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Capítulo uno
Algunos aprenden de la calle, otros de los libros, pero la mayoría son simplemente idiotas.Chrissy (Mac) McMullen, tras encontrar a su novio en el asiento trasero de su Mazda con una majorette
El señor Howard Lepinski era un hombre inteligente. Culto, elocuente y meticuloso. Pero, por desgracia, apenas levantaba un palmo del suelo.
—Así pues, ¿usted qué opina? —preguntó, inspeccionándome a través de los gruesos cristales de sus gafas. Aquel hombrecillo de bigote tenía un tic nervioso y una insólita e imperiosa necesidad de analizar hasta el último e insignificante detalle de las decisiones que se iban cruzando en su camino.
Lo miré directamente a los ojos. El doctor Candon, mi profesor de psiquiatría, un día dijo que jamás se cansaría de subrayar la importancia de mirar a los pacientes a los ojos. Según sus palabras, los llenaban de: «la confortante sensación de que cuentan con toda nuestra atención, no muy distinta a la de una madre cuando da de mamar a su recién nacido». Quizá debería considerar la posibilidad de que el mismo doctor Candon hubiera querido exagerar la importancia del asunto, pensé.
—¿Señora McMullen?
—Discúlpeme, señor Lepinski —dije en un estudiado tono maternal. Lo utilizaba siempre que quería recrear la escena de la madre lactante—. No estoy segura de haber entendido bien su pregunta. —Lo cierto era que me había distraído un poco, pero eran casi las siete y no había comido nada desde el mediodía, tan sólo un yogurt de cereza y algo parecido a zumo de naranja en polvo. Y para ser totalmente sinceros, a eso no le llamaría comer. Era algo que había tenido que hacer para evitar que mi boca se suicidara antes de la hora de la cena. Por otro lado, el pliegue de grasa que se había formado en mi estómago desde que había dejado el vicio de la nicotina… de nuevo… se había convertido en un lento y pesado problema que ahora amenazaba con aposentarse en mi cinturilla y crecer como la masa de pan, blanco, no integral.
En cierto sentido, mi vida era mucho más sencilla cuando trabajaba de camarera. Así era, servir cócteles a la embriagada población de Schaumburg había sido un calvario para mis juanetes, y las proposiciones dirigidas a mi persona solían ir acompañadas de eructos de campeonato pero, como mínimo, recibía «proposiciones». Los hombres de Los Ángeles eran de otra pasta. Que era lo que yo esperaba, por supuesto, pero aún así…
—Los sándwiches —repetía el señor Lepinski. Advertí varias gotas de sudor en su frente—. ¿Debería llevarme al trabajo el de pastrami o el de jamón?
Procuré considerar su dilema alimenticio con la debida importancia, temiendo que los ruidos en mi estómago arruinaran la sagaz expresión en mi rostro.
—Quizá —dije convincentemente, haciendo verdaderos esfuerzos para ahogar los ruidos de mi inminente inanición— el problema no sea tanto lo que debería llevarse para comer, sino la razón por la que le preocupa tanto lo que debería llevarse para comer.
—¿Cómo? —Movió el bigote como si fuera un hámster y parpadeó, como si se hubiera distraído de una vuelta en su rueda de ejercicios.
—Me refiero a… —Me retorcí los dedos. Vi a Kelsey Grammer hacerlo en Frasier en una ocasión y me pareció un gesto muy distinguido. Me gustaba lo distinguido. Incluso ahora que llevaba una muy poco distinguida mancha en el lugar en que había caído un pegote de cereza en mi blusa de seda. Era de color pardo oscuro y combinaba con mi nuevo tono de pelo. Me refiero a la blusa, no a la mancha. Elaine, mi secretaria a tiempo parcial y amiga a tiempo completo, me había aconsejado eliminar la mancha con soda pero ahora se me ocurría que quizá podía succionarla yo misma del tejido hasta poder contar con algo más sustancial con qué sostenerme—. Quizá debería reflexionar más acerca de la razón por la que está obsesionado con los sándwiches —concluí, haciendo un gesto de profunda reflexión con la cabeza.
