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PERFECTA TENTACIÓN , Leslie LaFoy

2 º Trilogía Perfecta

Capítulo uno

Londres, Inglaterra

Principios de enero, 1864

John Aiden Terrell se colocó de espaldas al fuego y miró por la ventana del despacho, observando la nieve caer y odiando el invierno. Casi tanto como había llegado a odiar a Barrett Stanbridge en los últimos tiempos, un hombre que era, según la reciente opinión de Aiden, un hijo de puta integral. Las cosas que Barrett le había pedido en nombre de la amistad… Las últimas tres semanas habían sido un infierno. Más aún debido a que Barrett había insistido en que estuviera lo bastante sobrio como para experimentar plenamente cada momento de la desoladora y aguda aflicción.

Y del frío. Sí, el frío penetrante y entumecedor del invierno londinense. ¿Cómo podía olvidar eso? Tan sólo desplazarse cada mañana de Haven House a la oficina de Barrett era un calvario que generalmente perduraba en los dedos de sus manos y pies hasta bien pasado el mediodía. No había fuego lo bastante gran­de o caliente para hacerlo desaparecer. Esa mañana la nieve se había añadido al frío, lo que significaba que probablemente no volvería a sentir los dedos nunca más.

—¿Te importa? —dijo sin alzar la mirada del periódico al objeto de su indignación.

Aiden sacudió de nuevo sus pies helados contra el suelo y se sopló las manos azules por el frío.

—En absoluto —espetó—. Vivo para cumplir cada una de tus expectativas.

Barrett resopló y se encaminó despreocupadamente hacia el servicio de café de plata que se encontraba al fondo del despacho.

—Sírvete una taza y deja de regodearte —dijo sin dejar de leer.

Aiden miró enfurecido primero a su amigo y seguidamente a la cafetera de plata primorosamente colocada en el aparador junto con el azucarero y la cremera.

—No quiero café. Quiero un coñac.

—Son las nueve y media de la mañana y no vas a beberte un coñac. Ni ahora ni tampoco después. Te estás reformando.

En realidad eran las nueve y treinta y ocho minutos de la mañana, pero Aiden sabía que no tenía sentido corregir a su amigo. Asimismo carecía de sentido protestar por la correa que Barrett le había colocado, pero todavía le quedaba algo de orgullo por maltrecho que estuviera.

—Tal como ya he mencionado en varias ocasiones, no estoy en absoluto interesado en reformarme, muchas gracias.

Barrett alargó la mano en busca de una pluma y garabateó en los márgenes del informe.

—Y tal como te he respondido en todas y cada una de ellas, tu padre me pidió que volviera a ponerte en el buen camino —repuso—. Y yo me tomo tal responsabilidad muy en serio.

—Jamás en mi vida he seguido el buen camino y lo sabes tan bien como él —replicó Aiden—. Francamente, preferiría estar muerto que llevar la tediosa existencia que a ti te parece tan cómoda.

—Francamente —repuso serenamente su amigo mientras continuaba escribiendo—, cuando te encontré pensé que estabas muerto. Si te hubiera pasado una carreta por encima, no habrías sentido nada en absoluto.

—Lo que, precisamente, era mi intención.

Barrett levantó por fin la cabeza y le miró a los ojos.

—Si hubieras estado lo bastante consciente para haberte vis­to, te habrías sentido enormemente avergonzado. Habrías conseguido hacer vomitar a un cerdo.

Comentarios tan crudamente francos habían sido un despliegue constante desde el primer momento en que se había espabilado de la borrachera lo suficiente como para no comprender nada en absoluto. Aiden ya estaba harto de ello.

—No debería haber venido a Londres —espetó.

Barrett enarcó una ceja pero no dijo nada. No tenía que hacerlo. Aiden podía escuchar la réplica tácita. «No deberías haber ido a Charleston.»

Aiden giró abruptamente sobre el talón, se colocó de cara a la chimenea y extendió las manos hacia las llamas, tratando, sin conseguirlo, de olvidar ese día una vez más.

—La retrospectiva siempre es buena, Aiden —dijo suavemente Barrett—. No puedes castigarte por aquello que no viste en ese momento.

—Ah, claro que puedo —repuso sarcásticamente, odiando la revelación y más aún la compasión—. Sólo mírame.

