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CAPÍTULO1
Londres, 1821
-Me ama, no me ama...
Un caballero alto, vestido de etiqueta, estaba de pie en la cima neblinosa de Primrose Hill antes del amanecer. Elviento traía el inconfundible olor del Támesis que contaminaba el aire de la temprana primavera. Sintió su piel pegajosa.
El hombre contempló casi con ternura a la mujer, la muerte la había embellecido, tomó un manojo de pétalos de rosa, y los desparramó uno a uno sobre todo su cuerpo, de la cabeza a los pies. Ella al fin había hallado la paz.
-¡Qué desperdicio de auténtica belleza! -señaló una voz ronca.
El caballero miró a la mujer baja y regordeta que estaba a su lado.
-Regresa al coche.
Sabiendo que obedecería sin discutir, tomó otro manojo de pétalos de rosa de su bolsa.
-Me ama, no me ama...
Royal Opera House
Me niego a convertirme en mi madre. Fancy Flambeau estaba sentada en un taburete en su camerino preparándose para su debut en la ópera. Frascos de cosméticos se amontonaban en diminuto tocador, coronado por un minúsculo espejo que colgaba de la pared sobre la mesa.
Una rajadura atravesaba el espejo en diagonal, Fancy se preguntó si la mala suerte vencería a su talento o probaría su voluntad. Si la mala suerte entraba por su puerta, confiaba en que no tomara la forma de un aristócrata.
Me niego a convertirme en mi madre, le recordó Fancy a su propia imagen deformada en el espejo.
Más allá del nerviosismo esperado, su debut no la asustaba. Fancy tenía preocupaciones más serias, como losaristócratas que acechaban a las cantantes, las bailarinas y las actrices. Hacía mucho tiempo, ella había decidido que jamás se enamoraría de un aristócrata o se convertiría en la víctima de un amor. Como su madre.
Hasta ahora, lo había conseguido. Apenas pisaba el escenario, todo caballero acaudalado en Londres la consideraba el blanco de su próxima conquista. Los aristócratas veían a las mujeres como ella como sus presas, juguetes para ser usados y desechados a gusto.
Fancy se había vestido para el papel de Cherubino en Las bodas de Fígaro: pantalones negros, camisa blanca y una chaqueta roja.
Después de secarse las manos con una toalla, espió por el espejo a sus seis hermanas que se amontonaban en el camerino y cuyas edades iban de los diecinueve a los dieciséis años (con dos pares de mellizas). Se volvió, obsequiándoles una sonrisa plena de confianza.
-Mañana, a esta hora, me habré convertido en la más famosa prima donna de Londres.
Las muchachitas se rieron de su fingida arrogancia.
Los únicos miembros de la familia que estaban ausentes eran Gabrielle Flambeau, su madre, y Nanny Smudge.
Fancy hubiera deseado que su madre y su niñera vivieran para disfrutar ese día. Suspiró, pensando que tenía demasiados deseos inalcanzables. Más deseos que dinero.
-Deberíamos ir a ocupar nuestros asientos.
Belle, de diecinueve años, abrió la puerta y se quedó boquiabierta cuando algo pequeño y peludo pasó corriendo a su lado y entró en el cuarto.
Un mono se subió al regazo de Fancy. El animal se tapó las orejas con las manos, luego los ojos y por último la boca.
-Un mono capuchino.
Blaze, de dieciocho años, se acuclilló junto al taburete. Imitó los gestos del mono y después lo tomó en sus brazos, acunándolo como a un bebé.
-Señorita Giggles, aquí estás.
Con una sonrisa de disculpas, un hombre bajo y fornido entró en el camerino y se llevó al mono.
-¿Quién es ese? -preguntó Rave, la más pequeña.
-Sebastian Tanner, el marido de la prima donna-comentó Fancy- y la señorita Giggles es su mascota.
-Giggles odia a los Tanner -señaló Blaze-. Lo percibí en sus ojos.
-El mono tiene buen gusto -acotó Fancy, haciéndolas reír.