Su tic nervioso cesó bruscamente y dirigió sus ojos brillantes como los de un pájaro hacia la puerta, como si pensara en ahuecar el ala.
—Yo no estoy obsesionado —dijo él. Tenía la boca fruncida y su tono era afectado, y en aquel momento me pregunté si se hubiera sentido más insultado si hubiera sugerido que su madre pertenecía a otra especie. ¡Una situación delicada! Sin embargo, no convenía ofender a los clientes, considerando la delicada situación económica en la que me encontraba. Pero aquel hombre pagaba una considerable suma de dinero por sus sesiones del jueves por la tarde y dedicaba la mayor parte del tiempo a hablar de lo que se debía o no llevar de comer al trabajo. A mí me parecía un tanto extraño pero ¿quién era yo para decirlo? Una vez conocí a un tipo que utilizaba diecisiete cepillos de dientes distintos cada día de la semana. Diecisiete. Jamás supe del todo por qué lo hacía, y eso que lo conocía bastante bien. Íntimamente, a decir verdad. Está bien, lo cierto es que viví con él dieciocho meses. Estaba como una regadora pero poseía una gran higiene dental, y si algo he aprendido en mis treinta y pico años es que hay ocasiones en las que una mujer no puede ser demasiado exigente.
—Quizá la palabra «obsesionado» no sea la más adecuada —dije—. Me refería a que es probable que tenga asuntos más importantes de los que ocuparse.
Lepinski dirigió la vista de nuevo hacia la puerta, volvió a centrar su atención en mí y dijo:
—No. —En un tono que me desafiaba a discrepar.
Así que hice lo que cualquier terapeuta novato con un diploma apelmazado en un marco de caoba como el mío hubiera hecho. Pensé en una taza de café moca y le dediqué una sonrisa maternal.
—Y me siento ofendido por los términos empleados —añadió—. No estoy, ni jamás he estado, obsesionado.
Consideré decirle la verdad, que estaba más loco que una cabra, pero al echar un vistazo al reloj en la pared advertí que se le había acabado el tiempo.
—Lo lamento, señor Lepinski —le dije, procurando evitar levantarme de la silla como un conejo maniaco al que acaban de soltar de su jaula. En lugar de ello me levanté con solemne tranquilidad y le tendí la mano. Gracias a Monique, la maga manicurista, mi mano estaba perfectamente arreglada, a excepción de una uña fastidiosa que se había soltado en mi frenético vuelo al trabajo doce horas atrás—. Nos vemos la semana que viene.
Él me miró con el ceño fruncido, como si estuviera considerando la posibilidad de cancelar las visitas pendientes, pero el pensamiento de tener que lidiar con sus crisis alimenticias sólo debió resultarle a él demasiado sobrecogedor porque finalmente deslizó su mano alargada en la mía y asintió.
—La semana que viene —dijo él sin siquiera mirarme a los ojos—. ¡Eh! Lleva una mancha en la… —dijo, señalando mi pecho con un gesto poco enérgico.
Extendí la mano y me coloqué bien la camisa debajo de la chaqueta a juego. No fue un gesto de turbación. Al fin y al cabo, aquel hombre llevaba calcetines amarillo canario y un traje de tweed arrugado.
—¿Qué es? ¿Tomate?
—¿Cómo dice?
—En su camisa. ¿Es tomate? —preguntó él.
—No —dije, y le dediqué una sonrisa educada al tiempo que indolente. Aprendí mucho. Adquirí mucha práctica con lo educado e impasible trabajando en El Jabalí Verrugoso de Schaumburg, justo a la vuelta de la esquina de la calle en la que había pasado mi infancia—. Buenas tardes, señor Lepinski.
Volvió a mover el bigote, como si hubiera advertido un efluvio de tan fascinante mancha.
—¿Salsa a la barbacoa?
—Espero que no le moleste que nadie le acompañe a la puerta. Creo que mi secretaria ha tenido que salir pronto esta tarde.