Un golpe en la puerta ahorró a Aiden otro sermón pretendidamente edificante. En lugar de ello, Barrett alzó la voz para conceder la entrada a su secretario.

El hombre abrió la puerta, luego se quedó rígidamente en el umbral para decir:

—Disculpe la intromisión, señor. Hay una tal señorita Radford en la antesala. Le he sugerido que concertara una cita para mañana, pero se niega e insiste en que es un asunto de suma urgencia.

—¿No lo es siempre? —bromeó Barrett con un risilla seca. Dirigió la mirada más allá de su secretario y alzó ambas cejas mientras una sonrisa curvaba la comisura de su boca—. Ten la bondad de ocuparte del abrigo de la dama y luego hazla entrar, Quincy.

—Yo me marcho —dijo Aiden, aprovechando la tesitura y marchó detrás de Quincy—. No quisiera inmiscuirme en una conversación privada.

—Tú te quedarás donde estás, John Aiden.

Era una orden, pronunciada como sólo podía impartirla un antiguo oficial del ejército. Aiden se detuvo en seco. En parte por costumbre, pero mayormente por algo que se encontraba en lo más profundo de su ser, indescriptible pero igualmente potente. Apretó los dientes y dio media vuelta.

—Sea cual sea su problema —prosiguió Barrett con firme­za—, va a terminar a tu cargo. Ya es hora de que seas de provecho, para variar.

Algo bueno podía decirse acerca de las pusilánimes sentencias de Barrett; le ponían lo bastante furioso como para hacerle hervir la sangre. Aiden sonrió levemente y se dirigió al escritorio, diciendo:

—Entonces deberías saber que voy a decirle que no se puede hacer nada en relación a su maldito anillo desaparecido hasta que la condenada nieve se funda.

—No estamos al corriente de por qué está aquí —respondió Barrett, levantándose y enderezando su chaqueta con un veloz y eficiente tirón del bajo—. Podría tratarse de alguna rara y valiosa pieza británica antigua. O de un preciado miembro de la familia que ha desaparecido. De una sobrina licenciosa o de un abuelo demente. Y los honorarios podrían ser sustanciosos. Serían tuyos, naturalmente. Quien realiza el trabajo, se lleva el dinero.

—Me es indiferente el dinero —alegó Aiden, pensando que lo único que verdaderamente quería era estar muy lejos de Barrett durante un tiempo. Y también de Sawyer. Entre los dos no había un sólo momento del día, o de la noche, en que no estuvie­ra estrechamente vigilado.

—De acuerdo —concedió Barrett, encogiéndose de hombros sin más—. De modo que has prescindido de tu amor propio y no te importa en absoluto ganarte tu propio sustento. No obstante, puede que quieras pensar en los considerables placeres que suponen beber de la fuente de la efusiva gratitud femenina.

Aiden se puso furioso de inmediato, pero Barrett no le concedió la oportunidad de replicar.

—Ha pasado casi un año, John Aiden —manifestó suavemente su amigo—. Ya te has mantenido virtuoso suficiente tiempo.

Le ponía furioso que Barrett no sólo no comprendiera la profundidad del dolor, sino que ni siquiera había fingido, aunque fuera una vez, que le importara su existencia. Aiden tragó el repentino nudo de la garganta para decir:

—Eres un bastardo.

—Motivo por el cual tu padre me eligió para salvarte —respondió el otro, alisándose despreocupadamente los puños.

—¡Por amor de Dios, tengo veintiséis años! Es insultante que se me trate como a un niño que necesita que le manejen. No quiero, ni necesito, ser salvado. Lo único que realmente necesito es que me dejen en paz.

—Ya se te permitió —señaló Barrett con voz queda, su mirada pasó como un rayo más allá de Aiden en dirección a la entrada. Esbozó una sonrisa educada al tiempo que agregaba—: Y no te las arreglaste demasiado bien.

—La señorita Alexandra Radford, señor.

Quincy se hizo a un lado y la mujer entró en la estancia. Se deslizó, en realidad, en una nube que debía de ser una seda escandalosamente costosa. Al igual que los colores cambiantes de un pavo real, su vestido de mañana era verde en ocasiones, otras azul y, de algún modo, a veces de ambos tonos a un mismo tiem­po. En realidad, advirtió que era una blusa y una falda a juego. Lo cual indicaba a las claras que no disponía de una doncella que le ayudara a vestirse.

