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Prólogo
Londres, Agosto 1888
Polly Nichols, prostituta de Whitechapel, estaba muy agradecida a la ginebra. La ginebra la ayudaba y la curaba. Le quitaba el apetito y el frío que le calaba hasta los huesos. Cuando sentía dolor de muelas o al orinar, la ginebra le aliviaba, le calmaba los ánimos y le hacía sentir superior a cualquier hombre.
Se zarandeaba por las callejuelas en la oscuridad, con la botella en la mano. Cuando la levantaba hasta sus labios, la apuraba con fruición. El alcohol quemaba como el fuego, tosía, la botella se caía y ella lanzaba improperios mientras el vidrio se hacía añicos.
El reloj de la iglesia de Christ daba las dos, con un tañido vibrante que cortaba la espesa niebla. Polly se palpó el dinero en el bolsillo del abrigo. Hacía tan sólo dos horas, en la cocina de la casa de acogida de la calle Thrawl, no tenía una sola moneda. El casero le había pedido cuatro peniques y al ver que no podía pagar, la había echado de allí. Maldiciéndole con todas sus fuerzas le espetó que le guardara una cama, que volvería con más dinero del que se había bebido durante el día.
—Aquí lo tienes, maldito bastardo —murmuró—. ¿No te dije que lo conseguiría? Y, además, puedes beber —añadió, dejando el dinero y una botella sobre la mesa.
Lo había encontrado todo en los entresijos del abrigo de un borracho, tumbado en Whitechapel Road. Tuvo que camelarle un poco. A fin de cuentas, a la edad de cuarenta y dos años ya no era una reina de la belleza. Le faltaban los dos dientes de delante y tenía la narizota de un boxeador, pero sus pechos grandes se mantenían aún firmes y le sirvieron de anzuelo. Primero le pidió un lingotazo porque sabía que sería suficiente para calmarle la garganta y no tener que soportar el hedor de cebolla y de cerveza de aquel hombre. Pero a medida que bebía y se desabrochaba la blusa, él se entretuvo a manosearla y, aprovechando la ocasión, se había guardado la botella de ginebra en su propio bolsillo. El hombre no se dio prisa y ella se alegró cuando finalmente se zafó de sus brazos y pudo marcharse a trompicones.
—¡Qué caray! —se dijo—, no hay nada mejor que la ginebra. —Y sonrió por la buena suerte que había tenido. Sentir el peso de la botella en la mano, acariciarla entre los labios, notar el líquido fluir garganta abajo, caliente, áspero. Nada mejor. ¡Y encima, estaba casi llena! ¡Vaya ganga! Dejó de sonreír cuando vio que necesitaba más a pesar de haber estado bebiendo todo el día, y sabía lo mal que se encontraría cuando le llegara la resaca. Arcadas, temblores y, peor aún, las visiones que tendría. Las negras sombras escurridizas que vería escalar por las paredes del cuchitril donde dormía.
Polly se lamió la mano y se la pasó por el cabello. Luego se palpó la blusa para intentar anudarse las cintas mugrientas. Se la metió por dentro de la cintura y se abotonó. Continuó andando hasta Bucks Row mientras con voz hosca e imperceptible cantaba una canción para sí:
¡Mala suerte!, no puedo remediarlo,
la suerte sonríe, pero a veces no,
es mejor conformarse,
y mezclar lo bueno con lo malo…
En la esquina de Bucks Row con la calle Brady, se paró en seco. La cabeza le daba vueltas y empezó a escuchar unos zumbidos que se parecían mucho al vuelo de un insecto.
—Me han entrado los calambres —se quejó. Se miró las manos y vio que le temblaban. Se abrochó como pudo el abrigo hasta el último botón y empezó a andar más deprisa, deseando beber otra vez. Bajó la vista pero no vio al hombre hasta que lo tenía delante de las narices—. ¡Dios! —masculló—. ¿De dónde diablos sales?
El hombre la miró.
—¿Quieres…?
—No, jefe, me encuentro mal. Buenas noches.
Ella apartó la vista para marcharse, pero él la cogió por el brazo. Ella se volvió en ademán de pegarle con la mano que tenía libre, hasta que entre los dedos del hombre vio brillar la moneda de un chelín que el hombre le ofrecía.
—Mmm, esto cambia las cosas, ¿no? —dijo ella. El chelín más los cuatro peniques le permitirían cama y botella para la noche y para el día siguiente. Por mal que se sintiera no podía rechazar la oferta.
Polly y su cliente regresaron en silencio por el callejón de casuchas y almacenes de ladrillo rojo. El hombre andaba a zancadas y ella apenas podía seguirle. Constató que iba bien vestido y, probablemente, llevaría un buen reloj. En cuanto se presentara la ocasión le hurgaría en los bolsillos. El hombre paró en seco en Bucks Row, junto a la entrada de un establo.
—¡Aquí no! —protestó ella, arrugando la nariz—. Más abajo… donde la metalistería…
—Aquí está bien —repuso el hombre, empujándola contra dos placas de chapa unidas por una cadena con candado que servían de puerta al establo.
En la oscuridad, el rostro de aquel hombre tenía un brillo inquietante. La palidez de sus ojeras y su frialdad le parecieron extraños. A Polly le entraron náuseas mientras le miraba. Y se encomendó a todos los santos para que las arcadas que sentía no fueran a más. No allí, ni en aquel momento, tan cerca de la moneda de chelín. Respiró a fondo intentando apartar de sí el mareo que la invadía. Husmeó al hombre para intentar confortarse con su olor. Olía a Macasar, a sudor y a algo más. Increíblemente, ¡olía a té!
—¡Vamos allá! —se dijo mientras se levantaba las faldas y le miraba fijamente pero con poco entusiasmo.
Los ojos del hombre brillaban aun más, negros como el azabache.
—¡Eres una guarra! —dijo.
—No estoy para conversación esta noche, tengo prisa —dijo ella—. Necesitas ayuda por lo que veo. —Él la apartó de un manotazo.
—¿De verdad creías que te podías escapar? —le espetó el hombre.
—¡Suelta!, vas a… —Y antes de que Polly pudiera acabar la frase el hombre la había impulsado contra la valla metálica.
—¡Vete!, por dios, ¡déjame! —gritó ella.
Pero el hombre la agarró con fuerza.
—Nos abandonaste —masculló mientras sus ojos se encendían de odio—, nos dejaste por aquellas ratas…
—¡Por favor! —apenas pudo responder—, no sé de qué ratas me hablas. ¡No me lastimes! Yo… yo…
—¡Mentirosa!
Polly no vio el cuchillo. Ni siquiera le dio tiempo a gritar mientras se lo clavaba con saña en la barriga. Cuando el hombre lo sacó, ella soltó un débil quejido. Con los ojos abiertos como platos vio el metal reluciente, incrédula. Lentamente, se acercó la mano al vientre herido y sus dedos se tiñeron de rojo.
Dirigió su mirada hacia el rostro enloquecido del hombre mientras profería un grito de terror. Contempló cómo el arma se acercaba a su garganta y después se desplomó, de rodillas en la oscuridad. La espesa niebla, más profunda que el propio Támesis, más negra que la noche más oscura de Londres, arropó el alma de la mujer.
PRIMERA PARTE
Capítulo uno
El perfume del té indio, negro, malteado, penetrante, era embriagador. Flotaba por el interior de Oliver, un tinglado de seis plantas en el muelle de la orilla norte del Támesis. Aún podía olerse desde la vieja escalinata de piedra y a lo largo de la curva adoquinada de Wapping que desembocaba en la calle High, a pie del río. El olor del té predominaba por encima de toda la mercancía estibada en los muelles, del acre hedor del barro de los embarcaderos, del salitre del agua y de todas las especias que esperaban embaladas en el puerto. Canela, pimienta, nuez moscada.
Fiona Finnegan cerró los ojos inspirando profundamente.
—Assam —se dijo—. Es demasiado fuerte para ser un Darjeeling, y demasiado perfumado para un Dooars.
El señor Minton, encargado de Burton, le había dicho que tenía buena nariz para el té. Le había hecho unas pruebas, poniendo un puñado de hojas bajo su nariz y preguntándole cada nombre. Ella siempre acertaba.
«Una nariz buena para el té. Posiblemente, sí. Y buenas manos también», se dijo mientras abría los ojos para contemplar sus ajadas palmas, sus uñas y sus nudillos ennegrecidos. Y también tenía secuelas en los cabellos, en las orejas y alrededor del cuello. Suspirando, se limpió con el borde de la falda. Era la primera ocasión que tenía de sentarse a descansar desde las seis y media de la mañana, cuando había salido de la penumbra en la cocina de la casa de su madre para dirigirse a las oscuras calles de Whitechapel.
