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TODO LO QUE DESEÉ, Jo Goodman

Prólogo

Primer trimestre del año 1796

Era una trampa.

Matthew Forrester, el gran honorable vizconde Southerton acudió con gusto, incluso se diría que con entusiasmo, a sabiendas de que no era más que eso. ¿Dónde estaría la gracia si no fuera así? Ahora, aseguraba a sus amigos, la situación le era favorable. Un reto, un desafío y, finalmente, una trampa. Sur se abstenía de llamarlo una batalla de ingenio, porque el ingenio era tan evidente que sólo se hallaba en su parte, de modo que la intriga llegaba a ser, incluso, un poco aburrida. No obstante, era una actividad de lo más entretenida para una tarde de domingo.

Apenas unos meses después de su undécimo cumpleaños, Matthew sólo podía ser descrito como un niño larguirucho y desgarbado. Su madre decía que aún no se había desarrollado. A su padre no le hacía gracia oírlo, aunque eso explicaba bastante bien la torpeza de su heredero. Tras oír la declaración de su esposa durante el desayuno, el conde había mirado a su hijo irónicamente mientras un criado se apresuraba a retirar de delante del muchacho los platos con los restos inacabados de huevos y tomates.

—Aunque era más bien su cabeza lo que aún no había encontrado. Qué muchacho más fantasioso.

Su madre se limitó a sonreírles a los dos, con indulgencia a su marido y luego de manera alentadora a su hijo.

Ahora, años después, en lo que esperaba que fuera una actitud tranquila, e incluso de insolente indiferencia, Matthew erguía su larga figura en la silla en la que estaba sentado frente al tribunal, con los brazos cruzados sobre su delgado pecho y las piernas por los tobillos. Tenía a alguien en mente al adoptar esta postura. Un conocido de su padre —y no el habitual tipo de joven que el conde era probable que conociera bien—; el breve vistazo que Matthew le había echado a aquel extraño en la biblioteca de su padre había sido suficiente para guardar aquella imagen en su memoria. El hombre también había adoptado una postura, aunque Matthew no era consciente de lo forzada que era hasta que se encontró en la misma pose. Gallardo y quizá un poco disoluto, atrevido gracias a la elevación de la barbilla. (Al pensar en eso, Matthew levantó la barbilla en el ángulo apropiado.) Y, al final, esa sonrisa despreocupada.

—Sonríe como una trucha —apuntó un miembro del tribunal—. Una vez vi a una que me sonreía de la misma manera. —Se inclinó hacia delante, proyectando una sombra sobre la mesa, y luego lo miró desde la tarima. Era una insinuación agresiva, que ni siquiera resultaba ni taimada ni sutil—. Especialmente justo antes de ser cortada en filetes.

Los otros cuatro miembros del tribunal se echaron a reír, no por lo que dijo sino por el efecto inmediato que tuvo en el joven vizconde. Matthew tragó saliva, se le esfumó la sonrisa, y algo en su interior le hizo reparar atención en la postura de sus brazos y piernas. La silla se echó un poco hacia atrás cuando se sentó derecho y apoyó la espalda y los hombros en el respaldo.

—Entonces me la comí —continuó el miembro del tribunal—. Y el pescado no dejó de mirarme en ningún momento.

Matthew no parpadeó; tenía la mirada fija hacia delante. Desafortunadamente, esto hizo que sus ojos de color gris claro, que habían empezado a humedecerse, parecieran carentes de vida y se asemejaran a los de un pescado.

El arzobispo levantó una mano para cortar las risas en seco. Entre los miembros del tribunal se hizo el silencio al mismo tiempo que se iban borrando las sonrisas de los presentes en la mesa. Era hora de pensar en el asunto tan serio que les ocupaba.

—¿Y bien, Trucha? —preguntó con un tono aburrido el dirigente de la Sociedad de los Obispos.

La tarima tembló cuando el tribunal estalló a reír como si tuviera una sola voz.

—Es un buen nombre para ti —prosiguió cuando las risas se iban apagando y el pececillo que habían pescado empezaba a moverse, inquieto—. ¿Te llaman Trucha tus amigos?

Al final, Matthew parpadeó. Quería frotarse los ojos, pero estaba seguro de que malinterpretarían ese gesto. Ninguno de los miembros de esa asociación atribuiría los ojos llorosos a la abundancia de velas encendidas en la pequeña estancia. Estaría condenado si pensaban que estaba al borde de las lágrimas. Era mejor que le tacharan de trucha que de nenaza.

—¿Lo hacen o no, Trucha? —espetó el arzobispo con impaciencia. Con catorce años, no era mucho mayor que cualquier otro miembro de dicha asociación que le hubiera escogido, pero, sin lugar a dudas, era lo que buscaban en un líder. Era un muchacho apuesto que no le daba más importancia a la férrea seguridad en sí mismo que al color de su pelo o a la forma de su boca. Era demasiado listo para ser un gallito, pero no lo demasiado para no ser cruel.

—No —repuso Matthew, simplemente.

El arzobispo arqueó ligeramente una ceja y el tribunal empezó a susurrar.

—¿No?

—No, su excelencia. —A Matthew no le gustaba tener que darle ese trato al arzobispo. Le tembló un poco la voz—: Quiero decir que no, excelencia, que mis amigos no me llaman Trucha.

Albion Geoffrey Godwin, lord Barlough, esbozó una sonrisa.

—Muy buena respuesta —dijo, tras un silencio contemplativo—. Sin embargo, me impacta lo falsa que es.

Matthew se le quedó mirando, sin comprender.

El arzobispo le espetó en un tono zalamero.

—¿Es que nosotros no somos tus amigos, Trucha?

—Creo que esto aún hay que someterlo a votación, su excelencia.

El joven lord Barlough asintió en señal de aprobación.

—Es cierto. —Miró al par de amigos que tenía a su derecha e izquierda y les miró a los ojos, transmitiéndoles un mensaje sin mover ni un solo músculo de la cara—. Pero, por supuesto, eso es sólo una formalidad. Estás aquí ante nosotros previa invitación. Las invitaciones nunca se dan a la ligera; las audiencias nunca se celebran así como así.

Era la manera que tenía la asociación de esconder sus actividades tras buenas palabras. Decir que habían llevado al vizconde Southerton ante ellos previa invitación era descartar por completo el hecho de que le habían asaltado dos chicos de aspecto pretoriano en el patio adoquinado de Hambrick Hall, y se lo habían llevado amordazado y con los ojos vendados a este salón escondido en las entrañas más húmedas y subterráneas de la escuela. Llamarlo audiencia cuando, de hecho, se trataba de un juicio era una prueba más de la tendencia que tenía el club de esconder las verdades tras frases aparentemente inocuas.

El arzobispo Monserga. Matthew estuvo a punto de sonreír cuando pensó en ese nombre. A lord Barlough no le haría gracia si se enterara del apodo o de la manera desdeñosa que tenían los de fuera del grupo de hablar de él. Por supuesto, había muchos de los de fuera que querían, o incluso anhelaban, formar parte del sanctasanctórum, y Matthew y sus amigos íntimos —los que no le llamaban Trucha— nunca hablaban del arzobispo Monserga cuando podían ser oídos. Los espías que había entre ellos, los que tenían la lengua torcida de tanto lamer el culo colectivo de la asociación, no dudarían en delatar la falta de respeto del compañero de clase si con ello creyeran que podrían ganarse la entrada a ese club tan exclusivo y poderoso.

