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Capítulo uno
La muerte la rodeaba. Se enfrentaba a diario con ella, soñaba con ella cada noche. Vivía con ella en todo momento. Conocía sus sonidos, sus olores, incluso sus texturas. La miraba a los ojos, oscuros e inteligentes, sin parpadear. La muerte era un enemigo astuto, y ella lo sabía. Un temblor, un parpadeo, y la muerte se escurría, cambiaba. Podía vencer.
Diez años como policía no habían conseguido endurecerla ante ella. Una década en el cuerpo no había logrado que la aceptara. Cuando miraba a la muerte a los ojos, lo hacía con la mirada fría de un guerrero.
Eve Dallas miraba a la muerte en esos momentos. A la muerte de uno de los suyos.
Frank Wojinski había sido un buen policía, un policía sólido. Algunas personas dirían que había sido un policía esforzado. Eve recordó que había sido un hombre afable. Un hombre que no se quejaba de los sucedáneos que pasaban por ser comida en el comedor del Departamento de Policía y Seguridad de Nueva York, y que tampoco se lamentaba del agotador papeleo que su trabajo generaba. Nunca protestó por tener sesenta y dos años y no haber pasado del rango de sargento detective.
Era un hombre regordete que había dejado que el pelo se le encaneciera de forma natural. En el año 2058 era extraño que un hombre no demostrara culto al cuerpo ni a los cosméticos. Ahora, dentro del ataúd transparente adornado con un ramo de azucenas, parecía un monje dormido de otros tiempos.
Había nacido en otro tiempo, pensó Eve. Había llegado al mundo al fin del milenio y había vivido su vida en el siguiente. Había vivido las Revueltas Urbanas, pero nunca había hablado de ellas, como era habitual entre los policías más antiguos. Frank no era de los que contaban historias de la guerra; era más probable que se dedicara a enseñar la última foto o el último holograma de sus hijos y de sus nietos.
Le gustaba contar chistes malos y hablar de deporte. Y tenía debilidad por las salchichas vegetales con pepinillos.
Un hombre de familia, pensó Eve. Un hombre que había dejado atrás un gran dolor. Eve no sabía de nadie que hubiera conocido a Frank Wojinski y que le hubiera apreciado.
Había muerto cuando todavía le quedaba la mitad de la vida por delante y lo había hecho solo. Su corazón, grande y fuerte, había dejado de latir.
—Maldita sea.
Eve se volvió y puso la mano en el brazo de un hombre que acababa de detenerse a su lado.
—Lo siento, Feeney.
Él meneó la cabeza. Los caídos ojos de camello estaban imbuidos de tristeza. Se pasó una mano por el cabello, grueso y pelirrojo.
—Habría sido más fácil si hubiera ocurrido durante el servicio. Me resulta más sencillo asumir la línea de trabajo. Pero irse así. Simplemente marcharse estando tumbado viendo un partido en televisión. No es justo, Dallas. Se supone que un hombre no deja de vivir a su edad.
—Lo sé. —Sin saber qué más hacer, Eve le pasó un brazo por los hombros y lo alejó del féretro.
—Él me entrenó. Se ocupó de mí cuando yo era un novato. Nunca me decepcionó. —El dolor se percibía en todo su cuerpo, le brillaba en los ojos, le temblaba en la voz—. Frank no decepcionó nunca a nadie en toda su vida.
—Lo sé —repitió Eve; no era posible decir otra cosa. Estaba acostumbrada a que Feeney se mostrara rudo y fuerte. La fragilidad que mostraba ante ese dolor la preocupó.
Eve le condujo a través de los asistentes al funeral. La sala estaba repleta de policías y de miembros de la familia del difunto. Allí donde había policías y muertos, había café. O lo que pasaba por ser café en un lugar como ése. Eve sirvió una taza y se la ofreció.
—No puedo aceptarlo, no puedo asumirlo. —Exhaló un suspiro largo y profundo. Era un hombre vigoroso y compacto que mostraba abiertamente el dolor, con la misma naturalidad con la que podía llevar un abrigo arrugado—. Todavía no he hablado con Sally. Mi esposa está con ella. Simplemente no he sido capaz.
