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Extracto de la novela
La cogió por los brazos y la atrajo al lecho para que yaciera con él, los desnudos y doloridos senos apretados contra su pecho.
Vanessa se quedó rígida ante aquel íntimo contacto.
—Descansa un momento conmigo —la incitó—. Deseo sentirte en mis brazos.
Ella, obediente, se quedó inmóvil, con todo el cuerpo vibrante de deseo y conmoción ante el rudo y desnudo calor que de él emanaba. Sus manos le acariciaban la espalda mientras la sostenía ligeramente, como si esperara a que se desvaneciera su rígida tensión.
Lo que por fin sucedió. Al cabo de un rato, ella sintió que sus rígidos músculos se relajaban, que se debilitaban. Damien, sin apresurarse, la atrajo más hacia sí para que yaciera totalmente contra él, y que su ágil y masculina forma imprimiera su virilidad en ella. Vanessa podía sentir su miembro latiendo contra su vientre, sus labios moviéndose entre sus cabellos. La invadió una hipnótica languidez mientras un lento calor crecía inexorable entre ellos.
—¿Quieres que me detenga? —le preguntó Damien con un ronco susurro.
Ella suspiró profundamente.
—No... no te detengas.
Le cogió la mandíbula y volvió su rostro hacia él. Comprendió que se proponía besarla. Sintió el delicioso impulso de su cálida respiración entre los labios separados y luego la tierna caricia de su boca mientras la obligaba a abrirlos.
La besó muy despacio, con sumo cuidado, con un persistente e íntimo conocimiento de su boca. Un vibrante estremecimiento se extendió por su cuerpo mientras la lengua de Damien hurgaba en el interior aspirando profundamente. Los últimos vestigios de su resistencia disminuyeron ante aquel beso incendiario.
Al cabo de un momento, él deslizó más abajo su ardiente boca. Sus labios le rozaron la garganta mientras con la mano le acariciaba ligeramente el cuerpo. Su respiración se agudizó dolorosamente en cuanto él encontró la creciente turgencia de sus senos. Donde la tocaban sus dedos, la piel parecía arder. En su interior crecían sensaciones de anhelo y deseo mientras su pecho anidaba en la mano de Damien. Con infinito cuidado, él intercambió sus posiciones obligándola a acostarse de espaldas, y se inclinó sobre ella. Vanessa comenzó a ponerse tensa, pero entonces el abrasador aliento de Damien rozó su pezón y su propia respiración se convirtió en cálido líquido en los pulmones.
Damien trazó un halo de besos bordeando la areola, y finalmente el rosado centro. Al instante todos los fuegos que él había provocado en ella con anterioridad se encendieron de nuevo, al rojo vivo y de manera apremiante. Y Vanessa sintió la descarada y primaria necesidad que había experimentado en el invernadero, entre las rosas.
Él deslizó lentamente la lengua sobre una suave cumbre despertando un débil temblor en sus extremidades, un febril anhelo. De nuevo rozó con su lengua la carne henchida saboreándola, deslizándose por la distendida superficie de su pecho, encendiendo sus sentidos. Cuando con exquisita presión cerró la boca en torno al duro capullo, Vanessa se arqueó deseando su boca.
Damien chupó suavemente, como si la sorbiera, y sus atenciones eróticas le arrancaron un gemido de placer. Él siguió lamiendo el duro y dolorido pico mientras su inquieta mano se desplazaba hacia abajo, por su cuerpo, con deliberada lentitud, acariciándole la piel desnuda con suaves toques.
Sentía que el cuerpo se le derretía, pero aún no estaba preparada cuando él le deslizó la mano entre los estremecidos muslos para reclamar su femenina suavidad. Vanessa se puso entonces rígida, presionándole los hombros con las manos en señal de protesta.
Damien se incorporó sobre ella y la miró atentamente a los ojos.
—Confía en mí, Vanessa. Juntos podemos llegar donde nacen las estrellas.
—Yo no sé si...
—Silencio, ángel. —Su boca se sumergió en la de ella—. ¿No puedes reconocer el deseo cuando lo sientes?
De nuevo le separó lentamente los muslos introduciendo los dedos en los negros rizos del portal de su feminidad. Vanessa cerró con fuerza los ojos, pero le dejó proseguir sin protestar cuando él comenzó a acariciar la suave hendidura femenina, húmeda y ardiente. Sofocó un grito en el instante en que él descubrió el delicado capullo allí oculto.
Sensual y expertamente la acarició con el pulgar, destruyendo por completo todo pensamiento de negación: el lánguido y tentador ritmo despertaba un despiadado y salvaje placer en ella. Se sentía encendida, febril, palpitante. Sus muslos se abrieron mientras él separaba la sensible piel de sus labios interiores.