La Sociedad de los Obispos existía desde que existía Hambrick Hall. Los no iniciados desconocían los orígenes de la asociación. Dentro de la ella, la historia se transmitía oralmente de arzobispo a arzobispo, una tradición que hacía doscientos años que se mantenía y que no cambiaba ni en las palabras ni en el tono. En pos de una comunicación que era tan sagrada como la génesis de la orden, el primer arzobispo ideó un canto, y de esta manera la historia fluyó ininterrumpidamente de líder a líder durante varias generaciones de muchachos.

Southerton nunca se había mostrado especialmente curioso por los inicios de la asociación, o del club en general. Cuando llegó a Hambrick hacía tres años para empezar el curso, no había deshecho aún las maletas que ya había oído hablar de los obispos. Se los sacó de la cabeza, mucho más interesado en el horario de la cena y si habría natillas, algo que su padre le había comentado que preparaban en ocasiones. Algo despistado por lo que le rodeaba, no era un alumno entusiasta pero tampoco desinteresado, era simpático pero no sociable, se mostraba dispuesto a ayudar pero no era excesivamente servil, de modo que no llamó la atención de la Sociedad de los Obispos hasta bien entrado el último trimestre, con la llegada del señor Marchman.

El periodo vacacional no mejoró el humor de los miembros de la asociación. Matthew sospechaba que habían aprovechado los días lejos de Hambrick —mientras él nadaba y navegaba y estudiaba astronomía por el mero placer de quedarse despierto hasta tarde cuando los demás de la casa dormían— para concebir un plan que le avergonzara, le castigara y le expulsara de la escuela.

La Sociedad de los Obispos no solía andarse con paños calientes. Aunque, en verdad, tampoco solía infligir castigos: siempre encontraba la manera de que lo hicieran otros.

El arzobispo seguía mirando a Matthew con algo más parecido a un escarnio amistoso.

—¿Sabes, Trucha? Creo que te he oído llamar por otro nombre. Sur, creo. Es el diminutivo de tu título, ¿verdad?

—Sí, su excelencia.

—¿Y esos otros chicos? Norte, Este y Oeste. Me temo que no lo entiendo.

Mentalmente, Matthew se encogió de hombros pero no dijo nada.

—Os hacéis llamar el Club de la Brújula, ¿no es así?

Le pareció muy infantil al oírlo de boca del arzobispo. Sin embargo, en su pequeño grupo no tenían que tratarse de «excelencia». Bueno, de vez en cuando le decían «su señoría» a Este, pero era de broma. El hecho de que fueran tan infantiles no era una verdad que le gustara airear, así que Matthew la desechó.

—Sí, su excelencia. El Club de la Brújula. —Y casi añadió: «Enemigos acérrimos de la Sociedad de los Obispos». Pero pensó que resultaba demasiado dramático y sería jugar su baza demasiado pronto. Además, también estaba el problema de su voz. Algo tan sentido como «enemigos acérrimos de la Sociedad de los Obispos» debería tener un tono profundo y ominoso. Si le fallaban las cuerdas vocales, como solía pasarle últimamente, sonaría ridículo.

Ahí estaba esa sonrisa otra vez; una arruga en el apuesto rostro del arzobispo que constituía su expresión más animada.

—Bien. Entonces tienes lo que has prometido entregarnos.

No mencionó que para sonsacarle esa promesa le hubiera amenazado antes con la salud y el bienestar de sus mejores amigos. No obstante, esta omisión no le sorprendía. Es más, lo que sí hubiera sido una sorpresa era que admitiera las técnicas usadas para coaccionarle. También esperaba la compostura que demostraba el arzobispo al no revelar el objeto exacto que debía entregarle, o la otra verdad: que no era Matthew el que lo ofrecía libremente sino que era el precio de la seguridad de sus amigos y su admisión en esa asociación.

—Lo tengo.

Se oyeron murmullos en la mesa. Todos sabían que, cuando le quitaron todas las vendas y las escondieron, lord Barlough había registrado a Matthew sumariamente. Esa búsqueda había sido infructuosa. Ahora les producía una gran confusión porque la búsqueda había sido, según el fino léxico de Monserga, meticulosa.

—Enséñalo ahora.

—Por supuesto. —Southerton empezó a hablar en el tono modulado del escolar que era—: El reino de Enrique VIII, que transcurrió de 1509 a 1547, forzosamente trajo consigo muchos cambios, sobre todo el papel que tuvo la Iglesia católica en la diplomacia de la ley, el gobierno y los tributos. La esposa que escogió Enrique VIII al ascender al trono, la viuda de su hermano, tuvo ramificaciones más allá de lo que se podría imaginar… —Matthew se detuvo porque vio que el arzobispo se había levantado.

—Pero ¿qué diantre es eso?

—Pues lo que se me pidió —repuso el muchacho con calma.

—Maldita sea —espetó uno de los obispos, al tiempo que daba un puñetazo en la mesa. Las llamas de las velas parpadearon un momento y luego se quedaron inmóviles—. Nos dijiste que podías conseguir el examen.

—Sí, y eso es lo que hice. —Se le quedaron mirando, y él retomó el hilo—. Quizá esta vez lo entendáis. Los eventos importantes acontecidos durante el reinado de Enrique VIII fueron la exploración de las costas de América por parte de los portugueses y los españoles, la designación de Thomas Wolsey como arzobispo de York, la excomunión de Lutero en 1520 por el Papa León X, y la concesión del título de «Defensor de la fe» a Enrique VIII por el Assertio septem sacramentorum contra Lutero al año siguiente. —La voz de Matthew se fue apagando mientras pensaba en lo último—. Siempre he creído que ahí hay una deliciosa ironía histórica, pero el director nunca lo ha apreciado. —Miró a lord Barlough y luego a los otros obispos, como si esperara algún comentario—. Y por lo que veo el público tampoco lo aprecia. —Esta vez se encogió de hombros de verdad—. Veamos… ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! También está la caída del cardenal Wolsey del poder y la designación de sir Thomas More como canciller en 1529. Un título del que siempre me he preguntado si se llegó a arrepentir. Vaya, creo que vuelvo a divagar. La historia es así, ¿no creéis? Hay tantos puntos de divergencia y convergencia que uno puede estudiar los eslabones olvidándose de la cadena.

El arzobispo volvió a sentarse poco a poco, visiblemente abatido. El soplo de aire que le dio volumen a las mejillas momentáneamente se había ido, y ahora su rostro se hundía sobre los pómulos.

—Lo has memorizado —dijo como si no pudiera creérselo; y no se lo creía—. ¡Has memorizado las respuestas del examen del director!

—No exactamente —repuso él—. Sólo las preguntas. Las respuestas son mías.

Ahora, el rostro del arzobispo adquirió un color rojo intenso.

—¡Cogedle!

Pero los miembros de la sociedad estaban atrapados a un lado de la mesa, y Matthew había planeado la huida mucho antes de que lo llevaran a ese salón. Se levantó deprisa, empujó la mesa con toda la fuerza que pudo, y logró derribar a dos de los obispos y media docena de velas. Cera caliente, piernas volando, sillas del revés, la tarima que temblaba y gritos inciertos de ayuda y también algunos «¡maldita sea!»; todo se confabuló para darle más agilidad y presteza al vizconde Southerton, que llegaba ya a la puerta. La abrió de par en par y, de cabeza, fue a parar delante del director.

—Así que está aquí —dijo Glasser gentilmente. Se fijó en el rostro alterado y ruborizado del joven Southerton e ignoró la conmoción que se producía a espaldas del muchacho.

Había visto lo suficiente para saber que la escuela no iba a incendiarse y, por lo tanto, tampoco saldrían en llamas los obispos. «Qué lástima», vino a decir un pensamiento errante, aunque trató de sacarse esa idea de la cabeza. Le puso una mano en el hombro, no en un gesto protector sino más bien en un intento de calmarle e, inconscientemente, pensó que no sólo había pegado un buen estirón desde el último trimestre sino que se había vuelto más atractivo, a pesar del rubor que le encendía el rostro.

