó la otra mitad de su obra en la carpeta.
—Que tenga un buen día, señora Matthews. —A continuación se dio media vuelta, se recogió los bajos de la falda y descendió elegantemente los escalones del porche.
Había recorrido la mitad del camino principal y salido al ardiente sol cuando Cora Matthews recuperó la voz. Sera sonrió, haciendo caso omiso de la diatriba. No había nada que Cora Matthews pudiera hacerle. Estaban en medio de ninguna parte. De hecho, se corrigió en silencio Seraphina mientras se alzaba un poco más el dobladillo de la falda y saltaba por encima de un charco de lodo, la ciudad de Belice estaba más allá de la frontera a ninguna parte. No era más que un lugar llano en la costa infectada de mosquitos del golfo de México. No pertenecía a ningún país en particular, ni siquiera a sí mismo. No había gobernador local, ni fuerzas de seguridad, ni nada que se asemejara a una cultura definida. La ciudad de Belice existía sin más, humeando a las afueras de la jungla, día sí día no, un año tras otro y tras otro.
La mayoría de la gente no planeaba ir allí; simplemente la vida les arrastraba hasta su orilla. Sera podía contar con los dedos de una mano el número de personas que conocía para quienes Belice había sido un destino elegido. De esas cinco personas, una había recobrado el buen juicio y se hizo a la mar en un mes. A dos de ellos, sus padres, les habían dado sepultura en el cementerio. Los otros dos, Arthur y Mary Reeves, habían emprendido una nueva exploración de las civilizaciones antiguas. Habían planeado estar fuera durante dos semanas. Las dos semanas se habían convertido en dos meses; ahora los dos meses se habían prolongado a seis. Benditos fueran Arthur y Mary, dondequiera que se encontraran. Su casa seguía estando en pie y sus hijas se encontraban bien… o tan bien como podían estar tres jovencitas, dado que sus padres habían desaparecido sin dejar rastro. Sin embargo, el dinero de los Reeves era otra cuestión diferente. Se había acabado durante el último mes y medio.
Seraphina dejó escapar un suspiro. Había contado con la miseria de Cora Matthews para comprar comida para la cena. Con lo que le hubiera quedado había pensado comprar un par de zapatos que la mayor de las chiquillas necesitaba desesperadamente.
Ahora, debido a la mezquindad de la mujer, los zapatos habían quedado por completo descartados. Las dos monedas que tintineaban de modo discordante dentro de su bolso no servirían para comprar demasiada comida, pero al menos evitaría que los lobos echaran abajo la puerta durante otra semana. Después de eso… Después de eso su supervivencia iba a depender de la intervención divina. Era demasiado esperar que Dios le ofreciera un modo de sacar a las hijas de los Reeves de este lugar dejado de Su mano.
Un modo de sacar… Seraphina se detuvo en medio del embarrado camino. Más allá de la media docena de destartalados edificios que componían la ciudad de Belice, un barco de dos mástiles se encontraba anclado en la bahía. Habiendo llegado en algún momento de la noche, en ese instante enviaba parte de su tripulación a tierra firme en varios botes pequeños. Más allá de todo aquello, desde mar adentro, llegaba el banco diario de nubes de tormenta.
Uno no necesitaba reloj en Belice, se recordó Seraphina mientras se recogía las faldas y proseguía su camino. La lluvia hacía su aparición cada tarde a las dos en punto. Y, aunque el infortunio no era igual de previsible, ocurría con mucha más frecuencia. Los barcos que arribaban a la bahía siempre traían consigo buena parte de ello. Tenía que estar en casa con las niñas antes de que el capitán dejara sueltos a sus marineros y que éstos convirtieran Belice en la ciudad de Gomorra.
Marta de León, decidió Sera, dirigiéndose hacia la pequeña bandada de pollos, a medio mudar las plumas, que picoteaban de modo poco entusiasta el despejado suelo frente a la tienda cubierta de moho de Marta. Ella le canjearía las dos libras esterlinas por provisiones y no haría mención alguna a las diez que ya le adeudaba. Era improbable que otros clientes fueran tan generosos o amables.
—Buenos días, señora Treadwell. —Sera se sobresaltó por la familiar voz y se volvió velozmente hacia ella, en absoluto dispuesta a darle la espalda a Milton Hopkins.
—Tengo una carta pa usted —dijo él, sacándola del bolsillo delantero de su deshilachado y sucio peto y acercándose deliberadamente, demasiado, para entregársela.
—¿Para mí? —preguntó Sera, tomando el una vez blanco sobre y retrocediendo para poner una distancia más aceptable, más segura entre ellos.