—No pasa nada. Yo tampoco he hablado con ella todavía. —Eve no sabía qué hacer con las manos, así que se sirvió una taza de café que no tenía intención de beber—. Todo el mundo está conmocionado. No sabía que tuviera un problema de corazón.
—Nadie lo sabía —dijo Feeney en voz baja—. Nadie lo sabía.
Eve recorrió con la mirada la abigarrada sala sin apartar la mano del hombro de Feeney. Cuando un compañero moría en cumplimiento del deber, los policías podían enojarse, podían concentrarse en algo, fijar un blanco. Pero cuando la muerte se infiltraba, invitándole a uno con un gesto caprichoso del dedo índice, no era posible culpar a nadie. No había nadie a quien fuera posible castigar.
En la sala se percibía impotencia. Eve también la sentía. No era posible apuntar el arma contra el destino.
El maestro de ceremonia, muy elegante en el típico traje negro, estaba pálido como cualquiera de sus clientes y recorría la sala con expresión seria y dando golpecitos en la espalda a todo el mundo. Eve pensó que prefería presenciar cómo un muerto abría los ojos y le sonreía a escuchar las perogrulladas de ese hombre.
—¿Por qué no vamos juntos a hablar con la familia?
Resultaba difícil para él, pero Feeney asintió y dejó el café sin consumir a un lado.
—Le gustabas, Dallas. «Esa chica tiene pelotas de acero y una cabeza a la altura», me decía. Siempre afirmaba que, en caso de encontrarse en un apuro, tú serías la única de quien se fiaría para que le cubriera las espaldas.
Eso la sorprendió y la complació. Pero al mismo tiempo le aumentó la tristeza.
—No sabía que pensaba así de mí.
Feeney la miró. Eve tenía un rostro interesante, anguloso y de líneas firmes. No era un rostro que parara el corazón, pero era habitual que un hombre la mirara dos veces. Impactaba su mirada de policía, intensa y calculadora. Feeney se olvidaba a menudo de que tenían un color dorado oscuro, al igual que el pelo, siempre corto y con trasquilones. Era una mujer alta y esbelta, de cuerpo fuerte.
—Pues sí, eso pensaba de ti. Igual que yo.
Ella le miró con expresión de desconcierto y Feeney enderezó la espalda, habitualmente encorvada.
—Vamos a hablar con Sally y los chicos.
Se abrieron paso entre la multitud que llenaba la opresiva habitación de falsa madera oscura, recargada de cortinas rojas e inundada por los aromas de demasiadas flores atiborradas en tan poco espacio.
Eve se preguntaba por qué la presencia de un muerto siempre se acompañaba de flores y de cortinas rojas. ¿De qué antigua ceremonia provenía eso? ¿Por qué el género humano continuaba apegado a ello?
Estaba segura de que, cuando llegara su momento, no querría que la expusieran ante sus seres queridos ni ante sus socios en una sala atiborrada de gente en la cual el aroma de las flores tenía reminiscencias de podredumbre.
Entonces vio a Sally, acompañada por sus hijos y por los hijos de sus hijos, y se dio cuenta de que esos rituales eran para los vivos. Los muertos estaban más allá de esas preocupaciones.
—Ryan. —Sally alargó ambas manos, pequeñas, casi de hada, y le ofreció la mejilla. Se quedó así un momento, con los ojos cerrados y el rostro pálido, con la expresión encogida.
Era una mujer delgada y con el tono de voz dulce. Eve siempre la había calificado de delicada. Y a pesar de ello, era la esposa de un policía y había sobrevivido a la tensión de ese trabajo durante más de cuarenta años, lo cual significaba que debía de ser una mujer fuerte. Sobre el sencillo vestido negro lucía, colgado de una cadena, el anillo de veinticinco años en el Departamento de Policía de Nueva York que había pertenecido a su esposo.
«Otro ritual —pensó Eve—. Otro símbolo.»
—Me alegro mucho de que hayan venido —murmuró Sally.