—Vine a ver cómo iba la reunión. No estaba seguro de que se atreviera a darles clase, pero sé que puede ser muy convincente. —Levantó la vista y miró al tribunal, sonriendo con indiferencia—. Han tenido algún que otro accidente por lo que veo, ¿no es así? —Sólo lord Barlough tuvo el aplomo de no mirarle con la boca abierta. Los otros le copiaron enseguida—. Hagan como si no estuviera. Por favor, recompónganse y prosigan con la sesión. Lo poco que he oído detrás de la puerta me ha fascinado. —Dio un paso atrás mientras los que habían caído se levantaban y se despegaban la cera de las manos, e hizo un gesto con el dedo a los que trataban de pasar desapercibidos en el frío y húmedo pasillo—. Acérquense, no sean tímidos. Hay espacio para todos.

Los primeros dos muchachos en entrar a la vieja bodega fueron los dos guardianes del tribunal. Entraron cabizbajos para evitar la ira que sabían que se fraguaba en la mirada del arzobispo. Tras ellos, y con unos pasos igual de vacilantes, entraron Gabriel Whitney, Evan Marchman y Brendan Hampton, también conocidos entre ellos y Southerton como Este, Oeste y Norte.

—¿Sillas? —pidió el señor Glasser con amabilidad al tiempo que cerraba la puerta mirando alrededor—. No pasa nada, ya nos arreglaremos. Pongan esa mesa en el suelo, y esas sillas también. Señor Marchman, usted y sus amigos siéntense en la tarima. Señor Pendrake y lord Harte, ustedes lo harán en la mesa. Cuidado con las velas; no se quemen la ropa. Los demás, tomen asiento.

Matthew se dispuso a volver a su silla cuando se lo pensó mejor y, con educación, le dijo al director:

—¿Señor?

—¿Sí? —Le era muy difícil no echarse a reír al ver semejantes rostros de estupefacción, pero lo consiguió.

—¿Y usted, señor? ¿No quiere mi silla?

El señor Glasser se apoyó en la puerta para que se acabara de cerrar y así mantenerla bloqueada hasta que él decidiera lo contrario.

—Creo que me quedaré aquí. Me intriga que a tantos de ustedes les interese tanto la historia fuera del aula. Pero, bueno, estas paredes húmedas y mohosas se prestan a contar historias. Y seguro que todas ellas son fascinantes. Continúe, lord Southerton, creo que había llegado al momento del enlace secreto del Rey con Ana Bolena.

Matthew miró a sus amigos con un aire de culpabilidad y empezó, a modo de disculpa:

—Después Thomas Crammer se convirtió en el arzobispo Monserga… —Vio que sus camaradas se reían con la mirada por su error intencionado y supo que se lo perdonaban al tiempo que los obispos planeaban su defunción—. ¡Huy! Quería decir Canterbury —siguió él—. Y el enlace entre Enrique y Catalina de Aragón se declaró…

Matthew Forrester, vizconde Southerton, se entusiasmó con el tema. Le encantaban las aventuras.

 

 

 

 

 

 

Capítulo uno

 

Septiembre 1818

 

 

 

Se oían las carcajadas del palco; sonoras, desbordadas e incesantes. Ella las percibía como ráfagas que hacían estragos en sus intervenciones. Esperó a que se apagaran para poder declamar su próximo parlamento. Incluso antes de terminar, se oyó otra salva de carcajadas del mismo palco. Qué oportunas. Era consciente de que esas risas amenazaban con acabar con su carrera.

Se detuvo a media frase y, de manera harto significativa, miró el lugar de donde venía el jaleo, a través de las lámparas de pie. Los cuatro actores que compartían con ella ese pequeño escenario de Drury Lane hicieron lo mismo. Los espectadores, en su mayoría hombres, se quedaron en silencio. Se dieron la vuelta en sus butacas, como si fuera necesario para tener una mejor vista del palco que había detenido a los actores en seco. Los espectadores sabían tan bien como la actriz principal quiénes eran los ocupantes de ese palco. Y no se equivocaban. Hubiera sido casi imposible que en ese teatro abarrotado alguien no supiera que el marqués de Eastlyn y sus camaradas asistían a la función.

Entre bastidores, el apuntador dijo en voz alta:

—«¡No puedes esperar que te salve siempre, Hortense!»

—Ya me sé el guión —dijo ella sin rencor—. Lo que no sé es si me dejarán interpretarlo.

Eso le granjeó la simpatía del público, que se echó a reír, y también el silencio del palco privado; sus ocupantes se dieron cuenta de que se habían convertido en el centro de atención.

—La que has organizado, Este. Creo que se dirige a nosotros. —El conde de Northam le señaló el escenario, donde la señorita India Parr se alzaba con los brazos en jarras sobre el miriñaque. Tenía los labios pintados dibujando una mueca y sus oscuras cejas estaban tan arqueadas que casi desaparecían bajo los rizos de la peluca empolvada que llevaba puesta. Esta exagerada demostración de impaciencia hubiera sido más divertida si no se dirigiera a ellos tan directamente.

El marqués de Eastlyn les dio la espalda a sus amigos y volvió a mirar esa figura entre las lámparas. Se mostró muy sorprendido por los acontecimientos.

—Pues claro que se dirige a nosotros. Y, digo yo, ¿no tiene que recitar sus frases? —Su plácida voz se oyó por debajo del palco, donde una multitud de cabezas se esforzaba por ver lo que sucedía.

Fue Evan Marchman, en la butaca de al lado, quien contestó:

—«¡No puedes esperar que te salve siempre, Hortense!»

Esta frase, ofrecida en un tono seco y sin inflexiones, provocó aún más risas de aquel público tan agradecido. Mirando el centro del escenario, algo que casi nadie hacía en aquel momento, Sur sabía que la dama estaba a punto de perder el aplomo y los estribos. Sacudió la cabeza al tiempo que se levantaba, despacio y con cuidado. Ahora le tocaba enmendar la situación. Al fin y al cabo, fue su comentario picaresco el que provocó el ataque de risa a Este que resultó ser tan contagioso como desacertado e inoportuno. Sur apoyó las manos en la balaustrada del palco, aferrándose al borde. Se inclinó hacia delante, haciendo una ligera mueca cuando se dio cuenta de que, a sus espaldas, Norte le asía los finos faldones del abrigo. ¿De verdad creía Northam que podía caerse? La idea era absurda. Incluso medio dormido podía subirse a la jarcia helada de un barco durante una tormenta en medio del mar del Norte. Con una voz firme, Sur anunció: «¡No puedes esperar que te salve siempre, Hortense!».

En el escenario, la dama entrecerró los ojos. Levantó una mano para protegerse de la luz de las velas y forzó la vista en dirección a la voz escrupulosamente modulada.

—Gracias, milord —repuso ella cortésmente—. Se la sabe de memoria. ¿Quiere seguir o lo hacemos nosotros?

Sur pensó que ahora parecía mucho más cómoda e incluso daba la sensación de que podría sentarse sobre la tarima para escuchar todos los diálogos si él quería. Pero él no quería, por supuesto.

—Mis más sinceras disculpas —dijo, al tiempo que agachaba la cabeza en un gesto de disculpa hacia ella, y luego hacia el público—. De mi parte y la de mis amigos. Por favor, continúe.

La dama inclinó la cabeza en un gesto parecido; luego volvió a entrar en el círculo de luz, bajó los brazos y volvió a meterse en la piel de su personaje. Esta transformación, realizada con tanto arte que parecía instantánea y mágica a la vez, fue vitoreada con una estruendosa salva de aplausos. Desde el fondo del teatro donde sólo había espacio para permanecer de pie, los hombres golpeaban el suelo con los pies y gritaban con entusiasmo. En el palco del marqués de Eastlyn la respuesta fue igual de elogiosa si bien algo más contenida.

