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Extracto del primer capítulo
—Oh, lady Jessica —dijo Betsy con voz triste—. No creo que deba ir a las habitaciones del señor Lonetree.
Jessica se alejó del tocador en el que Betsy había estado ocupada deshaciendo el elaborado peinado enjoyado de su señora, y cepillando el largo y sedoso cabello. Normalmente, el ritual calmaba a Jessica, pero esa noche la impacientaba. Comenzó a pasearse por el cuarto como una gata encerrada. Al moverse, el salto de cama de encaje que llevaba durante su aseo crujía y se ondulaba con tonos de un azul claro.
—No hay más remedio.
—Pero...
—No quiero oír más —la interrumpió Jessica con voz tajante—. Siempre me estás diciendo que las mujeres en América tienen más libertad para escoger a sus maridos y vivir sus vidas. Si debo casarme, escogeré a mi marido y viviré mi vida como mejor me parezca.
—Pero usted no es americana.
—Lo seré. —Jessica se ató la bata del salto de cama alrededor de la cintura con un firme tirón—. Los hombres americanos no tienen títulos ni grandes riquezas, así que no necesitan herederos. No tendré que soportar deberes conyugales nauseabundos ni embarazos no deseados con un marido americano.
Dubitativa, Betsy apuntó:
—A los hombres americanos les gusta dormir en una cama caliente, milady.
—Entonces pueden dormir con los perros.
—Dios mío. Me temo que la he llevado por el mal camino. El hecho de que los hombres americanos no tengan títulos, no significa que...
—¡Basta de discusiones¡ —exclamó Jessica, tapándose los oídos con las manos.
Durante un momento se quedó muy quieta luchando contra el miedo que amenazaba con ahogarla. El tacto de las sudorosas palmas del barón Gore cerrándose sobre su mano era demasiado reciente, así como el recuerdo de la lascivia en sus ojos inyectados en sangre. La imagen de esas mismas manos tocándola una vez estuviesen casados, hizo que sintiera el sabor de la bilis en su garganta. Una pesadilla merodeaba justo por debajo de su conciencia, provocándole escalofríos a la vez que reforzaba su determinación. Bajó las manos, enderezó la espalda y se dirigió hacia la puerta.
—Milady —comenzó a hablar la criada.
—Querida Betsy, calla, por favor. —Jessica sonrió a su criada con labios temblorosos—. Deséame suerte. Si tengo éxito, harás ese viaje a América que te prometí hace tres años.
Jessica abrió la puerta y salió al pasillo. El débil murmullo de preocupación de Betsy se vio interrumpido por el suave golpe de la puerta al cerrarse. Recogiendo en sus manos las resbaladizas capas de seda de su salto de cama, Jessica se apresuró en dirección al ala de la casa en la que se encontraban las habitaciones de Wolfe. Fragantes lámparas de aceite ardían en hornacinas de piedra en el pasillo, pues a lord Robert le gustaban especialmente. La iluminación era débil, pero eso a Jessica no le preocupaba. Conocía cada alcoba y cada rincón de la mansión.
Con una mueca de desagrado al pasar junto a ventanas en las que la tormenta golpeaba inmisericorde exigiendo entrar en el edificio, Jessica corrió por la enorme casa de piedra. No esperaba encontrar a nadie en los pasillos porque había esperado el tiempo suficiente como para que los sirvientes se hubiesen ido a la cama. Sin embargo, evitó la biblioteca, ya que sabía que lord Robert se quedaba a menudo allí jugando hasta el amanecer con sus amigos. Se apresuró por otro pasillo y subió ligera por una escalera. Justo al alcanzar el último peldaño, se dio de bruces con el barón Gore, que se encontraba considerablemente afectado por el Oporto.
—Dios mío —exclamó ella, enderezándose con rapidez.
Gore se tambaleó y se agarró a Jessica intentado mantener el equilibrio. Aunque borracho, todavía era capaz de distinguir entre la carne de un hombre y la de una mujer. No era débil. Cuando Jessica intentó librarse de él, sus manos la sujetaron con más fuerza. Una de ellas se hundió en su pecho, y la otra, le magulló el hombro.