Había llegado a la fábrica de té a las siete menos cuarto. Minton le había ordenado que preparara las latas de media libra para que a las siete las envasadoras pudieran empezar a llenarlas. El día anterior, los mezcladores habían preparado dos toneladas de Earl Grey en la planta superior del edificio y tenía que estar todo recogido antes del mediodía. Ocho mil latas que cincuenta y cinco chicas debían dejar listas en cinco horas. Echando cálculos salía a dos minutos por lata. Pero al señor Minton dos minutos le parecía excesivo y, en turnos, se colocaba reloj en mano detrás de cada mujer para espetarlas, humillarlas y regañarlas. Todo por ganar unos segundos de rendimiento por cada lata que envasaban.
Los sábados sólo se trabajaba media jornada, pero parecían eternos. El señor Minton las hacía trabajar de lo lindo. Fiona sabía que no podía cargarle las culpas al encargado que sólo seguía las instrucciones de Burton. Sospechaba que al patrón no le hacía ninguna gracia darles media jornada de fiesta y se los hacía pagar. Los sábados no tenían ni un minuto de descanso y trabajaban de pie, cinco horas seguidas. Con suerte, las piernas se le adormilaban, pero cuando no, le venían unos dolores punzantes por los tobillos que le subían hasta media espalda. Lo peor era la clase de trabajo tan tedioso que debía hacer: pegar etiquetas en las latas, pesar el té, llenar las latas, cerrarlas y encajarlas. Y volver a empezar. Para una mente despierta como la suya aquella monotonía la mataba. En días como éste creía que iba a enloquecer en cualquier momento, que nunca escaparía de aquella rutina, y se preguntaba si tanto sacrificio y tanto esfuerzo iban a servirle algún día para llevar a cabo sus planes.
Tiró de las horquillas del moño y se soltó el pelo. Se desató los cordones de los zapatos y se los quitó. Después también se sacó los calcetines y estiró sus largas piernas para aliviarse. Todavía le dolían y la caminata hasta el río no había servido de mucho. Podía imaginarse las palabras de su madre: «Si tuvieras algo de sentido común, vendrías directamente a casa después de trabajar en lugar de irte a pasear por el río».
«¡No ir al río!», pensó mientras admiraba el Támesis plateado en aquella tarde soleada de agosto. ¿Cómo podría resistirlo? En el lecho, las aguas se agitaban y las pequeñas olas se encaramaban hasta la vieja escalinata de piedra, salpicándola. Le gustaba contemplar el vaivén y se imaginaba que el agua no pararía a sus pies sino que se enderezaría hasta sus tobillos para arrastrarla y llevarla lejos. ¡Si ello fuera posible!
Seguía traspuesta con el movimiento de aquel flujo hasta que se mareaba. Sus ojos azules brillaban perdidos en la contemplación casi dolorosa, dentro de un cuerpo joven y encogido hasta que al rato, se desentumecía. Entonces, era feliz. Se sentía poseída por el río, aliviada. La gente decía que el corazón de Londres era la City, al oeste de Wapping, donde se juntaba el gobierno y la actividad comercial. Si ello era cierto, el agua del río era la sangre vital, su propia vida. Y el corazón de Fiona empezaba a latir con más fuerza mientras admiraba aquella belleza.
Tenía ante sí todo de cuanto había de más emocionante en el mundo. Barcos que surcaban el río cargados de mercancías en sus cubiertas y que procedían de las partes más recónditas del Imperio. Se entusiasmaba. Aquella tarde, el Támesis era un hervidero de actividad. Los prácticos, los barcos pequeños y rápidos, avanzaban por el agua transportando a los hombres hasta los grandes navíos amarrados río arriba. Un vapor se empeñaba en navegar apartando de su camino cuanto encontraba para conseguir un buen sitio para atracar. Un remolcador bastante baqueteado regresaba de pescar bacalao en las gélidas aguas del mar del Norte y se dirigía ahora hasta Billinsgate. Las barcazas buscaban un lugar para echar sus anclas, descargando mercancías arriba y abajo, una tonelada de nuez moscada aquí, unos sacos de café allá… y toneles de melaza, vino, lana y whisky. Y, además de tabaco, descargaban té, cajas y más cajas de té.
Por todas partes destacaban las siluetas de hombres afanados entre fardos y barriles, que hablaban con algún capitán o daban instrucciones a los comerciantes. Junto a los palés aguardaban los que esperaban la llegada de su mercancía de un segundo a otro. Venían de la City y se disponían a examinar sus consignamientos en cuanto los descargaran. Llegaban en carruajes y, algunos, se apoyaban en bastones para andar. Tenían las manos finas y blancas y llevaban unos relojes de oro muy relucientes en sus chalecos. Fiona apenas podía creer lo que veía. Iban tocados con sombreros de copa y vestían levita. Siempre llevaban unos ayudantes que se desvivían por cumplir sus órdenes, por rellenar los albaranes y que, invariablemente, fruncían el entrecejo. Eran alquimistas, porque convertían las materias primas en oro en. Fiona soñaba en ser como ellos.
No le importaba saber que aquél no era un trabajo para mujeres, especialmente para las que se habían criado en los muelles. Tal y como le recordaba su madre, ellas habían nacido para aprender a coser y a llevar una casa. Así conseguirían encontrar un marido que las mantuviera tan bien al menos como sus padres lo habían hecho.
«Una locura», le decía su madre, espetándola para que aprendiera a hacer empanadas y pasara menos tiempo en el río. Pero a su padre no le parecía tan mal: «Ve al río, hija, y sueña, que no cuesta nada —le decía—. El día que dejes de hacerlo ya nada valdrá la pena.»
Perdida como estaba en su ensoñación, Fiona no oyó los pasos que se acercaban junto a ella, en las viejas escaleras. No vio que el joven le sonreía y la miraba, aunque no quería molestarla. Sólo deseaba contemplarla antes de que ella se percatara de su presencia. Quería complacerse con la vista de aquella joven, fuerte y erguida ante el muro de musgo, que tenía los ojos puestos en los barrizales negros de la orilla.
—Hooola —dijo suavemente.
Fiona se dio la vuelta. Le miró fijamente aunque suavizando algo su expresión, que normalmente era mucho más resoluta. Más de una vez, sus vecinas habían hecho comentarios acerca de la determinación en su carácter. Decían suspirando que un rostro duro como el suyo indicaba una voluntad férrea y que ello era señal de mal agüero.
Nunca encontraría marido porque a los hombres no les gustaba esa clase de mirada en una joven.
Pero este joven no parecía estar muy preocupado por ello. Tampoco prestó una atención especial a los rizos negros que le caían sobre los hombros, ni a los ojos de color zafiro que brillaban con entusiasmo.
—Llegas temprano, Joe —dijo ella sonriente.
—Pues sí —repuso él, sentándose a su lado—. Mi padre y yo hemos terminado antes de hora en Spitalfields. El verdulero estaba muy resfriado y no se ha entretenido, con lo cual tengo dos horas libres. Toma —le dijo mientras le entregaba una flor—. Me la he encontrado por el camino.
—¡Una rosa! —exclamó—. ¡Gracias! —Las rosas iban caras y él no podía permitirse comprarlas a menudo. Ella se acercó los suaves pétalos a la mejilla y se la colocó sobre la oreja—. ¿Cuánto has sacado esta semana? ¿Cuánto tenemos?
—Doce libras, un chelín y seis peniques.
—Agrégale esto —dijo ella, sacando una moneda—. Así tendremos doce y dos.
—¿En serio? No estarás comiendo mal para ahorrar, ¿verdad?
—No.
—Te lo digo en serio, Fiona. Me enfadaré si…
—Te lo prometo —dijo ella cambiando de tema—. Pronto tendremos quince y luego veinte libras. Y luego veinticinco. ¡Y podremos hacerlo!, ¿verdad?
—Por supuesto. Vamos muy bien. Un año más y tendremos las veinticinco. Suficiente para el alquiler de tres meses y mercancía para empezar.
—¡Un año! —suspiró Fiona—. ¡Una eternidad!
—Pasará rápido, cariño —le dijo mientras le apretaba la mano—. Es la parte más dura. Después, cuando tengamos nuestra propia tienda y hayan pasado seis meses, tendremos tanto dinero que podremos abrir otra. Y otra, y otra. Una cadena… ¡Nos haremos de oro!
—¡Seremos ricos! —dijo animándose otra vez.
Joe se rió.
—Bueno, no enseguida, claro. Pero llegaremos a serlo. Te lo prometo.