—¿Salsa de tomate?
En mi escritorio había un abridor de cartas en forma de espada clavado en una piedra falsa. Era más decorativo que práctico, pero me preguntaba si podría llegar a ser un arma efectiva. Lo que estaba claro era que no me iban a condenar por defenderme de la enorme frustración que se experimenta al dejar la nicotina.
—Creo que tengo otro cliente, señor Lepinski.
—Un poco de jabón mexicano y saldrá de inmediato —dijo él con la mirada fija en mi pecho. No soy Dolly Parton pero tampoco soy Calista Flockhart. Aunque dudaba que Lepinski hubiera llegado a considerar la posibilidad de que bajo el costoso conjunto que llevaba puesto hubiera carne. La mancha lo eclipsaba todo—. A menos que sea gelatina de uva. Pero no lo es, ¿verdad?
Descubrí, para mi sorpresa, que mis dedos se habían ido cerrando entorno al abridor de cartas. Me sentía a gusto con él en la mano.
Podía ver los titulares. «¡Psicóloga hambrienta arremete contra loco estúpido con versión en miniatura de Excalibur». Quizá querrían editarlo un poco. «Mujer con blusa manchada asalta a chalado.»
—O zumo de uvas. Zumo de uvas.
Levanté el abridor de cartas.
—Hola.
El corazón me dio un salto. Lepinski movió el bigote. Ambos nos volvimos hacia la puerta sobresaltados.
—Siento interrumpir.
Andrew R. Bomstad asomó la cabeza por la puerta y me sonrió tímidamente. Era una expresión insólitamente inocua para un hombre tan grandote, sobre todo si teníamos en cuenta su pasado. Había jugado como extremo cerrado en los Lions hasta que una lesión en la ingle lo había apartado de la gloria de sus días de gladiador. Ahora aparecía en anuncios locales y poseía acciones en empresas que probablemente le reportaban más dinero en una hora que lo que yo ganaba en un mes. Era todo un misterio por qué me había elegido a mí como psicóloga. Tenía secretos que no quería airear y quizá creyó que yo no tendría nadie importante a quién contarlos, incluso si rompía mi voto de confidencialidad.
—No he visto a nadie en la recepción. No sabía si alguien me había oído entrar.
—No, no le he oído —dije yo, devolviéndole la sonrisa. Así era, Bomstad tenía sus problemas, pero al lado de Lepinski rebosaba normalidad—. Siento haberle hecho esperar.
—No, no se preocupe. Tómese su tiempo. Lo más probable es que haya sido yo quien ha llegado pronto —dijo él y, sonriendo en señal de disculpa, cerró la puerta tras de sí.
—Bien … —dije, devolviendo el abridor de cartas a su sitio, no sin cierto pesar—. Entonces, buenas noches señor Lepinski.
Él parpadeó.
—¿No era ése el Bombardero?
—¿Cómo ha dicho?
—Ése era Andy Bomstad, ¿verdad?
—No estoy autorizada a decírselo —contesté, aunque debo admitir que el hecho de tener un cliente al que se le reconocía por algo que no fuera, por ejemplo, hacerse pis en el césped de su vecino, me subió la moral—. Reflexione acerca de lo que hemos hablado esta semana, ¿de acuerdo?
—¿Por qué está aquí?
Rodeé el escritorio y le indiqué el camino a la puerta con la mano extendida. «Y ahora fuera. Fuera antes de que te meta el pulgar en el ojo», pensé.
—Las visitas de nuestros clientes son confidenciales. Usted ya lo sabe, señor Lepinski.
—¿Por razones profesionales o privadas?
Indicarle el camino no había funcionado. Abrí la puerta con cortés autoridad y consideré lanzarlo al pasillo como había hecho con la ropa sucia del día anterior. Estaba convencida de que pesaba unos buenos cuatro quilos más que él. Y no es que yo esté muy gorda.
—Buenas noches, señor Lepinski.