Los cuatro amigos no salieron del teatro inmediatamente tras el fin de la función. Se quedaron en el palco de Este mientras la gente salía a la calle o, como en el caso de los jóvenes galanes esperanzados, hacia el camerino.

Marchman señaló un grupo que se dirigía hacia las puertas del escenario.

—¿No pensarán en serio que podrán verla, verdad? Hay que ver lo obstinados que son.

—¿Y a ti no te gustaría ver a la muchacha desde una distancia más agradable? —preguntó Este. Estiró las largas piernas y unió las manos sobre el estómago. Le había caído un mechón sobre la frente y no hizo el más mínimo amago de apartarlo. Parecía que le pesaran las pestañas y tuviera los ojos medio adormilados.

El señor Marchman negó con la cabeza al pensar en la pregunta de Este. Parecía un esfuerzo bastante ridículo.

—No me gustaría ser una diana fácil para lo que, seguramente, sería una represalia física por parte de la dama.

Al considerar las posibilidades, Este esbozó una sonrisa.

—¿Crees que sería un cachete o más bien un bofetón?

El conde de Northam se dio cuenta inmediatamente del cariz que estaba tomando la conversación. Como era el único del grupo que estaba casado, aunque desde hacía poco, creía tener ventaja a la hora de determinar el resultado de una confrontación como ésa.

—Tres peniques a que le dará un bofetón con la mano abierta.

—Con la mano abierta —convino Marchman.

Este se encogió de hombros.

—Yo iba a decir lo mismo. Sin embargo, no habrá apuesta a menos que Sur opine lo contrario. ¿Qué me dices, Southerton? ¿Usará la mano o el puño?

Southerton miró a cada uno de sus amigos.

—Eso depende de quién de nosotros la invite a hacerlo.

Norte levantó las manos con las palmas hacia ellos, eliminándose de la elección.

—Me temo que yo no puedo hacerlo. Llegaría a oídos de Elizabeth antes de que acabara la noche, y no me apetece tener que dar explicaciones que incluyan actrices. No es el tipo de asunto que suela ser bien aceptado.

Marchman resopló.

—Sólo tienes que decirle que estabas con nosotros. Sabe que este tipo de cosas pueden pasar cuando nos reunimos.

—Mi esposa está con mi madre —repuso Norte con sequedad al tiempo que se apartaba un mechón rubio de la cara—. Puedo aplacar a una pero no a las dos. Cuando unen fuerzas, me es endemoniadamente difícil salir del aprieto. Como Wellington y Blücher en Waterloo.

Los demás asintieron en señal de aprobación. No era propio de ellos sentir simpatía por el derrotado Napoleón, pero la descripción de Northam era muy apropiada.

Eastlyn se apresuró a desligarse él también.

—Me temo que yo también debo abstenerme. Ya tengo bastante con el apuro en el que estoy metido. No tengo ganas de tensar más la situación.

Marchman sonrió picaronamente y le apareció un hoyuelo en la mejilla.

—Imagino que te refieres a tu compromiso.

—Me refiero a mi no compromiso, Oeste.

La aclaración del marqués no tuvo impacto alguno en la sonrisa de Marchman, que permaneció estampada en sus bellas facciones.

—Tonterías. —Cogió el programa que le lanzó Este a la cabeza y lo usó para abanicarse—. Un conocido que se ocupa de esas cosas me enseñó el anuncio en la Gazette. Las apuestas tienen historia. Se hacen apuestas hasta en White’s. Tiene que haber compromiso, es lo que tu amante dice.

—Mi amante, mi ex amante, fue la que empezó el rumor. —Este sintió que apretaba los dientes y que empezaba a tener dolor de cabeza—. Lo único que podría haber hecho la señora Sawyer para empeorar la situación sería haberse presentado como mi prometida.

—Entonces no te importa estar encadenado a lady Sophia.

—Aquí no se va a encadenar a nadie —dijo Este en un tono levemente impaciente—. Sólo tienes que mirar a Norte para ver los motivos por los que huyó del matrimonio.

Norte le fulminó con la mirada pero no era una amenaza. No podía decir que no se lo hubiera pasado bien esa noche. Su matrimonio era demasiado reciente, las circunstancias demasiado inusuales, y la naturaleza de su compromiso demasiado precaria para darle seguridad cuando estaba lejos de su condesa. En lugar de estar en la casa de campo de Hampton Cross, donde tendría la ocasión de cortejar a su esposa, le había pedido que se quedaran en Londres, donde descubrió que la competencia más dura para atraer su atención solía venir de su propia madre y de sus amigos.

—El matrimonio no ha puesto punto y final a mi libertad —dijo, sintiéndose obligado a aclararlo—. Si os acordáis, yo fui quien sugirió que saliéramos hoy.

Marchman negó con la cabeza.

—No, se le ocurrió a Sur cuando te encontramos solo en casa, hecho una pena.

—Bueno, había estado pensando en salir —dijo Norte a la defensiva. Permitió que sus amigos se rieran a su costa antes de hacer lo mismo—. Soy patético. —Hizo el amago de levantarse—. Quizá debería ser yo quien desafiara a la leona en su guarida.

Sur le puso una mano en el hombro y ejerció una ligera presión para hacer que cambiara de rumbo.

—Siéntate. Quizá a ti no te importe mantener unas buenas relaciones con tu mujer o tu madre, pero a nosotros sí nos importa. Este tiene razón; no debería ir. Tiene una amante y una prometida en las que pensar. Ya tiene el plato lleno. No podemos enviar a Oeste. ¿No os habéis dado cuenta de que ya nadie le pega?

Marchman sonrió de oreja a oreja y echó la silla atrás, aguantándose sobre dos patas, mientras pensaba en la observación de Sur.

—Es verdad. Tendré que pensar en eso.

Southerton le dio un golpecito a la silla de Oeste con la punta de la bota para ponerla en su sitio.

—¡Cuidado no te vayas a herniar! Esa explicación no es creíble. Según los aristócratas tiene algo que ver con tu reputación y ese cuchillo que siempre llevas escondido la bota. Para las prostitutas, creo que se trata de lo bien que blandes la espada.

Marchman soltó una carcajada.

—Me halagas.

—Lo sé —dijo Sur con sequedad y sin perder un segundo se puso de pie—. Permitidme un minuto, a ver si consigo llegar a su puerta entre toda esa caterva de aduladores. —Se masajeó la mejilla como si anticipara el golpe—. Será mejor que me deis ahora el dinero. Nadie se anda con miramientos conmigo.

 

 

Aunque fingió lo contrario, ella le vio en cuanto llegó al tumulto de hombres arremolinados dentro y fuera de su camerino. No obstante, no estaba segura de poder reconocerlo. En el teatro no pudo verle bien a causa del fulgor de las lámparas y de la distancia desde el escenario. Durante su breve intercambio, sólo tuvo la impresión de que tenía el pelo oscuro, los ojos claros y una boca sonriente en un gesto de secreta diversión. Pero nada era exacto. No pudo estar segura de que era él hasta que oyó su voz.

Sin saber cómo, lo supo. No podía disimular ese cosquilleo en su interior. No era su corazón porque los latidos eran firmes, igual que su respiración. Por muy claras que tuviera otras cosas, no tenía nombre para este fenómeno, esta parte del cuerpo que se tensaba o, en este caso, le cosquilleaba. Igual que no sabía cómo llamarlo, tampoco entendía su funcionamiento exacto. Sólo sabía que funcionaba y que, con el tiempo, había terminado confiando en él.