Fiona se encogió y con las rodillas en su barbilla, sonrió. Un año tampoco era tanto tiempo, pensó. Especialmente si lo comparaba al tiempo que ya llevaban hablando de la tienda. Desde que eran niños. Habían empezado a ahorrar dos años atrás y guardaban el dinero en una lata vieja de cacao que Joe escondía bajo la cama. Todo lo que ahorraban iba a esa caja, sueldos, regalos de aniversario o de Navidad, dinero que se ganaban haciendo recados, y hasta medio penique que habían encontrado en la calle. Poco a poco, el montón había ido creciendo y ya tenían doce libras y dos chelines. Una fortuna.
Durante años habían estado soñando con la tienda. Cómo sería, cómo la decorarían. A tal punto que ya la tenían imaginada hasta el último detalle. Si cerraba los ojos, era capaz de oler el té en las cajas, de sentir el tacto del mostrador de roble pulido, de oír la campanilla de latón que sonaría cada vez que entrara un cliente. Sería una tienda luminosa, impecable. Todo limpio y reluciente. Sería una hermosura, con escaparates donde la gente se encantaría embelesada.
«La presentación es muy importante, Fiona —decía a menudo Joe—, es lo que atrae a la clientela.»
Estaba convencida de que sería un éxito. Como buen hijo de su padre, Joe tenía grandes conocimientos sobre las ventas. Había crecido, como quien dice, en un carro de verduras y, de bebé, lo llevaban en una cesta entre manojos de nabos y patatas. Sabía mejor que nadie gritar su mercancía: «¡Coooompren mi perejil!». Entre su pericia y los esfuerzos de ambos era imposible que fracasaran.
«Nuestra tienda. Nuestra y de nadie más», soñaba Fiona mientras miraba a Joe que a su vez contemplaba el río. Le acariciaba con la vista, le seguía el perfil del rostro, de su mandíbula, de la cicatriz que tenía sobre la ceja. Lo tenía muy claro. Joe Bristow había compartido cada minuto de su vida y así sería siempre. Habían crecido en la misma calle mugrienta, en casas separadas solamente por un muro. Habían jugado juntos toda su infancia y correteado por Whitechapel y siempre que se necesitaban, se habían sabido consolar uno a otro.
Si entonces habían compartido caramelos y peniques, ahora compartían sus sueños. Y más adelante compartirían sus vidas. Se casarían, había dicho Joe, aunque no inmediatamente. Ella sólo tenía diecisiete años y su padre diría que todavía era demasiado joven. Pero dentro de un año ya habría cumplido dieciocho y Joe, veinte. Para entonces habrían ahorrado lo suficiente y tendrían un futuro por delante.
Fiona dio un salto desde el escalón hasta la piedra junto al agua. Estaba excitada de contento. Anduvo por la orilla y se dedicó a lanzar piedrecillas al agua tan rápidamente como podía. Cuando terminó, se dirigió a Joe que la seguía mirando desde lo alto y le gritó:
—Un día seremos así de grandes —dijo, abriendo los brazos cuanto pudo—. Más que Whites, y que Sainsburys. ¡Y más que Harrods!
Se quedó contemplando los almacenes al otro lado del muelle. Era una figurita pequeña, casi frágil, con la orilla del vestido empapándose de agua en el río. Pero Joe veía en sus ojos una enorme ambición, una energía que emanaba de sus brazos, y de todo su cuerpo. Ella había cerrado los puños, en ademán de pelea.
Y siguió gritando:
—Seremos tan grandes que los comerciantes del río se caerán de espaldas… ¡Todos querrán vendernos su mercancía! Tendremos diez tiendas en Londres, bueno… no, tendremos ¡veinte! Por todas partes. En Leeds y en Liverpool, en Brighton, en Bristol, en Birmingham… —De repente se calló al ver la mirada algo apocada de Joe.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así?
—Porque eres una chica muy rara —repuso Joe.
—No, no lo soy.
—Sí lo eres, sí. Eres una fierecilla. Eres más decidida que muchos chicos que conozco. —Joe la contempló con una mirada de profunda admiración—. A lo mejor no eres una chica, sino ¡un muchacho disfrazado!
Fiona sonrió.
—Podría ser. ¿Por qué no bajas y lo compruebas?
Joe se levantó y Fiona, traviesa, echó a correr. El ruido de la gravilla tras sus pasos le indicaba que él la perseguía. Chillaba juguetona hasta que se dejó asir por el brazo.
—Corres como una nena —le dijo mientras la miraba muy de cerca como si estuviera inspeccionando su rostro—. Y supongo que eres lo suficientemente bonita como para ser una chica.
—¿Lo supones?
—Mmmm… supongo que podría equivocarme. Más me vale comprobarlo.
Fiona notó que Joe la acariciaba con los dedos. Suavemente, la acercó y le besó los labios. Ella se dejó llevar para sentir el roce de su lengua. Sabía que no debían hacerlo hasta que estuvieran casados, que el padre Deegan le daría una penitencia de un montón de avemarías cuando fuera a confesarse y que si su padre se enterase, montaría en cólera. Pero los besos de Joe eran dulces como la miel, y sus labios suaves y aterciopelados y se sentía bien bajo el sol de aquella tarde… y, y antes de saber qué estaba haciendo se encontró de puntillas, rodeando a Joe con sus propios brazos y correspondiendo a sus besos. Nada en el mundo sabía mejor, con su cuerpo apretado contra el de Joe, con sus fuertes brazos abrazándola.
La tripulación de un práctico se percató de la pareja y las sirenas empezaron a sonar. La barca, que acababa de llegar por la entrada de Wapping y se dirigía al muelle de Londres, interrumpió a los dos jóvenes.
Sonrojada, Fiona empujó a Joe para esconderle hasta que la barca hubo desaparecido. El campanario dio la hora. Se estaba haciendo tarde y debía regresar a casa para ayudar a su madre a preparar la cena. Joe debía volver al mercado. Otro beso y se dirigió tropezando con sus faldas escaleras arriba donde apresuradamente, se calzó.
Antes de marcharse dio una última mirada al río. Tardaría una semana en volver. Otra semana de madrugones, de ir y volver de Burton, de trabajos que siempre la esperaban, a punto, tediosos. Pero no importaba, un día todo aquello iba a acabarse.
A lo lejos, el agua del río parecía burbujear en la superficie. Quizás era solamente producto de su imaginación pero le pareció como si las olas bailaran, como si se unieran a su regocijo.
—¿Y por qué no? —se preguntó, sonriendo. Se tenían el uno al otro, tenían doce libras y dos chelines, y ella y Joe compartían un sueño. No le importaba Burton ni tampoco las callejuelas de Whitechapel. Dentro de un año, todo sería posible y el mundo les pertenecería entero.
—¿Paddy? ¡Paddy!, ¿qué hora es? —preguntó Kate Finnegan a su esposo.
—¿Mmm? —respondió él con la cabeza hundida en su periódico.
—La hora —repuso ella impaciente, mientras sujetaba un cuenco amarillo con una mano y en la otra unas varillas de batir.
—Pero Kate, ¡si me lo acabas de preguntar hace un momento! —respondió él mientras sacaba de su bolsillo un reloj plateado algo raído—. Son las dos en punto.
Arrugando el entrecejo, Kate golpeó el cuenco con el batidor del que cayeron unos montoncitos de crema. Lo dejó en la repisa para comprobar el punto de cocción de tres chuletas de cordero de las que salió un chorrito de jugo al pincharlas con el tenedor. Las colocó en un plato y las reservó al calor de la lumbre. De una ristra de salchichas cortó unas pocas y las dejó caer en la sartén. Después se acomodó junto a la mesa, frente a su marido.
—Paddy —llamó, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Paddy!
La miró por encima del periódico. Ella tenía unos enormes ojos verdes.
—Sí, Kate. ¿Qué quieres?
—Deberías decirles algo, Paddy. No pueden entrar y salir de esta manera ni hacerte esperar para comer. Y yo no quiero estar pendiente de cuándo echar la masa a las salchichas.*
—Llegarán dentro de nada, mujer. Ya puedes ir acabando el plato. Y si cuando llegan se ha enfriado, peor para ellos.
—No te estoy hablando de la cena únicamente —confesó—. No me gusta que anden por ahí con la cantidad de asesinatos que hay estos días.
—No creerás que el asesino de Whitechapel anda merodeando a plena luz del día ¿verdad? O que se atreva con un fortachón como Charlie. ¡Dios mío, el asesino saldría corriendo si se viera las caras con él! Y por lo que se refiere a Fiona, ¿te acuerdas de lo que le ocurrió al imbécil de Sid Malone cuando quiso acorralarla en el callejón? ¡Le rompió la nariz! ¡Y mira que nuestra chica no le llega ni al hombro!