Parecía estar pensando en incordiarme un poco más, pero un solo vistazo a la presencia imponente de Bomstad pareció hacerle cambiar de opinión porque cerró la boca inmediatamente, salió al pasillo con paso ligero y desapareció en la oscuridad de la noche, con sus calcetines amarillos resplandeciendo como luces de un faro.
Aparté mi atención de aquel hombrecillo arrugado y miré aliviada a mi próximo cliente. Llevaba los vaqueros ajustados y zapatos italianos.
—¿Un mal día? —me preguntó con una sonrisa que un día hizo que un antiguo compañero mío lo comparara con Tom Cruise.
Mi compañero se llamaba Brian. Durante un tiempo pensé que él era el hombre que llevaría algún día a casa de mi madre, hasta que descubrí las fotos de estrellas de cine debajo del colchón de la cama. Fotos de actores.
—Si continúa cargando con los problemas de los demás, terminará consumida.
Comprensión. Suspiré mentalmente, pero mantuve la barbilla alzada como una campeona.
—Es más sencillo que bloquear el ataque de un defensa en movimiento con la cabeza —dije, y se echó a reír mientras se levantaba y me seguía al despacho.
—Supongo que depende de lo que tengas en la cabeza —dijo él—. Pero ¡oye! El día está a punto de terminar y esto quizá nos ayude, ¿eh?
—¿Cómo dice? —dije yo, y él levantó la mano. Advertí que sostenía una bolsa de terciopelo que parecía contener una botella de vino.
—Mi médico me ha dicho que un trago por la noche me sentaría bien.
—Ah. —No se me ocurrió nada inteligente que decir. Aquello era nuevo para mí.
—Y todo indica que a usted también le irá muy bien.
Entró en mi despacho y cogió dos vasos de la mesita que había justo debajo de la reproducción del Ansel Adams.
En realidad no era una gran entusiasta del señor Adams pero la impresión me había salido gratis y le daba un aire alegre al lugar. «Ecologista chic», se le llamaba. O quizá «demasiado arruinado para comprar más cosas». Pero el despacho era pequeño y no necesitaba mucha decoración, me dije a mí misma. Además, Bomstad ocupaba la mayor parte del espacio disponible. Me alargó un vaso. Su mano era del tamaño aproximado de mi cabeza.
—Mucho me temo que el colegio de psicólogos no debe ver con muy buenos ojos el hecho de que se confraternice con los pacientes —dije yo, imaginando lo que el colegio en realidad haría si me pillara tomándome algo con él. Me vinieron a la cabeza alquitrán y plumas, pero quizá estaba siendo injusta. Quizá se dejarían de juegos con aves de corral y pasarían directamente a la inyección letal.
—Yo no diré nada si tú tampoco lo haces —dijo Bomstad mientras me ponía cómoda en la silla de ruedas al otro extremo de mi escritorio.
—No, gracias, señor Bomstad. Pero de verdad que se lo agradezco mucho. —Dios, sonaba tan profesional.
Él arqueó las cejas y se echó a reír. Durante un segundo me pregunté por qué. Era un buen tipo, con una sonrisa increíble y un cuerpo todavía más increíble. Y después de los hombres con los que había estado saliendo en el pasado… mmm… hacía aproximadamente una década, me complacía mirarlo. No es que no estuviera interesada en él. El colegio de psicólogos de California quizá no viera con buenos ojos que me tomara algo con los pacientes, pero me aplastaría hasta convertirme en paté y me serviría en tostadas integrales si descubrieran esto.
—Espero que no le moleste que beba.
—No. Adelante —dije. En realidad no estaba muy segura de las reglas acerca de los pacientes que beben durante la sesión, pero a mí me parecía que no hacía daño a nadie.
Extrajo la fría botella de un estuche de color burdeos. Una pequeña etiqueta colgaba de su vidrio verde. Era Asti Spumante —mi preferido—. Una extraña coincidencia, pensé mientras me reclinaba en la silla y él se servía el vino.
—Así pues, ¿qué tal le ha ido la semana? —preguntó él. Dejó la botella en el suelo y se sentó en el diván.