La mujer en sí misma era… tan inglesa. De mediana es­ta­tu­ra, piel clara y unos rizos negros como el ala de un cuervo, que asomaban por debajo de un elegante bonete. Poseía un rostro bellamente formado y de finas facciones. Ni siquiera un hombre muer­to hubiera pasado por alto la curvilínea figura en­corsetada. Tampoco era que ningún hombre se hubiera atrevi­do a contemplar descaradamente aquel festín en particular. Pue­de que la señorita Alexandra Radford poseyera un envoltorio delicioso, pero debajo de todo aquello yacía el corazón y el al­ma de una mujer que se consideraba igual a cualquier duquesa. Una duquesa sin doncella. Aiden reprimió un gemido y trató de dibujar su sonrisa más educada. Las mujeres privilegiadas —y sobre todo aquellas que se consideraban privilegiadas— eran un auténtico problema. Siempre había una poco común excepción a la regla. Sin embar­go, Alexandra Radford no parecía ser tal excepción.

—Buenos días, señorita Radford —la saludó suavemente Barrett mientras salía a su encuentro. Ella se detuvo y tendió la mano. Él la aceptó y se inclinó levemente sobre ella, agregando—: Barrett Stanbridge a su servicio.

—Buenos días tenga, señor Stanbridge —respondió al momento en un firme y cultivado acento británico—. Aprecio mucho que esté dispuesto a verme sin haber concertado la debida cita.

—No supone en absoluto problema alguno. —Barrett sonrió ampliamente y se hizo a un lado para señalar hacia Aiden—. Permita que le presente a mi socio, el señor John Aiden Terrell.

—Señor Terrell —dijo, bajando apenas su delicada barbilla a modo de reconocimiento. Pero sus ojos al cruzarse con los de él… Dios, tenían un color de lo más impresionante. No eran del todo azules, ni del todo verdes. Con una pincelada gris. Ella parpadeó, dos veces. Y Aiden apreció que algo brillaba en sus profundidades justo antes de que ella se obligara a tragar saliva.

Su largamente aletargado sentido de la curiosidad despertó. No cabía duda de que la inquietaba. ¿Por qué?

—Señorita Radford —respondió, doblándose levemente a la altura de la cintura sin dejar de evaluarla.

—Tenga la bondad de tomar asiento y cuéntenos en qué podemos ayudarle —interpuso Barrett, señalándole una de las sillas frente al escritorio y apartando su atención de Aiden—. ¿Le apetece una taza de café? Aiden se sentirá de lo más complacido de traerle una.

«Aiden, el subordinado obediente», se quejó para sus adentros.

Ella le miró de nuevo a los ojos durante apenas una fracción de segundo mientras tomaba asiento.

—Si no supone demasiada molestia —respondió, apartando la mirada para observar a Barrett acomodarse en su silla.

—¿Leche? —preguntó Aiden con sequedad—. ¿Azúcar?

Ella no volvió a dirigirle la mirada mientras le respondió:

—Solo, gracias.

Bueno, aquello resultaba interesante. Hubiera supuesto que se trataba de una mujer a quien le gustaba el café con tres terrones y media taza de leche. No únicamente debido a que lo prefiriera de ese modo, sino principalmente porque aquello significaba que alguien tendría que plegarse a su orden.

—Me ha sido recomendado por la señora Emmaline Fuller —escuchó Aiden que le decía a Barrett—. Su hermano, Sawyer, está al servicio del señor Carden Reeves, a quien Emmaline se refiere como a un gran amigo suyo.

—Ah, sí. Conocemos a Sawyer. De hecho, el señor Terrell reside en casa de los Reeves mientras la familia está fuera del país.

—En Egipto. Por el proyecto de un puente —informó Aiden, aproximándose al escritorio. Sonrió mientras le entregaba la taza y el platillo y añadió—: Carden es arquitecto.

—Gracias —murmuró ella, tomando el café mientras se cuidaba mucho de no mirarle.

Ignoraba si se sentía intimidada o se debía al desdén. Pero, en cualquier caso, no iba a consentir que le ignorasen. Si Barrett, extraordinario investigador donde los hubiera, pretendía que se ocupara de cualquier insignificante tragedia que la había conducido hasta su puerta, entonces iba a hacerse cargo de ello desde el principio. Con algo de suerte, la pondría lo bastante nerviosa como para que cambiara de opinión y se marchara. O bien eso, o que Barrett decidiera que no era apto para que le dejasen suelto en el mundo civilizado y resolviera hacerse cargo del ca­so él mismo.