—Sí, sí, pero…
—Mira, mira, Kate. Este artículo de Ben Tillet dice que los sindicalistas se están organizando en el muelle del té. Escucha esto…
Kate miró a su marido con cara de reproche. Si le hubiera dicho que la casa se estaba quemando, hubiera reaccionado de la misma manera. A Kate no le importaba un comino lo que decía el periódico. Los sindicatos la asustaban y las amenazas de huelga, todavía más. Apenas le llegaba para dar de comer a su marido, a sus cuatro hijos y al realquilado. Si organizaban una huelga, pasarían hambre y eso no era lo único que le preocupaba. Había un asesino suelto en Whitechapel, un barrio duro, con una población mezclada de irlandeses, cockneys, polacos, rusos, chinos… Nadie era rico y casi todos trabajaban de sol a sol para llegar a fin de mes. Había delincuencia, cierto, pero casi todo quedaba en robos y atracos. En alguna ocasión había un muerto entre hombres de la misma ralea, pero jamás se habían encontrado con un hombre que anduviera descuartizando mujeres como ocurría ahora.
Paddy siguió leyendo y ella se levantó para atender sus salchichas, que pinchó con rabia hasta que brotó la grasilla de su interior. Echó la mezcla que había preparado por encima de la carne y la cubrió por completo. La masa empezó a hacer un ruidillo característico antes de hincharse con burbujas. Kate sonrió. Le había salido una pasta ligera y se tostaría por todos lados. Le añadiría un vasito de cerveza para que quedara mejor. Metió el plato en el horno y se dispuso a majar las patatas. Fue entonces cuando oyó la puerta y los pasos ligeros de su hija que se acercaban por el pasillo.
—Hola, madre. Hola, padre —dijo Fiona alegremente, dejando su paga semanal, menos seis peniques, en una lata de té que había sobre la repisa de la chimenea.
—¡Hola, cariño! —repuso su madre, mirándola.
Por detrás del periódico se oyó un gruñido paternal.
De un colgador detrás de la puerta Fiona sacó un delantal y mientras se lo ataba, miró hacia la chimenea donde descansaba su hermanita Eileen en un capazo. Después se acercó a Seamus, su hermano de cuatro años que jugaba sobre la alfombra con sus soldados y sus pinzas de la ropa.
Le dio un beso.
—Tú también, Seamie.
El travieso pelirrojo le devolvió un beso pedorrillo lleno de babas.
Mientras se secaba con la mano, Kate le gritó:
—¡Seamie!, ¡qué desagradable! ¿Quién te ha enseñado esta porquería?
—Charlie.
—¡Ah, ya! ¿En qué puedo ayudar, madre?
—Corta el pan, pon la mesa y empieza a preparar el té. Y ve a buscar la botella de tu padre.
Fiona empezó a trabajar.
—¿Alguna noticia, padre?
Paddy apartó la vista del periódico.
—Los sindicalistas. Cada vez van a más. Pronto se afiliarán los de Wapping. Estoy seguro de que habrá una huelga antes de fin de año. Los sindicatos salvarán a los obreros.
—¿Y cómo van a hacerlo? ¿Nos darán un penique a todos para que en lugar de morir de hambre nos vayamos pudriendo lentamente?
—Fiona… ¡no empieces! —le advirtió su madre.
—Estamos apañados con ese Joe Bristow que os mete ideas antisindicalistas en la cabeza. Ésos son todos iguales, ¡demasiado independientes! ¡Los demás trabajadores les importan un comino!
—No necesito que nadie me dé ideas. Tengo mi cabeza para pensar, ¿sabes? Y no soy antisindicalista, padre, pero prefiero ir a lo mío. Pasará mucho tiempo antes de que los propietarios de los muelles y de las fábricas se tomen la molestia de escuchar a unos piquetes de sindicato.
Paddy sacudió la cabeza.
—Lo que tendrías que hacer es afiliarte, y pagar tus cuotas. Poner una parte de tu jornal a disposición del bienestar común. Si no, acabarás siendo como los patrones.
—¿Patrones? ¡Ja! —dijo acalorada—. Todas las mañanas, menos los domingos, me levanto y me voy a trabajar, igual que tú. Y por supuesto creo que los trabajadores deberíamos vivir mejor, pero no estoy dispuesta a quedarme aquí plantada esperando a que Ben Tillet me salve la vida, ¿sabes?
—Fiona, ¡cuidado con lo que dices! —volvió a advertirle Kate mientras vigilaba el pastel de salchichas.
—Padre, ¿de verdad crees que William Burton permitirá que sus trabajadores se afilien? —Y, sin cejar, prosiguió—: Tú trabajas para él y sabes cómo es. Es el hombre más avaro del mundo y lo que quiere es quedarse con sus beneficios. ¡Nada más lejos de su cabeza que pensar en repartirlos!
—Lo que no entiendes, hija, es que hay que empezar algún día —dijo Paddy incorporándose, algo sonrojado también. Se empieza por ir a las reuniones, se divulga la información y cuando todos se hayan enterado, ya veremos si los de Burton se afilian o no. ¡Hombres y mujeres! ¡No tendrán otra opción! Se empieza por lo pequeño y se acaba consiguiendo lo gordo. Si no, ¡mira las cerilleras de Bryant y May! Se han organizado porque no las dejaban hablar ni ir a mear mientras trabajan y, ¡ya ves!, en tres semanas han conseguido lo que querían y ya no las multan. ¡Un puñado de mocosas, y ya ves! Fiona, atiende a lo que te digo, los sindicalistas salvarán a los trabajadores del muelle, a la clase obrera…
—Yo no quiero que me salve nadie, no quiero entrar en esta historia.
Paddy asestó un buen puñetazo a la mesa y tanto su mujer como su hija dieron un brinco.
—¡Basta ya! —rugió—. ¡No consentiré que en mi casa se hable contra mi gente y contra mi clase! Con el rostro encendido, agarró el periódico y alisó las páginas.
Fiona estaba furiosa pero pensó que era mejor callarse.
—¿Cuando aprenderás, hija? —le reprochó Kate.
Se encogió de hombros y con los cuchillos y tenedores en la mano se dirigió hacia la mesa. Pero Kate entendía lo que pasaba dentro de la cabeza de su hija. Fiona estaba enfadada porque no podía expresar abiertamente sus opiniones, porque sabía que debía callar a pesar de que Paddy era de la opinión de que en su casa cada uno podía pensar libremente y tener ideas propias. No obstante, como buen padre, prefería que todos compartieran sus opiniones.
Kate echó una ojeada a ambos.
«¡Dios mío, cómo se parecen —pensó—. La misma cabellera negra como el tizón, los mismos ojos azules, el mismo mentón testarudo. Los dos tienen ideas fijas. Debe de ser la sangre irlandesa que corre por sus venas. ¡Soñadores, eso es lo que son! Él siempre imaginando un futuro mejor, y que un día los capitalistas se arrepentirán y que los cerdos volarán. Y ella, no puede dejar de pensar en esa maldita tienda, ¡como si fuera tan sencillo! Nunca se le puede decir nada porque se enciende. ¡Siempre ha sido igual!»
Kate estaba muy preocupada por su hija mayor. Era una chica cabezota, con un sentido de la determinación muy acusado. Le asustaba su manera de ser tan unilateral. Al pensarlo, a Kate se le encogió el corazón con una punzada de dolor. Se preguntó cuántas chicas como ella tenían intención de montarse un negocio. ¿Y si abría la tienda y era un fracaso? Le rompería el corazón. Y, además, se pasaría el resto de la vida amargada lamentándose de su error.
Kate le había confiado estos pensamientos a su marido en repetidas ocasiones, pero Paddy estaba orgulloso de la fiereza de su hija mayor, decía que era bueno que una mujer tuviera carácter. Sabía lo que se hacía. Pero Kate no compartía esta opinión. Una mujer de carácter acababa siendo echada de su trabajo o, peor aún, apaleada por su marido. ¿De qué le serviría tener una personalidad tan fuerte cuando el mundo ahí fuera estaba al acecho para aprovechar la primera ocasión? Suspiró profundamente, con el dolor propio de una madre. Las respuestas tendrían que esperar. La cena estaba a punto.
—Fiona —preguntó—, ¿dónde está tu hermano?
—En la fábrica de gas, buscando trozos de carbonilla. Dice que quiere vendérselos a la señora MacCallum porque la antracita va demasiado cara.
—¡Ni que no hubiera otra manera de ganarse cuatro perras! ¡Le sacaría sangre a una piedra si pudiera venderla! —comentó Paddy.
—¡Ya basta! ¡Esto es mi cocina y no una corrala! —riñó Kate—. ¡Fiona, pon la salsa en la mesa!
