Al limite

TERAPIA PELIGROSA , Lois Greiman

Capítulo uno

El matrimonio y la extinción de incendios no son para los cobardes; son para los valientes.

Pete McMullen,
poco después de su primer divorcio.

—¿Está usted casada?

Apenas hacía treinta y cinco minutos que conocía a Larry Hunt y ya me hacía semejante proposición. Pero el detalle de que me estuviera mirando como si fuera la mismísima hija de Satanás daba a entender que lo nuestro jamás funcionaría. El hecho de que estuviera sentado al lado de su esposa también suponía un problema para nuestra dicha conyugal. Tras sopesar los hechos, juzgué que debían de estar casados desde hacía veinticuatro años.

Pero yo no soy parapsicóloga. Soy psicóloga. También he sido camarera de cócteles, algo que me reportaba mayores ingresos y una clientela más cuerda, pero suponía estar de pie demasiadas horas.

Dos semanas antes, la señora Hunt había llamado a mi consulta para solicitar una sesión de terapia. Mi despacho, la Consul­ta Psicológica de Los Ángeles, se encuentra en el lado sur de Eagle Rock, a muy pocos kilómetros de Pasadena, aunque poco tiene que ver con el glamour del Desfile de las Rosas de la mañana del 1 de enero.

A raíz de aquella llamada, el señor Hunt parecía estar preguntándose cómo narices había ido a parar al despacho de una loquera de segunda clase, y decidió llenar sus cincuenta minutos tratando de sonsacarme información sobre mi vida privada. Pero supuse que lo que realmente quería saber no era si estaba casada, sino qué me hacía pensar que estaba cualificada para asesorarles a él y a su, por el momento, callada mujer.

—No, señor Hunt, no estoy casada —dije yo.

—¿Cómo es eso?

Si no hubiera sido un paciente, quizá le hubiera dicho que si yo estaba casaba, lo había estado o planeaba hacerlo no era asun­to de su incumbencia. Tal vez fuera mejor que se tratara de un paciente, puesto que esa respuesta en particular hubiera parecido algo inmadura y tan sólo un poco defensiva. No es que desee secretamente el matrimonio ni nada por el estilo, pero si alguien quiere venir a ayudarme con los trabajos del jardín de vez en cuando, tampoco le voy a hacer ascos. Incluso mi ex novio número setenta y siete, Victor Dickenson, también conocido co­mo Vic el Viril entre los que lo conocen íntimamente, había sabido abordar este asunto sin problemas.

—Larry —le reprendió la señora Hunt. Era una mujer menuda con el pelo rubio y estropajoso, traje de chaqueta y pantalón violeta. Llevaba unos zapatos de plataforma que pertenecían a una generación distinta de la de su ropa y me hicieron preguntarme si tendría una hija quisquillosa que se habría propuesto poner al día el calzado de su madre. Sus ojos parecían burbujas, recordándome a los peces de colores que solía tener cuando era niña, y cuando la mujer volvió la vista hacia mí, era evidente que también había estado preguntándose cosas acerca de mí.

Entre los pacientes está muy extendida la creencia de que un psicólogo tiene que tener pareja estable para poder saber algo acerca del matrimonio. Yo jamás he sido una langosta y, sin embargo, sé que saben mejor con una cucharada de mantequilla fundida y un chorro de limón.

No contaba con demasiada información sobre los Hunt, pero supe por sus fichas de cliente que Kathy tenía cuarenta y tres años, cuatro menos que su marido, quien trabajaba para una empresa que se llamaba Alquiler de aparatos Mann. Ambos se sentaron en mi confortable sofá de color crema, aunque afirmar que se sentaron juntos hubiera sido un arriesgado ejercicio de romántica imaginación. Entre el traje de chaqueta y pantalón y la rígida espalda del señor Hunt había suficiente espacio como para que pasara un tráiler, un camión de plataforma y to­do lo demás.

Les dediqué a ambos mi sonrisa profesional, la misma que da a entender que estoy muy por encima de las insultantes incursiones en mi vida personal y que no los asesinaría mientras durmieran por haberlo hecho.

—Es usted una mujer de buen ver —prosiguió el señor Hunt—. Tiene un buen empleo. ¿Cómo es que continúa soltera?