En su interior, esas sensación se había convertido en realidad.

Este hombre callado al fondo, esperando pacientemente a que le dejaran entrar, era alguien a quien ella quería conocer.

Esas cosquillas se transformaron en un firme repiqueteo.

India Parr sonrió con educación al oír lo que le decían. Podría ser un halago o un insulto y lo habría aceptado con el mismo semblante público. «Es muy amable de su parte», susurró ella con recato. Luego desvió su atención hacia otra persona y volvió a realizar los mismos movimientos, sin dar muestras de cansancio o de entusiasmo, sin expresar nada más que una cortesía inagotable hacia la invasión de admiradores.

Si bien la multitud no se apartó para el vizconde Southerton del mismo modo que el mar Rojo se dividió para Moisés, hubo cierto movimiento y, al final, le cedieron paso. La curiosidad natural de los que le conocían, ya fuera de manera personal o sencillamente por su reputación, estaban atentos a su avance. Ya se había disculpado a la señorita Parr y ésta había aceptado sus disculpas. A muchos les pareció una insensatez volver a sacar el tema.

Sur no sabía qué edad tenía. Encima del escenario parecía una persona mayor interpretando el papel de una más joven. Ahora, a sólo unos metros de distancia, mientras se despojaba de las capas de polvos y pintura que ubicaban a su personaje en otro siglo, parecía una mujer mucho más joven en la piel de alguien de más edad. La miró a los ojos, por si ellos pudieran darle alguna pista. Eran oscuros, de un marrón tan intenso que la pupila y el iris se fundían en un tono prácticamente negro.

De repente, le pareció que sus ojos se estremecieron y Sur parpadeó. ¿Se habría dado cuenta de que la estaba observando? ¿Se sentiría amenazada? No quería que fuera obvio, pero estaba convencido de que no lo era. Miró alrededor para ver si alguien más se había fijado en eso. India Parr estaba ahora más lejos de todos ellos que cuando se encontraba bajo las luces del teatro. Este escudo invisible la protegía mejor que aquella cuarta pared transparente del escenario. Lejos de sentirse decepcionado, a Sur le picó la curiosidad.

No sería descabellado deducir que ése era su juego. Hubo una ligera conmoción al fondo de la habitación cuando apareció la ayudante de India. Con la firme determinación de quien quiere hacer pronto su trabajo, se fue abriendo paso entre los admiradores. Tenía la espalda ligeramente arqueada y los hombros inclinados hacia delante, encorvados como en contra de su voluntad, como si no hubiera aceptado los achaques de la edad. Llevaba los brazos cargados de material, pero por debajo de este montón se oyó el sonido de sus palmas mientras trataba de ahuyentar a la multitud.

—¡Fuera! ¡Fuera todo el mundo! —dijo con firmeza—. La señorita Parr es excepcional, sí, pero no puede entretenerse. ¡Váyanse, vamos!

Inclinó la cabeza en dirección a la puerta para que la usaran los hombres que la rodeaban. Tenía los labios apretados con tanta fuerza que se le acentuaban las arrugas alrededor de la boca. En la mejilla derecha, el gran lunar marrón con tres pelos tiesos y agresivos pareció moverse también. Las ventanas de la nariz se le abrieron de manera ominosa e incluso los incondicionales de entre la legión de adeptos de la señorita Parr retrocedieron, como si esperaran que salieran llamas de esos oscuros agujeros.

Empezaron a verse las cabezas desfilar por la puerta, luego por el pasillo y, finalmente, la habitación se fue quedando vacía. Sur se mantuvo firme, aunque no le sorprendería que la mujer le hubiera chamuscado los faldones del abrigo. En algún lugar a sus espaldas oyó las voces familiares de sus amigos haciendo bromas mientras intentaban ir a contracorriente. Consiguió hacerse hueco cuando la mujer lanzó otra arenga y apartó a su competidor más directo de malas maneras.

Inclinó la cabeza hacia la actriz igual como hiciera desde el palco.

—Vizconde Southerton —dijo a modo de presentación.

—Milord.

Los ojos eran definitivamente marrones. Como ventanas por la noche, se habían convertido en espejos oscuros que reflejaban su propia imagen y escondían lo que había tras el cristal.

—Su más ferviente admirador, señorita Parr.

Ella esbozó una sonrisa, y la frialdad de su gesto se reflejó a su vez en sus ojos.

—Mi saboteador, querrá decir.

Él no volvió a disculparse.

—¡Así que me ha desenmascarado! Entonces no es como esperaba; pensaba que estaba a salvo de su escrutinio con esa luz tan tenue.

—Sí, bastante a salvo, pero le delata la voz. Es absolutamente inconfundible.

—¿De verdad?

—Para mis oídos, sí.

Y Sur se fijó en sus orejas. Eran como conchas rosadas y pequeñas, perfectamente simétricas a cada lado de la cabeza. De los lóbulos colgaban sendos pendientes de diamantes que brillaban con intensidad cada vez que la muchacha levantaba la barbilla.

—Y qué orejas más maravillosas…

Esbozó una sonrisa con sus suntuosos labios y, poco a poco, se desenroscó los pendientes, que guardó en un puño.

—Eso es lo que suelen decir. —Levantó la vista, paciente, mientras él se limitaba a contemplarla y como no hablaba, ella le dijo—: Si no hay nada más, milord…

—¿Qué? Ah, sí. El motivo de mi visita. Por favor, no mire, pero a mis espaldas y pululando por el vestíbulo hay tres indeseables… —Suspiró y bajó la voz al tiempo que ella miraba hacia donde le había dicho que no mirara—. No mire —le dijo para que volviera a centrarse en él—. No son merecedores de su atención.

—Creo que son sus amigos, milord. Reconozco sus risas.

En efecto, volvían a reírse mientras planeaban los detalles de otra apuesta. Esta vez eran las payasadas de la ayudante las que ponían en juego el dinero y el alborozo de los amigos. La vieja no se andaba con miramientos a la hora de espantar físicamente a los parásitos que asediaban el camerino de su patrona. Si bien se hallaban en lugar seguro, Este, Oeste y Norte esperaban en el vestíbulo, sin duda con la esperanza de atraer la atención de la mujer.

—Finja que la he insultado gravemente —dijo Sur rápidamente— y golpéeme en la barbilla.

—¿Disculpe?

—Vamos, no pasa nada. Preferiría no insultarla, además no creo que un golpe de los suyos vaya a hacerme mucho daño.

India Parr se quedó callada un momento.

—Usted es masoquista, ¿verdad? —Era la única explicación plausible para su comportamiento. Lo cierto es que se sentía más curiosa que alarmada. Bastaba con que pegara un grito para que la horda de hombres que había echado la señora Garrety volviera a entrar en estampida. Acabaría antes herida por el tumulto que por el extravagante vizconde—. ¿Acaso no tiene dónde ir hoy? Quizá la señora Garrety pueda prepararle una habitación para esta noche.

Él negó con la cabeza.

—Aquí mismo —dijo mientras se señalaba la barbilla—. Hay nueve chelines en juego y estoy dispuesto a compartir mis ganancias.

Pero eso no ayudó a aclararle las cosas a la señorita Parr. La ayudante volvió a alzar la voz cuando ahuyentó a otro hombre de la habitación

—Ay, por favor, señora Garrety —dijo ella tras un suspiro—, propíneles un buen golpe en las costillas si es menester pero haga el favor de echarlos a todos en silencio. No soporto tanto alboroto.

Sur arqueó las cejas al mismo tiempo. En el vestíbulo, los miembros del Club de la Brújula se callaron. Salieron los dos últimos admiradores y la señora Garrety cerró la boca.