Se oyó un ruido en la entrada. Se abrió la puerta y unas fuertes pisadas recorrieron el pasillo. Charlie había llegado arrastrando una carretilla de leña.
El pequeño Seamie levantó la cabeza.
—¡El asesino de Whitechapel! —gritó el niño.
Kate frunció el ceño. No le gustaba nada que su hijo se entretuviera en pasatiempos de ese tipo.
—Siiií, niiiñooo —se oyó una voz fantasmal al otro lado de la puerta—. Soy el asesino de Whitechapel que sale de noche a recoger a los niños malos.
La voz se echó a reír grotescamente cuando se dio cuenta de que había conseguido asustar a su hermano pequeño. Seamus buscó un sitio para esconderse.
—Ven aquí conmigo —le consoló Fiona, acercándose a la cuna junto a la chimenea. Se abrió las faldas para que el pequeño se acomodara debajo, pero se olvidó de esconder los pies. Entretanto, Charlie entraba carcajeándose en la cocina y se percató del par de botitas que se entreveía por entre los pies de su hermana.
—¿Ha visto usted a un niño malo, señora? —Charlie preguntó a su madre.
—¡Vete de aquí! —le espetó Kate—. ¡No asustes a tu hermano de esta manera!
—Pero si le encanta… —susurró Charlie, haciendo callar a su hermana. Mientras tanto, abrió la puerta de un armario y dijo—: Aquí no está. —Y se dirigió hacia la fregadera—. Aquí, tampoco. —Luego se acercó a su hermana—. ¿Has visto algún chico malo?
—¡Sólo a ti! —replicó Kate mientras se alisaba la falda.
—¿Estás segura? ¿Y esos piececitos que tienes aquí debajo? Me parecen muy pequeños para una grandullona como tú…, ¡déjame que vea! ¡Ahaha…!
Charlie asió al pequeño por los tobillos y tiró de él mientras Seamie gritaba. Su hermano empezó a hacerle cosquillas en todas partes.
—¡Déjale que respire, Charlie! —dijo Kate precavida—. Lo atosigas…
Charlie paró y el pequeño le dio un puntapié para defenderse. El cosquilleo volvió a empezar hasta que el niño no tuvo más aliento y Charlie le dio un cariñoso manotazo. Seamie se quedó tumbado en el suelo contemplando con devoción a su hermano mayor. Charlie era su centro del universo, su héroe. Le adoraba, le seguía a todas partes, insistía en vestirse como él e incluso había convencido a su madre para que le hiciera una corbata con un retal de tela roja, la última moda entre los jóvenes del barrio. Los dos se parecían físicamente y tenían una fuerte retirada a su madre, pelirroja, pecosa y de ojos verdes.
Charlie colgó su chaqueta y después de sacar un puñado de monedas del bolsillo las introdujo en la lata de té de la repisa.
—Hay un poco más esta semana, madre. He hecho alguna hora extra.
—Gracias, hijo. Me alegro mucho. Llevo tiempo ahorrando para comprar a padre una chaqueta. En Malphlin he visto una de segunda mano que no está nada mal y la que lleva está tan recosida que ya no se tiene.
Charlie se sentó a cenar. Tomó una gruesa rebanada de pan y la devoró en un santiamén. Paddy le miró por encima del periódico y gruñó:
—Espera a tu madre y a tu hermana. ¡Y quítate la gorra para cenar!
—Fiona, cuídate de Seamus —instruyó Kate—. Por cierto, ¿aún duerme Roddie? El olor de la comida suele despertarle… ¡Charlie, ve a llamarle!
Charlie se levantó y se fue hacia la escalera.
—¡Tío Roddieeee, la cena! —Pero no hubo respuesta—. Subió hacia su habitación.
Fiona le lavó las manos al hermanito y lo sentó a la mesa. Le ató una servilleta alrededor del cuello y le dio un trozo de pan para que se entretuviera. Luego fue a sacar seis platos de la alacena y los arrimó a la lumbre. En tres de ellos sirvió una chuleta a cada uno, patatas y salsa. Mientras tanto, Kate sacó el pastel de salchichas del horno y lo dividió con el resto de las patatas y de la salsa para los otros tres.
—¡Qué bien! ¡Pastel de salchichas! —gritó Seamie, relamiéndose ante aquel plato apetitoso donde se podían contar todas las puntas de salchicha que asomaban doraditas.
Ni a Kate ni a Fiona jamás se les había ocurrido pensar que tenían derecho a comer chuletas como los hombres. Los hombres trabajaban duro y tenían que alimentarse bien para estar fuertes. Con suerte, si todo había ido bien, los fines de semana las mujeres y los niños tenían derecho a comer salchichas o una punta de tocino. No importaba que Kate se agotara cuando hacía la colada en el viejo caldero, que tuviera que menear constantemente la ropa enjabonada, o que Fiona se pasara el día de pie en la fabrica de té. Todo esto no se tenía en cuenta. Paddy y Charlie ganaban más dinero. Sus jornales pagaban el alquiler, la ropa y la mayor parte de la comida. El dinero que Kate y Fiona juntaban daba para carbón y algunas de las necesidades más básicas como el queroseno, el betún y las cerillas. Si uno de los hombres se ponía enfermo, no podía ir a trabajar y la economía de la casa se resentía. Lo mismo sucedía en cualquier casa del este de Londres: los hombres comían carne y las mujeres lo que podían.
Kate oyó que Charlie bajaba corriendo la escalera.
—No está, madre —dijo, regresando a la mesa—. Y su cama está intacta.
—¡Qué raro! —exclamó Paddy.
—Y la cena que se enfría —añadió Kate—. Fiona, pásame su plato que lo meteré en el horno. ¿Dónde debe de estar? ¿Le has visto esta mañana, Paddy?
—No, pero ya sabes que normalmente llega cuando ya me he ido. Es natural que no le haya visto.
—Espero que esté bien, que no le haya pasado nada.
—Si le hubiera pasado algo, ya nos hubiéramos enterado. A lo mejor ha tenido que quedarse a sustituir a un compañero enfermo. Ya sabes como es Roddy —agregó Paddy—. Ya vendrá.
Roddy O’Meara, el realquilado de los Finnegan, no estaba emparentado con ellos pero los niños le llamaban «tío». Se había criado en Dublín, con Paddy y con su hermano Michael. Primero habían emigrado a Liverpool y, más tarde, a Londres donde se quedaron a vivir juntos en Whitechapel hasta que Michael se fue a Nueva York. Conocía a los hijos de Finnegan de toda la vida, les había ayudado a salir de apuros y les había leído muchos cuentos junto a la chimenea. Le querían más que a un tío carnal al que apenas conocían. Le adoraban.
Kate acabó de preparar el té. Paddy bendijo la mesa y la familia empezó a comer. Kate sonrió al ver lo callados que estaban todos. Cuando comían, siempre conseguían tener dos minutos de tranquilidad. A decir verdad, Charlie devoraba más que comía y nunca tenía bastante. No era muy alto pero para sus dieciséis años estaba bien desarrollado. Tenía las espaldas anchas y era un tipo duro y fornido como cualquier hombre del barrio.
—¿Hay más patatas, madre? —pidió.
—En el fogón.
Se levantó y se sirvió otra buena ración. En aquel momento se abrió la puerta de la entrada.
—¿Eres tú, Roddie? —gritó Kate—. Anda, Charlie, alcanza el plato de tu tío… —No había acabado la frase cuando Roddie asomó la cabeza y, al verlo, todos dejaron de comer, incluso Seamus.
—¡Jesús! —exclamó Paddy—. ¿Qué sucede?
Roddy O’Meara no respondió. Estaba lívido y sujetaba su casco de policía en una mano. Llevaba la chaqueta del uniforme desabrochada y tenía la camisa manchada de color rojo.
—Roddy, por favor, di algo —le rogó Paddy.
—Otro asesinato —acertó finalmente a responder—. Ha sido en Bucks Row, una mujer llamada Polly Nichols.
—¡Jesús! —murmuró Paddy. Kate se quedó muda y Fiona y Charlie abrieron los ojos como platos.
—Aún no… no estaba fría. No os podéis imaginar cómo estaba. Había sangre por todos lados. La ha encontrado un hombre que iba a trabajar cuando clareaba. Yo estaba por allí y he visto cómo corría, cómo gritaba de espanto. Ha despertado al vecindario. Yo le he acompañado y allí, allí estaba, degollada. La habían abierto en canal, como en el matadero. Se iba haciendo de día y la gente se ha ido acumulando alrededor. He mandado al hombre a la comisaría, a avisar a las patrullas pero entretanto, he tenido que contender con un montón de mirones. —Roddy tuvo que hacer una pausa para secarse el rostro. Estaba debilitado—. No hemos podido levantar el cadáver hasta que no ha llegado el detective encargado del caso y el forense, claro. Al terminar, hemos tenido que montar guardia porque la gente estaba absolutamente furiosa. Otra mujer muerta. El maldito asesino nos acecha.