La invadió el temor cuando él deslizó profundamente un dedo en su carne estremecida, encontrándola tersa y húmeda.
—Mira, tu miel fluye para mí —susurró con satisfacción, observando su sonrojado rostro.
Ella movió la cabeza incómoda en la almohada, mientras se entregaba a la magia de sus maravillosas y acariciantes manos. Los dedos eran ahora más audaces, la exploraban con toques resbaladizos y ardorosos, descubriendo sus íntimos secretos, la generosa sensualidad en los pliegues de carne entregada; las lentas arremetidas eran una dulce y deliciosa tortura.
Vanessa se retorcía, arqueándose contra su mano, buscando aliviar el dolor ardiente y latente que sentía entre los muslos. Pensó que podía desmayarse, pero no por temor. El temor no formaba ya parte de los tumultuosos sentimientos que la invadían.
—¿Estás preparada para mí, dulce ángel? —dijo Damien con voz áspera—. Yo creo que sí...
Una furiosa decepción la asaltó al ver que, de repente, cesaba la magia; pero él sólo estaba ungiendo su enorme miembro con la tersa humedad que desprendía su cuerpo. Luego se colocó encima de ella instalándose en el cuenco de sus muslos.
Ella sintió su peso, la presión de sus poderosos muslos contra su piel desnuda, la controlada exploración de su consistencia. Vanessa, que temblaba indefensa, lo miró acosada por un profundo y primitivo temor combinado con la excitación que la recorría.
Ambos cerraron los ojos al introducir él la sedosa cabeza de su miembro en su carne palpitante.
Se quedó rígida y sofocó un grito cuando el ardiente tizón se sumergió en su delicada suavidad, su cuerpo recién sensibilizado ardía de pánico y deseo. Su temor creció espontáneamente; sin embargo, él se deslizó dentro de ella sin esfuerzo, como si el cuerpo de Vanessa hubiera sido creado expresamente para él, para aquel momento. Su tensión se alivió en cuanto él le envolvió el cuerpo con el suyo, confortándola y tranquilizándola.
—Las estrellas, ángel. ¿Quieres venir conmigo?
Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras lo miraba. La abrazaba con tal ternura y sus ojos eran tan dulces...
—Sí...
Se quedó muy quieta, deseando con desesperación que él siguiera dentro de ella, ansiaba sentir profundamente en su interior toda su plenitud. La boca de Damien buscó de nuevo la suya excitándola con cariño.
—Deseo llegar más adentro —susurró contra sus labios mientras se hundía más profundamente—. Tan adentro que no pueda respirar sin que seas parte de mí.
Su ronca y sedosa voz la acariciaba al tiempo que despertaba una vibrante necesidad que crecía e iba en aumento. Murmuraba palabras sensuales, incitadoras, contra sus labios mientras su cuerpo comenzaba a moverse contra el de ella.
Vanessa se estremeció. Él era un fuego sombrío que encendía sus sentidos. Era crudo tormento y punzante placer. La trémula desesperación se intensificó en ella haciéndola retorcerse y arquearse. Lo envolvió con las piernas mientras pugnaba por acercarse más y las sombrías oleadas de placer se renovaban incansablemente.
—Damien... —Su nombre fue como un ruego en sus labios. Le clavó las uñas en la espalda. El gemido implorante que brotó de su garganta se convirtió en grito que él apagó con su beso. Ella ya no era consciente de lo que la rodeaba, sólo de Damien, de su negro cabello y ojos plateados, del intenso impulso de su cuerpo, de su boca febril y de sus posesivas acometidas. Él era su mundo, el centro de la vertiginosa locura que la mantenía bajo su turbulento control.
Al hambriento saqueo de su boca siguió el apremiante movimiento de sus caderas, mientras su dureza la penetraba y su voz áspera y sensual la instaba a seguir adelante, a sumirse en un páramo encendido.
—¡Sí, arde para mí!
Vanessa advirtió vagamente que ella estaba sollozando. Él se movía más rápido, más hondo, llenándola hasta estallar, con la respiración densa y pesada. Brillantes llamaradas se encendían en la oscuridad de su mente, y gritó con un fuerte sonido de intenso placer. Sentía como si se estuviera muriendo en los brazos de Damien.
Comenzó a retorcerse debajo de él con descuidado abandono. Le entregó su cuerpo, abrumada por el ciego deseo que la agitaba, la arrebataba, la devoraba. Él captó con su boca su grito de pasión mientras ella estallaba en torno a su miembro. Sin darle ningún respiro, la asió por las nalgas levantándola para poder penetrar aún más profundamente en ella.