—Le echaré de menos. Todos le echaremos de menos. —Feeney le dio unos torpes golpecitos en la espalda antes de apartarse. El dolor le hacía perder el habla: sentía que le atenazaba la garganta y que le enfriaba el estómago—. Ya sabes que si hay algo que…
—Lo sé. —Sonrió levemente mientras le apretaba con suavidad la mano. Se dirigió a Eve—: Le agradezco que haya venido, Dallas.
—Era un hombre bueno. Un policía sólido.
—Sí, lo era. —Ante esa muestra de admiración, Sally sonrió—. Estaba orgulloso de ofrecer sus servicios y su protección. El comandante Whitney y su esposa se encuentran aquí, igual que el jefe Tibble. Y tantos otros. —Recorrió la sala con ojos inexpresivos—. Tantos. Era importante. Frank era importante.
—Por supuesto que lo era, Sally. —Feeney, de pie, se mostraba incómodo—. Usted, bueno, ya conoce la Fundación para el Superviviente.
Ella sonrió de nuevo y le dio unos golpecitos en la mano.
—Estamos bien aquí. No se preocupe, Dallas. Creo que no conoce a mi familia. Teniente Dallas, mi hija Brenda.
«Bajita, de formas redondas —constató Eve mientras le daba la mano—. Pelo y ojos oscuros, mandíbula contundente. De su padre.»
—Mi hijo Curtis.
Delgado, de huesos finos. Los ojos secos pero llenos de dolor.
—Mis nietos.
Había cinco. El más joven era un niño de unos ocho años con una nariz chata cubierta de pecas. Miró a Eve con expresión calculadora.
—¿Cómo es que lleva el arma?
Desconcertada, Eve se la cubrió con la chaqueta.
—Vine directamente desde la Central de Policía. No tuve tiempo de ir a casa para cambiarme de ropa.
—Pete. —Curtis dirigió a Eve una mirada pidiendo disculpas—. No molestes a la teniente.
—Si la gente se concentrara más en sus poderes personales y espirituales, las armas no serían necesarias. Soy Alice.
Una rubia delgada vestida de negro dio un paso hacia delante. Habría resultado impactante en cualquier caso, pero el hecho de que proviniera de una familia tan normal resultaba chocante. Tenía los ojos de un suave color azul, y unos labios carnosos y brillantes que no tenían maquillaje. El pelo suelto le caía recto y brillante sobre los hombros del vaporoso vestido negro. Una delgada cadena de plata se deslizaba por su torso hasta la cintura. Al final de la misma se apreciaba una piedra negra de anillos plateados.
—Alice, estás zumbada.
Ella dirigió una fría mirada por encima del hombro hacia un chico de unos dieciséis años. Pero las manos continuaban revoloteando alrededor de la piedra negra, como unos elegantes pájaros que vigilaran su nido.
—Mi hermano Jamie —dijo con voz sedosa—. Todavía cree que un insulto merece la atención de los demás. Mi abuelo solía hablar de usted, teniente Dallas.
—Me siento halagada.
—¿Su esposo no se encuentra con usted esta noche?
Eve arqueó una ceja. «No hay dolor solamente —dedujo—, también hay nerviosismo». Era fácil darse cuenta. Pensó que la chica iba detrás de algo, pero qué.
—No, no está conmigo. —Volvió a mirar a Sally—. Les manda sus condolencias, señora Wojinski. Se encuentra fuera del planeta.
—Debe de hacer falta mucha concentración y energía —interrumpió Alice— para mantener una relación con un hombre como Roarke y, al mismo tiempo, llevar a cabo un trabajo difícil y exigente, incluso peligroso. Mi abuelo siempre decía que cuando uno tiene una investigación entre manos nunca la deja escapar. ¿Diría usted que eso es exacto, teniente?
