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SOMBRA Y ESTRELLA , Laura Kinsale

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La sombra del guerrero

1887

Dejó en suspenso el pensamiento en un lugar oscuro y silencioso.

Apartándose del vasto parloteo de la humanidad, permitió que el susurro de la suave brisa que movía las cortinas inundase su mente. Contempló su tenue imagen en el espejo hasta que el rostro

allí reflejado se convirtió en el de un desconocido, en un conjunto de rasgos sin expresión alguna en los ojos plateados ni en la boca impasible… y después en algo menos que un desconocido, en una

simple máscara austera… y después en algo todavía más allá: en unas formas elementales, sin rastro humano. Solo un espectro de luz y sombra, una sustancia visible e invisible.

Se dedicó a transformar la realidad circundante para adecuarla a sus fines. Para ocultar sus cabellos dorados, utilizó un recurso del teatro kabuki, el capuchón negro con el que se cubrían los kuroko al

introducirse sigilosos en una escena para cambiar el decorado. Para velar su rostro, rechazó por inadecuados la pintura o el hollín: era demasiado difícil quitárselos con rapidez y una prueba de lo más flagrante si se descubría su presencia. En su lugar, se ató sobre el rostro una máscara que solo dejaba al descubierto los ojos, de una tela más oscura que el carbón y de un tejido suave y flexible similar al del gabán gris, oscuro como la medianoche, que se ajustó a la cintura con un cinturón. Bajo los oscuros ropajes llevaba los medios para escalar un muro, para propinar un golpe fulminante, para escapar o herir; para matar. En lugar de zapatos, eligió unos dúctiles tabi con el fin de no hacer ruido al andar y de mantener el contacto con la tierra.

Tierra… agua… aire… fuego… y el vacío. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Los oídos atentos a la suave brisa que ningún hombre tenía poder suficiente para detener. Sintió en los huesos la fuerza inmensa y profunda que emanaba de la tierra. Dejó que la nada ocupase su mente. Inmóvil, se fundió con la noche: invisible en el espejo, inadvertido en la brisa.

Con los dedos entrelazados, invocó el poder de sus intenciones para cambiar el mundo tal como era. Se puso en pie y desapareció.

1

Londres, 1887

Leda se despertó de repente en plena noche. Había estado soñando con cerezas. Su cuerpo sintió el sobresalto de la transición, una sacudida desagradable que la obligó a tragar aire, que estremeció sus músculos y le aceleró el corazón mientras miraba la oscuridad y trataba de recuperar el aliento, de entender las diferencias entre la realidad y los sueños.

¿Eran cerezas… y ciruelas? ¿Se trataba de un pastel? ¿De un postre? ¿De la receta de un refresco? No… ah… no, del sombrero.Cerró los ojos. Dejó que la mente soñolienta se deslizase ante la

cuestión de si debían ser cerezas o ciruelas las que adornasen el sombrero alto, terminado en punta, que podría comprarse a finales de semana cuando madame Elise le pagase el trabajo diario.

Vagamente intuyó que el sombrero era un tema mucho menos peligroso y más agradable en el que pensar que el que sabía que debería ocupar sus pensamientos: su oscura habitación y los distintos rincones todavía más oscuros, y qué alteración podía haber sido la causa de su despertar de un sopor profundo y muy necesario.

El silencio de la noche era casi total, solo interrumpido por el tictac del reloj y la suave brisa que entraba por la ventana de la buhardilla donde se encontraba su habitación y que esa noche le llevaba el aroma del Támesis y no los olores normales a vinagre y destilería.

A ese verano anticipado lo llamaban tiempo de la reina, y Leda lo notó en las mejillas. Lascelebraciones del jubileo de la reina Victoria hacían que por las noches las calles estuviesen más ruidosas que de costumbre, lo que se sumaba a las muchedumbres y el alboroto de los espectáculos, a los extranjeros extravagantes procedentes de todos los rincones del mundo que se veían por doquier, cubiertos con turbantes y joyas, y que parecía que acabasen de desmontar de sus elefantes.

Pero en esos momentos la noche estaba en silencio. Ante la ventana abierta distinguió apenas la silueta del geranio y el bulto de seda rosa que había terminado de coser a las dos de la mañana. El traje de baile debía entregarse antes de las ocho, con las costuras y los pliegues hechos y los bordados de la cola terminados. La propia Leda debía estar vestida y en la puerta de atrás de madame Elise antes de esa hora, sobre las seis y media, con el traje en una cesta de mimbre a fin de que una de las chicas del taller se lo probara para comprobar que no tenía defectos antes de que el repartidor se lo llevase consigo.

Intentó recuperar aquel sueño tan preciado, pero tenía el cuerpo tenso y el corazón no cesaba de latir con fuerza. ¿Era aquello un ruido? No sabía con seguridad si lo que oía era un sonido real o el latido de su propio corazón. Así que, como era de esperar, los latidos cobraron aún más fuerza, y aquella idea difusa que llevaba un tiempo rondándole el pensamiento sin que lo reconociese se adueñó por completo de su mente: había alguien allí con ella en la pequeña habitación.