Giré mi silla hacia él.
—Bastante bien. ¿Y la suya?
—Un poco mal. Las acciones han bajado.
—¿De verdad? —Si tuviera acciones quizá lo hubiera sabido. Pero la mayor parte de mis fondos estaban destinados a pagar facturas atrasadas del colegio y un sombrío banquero. Tenía una pequeña y anticuada casita en la montaña. El patio parecía una madriguera de serpientes de cascabel. Schwarzenegger hubiera tenido que luchar mucho para lograr someter la puerta del garaje a su voluntad y todo el lugar necesitaba de los servicios de un hombre mañoso con sentido del humor, pero la casa era mía, y esperaba que continuara así.
—¿No le preocupa el mercado? —me preguntó Bomstad.
—No, mientras a mí no me afecte, no.
Bomstad permaneció en silencio unos segundos y se echó a reír. Quizá no era una lumbrera pero no me hallaba en situación de ir buscando defectos. ¿Os acordáis de Brian?
—Así que su madre ha venido a visitarle —le pregunté para poner las cosas en marcha. Las madres suelen ser un tema recurrente, pero tratándose de un hombre con problemas de impotencia…
—Sí —dijo él, degustando el vino—. Así es. Estuvo aquí cuatro días y luego voló hacia Seattle para tirar de la cadena de mi hermana. ¿Seguro que no quiere una copa?
—No, gracias. —En realidad sí la quería. No es que sea una gran bebedora. Mis debilidades son el chocolate y los paquetes de cigarrillos Virginia Slim pero un vaso de vino me hubiera sentado de maravilla después de la sesión anterior. Me preguntaba cómo se las apañaría el señor Lepinski para afrontar el día sobrio—. Así pues, ¿tuvo tiempo para charlar con ella?
—¿Con mamá? —preguntó él, terminándose el vaso de un trago y sirviéndose más vino.
Dios.
—Sí, su madre. ¿Recuerda? Estuvimos hablando del hecho de que le trataba como a un niño. De que quizá su… falta de tacto tenía algo que ver con sus problemas actuales. —Si la mitad de lo que Andrew le había dicho era cierto, aquella mujer era una psicópata en toda regla. Y no había ninguna razón para creer lo contrario.
Volvió a beber, suspiró y reclinó la cabeza en el espumoso cojín de mi diván color marfil, acogedor pero elegante.
—¿Se refiere a mi impotencia? —Me sorprendió que pronunciara aquella palabra en voz alta. La mayoría de hombres se hubieran sentido avergonzados ante semejante revelación pero Bomstad era de otra pasta. Sus ojos azules tenían un aire melancólico. Su pelo, perfectamente peinado pero de corte informal, resplandecía como el oro en la luz fluorescente. Era de facciones pronunciadas pero finas, y sus dedos en el grueso cristal de la botella… Sus rasgos eran pronunciados pero delgados, y sus dedos en el grueso cristal eran de punta redondeada, inmaculados, con las uñas cuadrangulares.
—Sí, y otras cuestiones —dije yo, tratando de restarle importancia. La impotencia es la peor pesadilla de cualquier hombre, supongo. «Les despoja de su autoestima, provocando a menudo su aislamiento, cuando lo que más necesitan es el apoyo de los demás», recordé. O al menos eso era lo que decían los libros. A pesar de ello, si contara al colegio de psicólogos que me había llevado a la cama a un paciente en mi creciente deseo de ayudarlo a resolver tan grave problema, no creo que lo comprendieran.
—¿Jamás se cansa de hablar de los problemas de los demás? —preguntó Bomstad, girando la cabeza ligeramente.
Los tendones de su amplio y bronceado cuello se tensaron al mirarme. Sus ojos eran extremadamente azules y delicados como los de un ángel; un alma sensible en el cuerpo de un gladiador finamente esculpido. El tipo de hombre que podría ganar la Super Bowl, cocinar un menú de cinco platos y redondear la jornada anotando sus sentimientos más profundos en un viejo diario.