—Si se deja escapar, se pierde. No me gusta perder. —Mantuvo la mirada de Alice durante unos instantes y luego, en un impulso, se agachó y susurró a Pete—: Cuando era una novata, vi a tu abuelo acertar a un tipo que se encontraba a diez metros. Era el mejor. —Recibió una sonrisa por respuesta y se incorporó de nuevo—. No le olvidaremos, señora Wojinski —dijo mientras le ofrecía la mano—. Era muy importante para todos nosotros.
Cuando empezaba a alejarse, Alice la sujetó por el brazo y se inclinó hacia ella.
—Ha sido muy interesante conocerla, teniente. Le agradezco que haya venido.
Eve le dedicó una inclinación de cabeza y se perdió entre la multitud. Con gesto despreocupado, introdujo una mano en el bolsillo y se encontró con un fino trozo de papel que Alice había dejado en él.
Eve tardó treinta minutos más en marcharse. Esperó hasta llegar al vehículo para sacar la nota y leerla.
Encuéntrese conmigo mañana, a medianoche.
Club Aquarian.
NO SE LO DIGA A NADIE.
Su vida está en peligro ahora.
En lugar de una firma había un símbolo, una línea oscura que se expandía en un círculo hasta formar un extraño laberinto. Casi tan intrigada como molesta, Eve volvió a meterse la nota en el bolsillo y se dirigió a casa.
La intuición que había desarrollado como policía, le hacía ver a aquella figura vestida de negro como una sombra entre las sombras. Esa misma intuición le decía que la estaba observando.
Siempre que Roarke se encontraba fuera, Eve prefería fingir que la casa estaba vacía. Tanto ella como Summerset, el jefe de servicio de Roarke, hacían todo lo que podían para ignorar el uno la presencia del otro. La casa era enorme, un laberinto de habitaciones, lo cual facilitaba que se evitaran mutuamente.
Eve entró en el amplio vestíbulo y tiró la chaqueta encima de la barandilla de la escalera, simplemente porque sabía que eso contraería la mandíbula de Summerset y le haría rechinar los dientes de pura rabia. Detestaba que algo rompiera la elegancia de la casa. Y especialmente, algo de ella.
Eve subió por las escaleras, pero en lugar de dirigirse al dormitorio principal se desvió hacia su oficina.
Si Roarke iba a pasar otra noche fuera del planeta, tal como esperaba, ella prefería pasarla en el sillón de su oficina en lugar de en la cama.
Acostumbraba a tener pesadillas cuando dormía sola.
Entre el papeleo de última hora y la visita, Eve no había tenido tiempo de comer. Ordenó un bocadillo de jamón de verdad con pan de centeno y un café con cafeína de verdad. Cuando el AutoChef lo sirvió, Eve respiró el aroma con placer. Tomó el primer bocado con los ojos cerrados, para disfrutar con mayor intensidad ese milagro.
Estar casada con un hombre que podía permitirse alimentos de verdad en lugar de sucedáneos tenía sus ventajas.
Por curiosidad, Eve se dirigió al ordenador, lo encendió y, mientras se deleitaba con el sabor del jamón y del café, le ordenó:
—Todos los datos disponibles acerca del sujeto Alice, apellido desconocido. Madre Brenda, nacida Wojinski, abuelos maternos Frank y Sally Wojinski.
En proceso…
Eve repicó en la mesa con los dedos. Tomó la nota y la leyó mientras se terminaba el bocadillo.
Sujeto Alice Lingstrom. Fecha de nacimiento, 10 de junio de 2040. Hija mayor de Jan Lingstrom y Brenda Wojinski, divorciados. Residencia, 486 de la calle Ocho Este, apartamento 4B, ciudad de Nueva York. Nombre del hermano James Lingstrom, fecha de nacimiento, 22 de marzo de 2042. Educación, graduación en el instituto. Dos semestres en la universidad: Harvard. Antropología, mitología. Tercer semestre aplazado. Actualmente empleada como oficinista, Búsqueda Espiritual, en el 228 de la calle Diez Oeste, ciudad de Nueva York. Estado civil, soltera.
Eve se pasó la lengua por los labios.
—¿Antecedentes penales?
No hay antecedentes penales.
—Parece bastante normal —murmuró Eve—. Información sobre Búsqueda Espiritual.