Sus hermanas salieron del camerino y se dirigieron a la platea. Solo Belle y Raven se demoraron.
Fancy sacó un pañuelo de hilo blanco, cuyos extremos llevaban bordados las iniciales MC. Le dio el pañuelo a Raven.
-¿Está entre el público?
Raven cerró sus ojos.
-Siento su presencia.
-Ver a su primogénita bastarda sobre el escenario losorprenderá.
Fancy tomó el pañuelo de las manos de su hermana.
-Espero que los remordimientos lo torturen.
-¿Por qué le guardas tanto rencor? -le preguntó Belle-. La amargura te hace más daño a ti que a él.
-Mamá murió joven por culpa de él, cuando la abandonó sin importarle sus sentimientos.
-Mamá fue la responsable de su propio destino -corrigió Rave.
-Él nunca nos quiso -continuó Fancy, ignorando a su hermana.
-No puedes saber lo que hay en el corazón de otra persona-dijo Belle.
-Su dinero nos mantuvo todos estos años -lerecordó Raven-, y la envió a Nanny Smudge para que nos cuidara.
-No trates de disculpar a un padre que no reconocerías si te lo cruzaras por la calle -suspiró Fancy, sabiendo (aunque no lo quería admitir) que su hermana decía la verdad.
-Perder a mamá fue muy doloroso, y ahora Nanny Smudge se ha unido a ella en el cielo.
-Nanny Smudge no se ha ido a ninguna parte -afirmó Rave, tomándola de la mano-. Sabes que todavía nos protege.
Al escuchar los primeros acordes de la obertura, Fancy comenzó a cepillarse.
-Nos encontraremos afuera al terminar el espectáculo.
Después de que sus hermanas se fueran, Fancy se miró al espejo. Recogió su cabello azabache con un rodete en la nuca.
El pánico escénico la tomó de sorpresa.
Jugueteó distraídamentecon la vasija al lado de la mesa. Tomó un vaso de la mesa, se enjuagó la boca con agua y la escupió en la vasija.
-Deséame suerte, Nanny Smudge -murmuró.
El aroma de la canela perfumaba el aire dentro del camerino, inspirándole confianza, El aroma de su niñera.
Fancy tomó el sombrero de su traje y abandonó el camerino, caminó con prisa hacia el escenario para esperar su entrada. Cuando se colocó el sombrero de muchacho y le sonrió a Genevieve Stover –la mujer que representaba a Barbarina–, Cherubino se apoderó de ella. Ambas se habían hecho amigas durante los ensayos. Fancy todavía estaba sorprendida de que la otra joven no le envidiara el papel de Cherubino.
-¿Supiste lo que le pasó a la bailarina? -susurró Genevieve.
Fancy negó con la cabeza.
-El asesino de los pétalos de rosa la mató -Genevieve escuchó que le llegaba su turno y se apresuró a subir al escenario.
Fancy borró de su mente al asesino de la bailarina. Piensa en un muchacho, en unadolescente, se dijo a sí misma. Encantador. Impaciente. Impulsivo.
Mientras subía al escenario, se concentró en la música y en los versos. Atacó la canción y se compenetró en ella emocionalmente tanto que obligó al público a seguirla adondequiera que fuese. Su poderosa voz podía romperles los corazones. O sanarlos.
Durante el ruego de Cherubino a la condesa, Fancy se volvió hacia el público, en la parte delantera del escenario, peligrosamente cerca del borde. Patrice Tanner, en su rol de condesa, colocó un pie delante de ella para que tropezara.
Fancy cayó del escenario y voló al pozo de la orquesta. Ella escuchó la exclamación de todo el público, pero no dejó de cantar. Varios músicos la levantaron y la colocaron otra vez sobre el escenario.
La muchacha perforó con la mirada a la prima donna en una muda declaración de guerra. Extendió sus brazos en un amplio movimiento y la golpeó con una bofetada de revés.
Al público le encantó y aullaron de la risa.