La sensación de miedo que experimentó Leda habría hecho resoplar a la señorita Myrtle. La señorita Myrtle tenía una actitud valerosa. Ella no se habría quedado en la cama muerta de miedo con el corazón desbocado. Se habría puesto en pie de un salto y agarrado el atizador para dejarlo junto a la almohada, porque la señoritaMyrtle tenía el hábito de planear por adelantado emergencias de ese tipo, como encontrarse que una no estaba sola en su propia habitación en medio de la oscuridad.

Leda no estaba hecha de esa fibra. Sabía que a ese respecto había sido una decepción para laseñorita Myrtle. Tenía un atizador, pero no se había acordado de colocarlo cerca de la cama antes de acostarse, ya que estaba agotada y era hija de una frívola francesa. Al estar desarmada, no le quedaba más que dar el siguiente paso lógico: convencerse a sí misma de que con toda seguridad no había nadie más en su habitación. Era evidente que no. Desde donde se encontraba la podía ver en casi su totalidad, y la sombra de la pared no era otra cosa que su abrigo y su paraguas en elperchero, donde los había colgado hacía un mes, tras los últimos fríos de mediados de mayo. Tenía una silla y una mesa con la máquina de coser alquilada; un mueble lavabo con su jofaina yaguamanil. Tuvo un susto momentáneo al ver la silueta del maniquí junto a la chimenea; pero, al mirar con más detenimiento, se dio cuenta de que, a través de la malla abierta del torso y la falda, podía ver la forma cuadrada del hogar de la chimenea. Podía distinguir todas estas cosas, incluso en la oscuridad; su cama estaba arrimada a la pared de la pequeña buhardilla, así que, a no ser que el intruso estuviese colgado cual murciélago de la viga del techo que había sobre su cabeza, debía de estar sola.

Cerró los ojos.

Los abrió de nuevo. ¿Se había movido la sombra? ¿No era un tanto larga para ser la de su abrigo y desaparecer en la oscuridad en las proximidades del suelo? ¿No tenía aquella mancha todavía más oscura la forma de los pies de un hombre?

Tonterías. El agotamiento le impedía ver con claridad. Cerró los ojos de nuevo y respiró profundamente.

Los abrió.

Fijó la mirada en la sombra de su abrigo y, a continuación, apartó las sábanas, se levantó apresurada y gritó:

—¿Quién hay?

Aquella pregunta tan general obtuvo un silencio por toda respuesta. Allí de pie, descalza sobre la madera fría y rugosa del suelo, se sintió estúpida.

Trazó un círculo con el pie para comprobar la profunda sombra bajo su abrigo. Dio cuatro pasos hacia atrás, hacia la chimenea, y buscó a tientas el atizador. Con aquel utensilio en la mano, se sintió mucho más dueña de la situación. Movió el atizador en dirección al abrigo y con la barra de hierro tanteó la tela de arriba abajo, y después la pasó por todos los rincones oscuros de lahabitación, incluso por debajo de la cama. En las sombras no había nada. Ningún intruso escondido.

Nada sino espacio vacío.

El alivio hizo que relajase los músculos. Se llevó la mano al pecho, rezó una corta plegaria en agradecimiento y, antes de volver a la cama, comprobó que la puerta estuviera cerrada con llave. La ventana abierta no ofrecía ningún peligro; daba al enlodado canal y solo se podía acceder a ella desde un tejado empinado. Pero, pese a todo, dejó el atizador a mano, en el suelo.

Tras taparse con la remendada sábana hasta la nariz, volvió a sumirse en un placentero sueño en el que tuvo un destacado papel un pinzón disecado, muy bonito y elegante, y tan de acuerdo con los cánones de la moda del momento que a una la podían persuadir de que, para adornar un sombrero, era mil veces preferible a las cerezas y las ciruelas.

El jubileo hacía que todas las cosas y todo el mundo cobrasen un ritmo alocado. Apenas había amanecido cuando Leda subió la escalera trasera de Regent Street, pero encontró a todas las muchachas del taller aguja en mano e inclinadas sobre sus labores a la luz de las lámparas de gas.

Daba la impresión de que la mayoría de ellas había pasado allí toda la noche, algo del todo probable. Ese año, las prisas anuales de la temporada de festejos se habían acelerado: fiestas, jiras campestres, y todas las jóvenes bonitas y las damas con estilo inmersas en una auténtica marea de compromisos y diversiones a causa del jubileo. Leda cerró los ojos cansados y parpadeó de nuevo mientras ella y la jefa del taller sacaban de la cesta el enorme bulto de tela. Estaba agotada; todas lo estaban, pero el nerviosismo y la ilusión eran contagiosos. ¡Quién pudiera llevar algo así, tan precioso!

Cerró los ojos una vez más y se apartó del vestido de baile, un poco mareada por el hambre y la agitación.