Me había hablado de su diario en más de una ocasión. La idea de registrar por escrito los momentos que él consideraba más importantes de su vida fue mía, pero me aseguró en un acceso de entusiasmo infantil que hacía años que así lo hacía.
Desde aquel día, había dedicado muchas tardes libres a imaginármelo frente a su chimenea, quizá encima de una piel de oso, con el torso desnudo, por supuesto, después de una dura jornada de batalla. Su cabello dorado resplandecía a la luz de la lumbre mientras él se concentraba en una libreta encuadernada en cuero.
Le había pedido que me dejara ver su diario en alguna ocasión, únicamente por motivos profesionales, por supuesto. Y él me había contestado que quizá más adelante, cuando nos conociéramos mejor.
Contuve un femenino suspiro y volví al tiempo presente.
—Usted debe de tener sus propios problemas —dijo él, mirándome a los ojos—. ¿No necesita compartirlos con alguien de vez en cuando?
Sabía que debía retomar las riendas de la conversación. No cabía la menor duda de que lo sabía pero algo se revolvía en mi estómago. Podía ser hambre, pero tenía la sensación que tenía algo que ver con mis glándulas, así que me aclaré la garganta, revolví unos papeles e imaginé que me embadurnaban con alquitrán al tiempo que el aroma de unas alas de pollo se colaba por los orificios de mi nariz.
—Pero mi trabajo consiste en tratar vuestros problemas —dije yo, manteniendo un tono admirablemente firme y apañándomelas para dejar un espacio de medio metro de aire entre ambos.
—Pero jamás ha querido… —se encogió de hombros y levantó el vaso en el aire— ¿dejarse el pelo suelto?
Podía imaginar el tacto de sus dedos en mi cabello, surcando las firmes ondas de mi pelo caoba al tiempo que mi elegante recogido se deshacía y el pelo me caía por los hombros.
¡Pero un momento! Aquellas ensoñadoras imágenes se detuvieron en seco. Estaba pensando en una novela de amor. Mi cabello se hallaba adherido a la parte posterior de mi cabeza con suficiente laca como para mantener a un gato pegado a la pared. Estaba tieso como un palo, era demasiado fino y sin la inestimable ayuda de madame Clairol, se parecía al color del estiércol.
—Quizá deberíamos limitar nuestra conversación a sus problemas, señor Bomstad.
—Usted también debe de tener problemas.
—Pero no le pago ciento cincuenta dólares la hora para discutirlos.
Él volvió a echarse a reír. Su voz sonaba profunda y seductoramente masculina. Mi estómago hizo un extraño doble salto mortal.
—Quizá yo quiera escucharla gratuitamente.
Suspiré para mis adentros. Tardé un minuto en reconocer el sonido, pero cuando lo hice, lo silencié con una rapidez de maníaco y me enderecé en la silla.
—Es muy amable de su parte —dije, bastante segura de que la expresión educada e impasible en mi rostro volvía a estar en su sitio—, pero no puedo ayudarle si usted no…
—Usted ya me ha ayudado.
—¿Ah, sí?
Él bajó la vista. En ocasiones exhibía gestos seductoramente infantiles, como si apenas pudiera mirarme a los ojos.
—Enormemente —dijo él, alzando la vista.
—Me alegra saberlo. Sin embargo, soy de la opinión… —empecé a decir al tiempo que él se quitaba la chaqueta.
Mis ojos se abrieron como platos y mi mandíbula rebotó contra el tablero de mi escritorio. Allí mismo, entre los bordes extendidos de su chaqueta, advertí que llevaba la cremallera de los pantalones abierta. No llevaba ropa interior y voilà… parecía que el problema de impotencia estaba del todo controlado.
—¿Y bien? —dijo él. Presté más atención haciendo un brusco esfuerzo. Me observaba mientras apoyaba los codos con toda tranquilidad en el respaldo del diván.
Sonreía de oreja a oreja.
—¿Usted qué opina?