Aiden se apoyó levemente sobre la esquina del escritorio de Barrett, cruzando los tobillos despreocupadamente y los brazos sobre el pecho.

—¿Y por qué ha sido necesario que le pidiera a la señora Fuller que le recomendara un investigador privado? ¿Ha sufrido la pérdida o el robo de alguna pieza de su propiedad?

La mirada de la mujer revoloteó a las proximidades de sus muslos para apartarse en seguida.

—En realidad, no sé cómo o por dónde empezar —le dijo a Barrett.

—¿Quizá, simplemente, por el principio? —sugirió Aiden, sin importarle lo más mínimo que el sarcasmo tiñera sus pa­labras.

—Le ruego que pase por alto su aspereza —la exhortó Barrett con cierta reprobación—. Carece de paciencia por las mañanas. ¿Qué desea que hagamos por usted, señorita Radford?

Ella se sentó erguida, cuadró los hombros y elevó la barbilla. La taza de café se posó silenciosamente en el platillo, pero la superficie del líquido se agitó ligeramente.

—Hay un niño al que debo proteger —dijo finalmente tras inhalar pausada y profundamente.

—¿Su hijo? —preguntó Barrett antes de que pudiera hacerlo Aiden.

—Por así decirlo. Soy responsable de su cuidado, educación y seguridad.

—En otras palabras —prosiguió Barrett—, es su tutora legal.

—Legal, no. En cualquier caso, no según el estricto criterio británico.

—¿Según qué criterio, pues? —preguntó pausadamente Barrett, enarcando una ceja.

—Según el de su padre.

A ese paso no avanzaban.

—Señorita Radford —dijo Aiden, procurando esbozar una especie de sonrisa—, me temo que no tengo demasiada paciencia en ningún momento del día. ¿Tendría la bondad de comenzar por el principio y evitarnos la necesidad de jugar a esta especie de interrogatorio?

La mirada que ella le lanzó era mortífera. Aiden sonrió, divertido por la evidente presunción de la mujer de que podría vencerle con tal reprobación femenina. La mujer arqueó una ceja y se volvió deliberadamente hacia Barrett antes de comenzar, diciendo:

—Mi padre era empleado de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Tras su muerte, mi madre entró al servicio de una familia hindú en las provincias del norte en calidad de tutora. Cuando falleció, yo asumí sus responsabilidades.

Barrett asintió con la cabeza.

—¿Y cuánto tiempo hace de esto?

—Ocupé el cargo justo después de la rebelión Sepoy.

—Eso fue hace seis o siete años —comentó Barrett—. No podía ser más que una niña cuando asumió una responsabilidad tan dura.

—Tenía diecinueve años por entonces. Y le aseguro que era, y sigo siendo, muy capaz.

Lo que significaba que ahora tenía veinticuatro o veinticinco años, imaginó Aiden mientras Barrett proseguía monótonamen­te, ofreciéndole obviamente algún tipo de disculpa por lo que ella había percibido como un insulto. A esa edad cualquier señorita no sólo había sobrepasado sobradamente la edad casadera, sino cualquier esperanza de lograr un matrimonio ventajoso. Alexandra Radford había salido demasiado tarde de la India.

—Como sin duda es consciente —la oyó decir—, la rebelión Sepoy cambió drásticamente la estructura política y económica de la India. Con la quiebra de la Compañía de las Indias Orientales, parte de su poder fue redistribuido entre los líderes nativos.

—Por lo que he oído —contribuyó Barrett—, no siempre de modo pacífico y aceptado de manera indiscutible.

Ella asintió y tomó un sorbo de café antes de responder:

—Los nativos hindúes siempre se han involucrado en intrigas políticas. Con el poder como recompensa, el antiguo arte se ha convertido en uno en el que hay mucho en juego y, por tan­to, hay recursos mucho más mortíferos. Hace tres años, temien­do por la vida de su hijo, mi patrón dispuso que trajera al niño conmigo a Londres. Tenemos que permanecer aquí has­ta que estime que la India, y su posición, son seguras y envíe a buscarnos.