—Ve a buscar un bollo —le dijo la primera oficiala—. Apuesto a que no terminaste con esto antes de las dos de la mañana, ¿a que no? Tómate un té si quieres, pero date prisa. Hay una cita a primera hora. Una de las delegaciones extranjeras estará aquí a las ocho en punto y tienes que tener listas las sedas de colores.

—¿Extranjeros?

—Orientales, creo. Tendrán el cabello negro. Y claro, no sería buena idea resaltar su piel cetrina.

Leda se apresuró a ir a la otra habitación, tragó deprisa una taza de té azucarado junto con el bollo, y a continuación corrió escaleras arriba y fue saludando al pasar a las aprendizas internas. Al llegar al tercer piso, se introdujo en una pequeña habitación, se quitó la sencilla falda azul marino y la blusa de algodón, se lavó en el lavabo de porcelana con el agua tibia de un cubo de latón y echó a andar por el pasillo en camisa y calzones.

Una de las aprendizas le salió al encuentro a medio camino.

—Han elegido el que está hecho a la medida —dijo la muchacha—. El de seda a cuadros escoceses, en honor al cariño que su majestad siente por el castillo de Balmoral.

Leda soltó un pequeño grito de irritación.

—¡Vaya! Pero yo… —Se detuvo cuando estaba a punto de decir algo tan vulgar como que no podía permitirse de ninguna forma el nuevo atuendo. Pero ese iba a ser el uniforme del salón durante el resto del jubileo; le deducirían el coste obligatoriamente de su salario.

La pérdida de la señorita Myrtle le había puesto las cosas muy difíciles. Pero Leda no iba a ponerse a llorar, por supuesto que no, por mucho que tuviese que rebajarse. Lo que le pasaba era que había dormido muy poco, que su descanso no había sido completo y que se había despertado tarde y de mal humor. Sentía más ganas de pegar patadas que de llorar, porque la señorita Myrtle había planeado el futuro con todo cuidado, y había redactado legalmente sus últimas voluntades y testamento, en el que dejaba la tenencia de su casita de Mayfair a un sobrino viudo, a punto de cumplir los ochenta años, con la condición de que permitiese que Leda siguiese viviendo en ella y se encargase de llevarle la casa, y de que su habitación continuase siendo suya, si así lo deseaba, y ella lo deseaba con toda su alma.

El viudo había mostrado su conformidad en privado, y en el despacho del abogado había llegado a decir que sería todo un honor que la joven dama de compañía de la señorita Myrtle estuviese al frente de su casa. Y, cuando todo parecía haberse resuelto a satisfacción de ambos, fue cuestión de muy mala suerte que él se hubiese metido en el camino de un ómnibus sin dejar testamento ni herederos y sin tan siquiera haber expresado su opinión sobre el asunto.

Pero así eran las cosas, y así los hombres. Un sexo de lo más insensato, al fin y al cabo. La casa de Mayfair había ido a parar entonces a una prima lejana de la señorita Myrtle que no tenía ninguna intención de ocuparla.

Ni de mantener a Leda para que se ocupase de los nuevos inquilinos. Leda era demasiado joven para ser un ama de llaves como es debido; no era lo adecuado. No, ni siquiera a pesar de que la prima Myrtle, una Balfour, hubiera criado a Leda en South Street. Aquel asunto había sido una temeridad: sacar a una niña del arroyo y situarla por encima de lo que era su posición natural. La prima dudaba mucho de que fuese lo apropiado, vaya si lo hacía. Pero, bueno, la prima Myrtle siempre había sido un tanto peculiar —toda la familia lo sabía—, pese a que en una época estuvo prometida con un vizconde. En vez de seguir con él, se había liado con aquel hombre innombrable, lo que la había colocado en una situación absolutamente inaceptable, y sin tan siquiera una alianza matrimonial que poder mostrar a cambio, ¿verdad que no?

Tampoco veía la prima ninguna manera de que Leda continuase en la casa en otra posición por mucho que trabajase, por muy buena que fuese para coser o para confeccionar elegantes prendas; tampoco podía en conciencia escribir una carta de recomendación para que Leda solicitase un puesto de mecanógrafa. La prima lo sentía mucho, de verdad que lo sentía, pero no sabía nada de la señorita Leda Étoile, excepto que su madre era francesa, ¿y de qué serviría escribir algo así como referencia?

Y, como Leda había descubierto muy pronto, era cierto que solo había dos tipos de establecimientos en los que una joven dama de modales refinados y dudoso origen francés era bienvenida, y el salón de una modista de moda era el único que se podía nombrar.

Leda tomó aire con fuerza.

—Bueno, pues vamos a parecer todas auténticas habitantes de las Tierras Altas de Escocia con los trajes a cuadros escoceses, ¿no? —le dijo a la aprendiza—. ¿Está listo el mío?

La muchacha asintió.