—Maldición, pero si es mi pequeña dama. —Los ojos de Gore se entornaron al recuperar al fin el equilibrio y fijarse en la prenda de seda y encaje que llevaba la muchacha.
—Una camisón precioso, querida mía. No esperaba encontrarte tan deseosa de acostarte conmigo. De haberlo sabido, habría bebido menos oporto y te hubiera dedicado toda mi atención.
—¡Soltadme!
Gore la ignoró, absorto en intentar acercarse más a la suave y fragante criatura que finalmente se encontraba a su alcance. Parte del salto de cama de Jessica se rasgó en su lucha por liberarse. Él contempló sus pechos desnudos y bendijo su buena fortuna al haber encontrado una prometida tan deseosa de él que iba a buscarle a sus habitaciones mientras el resto de la casa dormía.
—Por Dios, tienes una buena delantera —dijo arrastrando las palabras—. Lord Stewart pidió mucho dinero por ti, pero ha valido la pena hasta el último medio penique.
Gore se inclinó sobre los pechos de Jessica, se tambaleó y terminó enviándola de un empellón contra la pared con una fuerza que la dejó sin aliento. Aquello fue lo único que evitó su grito de dolor cuando los dientes del borracho se cerraron sobre uno de sus pechos. Gruñendo con una excitación cada vez mayor, él ignoró sus forcejeos, la aplastó contra la pared e intentó desabrocharse a tientas los pantalones. Desesperada, Jessica recordó lo que Wolfe le había enseñado justo antes de separarse cuatro años antes. Con una plegaria silenciosa, levantó una rodilla con fuerza contra la entrepierna de Gore. Al instante, éste dejó caer las manos y se tambaleó hacia atrás.
Sosteniendo el salto de cama destrozado alrededor de su cuerpo y con el cabello cayendo como una llamarada oscura tras ella, Jessica huyó en dirección a la habitación de Wolfe. La puerta se abrió con facilidad bajo sus manos temblorosas.
Wolfe salió de la cama con dosel con un único y ágil movimiento. Tuvo el tiempo justo para reconocer a Jessica y dejar su cuchillo sobre la mesilla de noche antes de que ella se lanzase contra su pecho. Sus brazos se cerraron alrededor de su cintura desnuda; ella temblaba tan violentamente como cuando la encontró hecha un ovillo en el pajar.
Al instante, la colocó sobre la cama y se sentó abrazándola con fuerza, intentando calmarla. A unos metros, la tormenta se abatía sin control contra la piedra y el cristal.
—Tranquila, pequeña —murmuró Wolfe—. Conmigo estás a salvo. La tormenta no te puede alcanzar ahora. Estás segura conmigo. Mira, voy a encender la lámpara para que puedas ver. La tormenta está ahí fuera y tú estás aquí dentro.
Se inclinó, encendió la lámpara con una mano, y colocó a Jessica sobre su regazo.
—Mira, pequeña elfa. ¿Mejor así? Sabes que estás a salvo, ¿verdad? Sabes que... ¡Dios bendito!
Wolfe enmudeció, incapaz de hablar. Los pechos de Jessica estaban descubiertos y resultaban estremecedoramente hermosos, a pesar de las brillantes gotas de sangre y los moratones negros y azulados sobre su piel.
Desde alguna otra parte de la casa, podían oírse voces elevadas. Wolfe apenas se percató de ello. Al darse cuenta de que un hombre había rasgado la suave piel de Jessica con los dientes y había lastimado su delicada carne con los dedos, montó en cólera.
—¿Quién es el maldito bastardo que te ha hecho esto? —preguntó salvajemente.
—El… el… ba… —Jessica, aterrada, inspiró hondo e intentó detener el temblor de su cuerpo para poder hablar—. El barón Gore.
Con sumo cuidado, Wolfe colocó los extremos rasgados del salto de cama de Jessica en su lugar, cubriendo su pecho.