—¿Cuántos años tiene el niño? —preguntó Aiden, esperando que las cosas siguieran adelante ahora que habían concluido la historia general de su familia y su empleo.

Ella no le miró, aunque no esperaba que lo hiciera, y se dirigió a Barrett:

—Ahora tiene diez.

Barrett asintió de nuevo.

—¿Y por qué cree que está en peligro?

—Noté que nos seguían cuando nos movíamos por la ciudad, señor Stanbridge. Me gustaría pensar que no es más que un ratero que examina una posible víctima, pero, a tenor de nuestras circunstancias, no puedo permitirme asumir que se tra­ta de algo tan benigno.

¿Consideraba a un ratero una amenaza benigna? ¡Jesús!

—Si esto… —Aiden frunció el ceño—. ¿Cómo ha dicho que se llama el niño?

—No lo he dicho —repuso fríamente—. Se llama Mohan.

—Si al padre de Mohan le preocupa tanto la seguridad de su hijo, ¿por qué no envió un ejército con usted para su protección? —prosiguió después de asentir—. ¿Por qué se encuentra en la tesitura de tener que buscarla en nosotros?

Alexandra dejó la taza y el platito sobre el escritorio y se volvió ligeramente en su silla para mirarle a los ojos. Se encontraba en desventaja al tener que alzar la mirada hacia él, pero lo compensaba bien.

—Un ejército hubiera llamado la atención, señor Terrell —le dijo con cuidadosa mesura, como si le hablara a un estúpido—. Atraer la atención sobre uno mismo también atrae el peligro que se pretende evitar. El padre de Mohan optó por un curso de acción más seguro y envió a dos de sus hombres más leales con nosotros, haciéndose pasar por sirvientes.

»Uno enfermó y falleció mientras estábamos en el mar. En lugar de arriesgarme a delatar nuestro paradero al enviar en busca de un sustituto, decidí valérmelas con el guardia que quedaba. Y, tal como esperaba, su protección demostró ser suficiente. Por desgracia, hace cuatro meses fue un testigo inocente que se vio envuelto en un altercado callejero. A pesar de que sobrevivió al asalto, recibió una herida en la cabeza que lo dejó parcialmente paralizado y con la mente de un niño. Los médicos dijeron que no se podía hacer nada para mejorar su estado y, con gran pesar, hace tres semanas le envié de nuevo con su familia a la India. Cuando lo hice, también envié una carta al padre de Mohan, hablándole sobre nuestra situación y pidiéndole refuerzos. Me gustaría contratar los servicios del señor Stanbridge hasta que lleguen para asegurarme de que Mohan esté a salvo.

Barrett, no él, advirtió Aiden. Dios existía y era, en efecto, benevolente. Pero mientras tuviera su atención, no tenía sentido malgastarla, pues, por alguna desconocida razón, disfrutaba del hecho de que su sola presencia pareciera irritar a la mujer. No cabía duda de que no era demasiado caballeroso aguijonearla, pero claro, había dejado de ser un caballero hacía mucho tiempo.

—¿Por qué no envió una carta al padre de Mohan cuando hirieron al guardia? —preguntó Aiden—. ¿Por qué esperó has­ta que se encontró en una situación desesperada?

Aiden vio cómo ella apretaba la mandíbula, escuchó el largo y pausado aliento.

—Conservaba la esperanza de que se recuperaría, señor Terrell —dijo con los ojos brillantes de ira y mucha más calma de la que él esperaba—. De que no sería necesario enviar carta alguna. Existen personas que estarán pendientes de ello y tratarán de seguirle el rastro hasta Mohan. El contacto siempre es arriesgado y debe evitarse todo lo posible.

—Si esa gente encontrase al niño —se aprestó a preguntar Barrett—, ¿qué le harían?

—En principio le retendrían y exigirían un rescate —infor­mó, apartándose de Aiden—. Pero al final… le matarían de for­ma brutal.

«¿Y no podrías haberlo deducido por ti mismo, Barrett?»

—Los guardias del padre de Mohan pueden tardar meses en llegar. —Su amigo expuso lo que Aiden reconoció como la táctica inicial en la fase de negociación de los honorarios de la reunión.

—Eso lo comprendo, señor Stanbridge. —Deslizó la mano derecha dentro de los pliegues de su falda de seda mientras continuaba—: Y estoy preparada a pagar cualesquiera que sean sus honorarios por ese período.