—Solo me falta subir el dobladillo. Usted tiene un pase a las ocho. Extranjeros. —Orientales —dijo Leda mientras seguía a la muchacha de mandil blanco a una estancia en que la alfombra y la larga mesa estaban salpicadas de recortes de tela de todo tipo y color. Mientras Leda se ceñía el corsé y se ajustaba los aros de metal del polisón por detrás de las caderas, la muchacha cogió un bulto de tela a cuadros azules y verdes. Leda levantó los brazos para que el vestido se deslizase sobre su cabeza.

—Así que son orientales, ¿eh? —murmuró la muchacha con la boca llena de alfileres. Los fue sacando y colocando con destreza—. ¿Son de esos que retorcieron el pescuezo a los pollos en el hotel Langham?

—Claro que no —repuso Leda—. Creo que fue un sultán el que… bueno, el que originó el desafortunado incidente con las aves. —No era apropiado que una dama hablase de retorcer el pescuezo a los pollos. Consciente de ello, hizo un esfuerzo por aclararle las ideas a la muchacha—. Los orientales son de Japón. O Nipón, que es el nombre correcto.

—¿Y eso dónde queda?

Leda, sin mucha seguridad en sus conocimientos de geografía, frunció el ceño. La señorita Myrtle había sido una gran defensora de la educación femenina; pero, como carecía de los medios adecuados —de una esfera terráquea, por ejemplo—, algunas de las lecciones impartidas por ella no habían dejado más que una leve huella.

—Es difícil de describir —contestó, tratando de ganar tiempo—, tendría que mostrártelo en un mapa.

La aguja de la muchacha entraba y salía con rapidez de la tela de seda. Leda torció la nariz al ver reflejado el traje a cuadros en un espejo agrietado empotrado en la pared. Esas telas tan llamativas no eran de su agrado, y, peor aún, aquella tela tan rígida no se ceñía bien a los contornos del polisón.

—Fíjate en cómo queda de abultada por detrás —dijo mientras trataba de aplastar el enorme bulto que se le formaba tras las caderas—. Lo que parezco es una gallina escocesa.

—Vamos, no es para tanto, señorita Étoile. El verde le va muy bien a sus ojos. Hace que destaque su color. Ahí, sobre la mesa, está la escarapela que tiene que llevar en el pelo.

Leda se aproximó y cogió el adorno; probó a colocárselo de distintas formas sobre el cabello color caoba oscuro hasta quedar completamente satisfecha con el efecto. El verde oscuro de los cuadros de la escarapela casi no destacaba entre el intenso color de su cabello, así que se lo colocó con una inclinación que le daba un aire desenfadado.

La señorita Myrtle, tras una ojeada, habría dicho que el efecto resultaba demasiado coqueto para ser elegante. Además, habría aprovechado la circunstancia para mencionar que en cierta ocasión había roto su compromiso con un vizconde, acción esta de lo más imprudente, tenía que reconocer; pero las jóvenes de diecisiete años cometen imprudencias a menudo. (En ese momento de la historia siempre le dirigía a Leda una mirada preñada de significado, tanto si a la sazón Leda tenía doce años, como si tenía veinte.)

La propia señorita Myrtle tendía a ser mesurada y comedida en lo que al aspecto se refiere. Que esa tendencia tan refinada tuviese algo que ver con la escasez de medios para adquirir adornos excesivos y otras frivolidades de moda era un hecho que amablemente pasaba por alto el círculo íntimo de amistades de la señorita Myrtle: damas criadas en la elegancia, de circunstancias parecidas, que se mostraban de total acuerdo en ese punto.

Pero la señorita Myrtle había fallecido y, por mucho que Leda la honrase en su memoria, esos gustos tan sencillos no se adecuaban a lo que se esperaba de una joven modelo de salón en el establecimiento de madame Elise, modista de la casa real por designación de su alteza real la princesa de Gales. Tenía que resignarse con el traje escocés, y la mitad del dinero del precio del delicado y elegante sombrero con el que Leda había soñado (ya confeccionado y con el casto adorno de un pinzón embalsamado) estaba claro que desaparecería, sin ir más lejos, con tan solo pagar el medallón dorado que adornaba la escarapela a cuadros.

La señora Isaacson, personalidad que se escondía tras el seudónimo de madame Elise, desaparecida largo tiempo atrás, entró con celeridad en el taller donde se cortaban los atuendos. Puso en manos de Leda un puñado de tarjetas, le echó una breve ojeada sin decir palabra e hizo un leve gesto de asentimiento.

—Muy bien. El adorno del cabello cuenta con mi aprobación, bien colocado. Si no le importa, ayude a la señorita Clark a ponérselo con la misma gracia. Ella lo lleva caído. —Hizo un gesto con el dedo indicando las tarjetas—. Habrá damas inglesas entre el grupo de extranjeros. Creo que lady Ashland y su hija son también de piel oscura. Modelos de día y de noche, el ajuar completo.