—Eso dicen los periódicos —dijo Paddy—. Nos están criticando. Dicen que la pobreza ya tiene estas cosas y que si esto y lo otro. Antes ni siquiera se fijaban en nosotros. Hacía falta que llegara este loco para que la clase alta se enterase de dónde está Whitechapel. Les faltará tiempo para que pidan que se coloque una valla alrededor del barrio, no vaya a ser que el asesino se desplace hacia el oeste y moleste a los señoritos.
—No hará falta nada de eso. El criminal actúa siempre de la misma manera. Sólo mata a mujeres que andan bebidas o que no tienen adónde ir. Y siempre actúa en Whitechapel, como si conociera el barrio muy bien. Se mueve como un fantasma y cuando ataca, lo hace de la forma más brutal imaginable. Nadie ve nada, nadie sabe nada. —Roddy hizo una pausa y una vez recuperado agregó—: ¡Me costará olvidar lo que he visto hoy!
—Roddy, querido —dijo Kate compasiva—, come algo. Lo debes de necesitar.
—No, no tengo nada de apetito.
—¡Qué horroroso! —exclamó Fiona, temblando—. Bucks Row está aquí mismo, ¡qué miedo!
Charlie contrariado añadió:
—¿De qué tienes miedo? ¡Si sólo ataca a las putas!
—¡Por favor, Charlie! Estamos en la mesa… —replicó Kate—. ¡Ya basta con el crimen como para tener que hablar de putas encima!
—Pero estoy agotado, eso sí… aunque no podré acostarme porque quieren que vaya a declarar.
—Túmbate un ratito al menos —dijo Paddy.
—Sí, creo que lo haré. Y guárdame algo de cena, Kate.
Kate asintió. Roddie se quitó los tirantes y la camisa para lavarse un poco y luego se marchó escaleras arriba.
—¡Pobre tío Roddie! —exclamó Fiona—. ¡Debe de ser espantoso ver algo así! Tardará en olvidarse del espectáculo…
—Yo no lo hubiera soportado —añadió Paddy—. No soporto la sangre. Me hubiera desmayado allí mismo.
«Espero que lo detengan pronto —pensó Kate—. Quien quiera que sea, que no pueda volver a matar a nadie más.» Dirigió la vista hacia la puerta de la entrada y se dijo para sí que, probablemente, el asesino estaría en cualquier bar, tomando la cena, igual que ellos, o durmiendo tan tranquilamente en algún lugar. O quizá se tratara de alguien que también trabajaba en los muelles… o que vivía en la calle de al lado…
Kate estaba acalorada pero sintió a la vez un escalofrío de angustia. «Alguien acaba de pisar tu tumba», decía su madre cuando alguien tenía calor y frío a la vez.
—Quizás el asesino… —empezó Charlie.
—¡Cállate ya, por favor! —le gritó su madre—. ¡Acábate la cena!
—¿Qué sucede, Kate? —preguntó Paddy a su mujer—. Estás pálida como una sábana.
—Nada, no es nada… pero me gustaría que le pillaran cuanto antes.
—No te preocupes, mujer. Nadie te hará daño a ti, ni a nadie de nuestra familia. —Paddy tomó la mano de su mujer en ademán de consuelo—. Yo me ocuparé de ello.
Kate intentó esbozar una sonrisa.
«Estamos a salvo —se dijo—. Toda la familia está a salvo. Los cerrojos de la puerta son fuertes.» Kate sabía que lo eran porque Paddy los había repasado todos y cerraban bien. Los niños dormían arriba, con su padre. Y Roddie también. Nadie iba a hacerles ningún daño… Pero Fiona tenía razón. Sólo de pensar que alguien merodeaba por el barrio con tan mala saña era bastante como para que se le helara la sangre.
—¡Manzaaaanas! ¡Las mejores de Londres! ¡Cuatro un peniqueeee!
—¡Almeeejaaa vivaaa! ¡Almeeja frescaaa!
—Y a mí, ¿quién me compra arenques? ¡Están coleando!
Cada sábado por la tarde la misma cantinela. Fiona lo oía antes de verlo. Los gritos de los vendedores alcanzaban dos bocacalles más arriba. Y el chirriar de las carretillas y el griterío en cada puesto del mercado resonaban por las callejuelas y subían hasta los tejados de las casas, animando a los compradores.
—¡Señora!, ¡tengo el mejor perejil!
—¡Dooos naranjas por un penique! ¡Dooos!
Y por encima del barullo resaltaba una voz que anunciaba algo horrible, que daba ganas de correr a casa y encerrarse a cal y canto junto a la chimenea. Era el chaval de los periódicos que repetía sin pausa los titulares del Clarion:
—¡Otro crimen horrible! ¡Toda la información de última hora! ¡Asesinato sangriento! ¡Léalo en el Clarion!
Cuando dieron la vuelta hacia Brick Lane, el corazón de Fiona se esponjó. Todas las luces estaban encendidas y el mercado era un espectáculo vivo y animado. Se sintió ligera, como si perteneciera de toda la vida a aquel ambiente. Tiró del brazo de su madre.
—¡No corras tanto, Fiona! —dijo Kate mientras repasaba la lista de la compra.
Por todas partes se oía el acento cockney, corto, entrecortado. Todos gritaban sus mercancías. Algunos parecían gallos de pelea, esforzándose por competir con el puesto de al lado. Todos reclamaban los mejores precios, la mejor calidad.
—¿Qué me dice señora? ¿Que mi trucha no es fresca? ¡Usted si que esta reseca! ¡Vamos hombre!
Fiona se quedó mirando al pescadero. Había almejas, berberechos, arenques y congrio. Había quitado la concha a algunos moluscos para que se viera bien la calidad de la mercancía. Fiona admiró el colorido del espectáculo y se dirigió al puesto de al lado. La carnicería estaba decorada con papel crespón de color blanco y carmesí. Sobre el tablero destacaba la carne roja de las chuletas, junto a unas hermosas salchichas y unas cabezas de cerdo que chorreaban grasa y daban algo de grima.
¡Y los verduleros! ¡Vaya multitud! Los más atrevidos habían construido pirámides de fruta sobre sus carros: manzanitas de colores, peras olorosas, naranjas y limones brillantes, ciruelas y uva. Todo cuidadosamente encaramado y, delante, las hortalizas: las coliflores y el brócoli, la col lombarda, los nabos, las cebollas, y las patatas de hervir, separadas de las de freír.
Olía a destellos de alcanfor. Eran las lamparillas que chisporroteaban sobre las mercancías, aunque algunos también habían puesto velas entre las verduras para destacar más aquel colorido. ¡Y los olores! Fiona se quedó quieta, cerró los ojos y respiró profundamente.
—Mmmm, ¡berberechos en vinagre! —Y más allá las especias, los buñuelos de canela, las patatas al horno y las salchichas fritas… Al oler las galletas de jengibre el estómago le dio un vuelco…
Abrió los ojos y vio que su madre estaba parada delante del carnicero. Había gente por todas partes. Fiona calculó que todo el barrio debía de estar allí, caras conocidas y visitantes curiosos. Los judíos, tan solemnes y piadosos, se apresuraban de regreso de sus oraciones, y los marineros parecían preferir el potaje de guisantes y las anguilas ahumadas. Había trabajadores vestidos aún con sus batas manchadas, mientras que otros ya se habían acicalado y esperaban en la puerta del bar con su camisa blanca y recién afeitados. Algunos llevaban un terrier, bien sujeto bajo el brazo.
En cualquier lugar se agolpaban mujeres de diferentes edades. Las había de todos los tipos imaginables. Se empujaban, regateaban, compraban. Algunas iban con el marido para ayudarlas. Les sujetaban el cesto y fumaban en pipa. Otros arrastraban niños por la mano, o tenían bebés llorones en brazos. Todos reclamaban caramelos, tartas y dulces. Los niños cockney gritaban «mamá» y los irlandeses «madre». Los italianos, los polacos y los rusos decían «mamma», pero todos sin excepción compartían el mismo capricho. Y muchas madres atolondradas apenas llevaban suficiente dinero en sus monederos para comprar las necesidades más básicas de la semana. Pero se las componían para acceder cuando menos a un pequeño deseo, para que sus hijos pudieran probar o repartirse alguna golosina.
Fiona volvió la vista hacia su madre.
—¿Asado de buey para mañana, señora Finnegan? —oyó que le preguntaba el carnicero.