—¡Caray! —dije con voz ronca—. Soy buena.
Él se rio entre dientes y se levantó lentamente. El hombre iba ganando terreno al niño.
—Sí, lo es —dijo él—, y me gustaría agradecérselo.
—Podría subirle la tarifa —sugerí mientras hacía rodar la silla cautelosamente hacia atrás. Una cosa era fantasear con la idea de tener una aventura ilícita con un paciente que estaba bueno. La otra muy distinta era que la fantasía se bajara la cremallera ante Dios y el resto del mundo.
—Éste no es el modo de pago que tenía en mente, doctora —dijo él, apoyando las manos en el borde del escritorio.
—Ya le he dicho en otras ocasiones, señor Bomstad, que prefiero que me llame señora McMullen. —Parecía que estuviera dando un sermón a un niño de doce años. O una orden a un camarero. Nada que ver con el hecho de tener que dirigirse a un tipo cuyos genitales yacen tendidos en mi escritorio como bayas de una parra.
—Lo que usted quiera —dijo él—. Lo ha hecho muy bien y ahora me gustaría hacer algo por usted. ¿O debería decir… algo gordo por usted? —Retiró una mano del escritorio y lanzó la chaqueta a un lado.
¡Dios! Quizá era más pequeña que una panera, pero hizo saltar todos los botones por los aires.
Él sonrió y la miró fijamente.
—Cerraré la puerta para que nadie nos moleste.
Fueron aquellas palabras las que dieron la señal de alarma en mi cabeza. Alcancé el teléfono y su enorme mano, que continuaba siendo enorme, inmaculada y de dedos con uñas de punta redondeada, se posó repentinamente en la mía.
—¿A quién llama?
Levanté la vista. Su expresión infantil había sido sustituida por otra mucho menos seductora. Noté unos pinchazos en el estómago.
—Creo que será mejor que se marche, señor Bomstad. —Mi voz se mantuvo firme, pero las rodillas chocaban entre ellas como si fueran campanas.
—¿Marcharme? —dijo él, y tras depositar su mano encima de la mía, rodeó la esquina de la mesa lentamente. Me puse en pie. Jamás me había considerado una persona débil, pero las cosas siempre son relativas—. ¿Después del gran trabajo que ha hecho usted conmigo?
Mi corazón estaba a punto de estallar contra mis costillas y la cabeza me daba más vueltas que un tiovivo.
—Me halaga que atribuya su mmm… recién recuperada salud a mis servicios —dije—, pero debo volver a insistir en que se marche.
Él sonrió y se acercó todavía más.
—Me gustaría oírla hablar… —Podía sentir el calor de su cuerpo, y el aumento de temperatura del mío en mi cara—… Tan elocuente y distinguida, pero me pregunto… —dijo rozándome con sus nudillos, acariciándome la mejilla—, me pregunto qué aspecto tiene cuando se enfada.
—Mi secretaria va a llegar de un momento a otro. —Era una flagrante mentira, y no demasiado buena, al parecer, dado que Bomstad no pareció ni siquiera reconocerla.
—Viste siempre con tanto estilo… —Posó una mano en mi hombro—. Y huele tan bien. —Se inclinó hacia mí y respiró hondo cerca de mi cuello—. A veces pienso que hay algo sucio en usted. Una pizca de animalidad. —Inclinó el cuello y me dio un suave mordisco en el cuello. En aquel momento dejé de suspirar.
—Suélteme la muñeca —le advertí. Pronuncié aquellas palabras con la voz algo temblorosa.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Tiene una mancha en la blusa —dijo él sin soltarme, fijando la mirada en mi pecho—. Está muy escondida. ¿Qué más tiene escondido, doctora? —Levantó la mano y recorrió mi cuello con sus dedos, deslizando mi camisa por mis hombros a su paso. Al rozarme los pechos me estremecí.
—¿Le está gustando, doctora?