Concéntrese en los tonos fuertes y puede que en el rosa, y asegúrese de que no haya ni rastro de amarillo en ninguna prenda, aunque el marfil puede que resulte; ya veremos. Cuando estén todos aquí será un grupo numeroso, unos seis o siete. Según tengo entendido, todos querrán que se les hagan las recomendaciones a la vez. Usted tendrá que echar una mano si la necesito.

—Por supuesto, señora —dijo Leda y, tras un titubeo, se obligó a sí misma a añadir—: ¿Podría hablar con usted en privado, señora, si dispone de unos minutos?

La señora Isaacson le dirigió una mirada llena de agudeza.

—Ahora mismo no tengo tiempo para hablar en privado con usted. ¿Se trata del nuevo atuendo para el salón de exhibiciones?

—Vivo fuera, señora. En este momento, es… —Era horrible verse forzada a hablar así—. Mis circunstancias son muy difíciles en la actualidad, señora.

—Naturalmente, el coste puede deducirse de su salario. En su contrato acordamos que serían seis chelines a la semana.

Leda mantuvo la vista baja.

—Me es imposible vivir con lo que queda, señora.

La señora Isaacson permaneció unos instantes en silencio.

—Su obligación es vestir de acuerdo con el puesto que ocupa. Tiene que entender que no puedo consentir que se altere el contrato.

Se le explicaron con total claridad las condiciones cuando vino a trabajar con nosotros. Sería un precedente que no puedo permitirme sentar.

—No, señora —dijo Leda con un hilo de voz.

Se produjo de nuevo otro silencio, casi insoportable.

—Veré lo que se puede hacer —dijo por fin la señora Isaacson.

Una sensación de alivio se apoderó de Leda.

—Gracias, señora. Se lo agradezco.

E hizo una leve reverencia mientras la señora Isaacson se recogía el vuelo de la falda para marcharse.

Leda leyó las tarjetas. Tal como era habitual en aquel año de visitantes exóticos, alguien del Ministerio de Asuntos Exteriores se había encargado de hacerles llegar consejos útiles en lo referente al protocolo. Bajo la fecha aparecían las citas concertadas.

Representación japonesa, 8 de la mañana

Su alteza real la princesa imperial Terute-No-Miya de Japón. Tratamiento de «su alteza serenísima». No habla inglés. Consorte imperial Okubo Otsu de Japón. Tratamiento de «su alteza serenísima». No habla inglés.

Lady Inouye de Japón. En representación de su padre el conde Inouye, ministro japonés de Asuntos Exteriores, tratamiento diplomático de «su excelencia». Inglés fluido, educada en Inglaterra, no tendrá dificultades para hacer de intérprete.

Representación de Hawai (islas Sandwich), 10 de la mañana

Su majestad la reina Kapiolani de las islas Hawai. Tratamiento de «su majestad». Habla muy poco inglés, será necesario un intérprete.

Su alteza real la princesa Liliyewokalani, princesa heredera de las islas Hawai. Tratamiento de «su alteza». Inglés fluido, hará de intérprete sin problemas. Lady Ashland, marquesa de Ashland, y su hija lady Catherine.Con residencia actual en las islas Hawai. Íntimas de la reina y la princesa de Hawai.

Leda miró una y otra vez las tarjetas, memorizando los títulos, mientras la aprendiza terminaba de coserle el dobladillo. Se encontraba en su elemento. La señorita Myrtle Balfour había puesto todo su empeño en la misión de educar a Leda para que observase las normas de etiqueta adecuadas que tienen que seguir quienes son acogidos por la buena sociedad. Y era cierto que Leda había sido recibida con toda cordialidad por las viudas y solteronas de South Street. El halo de agradable escándalo que todavía rodeaba a la señorita Myrtle desde la época de aquel hombre innombrable, pese a los más de cuarenta años que llevaba de vida tranquila y retirada en la casa de sus padres, era un pasaporte seguro para cualquier despliegue de comportamiento extraño.

A una Balfour había que permitirle tener sus propias excentricidades, incluso animarla a ello; eso proporcionaba cierto aire de aventura y atrevimiento a la cerrada y recatada sociedad de South Street. Así que las damas de South Street habían cerrado filas y reprendido de forma muy directa a cualquiera que se atreviese a poner en entredicho el buen sentido de la señorita Myrtle por haber tomado la decisión de dar cobijo en su hogar a la hija de corta edad de una francesa, y habían acogido a Leda en su bien alimentado seno; y por eso había alcanzado la plenitud de su feminidad entre las flores marchitas de la aristocracia de Mayfair y contaba entre sus amistades más íntimas con ancianas hijas de condes y ajadas hermanas de barones.

Todas estas majestades y altezas, sin embargo, tenían un poco más de categoría que aquellas personas a las que estaba acostumbrada a tratar, y el Ministerio de Asuntos Exteriores era muy atento y amable al aclarar por adelantado las distintas relaciones y disipar así cualquier miedo a incómodas meteduras de pata. Todo transcurriría sin problemas, tal como había sucedido la semana anterior con la visita de la maharaní y las damas de Siam, acompañadas por una dama china.