La jovencita miró de soslayo al público y les guiñó exageradamente un ojo, haciéndolos reír aún más.
Ambas mujeres salieron del escenario. El director Bishop esperaba entre bastidores, consternado.
-La imbécil me golpeó -se quejó Patrice Tanner-. Échala.
-Fue un accidente -dijo el director -y Fancy lo lamenta. ¿No es así?
-No lo lamento.
Patricia Tanner le arrojó una mirada asesina y se alejó. Su marido, que estaba dando vueltas por los alrededores, la siguió.
-El príncipe Stepan Kazanov ruega ser presentado durante el entreacto -el director Bishop le sonrió-. El príncipe quiere tener ventaja sobre todos tus demás pretendientes.
Un tramoyista le alcanzó un vaso con agua. Se enjuagó la boca, dio vuelta su cabeza y escupió el agua. Varias gotas salpicaron los zapatos del director.
Fancy lo miró con sus ojos violeta.
-Perdón.
-¿Por qué no la tragas?
-Si trago el agua -contestó- mis nervios me harían regurgitar... probablemente sobre el escenario.
-¿Y acerca del príncipe?
-No.
-No le puedo decir a Su Alteza que te niegas a recibirlo -la regañó el director-. El príncipe Stepan es uno de los mecenas más generosos de la ópera.
-No estoy en venta.
-Encontrar a tus benefactores es parte de tu trabajo -le respondió- ¿Quieres conservar tu trabajo, no es así?
-Muy bien, puedes presentarme al príncipe Stepan después del espectáculo -aceptó Fancy, aunque su disgusto se expresaba en su rostro-. Pero dile que no aceptaré convertirme en su amante.
-Díselo tú misma.
-Ahí está.
Sentado con sus tres hermanos en un palco, el príncipe Stepan Kazanov estiró sus largas piernas y se relajó en su asiento. Fijó sus ojos oscuros en la mujer que estaba haciendo su debut, sin apartarlos de ella en ningún momento.
Fancy Flambeau medía apenas un poco más de un metro y medio, era una mujer delgada con una voz vasalladora. Eso era lo que le había llamado la atención la tarde que se había detenido en la ópera para conversar con el director. Apenas Stepan la escuchó cantar, supo que la quería para él.
-¿Ese es el objeto de tu interés? -le preguntó el príncipe Viktor.
-Se viste como un muchacho -señaló el príncipe Mikhail, divertido.
-¿Mi hermanito menor está escondiendo un horrible secreto? -bromeó el príncipe Rudolf.
-La señorita Flambeau está representando a Cherubino -aclaró Stepan irritado-. Por eso está vestida como un muchacho.
-Shhh.
Los cuatro príncipes rusos dirigieron sus miradas hacia el palco a su derecha, donde estaba sentada lady Althorpe con los duques de Inverary.
Rudolf, que era el que estaba sentado más cerca de la dama, le dedicó su más encantadora sonrisa.
-Le pedimos disculpas por los ruidos innecesarios, lady Althorpe.
Stepan volvió a concentrar su atención en el escenario. En medio del discurso de Cherubino a la condesa, Fancy Flambezu se tropezó con el pie de la prima donna y se cayó del escenario.
El público lanzó una exclamación, inclinándose hacia adelante en sus asientos. Por suerte, varios músicos la tomaron en sus brazos y la ayudaron a subir al escenario, La cantante no perdió una línea. Se vengó dándole una buena bofetada a la prima donna.
Stepan se rió, divertido. Cuando la cantante le guiñó a su público, él lanzó una carcajada, como todos los demás en el teatro.
-No puedo creer lo que hicieron esas dos en el escenario -dijo el príncipe Viktor.
-La prima donna reinante tiene celos de la estrella en ascenso -apuntó el príncipe Mikhail.
-La señorita Flambeau parece ser una mujer de carácter -comentó el príncipe Rudolf-. No te resultará fácil, hermanito.
-Shhh.
El príncipe Rudolf miró a lady Althorpe.