—Bueno, pa el señor Reeves —aclaró Hopkins, susurrando las palabras entre los dientes que le quedaban—. Pero como no está aquí pa aceptarla él mismo y como él y su señora dejaron a las niñas con usted, parece que lo correcto sería dársela a usted pa que la guarde.
—Gracias —respondió, estudiando el envoltorio. Iba, en efecto, dirigida a Arthur Reeves. La caligrafía era excelente. No mostraba florituras superfluas ni el menor signo de titubeo. La mano que lo había escrito había sido precisa, fuerte, decidida, firme. Atrevida. Decididamente masculina.
—Es de Londres —dijo Hopkins—. Inglaterra.
—Ya lo veo.
—El barco envió el correo hace un par de horas. Iba a llevarla a la casa dentro de un rato, pero ya que está aquí y que es un paseo hasta el quinto pi…
Dibujando una sonrisa educada, Sera retrocedió.
—Me alegra haber podido ahorrarle la caminata. Agradezco su dedicación, señor Hopkins. La guardaré a buen recaudo hasta que regrese el señor Reeves.
—¿Sabe algo de su esposo?
Ella se quedó inmóvil, el corazón le latía desaforadamente mientras escrutaba la cara del hombre, buscando el menor signo de que supiera algo que ella desconocía.
—Nada desde que se fue con los Reeves para guiarlos en la jungla —respondió con recelo. Tomando una lenta y profunda bocanada de aire para darse valor, preguntó—: ¿Ha sabido usted algo de él?
—Na de na.
Sera hundió los hombros con alivio, luego, recordándose que se suponía que era una esposa preocupada, enderezó la espalda y logró esbozar lo que esperaba pareciera ser una expresión de decepcionada y severa determinación.
—No pierda la esperanza, señora Treadwell. Se sabe que hay tipos que lograron salir de la jungla. Y si hay alguien que pueda hacerlo, ése es Gerald Treadwell.
Un helado escalofrío recorrió la columna de Seraphina.
—Rezo cada noche para que se produzca un milagro —respondió con tirantez, estremeciéndose cuando un segundo escalofrío la atravesó.
—Lo que sí sería un milagro es que volviera a ver a los Reeves. Yo no contaría con ello, señora Treadwell. Seis meses… —Sacudió la cabeza—. Ya no deben de quedar ni los huesos.
Ella contuvo un grito y después se esforzó por tragarse la ira que le siguió. Con todo, ésta se dejó entrever en sus palabras.
—Con lo bien que se le estaba dando levantarme el ánimo.
Ajeno a su sarcasmo, Hopkins asintió y contempló descaradamente la curva de sus senos.
—Tiene que enfrentarse a los hechos tarde o temprano. Lo más probable es que usted no quede viuda, pero esas niñas sí quedarán huérfanas. Pura y simplemente. Más vale que haga planes para ellas. La señorita Amanda está rondando la edad casadera.
Seraphina se quedó boquiabierta. ¿Edad casadera? ¡Amanda, la mayor de las tres niñas, sólo tenía nueve años!
—Y hablando de la pobrecilla —prosiguió Hopkins, fingiendo mirar en torno a la pequeña aldea—. No veo a la señorita Amanda por ninguna parte.
Y Belice se congelaría antes de que él lo hiciera.
—Está en casa ayudando a sus hermanas con las lecciones de aritmética y geografía. —Y para que no abrigara ninguna idea indebida, añadió con aspereza—: Hacia allí me dirijo.
Él escupió al suelo entre los pies de Sera e, ignorando su grito ahogado y los dos pasos que precipitadamente retrocedió, dijo:
—Debería traerla al pueblo más a menudo, ¿sabe? Una niña de su edad debe ver otra gente aparte de las mujeres de su familia. Mi Isabel sería buena compañía para la señorita Amanda. Son casi de la misma edad. Un año o dos de diferencia, más o menos.
En realidad, tres, corrigió Sera para sí. Pero toda una vida de diferencia en términos de experiencia sórdida y mundana. Y seguiría siendo así mientras a ella le quedara aliento. Ninguna mujer decente, de la edad que fuera, jamás debería conocer las cosas que la novia de doce años de Milton Hopkins conocía.
—Conozco a un hombre en Guatemala que podría estar interesado en ella.
Seraphina fingió no haber escuchado su oferta, ni reparado en que su mirada había descendido hasta sus caderas. ¡Qué hombre tan repugnante! Apretó la mano libre en un puño mientras se recordaba que había sido criada como una mujer dulce. Santo Dios, tenía que haber un modo de sacar a las niñas de esa pesadilla de lugar. Tenía que haberlo.