Búsqueda Espiritual. Tienda Wicca y centro de consulta propiedad de Isis Paige y Charles Forte. Tres años en la oficina de la calle Diez. Ingreso bruto anual de ciento veinticinco mil dólares. Licencia de sacerdotisa, herborista y registrada como hipnoterapeuta.
—¿Wicca? —Eve se apoyó en el respaldo de la silla con una sonrisa burlona—. ¿Qué tontería es ésa? Jesús. ¿De qué tontería se trata?
Wicca, reconocido como religión y oficio artístico, es una antigua fe basada en la naturaleza que…
—Parar. —Eve exhaló un suspiro. No estaba buscando una definición de brujería, sino una explicación de por qué un policía sensato terminaba teniendo una nieta que creía en hechizos y piedras mágicas.
Y por qué esa nieta quería tener un encuentro en secreto con ella.
Decidió que la mejor forma de averiguarlo era aparecer en el Club Aquarian al cabo de algo más de veinticuatro horas. Dejó la nota encima del escritorio. Pensó en lo fácil que habría sido olvidarse de esa nota, si no hubiese sido escrita por un familiar de alguien a quien ella respetaba y no hubiese visto aquella figura entre las sombras. La figura de alguien que, estaba segura, no quería ser visto.
Se dirigió al baño anexo y empezó a desvestirse. Era una pena que no pudiera llevarse a Mavis con ella para ese encuentro. Eve tenía la sensación de que el Club Aquarian se encontraba al lado de la calle de su amiga. Tiró los vaqueros a un lado y se estiró para despejar el cansancio de aquel largo día. Quizá pasara un par de horas relajadamente ante la pantalla. O quizá fuera a la sala de armas de Roarke y conectara un holograma para quemar el exceso de energía y poder dormir.
Nunca había probado ninguno de los rifles de asalto. Podía ser una experiencia interesante probar la forma en que un policía de la época de las Revueltas Urbanas terminaba con un enemigo.
Entró en la ducha.
—Chorro completo, a pulsos —ordenó.
Deseó haber tenido un caso de asesinato entre manos. Tener algo en qué concentrarse y en qué gastar las energías. Maldita sea, era patético. Se sentía sola y se daba cuenta. Estaba desesperada por encontrar algo con lo que pasar el tiempo y sólo hacía tres días que él se había marchado.
Cada uno tenía su propia vida, ¿no era así? Las habían tenido antes de encontrarse y continuarían teniéndolas. Las exigencias de los trabajos de ambos les absorbían mucho tiempo y atención. Su relación funcionaba bien y eso continuaba sorprendiéndola, porque ambos eran personas independientes.
Dios, le echaba de menos terriblemente. Disgustada consigo misma, se metió bajo el chorro de agua y dejó que la cubriera por completo.
Cuando sintió que unas manos la rodeaban por la cintura y luego subían hasta sus pechos, casi no se movió. Pero el corazón le dio un vuelco. Conocía su tacto, la sensación de sus dedos largos y finos, la textura de las palmas de sus manos. Echó la cabeza hacia atrás para invitar a esos labios sobre la curva del hombro.
—Mm. Summerset. Salvaje.
Unos dientes la mordieron en el hombro y rio. Las yemas de unos dedos le apretaron los pezones cubiertos de jabón. Eve gimió.
—No voy a despedirle.
Roarke deslizó una mano hasta el centro de su cuerpo.
—Valía la pena intentarlo. Has vuelto… —Los dedos de él, experimentados, se introdujeron dentro de ella, resbaladizos. Ella arqueó el cuerpo, gimió y se corrió al mismo tiempo—, temprano —terminó de decir—. Dios.
—Yo diría que he vuelto justo a tiempo. —La hizo darse la vuelta y mientras ella todavía temblaba le cubrió los labios con los suyos y la besó con avidez.
Él había estado pensando en ella durante el interminable vuelo de vuelta a casa. Pensó en eso, en tocarla, en saborearla, en sentir esa rápida respiración. Y allí estaba ella, desnuda, húmeda y temblorosa.