Con el dobladillo terminado, Leda se dirigió a elegir las telas y cogió un pesado rollo tras otro de brocados, terciopelos y sedas, y los fue apilando tras el mostrador del salón de exhibiciones. Los altos espejos que recubrían los paneles de la pared reflejaban con toda su opulencia los tonos violeta y ámbar de la alfombra que cubría el suelo de la enorme estancia. Otras jóvenes empleadas hacían lo mismo, preparándose para recibir a los clientes habituales, que, en su mayoría, tenían cita concertada para más tarde, a horas más civilizadas. Justo en el momento en que terminaba de colocar el último rollo de tela de seda a rayas sobre la pila, entró el lacayo en el salón en compañía de su alteza serenísima de Japón.

Madame Elise, o Isaacson, se apresuró a hacer una reverencia ante las cuatro delicadas damas orientales, que se quedaron al lado de la puerta cual asustados cervatillos. Mantenían la mirada clavada en las puntas de sus zapatos de estilo occidental y las manos apoyadas en las faldas. La raya que dividía sus cabellos negros como el azabache era una línea perfecta, de un blanco níveo como sus rostros de porcelana. Madame Elise les dio la bienvenida con su mejor acento francés y les rogó que la acompañasen.

Empezó a alejarse. Tras apenas tres pasos, estaba claro que ninguna de las damas japonesas la seguía. Continuaban en silencio, sin moverse, con la vista clavada en el suelo.

Madame Elise miró al lacayo y, al tiempo que enarcaba las cejas, preguntó formando las palabras con los labios: ¿lady Inouye? El hombre respondió encogiendo los hombros de forma casiimperceptible. A madame no le quedó más remedio que recurrir a la solución extrema de decir en voz alta, esta vez en inglés sin acento francés alguno:

—Lady Inouye, ¿me permite tener el inmenso honor, excelencia?

Nadie respondió. Una de las dos damas japonesas que quedaban medio ocultas por las otras dos hizo un leve ademán hacia la figura delante de ella. Madame Elise dio un paso en dirección a la dama.

—¿Su excelencia?

La joven japonesa se llevó la mano a los labios y sonrió, para después soltar una tímida risilla. Con una preciosa voz de niña dijo algo incomprensible, casi entre susurros, que sonó como si tratase de cantar con la boca llena de agua. Se inclinó ligeramente, señaló la puerta a sus espaldas e hizo una nueva inclinación.

—Dios nos ampare —dijo madame Elise—. Creía que su excelencia hablaba inglés.

La joven volvió a indicar la puerta. Luego se llevó la mano a la garganta, tosió teatralmente y señaló nuevamente la puertaTodos los presentes guardaron silencio entre dudas.

—Madame Elise —aventuró Leda—, ¿es posible que lady Inouye no haya venido?

—¿Que no haya venido? —La voz de madame Elise estaba teñida de pánico.

Leda dio un paso adelante.

—Su… excelencia —dijo con lentitud y claridad y, a continuación, se llevó la mano a la garganta, tosió como había hecho la otra joven y señaló la puerta.

Las cuatro damas japonesas hicieron una reverencia a la vez; los saludos iban desde una inclinación profunda, doblando la cintura, a un ligero gesto con la cabeza.

—Dios nos ampare —dijo madame Elise.

Se produjo otro silencio.

—Mademoiselle Étoile —dijo madame Elise de repente—, encárguese usted de estas clientas. Cogió a Leda del brazo y la empujó hacia delante, presentándola como si de un regalo se tratase, y luego se retiró haciendo reverencias hasta alejarse del grupo.

Leda respiró hondo. No tenía idea de quiénes eran la princesa ni la emperatriz consorte, pero intuía que se trataba de las dos que estaban delante, las que, en lugar de hacer una reverencia, apenas habían realizado un gesto de asentimiento. Con un amplio gesto del brazo, trató de llevarlas a todas hacia los asientos dispuestos junto al mostrador de mayor tamaño.

Como un pequeño grupo de ocas obedientes, se dirigieron a pasitos hacia las sillas. Dos tomaron asiento, y las otras dos se hincaron con gracia de rodillas en el suelo y mantuvieron la mirada baja.

Bueno, estaba claro que las dos de las butacas pertenecían a la realeza, y las otras dos eran algún tipo de damas de compañía. Leda cogió una revista de moda del mostrador. Como no estaba segura de cuál de las damas, la una princesa y la otra consorte, tenía preferencia, se la ofreció a la que aparentaba tener más edad.

La dama se apartó con un gesto negativo y movió la palma de la mano ante su rostro como si fuese un abanico. Leda se disculpó, hizo una profunda reverencia a la otra dama y le ofreció la revista.