Pero primero tenía que alejarse de Milton Hopkins. Y al cuerno con la grosería que suponía una huida patente; comenzaba a ponérsele la carne de gallina.
—De veras tengo que irme, señor Hopkins. Las niñas me esperan para almorzar. Gracias de nuevo por entregarme la carta —dijo, luego se dio media vuelta y retomó su camino. No miró atrás; no se atrevió. El comportamiento lascivo del hombre sacaba lo peor que había en ella. Al tipo ya le quedaban pocos dientes de por sí. Si le daba un puñetazo como estaba tentada de hacerlo, se moriría de hambre y ella pasaría el resto de su vida sintiéndose culpable. Y luego, naturalmente, vendrían las inevitables habladurías. «¿Has oído lo que ha hecho Seraphina Miller-Treadwell?» Su reputación ya estaba bastante maltrecha; matar a Milton Hopkins sería la última estocada. Él no merecía la pena.
Los pollos de Marta, que a corta distancia eran más patéticos y estaban más desplumados, graznaron a modo de protesta y corrieron a apartarse de su camino. Pero una vez que estuvieron lejos, se callaron, permitiendo que el sonido monótono de una conversación llegara a sus oídos.
Seraphina se detuvo, preguntándose cuánto tiempo más estaría con la otra patrona. ¿Debería esperar pacientemente o dar a conocer su presencia llamando en el pastel de estaño clavado al poste central de la tienda? La cortesía no era algo que, por lo general, se esperase o practicase en Belice. Miró hacia la costa y se fijó en que los botes eran arrastrados fuera de la línea de la marea. El tiempo se acababa. Gotas gemelas de sudor rodaron por su espalda y dentro de las ya empapadas capas de tejido que rodeaban su cintura.
Sera escuchó de nuevo la conversación dentro de la tienda, advirtiendo que ahora ésta sostenía el tono firme empleado cuando se concreta un negocio. Decidiendo que podía permitirse ser educada y esperar su turno, resistió el impulso de utilizar la manga para secarse el sudor de la frente y, en su lugar, contempló la carta arrugada que sujetaba en la mano. Le llevó un momento y alguna que otra maniobra, pero logró colocarse la carpeta bajo el brazo y dejar ambas manos libres para poder usarlas.
Alisó las arrugas de la carta lo mejor que pudo y seguidamente examinó de nuevo la dirección audazmente manuscrita. «Arthur William Albert Reeves. Belice.» Sin duda alguna, el remitente no tenía ni idea de que Arthur hubiera desaparecido. Lo que le colocaba en un dilema en cuanto a qué hacer. Seraphina suspiró, deseando que este tipo de decisión no le hubiera sido impuesta y sabiendo, no obstante, que no tenía más opción que tomarla. Uno asumía todo tipo de problemas por los amigos.
La solución más sencilla sería archivar la carta en la caja de las facturas que estaba amasando en ausencia de Arthur, pero, si lo hacía, cabía la posibilidad de que estuviera pasando por alto algún asunto importante que debiera ser atendido. No tenía la menor idea de qué asunto pudiera ser.
Pero sí sabía que en los tres años que los Reeves habían vivido en Belice, Arthur jamás había recibido correspondencia de ninguna clase. El correo llegaba en tan escasas ocasiones que era de dominio general cuándo lo hacía y quién había recibido qué. El solo hecho de que hubiera llegado una carta sugería que ésta era de gran importancia y, por tanto, estaba obligada por el deber a averiguar su contenido. Y considerando que Arthur y Mary le habían dejado a cargo de su hogar, sus hijas y su dinero… Seguramente esa delegación de autoridad comprendía tratar de modo responsable su correspondencia.
Por supuesto, no había nada en el anverso de la carta que indicara que era de índole comercial. Existían las mismas posibilidades de que fuera una comunicación personal. Si lo era, abrirla y leerla sería una grave violación de la privacidad de Arthur.
—Estás vacilando, Sera —farfulló, frustrada consigo misma—. Limítate a abrir esa carta y termina con esto.
Con los dientes apretados, rompió rápidamente el sello que llevaba la carta y desdobló los pliegues. Dos billetes bancarios ligeramente arrugados por valor de cien libras revolotearon hasta el barro a sus pies. Seraphina, con el corazón latiéndole desaforadamente y subiéndosele a la garganta, dejó caer su carpeta para salvar a las niñas y a sí misma de la ruina.