—Esta semana no, señor Morrison. Todavía no he heredado la fortuna de mi tío millonario. Pero póngame un zancarrón para la olla. Unas tres libras. Cinco peniques la libra es lo máximo que puedo pagarle.
—Mmmm… —El hombre apretó los labios y le respondió pensativo—: Todos los trozos son bastante grandes hoy… pero ya verá… —Hizo una pausa como si fuera a anunciarle algo muy importante—. Le propongo una pieza de cinco libras a un precio interesante.
—Me parece que será demasiado para mí.
—¡No mujer!, ¡ya verá! —le susurró casi en tono conspiratorio. Cuanto más grande el tajo, menos tengo que cobrarle. Pura economía, mujer. Mire usted, yo le vendo la pieza entera y usted sale ganando…
Mientras negociaban, Fiona miró a su alrededor para ver si encontraba a su Joe. Allí estaba, cinco puestos más allá, con su carro y gritando a pleno pulmón. Había refrescado pero el joven llevaba el cuello de la camisa desabrochado y se había arremangado hasta los codos. Estaba acalorado. Ya hacía tiempo que su jefe le había dado permiso para gritar la mercancía en lugar de quedarse detrás del mostrador. Y muy bien que había hecho el señor Bristow porque Joe era un vendedor ambulante excelente, había nacido para aquel oficio. Vendía más él en una noche allí que todo el señoritingo del oeste de Londres en un mes. ¡Vaya! Y no necesitaba ni carteles de colores, ni decoración, ni nada… Lo hacía a pelo, con su puro talento natural.
Fiona se emocionó cuando le vio allí tan ricamente, camelando a los clientes como si tal cosa. Seduciendo a las señoras con la mirada, conquistando a todo el gentío que se agolpaba en su puesto y compraba sin parar. Joe tampoco se callaba, y con su reclamo vendía toda la fruta que se le antojaba. Empleaba el tono de voz adecuado para cada caso. Sabía cuándo debía gritar y cuándo no para conseguir sus propósitos, cuándo hacerse el enojado si una mujer le ponía a prueba o dudaba de la calidad de sus zanahorias. Sin duda alguna, sus cebollas ¡eran las mejores de todo Londres! Era un actor nato y nadie como él sabía partir una naranja en dos y escurrir el zumo de manera que nadie dudase de su calidad, de su frescura. Con la mirada atraía a los clientes a diez metros mientras gritaba: «¡Señoras y señores, ni una, ni dos, ni tres!, ¡cuatro!, ¡cuatro jugosas naranjas por dos peniques! ¡Nadie da más!». Joe era un malabarista.
Y por supuesto sus ojos azules y su sonrisa no iban nada mal para conseguir sus propósitos, pensó Fiona. Ni su rubia cabellera rizada que llevaba medio escondida bajo la gorra. Se sonrojó al darse cuenta de que estaba pensando en la hermosura de su chico. Recordaba que las monjas le habían dicho que debía mantenerse pura, pero cada día le costaba más cumplir aquello. El triángulo de piel que asomaba por el escote de la camisa de Joe, con el pañuelo rojo anudado al cuello era extremadamente apetitoso. Ella soñaba con tocarle, besarle… la piel debía de ser cálida, y estaba segura de que olía muy bien. Después de tocar fruta y verdura todo el día, el cuerpo de Joe tenía un aroma irresistible. A Fiona le encantaba. Y también olía a su caballo, al aire del este de Londres, a humo de carbón, al río…
Joe le había tocado el escote una vez. Fue una noche oscura, detrás del edificio de la cervecería Black Eagle. Le había besado los labios y el cuello y le había desabrochado el corpiño. Sus dedos se habían deslizado por debajo de la camisola y a ella le pareció que iba a derretirse de un momento a otro. Ella se apartó no porque no le quisiera, ni por modestia, sino por temor a que el deseo les llevara demasiado lejos. Y sabía que los hombres y las mujeres hacían cosas que no debieran a menos que estuvieran casados.
Nadie le había explicado nada sobre el tema. Se había enterado en la calle de lo poco que sabía. Había oído algunas conversaciones entre hombres cuando llevaban sus perros a aparearse. También había escuchado algún chiste indecente… Y tanto ella como sus amigas pegaban naturalmente la oreja detrás de la puerta cuando sus madres o hermanas mayores hablaban en secreto. Algunas explicaban el dolor que sentían cuando estaban en la cama con sus maridos, y otras se reían alegremente y comentaban que nunca tenían bastante.
De repente Joe vio que Fiona estaba allí y le dedicó una gran sonrisa. Ella se sonrojó porque le pareció que él había adivinado sus pensamientos.
—¡Vamos, Fiona! —llamó su madre—. Tenemos que ir a por las verduras —dijo mientras se acercaba al mostrador de Bristow. Fiona siguió sus pasos.
—¡Hola, cariño! —dijo la madre de Joe a su madre en señal de saludo. Rose Bristow y Kate Finnegan eran amigas desde pequeñas. Habían sido vecinas en el callejón Tilley, en Whitechapel y seguían siéndolo ahora en la calle Montague. Su madre le había contado que eran inseparables y, aun ahora, de mayores, eran amigas del alma.
—Creía que el asesino se te había llevado —dijo Rose a Kate. Era una mujer bajita, regordeta y tenía la misma sonrisa azulada, la misma alegría de su hijo—. Parece que esta semana está trabajando a destajo. ¡Hola, Fiona!
—Hola, señora Bristow —repuso Fiona con los ojos clavados en Joe.
—¡Oh, Rose! —respondió Kate—. ¡No bromees así! ¡Es horrible! Espero que den muy pronto con él… Sólo tener que salir para venir al mercado ya me pone enferma. Pero, claro, ¡hay que comer! Ponme tres libras de patatas y dos de guisantes. ¿A cómo van las manzanas, nena?
Joe estaba ocupado pasando unas verduras a su padre. Después se acercó a Fiona, se quitó la gorra y secándose el sudor con la manga le dijo:
—¡Buf!, estamos desbordados esta noche… se nos van a acabar las manzanas. Ya le había dicho a padre que trajera más pero…
—… no te ha hecho caso, ¿verdad? —terminó la frase Fiona, apretándole la mano cariñosamente. Siempre pasaba lo mismo. Joe había intentado mil veces convencer a su padre para que ampliaran el negocio, pero no había manera. Fiona sabía que esto disgustaba a Joe—. «Doce y dos» —susurró Fiona en clave secreta. Era la cantidad que habían ahorrado hasta entonces y que guardaba en la lata de té, en la repisa—. No lo olvides —le dijo como para darse ánimos.
—No lo haré. —Joe le devolvió la sonrisa—. Y esta noche más. Con tanta gente por aquí estoy seguro de que esta noche juntaré un buen pellizco. ¡Buf!, no te dejan ni respirar. —Se dio la vuelta para mirar a su padre y a Jimmy, su hermano menor, rodeados de clientela—. Tengo que irme, Fiona. Te veré mañana después de comer, ¿de acuerdo?
—Bueno —respondió Fiona algo casquivana—, depende de si viene alguien más a visitarme.
Joe puso la mirada en blanco.
—¡Ya ves!, ¿quien será?… ¿El que vende comida para gatos o el hombre del saco?
—Prefiero al hombre del saco. Me gusta más que un vendedor ambulante cualquiera —le respondió Fiona, dándole un puntapié cariñoso.
—¡Pues yo me quedaré con el vendedor! —se oyó una voz burlona decir.
Fiona se dio la vuelta suspirando. Era Millie Peterson. La mimada y altiva Millie Peterson, ni más ni menos. Tan rubia ella, tan airosa, tan mona, tan… bonita. ¡Y tan estúpida! Tommy, el padre de Millie, era uno de los comerciantes de verduras más importantes de Londres con almacenes al por mayor en el este de Londres y en Covent Garden. Era un hombre que había empezado de la nada, únicamente con su carrito y su innata habilidad comercial. Había trabajado muy duro y, con un poco de suerte, había llegado arriba de todo. Por lo que se refería a negocios, nadie le pasaba la mano por la cara. Era muy astuto y, a pesar de estar muy ocupado, siempre que podía andaba por las calles para ver de primera mano lo que se cocía en los mercados.
Tommy también se había criado en Whitechapel. Cuando se casó, se instaló en la calle Chicksand, muy cerca de la calle Montague. De niñas, Millie, Fiona y Joe habían jugado juntos como cualquier otro niño de barrio. Cuando los Peterson empezaron a ganar dinero, se mudaron a Pimlico, un barrio mucho más fino. Poco después la mujer de Tommy se quedó embarazada de su segundo hijo pero tanto la madre como el niño murieron. Tommy estaba destrozado y había hecho de su hija Millie la razón de su existencia. La llenaba de regalos y de afecto para compensar la gran pérdida que habían sufrido. Millie conseguía todo lo que pedía, todos sus caprichos. Y, desde muy pequeña, Millie quería conseguir a Joe, pero él nunca le había hecho caso. No obstante, Millie insistía decidida como de costumbre a salirse con la suya.
