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Capítulo uno
Londres, junio de 1818
Querido primo Michael:
Siento comunicaros que durante las próximas semanas tendré que ausentarme de la escuela ya que estaré en Londres, encargándome de lady Amelia mientras su padre y su madrastra se hallan fuera de la ciudad. Os agradeceré que no dejéis de enviarme vuestras misivas. Necesitaré vuestros sabios consejos, puesto que lady Amelia es una muchacha extremamente avispada (me atrevería a decir que casi tanto como yo), capaz de organizar un lío antes de que culmine la temporada de fiestas.
Vuestra,
Charlotte
¿Quién iba a imaginar que las fiestas pudieran resultar tan tediosas?
Lady Amelia Plume no, desde luego. Cuando llegó a Londres por primera vez proveniente de la pequeña localidad costera de Torquay, cada encuentro social, cada baile, cada velada, había resultado una grata caja de sorpresas.
Pero de eso hacía ya dos años, antes de que se diera cuenta de que todas las recepciones eran iguales. Y el baile anual de primavera que organizaba la vizcondesa viuda de Kirkwood no era una excepción, a juzgar por el hervidero de gente que Amelia escudriñó mientras entraba en la sala de fiestas engalanada con rosas. La misma gente insípida de siempre: dandis afeminados, señoronas chismosas y jovencitas la mar de pánfilas. Ninguna dama aventurera con un mínimo de decoro se dignaría a quedarse.
Lamentablemente, le había prometido a lady Venetia Campbell, su amiga escocesa, que así lo haría. Por lo menos Venetia, a la que avistó a escasos metros, sabía cómo animar una velada tediosa.
—¡Gracias a Dios que has venido! —exclamó Venetia mientras se le acercaba—. Me estaba muriendo de aburrimiento. Aquí no hay nadie que valga la pena.
—¿Nadie? —inquirió Amelia, exagerando su decepción—. ¿Ningún embajador ni ningún explorador recién llegado del Pacífico? ¿Ni siquiera un cantante de ópera?
Venetia se echó a reír.
—Me refería a algún hombre interesante.
Para Venetia, eso significaba un hombre que rezumara inteligencia. No era que la jovencita no pudiera elegir al candidato que más le gustara, inteligente o no, entre el enjambre de hombres allí presentes; además de ser una heredera obscenamente rica, poseía la clase de belleza que volvía locos a los hombres, con sus trenzas negras y su piel sedosa y sus pechos más bien… más bien voluminosos.
Al lado de Venetia, Amelia era abominablemente normal: de regular estatura, y con una piel y un tono nada destacables. Su figura normal y corriente jamás llegaría a inspirar rapsodias, y su melenita castaña no se decidía a ser ni rizada ni lisa.
Pero por lo menos tenía bastante volumen de pelo, y lo mantenía lustroso con una pomada y una loción de madreselva de su madrastra americana. Los ojos de Amelia no eran del color verde de sirena de Venetia, pero los hombres los describían como vivaces, y sus pechos normalmente conseguían atraer la atención.
En resumen, Amelia también poseía su cuota de encantos modestos… y de pretendientes modestos. Cierto, a la mayoría de los hombres sólo les interesaba su dote nada modesta y su destacada posición como hija del conde de Tovey. De todos modos, ella no albergaba intenciones de casarse con ninguno de ellos, ni con el marqués de Pomeroy, un general ya retirado que iba detrás de ella y de su fortuna, ni con el hijo de la anfitriona, el mismísimo vizconde Kirkwood, quien le había hecho proposiciones el año anterior.
Amelia aspiraba a una vida más aventurera; quería recorrer Turquía como lady Mary Wortley Montagu, o vivir en Siria como la legendaria lady Hester Stanhope.
—Bueno, la verdad es que sí que hay una persona aquí que ambas encontramos interesante; me refiero al primo americano de lord Kirkwood —manifestó Venetia al tiempo que hacía señas con la cabeza hacia un punto detrás de Amelia—. Parece ser que el comandante Lucas Winter está en Inglaterra por una misión con el Cuerpo de Marines de Estados Unidos.