—Silencio, pequeña elfa. —Besó su pelo con ternura—. Silencio, pequeña. Estás a salvo. No dejaré que te haga daño otra vez.
—¿M... me lo prometes?
—Sí.
Jessica dejó escapar un suspiro quebrado. Durante unos momentos, no hubo más sonido que el del viento y el de su aliento calmándose lentamente. De pronto, Gore irrumpió en la habitación. Su rostro se encontraba sudoroso y estaba algo más sobrio que antes, ya que el dolor había hecho desaparecer en parte la borrachera.
—Necesitas probar la sangre, pequeña zorra —dijo con frialdad, avanzando amenazador hacia la cama—. Y yo te la daré a probar. Saca el trasero de la cama de ese salvaje.
Con un solo movimiento, Wolfe apartó a Jessica a un lado y se levantó. Por primera vez, ésta se dio cuenta de que Wolfe estaba completamente desnudo. La luz de la lámpara recorría su cuerpo, resaltando la fuerza que corría por él como un relámpago.
—Me imagino que es usted el bastardo que ha maltratado a Jessi, ¿no es así? —preguntó con voz suave.
Jessica olvidó la desnudez de Wolfe cuando su voz la atravesó. Nunca le había oído hablar en ese tono. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y se dio cuenta de que Wolfe podía matar... y que lo haría para defenderla. Antes de que Gore pudiese responder, lady Victoria entró presurosa en la habitación, seguida de una Betsy acongojada.
—Lo siento —explicó la doncella, mirando a Jessica—. No podía dejarla venir a la habitación del señor Lonetree. Tiene muy mala reputación con las damas.
—Totalmente merecida, por lo que parece —dijo Victoria secamente, asimilando la imagen de la furia de Gore, la bata de Jessica y la desnudez de Wolfe—. Cúbrete.
Él la ignoró. Su mano salió disparada y se cerró alrededor de la garganta de Gore. Desde el pasillo llegaba un murmullo de voces sobresaltadas. La más notable era la de lord Robert Stewart.
—Mi querida dama, ¿podría explicarme qué demonios...? ¡Wolfe! ¡Por Dios Santo!
Lord Robert cerró de golpe la puerta del dormitorio a sus espaldas. Pero el daño ya estaba hecho; cinco de los nobles invitados a la fiesta habían echado un vistazo al dormitorio de Wolfe. El escándalo ya se habría extendido por todo Londres para cuando amaneciera. Sombrío, lord Robert se enfrentó a su hijo.
—Suelta al barón.
—Creo que no —dijo Wolfe en el mismo tono—. Este hombre ha atacado a Jessi.
—Es un mentiroso, además de un bastardo —dijo Gore.
Hubiera dicho más, pero la mano de Wolfe se estrechó. Los poderosos dedos oprimieron las arterias carótidas del barón, y le dejaron inconsciente con brutal eficacia. De mala gana, Wolfe abrió la mano y dejó caer a Gore pesadamente al suelo.
—Por Dios. ¡Le ha matado! —exclamó Victoria con voz horrorizada.
—En América lo habría hecho. Desgraciadamente, no estamos allí.
—Pronto lo estarás —dijo Robert—. ¡Maldición! Tienes un don para el escándalo, hijo mío.
—No es algo que haya heredado de mi madre —afirmó Wolfe con voz fría—. El escándalo es un concepto creado por la civilización.
Se dio la vuelta para ver si Jessica se había repuesto del susto. Vio cómo se le agrandaban los ojos al bajar la mirada por su cuerpo. Ella se ruborizó y apartó la mirada tan rápido que casi perdió el equilibrio. Con calma, Wolfe se dirigió al vestidor y extrajo una camisa de dormir. Las odiaba, pero no quería perturbar más a Jessica. Gore comenzó a roncar y Robert tuvo tiempo de dedicarle una mirada irritada antes de volver la atención a Jessica. No quería ser brusco, pero estaba demasiado enfadado por perder de nuevo a su hijo como para ser amable.
—¿Es Wolfe tu amante?