-Lamento la interrupción, pero mi hermano menor olvidó sus modales.
-Denle un buen palmetazo en la espalda -recomendó la dama, arrastrando las palabras.
Los tres hermanos mayores se rieron.
-Shhh.
Stepan ignoró las bromas de sus hermanos. Ya había aprendido a restarle importancia a sus críticas y burlas, que, al parecer, era la única desventaja de ser el menor. Sus hermanos mayores asumían la responsabilidad de su manutención, trabajara o no en los negocios de la familia. La vida para él era una fiesta constante.
-¿Su Alteza?
Stepan vio por sobre su hombro al director de orquesta.
-¿Sí?
-La señorita Flambeau le ruega que la disculpe -susurró el hombre-, pero prefiere encontrarse con usted después del espectáculo.
-Gracias.
Stepan se frotó las manos de satisfacción. ¿Cuántas noches le llevaría convertirla en su amante?
Empezó el entreacto: momento de hacer vida social. Por lo general, Stepan abandonaba el palco de los Kazanov y circulaba entre sus numerosos amigos, conversando con los hombres y flirteando con las mujeres.
Pera esa noche sería distinta, el príncipe puso de pie para estirar las piernas y se volvió a sentar, sorprendiendo a sus hermanos.
-Si no visitas el palco de los Clarke -le advirtió Viktor- desilusionarás a lady Cynthia y a su madre.
-Madre e hija están intentando atraparme para el matrimonio -aclaró Stepan- . La sola idea de pasar mi vida con Cynthia Clarke me da urticaria.
-¿Y qué hay de la viuda alegre? -preguntó Mikhael.
-Lady Veronica sería más feliz contigo -comentó Stepan -y necesitas a una madre para tu hija.
El príncipe Mikhail levantó las cejas.
-Verónica Winthrop carece de instinto maternal.
-Si prestas atención a lo que está sucediendo en el otro extremo de la sala -interrumpió Rudolf, acercándose-, verás a lady Drummond lanzándote tiernas miradas.
-Lady Drummond está casada.
-Si ya está casada -dijo Rudolf-, entonces no tendrás miedo de que intente pescarte para casarse contigo.
Stepan miró a su hermano mayor.
-Me encontraré con la señorita Flambeau después del espectáculo.
-Parece demasiado jovencita -señaló Viktor, llamándole la atención.
-Una vez que pierda su inocencia, nunca más podrá recuperarla -le recordó Mikhail.
-Están asumiendo que planeo convertirla en mi amante -dijo Stepan-. ¿Quién sabe? Tal vez pueda proponerle casamiento.
-Basta, hermanito -Rudolf lo miró divertido- ¿Un príncipe con una cantante de ópera?
-Nunca corrompería a una inocente.
Stepan le guiñó un ojo a su hermano mayor.
-A menos, por cierto, que la inocente desee ser corrompida.
Fancy se sentía jubilosa. Esperaba entre bastidores su turno para cruzar el escenario y hacer una reverencia.
El director había enviado primero a saludar a los protagonistas masculinos, luego a Patrice Tanner, y ahora le llegaba su turno.
Cuando se adelantó a la vista del público, se elevó un aplauso atronador, que fue música para sus oídos.
Manteniendo su papel de Cherubino, Fancy caminó como un adolescente lleno de arrogancia, y, convirtiendo su reverencia en todo un espectáculo, se sacó el sombrero. Su pesada cabellera color ébano se derramó a su alrededor,hasta la cintura.
Alguien del público le arrojó una rosa a los pies. Y otra le siguió. Y otra, y otra.
-¡Otra! -gritó alguien.
Y todo el público repitió:
-¡Otra, otra, otra!
Fancy miró a su alrededor, confundida. Vio la furia en la expresión de la prima donna, y entonces el director subió al escenario.
-Canta alguna otra cosa.
Ella asintió, y él hizo salir a los demás del escenario.
Fancy nunca se había sentido tan sola. Permaneció un largo rato en silencio, preguntándose qué podría cantar, y el público se calmó.