Con el rostro retorcido de dolor y placer Damien se derramó en su interior. Después, cuando Damien se acostó a su lado, agitado por los postreros estremecimientos, Vanessa aún siguió aferrada a él largo rato. Damien sostuvo su cuerpo desmadejado y tembloroso, meciéndola en sus brazos con la respiración agitada y desigual.
Advirtió alarmado que ella estaba llorando.
—¡Ángel! —exclamó.
Lleno de preocupación, volvió el rostro de la mujer hacia el suyo para escudriñar sus resplandecientes ojos.
—¿Te he hecho daño?
Ella asintió con la cabeza tragando saliva.
—Sí, un daño placentero —repuso con voz ronca, haciéndose eco de su anterior respuesta.
Al advertir la trémula sonrisa de Vanessa se esfumó su preocupación. Sus lágrimas eran de alegría, de asombro. Había saboreado el calor y la pasión de los que él la creía capaz, lo que la había conmocionado. Eso era todo.
Se sintió henchido de ternura mientras la estrechaba levemente. Deseaba secarle aquellas lágrimas a besos.
—Tu cuerpo ha despertado al deseo por vez primera.
Ante su sorpresa, ella tendió la mano y, vacilante, le tocó los labios con las puntas de los dedos.
—Nunca me había dado cuenta de que las estrellas fueran tan maravillosas.
Una sonrisa iluminó los ojos de Damien. En su deplorable inocencia ella no había sabido que el acto amoroso pudiera ser tan poderoso, tan conmovedor. Y para ser sincero, tampoco él. La agotadora intensidad de su clímax lo había asustado. Por muy hastiado que estuviera de los placeres de la carne, la pasión con ella había parecido algo refrescante y nuevo.
Y sabía que una sola vez con ella no bastaría.
Una fresca brisa nocturna flotó sobre ellos enfriando su carne caliente. Al sentir que se estremecía, Damien tiró de la sábana tapándolos a ambos y luego atrajo hacia sí a Vanessa. Con el cuerpo débil y saciado, ella hundió el rostro en su hombro en un gesto inconscientemente sensual.
Damien sintió una nueva agitación de deseo y una peligrosa ternura. Mientras Vanessa yacía lánguida en sus brazos, él jugueteó con un rizo de su satinado cabello, sumidos sus pensamientos en una extraña fusión de emociones.
Su plan de satisfacer un fugaz apetito de ella había madurado en algo más consistente. Lo que había comenzado como una seducción carnal se había convertido en un tierno cortejo... Un cortejo que estaba decidido a proseguir.
El despertar sexual de Vanessa sería como criar una flor de invernadero, pero antes de que ella le dejase la haría florecer plenamente como mujer. Presionó los labios contra sus bruñidos cabellos mientras hacía la solemne promesa.
Vanessa suspiró ante su suave contacto. Se sentía acariciada, protegida, mientras se quedaba dormida en sus brazos. Sus sueños fueron una maraña de imágenes eróticas y anhelo sensual, imágenes de Damien, su fornido cuerpo masculino moviéndose contra su suavidad, incendiándola, conduciéndola cada vez más arriba, hasta que ella se desmoronaba...
Despertó al sentir su vibrante calor a su lado. Por un momento permaneció inmóvil, saboreando la sensación, reviviendo el encanto de su acto amoroso.
Él había ganado; Damien había conseguido convencerla de que compartiese su lecho. Pero ella no podía lamentar su victoria. Sólo podía experimentar una sensación de asombro ante el éxtasis a que la había conducido. Sólo un profundo alivio al comprobar que ella no era la mujer fría e insensible que siempre se había condenado a ser. Eso y una ferviente gratitud hacia el hombre que la había conducido a tal revelación. Damien le había mostrado una parte apasionada de sí misma que nunca había sabido que existiera.
Tras sus desgraciadas experiencias en el lecho conyugal tal vez era inevitable que sucumbiera gustosa a su experta seducción. Ella nunca había sido cortejada tan ardientemente por un hombre, ni tratada con tanta ternura. Pero no había esperado poseer aquel salvaje apetito, aquel ferviente y dulce fuego. Extrañamente, no sentía vergüenza por su desenfreno, pero tal vez en sí mismo sí fuera vergonzoso.
Cerró los ojos y trató de experimentar un adecuado sentimiento de contrición, mas no lo consiguió. Lo único que podía recordar era la magia de su hechizo, las enérgicas acometidas de su cuerpo y sus propias exclamaciones de éxtasis mientras la conducía a su plenitud.