La pregunta le recordó el ataque de Gore. Jessica palideció, y después se sonrojó de tal manera que se sintió mareada. Tapó su ardiente rostro con las manos y se estremeció, luchando por controlarse y preguntándose si estaba atrapada en una de sus pesadillas, en las que el viento gritaba con voz de mujer y el amanecer se encontraba a una eternidad de distancia.
—No puedo... Lord Robert... yo... —dijo Jessica desesperadamente, intentando hacerle comprender que no podía casarse con Gore—. Dios mío. Han sido tan amables conmigo... lo siento.
Su voz se quebró y se echó a temblar. Su desazón asombró al matrimonio Stewart, ya que Jessica nunca había perdido la compostura; ni siquiera cuando perdió a sus padres, siendo una niña.
—Lo que Jessi intenta decir —dijo Wolfe con tranquilidad mientras se abrochaba la camisa—, es que no somos amantes.
—Pero lo habríais sido si Betsy no hubiese venido a buscarme —dijo Victoria—. Has deseado a Jessica desde que tenía quince años.
Incluso al abrir la boca para negarlo, Wolfe sabía que era cierto. El repentino descubrimiento de que llevaba años deseando a Jessica le impidió hablar.
—Wolfe… —suspiró Victoria con voz cansada—. Si no has sido capaz de mantener a raya tu deseo dentro de los calzones por respeto a tu padre, lo menos que podrías hacer es limitar tus atenciones a mujeres casadas y rameras.
—Ya basta, mujer —dijo Robert—. Wolfe es mi hijo. Sabe cuál es su deber.
—¿Y cuál es? —preguntó Wolfe suavemente.
—Has seducido a Jessica. Te casarás con ella.
—No ha habido ninguna seducción. Gore la ha atacado. Ella, desesperada, se ha refugiado en mi habitación y él la ha seguido. Lady Victoria ha llegado un minuto después.
—Jessica… —dijo Robert con voz seca—, si aún eres virgen, el compromiso se puede salvar. El barón Gore está muy complacido contigo.
Jessica extendió las manos hacia Wolfe y susurró:
—Me prometiste...
Se produjo un silencio violento seguido por una educada orden de Wolfe:
—Dejadme con Jessica un momento. Y llevaos a este cerdo borracho con vosotros.
Cuando Victoria comenzó a replicar, Robert se limitó a agarrar a Gore de los pies y arrastrarlo al pasillo. Éste no se despertó. Victoria pasó a su lado, Betsy corrió tras sus amos y la puerta se cerró con firmeza tras ellos. Antes de que Wolfe pudiese hablar, Jessica se arrodilló frente a él.
—Por favor, Wolfe. Te lo suplico. Cásate conmigo. No dejes que ese hombre me lleve consigo.
—¿Eres virgen? —preguntó él secamente.
Jessica respingó y levantó la cabeza.
—Por el amor de Dios, ¡sí! No soporto que un hombre me toque. Se me revuelve el estómago.
—Entonces, ¿por qué venías a mi habitación vestida... o más bien desvestida, de esta manera?
—Es lo que llevaba cuando me di cuenta de que tenía que hablar contigo —dijo ella, perpleja, al tiempo que alargaba la mano hacia él en una súplica silenciosa. A pesar del rígido control que ejercía sobre su voz, le temblaban los dedos—. Venía a pedirte que me salvaras del barón Gore.
—Considérate salvada. Piense lo que piense mi padre, dudo que Gore te acepte después de esta noche.
—Pero es posible que otro hombre lo haga. Victoria acordará otra boda para mí.
Wolfe enmudeció durante un momento. Odiaba la idea de que otro hombre tuviese a Jessica, pero no podía hacer nada al respecto. Aunque los Stewart le permitiesen casarse con ella, la boda sería un desastre. Por mucho que le tentase su cuerpo, sabía que el matrimonio entre ellos no resultaría.
—Encontrarte un marido adecuado es asunto de lady Victoria —dijo Wolfe, tajante.
—No. Prefiero estar bajo tierra antes de permitir que un hombre me toque.