Esperando encontrarse a un individuo curtido y con el pelo cano, Amelia siguió la mirada de Venetia. Entonces, lo miró fijamente. Por todos los santos, ¿cómo era posible que se le hubiera escapado semejante espécimen cuando había entrado?
El comandante Winter sobresalía en la abarrotada sala de baile como un halcón en medio de palomos, embutido en un elegante uniforme con casaca azul con ribete de galón de oro y un ancho fajín rojo que acentuaba su tersa cintura. Con sólo observar su figura, el corazón de Amelia empezó a latir más deprisa.
Y no era sólo el uniforme. Su pelo, sin ninguna cana, era del mismo color azabache que sus botas lustradas, y el tono dorado de su piel por el sol hacía que los otros caballeros parecieran positivamente anémicos a su lado. Todo en él evocaba días transcurridos en el mar, en medio de batallas en el Mediterráneo. ¡Cuántas aventuras debía de haber pasado!
—A eso le llamo yo un hombre —remarcó Venetia—. Los americanos saben crecer altos y con buen tipo, ¿no crees? Aunque para mi gusto, sus rasgos son un poco duros.
Cierto. La mandíbula de ese individuo era demasiado angular, y su nariz estrecha quedaba lejos de poder considerarse bonita. Además, seguro que cualquier caballero inglés criticaría esas cejas tan pobladas e indomables. Mas aunque su apariencia fuera otra, mientras ese hombre luciera esa mirada tan descarada y desafiante, continuaría pareciendo tosco.
Y fascinante.
—Aún no le ha pedido a ninguna chica que baile con él. —Un brillo de malicia apareció en los ojos de Venetia—. Pero te encantará esto: dicen que viaja con un verdadero arsenal. Si continúa insultando a nuestros soldados, a lo mejor tendrá que recurrir a su armería.
—¿Los ha insultado? —Maldición. Por haber llegado tarde, se lo había perdido todo.
—Le dijo a lord Pomeroy que los americanos ganaron el último conflicto con nosotros porque los oficiales ingleses muestran más interés en pasearse que en las pistolas.
Amelia soltó una carcajada. No le costaba nada imaginarse cómo se habría tomado el general ese comentario; especialmente viniendo de un hombre como el comandante, quien claramente veía Inglaterra como territorio enemigo, aún cuando la guerra había acabado tres años antes. Mientras el comandante Winter tomaba un sorbo de champán, se dedicó a sondear la sala de baile con un aire de desengañada frialdad, como si se tratara de un espía en una misión de reconocimiento.
—¿Está casado? —preguntó Amelia.
Venetia frunció el ceño.
—Ahora que lo pienso, nadie ha comentado nada al respecto.
—Espero que no lo esté. —Amelia lanzó otra mirada furtiva hacia él—. Debe de ser extraordinariamente valiente, para hacer frente a los viejos enemigos en su propio territorio.
—Y además debe de tener algo más que un palo de madera bajo la falda de cuadros —agregó Venetia, delatando su sangre escocesa.
Amelia la miró con recelo.
—Ya has vuelto a leer ese libro sobre los cuentos del harén, ¿verdad?
—Te aseguro que es francamente informativo. —Venetia bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. ¿Qué opinas? ¿Tendrá el comandante una «espada» digna de ser venerada con la boca?
—¡Santo cielo! Ni siquiera yo soy tan desvergonzada como para especular sobre la «espada» del comandante.
Venetia se echó a reír.
—Tu madrastra estará encantada de oír eso.
Amelia también se puso a reír.
—Ay, mi pobre Dolly; ya está lo suficientemente desesperada conmigo como para que encima le dé más disgustos. ¡Cómo odiaba que su difunto esposo la llevara de un lado a otro por el mundo entero! Por eso no comprende que yo esté tan dispuesta a lanzarme a la aventura ante la mínima oportunidad de viajar.