India Parr levantó la vista y susurró casi para ella misma, recordando la conversación como si tratara de memorizar su parte del diálogo.

—A ver, ¿dónde estábamos? Servidor… saboteador… voz… orejas… insulto… —Recobró la compostura y adoptó una pose reflexiva—. Sí, un grave insulto. Muy bien, aunque puede que luego desee haberme dicho alguno.

Retrocedió y le propinó un puñetazo en la mandíbula.

El golpe llegó a desplazarle a la derecha y tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio. Se llevó la mano a la mejilla izquierda y notó que le corría un hilillo de sangre. Sonrió algo desconcertado mientras se masajeaba la mandíbula.

—Me había olvidado de los pendientes —dijo él.

El rostro de India no expresaba remordimiento alguno.

—Me lo suponía. —Por encima del hombro, miró en dirección al vestíbulo. Los amigos del vizconde la miraban boquiabiertos. Por encima del montón de ropa que aún cargaba en los brazos, la señora Garrety también tenía la boca abierta—. ¿Eso es todo, milord? ¿O desea que le haga otro favor?

Sur hizo acopio de humor.

—No, gracias, mis huesos sólo pueden soportar uno. —Se sacó un pañuelo y se lo llevó a la comisura de los labios. Ella no se disculpó, ni siquiera cuando le vio la sangre—. ¿Sabe? Sobre las risas durante la obra… —añadió—. Me siento obligado a decirle que la obra era una comedia.

—No era tan graciosa.

El vizconde asumió lentamente sus palabras y dejó que su crítica sirviera como la hubiera hecho él y luego, le dijo en un tono divertido:

—¡No puede pretender que la salve siempre, señorita Parr!

De camino a la puerta dejó cinco chelines —la mayor parte de sus ganancias— encima del montón de ropa que llevaba la ayudante.

 

 

Sur fue el único que no se fue a casa directamente. Sus amigos no se entrometieron cuando les dijo que tenía que cumplir una misión para el coronel. En un momento u otro, todos habían estado a sus órdenes. A veces, trabajaban todos a la vez, aunque casi nunca con el mismo objetivo. Era mejor así. Eran espía, lince, marinero y soldado. Sería muy complicado si se pisaran el uno al otro a cada paso. Probablemente Este dispararía a alguien y Marchman siempre llevaba un cuchillo consigo. Las misiones de Norte siempre se enredaban; la mejor prueba de ello era su reciente matrimonio de conveniencia con lady Elizabeth Penrose.

¡Y qué inoportuno!, pensaba Sur, si bien la muchacha le gustaba bastante e incluso colaboró a la hora de unirles. Ésa fue otra de las misiones del coronel en las que Sur tuvo que asumir una gran cantidad de funciones aunque no tuvo conocimiento de la totalidad del plan. Así pues, llevó a cabo su cometido con diligencia e ingenio si bien no era lo que el coronel solía pedirle. No, durante el último verano desempeñó las labores de Cupido, de dama de compañía y, en más de una ocasión, de bufón. Hizo todo lo que estuvo en su mano para unirles y si la relación entre Norte y lady Elizabeth no terminaba bien, le pediría cuentas al coronel. Sur estaba seguro de que se lo merecía.

Aunque ya era tarde cuando llegó, condujeron a Sur al salón del coronel en el piso superior. Dos criados le habían subido hacía unas horas y el ayudante de cámara le había asistido en todo momento. Ahora estaba sentado en la silla de ruedas junto al hogar. En una mesita cercana prendía una lámpara que proyectaba en su rostro unos contrastes pronunciados. Una manta a cuadros le cubría las piernas. Cuando entró Sur, tenía un libro abierto en el regazo y leía una página siguiendo las líneas con el dedo. Ninguno de los dos habló hasta que el coronel terminó de leer y dejó la página marcada.

—Supongo que esperas una copa —dijo John Blackwood al tiempo que dejaba el libro a un lado. Miró a Sur de la misma manera que leía: echando un vistazo rápido pero sin perderse detalle, con un ojo en lo que había en la superficie y lo que se escondía entre líneas—. En el aparador, como siempre. Whisky para mí. Me imagino que habrá alguna historia que explique la hinchazón de tus labios y tu mejilla.

A Matthew Forrester le vino un viejo recuerdo, uno que no solía invocar con frecuencia. La obra de esta noche había tenido algo que ver, estaba seguro. Hubo un momento extraño en el que se acordó de los días que pasó en Hambrick Hall. Algo de lo que hacían o decían los personajes le trasladaron a esa época; la farsa de la escena del juicio era una reminiscencia clara. Y no sólo se le ocurrió a él, porque fue el origen de las carcajadas y los malos modales que se exhibieron desde el palco de Eastlyn. Ninguno estaba tan borracho como quisiera, así que no podían atribuirlo ni a la bebida ni al embotamiento de la cabeza.

Pero si antes había pensado en la Sociedad de los Obispos y su estúpido tribunal, ahora pensaba en la primera vez que vio a John Blackwood. En el estudio de su padre vio esa pose, esa actitud que tan buen efecto habría causado en los obispos: insolente, algo desafiante, atrevido.

Era una pose que el coronel Blackwood ya no podía adoptar. La enfermedad que le consumía le había debilitado los músculos de las piernas, le hacía perder el equilibrio y le había ralentizado los reflejos. Esta noche tenía el pulso firme, algo que no siempre era así. Todavía era un hombre apuesto con su mata de pelo negro. A decir verdad, clareaba un poco en la coronilla y le habían salido canas, pero no era algo en lo que uno se fijara a primera vista. Tenía unos ojos que llamaban la atención desde el principio y le conferían respeto, no porque infundiera valentía, sino porque a uno le parecía imposible moverse hasta que él diera su permiso.

Tras unos anteojos de montura dorada, esos ojos marrón oscuro miraban a Sur. Era una mirada insolente, algo desafiante, parecía que le retaba a expresar lástima por él. Ni el tiempo ni la enfermedad podían cambiar eso. El vizconde Southerton sonrió al pensar en lo equivocado que estaba.

—¿Así que whisky, eh? —dijo Sur—. ¿Y qué dice el doctor?

—Si no me aconseja en materia de libaciones, yo no le llamo matasanos. Creemos que es un pacto satisfactorio para ambos.

Sur soltó una carcajada y luego hizo una mueca de dolor. Se tocó el labio, preguntándose si el corte le dejaría marca. Abrió el aparador, sacó un decantador de whisky y llenó dos copas, sin escatimar. Volvió a donde estaba el coronel y le dio una de las copas. Se entretuvo un rato para echarle carbón al fuego y luego se sentó cómodamente, cuan largo era, en la butaca de enfrente.

—Esta noche he estado en Drury Lane.

—¿Solo?

—No. Norte necesitaba entretenerse. Su madre volvía a presumir de nuera.

Las profundas arrugas que surcaban el labio de Blackwood se destensaron y esbozó una sonrisa.

—Elizabeth —dijo con cariño. Eran parientes consanguíneos; ella era la hija de su prima, fallecida hacía mucho tiem­po—. Se merece que presuman de ella. Mejor eso que estar relegada al campo o haciendo de sierva de lord y lady Battenburn. ¿Está bien?

—Mejor que bien.

Sur optó por no decir nada acerca de lord y lady Battenburn. Era tarea de Norte alejarla de su influencia. Había ciertas cosas que un marido tenía que hacer por sí mismo.

Blackwood asintió y regresó a sus asuntos.

—Así que tú y Northam habéis estado en el teatro.

—Y Este, puesto que era su palco. Y Marchman también, por descontado.

—No, claro, no podíais dejar de lado a Marchman —repuso el coronel irónicamente—. Supongo que seríais discretos.