Consideré decirle que, a pesar de mis relaciones en el pasado con hombres como él, había conseguido mantener algunas células del cerebro en funcionamiento. Pero aquello se hubiera podido considerar poco profesional. Además de falso.

—¿Cuánto tiempo llevan casados? —pregunté, dándole la vuelta a su pregunta con la deslumbrante ingenuidad de la que sólo un psicoanalista licenciado podía hacer gala. Eran las cinco de la tarde de un viernes y hacía cinco días y diecinueve horas que no tocaba un cigarrillo. Lo había contado de camino al trabajo aquella mañana.

—Veintidós años —dijo la señora Hunt. No parecía estar muy emocionada con el número. Quizá ella también había estado echando cuentas de camino al trabajo—, el próximo mayo.

—Veintidós años —repetí, y silbé con admiración mientras me reprendía a mí misma por haberme pasado de años. Fue su conjunto de color pastel lo que me despistó—. En este caso deben de estar haciendo algo bien. ¿Y no habían seguido ninguna terapia hasta el día de hoy?

—No —respondieron al unísono. Por la expresión en sus rostros, intuí que era una de las pocas cosas que continuaban haciendo en tándem.

—Es porque no creían necesitar ayuda o porque…

—Yo no creo en esta porquería —la interrumpió el señor Hunt.

Me volví hacia él magistralmente serena, lo que demuestra el estado de madurez que he alcanzado. Cinco años atrás me hubiera sentido ofendida. Veinte años atrás le hubiera llamado cara perro y le hubiera dado una colleja.

—Entonces, ¿por qué está usted aquí, señor Hunt? —le pregunté con mi melodiosa voz, una suave mezcla de curiosidad y preocupación.

—Kathy dice que no… —se detuvo—. Quería que la acompañara.

Así que la vieja Kat no le proporcionaba sexo. Vaya, vaya.

—Bueno —dije—. Supongo que sabrán que no tienen que contarme nada que les haga sentir incómodos.

Los volví a mirar, uno después del otro. El señor Hunt frunció sus pobladas cejas. La señora Hunt apretó la boca. No parecían sentirse demasiado cómodos con nada de su vida. Quizá sólo con los intercambios fortuitos del tipo «cómo te ha ido el día» (siempre que no requirieran un contacto ocular prolongado).

Me aclaré la voz. No terminaba de dar en el blanco con los Hunt. Pero la ley de las estadísticas decía que él quería más sexo y ella quería, vamos a ver, un buen lifting y un viaje de ida a Tahití. Parecía cansada. También parecía lo suficientemente alterada como para que los pelos se le pusieran de punta en cualquier momento.

De acuerdo a mis procedimientos actuales, no suelo preguntar a mis clientes si tienen hijos, pero en el caso de los Hunt, una confirmación escrita era casi tan necesaria como los refrescos en una fiesta de graduación. Ella tenía la mirada de la madre de familia. Seguro que tenían un buen puñado de mocosos.

—Y, por supuesto —proseguí—, todo depende de cuáles sean sus objetivos.

—¿Objetivos? —preguntó el señor Hunt, con cierto recelo. Como si yo fuera a querer engañarle para inducirle a la salud mental y la felicidad conyugal.

—Sí —giré levemente la silla y crucé las piernas. Llevaba un vestido sin mangas de color rojo anaranjado y una chaqueta a juego de Chanel. Al comprar la ropa en una pequeña tienda de segunda mano en Sunset Boulevard, puedo vestir un poquito mejor que la media de pordioseros de Los Ángeles y todavía puedo permitirme mis sandalias de talón abierto y lino de colores de 12,95 dólares. Los zapatos hacían juego con el ribeteado del conjunto y sentaban bien a los músculos de mis pantorrillas. Estaba fantástica. ¿Quién necesita un marido cuando llevas pues­to un Chanel y estás fantástica?

»¿Qué es lo que esperan conseguir con estas sesiones? —pregunté.

El señor Hunt me miró con una mezcla de irritación y absoluta estupefacción. Volví mi atención hacia Kathy, esperando más sagacidad por su parte.

—¿Cuál es el principalmotivo que la ha traído hasta aquí, señora Hunt?

—Yo simplemente… —Frunció el ceño y se encogió de hombros. Tenía la sensación de que efectuaba ambos gestos con bastante frecuencia—. Pensé que no nos haría daño.

Ah. Apoyo entusiasta. Algún día bordaré esas palabras y las tendré enmarcadas encima de la mesa.