Desvió nuevamente la mirada hacia el comandante. Los marines americanos se habían hecho famosos por luchar contra los piratas de Berbería antaño, pero quizá él era demasiado joven para haber intervenido en esas gloriosas batallas. ¿Cómo se las ingeniaría Amelia para conseguir que se lo presentaran y poder averiguar esa clase de detalles?
Lord Kirkwood miró en dirección a Amelia y murmuró algo a su primo, quien siguió su mirada. Era la primera vez que el americano posaba la vista en esa dirección, por lo que ella le dirigió una sonrisa cortés.
Pero él no sonrió. Achicó los ojos y se limitó a contemplarla con una repentina intensidad depredadora, acto seguido bajó la vista con impudencia, recorriendo lentamente su vestido de seda china amarilla con volantes rojos. Luego sus ojos recorrieron el camino en sentido contrario hasta que nuevamente los fijó en su cara, y Amelia sintió cómo sus mejillas se sonrojaban hasta abrasarla.
¡Por todos los santos! ¡Qué desfachatez! Ningún caballero inglés osaría mirarla como si la estuviera contemplando desnuda. Qué intrigante… Un delicioso escalofrío le recorrió la espalda.
Entonces, el comandante lo echó todo a perder: la saludó con un enérgico golpe de cabeza, y a continuación volvió a centrar toda su atención en su primo.
—Vaya, vaya. ¿Qué se puede deducir de ese proceder?
—¿Y dónde está tu madrastra esta noche? —le preguntó Venetia.
—Ella y papá se marcharon a Torquay ayer —contestó Amelia con aire ausente. Ahora que Dolly estaba esperando su primer retoño, su padre había adoptado la determinación de mimarla en la campiña inglesa—. Casi me obligaron a ir con ellos; afortunadamente, la señora Harris aceptó venir a la ciudad para cuidar de mí mientras no requieran sus servicios en la escuela.
Amelia y Venetia se habían graduado hacía dos años en la Escuela de Señoritas que regentaba la señora Harris, quien seguía mostrando un enorme afecto por sus pupilas —y el sentimiento era recíproco—. Por eso las dos muchachas iban a la escuela una vez al mes para tomar el té y asistir a una de las sesiones para señoritas. Había otro aspecto destacable respecto a la señora Harris: siempre recibía una gran cantidad de información de su misterioso benefactor, el primo Michael.
—Aunque es cierto que adoro a la señora Harris, no me gustaría tenerla como institutriz —se sinceró Venetia—. Jamás te permitirá un encuentro en privado con ningún caballero.
—¿Con qué caballero piensa tener Amelia un encuentro en privado? —profirió una voz quejumbrosa a sus espaldas.
Amelia resopló con disgusto. Se trataba de lady Sarah Linley, otra antigua compañera de la escuela. Amelia había intentado ser gentil con ella, pero la pedantería y el esnobismo de Sarah la Pánfila le provocaba una aversión invencible.
—Hola, Sarah. —Amelia trató de esbozar una sonrisa cortés—. Precisamente, estábamos hablando de la falta de hombres que valgan la pena esta noche.
—¿Cómo que no? —exclamó Sarah—. Pues yo veo a unos cuantos; lord Kirkwood, por ejemplo.
—Del que he oído que tiene intención de casarse con alguna rica heredera —apostilló Venetia.
Sarah se puso a juguetear con uno de sus rizos dorados.
—Y yo soy una rica heredera, ¿no es así?
La hija del banquero también tenía unas facciones exquisitas, similares a las de una muñeca de porcelana. ¡Qué pena que no tuviera nada similar a un cerebro, dentro de esa bella cabecita!
—Lord Kirkwood jamás se mostraría interesado por ti —espetó Venetia, sin preocuparse por ocultar su desagrado por su antigua compañera de clase. Por culpa de las frecuentes menciones de Sarah sobre «esos asquerosos escoceses», las dos jóvenes siempre estaban a punto para pelearse.