La apretó contra la esquina de la ducha, la tomó de las caderas y, despacio, la levantó del suelo.
—¿Me has echado de menos?
A Eve el corazón le latía con fuerza. Él se encontraba a centímetros de penetrarla, de llenarla, de destrozarla.
—La verdad es que no.
—Bueno, en ese caso… —le dio un suave beso en la mejilla—, voy a dejar que termines de ducharte en paz.
En un instante, Eve le rodeó la cintura con las piernas y se agarró con firmeza a su húmeda mata de pelo.
—Inténtalo, colega, y eres hombre muerto.
—De acuerdo, entonces será en defensa propia. —Entró en ella despacio y observó cómo sus ojos se oscurecían. Puso sus labios sobre los de ella para sentir su respiración.
El acto fue lento y suave, más tierno de lo que ninguno de los dos hubiera esperado. El clímax llegó en un largo y callado suspiro. Ella sonrió sin despegar sus labios de los de él.
—Bienvenido a casa.
Eve le miró. Esos impresionantes ojos azules, ese rostro que tanto podía ser el de un pecador como el de un santo, esos labios de poeta maldito. Su pelo empapado de agua, negro y húmedo, que llegaba justo hasta los suaves músculos de sus hombros.
Mirarle después de una de esas breves y periódicas ausencias siempre le provocaba un sentimiento inesperado. Eve no estaba segura de acostumbrarse al hecho de que él no sólo la deseara sino que la amara.
Todavía sonreía mientras le pasaba los dedos entre el pelo grueso y oscuro.
—¿Todo bien en el complejo Olimpo?
—Algunos ajustes y algunos retrasos. Nada que no pueda ser resuelto. —La compleja estación de vacaciones se abriría según lo previsto porque él no estaba dispuesto a aceptar que fuera de otra forma.
Ordenó cerrar la ducha y tomó una toalla para envolver a Eve con ella.
—Empiezo a comprender por qué te quedas aquí mientras estoy fuera. Yo no podía dormir en la habitación presidencial. —Tomó otra toalla y le secó el pelo—. Me sentía demasiado solo sin ti.
Ella se apoyó en él un momento solamente para sentir el familiar contacto de su cuerpo.
—Nos estamos volviendo muy bobos.
—No me importa. Nosotros, los irlandeses, somos my sentimentales.
Eso la hizo sonreír, mientras él se dirigía a buscar las batas. Era posible que él tuviera cierta musicalidad irlandesa en su acento, pero Eve dudaba de que alguno de sus conocidos o enemigos pudiera pensar en Roarke como un hombre sentimental.
—No tienes ningún hematoma reciente —observó mientras la ayudaba a ponerse la bata antes de que ella lo hiciera por sí misma—. Entiendo que eso significa que has tenido unos días tranquilos.
—En general, sí. Tuvimos a un tipo que se mostró un tanto eufórico con una acompañante con licencia. La asfixió hasta matarla durante el acto sexual. —Se anudó el cinturón de la bata y se pasó los dedos por el pelo para enjuagarse el agua—. Se asustó y huyó. —Encogiéndose de hombros, se dirigió al despacho—. Pero luego se arrepintió y se entregó al cabo de pocas horas. El fiscal lo anotó como homicidio no premeditado. Dejé que Peabody se encargara de ello y lo encerrara.
—Ajá. —Roarke abrió un armario para sacar una botella de vino, la descorchó y sirvió una copa para cada uno—. Entonces has tenido unos días tranquilos.
—Sí. Asistí al velatorio anoche.
Él frunció el ceño un momento.
—Ah, sí, me lo comentaste. Siento no haber llegado a tiempo para acompañarte.
—Feeney se lo está tomando verdaderamente mal. Hubiera sido más sencillo si Frank se hubiera ido estando de servicio.
Esta vez, Roarke se mostró preocupado.
—¿Habrías preferido que tu colega hubiera sido asesinado en lugar de…, digamos…, morir con tranquilidad durante la noche?