—Así que no se siente completamente satisfecha con su relación actual. —Sólo era una suposición, pero a juzgar por la ira que emanaba de ellos cual gases tóxicos, me sentía bastante segura al respecto.

—Bueno… —Ella apretaba la correa de su bolso beis. Era del tamaño aproximado de la puerta de entrada de mi consulta—. Ninguno de los dos se siente completamente satisfecho, supongo.

Le dediqué una sonrisa alentadora y volví mi atención hacia su marido.

—¿Y qué me dice usted, señor Hunt? ¿Hay algo de su matrimonio que le gustaría cambiar?

—Las cosas están bien —dijo él, aunque continuaba mirándome a mí.

Le dediqué mi sonrisa de ajá, como si supiera algo que él desconocía. Quizá fuera así, lo más probable era que no supiera dónde guardaba la llave de mi casa o cómo depilarse las ingles sin proferir una sarta de improperios.

—Así que usted está aquí para complacer a su esposa —dije. Era el modo más benévolo de decir que sabía que ella lo había arrastrado hasta allí entre gritos y pataleos. En el noventa por ciento de los casos, la cosa funciona así. Los hombres tienden a pensar que todo marcha a las mil maravillas siempre y cuando su mujercita no le haya apuntado con una pistola en la sien durante las últimas setenta y dos horas—. Ha sido un gran detalle por su parte que haya accedido a venir. ¿Es su esposo siempre tan considerado, ¿Kathy? —pregunté, volviéndome hacia su mujercita.

El cambio fue considerable e instantáneo. Sus labios formaron una fina línea, casi imperceptible, y sus ojos se entrecerraron. Durante un segundo me pregunté si aquella mujer habría traí­do consigo un arma de fuego. No me extrañaría nada, pues­to que su bolso era lo suficientemente grande como para contener un cañón y el buque de guerra que lo albergaba. El bueno de Larry quizá tendría que dormir con un ojo abierto.

—Deja los pañuelos de papel usados en el salón —dijo ella. El tono de su voz era tenso, sujetaba la cartera de colegial de mamut con los nudillos blancos, como si hubiera descubierto a Larry sin pantalones con la mujer al cargo del alquiler de las cortadoras de césped.

Para los no iniciados, la declaración de Kathy podía parecer una extraña táctica para entablar conversación, pero llevaba dedicándome a esto el tiempo suficiente como para saber que no son los acontecimientos sórdidos los que suelen terminar con un matrimonio. Es la pasta de dientes tirada en el lavabo. La revista Psicología hoy dice: «La psique humana es un fenómeno complejo y frágil».Personalmente, creo que la gente es más rara que un perro verde.

—Tengo un problema de sinusitis —dijo Larry, aparentemente en defensa propia.

—¿Y es por eso que no puedes tirar los pañuelos usados a la basura? —El tono de su esposa alcanzó los estridentes decibelios de un general. Miré a uno y luego al otro como si fuera un espectador de Wimbledon.

—Tú dejas fuera el zumo de naranja cada puñetera mañana. Y no me ves a mí haciendo un asunto de Estado de ello.

—¡Eso es porque no te importa un carajo! —replicó ella—. Podría dejar una caca de perro en la encimera y tú te marcharías al trabajo como si nada.

—No sé de qué narices me estás hablando —dijo él, elevando el tono de voz—. Llevo veintidós años trayendo cheques de mi sueldo dos veces al mes. ¿Crees que haría algo así si no me importara? ¿Crees que me importa algo cuántos cortadores de mármol alquila el señor Mann a la semana?

—Sí, así es —dijo ella, con las mejillas encendidas y los ojos desorbitados—. Creo que te importan más las cortadoras de mármol que yo.

La habitación se sumió en un repentino silencio. Traté de contener una sonrisa de orangután eufórico. La primera media hora había sido el equivalente conversacional al pábulo. Pero esto… esto era algo a lo que hincar el diente.

Quince minutos más tarde conducía a los Hunt a la puerta de la calle. No parecían precisamente radiantes, pero habían accedido a poner en práctica un par de consejos. Él recogería lo que desordenara regularmente y ella le haría el desayuno los martes y los domingos.