Capítulo uno
Londres, 1860
Había sido condenadamente desconsiderado por parte de Percival morir ahogado con un cuenco de gachas de cereales. Y Arthur, sin duda, se estaba tomando su tiempo asumiendo su parte de responsabilidad. En lo que a hermanos se refería, los dos eran patéticos como mínimo. El hecho de que fueran, o en el caso de Percival, «fuera», medio hermanos carecía de importancia. Entre ellos, habían logrado superar el pozo de su resentimiento. Una vez más.
—¿Regodeándote en pensamientos sombríos, Carden?
Él siguió mirando en las profundidades de su taza de té de la mañana mientras respondía con honestidad:
—No más de lo habitual. No más de lo habitual.
Al otro lado de la mesa, Barrett Stanbridge alargó la mano a una tercera tostada.
—¿Y son éstos los típicos pensamientos sombríos acerca del estado del imperio? —preguntó—. ¿O quizá acerca de que en estos tiempos nadie construye ferrocarriles en Inglaterra? —Untando una generosa capa de mantequilla sobre el pan ligeramente tostado, añadió—: ¿O puede que estés preocupado por los desagradables comentarios que lady Caruthers le dedicó a tu proyecto para su nuevo invernadero?
—Iba a conseguir aquellos artículos a su tiempo —admitió Carden, preguntándose si el mediodía sería demasiado temprano para empezar a beber—. Y no emplearía mi talento en diseñar invernaderos para viejas damas si el Parlamento prosiguiera con el establecimiento de la medida estándar para los sistemas de raíles existentes.
—Ah, muy cierto —repuso Aiden Terrell, dejando su taza de té vacía y alargando la mano a un pastelillo de cerezas.
Barrett expresó su conformidad asintiendo y tomó una cuchara llena de mermelada de fresa.
—Luego los pensamientos sombríos se deben a tener que soportar los privilegios de ser un par hasta que tu hermano regrese de Dios sabe dónde.
—Arthur está en Belice. Y hay muy pocos privilegios que compensen el tedio de ser un par —espetó Carden, dando buena cuenta de su té y dejando la taza en su platillo con un sonoro tintineo.
—Tendremos que aceptar tu palabra en este tema —respondió Barrett, sonriendo—. Ninguno de nosotros va a saberlo nunca por experiencia propia. Lo cual, naturalmente, suscita la pregunta de por qué sigues asociándote con nosotros.
—Porque sois unos borrachos felices y unos jugadores de cartas funestos.
Aiden rio a carcajadas y rellenó su taza con la tetera de plata.
—Por eso y porque somos de lo más amables al arrebatarte las mujeres indeseadas de tus propias manos.
Carden hizo una mueca de dolor por un instante. Maldito fuera si no había olvidado ocuparse de ese pequeño asunto. Lo que no se ve, no se recuerda.
—Hablando de mujeres —dijo previsiblemente Barrett, olvidando por el momento la tostada y fingiendo mirar la habitación del desayuno—, ¿dónde está la hermosura con quien te marchaste de Covent Garden anoche? ¿La tienes debajo de la mesa?
La sugerencia disparó una imagen mental. Carden la guardó a buen recaudo y se meneó en la silla para colocarse con indiferencia la bata de seda a fin de que ocultase su respuesta física.
—Por lo que sé —contestó a sus amigos—, sigue arriba, acostada. No he pasado a comprobarlo últimamente.
—Es bastante entrada la mañana —observó Barrett antes de propinar un voraz bocado a su tostada.
—Anoche estuvimos levantados hasta muy tarde —repuso Carden con una sonrisa, sabiendo que se esperaba que dijera algo similar. Uno complacía a sus amigos en tales cosas. Y, siendo amigos y caballeros, sabía que no le presionarían a la espera de detalles de cómo, exactamente, había pasado las horas en compañía de una mujer.
—¿Podríamos tomar esto como una señal de que ésta te durará un poco más que sus predecesoras? —preguntó Aiden, añadiendo nata a su segunda taza de té.
Carden rio por la nada sutil, y muy esperada, pregunta.
—No. Y no, me es indiferente cuál de los dos me la quita de las manos. Sorteadlo con pajitas si os place.
—Aiden se quedó con la última —declaró Barrett—. Es mi turno. ¿Cómo se llama?
—Jenine. O Joan —informó Carden. Se encogió de hombros y agregó—: O algo semejante. No entablamos una conversación prolongada.
Barrett asintió, entornando los ojos mientras miraba por la ventana de la sala y hacia el hueco de la escalera en la parte delantera de la casa.
—¿Has contratado una nueva ama de llaves?