La seguridad con la que Jessica habló hizo entornar los ojos a Wolfe. Prefería morir antes que emparejarse con un hombre. Cualquier hombre.
—Pero quieres que me case contigo —dijo en tono neutral.
Jessica sonrió con labios temblorosos.
—Tú nunca me tocarías así. Los hombres se casan porque deben tener herederos, y las mujeres lo hacen por obtener seguridad y riqueza. Tú no necesitas un heredero y yo no necesito riqueza.
Una quietud peligrosa se apoderó de Wolfe al asimilar las palabras de Jessica.
—Hasta un bastardo tiene... necesidades.
—¿Qué tiene que ver el ser un bastardo? —preguntó ella, exasperada.
Durante un tenso intervalo, Wolfe no dijo nada. Después, dejó escapar un suspiro silencioso al entender que Jessica no tenía intención de insultarle dando por hecho que un bastardo no querría acostarse con su mujer; sencillamente no se daba cuenta de que los hombres querían algo más que herederos de un matrimonio.
—Wolfe —susurró Jessica con voz suave, tocando la manga de su camisa—. Cásate conmigo. Somos buenos amigos. Seríamos tan felices viviendo en América… cazando, pescando y comiendo junto a la hoguera…
—Dios mío, realmente lo dices en serio —dijo él, perplejo por la idea tan equivocada que tenía ella del matrimonio.
—Oh, sí. —Sonrió al librarse del miedo que atenazaba su corazón—. Nunca he disfrutado tanto estando con alguien como contigo, Wolfe. Ahora podemos estar juntos otra vez. ¿Qué podría ser mejor?
Él maldijo, y se pasó la mano cansadamente por el negro cabello.
—¿Me has tendido una trampa, Jessi? ¿Has enviado a tu criada para que trajera a lady Victoria como testigo, mientras corrías a mi habitación como una mujer que va a encontrarse con su amante?
Jessica negó enérgicamente con la cabeza. El movimiento hizo que la luz de la lámpara bailase por su largo cabello como serpentinas de fuego.
—No, no lo he planeado. —Dio un largo y pesaroso suspiro—. Pero ahora que ha pasado, juraré sobre la tumba de mi madre que nos hemos acostado juntos. Si te casas conmigo, por fin seré libre.
—¿Y qué hay de mí? ¿Qué hay de mi libertad?
Jessica alzó la vista y lo miró con ojos claros y brillantes.
—También he pensado en eso. No te pido nada. Serás libre de ir y venir como te parezca. Si quieres una compañera de tiro, cazaré contigo. Si quieres viajar solo, no protestaré. Si quieres que un cebo especial para pescar, lo conseguiré para ti.
—Jessi...
Ella habló por encima de la voz de Wolfe.
—Si quieres conversar conmigo, estaré ahí para ti. Si quieres silencio, me iré de la habitación. Cuidaré de que tu casa esté bien administrada y que sólo se sirva la comida que te guste. Y cuando acabemos de cenar, te calentaré una copa de brandy con las manos hasta que la fragancia llene el globo de cristal, y cuando te la dé, nos sentaremos juntos y no habrá tormentas que irrumpan dentro...
El silencio se alargaba como la llama de una vela arrastrada por el viento. Finalmente, Wolfe le dio la espalda porque no podía confiar en seguir mirándola sin perder los nervios como nunca lo había hecho hasta ese momento.
—Jessi —dijo por fin con suavidad—. La vida de la que estás hablando es la que podrían llevar un lord y una dama ingleses. Yo no pertenezco a la nobleza. Mi esposa vivirá en América. Su vida no tendrá nada que ver con la de una dama de la aristocracia.
—Me encanta América. Estoy deseando ver las praderas y los grandes búfalos otra vez. He echado de menos el cielo sin fin. Betsy me ha enseñado las costumbres americanas. Cuando estoy con ella, casi no se me nota el acento británico. Me he esforzado mucho para ser americana —dijo Jessica con vehemencia—. Sabía que no querrías vivir en Inglaterra.
—¡Me has tendido una trampa! —exclamó, dándose la vuelta.