—Ah, pero es que ya lo ha hecho —terció Sarah, con voz condescendiente. A continuación suspiró con un marcado dramatismo—. Lamentablemente, a mis padres no les parece bien. Papá llama a lord Kirkwood un «noble cantamañanas» y ansía que me case con un mercader de té que tiene mucho dinero. Sólo me han dejado asistir a esta fiesta porque sabían que el mercader también iba a venir. ¿Os lo podéis imaginar? ¡Yo! ¡Casada con un mercader de té, cuando podría ser lady Kirkwood!
—Estoy segura de que al vizconde se le partirá el corazón —soltó Venetia con sarcasmo.
—Oh, pero la historia no acaba aquí. —Sarah les lanzó una sonrisa llena de complicidad.
Amelia no deseaba alentarla, pero Venetia no soportaba la idea de que Sarah supiera algo que ella no sabía.
—¿De veras? —la animó Venetia.
Sarah se acercó más a ellas.
—Prometedme que no se lo contaréis a nadie.
Venetia intercambió una mirada fugaz con Amelia.
—Lo prometemos.
—La última vez que nos vimos, él me entregó una carta a escondidas, declarándome sus intenciones.
Amelia casi no podía ocultar su contrariedad. Había pensado que lord Kirkwood era un tipo inteligente, pero si realmente pretendía casarse con Sarah la Pánfila, entonces no le cabía duda de que ese hombre estaba totalmente loco… o más desesperado por el dinero de lo que aparentaba.
—Le he escrito una carta de respuesta. —Sarah adoptó un aire trágico—. Pero esta carta está destinada a permanecer en mi retículo para siempre. Mamá vigila el correo con recelo, y me ha amenazado con retirarme todas las joyas si bailo con lord Kirkwood. —Desvió la vista hacia el otro lado de la sala—. Pero es que además no hay manera de hablar con él por culpa de su abominable primo.
Las muchachas miraron hacia el comandante americano justo en el momento en el que éste intercambiaba unas palabras con otros dos convidados. De repente los ánimos se encendieron en el grupo, y lord Kirkwood tuvo que intervenir para aplacar a los caballeros.
Sarah suspiró.
—Cada vez que él intenta acercarse a mí, el rufián de su primo inicia una trifulca con alguien. Y yo tampoco puedo acercarme a él descaradamente para entregarle la nota. Alguien nos podría ver, y sé que papá me mataría.
—Pues dásela a un criado —soltó Venetia con un tono beligerante.
—¿Y si mamá se entera? ¿O y si el criado se lo cuenta a alguien? Mis papás probablemente me encerrarían en mi habitación o me aplicarían algún castigo igual de horrible.
—Podrías dejarla en algún sitio donde él no tenga problemas para encontrarla —sugirió Amelia—. Como en su estudio.
—Ahora mismo hay un puñado de hombres jugando a cartas en su estudio —explicó Sarah, con una mueca petulante.
—Pues deja la carta sobre su cama —propuso Amelia—, o mejor aún, bien visible, sobre la almohada. Ningún criado se atreverá a retirarla hasta que su señor la haya visto.
Sarah la contempló boquiabierta, y Venetia añadió, con un brillo malicioso en los ojos:
—Eso, Sarah, ¿por qué no subes a su habitación y dejas la carta en su cama?
—Sí, claro —farfulló Sarah de mala gana—. Vosotras lo único que queréis es que me meta en un lío para que así os podáis quedar con lord Kirkwood.
Amelia estuvo a punto de replicar que lord Kirkwood lo había intentado con ella antes de intentarlo con Sarah, pero no podía ser tan cruel.
—Sólo digo que la casa es pequeña, y que tienes la escalera de servicio, la que usan los criados —espetó Amelia tensamente—. Podrías subir sigilosamente y dejar la carta antes de que nadie repare en tu ausencia.
—Si es tan fácil, ¿por qué no lo haces tú? —la provocó Sarah—. Tú eres la que siempre sueña con aventuras.
Amelia se disponía a contestar, pero súbitamente se quedó pensativa. Era cierto, le encantaban las aventuras. Y subir con cautela, experimentar la fabulosa sensación de entrar sigilosamente en el cuarto de lord Kirkwood… ¿Por qué no? No pensaba hacerlo por Sarah, desde luego, sino sólo para averiguar si era capaz de salirse con la suya.