Perplejo por el brusco cambio de tema, Carden miró hacia Aiden en busca de una explicación. El otro sacudió la cabeza y se encogió de hombros como respuesta muda.
—De acuerdo, Barrett —dijo Carden, dejando escapar un suspiro—. ¿Qué tiene que ver que contrate o no un ama de llaves con la mujer que presumiblemente sigue en mi cama?
Barrett, dejando su tostada inacabada, se sacudió las migas de los dedos mientras se explicaba:
—Pensaba que quizá pudiera estar esperando que le suban el desayuno. Es probable que agradeciera que alguien satisficiera sus expectativas. Y si no hay ama de llaves que se ocupe de la tarea… —Miró a Carden a los ojos, sonrió y le hizo un guiño.
Él comprendió el curso de los pensamientos de su amigo, se arrellanó nuevamente en la silla y se metió otra vez en el juego.
—No hay ama de llaves. El anunció viene en el Times de hoy. Imagino que comenzarán a hacer cola en la próxima hora.
—En ese caso, ¿no sería mejor que te vistieras para las entrevistas? —preguntó Aiden. Le miró de arriba abajo, enarcó una ceja y agregó a continuación—: ¿O acaso pretendes seleccionar a la candidata menos afectada por tu falta de inhibición?
—Ésa es una idea —interpuso Barrett, levantándose de su asiento y disponiéndose a preparar una bandeja de desayuno.
—Una muy buena, si se me permite decirlo —comentó Aiden, entregándole la tetera—. Si vamos a contratar al tipo de mujer adecuado, se evitaría la necesidad de encontrar un interés romántico algún que otro día. La conveniencia es algo a tener muy en cuenta.
Carden resopló y le pasó la mermelada a Barrett.
—Hay que tener mucho más en cuenta la novedad y la emoción de la seducción.
—El aburrimiento es muy tedioso, ¿no es cierto? —observó Barrett, levantando la bandeja preparada apresuradamente, pero bien repleta—. Dame quince minutos para engatusar a tu última conquista antes de subir para ponerte presentable.
—¿Quince? —preguntó Carden—. ¿Eso es todo?
—En realidad, estimo que diez son más que suficiente —repuso su amigo mientras se aproximaba a la puerta—, pero, certeza aparte, podría errar. La joven dama podría sentirse un poco incómoda si entras justo cuando consiente en escabullirse conmigo por la escalera de atrás.
Aiden sacó un reloj de oro del bolsillo y abrió la ornamentada tapa.
—¿Cuánto tiempo ibas a concederle?
—Por lo menos treinta.
—No tardará tanto tiempo —replicó el otro, colocando el reloj sobre la mesa a fin de que ambos pudieran verlo—. Puede ser realmente encantador cuando quiere algo.
Carden sonrió de oreja a oreja.
—Es casi tan bueno como yo. Y habida cuenta de las inclinaciones de la mujer de arriba, dudo que precise más de cinco minutos para convencerla de que cambien su juramento romántico. Concedo otros diez para que ella demuestre de modo competente su nueva lealtad y luego otros quince para que ambos se vistan y se marchen. Ya sabes cómo es esto.
La sonrisa de Aiden indicaba que sí lo sabía.
—Sé honesto, Carden. ¿No echarás de menos sus encantos ni un poquito?
Carden contempló el centro de la ahora casi vacía mesa del desayuno. Aiden era joven, sólo tenía veintitrés años, y, aunque era capaz de defenderse en lo referente a arrastrar una mujer a sus brazos, todavía abrigaba algunas de las románticas ideas de la juventud en relación a ello. También él las había tenido a su edad. Pero en algún momento de los últimos siete años, habían sido desechadas a lo largo del camino de la experiencia. Aiden también se desharía de ellas muy pronto; Carden no veía razón alguna para ser él quien le enseñase las duras lecciones que la vida y las mujeres le darían.
—Elijo de un modo sumamente deliberado mujeres que son… —Se detuvo, sin estar seguro de la palabra más adecuada a utilizar. Había demasiadas cualidades que estimaba indispensables en sus amantes.
—¿Fáciles de olvidar? —apuntó Aiden.
Carden negó con la cabeza.
—Absolutamente prescindibles.
Aiden frunció los labios y miró fijamente el mantel de lino. Tras varios prolongados momentos, fijó la mirada de nuevo en Carden.
—¿Se te ha pasado alguna vez por la cabeza que en algún momento podrías elegir a la mujer equivocada y verte obligado a casarte con ella?
Naturalmente que se le había ocurrido. Aquél era el motivo por el que había elevado prácticamente a la categoría de ciencia el seleccionar las mujeres para sus relaciones amorosas. Pensándolo bien, quizá le debía al joven algunas perlas fundamentales de sabiduría.