Enfrascado en el fondo de su copa, Southerton carraspeó.

—Bueno, eso depende de la definición de cada uno.

El coronel entrecerró los ojos.

—Mi definición es la que se considera estándar: demostrar buen juicio, ser prudentes y, por encima de todo, mostrarse circunspectos y no llamar la atención.

—Ah —dijo Sur, que arqueó una ceja al tiempo que levantaba su copa—. Ahí me has descubierto. Me temo que llamé un poco la atención.

Blackwood se le quedó mirando antes de soltar un suspiro.

—Será mejor que me lo cuentes todo ahora mismo. Las empulgueras, como instrumento de tortura, se me antojan tediosas y pasadas de moda.

Sonriendo y luego volviendo a hacer una mueca, Sur se lanzó a relatarle lo acaecido en el teatro, sin dejarse nada en el tintero. Su relato no fue más halagüeño para él que la realidad. Ya que no le servía de nada refugiarse en su propia vergüenza por haber dejado que las cosas se le fueran tanto de las manos, Sur lo reconoció, se disculpó, y continuó. Cuando terminó seguía arrellanado despreocupadamente en la butaca pero con la copa de whisky contra la mejilla y la comisura de los labios. Era una pequeña concesión a la herida sufrida a manos de la señorita India Parr.

El coronel estuvo callado un buen rato.

—Supongo —dijo al final, tomándose un tiempo para apurar la copa— que podría haber sido peor. Aunque se me antoja difícil, a juzgar por tu apariencia.

—Podría haberme caído del palco y haberme roto el cuello.

—Eso hubiera sido mejor, Sur, no peor. —El coronel desestimó los intentos de su protegido para mostrarse útil—. La has conocido, eso ya es algo. No creo que tenga dificultades en reconocerte. A parte de su ayudante y del Club de la Brújula, ¿había alguien más en el camerino que os haya visto presentaros?

—Había algunos hombres merodeando por el vestíbulo. Si no nos han visto, nos habrán oído. Berwin ha sido uno de los últimos en marcharse. Creo que me vio salir, y dudo que estuviera solo. Sospecho que Grissom estaba allí. No hice el amago de esconder la herida.

—Bien, porque puedes estar seguro de que tus amigos no dirán nada del incidente.

—Lo sé, pero cuento con que Berwin y Grissom divulguen por doquier que he recibido mi merecido. Pronto, la pérdida del afecto de la señorita Parr será de dominio público, porque creo que evidentemente lo he perdido.

—Eso lo has dicho tú. Yo no he dicho nada semejante.

—Fue un momento de inspiración.

El coronel Blackwood se abstuvo de contestar. Dejaría que Sur averiguara cómo solucionar la cuestión; algo que solía hacer, por otro lado.

—Me gustaría conocer tu evaluación de la señorita Parr. Por favor, y no me vengas con que da buenas tundas. Eso ya lo veo yo con mis propios ojos.

—Fue por los pendientes —dijo al tiempo que se tocaba la comisura de los labios—. Olvidé que los tenía en el puño, aunque no creo que a ella se le hubiera pasado por alto.

El coronel hizo caso omiso a ese comentario.

—Tu evaluación.

—Es magnífica en el escenario. Creo que se vuelca mucho en su oficio, a juzgar por la manera en que nos reprendió por la interrupción. Al principio creía que entraba y salía de su personaje con una facilidad asombrosa, pero ahora tengo mis dudas. Si bien estaba completamente cómoda sobre el escenario, sospecho que no lo está tanto en otras circunstancias. En su camerino, por ejemplo, rodeada de admiradores, me ha parecido algo más insegura. —Sur se incorporó un poco ayudándose de los codos—. Pero no es más que una impresión, créeme. A pesar del golpe que me ha propinado, no puedo desechar la idea de que, cuando tiene que arreglárselas sola, es eminentemente vulnerable.

Blackwood frunció el ceño. No era precisamente lo que deseaba oír, aunque tampoco tenía claro qué podría haberle dicho Southerton para satisfacerle.

—¿Podría ser nuestra asesina?

Sur se encogió de hombros.

—No sabría decirlo. ¿Es capaz? No puedo dejar de preguntarme, ¿y quién de nosotros no lo es?

—¿Qué riesgo crees que tienes si te pido que sigas en el caso?

—La verdad es que sería más precavido que en esta prime­ra vez. —Arrugó la frente—. ¿Te estás planteando pedirme que lo de­je? Te aseguro que no hemos conseguido nada digno de mención.

—Tengo que pensármelo bien.

Sur aún frunció más el ceño. Era muy poco probable que el coronel no lo tuviera bien pensado desde un principio. El hecho de que se lo estuviera replanteando hacía que se preguntara qué le había dicho para que su mentor se detuviera ahora.

—¿Es lo que he dicho acerca de su vulnerabilidad? —preguntó él, con toda sinceridad—. ¿Qué significa eso?

En lugar de responder a la pregunta, Blackwood dijo:

—Tomémonos un descanso. Creo que yo también lo necesito. Te mandaré a buscar dentro de unos días. Creo que me iría bien una noche en el teatro. Por favor, no te pases por allí hasta que yo te lo diga. Y que tus amigos se mantengan al margen. Northam tiene muchas cosas que hacer en otro caso muy distinto al que nos ocupa ahora, y Eastlyn y Oeste también tienen asuntos entre manos.

Southerton no le hizo ninguna de las preguntas que le asaltaban. Los asuntos de Este y Oeste eran, muy probablemente, cosa del coronel, y de la nueva misión de Norte sabía muy poco. Le habían asignado la tarea de encontrar a un delincuente conocido por todo el mundo como el Ladrón Caballero. El reciente matrimonio de Northam había complicado la investigación, pero a Sur no le preocupaba porque seguro que tendría éxito. El coronel lo exigía, por lo tanto, los miembros del Club de la Brújula nunca le defraudaban.

Lentamente, Sur se puso de pie y se desperezó. Bebió lo que le quedaba en la copa y recogió la de Blackwood cuando éste estiró el brazo. Dejó ambas copas sobre el aparador.

—Dentro de unos días, pues —respondió él en un tono neutral.

—Sí. —El coronel esperó a que Sur llegara a la puerta antes de añadir—: Lo has hecho bien, Southerton.

—Muchas gracias, señor. —Sur pensó más tarde que el coronel sólo se había mostrado efusivo para que reaccionara. Lo importante era que tampoco le había decepcionado. Casi se quedó con la boca abierta, algo que le hizo adoptar una mueca de dolor y llevarse la mano a la mejilla. El coronel se echó a reír; ese hombre tenía un sentido del humor muy retorcido.

 

 

India Parr se miró en el espejo para examinar el resto de maquillaje y polvos del rostro. Le habían dado una buena capa de afeites para el espectáculo de esa noche y ahora le costaba lo suyo desmaquillarse. No quería demorarse mucho más en esa tarea. Quería salir del teatro, llegar a casa y acurrucarse bajo las sábanas de su cama para, quizá, lamerse las heridas después.

Era verdad, de los altercados de esta noche no tenía cicatrices visibles, pero se sentía mal y la falta de control la dejó herida. A sus espaldas oyó a la señora Garrety chasquear la lengua mientras ordenaba la ropa en el armario.

—Déjelo —dijo India—. Déjelo todo.

—No le sirve de nada estar enfadada conmigo, querida. No soy yo la causa de su enfado.

India volvió a mirar su reflejo y admitió que tenía razón.

—No, no es usted.

—Nunca la he visto así antes —continuó la vieja mientras revolvía entre la ropa y los disfraces—. Estaba, estaba…

A la señora Garrety le faltaban las palabras; India suspiró.