Tampoco parecía que fuera a suceder nada excitante esa noche. Además, probablemente la habitación del comandante se hallaba también en el piso superior. Podría entrar y echar un vistazo al arsenal que Venetia había mencionado.
—De acuerdo —repuso Amelia—. Dame la carta.
Sarah la miró sorprendida, pero Venetia no pudo reprimirse y objetó:
—No seas ridícula. No puedes entrar en el cuarto de un hombre.
—Es la mejor manera de asegurarnos de que leerá la carta de Sarah.
—Es la mejor manera de arruinar tu honra, si alguien te ve —espetó Venetia—. ¡Por el amor de Dios! ¿Y por qué no vas directamente hasta él y le entregas la carta delante de todos? Mira, como alguien te pesque, las habladurías harán añicos tu reputación.
—Si Amelia quiere ayudarme, ¿por qué no puede hacerlo? —protestó Sarah.
—Porque pueden pillarla, cabeza de chorlito.
—Si me pillan, me haré la despistada —explicó Amelia—. Pestañearé varias veces seguidas con cara de ingenua y simularé que me he perdido mientras buscaba el baño.
—No funcionará. No todos creerán que eres tan ingenua —la previno Venetia.
—Entonces procuraré que no me pillen. —Amelia se volvió hacia Sarah—. Dame la carta.
Sarah hundió la mano en su retículo, asió la carta y la depositó en la mano de Amelia.
Ignorando las continuas protestas de Venetia, Amelia se guardó el sobre en su retículo y luego se dirigió con paso ágil hacia el vestíbulo. Quizá no era exactamente la clase de aventura exótica con la que tanto soñaba, pero al menos era mejor que nada. Ahora sólo tenía que alcanzar la puerta que daba a las escaleras de servicio sin que nadie la viera…
Tuvo suerte. Las escaleras se hallaban cerca del baño, así que fue fácil elegir una puerta en lugar de la otra cuando nadie estaba pendiente. En el piso superior, la suerte no la abandonó: el ala de las habitaciones estaba despejada.
Pero ¿cuál de esas habitaciones era la de lord Kirkwood? Con todos los sentidos alerta por si se acercaba algún criado, se decidió a abrir las puertas en una rápida sucesión. La primera estancia olía a agua de rosas, así que dedujo que debía de ser la de la vizcondesa viuda; la segunda debía de ser la de la criada de la señora. Justo cuando Amelia iba a abrir la puerta que se hallaba al otro lado del pasillo, oyó voces provenientes de las escaleras. Con el pulso acelerado, se metió dentro de la habitación y cerró la puerta.
Mientras alguien pasaba por el pasillo, Amelia se dedicó a inspeccionar la habitación. Sin lugar a dudas se trataba del cuarto de un hombre. Un par de botas lustradas descansaban al pie de la cama, y del respaldo de una silla colgaba un cinturón que contenía una espada con una forma curiosa, enfundada. Lord Kirkwood debía de guardar su espada en un gabinete en el piso inferior, así que ésta debía de ser…
La habitación del comandante Winter.
Amelia se sintió invadida por una excitante sensación al saber que estaba haciendo algo prohibido. Ahora tendría la oportunidad de inspeccionar su arsenal. Y descubrir más cosas sobre ese individuo… dónde había estado, adónde iba…
Si estaba o no casado.
Con el pulso acelerado, se acercó a la jofaina que contenía los utensilios de afeitado y empezó a examinarlos. Como la mayoría de los militares, el comandante era un hombre escrupulosamente ordenado; las brochas de afeitar y el peine ofrecían un aspecto notablemente pulcro. Y lo mismo sucedía con la mesilla que hacía las veces de tocador, completamente ordenada. No vio abalorios, pero dentro de un cajón descubrió una curiosa daga con el mango de ébano.