—Simplemente, sería más capaz de comprenderlo, eso es todo. —Eve abandonó su mirada en el color del vino. No le parecía adecuado decirle que ella preferiría una muerte rápida y violenta para sí misma—. Hay algo raro en esto. Conocí a la familia de Frank. La nieta mayor es un tanto extraña.
—¿En qué sentido?
—La forma de hablar, y la información que he obtenido de ella al llegar a casa.
Intrigado, Roarke se llevó la copa hasta los labios.
—¿Realizaste una búsqueda?
—Sólo una comprobación rápida. Porque me dio esto.
Eve se dirigió al escritorio y tomó la nota.
Roarke la observó y se quedó pensativo un momento.
—Laberinto de tierra.
—¿Qué?
—El símbolo que hay aquí. Es celta.
Eve se acercó para observarlo mientras meneaba la cabeza.
—Conoces cosas muy extrañas.
—No son tan extrañas. Después de todo, provengo de los celtas. El antiguo símbolo del laberinto es mágico y sagrado.
—Bueno, eso concuerda. Ella está metida en brujería o en algo parecido. Inició su educación en Harvard, pero la abandonó para trabajar en una tienda del West Village que venden hierbas y piedras mágicas.
Roarke trazó el símbolo con el dedo índice. Lo había visto en ocasiones anteriores. También había visto otros símbolos parecidos a ése.
Durante su infancia, los cultos en Dublín abarcaban un amplio abanico que iba desde las bandas más violentas hasta los grupos pacifistas. Todos ellos, por supuesto, utilizaban la religión como excusa para matar. O para ser matados.
—¿Tienes alguna idea de por qué quiere verte?
—Ninguna. Diría que se cree que me ha visto el aura o algo así. Mavis llevaba un garito de magia antes de que yo la pillara por robar billeteros. Me dijo que la gente era capaz de pagar cualquier cosa si uno les decía lo que querían oír. Incluso más si se les decía lo que no deseaban oír.
—Por eso los estafadores y los empresarios honrados son tan parecidos. —Roarke le dirigió una sonrisa—. Supongo que vas a acudir a la cita de todas formas.
—Claro, voy a seguir el tema.
Por supuesto que lo haría. Roarke volvió a echar un vistazo a la nota y la dejó a un lado.
—Voy a ir contigo.
—Ella quiere…
—Peor para ella. —Tomó un trago de vino. Era un hombre acostumbrado a obtener precisamente aquello que quería, costara lo que costase—. Me mantendré apartado de tu camino, pero voy a ir. El Club Aquarian generalmente es tranquilo, pero siempre hay algún elemento indeseable que se cuela en él.
—Los elementos indeseables conforman mi vida —repuso ella con seriedad. Inmediatamente, ladeó la cabeza—: ¿Supongo que no serás el propietario del Club Aquarian?
—No. —Sonrió—. ¿Quieres que lo sea?
Ella se rio y le tomó de la mano.
—Vamos. Vamos a la cama a bebernos esto.
Relajada por el sexo y el vino, Eve se durmió inmediatamente abrazada a Roarke. Por eso se sorprendió al despertarse repentinamente al cabo de dos horas. No había tenido una de sus pesadillas. No sentía terror, dolor, frío ni sudor.
Y a pesar de todo, se despertó y los latidos del corazón no eran del todo regulares. Se quedó tumbada, quieta, con la vista fija en el cielo que se veía a través del tragaluz que había encima de la cama mientras escuchaba la tranquila y acompasada respiración de Roarke a su lado.
Se dio la vuelta y miró hacia los pies de la cama. Casi soltó un grito al ver unos ojos brillando en la oscuridad. Galahad, pensó. El gato había entrado en la habitación y había saltado encima de la cama. Eso era lo que la había despertado, se dijo a sí misma. Eso era todo.
Se tranquilizó de nuevo y se tumbó de lado. Notó que Roarke le pasaba un brazo por encima, dormido. Con un suspiro, Eve cerró los ojos y se acurrucó contra él.
«Sólo el gato», pensó, somnolienta.
Pero hubiera jurado que había oído unos cantos.