Jessica inclinó la cabeza y miró sus manos firmemente entrelazadas.
—No, Wolfe. Cuando supe que Victoria quería verme casada, intenté pensar en lo que sería estar con un hombre. Y sencillamente no podía imaginarme perteneciendo a otro que no fueras tú, así que tuve que aprender a pertenecerte. He pensado mucho sobre esto.
Wolfe permaneció en silencio y ella volvió a mirarlo con ojos luminosos, suplicando.
—No quiero decepcionar a lord Robert ni mentir a lady Victoria. Y tampoco quiero atraparte en un matrimonio.
—Pero lo harás.
—Sólo si tengo que hacerlo.
Wolfe dijo algo malsonante a media voz, pero las palabras se perdieron en el aullido sostenido del viento. Temblando a pesar de su determinación y su erguida espalda, Jessica siguió aguardando.
Cuando Wolfe se movió finalmente, fue tan repentino que ella dio un respingo. Él se dirigió a la puerta del dormitorio, la abrió de golpe, y se topó con dos pares de ojos ansiosos. Betsy y el durmiente Gore habían desaparecido. Mirando alternativamente la expresión impenetrable de Wolfe y la forzada compostura de Jessica, el matrimonio Stewart entró en la habitación y cerró la pesada puerta a sus espaldas.
—¿Y bien? —inquirió Robert.
—Lady Jessica está dispuesta a jurar que la he tomado —explicó Wolfe fríamente—. No es cierto.
Robert miró a Jessica.
—¿Es eso verdad?
—Me casaré con Wolfe —afirmó ella en voz baja—, o no me casaré con nadie más.
—Maldita sea —murmuró el lord. Dirigiendo la mirada a Wolfe, preguntó—: ¿Qué debemos hacer?
—Lo que hemos hecho siempre... darle a la aristócrata mimada lo que quiere.
—¿Te casarás con ella?
—En cierto modo —dijo Wolfe arrastrando las palabras—. Lady Jessica tiene un cierto capricho romántico de jovencita por vivir en el Oeste.
—No es en absoluto un capricho —afirmó Jessica—. He estado más allá del Mississippi. Sé lo que me espera.
—No tienes ni idea —dijo Wolfe—. Crees que van a ser unas largas vacaciones de caza. No será así. Ni siquiera puedo permitirme esa clase de cosas, y aunque pudiera, no lo haría.
Victoria dejó de observar a su terca ahijada para mirar las indómitas líneas del rostro de Wolfe. De pronto, comenzó a reír con suavidad.
—Ah, Wolfe, tu mente es tan rápida y afilada como una espada. Pero Jessica también es fuerte y cabezota, dura como el granito escocés.
Wolfe gruñó.
—Soy mucho más duro que la piedra. Lady Jessica pronto se dará cuenta de que para mí el matrimonio no es una larga expedición de caza con vajilla, cubertería de plata y suficientes criados como para cocinar un búfalo al curry antes de haberle disparado. Si aguanta hasta que lleguemos a mi casa en el borde de las Rocosas, estaré sorprendido.
Jessica enderezó aún más la espalda al detectar la rabia y la ironía en la voz de Wolfe. La mirada desafiante que le dedicó desde sus oscuros ojos no era mucho más amable.
—Cuando supere su insensatez —siguió Wolfe en tono respetuoso, volviendo a dirigirse a Victoria—, anularé el matrimonio y os la devolveré del mismo modo en que vino a mí, completamente intacta.
—Oh, espero que no completamente —señaló Victoria divertida—. Enseña a esta pequeña monjita obstinada a no temer a un hombre. Entonces los dos seréis libres.
Wolfe dio la espalda a Victoria y miró a Jessica con ojos fríos.
—Aún no es demasiado tarde para detener esta farsa, milady. Pronto te cansarás de ser la mujer plebeya de un hombre plebeyo.
—No me cansaré de ser tu mujer. —Aquello fue una promesa, y Jessica la pronunció como tal.
—Sí, sí lo harás —afirmó Wolfe.
Y aquello también fue una promesa.