Echó un rápido vistazo al armario; los trajes eran de buena calidad, si bien nada sofisticados; distinguió además unas botas y unos guantes de uso diario, y dos sombreros viejos de piel de castor. También halló más armas de su famoso arsenal: un estuche de pistola cerrado con llave, otra daga y… ¡Por todos los santos! ¡Un rifle! Mas ningún detalle que delatara si tenía esposa o no. Qué rabia.
Entonces se fijó en las cartas desparramadas encima del escritorio. Dudó unos instantes mientras se sentía invadida por una creciente excitación. ¿Sería capaz de hacerlo? A lo mejor eso sería ir demasiado lejos.
Oh, pero precisamente ése era el motivo por el que debía hacerlo. No podía existir una aventura que no conllevara ningún riesgo.
Se precipitó hacia el escritorio y echó un vistazo a los papeles que coronaban la pila. Una carta de la Infantería de Marina al cónsul americano le otorgaba al comandante Lucas Winter permiso para examinar los astilleros de Deptford. Interesante, aunque no era terriblemente informativa. Ojeó el resto. Más correspondencia aburrida; ninguna carta amorosa.
Entonces, llegó a la última hoja y vio que contenía una curiosa lista de nombres con comentarios garabateados al lado. Señora Dorothy Taylor, había anotado junto a una serie de direcciones de Francia, una fecha, y una escueta descripción. La entrada Señorita Dorothy Jackson, no iba acompañada de ninguna descripción, aparte de algunas direcciones de Francia y la mención de un hermano. Señora Dorothy Winthrop —por Dios, ese hombre parecía mostrar una obsesión por las mujeres que se llamaban Dorothy—, a su lado sólo había una fecha y una dirección, junto con una referencia de su esposo americano.
El último nombre estaba subrayado dos veces: Señora Dorothy Smith. A Amelia se le heló la sangre. Antes de que Dolly se casara con papá, su nombre era Dolly —Dorothy— Smith. Tragó saliva. No, eso no quería decir nada. Seguramente en Londres debían de haber cientos de mujeres llamadas Dorothy Smith.
Pero a medida que repasaba los comentarios escritos al lado de la entrada de la Señora Dorothy Smith, notó cómo se le oprimía el corazón:
270 Rue de la Sonne, París
¿Quizá con un compañero en Rouen en noviembre de 1815?
Salió de Calais en dirección a Plymouth sola en febrero de 1816.
Piel clara, ojos verdes, pelo rojizo, bajita.
Amelia continuó con la vista clavada en el trozo de papel. La descripción encajaba con Dolly. Y Dolly había estado tanto en París como en Rouen antes de llegar a Plymouth en 1816, cuando papá se había enamorado perdidamente de ella y se habían casado. «Quizá con un compañero»… ¡Claro que tenía un compañero! Su difunto esposo, un rico mercader.
Pero ¿se podía saber por qué el comandante Winter estaba interesado en Dolly? Claramente su nombre era lo que había despertado su interés, así que era probable que ni siquiera la conociera en persona.
Giró la hoja, y encontró otras anotaciones alarmantes:
¿Dorothy Frier alias Dorothy Smith?
Los años coinciden, cuando Frier huyó de Estados Unidos para evitar ser capturada.
¿Dolly? ¿Intentando escapar? Pero ¿de quién?, y ¿por qué? Amelia tuvo la desagradable impresión de que la palabra «alias» entrañaba connotaciones de persona malvada. Y el hecho de que el comandante Winter estuviera involucrado, ¿significaba que el gobierno de Estados Unidos también estaba metido en ese asunto?
Quizá la Dorothy que el comandante Winter perseguía había sido una espía británica. Pero la guerra había terminado hacía unos cuantos años, ¿a quién le importaban los espías, ahora? Además, de todos modos no podía tratarse de la recatada Dolly, quien se arredraba cuando la gente discutía, quien se desvivía por agradar a Amelia y a papá, quien se había mostrado tan orgullosa de casarse con papá y de permitirle que disfrutara por completo de su fortuna cuando podría haberse casado fácilmente con un rico…
Amelia sintió una desagradable punzada en el estómago. ¿Y si Dolly había conseguido su fortuna de una forma deshonesta?