Me despedí de ellos amigablemente con la mano, me di la vuelta con un suspiro y me dejé caer en una de las dos sillas enfrente de la mesa de la recepción. Mi recepcionista se encontraba detrás. Se llama Elaine Butterfield. Habíamos confraternizado en quinto grado de primaria, tras resolver que los chicos eran estúpidos y repugnantes. A grandes rasgos, continúo pensando que son estúpidos. Aunque a veces huelan muy bien.

—¿Quieres que pidamos comida china? —pregunté.

Elaine clasificó un documento en el archivador sin volverse hacia mí.

—No puedo —dijo—. Tengo una prueba mañana por la ma­ñana.

Elaine es actriz. Lamentablemente, no sabe actuar.

—¿Y por eso no vas a comer?

—Se me hincha la cara con la comida china.

Elaine jamás ha tenido la cara hinchada. A los diez años era regordeta y tenía los dientes salidos; a los treinta y dos era tan guapa como para hacer que odiara a mis padres y a cualquier antecedente de muslos gruesos que se hubiera meado en mi charca genética.

—¿Para qué es la prueba? —Hacía unos días que no oía ninguna de sus espantosas frases, algo muy poco propio de Laney. Normalmente las despachaba por la oficina cual humo de hier­ba en un concierto de Mick Jagger.

—Sólo se trata de un pequeño papel en un culebrón.

—¿Un culebrón? —le pregunté, tratando de enderezarme en la silla—. Te encantan los culebrones. Son un trabajo estable.

—Sí, bueno… —Se encogió de hombros y volvió a clasi­ficar otro documento—. Lo más probable es que no consiga el papel.

—¿Laney? —procuré ver su rostro, pero lo mantenía ocul­to—. ¿Te pasa algo?

—No. —Estaba pasando los dedos por las uves. El único expediente por clasificar era el de Angela Grapier. Elaine tenía un coeficiente intelectual que provocaría a Einstein un infarto. No cabía la menor duda de que sabía que el nombre de «Angie» venía antes de «Vigoren».

Me puse en pie.

—¿Qué te ocurre?

—Nada. Sólo estoy cansada.

—Tú nunca estás cansada.

—Sí lo estoy.

—Laney —le dije, rodeando la mesa y tocándole el hombro. Ella se volvió hacia mí como un cachorro al que le han soltado una reprimenda.

—Se trata de Jeen.

Yo parpadeé, incapaz de creer lo que veían mis ojos. Tenía la carahinchada. Y su nariz, perfectamente delineada y de poros perfectos, estaba roja.

—¿Qué? —dije.

—No es… —Ella meneó la cabeza—. Nada. No te preocupes por mí. Sólo es que…

—¿Jeen? —repetí como un loro. Entonces caí en la cuenta. Hacía unas semanas que se veía con un tipo menudo y miope llamado Solberg, a quien tuve la mala pata de presentarle. Había sido una verdadera crueldad por mi parte, pero en aquel entonces estaba metida en un lío. Algunos le llamaban J.D. Hube de creer que su verdadero nombre era Jeen, puesto que Elaine no era lo suficientemente vengativa como para inventarse semejante nomenclatura. Lamentablemente, no se podía decir lo mismo de los padres de J.D. Era bajito, con escaso pelo, e irritante, pero tenía un chollo de trabajo en una empresa llamada NeoTech y un coche despampanante—. ¿Qué pasa con él? —le volví a preguntar, y de pronto me imaginé lo peor—. Él no… Oh, Dios, ¡Laney! No te habrá tocado, ¿verdad?

Ella no respondió.

La ira se disparó cual juegos artificiales en mi cabeza. Hay quien cree que tengo algo de mal carácter. Mi hermano Michael me solía llamar Chrissy la Chalada. Pero se merecía todas y cada una de las collejas que recibió—. ¡Maldito enano repugnante! —solté—. Le advertí que no…

—No. —Elaine lo negó con la cabeza, con el ceño frunci­do—. Ése no es el problema, Mac.

Hice una mueca. Dios santo, ¿significaba aquello que Solberg la había tocado? ¿Significaba aquello que a ella le había gustado? ¿Significaba aquello que el mundo se derrumbaba ba­jo mis…?

—Maldita sea, Laney —dije, asaltada por un terrible presentimiento—. No te habrá pegado, ¿verdad?

—Por supuesto que no —dijo ella mientras cruzaba su mirada verde botella lánguidamente con la mía. Si no fuera una heterosexual declarada, le hubiera pedido matrimonio al instante.