—Serán considerables —respondió Barrett con un tono de voz relajante y claramente preparatorio.

—El padre de Mohan es un hombre generoso que se preocupa profundamente por su hijo —respondió, sacando la mano de la falda. En ella llevaba una bolsa negra de seda, fuertemente cerrada por un cordón dorado. Se la pasó a través del escritorio y agregó—: Me proporcionó los recursos para cuidar adecuadamente de su hijo bajo cualquier circunstancia.

Aiden observó por encima del hombro mientras Barrett de­sataba el nudo del cordón, abría la parte superior de la bolsa y esparcía el contenido en la palma de la otra mano. Aiden precisó de todo su autocontrol para evitar que se le desprendiera la mandíbula ante la vista del collar de diamantes y rubíes. El engaste era magnífico, las gemas brillantes y claras. Era pequeño y delicado, pero aquello no significaba que la élite londinense no sería capaz de matar por tener la oportunidad de poseerlo.

—Si prefiere dinero en efectivo —ofreció mientras Barrett lo dejaba caer en el interior de la bolsa—, yo misma puedo ocuparme de cambiar la pieza.

Barrett negó con la cabeza, se levantó y deslizó la bolsa en el bolsillo de su chaqueta.

—Eso no será necesario, señorita Radford.

Aiden exhaló el aliento que había estado reteniendo y contempló a la criatura sentada delante del escritorio. Había aprendido algunas cosas importantes sobre ella en el breve espacio de tiempo desde que se conocían; una de las cuales era que no daba respuestas completas hasta que se veía acorralada y forzada a hacerlo. Tan sólo había unas pocas cosas que quería saber antes de que Barrett pusiera el collar en la caja fuerte y asignara el caso a uno de los dos.

—Sólo por curiosidad —comenzó—, ¿vamos a tener a los hindúes llamando a la puerta para pedir que les devuelvan las joyas de la corona?

—En absoluto —le aseguró, poniéndose en pie—. Esa pieza lleva siglos en la familia de Mohan.

Ah, no le había decepcionado; le había dado una verdad a medias.

—¿El padre de Mohan es el Rey? —preguntó sin rodeos.

Ella dudó antes de responder:

—En la India hay muchos reyes, señor Terrell.

—Debo decir, señorita Radford, que aunque deploro el mo­do brusco de encararlo de Aiden, me temo que tiene un motivo válido para preguntar —intervino Barrett en la batalla de voluntades al tiempo que rodeaba el extremo de su escritorio—. Si queremos proteger adecuadamente al niño, tenemos que saber exactamente la trascendencia que representa. Marca la diferencia en cuanto a lo que los hombres están dispuestos a hacer para llegar a él.

Ella paseó la mirada entre ambos hombres, obviamente intentando decidir lo honesta que estaba obligada a ser.

—El padre de Mohan es rajá —dijo finalmente con voz suave.

—Y Mohan es el heredero al trono, ¿no es cierto? —conjeturó Aiden.

—Sí.

—¿Y dónde se encuentra Mohan en este momento? —preguntó Barrett.

—Con Emmaline Fuller.

¿Había dejado al muchacho con una anciana? ¡Santo Dios!

—Espero que sea considerablemente más dura que Sawyer —comentó Aiden—. Si no lo es, entonces lo único que se interpone entre el muchacho y el secuestro es una firme ejecución del protocolo.

—No soy estúpida, señor Terrell —replicó, arqueando una ceja—. Contraté a dos hombres para que hicieran guardia fuera de la tienda hasta que regrese. Están convenientemente armados y se rumorea que tienen las agallas suficientes para usar sus armas si se ven forzados a hacerlo.

Lo que era lo mismo, resumió Aiden para sí: había contratado a un par de matones callejeros.

—¿Por qué no conservarlos hasta que el papá rajá pueda enviar a su propia guardia? —preguntó—. No le costarán ni por asomo tanto como nosotros. ¿Para qué contratarnos a nosotros?

—Hay cierto nivel que mantener —explicó con aspereza—. Los dos hombres que están de guardia esta mañana no son la clase de hombres con los que Mohan debe ser asociado en ningún momento. No obstante, servirán por el momento.