También esta declinó coger la publicación ilustrada. Mientras Leda permanecía con ella entre las manos, miró desesperada a las que estaban en el suelo. No era posible… ¿Es que en su país la posición más baja era signo de superioridad? No le quedaba otra alternativa: le ofreció la revista a la dama más cercana de las dos que estaban arrodilladas.

Era la que había gesticulado antes para indicar que lady Inouye se encontraba indispuesta. Ahora, levantó la mano para rechazar la revista. Se volvió y se dirigió en voz baja a la más joven de las damas sentadas, quien a su vez le contestó con otro susurro. Leda estaba sumida en la confusión. La joven arrodillada se giró, inclinó el cuerpo hasta rozar el suelo con la frente y dijo:

—San… güis.

Leda se mordió los labios y enseguida compuso de nuevo el gesto.

—San… güis —repitió—. ¿Moda? —añadió, acercando de nuevo la revista ilustrada.

La negativa fue firme. Leda hizo una nueva reverencia y se fue tras el mostrador, levantó dos piezas de terciopelo y las llevó hasta las damas. Quizá lo que querían era empezar por los tejidos. El intento fracasó. Las damas japonesas miraron los terciopelos sin la más mínima intención de tocarlos, y empezaron a hablar entre ellas con suavidad.

—San… güis —repitió la acompañante de rodillas—. I… las San… güis.

—Lo siento muchísimo —dijo Leda con impotencia—, pero no comprendo. Probó con una seda de color verde lima. Quizá buscasen tejidos más ligeros.

—I… las San… güis —fue la respuesta suave, insistente—. I… las San… güis.

—¡Ah! —exclamó Leda de repente—. ¿Se refiere a las islas Sandwich?

La joven de rodillas entrechocó las manos y se inclinó.

—¡Sangüis! —repitió con alegría.

Todas las damas japonesas soltaron una risilla. La de más edad tenía los dientes ennegrecidos, lo que hacía que su boca pareciese un espacio vacío al abrirla, efecto extraño y desconcertante a la vez.

—¿Desean esperar a que llegue su majestad la reina de las islas Sandwich? —preguntó Leda.

La dama de compañía respondió con un torrente de palabras en japonés. Leda hizo una inclinación y se irguió sin saber qué hacer. Las damas colocaron sus pálidas y diminutas manos en el regazo y bajaron la vista.

Durante dos horas, hasta la cita de las diez con la reina de las islas Sandwich, permanecieron en la misma postura mientras Leda, de pie, hacía compañía a aquel reducido y paciente grupo de damas, que no movían la vista ni a derecha ni a izquierda, pero que, de vez en cuando, se hablaban en susurros. El único respiro en aquella tortura exquisita fue cuando madame Elise tuvo la presencia de ánimo de enviar una bandeja de té y pasteles de la que las damas dieron cuenta con discreto entusiasmo y en medio de más risillas. Parecían muñecas sonrientes, pequeñas y llenas de timidez.

Había tal silencio en el salón que todos pudieron oír el carruaje cuando por fin se detuvo a la entrada, así como las voces en inglés en la puerta. Leda sintió un alivio tal que se olvidó del dolor de espalda que sufría e hizo una profunda reverencia.

—Las islas Sandwich —dijo esperanzada, indicando los ventanales.

Todas las damas japonesas levantaron la vista, sonrieron e hicieron distintas inclinaciones. Tras unos momentos, apareció en la puerta el grupo de Hawai.

Una dama de aspecto imponente, que se movía con lentitud, entró en el salón en primer lugar, ataviada con un vestido mañanero de seda morada que le sentaba como un guante y que su amplio busto llenaba con opulencia. Tras ella iba una dama igual de elegante y voluminosa, un poco más joven y bella, de piel oscura y anchas mejillas, de apariencia majestuosa.

Madame Elise se adelantó e hizo una profunda reverencia. La segunda dama de aquella impresionante pareja dijo en un inglés agradable y perfectamente comprensible:

—Buenos días. —Con un gesto de la cabeza indicó a la dama vestida de seda morada—. Esta es mi hermana, su majestad la reina Kapiolani.

Tras exhalar un suspiro de alivio perfectamente audible, madame Elise retomó su acento francés.

—La humildé casa de madame Elise se hongá con la presenciá de su majestad —dijo con zalamería al tiempo que indicaba a las damas que la acompañasen.

Tras las damas hawaianas, el resto del grupo se había quedado en la puerta. Leda levantó la vista y, por un breve instante, se olvidó de sus modales y les dedicó una mirada de abierta admiración.

Juntas en el umbral estaban las dos mujeres más bellas que Leda había visto jamás en el mismo lugar y al mismo tiempo. Con los mismos pómulos bien definidos, la misma piel exquisita, el mismo cabello oscuro y reluciente e idénticos ojos maravillosos, madre e hija formaban una estampa fascinante. Vestían con sencillez. Lady Ashland, de azul oscuro, llevaba un armazón mínimo y evitaba así el exagerado perfil de ave de corral que confería a Leda el traje a cuadros. Su hija, lady Catherine según la ficha protocolaria, vestía de color rosa pálido de debutante y bajo la falda llevaba un medio miriñaque que le daba una apariencia más moderna y un poco más de amplitud.