Me relajé un poco.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Él sólo… —Se encogió de hombros de nuevo—. No me ha llamado, eso es todo.

Esperé las malas noticias. Pero Elaine no estaba muy comunicativa.

—¿Y?

Me lanzó una mirada de desaprobación mientras dejaba caer el expediente de Grapier en el compartimiento XYZ.

—No sé nada de él desde que se fue a Las Vegas.

—Ah, claro —dije. Recordé que Elaine me había hablado de la presencia de NeoTech en una colosal convención de tecnología. Al parecer, allí J.D. era una especie de rey de los frikis. Tendría que haberle prestado más atención, pero tenía algunos asuntos de los que ocuparme. El sistema séptico de mi casa, por ejemplo. Había sido instalado algo antes del mioceno y ame­nazaba con lanzar su veneno al pasillo y llegar a mi anticuada cocina.

También estaba mi vida amorosa. Bueno, en realidad, era inexistente.

—Debe de estar ocupado —dije yo.

—Se suponía que teníamos que asistir a la inauguración de Universo Electrónico la semana pasada.

Meneé la cabeza, sin llegar a comprender.

—Universo Electrónico —dijo ella—, una tienda de aparatos electrónicos de tecnología punta. La única en el país, creo.

—Podéis visitarla la semana que viene. Seguro que continúa abierta.

Ella bajó la vista y se miró las manos.

—No me importa que nos lo perdiéramos, claro está. A ver, una vez has visto un trozo de plástico gris, ya los has vistos todos, pero… él estaba muy ilusionado y… —Se encogió de hombros como si quisiera dejar correr el tema—. Hace ya casi tres semanas que se marchó.

—Bueno… —iba a decir—. ¿Tres semanas? —No me parecía que hubiera pasado tanto tiempo desde la última vez que vi al enano doble de Woody Allen—. ¿De verdad?

—Diecisiete días y medio —dijo ella.

Hice una mueca. Había estado contándolos. Una mujer tiene que estar bastante desesperada para contar los días.

—Tú misma me dijiste que se trataba de un asunto muy importante —le recordé—. Lo más probable es que esté ultimando los detalles. Este tipo de cosas.

—Me dijo que me llamaría cada día.

—¿Y no has sabido nada de él?

—Al principio sí. Me llamaba cada pocas horas. Y me mandaba algún correo electrónico, y a veces también me enviaba faxes —me sonrió abatida—. Me dejaba mensajes de texto con corazoncitos.

Puaj.

—Vaya, vaya —dije yo.

—Y de repente… nada. —Ella se encogió de hombros, volvió la mirada hacia el escritorio y revolvió entre unos papeles—. Ni siquiera sé si ganó la Bombilla de Oro.

—¿La qué?

—Es un galardón de la industria. Estaba muy ilusionado con haber sido nominado al premio cuando se marchó, pero ahora —se aclaró la garganta—. Creo que ha conocido a otra persona.

Parpadeé.

—¿Solberg?

—La convención era en Las Vegas —dijo ella, como si aquello lo explicara todo. Pero no lo hacía. Ella prosiguió como si estuviera explicando la lección a un pato retrasado—. En Las Vegas hay más mujeres bellas per cápita que en cualquier otra ciudad del mundo.

—Vaya, vaya.

Ella frunció levemente el ceño. Aquel gesto no suscitaba ni una sola arruga en su cutis de papel de arroz. Si no la quisiera con locura, la odiaría.

—Resulta duro tener que competir con un centenar de chicas semidesnudas haciendo malabares con armadillos y sacando fuego por la boca.

—¿Armadillos? —pregunté. No pude evitar sentirme impresionada. Los armadillos suelen ser muy duros.

—Tiene muchos puntos a favor, Mac —dijo ella.

Mantuve mi rostro completamente inexpresivo, esperando a que Elaine terminara el chiste. Pero no lo hizo.

—¿Has oído su risa? —le pregunté.

Ella me dedicó una sonrisita sensiblera.

—Parece un asno acelerado.

—¡Uf! —dije—. Entonces estamos hablando del mismo tipo.

Ella inclinó la cabeza en un gesto de censura.

—He visto a muchos hombres desde que me he trasladado aquí, tú lo sabes.