En algún lugar del teatro había un aristócrata que había matado a su madre de tristeza. Le importaba mucho clavar un puñal simbólico en su corazón, y aprovechó la ocasión para hacerle saber el daño que le había ocasionado.
-Cuando era pequeña, siempre le rogaba a mi padre que me llevara de paseo en su carruaje -comentó Fancy al público silencioso-. Papá decía que debíamos esperar un día de sol. Cuando crecí, advertí que papá solo nos visitaba los días de lluvia -oyó que el público se reía-. Nunca di ese paseo en carruaje, pero compuse una balada sobre una tierra mágica más allá del horizonte donde la lluvia está prohibida desde el alba hasta el atardecer.
La muchacha comenzó a cantar acapella, acerca de ese mágico lugar. Sus palabras agridulces transportaron al público más allá del tiempo y del espacio, cada uno a su su propia niñez. Sus versos les recordaban sueños olvidados por largo tiempo y desencantos que desgarraban el corazón.
Cuando las últimas palabras se apagaron en sus labios, Fancy salió del escenario ignorando los aplausos frenéticos. Las lágrimas le estropeaban el maquillaje.
-¡Qué conmovedor!
La voz burlona pertenecía a Patrice Tanner.
-¿En realidad crees posible que un aristócrata presente en sociedad a su bastarda?
Ignoró a la prima donna. Cerró la puerta de su camerino y se apoyó contra ella, necesitaba unos minutos de intimidad luego de haber desnudado su alma ante todas esas personas extrañas.
¿Qué habría pensado su padre de la canción? Ella esperaba...
¿Qué esperaba? ¿Su padre le pediría perdón por haberlas abandonado? ¿El remordimiento le devolvería la vida a su madre? Un hombre que hacía quince años que no veía no debía sentir nada por ella o por sus hermanas.
Y ese maldito príncipe quería encontrarse con ella. Acostarse con ella, con seguridad.¿Cuantas bofetadas soportaría Su Alteza?
Préstale atención a tu cabeza, mi niña, pero sigue los dictados de tu corazón.
Su madre se había dejado llevar por su corazón y había pagado el precio: seis hijas.
Ni marido, ni amor, ni perspectivas.
Desde afuera del camerino llegaban los inconfundibles sonidos del alivio. Los actores y los tramoyistas hablaban y reían mientras cumplían con el rito de cerrar su negocio por la noche. De este lado de la puerta, el aroma a canela se mezclaba con el perfume de los cosméticos y el olor a humedad de los viejos pisos de madera.
Fancy solo sabía que podía percibir el aroma de la canela. De las siete hermanas Flambeau, era la única físicamente sensible a lo invisible. Ella veía, olía, escuchaba y sentía lo que los demás no podían.De todos modos, era cauta. No deseaba que la encerraran en Bedlam, el hospital para enfermos mentales.
Sus hermanas también poseían talentos particulares, que a menudo admiraba más que los suyos.
Se alejó de la puerta. El tiempo pasaba, y no quería que el príncipe la encontrara semidesnuda.
La ansiedad la urgía a apresurarse. Se limpió el rostro, dejando su piel enrojecida.
Se quitó su ropa de muchacho y se puso su sencillo vestido violeta que combinaba con sus ojos. Tomó el chal negro en el mismo momento en que alguien golpeaba a su puerta.
Debía rechazar al príncipe sin herir su orgullo, si no,se arriesgaba a perder su trabajo. ¿Cómo lograría realizar lo imposible?
Los hombres eran criaturas orgullosas y estúpidas a un grado increíble. Cuanto más abultada la billetera, mayor el orgullo y más huecas sus cabezas.
Otro golpe en la puerta.
Los latidos de su corazón se aceleraron. El único hombre al que conocía era Alexander Blake. ¿Qué demonios podría decirle al príncipe?
-¿Fancy? -la llamó el director de la ópera.
Respiró hondo para darse ánimos.