No, no me estaba gustando. Aquello sólo podía gustarle a un tarado, pero cerré los ojos e incliné ligeramente la cabeza hacia atrás. En aquel momento, un gemido hubiera sido sublime, pero no se me da nada bien fingir. Aunque no necesitaba echarle mucho teatro, puesto que Bomstad parecía confiar plenamente en sus irresistibles encantos.
—Hacía tiempo que lo esperabas, ¿verdad, doctora?
No dije nada, pero me obligué a relajar los músculos.
—Menos mal que el Bombardero ha aceptado tu proposición, ¿eh?
—¿Proposición? —Abrí los ojos, pero mantuve el cuerpo diligentemente relajado.
Él volvió a reírse.
—Algo tarde para hacerse la interesante, ¿no cree? —preguntó él—. Algo tarde ahora que el Bombardero está aquí, caliente y a punto. Introdujo la mano en mi sujetador y me tocó el pecho.
Di un grito ahogado. Se me revolvió el estómago. ¿Qué ocurriría si me arrojara a sus perfectamente brillantes zapatos?
—¿Le gusta?
Como si tuviera un puercoespín en el sujetador, pero fingí un gemido. Parecía más bien un gruñido, pero él no pareció advertirlo, puesto que dio un paso adelante.
Reaccioné de inmediato y levanté la rodilla con todas mis fuerzas.
Pero a pesar del estado en el que se encontraba, Bomstad continuaba disfrutando de los reflejos de un atleta profesional. Mi golpe apenas tuvo un mínimo contacto con aquella zona recién revitalizada antes de ser desviado por un muslo del tamaño de un árbol. Aún así, Bomstad retrocedió con las manos en la zona afectada y soltó unas cuantas palabras malsonantes.
No tenía ningún interés en enriquecer mi vocabulario, así que me apresuré a rodear el escritorio y me dirigí a la puerta. Mi mano estaba ya en el pomo cuando oí un gruñido detrás de mí, Bomstad me agarró por detrás y me arrojó al interior de la habitación. Logré recuperar el equilibrio, perdí un zapato y me golpeé contra la pared, pero continuaba libre y fui corriendo a resguardarme detrás de mi escritorio, sin apenas poder respirar.
—No lo haga, Andrew —dije jadeando—. Se arrepentirá.
Él también respiraba con dificultad. Todavía agachado, me observaba.
—Es usted muy juguetona, doctora.
—A mí no me gusta jugar a nada —dije, tratando de recuperar el tono profesional de mi voz—. Lo lamento, lamento que se haya llevado una impresión equivocada de mí.
—Nada de impresiones equivocadas —dijo él, abalanzándose sobre mí tras lidiar con el escritorio.
Chillé como si fuera una actriz de película de serie B, hice el amago de escapar hacia ambos lados y corrí apresuradamente hacia la puerta. Él se abalanzó sobre mí. Me detuve tras dar un patinazo al otro extremo del escritorio, logré recomponerme y salí corriendo en dirección contraria. Lo tenía muy cerca. Volví a gritar. Su mano alcanzó mi chaqueta. El tejido se rasgó. Los botones saltaron. Me giré desesperada. Ya no había esperanza. Me doblaba en peso y fuerza pero no podía hacer otra cosa que luchar, así que le golpeé con todas mis fuerzas. Mi puño cayó contra su oreja con la fuerza del batir de alas de una golondrina. Me agarró por la muñeca con el mínimo esfuerzo y me obligó a tumbarme en el suelo con una sonrisa de oreja a oreja.
Farfullé gimoteando algo incoherente, promesas o amenazas u oraciones. ¿Quién sabe? Y de pronto, dejó de sujetarme. Retrocedí apresuradamente y procuré ponerme en pie. Él tropezó, se apretó el pecho con las manos y cayó de rodillas al suelo. Me acerqué tambaleándome al teléfono, tecleando números frenéticamente con los dedos espasmódicos y balbuceando al auricular.
Bomstad me miró y puso los ojos en blanco. Dejé caer el teléfono y me apoyé contra la pared. A continuación, como si fuera un actor melodramático sobreactuado, cayó al suelo, muerto.