No podía estar más de acuerdo. Laney recibía propuestas de matrimonio de tipos que ni siquiera habían salido del útero materno.

—Pero Jeen —se detuvo. No me gustaba nada el aire ensoñador de su mirada—. Jamás se ha jactado del número de flexiones que puede hacer o de lo rápido que puede correr un kilómetro.

—Bueno, lo más probable es que no pueda hacerlo…

Ella me detuvo con una mirada, probablemente justificada. El tacto no se encuentra entre mis mayores virtudes. Cuando sepa cuáles son, os las haré saber.

—Ni siquiera sé cuál es su signo de zodiaco —dijo ella.

—Es escorpión.

—¿Lo sabes?

Lamentablemente, sí.

—Laney —dije, tomándole la mano e intentando encontrar el modo más agradable de hacerle saber que su novio era un idiota—. Sé que te gusta y todo lo demás. Pero en realidad…

—Jamás se ha intentado acostar conmigo.

Me quedé boquiabierta. Solberg mehabía hecho proposiciones a los dos segundos y medio de conocerlo. Me gustaría pensar que es porque soy más sexy que Elaine pero de momento no parezco estar clínicamente muerta, a pesar de los cinco días y veinte horas desde mi último cigarrillo.

—Estás de broma —dije yo.

—No

—¿No te llama culito de mazapán?

—No.

—¿No te mira el escote hasta que se le humedecen los ojos?

—No.

—¿No hace ver que tropieza y te toca las tetas?

—¡No!

—Vaya

Ella meneó la cabeza.

—Yo creía que realmente le importaba. Pero… —Se rio un poco, aparentemente de su propia estupidez—. Al parecer no estaba interesado en mí. Ya sabes… en esesentido.

Levanté una ceja. Sólo una. Me reservo las dos para los extraterrestres violetas con apéndices vivientes.

—Seguimos hablando de Solberg, ¿verdad?

Ella frunció el ceño.

—¿Ese friki menudo? ¿El que tiene la nariz como un al­batros?

Ahora sencillamente tenía un aspecto triste, algo que me hizo sentirme avergonzada, aunque, en realidad, toda aquella situación era ridícula. Solberg vendería su alma a cambio de un rápido vistazo a una exhibicionista anémica. Pondría a la venta su ordenador portátil por cogerle la mano a una mujer del ca­libre de Elaine. Y a ella le gustaba de verdad. ¿Qué tenía todo aquello de extraño?

—Escúchame, Laney. Lo siento. Pero en realidad no hay nada de lo que preocuparse. Llámale. Dile que… —respiré hondo y procuré ser imparcial—. Dile que lo echas de menos.

—Ya lo llamé. A Las Vegas.

Ahora me tocaba a mí fruncir el ceño. Laney no suele llamar a los chicos. Lo único que tiene que hacer es pronunciar «pito pito gorgorito» y recoger a un pretendiente de su tejado.

—¿Ninguna respuesta? —le pregunté.

Ella se aclaró la garganta. La emoción le empañaba los ojos.

—¿Laney? —dije.

—Respondió una mujer.

—¿Una mujer? Como… —Era inconcebible—. ¿Alguien como tú y como yo? —dije señalándonos—. ¿Un ser humano?

A ella no le parecía divertido.

—Bueno… —me reí—. Debía de ser la mujer de la limpieza.

—¿La mujer de la limpieza?

—O… —Estaba empezando a flaquear, pero mi fe en Elaine era ciega—. Quizá era… su tía abuela que venía a visitar… al pringado de su sobrino favorito.

Ella apartó la mirada. ¿Había lágrimas en sus ojos? Oh, ¡mier­da! Si había lágrimas en sus ojos, iba a tener que encontrar a Solberg y asesinarlo.

—¿Le preguntaste quién era? —le dije.

—No. Yo… —meneó la cabeza—. Estaba demasiado sorprendida. Ya sabes. Simplemente pregunté por él.

—¿Y?

—Me respondió que no estaba.

—¿Y ya está?

—Yo estaba… no lo sé… —Se encogió de hombros, parecía inquieta mientras revolvía unos cuantos documentos más en la mesa—. Le llamé algo más tarde.

—¿Y?

—Ninguna respuesta.

—¿Le dejaste algún mensaje?

—En el móvil y el fijo. —Volvió a fijar la mirada en el escritorio—. Un par de veces.