-Puede entrar, Su Alteza.
Se abrió la puerta. El director Bishop se hizo a un lado.
La tentación entró en el camerino en la forma de un aristócrata ruso.
La imponente presencia del príncipe Stepan Kazanov llenaba el diminuto camerino. Era alto, buen mozo y moreno, la clase de hombre que las mujeres encuentran interesante. Hombros anchos, caderas estrechas, y fuertes músculos que hacían lucir su traje de etiqueta.
Su aspecto atractivo sorprendió a Fancy, encendiendo una llama en el fondo de su pecho. El cabello azabache enmarcaba el rostro anguloso del príncipe y la muchacha pudo percibir la oscura intensidad que ardía en sus ojos negros. Todo en él era perfecto: las pestañas pecaminosamente largas, la nariz recta, su boca sensual.
De repente, una expresión divertida resplandeció en el semblante masculino. Su sonrisa infantil evidenció que no se tomaba la situación muy seriamente.
Oh. Fancy comprendió que estaba en problemas. Debía rechazar a este aristócrata endemoniadamente atractivo. Hubiera preferido que el príncipe fuera un trabajador ordinario así no se veía obligada a echarlo.
Como solo la había visto a la distancia, Stepan también se sorprendió al conocer a Fancy. Sus ojos violetas estaban rodeados por largas pestañas negras, tenía labios carnosos y un rostro en forma de corazón que le daba un aire de seductora vulnerabilidad.
Oh. Stepan comprendió que estaba en problemas. Su inocente belleza pedía a gritos compromiso. Todos sus instintos le indicaban que cerrara la puerta y huyera, pero algo más fuerte lo retuvo.
Stepan ingresó al camerino. Fancy se refugió detrás de la mesa.
-No muerdo, señorita Flambeau.
La muchacha le sonrió temblorosa y tímidamente.
-Su Alteza -dijo el director Bishop-, permítame presentarle a la señorita Fancy Flambeau.
El príncipe tomó una de sus manos y se inclinó con suma cortesía, sorprendiéndola.
-Bonsoir, mademoiselle Fancy. Enchanté.
Ella retiró sus manos.
-Hábleme en mi idioma y puede llamarme señorita Flambeau.
El príncipe Stepan alzó sus cejas. El director Bishop tosió.
-Puede retirarse, Bishop —le ordenó Stepan al director, mirándolo por encima de su hombro—. La señorita Flambeau no me maltratará como para que me vea obligado a retirarle mi apoyo financiero -volvió a mirarla-. Encuentro su exagerada formalidad dulce y refrescante.
-Deje la puerta abierta al salir -ordenó Fancy, haciendo sonreír al príncipe-. No es mi intención insultarlo, Su Alteza.
-Llámame Stepan.
Fancy pensó rechazar la familiaridad, pero luego asintió.
-Como quieras, Stepan.
-Tu voz hiere mi corazón -se acercó a ella, lentamente- Tus ojos son maravillosas violetas persas, tu belleza me quita el aliento...
-¿Te quita el aliento?-lo interrumpió, desconfiada- Vete ahora, y recupera tu aliento antes de que mueras —le indicó con sarcasmo.
Stepan volvió a ofrecerle su sonrisa infantil.
-Una mujer ingeniosa es como una rosa con delicados pétalos para ir deshojando.
-Tienes demasiado tiempo libre -dijo Fancy-. En lugar de perder el tiempo haciendo cumplidos exagerados, acepta la responsabilidad de ser un príncipe y ocúpate de algo noble.
El príncipe aceptó con una sonrisa el insulto. Parecía un niño a quien habían descubierto haciendo una travesura.
Fancy sintió que su sonrisa le oprimía el corazón. Su mente le exigía que se liberara de él, pero sus labios se rehusaban a obedecerla. ¿Se habría sentido así su madre cuando se encontró con su padre? Cielos, esperaba que no.
-Tu agudo ingenio no me hará daño -respondió Stepan-. Aprendí a resistir el sufrimiento después de años de soportar a mis hermanos burlándose de mí.