—Únicamente las hijas de pares conllevan esa clase de poder, Aiden. Me esfuerzo mucho para evitarlas. Esfuerzo, debo añadir, que es semejante al que ellas se toman para evitar conversar con un tercer hijo como yo.
—De modo que, resumiendo, la respuesta es no.
—No tengo intención alguna de casarme. Ni por elección propia ni por obligación.
Aiden sonrió, su tensión inicial desvaneciéndose de modo palpable.
—El matrimonio entorpecería tu vida social.
—En lo más mínimo —declaró Carden al tiempo que repicaba el timbre de la entrada—. Lo que significa, naturalmente, que hacer cualquier juramento de fidelidad sería una hipocresía por mi parte. Y creo firmemente que ya hay suficientes hipócritas en el mundo. Me niego a sumarme al problema.
—Muy honrado de tu parte.
—Gracias. Así lo creo.
El timbre volvió a sonar y la mirada de ambos se dirigió más allá de las puertas de la sala del desayuno. Aiden se inclinó un poco hacia delante para ver mejor el vestíbulo.
—¿Es que Sawyer no va a abrir la puerta? —se preguntó en voz alta.
—Fue a hacerme unos recados —explicó Carden, levantándose de la silla—. Es evidente que no ha regresado todavía.
—No pensarás salir tú a abrirla, ¿verdad? ¿Vestido así?
Él bajó la vista a su bata de seda, reparando en que apenas le cubría y que distaba mucho de ser decente. El timbre sonó una vez más. Consideró la extensión del vestíbulo y la puerta al final de éste.
—¿Preferirías escuchar el timbre incesantemente?
—La verdad es que no.
—Tampoco yo —admitió, cerrando más ambos lados de la bata y ajustando el cinturón con un rápido tirón brusco—. Y, dejando a un lado el asunto de preservar nuestra cordura, el anuncio dejaba muy claro que las entrevistas empezarían a las dos. Apenas es mediodía. Si la mujer es lo bastante descarada para tocar repetidamente el timbre dos horas antes, se merece que escandalicen sus sensibilidades.
Se encaminaba a la puerta cuando Aiden dijo:
—Yo estoy vestido. Puedo hacerlo en tu lugar.
—No es tu casa —declaró Carden y a continuación dejó a su amigo sentado a la mesa. El timbre sonó de nuevo mientras agarraba el pomo de la puerta. Con los dientes apretados, abrió de un tirón el grueso panel de madera de caoba y de inmediato se situó en la abertura, preparado para presentar un sermón sobre buenos modales.
En cambio, se quedó sin aliento. Ella era, sin lugar a dudas, la belleza más exótica y exquisitamente voluptuosa que había visto jamás. El que su vestimenta estuviera irremediablemente pasada de moda, descolorida y completamente insuficiente para el tiempo primaveral no lograba restar valor a sus atributos principales. Alta, de ojos azules y, a juzgar por los rizos que asomaban bajo un desgastado bonete, morena; era una imagen casi perfecta de una dama inglesa de buena cuna venida a menos. Pero, cuando las demás mujeres inglesas de cierta distinción tenían la piel del color de la porcelana fina, esta criatura sin duda se alejaba de la norma. Tenía unos rasgos elegantes y una estructura ósea delicada, lo cual sólo servía para hacer que el tono ligeramente tostado de su tez resultara mucho más fascinante. Sus manos eran del mismo delicioso tono, sus dedos largos y elegantes y sin la menor evidencia de anillo de casada.
Y su conducta… Era también una curiosa mezcla. Ella se estremeció cuando él abrió la puerta, pero luego se mantuvo firme y le miró de arriba abajo sin el menor signo de sorpresa ante su estado de manifiesta desnudez. En ese momento ella tenía la mirada fija en sus hombros y parecía buscar algo con qué comenzar, una explicación de su presencia allí. No necesitaba ninguna, decidió Carden. Estaba en su puerta y era suficiente. Él era suficientemente ingenioso; si ella le proporcionaba una oportunidad, por pequeña que fuera, comenzarían su relación a partir de ahí.
—Buenos días, señora —dijo con voz lánguida. Ella se sobresaltó y le miró a los ojos mientras el rubor asomaba a sus mejillas. La mujer no había estado buscando por dónde empezar, después de todo, comprendió Carden. Se había quedado absorta en la contemplación de su persona. Y, a juzgar por la expresión culpable de sus ojos, sus atenciones mentales habían rayado lo indecente. Carden apenas logró contener la sonrisa mientras agregaba—: ¿En qué puedo ayudarla?