—Sin duda lo harán —convino Barrett con suavidad—. Del mismo modo que encontrará a Aiden absolutamente adecuado. Puede que tenga sus defectos, pero es un hombre de muchos recursos cuando quiere.

—¿Va a encargarse el señor Terrell de realizar los preparativos y elaborar el calendario de los guardias?

—No —corrigió Barrett—. Eso es responsabilidad mía. Y he decidido que Aiden sea el protector de Mohan. A tiempo completo hasta que lleguen los hombres del rajá. Su pupilo y usted estarán en muy buenas manos.

Aiden prácticamente podía escuchar el sonido y movimien­to de los engranajes mentales de la señorita Radford, aunque no podía estar seguro de qué era, exactamente, lo que pensaba. Pero sí pudo ver que sus ojos se habían oscurecido y que se estaba mordisqueando un extremo de su labio inferior. Con todo, las señales indicaban que no era la fuente femenina de efusiva gratitud que Barrett había previsto.

—¿Vivirá el señor Terrell con nosotros? —preguntó tras un largo momento y con una sonrisa que a punto estaba de ser temblorosa.

—Es el mejor modo de asegurar la seguridad del niño —aseveró Barrett—. A menos, naturalmente, que tal disposición sea para usted una importante causa de preocupación.

¿Alegaría su reputación para evitar tener que pasar las próximas semanas con él? Era evidente que estaba meditando alguna visión desesperada; fruncía el entrecejo y no dejaba de juguetear con el labio inferior. Aiden decidió darle un pequeño empujoncito.

—¿Lo está reconsiderando, señorita Radford?

—No —respondió, con demasiada celeridad y encogiéndose levemente de hombros. Recobró el aplomo y elevó la barbilla hasta el altivo ángulo que mostrara al entrar en el despacho—. Supongo que regresará a su residencia a recoger sus enseres personales antes de reunirse con Mohan y conmigo.

Si ella creía que iba a jugar a ser su obediente subordinado, iba a llevarse un buen chasco al respecto.

—Enviaré a por las pertenencias que necesite —dijo, sabien­do que les quedaba una larga lista de asuntos que resolver antes de que terminara la hora—. ¿Adónde debe llevarlas mi sirviente?

—A la tienda El Elefante Azul, en Bloomsbury —informó, levantándose con su suave susurro de seda.

Aiden puso de inmediato sus pensamientos a buen recaudo, temeroso de que éstos pudieran delatarle por descuido. Barrett, sin embargo, no pensó con la suficiente celeridad para enmascarar su sorpresa, pero la disimuló bien, aprestándose a acompañar a la mujer hasta la puerta.

—Mi madre habla de esa tienda con frecuencia y alta estima. Por lo visto es el lugar donde su círculo de amigas compra plata y curiosidades del lejano Oriente.

El resto de la conversación se realizó en voz tan baja que Aiden no pudo escucharla. Tampoco era que le importara lo que decían, admitió para sí mientras los observaba entrar en la antesala. Si tuviera un gramo de cerebro, abriría una rendija de una de las ventanas y escaparía mientras pudiera. Claro que si lo hacía, Barrett iría a buscarle de nuevo, empeñado en cumplir sus obligaciones de hermano postizo.

Más valía, supuso Aiden, seguir fingiendo y aparentar cooperar. Era el modo más sencillo de evitar vivir según el horario fijado por Barrett durante un tiempo. Si la duquesa pensaba en imponer alguna de sus ideas en ese lugar, la desengañaría de aquella pretensión junto con todas las demás.

—Quincy se está ocupando del abrigo de la señorita Radford y de llamar a un carruaje de alquiler —declaró, regresando a la habitación y dirigiéndose directamente a la caja fuerte—. Enviaré una nota a Sawyer en tu lugar, Aiden. Avísame si necesitas alguna otra cosa.

—Dime —dijo Aiden, levantándose de la esquina del escritorio de su amigo—, ¿trabajó también en el caso de la plata?

—Por un golpe de pura suerte —respondió Barrett, sonriendo y guardando el precioso pago. Cerró la puerta de la caja fuerte y acto seguido se volvió hacia Aiden—. Ten cuidado —agre­gó serenamente—. Nuestra señorita Radford bien podría ser más de lo que aparenta ser.

—¿En serio? —dijo Aiden lánguidamente, dirigiéndose a la puerta—. No había reparado en ello.

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