Cuando el padre viudo de Amelia conoció a Dolly en Plymouth, los dos se enamoraron casi al instante. Dolly estaba tan apesadumbrada, tan deprimida, que el papá fortachón de Amelia sólo pensó en protegerla. ¿Y quién no? Dolly era de un talante genuinamente dulce.
Pero fue la fortuna de Dolly lo que realmente cambió sus vidas. Con el dinero de Dolly pagaron las cuotas de la exclusiva Escuela de Señoritas de la señora Harris. Dolly también puso su dinero a disposición de Amelia para que ésta contara con una sustanciosa dote y pudiera ir a Londres. Y el dinero de Dolly le había permitido a papá volver a impulsar el trabajo de las tierras de la familia, después de años de frugalidad.
Amelia rebuscó entre los papeles para hallar más información, pero no la encontró. ¿Y ahora qué? Dolly jamás había mencionado el apellido Frier, pero lo cierto era que tampoco le había contado prácticamente nada de su pasado. ¿Era posible que Dolly hubiera tenido otra clase de vida? A Dolly le gustaba jugar a cartas, ¿acaso había sido una jugadora empedernida? ¿O la esposa de un jugador, o de un tramposo?
No, eso era totalmente ridículo. Dolly jamás participaría en ningún plan perverso. Carecía del temperamento necesario. Por el amor de Dios, si ni siquiera era capaz de negarle a Amelia el más mínimo deseo, y se echaba a llorar desconsoladamente ante la muerte de un pececito de color. La idea de que Dolly hiciera algo malvado le parecía absurda. Que su vida reciente coincidiera con la de esa otra Dorothy Smith se debía meramente a una horrible serie de coincidencias.
Pero seguro que el comandante no opinaría del mismo modo. Debía de ser uno de esos investigadores faltos de escrúpulos. Era posible que ese tipo supiera algo sobre la vida de Dolly; eso explicaría por qué se había quedado observando a Amelia con tanto detenimiento en la sala de baile.
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que el comandante decidiera ir a Devon para hablar con papá? ¿O antes de que intentara arrastrar a Dolly de vuelta a América por algo de lo que seguramente ella era inocente?
Amelia tenía que prevenirla, pero ¿cómo? ¿Y sobre qué? No sabía qué era lo que el comandante buscaba; a lo mejor no era nada. Ni tan sólo estaba segura de si él había establecido un vínculo entre Dorothy Smith y Dolly. Y preocupar a Dolly ahora, con su delicado estado de salud, no le parecía conveniente. Además, ¿no sería más adecuado averiguar qué era lo que buscaba ese hombre primero?
Un ruido brusco la sacó de sus pensamientos. Era sólo un tronco en la chimenea, pero no obstante… tenía que escapar de esa habitación. De repente, la estancia había adoptado un aspecto distintivamente amenazador, con esa espada inquietante en primer plano y las armas ocultas y las notas ominosas que apuntaban hacia una posible traición. Si el comandante la pillaba allí, ninguna excusa le serviría para convencerlo.
Con sumo cuidado volvió a depositar los papeles tal y como los había encontrado, y acto seguido se precipitó hacia la puerta. Por suerte el pasillo estaba desierto. Todavía tenía que dejar la carta de Sarah, una tarea que ahora deseaba terminar lo antes posible.
Mientras se dirigía hacia la única habitación que le quedaba por entrar, sacó la carta de Sarah de su retículo. Entonces se enfrascó en forcejear con el bolsito para cerrarlo, por lo que no se dio cuenta de que alguien había subido las escaleras hasta que fue demasiado tarde.
—¿Se puede saber qué estáis haciendo aquí? —espetó una voz masculina desconocida con un acento distintivo.
Amelia dio un respingo del susto. Instintivamente se llevó la carta y el retículo a la espalda antes de levantar la cara con porte altivo. Frente a ella vio al único hombre que sabía que tenía que evitar.
El comandante Lucas Winter.