Fancy nunca hubiera pensado que los príncipes se burlaban entre ellos, como simples mortales. Le sonrió con una coquetería inconsciente.
-Oh, maldición.
-Deberías usar tu encantadora sonrisa más a menudo, y tus ojos sí me recuerdan las violetas persas -remarcó el príncipe.
-Gracias.
-Me gustaría celebrar tu éxito con una cena.
-Mis hermanas me están esperando afuera -le dijo Fancy, rechazando la invitación.
-¿Tienes un coche propio?
-No, tengo mis propias piernas.
La miró sorprendido.
-Tú y tus hermanas no pueden regresar a casa a pie a esta hora. Las acompañaremos hasta tu casa y luego iremos a cenar.
-No quiero ir a cenar contigo —rechazó la invitación. Aparentemente, el príncipe no podía entender que una mujer lo rechazase.
-Acepté conocerte para no perder mi trabajo -confesó Fancy-. De otro modo, no hubiera hablado contigo.
-¿Te disgustan los extranjeros?
-Mi madre era francesa.
-¿Te disgustan los rusos?
-No.
-¿Te disgusto yo?
-No me disgustas tú personalmente -intentó explicar Fancy-, pero tú eres un... aristócrata.
- Parece que te estuvieras refiriendo a un leproso- Stepan alzó una de sus negras cejas-. Antes de esta noche, nunca me había sentido inferior a causa de mis riquezas y de mi título.
-Me honra agregar algo nuevo a tu vida -quería que se marchara antes de cambiar de idea.
Él bajó su voz y dijo en un tono seductor:
-Conozco formas más agradables de agregar algo nuevo a mi vida.
Su observación la escandalizó y se irguió al escuchar la sugerencia insultante.
-Debería haber previsto esta falta de respeto de un aristócrata.
-“Aristócrata” no es el nombre de una enfermedad mortal.
Fancy levantó el mentón, y lo miró con frialdad.
-Tengo experiencia con la aristocracia.
-Te refieres a tu padre -Stepan se inclinó su cabeza en un gesto de comprensión-. Al igual que el resto de los mortales, los aristócratas no son todos iguales. Por favor, reconsidera mi invitación a cenar para mañana a la noche. Tenemos más cosas en común de lo que tú crees.
-Lo dudo.
-Vamos -el príncipe Stepan le tendió la mano como si estuviera invitándola a bailar.
Fancy quiso tomar su mano, pero la desconfianza fue más fuerte. No permitiría que ningún hombre le hiciera lo que su padre le había hecho a su madre.
-Te acompañaré a ti y a tus hermanas hasta tu casa -Stepan la tomó de la mano-. Me preocuparé de tu seguridad aunque yo te desagrade.
Su gentileza la hizo sentirse la criatura más mezquina de Londres. El príncipe parecía un hombre decente y ella estaba hiriendo sus sentimientos.
-Cenaré contigo mañana a la noche -cedió por fin-, pero me rehúso a convertirme en tu amante.
Una expresión divertida destelló en el fondo de sus ojos negros.
-No te pedí que fueras mi amante.
La joven se ruborizó, cohibida por su suposición. Ella era el resultado de una unión ilícita entre un duque y una cantante de ópera. ¿Qué otro motivo podía haber para que él deseara su compañía?
-Confía en mí -el príncipe llevó su mano hasta sus labios-. Nunca seduciría a una muchacha inocente- se dirigió hacia la puerta-. ¿Vamos?
Posó su mano en la de él, mientras caminaban en silencio por el teatro desierto hasta el vestíbulo. Su mente estaba en blanco, sin poder hallar un solo tema de conversación. Demonios, la cena del día siguiente prometía ser un evento silencioso.
Salieron del teatro a la Bow Street, que debería haber estado desierta. En cambio, había coches en fila a ambos lados de la calle.
Fancy lo miró, confusa, y le apretó la mano.
-¿Qué sucede?