Ella se aclaró ligeramente la garganta, le miró fijamente a los ojos y respondió:
—Me han dicho que ésta es la residencia del señor Carden Reeves.
—Lo es. —Dios, su voz era igual de exótica que el resto de ella. Indudablemente británica, pero con un muy ligero y suavemente vibrante acento extranjero que no logró ubicar. Y en ese instante supo que la contrataría fueran cuales fuesen sus referencias. Quizá la conveniencia tenía algo que había pasado por alto todos estos años. Sin duda merecía la pena probar.
Carden sonrió y apoyó el hombro contra la jamba de la puerta.
—Las entrevistas comienzan a las dos en punto. Puede esperar en el camino hasta entonces. No sería justo para las demás empezar antes.
Ella parpadeó con aquellos ojos increíblemente azules y pareció sinceramente perpleja al decir:
—¿Entrevistas?
La mayoría de las actrices vestían mejor, pero debía admitir que ella tenía talento.
—Para el puesto de ama de llaves anunciado en el Times de esta mañana —informó despreocupadamente, dispuesto a seguirle el juego.
La cólera resplandeció en sus ojos durante un momento, como si fuera hielo al sol, para desaparecer después, reemplazada por una especie de desgarrada resignación que le hizo desear tender la mano hacia ella, tomar su rostro entre las manos y pedirle que le contara cómo había llegado hasta su puerta. Ella habría llorado y él la hubiera besado para enjugar sus hermosas lágrimas y arrastrado adentro, asegurándole que todo iría…
—No estoy aquí para la entrevista de trabajo —dijo ella, haciendo trizas la fantasía de Carden—. Tengo asuntos personales que discutir con el señor Reeves. ¿Por un casual se encuentra en casa y recibe visitas esta mañana? Es muy importante.
¿Pensaba ella que era el mayordomo? ¿En qué rincón del imperio británico atendían la puerta los mayordomos vestidos con una bata de seda al mediodía? Divertido, se cruzó de brazos y preguntó:
—¿Qué clase de asunto personal?
—Lo lamento, señor, pero «personal» significa que sería inapropiado discutir el asunto con otro que no sea el señor Reeves.
La mujer lo había dicho de un modo amable y suave, pero no cabía duda del tinte de censura que contenía. Uno necesitaba un ama de llaves que comprendiera plenamente y que estuviera dispuesta a mantener las formas. Al menos en público.
—Soy Carden Reeves. Y estoy seguro de que recordaría haberla conocido con anterioridad, señora. ¿Qué asunto personal podríamos tener que discutir?
Ella retrocedió… pero no como si sintiera en absoluto repulsa, sino con evidente sorpresa. Carden no sabría decir si debido a que de pronto se había dado cuenta de que no estaba hablando con el mayordomo sino con el dueño de la casa, o porque ningún propietario en ese distante rincón del imperio se ocupaba de atender él mismo la puerta ataviado con una bata. Mientras la mirada de la mujer lo recorría de la cabeza a los pies, decidió que debía de ser lo último; parecía más curiosa que apurada. A él le gustaba la curiosidad en una mujer.
—¿Señora?
—Discúlpeme —dijo un tanto jadeante mientras le miraba a los ojos de nuevo—. Lo que sucede es que no se parece usted en nada a Arthur.
Si la intención de la mujer era pillarle igualmente por sorpresa, lo había logrado.
—¿Conoce a mi hermano mayor?
Ella asintió.
—Su hermano era un hombre maravilloso, amable y considerado.
Carden sintió que la tierra se movía bajo sus pies y enderezó la postura, desesperado por mantener el equilibrio.
—¿Era? ¿Ha dicho «era»?
Ella también se movió nerviosamente sobre el escalón, cuadrando los hombros y alzando levemente el mentón.
—Lamento tener que ser la portadora de tales noticias, pero su hermano y su esposa partieron hace nueve meses para una breve expedición al interior de Belice. Dado que no han regresado ni enviado carta alguna, se les supone muertos.
—¿Se les supone? —repitió, sabiendo aun cuando lo hacía, que se estaba agarrando a un clavo ardiendo—. Entonces, todavía podrían estar vivos.
La sonrisa de ella era tensa, y en el fondo de sus ojos él vio la más leve y fugaz señal de irritación.
—Usted no conoce nada de la jungla, ¿no es así, señor Reeves?
—No puede estar muerto. Sencillamente, no puede estarlo.
—Me temo que es lo más probable.