Madame Elise seguía ocupada tratando de establecer comunicación entre la reina de las islas Sandwich y las damas japonesas, así que Leda se adelantó a recibir a lady Ashland y a su hija.

Lady Ashland le dirigió una sonrisa amable que mostró las líneas que el sol había dejado en torno a sus ojos y que su hija no tenía.

—Debe de estar usted muy ocupada —dijo con naturalidad—. No la entretendremos mucho tiempo: la reina quería un vestido mañanero especialmente hecho por madame Elise. Nos ha pedido que les digamos que no es necesario que se den prisa en confeccionarlo.

Leda sintió al punto el deseo de dar preferencia a las amistades de aquella dama tan agradable y pasarlas por delante de las demás.

—Es un honor y un placer servir a su majestad, señora. Y nos sentiremos complacidos de ayudar a su señoría en todo lo que desee. Para nosotros no representa problema alguno.

Lady Ashland se echó a reír y se encogió de hombros.

—Bueno, yo no soy ninguna loca por la moda pero quizá… —y dirigió una mirada interrogante a su hija. Leda descubrió que mechones plateados salpicaban el cabello negro como ala de cuervo de la dama—. ¿Te apetece algo a ti, Kai?

—¡Ay, mamá! No seas boba —dijo lady Catherine con marcado acento americano—. Sabes que los corsés me gustan tanto como a ti. —Inclinó la cabeza y sonrió a Leda con confianza—. Es que no soporto esas cosas horribles.

¿No llevaban corsé? Lady Catherine tenía la fortuna de contar con una figura que resultaría elegante hasta con un saco de harina encima, pero ¿no ponerse corsé? Leda sintió que la señorita Myrtle se revolvía en su tumba.

—Tenemos un algodón suizo muy fino en rosa pastel —dijo en voz alta—, con el que se podría hacer un vestido mañanero. Muy cómodo y ligero, a la par que elegante.

La más joven de las dos mujeres le dirigió una mirada por debajo de las pestañas en la que había un sutil destello de interés que Leda reconoció al instante. Sonrió e indicó los mostradores con la mano.

—Lady Tess… —La voz dulce y profunda de la princesa hawaiana detuvo su avance—. Parece que hay un problema con el cortejo imperial.

Toda esperanza de que la reina de las islas Sandwich se comunicase con las damas japonesas parecía haberse esfumado. Madame Elise daba muestras de sentirse agobiada en medio del grupo de extranjeras; algunas de las japonesas se empeñaban en dibujar en el aire formas vagas que parecían no tener significado alguno para la reina y su hermana.

—No tenemos intérprete —explicó Leda a lady Ashland—, pero parecen insistir en algo que ninguna de nosotras es capaz de comprender.

—¡Samuel! —dijeron a la vez lady Ashland y su hija.

—¿Se ha marchado ya? —gritó lady Catherine, al tiempo que corría hacia la ventana, la abría de golpe y se asomaba—. ¡Samuel! —gritó en tono muy poco propio de una dama—. ¡Man¯o Kane, espera! —La voz adquirió un deje cariñoso—. Necesitamos que vengas, Man¯o, y que nos saques de otro apuro.

Lady Ashland se quedó inmóvil y no hizo el más mínimo gesto para impedir la alocada exhibición de su hija. Lady Catherine volvió de la ventana.

—¡Lo he pillado a tiempo!

—El señor Gerard se encargará de traducir —dijo lady Ashland.

—Claro que lo hará, habla un japonés perfecto —afirmó lady Catherine al tiempo que hacía gestos de ánimo al grupo de damas orientales—. ¡Qué suerte que haya venido con nosotras esta mañana!

A Leda la circunstancia le pareció increíblemente afortunada, ya que suponía que no podía haber mucha gente con un don tan singular como era hablar japonés perfectamente, y que además coincidiese en andar por Londres en esos momentos acompañando a unas damas a una casa de modas. Pero, claro, lady Ashland y su hija vivían más cerca de Japón. O, por lo menos, así lo creía Leda. Tampoco tenía muy clara la situación de las islas Sandwich.

Se volvió hacia el vestíbulo, esperando ver a uno de esos bigotudos hombres de negocios yanquis que parecían haber estado en todas partes con sus elegantes chalecos y sus voces demasiado altas.

El lacayo entró en el salón y, con aquel tono de voz portentoso en el que madame Elise insistía porque, según ella, causaba el efecto majestuoso adecuado, anunció:

—¡El señor Samuel Gerard!

La estancia llena de mujeres guardó un silencio poco corriente cuando el señor Gerard apareció en la puerta… Hubo una toma de aire colectiva de las féminas ante su presencia: la de un dorado arcángel Gabriel, el pelo ligeramente alborotado por el viento, que hubiese descendido a la tierra, y al que solo le faltaban las alas.

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