—Lo siento —dije yo, derrochando sinceridad—. Pero me temo que la respuesta es obvia. —Ella me miró a los ojos—. Nuestro pequeño amigo el Friki está muerto.

—¡Mac!

No pude evitar echarme a reír.

—Escúchame, Laney —dije yo, apretándole la mano—. No seas ridícula. Solberg está loco por ti. Lo más probable es que se haya demorado en Las Vegas.

—Lo más probable es que se haya pegado un revolcón en Las Vegas.

La miré absorta. Elaine Butterfield jamás utiliza semejantes expresiones vulgares.

—Quizá me debería haber… —Se detuvo—. ¿Crees que tendría que haberme acostado con él?

Me abstuve de decir lo que hubiera sido un pecado de dimensiones bíblicas. Hay una palabra que se llama «brutalidad». Estaba segura de que incluso Jerry Falwell pensaría que la homosexualidad era un juego de niños en comparación con aquello.

—Elaine, relájate —dije—. Estoy segura de que aparecerá en un par de días. Te traerá tulipanes y te llamará culito de fre­sa, bomboncito helado y todas esas cosas desagradables que sue­le decir.

—Ojos de ángel —dijo ella.

—¿Cómo?

—Me llama ojos de ángel. —Ella me miró con dichos ojazos—. Porque yo lo salvé.

—¿De qué?

—De ser un idiota.

Cielo santo. Si no conociera a aquel tipo, quizá me llegaría a gustar.

—Volverá, Laney —dije yo.

Ella dejó escapar aire delicadamente.

—No lo creo, Mac. De verdad que no lo creo.

Me eché a reír.

—Tú no eres cerebrito Laney Butterfield.

—Intento abordarlo desde un punto de vista práctico.

—Elaine, dulzaina. Elaine, sosaina. La vaina de Elaine.

Me lanzó una mirada.

—¿Elaine, azotaina? —sugerí—, ¿tontaina?

—La peor era la última —dijo ella.

—Sí. —La escuela secundaria había sido todo un reto—. Simon era un idiota de dimensiones épicas.

Ella asintió distraídamente.

—Pero sabía rimar. Que es todo lo que le puedes pedir a…

—Cualquier idiota con cerebro más pequeño que sus pelotas —terminé yo por ella. Era una cita directa de mi hermano Pete. Siempre he temido que lo empleara como insulto.

Elaine sólo pudo esbozar una débil sonrisa.

—Escúchame, Laney —suspiré. Doce años en la Escuela Católica Sagrado Corazón me habían enseñado un montón de cosas. Sobre todo a colar chicos en la rectoría para un revolcón rápido. Aunque hasta aquel preciso instante no supe que también había aprendido a ser una mártir—. Voy a encontrar a Solberg por ti.

Ella lo negó con la cabeza pero yo me adelanté.

—Porque yo sé… estoy convencida de que simplemente se ha retrasado.

—Mac, aprecio tu confianza en mi aspecto físico. De verdad. —Ella me apretó la mano—. Pero no todos los hombres creen que soy una diosa —respondió ella.

—No digas eso —le advertí, y me eché hacia atrás—. No quiero oír ninguna porquería modesta saliendo de tu boca.

—Yo no…

—Déjalo —le advertí de nuevo—. Si dices una sola palabra negativa sobre ti misma, voy a culpar a Solberg por ello. Y entonces… —Entré en mi despacho y cogí el bolso de debajo de la mesa, al lado de la litografía de Ansel Adams—. Cuando lo encuentre, voy a darle semejante patada en el culo que va a llegar hasta el próximo sistema solar.

—Mac, no puedes culparle por no encontrarme atractiva.

—Tú cierra la boquita.

—Se ha librado de mí.

Me volví hacia ella bruscamente.

—¡Él no se ha librado de ti! ¿De qué estás hablando?

—¡Escúchame! —Abrí la puerta de la entrada de par en par—. Quizá sea un enano raquítico, pero no hay ninguna razón para pensar que se ha vuelto completamente loco. Bueno.. —corregí—, no tenemos ninguna prueba definitiva de que se haya vuelto completamente loco.

—Chrissy…

—Voy a encontrarlo —dije.

Y cuando lo hiciera, o bien le daría un mamporro en la cabeza… o le prepararía un bonito velatorio irlandés.

Volver a autoras