Por los clavos de Cristo, aquello era lo último que quería oír. Primero Percival y ahora, al parecer, Arthur. Estaba maldito. Y condenado. Si se llegaba a saber este cambio en su estatus, su vida se convertiría en un auténtico infierno. Él no se merecía aquello. Nada de lo que había hecho en su vida había sido lo bastante malo como para provocar que esta venganza divina cayera sobre él.
—¿Señor Reeves?
Se pasó rápidamente las manos por el rostro y luego las dejó caer a ambos costados mientras trataba de centrar la visión en la mujer en pie delante de él. La hermosa mensajera de malas noticias. Prueba de que Dios tenía un sentido de la ironía extremadamente retorcido. Y un lado mezquino tan ancho como el Támesis.
—Aunque soy sensible a su pena y su dolor, señor Reeves —la oyó decir con amabilidad pero firmemente—, por desgracia hay asuntos que requieren ser tratados de inmediato.
Debería pedirle que entrara; discutir asuntos personales frente a los escalones estaba, sin lugar a dudas, fuera del protocolo social.
—¿Como cuáles? —fue todo cuanto logró barbotear.
—Soy la señora Treadwell —comenzó con una sonrisa débil y forzada—. Su hermano y su cuñada me dejaron a cargo de sus asuntos. Iba a ser un arreglo temporal, pero las circunstancias cambiaron. Pensé que era mejor traerle a usted lo que queda de sus vidas. Puesto que su cuñada era hija única y huérfana, es usted el único pariente que conozco.
El cerebro de Carden no funcionaba como era debido; escuchaba sus palabras, todas y cada una de ellas, pero sólo una de cada tres tenía algún tipo de impacto importante. No podía pedirle a ella que repitiera todo su pequeño discurso. Había dicho que se llamaba Treadwell. «Señora» Treadwell. Y algo acerca de traer… Una tenue luz parpadeó en su conciencia. Efectos personales. Le había traído los efectos personales de Arthur y Mary.
Carden asintió con la cabeza.
—Haga que envíen las cajas, baúles, o cualquier otra cosa, a mi cargo.
—Ya me he ocupado de encargar y pagar los costes, señor Reeves. Deberían llegar dentro de unas pocas horas.
Carden pensó que aquello debería dar por zanjada su conversación, que con aquello la mujer debería haber expresado sus condolencias una vez más, dado a continuación los buenos días y alejarse. Pero no lo hizo. Se quedó allí, mirándole con sus enormes ojos azules colmados de impaciente expectación.
—¿Por qué —se preguntó en voz alta— tengo la sensación de que nuestra conversación aún no ha terminado?
—Quizá porque no lo ha hecho —respondió al instante—. He traído los retoños de su hermano a su casa.
—¿Retoños? —prácticamente escupió la palabra. Santo Dios, la mujer era mejor que cualquier púgil que él hubiera conocido. No le había puesto la mano encima y, sin embargo, él se tambaleaba.
—¿No estaba al corriente de que su hermano tenía descendencia?
—Arthur y yo… —Los recuerdos le asaltaron y con ellos llegó la habitual oleada de ira. En cuestión de un solo segundo, la nube que empañaba su mente ardió—. No importa —dijo lacónicamente—. Carece de relevancia. ¿Cuántos hijos? Y le ruego que me diga que hay un niño o dos en la camada.
No fue irritación ni impaciencia lo que vio en sus ojos esta vez; era cólera. Ella no hizo el menor esfuerzo por disimularlo u ocultarlo, sino que, en cambio, le volvió la espada y asintió enérgicamente. Un repentino movimiento en la calle captó su atención más allá de ella. En el bordillo había un carruaje de alquiler, el cochero al parecer dormía en su asiento, látigo en mano. Había sido la puerta abierta del carruaje lo que había atraído su mirada.
Carden observó mientras una niña con un vestido andrajoso se apeaba. Una segunda niña, ligeramente más pequeña, la siguió de inmediato, la falda demasiado corta exponía una parte demasiado grande de sus tobillos para ser decente. Una tercera niña, muy pequeña, saltó del carruaje y, de un brinco, se detuvo junto a lo que él sólo pudo imaginar que eran sus hermanas mayores.
Él miró fijamente la puerta del carruaje y deseó fervientemente que un joven varón, de la edad que fuera, saliera del oscuro interior. Aún seguía deseándolo cuando la mayor de las tres niñas se dio la vuelta y cerró elegantemente la puerta a lo que hubiera sido su única esperanza de salvación.
Ya era prácticamente oficial. Iba a convertirse en Carden Reeves, el maldito séptimo conde de Lansdown.