Dolorida por el recuerdo se sentó en el lecho cubriéndose los senos con la sábana. Casi al momento sintió que Damien le rozaba la espalda con los dedos. Él no debía de haberse dormido.
Se estremeció ante su contacto increíblemente suave.
—Debería irme —murmuró insegura.
—¿Por qué? —preguntó él con voz queda y seductora—. Tenemos toda la noche por delante.
Ella se volvió a mirar su rostro enloquecedoramente hermoso a la plateada luz de la luna. Él le había prometido mostrarle los misterios del placer y, que los cielos la ayudasen, deseaba que lo hiciera. La mujer que había en ella, que nunca había conocido una verdadera pasión, ansiaba ahora obtenerla con aquel hombre.
Y, sin embargo, tenía miedo. Temía que pudiera conducirla a un dolor más grande que el físico del acto carnal de apareamiento que en otro tiempo vivió.
Él debió advertir su vacilación porque le cogió la barbilla con la palma de la mano en un gesto íntimo e infinitamente protector.
—¡Quédate conmigo...!
Le acarició la mejilla y luego deslizó la mano por la esbelta columna de su garganta. Vanessa echó atrás la cabeza apreciando la sensualidad de su contacto. La caricia siguió más abajo hasta descansar posesivamente en la curva de su seno, y ella sintió brincar su corazón contra la palma de la mano del hombre. Se preguntó cómo podía despertar un tan profundo apetito en ella tan de prisa; tan fiera y tierna emoción.
No protestó cuando él enredó las manos en su cabello y la hizo tenderse a su lado. Vanessa se apretó voluntariamente contra su cuerpo, contra su miembro que estaba rígido y pleno...
Tuvo un sobresalto y lo miró desconcertada.
Él enarcó las cejas.
—¿Qué sucede de malo, cariño? ¿He vuelto a asustarte?
—Supongo que sólo estoy... asombrada. Roger nunca había podido...
Se interrumpió avergonzada, eludiendo sus ojos.
—¿Poder qué?
—Volver a... excitarse. Una vez satisfecho su deseo, me dejaba sola. Yo solía rogar que... acabara pronto.
Damien la abrazó con dulce mirada y le susurró una promesa al oído.
—Me propongo hacerte olvidar que alguna vez existió —le dijo—. Desterraremos todos tus malos recuerdos. A partir de esta noche comenzaremos de nuevo.
La oyó suspirar. Ella yacía junto a él confiada, con la mejilla apretada contra su corazón, sus cabellos extendidos como una cortina de seda sobre la piel de Damien. Le acarició suavemente la espalda.
—Algunos hombres pueden durar más que otros y ser estimulados más de prisa —le explicó—. Cuando un hombre desea a una mujer tanto como yo a ti, su excitación nunca se ve totalmente saciada.
—¿Tú... me deseas? —La pregunta había sido formulada en serio, sin afectación.
Él seguía pasándole los dedos por la espalda, desatando oleadas de estremecimientos en su cuerpo.
—Inmensamente —contestó Damien con absoluta sinceridad—. ¿Qué hombre viril no te encontraría irresistible?
La asió por los antebrazos e hizo que levantara la cabeza para mirarlo.
—Desde el momento en que te vi por vez primera en aquel antro de juego te deseé.
Ella le devolvió una solemne mirada; en sus ojos se reflejaba la luz de la luna.
—Nunca lo hubiera imaginado. Pensé que deseabas enviarme al infierno.
—Eso fue antes de probar tu dulce boca... —La besó con ternura y los labios de Vanessa temblaron contra los suyos—. Podría hacerte el amor durante horas, no tengo duda alguna.
Ella vaciló.
—¿Horas?
En su tono había tanta sorpresa como escepticismo. El hombre sonrió divertido.
—Me temo que mi reputación como amante acaba de ser injustamente mancillada.
Ella se esforzó por reprimir una sonrisa.
—¿Injustamente? Entonces sospecho que no eres un observador particularmente objetivo.
—¿Necesitas pruebas, milady?
—¿Te enojarías mucho si te dijera que sí? —preguntó ella con una combinación de audacia y timidez que resultaba encantadora.
La risa de Damien estaba impregnada de una dulce ternura.
—Realmente magnífico. Muy bien, amor, ante tu insistencia pondremos a prueba mi resistencia.
Ella no pudo encontrar aliento para responderle porque ya la estaba besando con la febril suavidad de un amante. Un chispazo se encendió y resplandeció entre ellos mientras él le pasaba las manos por el cuerpo y susurraba contra sus labios:
—Déjame mostrarte de cuántos modos puedo complacerte, dulce sirena...