Fiona Finnegan y Millie Peterson no se caían nada bien y si hubiera hecho falta, Fiona la hubiera mandado a paseo. Pero aquel día estaba comprando en la tienda de los Bristow y como era buena clienta no iba a decirle nada. Sabía que tendría que comportarse o, cuando menos, intentar mantener la calma.
—Hola, Joe —dijo Millie, sonriendo coquetamente—. Hola, Fiona —saludó secamente a la chica—. ¿Sigues en la calle Montague?
—No, Millie —le respondió seriamente—. Nos hemos instalado en una residencia del oeste de la ciudad bastante bonita. Se llama palacio de Buckingham y aunque a mi papá le cae un poquito lejos de los muelles vale la pena porque el vecindario es mucho más amable.
Con cara de pocos amigos, Millie le respondió:
—¿Te estás burlando de mí?
—Piensa lo que quieras.
—Bien pues, Millie —interrumpió Joe mientras miraba de través a Fiona—. ¿Qué te trae por aquí?
—Oh, sólo he venido a dar un paseo con mi padre. Quería ver cómo van las cosas. Ya sabes cómo es, siempre al corriente de todo.
«A pasear… a pasear… ¡ja! —pensó Fiona con rabia—. ¿Vestida de esa manera?»
Todas las miradas, incluso la de Joe, se habían fijado en Millie. Estaba espléndida con su traje verde manzana, que le resaltaba la cintura de avispa y su talle. Nadie en Whitechapel tenía un vestido como aquél y menos aún para ir a comprar al mercado. Llevaba un sombrero a juego por el que se dejaban entrever sus rizos dorados. Como complementos llevaba unos pendientes de perlas, una gargantilla y unos finos guantes de cabritilla de color marfil.
Al mirarla, Fiona se sintió sucia. Una punzada de dolor le embargó el corazón cuando comparó aquella belleza con su falda de lana, su camisa de simple algodón y el chal gris de punto con el que se cubría los hombros. Intentó recuperarse rápidamente porque no iba a permitir que una Peterson cualquiera le amargara la vida.
—¿Ha encontrado algún cliente nuevo? —dijo Joe mientras su mirada y la de otra docena de hombres se clavaban en su escote.
—Algunos. Pero no solamente busca clientes, ¿sabes? También le interesa contactar con jóvenes de talento. Estoy segura de que tú le interesarías —repuso, tocándole el brazo.
Esta vez Fiona sintió una punzada de celos. Esta vez Millie Peterson se había pasado de la raya.
—¿Te encuentras bien, Millie?
—Por supuesto —le respondió, mirándola con desdén.
—¿Ah, sí? Pues tienes muy mal aspecto. Fíjate, te tienes que apoyar en el brazo de Joe. Joe, ¿por qué no le consigues una caja para sentarse?
—No hace falta, gracias —respondió Millie secamente apartando su mano del brazo de Joe.
—Si tú lo dices… pero no me gustaría que te desmayaras aquí, ¿sabes? A lo mejor te aprieta el corpiño…
—¡Eres muy burra! —se acaloró Millie.
—Más vale burra que imbécil —se defendió Fiona.
—Señoritas, esto no es manera de comportarse. En el mercado no vale pelearse ¿entendido? —apostó Joe, tratando de calmar los ánimos de las dos jóvenes que parecían estar a punto de llegar a las manos.
—Cierto —respondió Millie—. Pelearse es cosa de baja estofa.
—Pues tú saliste de la misma estofa que todos nosotros, ¿recuerdas? —añadió Fiona solemnemente—. Quizá te has olvidado, Millie, pero nosotros, no.
Al verse despreciada, Millie cambió de tercio.
—Ya veo que estoy de sobra, me marcho.
—Millie —se apresuró Joe—, Fiona no quería ofenderte —le dijo algo incómodo.
—¡Por supuesto que sí!
—No importa —dijo Millie, dirigiendo sus enormes ojos color avellana hacia Joe—. Tengo que encontrar a mi padre. Ya nos veremos otro día en mejor compañía, espero. Adiós.
—Adiós, Millie —replicó Joe—. Saludos a tu padre.
En cuanto Millie hubo desaparecido, Joe se dirigió a Fiona.
—¿Por qué lo has hecho? ¿De verdad necesitabas insultar a la hija de Peterson?
—Se lo merecía. Cree que te puede comprar con el dinero de su padre… ¿No lo ves? ¡Te trata como a un saco de patatas!
—¡Qué tonta eres!
Fiona pataleó.
—Tendrás que vigilar ese genio cuando tengas tu propio negocio. Deberás controlarte, nena…
Joe tenía razón. Fiona se dio cuenta de que se había comportado como una estúpida.
—¡Joe, échanos una mano! —gritó el señor Bristow.
—¡Enseguida, padre! —respondió Joe—. Debo irme, Fiona. A ver si acabas bien el día sin pelearte con nadie más. ¡Y no seas tan celosa, caramba!
—¿Celosa yo?… ¡Yo no soy celosa!… pero, pero es que Millie ¡es insoportable!
—Estás celosa y no tienes motivos para ello —respondió Joe con calma.
—¡No lo estoy! —gritó Fiona airada, y vio que Joe se disponía a hacer su trabajo—. ¿Celosa, celosa, yo? Sólo porque tiene ropa bonita y joyas y unas tetas grandes y una cara bonita y todo el dinero que quiere, ¡ja!
Fiona empezó a preguntarse qué veía Joe en ella cuando Millie tenía mucho más que ofrecer. Millie tenía un padre importante y mucho dinero con el que podría comprarle una tienda cuando quisiera, o diez tiendas. Pensó que Joe quizá decidiría cortar con ella cuando menos lo pensara, y sus planes, su tienda, y todo lo demás se iría al garete por culpa de Millie. Sobre todo, después del espectáculo que acababa de dar. Ella se había comportado mal y Joe se había enfadado. Pero no importaba. No estaba dispuesta a que la trataran como un saco de patatas. Se vengaría diciéndole que le gustaba Jimmy Shea, el hijo del propietario del bar. Le entraron ganas de llorar pero en aquel momento apareció su madre.
—¿Era Millie Peterson, verdad? —preguntó Kate, mirando fijamente a su hija.
—Sí —respondió Fiona con cara de malas pulgas.
—Caramba, iba muy arreglada para un día de mercado, ¿no crees?
Fiona se animó un poco.
—¿De verdad lo crees así, mamá?
—Claro. Anda, vámonos, tengo ganas de llegar a casa.
Kate se abrió paso entre la muchedumbre y Fiona oyó la voz segura de Joe, que volvía a vocear la mercancía como de costumbre. Le pareció que su tono era más alegre que antes y volvió la cabeza para mirarle.
Él le sonrió y aunque no había mucha luz, a Fiona le pareció que acababa de salir el sol.
—¡Coles! ¡Mirad qué coles tengo! ¡Son de regalo! ¡La mejor calidad y las regalo! ¡Mirad, mirad! ¡La chica más guapa del mercado, allí va! —Y le tiró la col mientras Fiona la recogía—. ¡Ah, señoras! —suspiró—. Me ha robado la col y el corazón, pero no me engañará —dijo, guiñando el ojo a una clienta que como mínimo tenía setenta años.
—Yo también te quiero, chaval —gritó la anciana—, pero guárdate tus coles y dame un pepino. —Las mujeres a su alrededor empezaron a reír a carcajadas mientras los padres de Joe seguían atendiendo a su clientela tan deprisa como podían.
«La chica más bonita del mercado», pensó Fiona sonriente. Qué tonta había sido sintiendo celos de Millie. Joe era suyo y sólo suyo. Le dijo adiós con la mano y se fue corriendo con su madre. Volvía a sentirse contenta y segura de sí misma. Se había dejado llevar por sus impulsos pero ahora había recobrado la serenidad. Si Fiona se hubiera quedado algunos minutos más en el puesto de Bristow, hubiera cambiado de opinión. Cuando se acababa de marchar, Millie reapareció con su padre y tirando de la manga de la camisa de Joe susurró algo al oído de Peterson. Éste no necesitaba ninguna propaganda porque su ojo avizor ya se había percatado del talento de aquel joven. Tommy sonrió por primera vez en la tarde. Su hija tenía razón: aquel chico tenía mucho talento.