—Nunca me habían provocado tanto. Es el tipo de cosas que esperaba al principio, en teatros menos distinguidos. Y siempre de estudiantes que se sentaban en la última fila y que creían que era una buena broma distraer a los actores de las obras y hacerles partícipes de sus pequeños dramas. Entonces me era facilísimo reprimirme por muy insistentes que fueran. —Se dio la vuelta en el taburete y le dio la espalda al espejo—. Creo que me gané su respeto porque nunca cedí.

—Ya sé que lo hizo, lo sé. Estaba allí, ¿se acuerda?

India frunció ligeramente el ceño. Levantó una mano y se frotó la frente con aire ausente.

—Sí, estaba allí…

—Hum. —La señora Garrety cerró el armario—. Yo ya he terminado aquí. Ahora, veamos cómo está usted. —Estudió el rostro de su jefa—. ¿Qué le sucede? ¿Tiene migraña? ¿Quiere que le prepare algo?

—No —repuso ella rápidamente y dejó caer el brazo. Entonces, con más suavidad y menos fuerza tras sus palabras, dijo—: No, gracias. No es nada salvo la reacción al final de un día muy tedioso.

La ayudante estudió a India un poco más.

—Como usted quiera. Permítame que termine de desmaquillarle el rostro.

India cedió sin dar muestras de la renuencia que sentía. Lo que de verdad deseaba era lo que no podía tener: soledad. Se entregó a los cuidados de su ayudante, levantando el rostro y moviendo la cabeza de un lado a otro, tan dócil como un corderito. Una de las manos fuertes y cálidas de la señora Garrety se posó sobre su fina garganta pero la sujetaba con tanta sutileza como si fuera un delicado florero de cristal. Con la otra eliminaba los restos de pintura y polvos.

—Ya está —dijo cuando terminó—. Mírese, querida. Ahora verá su hermoso rostro y no el de una mujerzuela.

India se dio la vuelta y echó una ojeada al espejo.

—¿Cree que la crítica se hará eco de lo que ha sucedido esta noche?

La señora Garrety desechó esa idea.

—Creo que usted ha dado lo mejor de sí. Eran caballeros que se comportaban como patanes. Y apuesto a que estaban como una cuba. A pesar de sus payasadas, nunca perdió a su público. —Con una eficiencia afilada por los años de experiencia, ayudó a India a desvestirse. Esta noche, los lazos no se enredaron en el corsé. Las prendas individuales del vestido, el corpiño y la falda, y luego la ropa interior… pieza a pieza caían a sus pies sin ni siquiera un tira y afloja. La ayudante los dejó a un lado, sobre una silla, para plancharlos más tarde mientras India se desprendía del canesú con varillas que le daba a su vestido esa silueta tan clásica—. Lo que sí es una lástima es que los espectadores no presenciaran el momento en que le leyó la cartilla a ese caballero aquí mismo.

India miró a su ayudante, sorprendida, y vio que la señora Garrety la observaba de manera perspicaz.

—Hoy se ha mostrado muy decidida al echar a todo el mundo.

—Sí, bueno, vi cómo venían hacia aquí él y sus amigos —repuso la ayudante, resuelta—. No supe predecir qué escenita harían. Pero yo ya sabía que usted se sabría defender. No obstante, lo que no esperaba era que le propinara semejante puñetazo. Eso sí fue un cuadro, ya se lo digo yo, por eso creo que tendría que haberlo visto más gente.

India no dijo nada y optó por no revelar que fue el mismo vizconde Southerton quien le había pedido que le pegara. Quizá se tratara de alguna apuesta ridícula que había hecho con sus amigos. Pero también… En cualquier caso, tampoco quería oír la opinión de la señora Garrety al respecto.

—Ya terminaré yo —le dijo—. ¿Será tan amable de pedirle a Doobin que me pida un coche?

—Por supuesto. —La señora Garrety aún tardó algunos minutos en recoger el vestido de India para la modista antes de salir del camerino. Cuando volvió, India iba a coger la pelliza.

—Quizá quiera compañía para regresar a casa.

—No —contestó ella—. Estaré bien, seguro. No hace falta que se moleste.

—Pero si no es molestia…

India esbozó una sonrisa forzada.

—De verdad, señora Garrety, estaré bien. Como usted mis­ma ha dicho, me sé defender.

La señora Garrety chasqueó la lengua.

—Tampoco quería que se lo tomara a pecho. Necesita alguien que la proteja y no es la primera vez que lo pienso. Tiene muchos admiradores pero no suficientes manos para apartarlos a todos. Ni tampoco tiene las suficientes para abofetearles. Un protector es la respuesta.

India observó cómo se iba su ayudante. En la silenciosa oscuridad que sucedió, India sintió la primera oleada de miedo en su interior que pronto fue seguida por otra. Y luego otra más. Luchar a contracorriente no era efectivo, sólo la dejaba más cansa­da. Tomó aire y se ajustó el alamar de su capa para protegerse el cuello. Para ella, más importante que un protector era la cuestión misma de la protección. Recordó las palabras finales del vizconde: «No puede esperar que la salve siempre, señorita Parr». Si no era lord Southerton, India se preguntaba quién podría serlo. La siguiente oleada le provocó un nudo en el estómago. Con el corazón desbocado, se apresuró hacia la salida posterior del teatro, hacia la segura anonimidad del coche negro de caballos.

 

 

Los caballeros Berwin y Grissom no defraudaron a la hora de repetir lo que habían presenciado —o casi— en el camerino de la señorita Parr. El primer chisme se dejó caer con brusquedad aquella misma noche. Era idóneo para el grupo de hombres aburridos que se reunían alrededor de la mesa de juego en Simon’s. La historia se extendió enseguida en aquel antro, y cuando los miembros se despertaron a la mañana siguiente en busca de remedios para la resaca, el cuento se convirtió en un chismorreo que aplacaba las miradas atónitas de los mozos y a las airadas esposas.

Southerton se enteró del alcance de su éxito por su hermana, a la tarde siguiente. Descubrió que Emma también fue a hacerles una visita a sus padres, y según las estimaciones de Sur, le saludó con demasiada alegría para echarla. Sin embargo, la felicidad que rebosaban sus ojos no le auguraba nada bueno. La besó en la mejilla cuando ella la ofreció.

—Emma —le susurró al oído—. A nadie le gustan los cotilleos.

Ella le miró, muy alegre.

—¡Ay, claro que sí! —Sin mover la cabeza, señaló al conde y a la condesa de Redding entrecerrando ligeramente unos ojos maliciosos. Se rio cuando Sur no se atrevió siquiera a mirarles y, en lugar de eso, cogió a su sobrino en brazos—. Te ensuciará el abrigo —le advirtió—. Anda revuelto todo el día.

Sur estiró los brazos para apartarlo de sí y lo miró seriamente.

—¿Porque babea mucho, quieres decir? —Por el rabillo del ojo creyó ver que su padre esbozaba una sonrisa. Su madre, sin embargo, se mostraba mucho más seria y mantenía la espalda recta—. Está rollizo y hermoso —dijo mientras su sobrino le miraba—. Y tiene las orejas en su sitio, no como la muñeca esa que tenías, Emma, ¿te acuerdas? Aquella que…

Ella volvió a coger a su hijo.

—No hablemos de lo que le pasó a Cassandra, Sur. Niles no tiene porqué saberlo. —Hizo un mohín con los labios y añadió—: O ninguna otra persona.

Sur sonrió fríamente y arqueó una ceja.

—Recuérdalo cuando vuelvas a afilar esa lengua tuya.

—Bestia.

—Bruja.

—Ogro.

Él acarició un mechón de pelo que le caía a su hermana por la frente y se lo apartó con dulzura.

—Tienes muy buen aspecto —le dijo con sinceridad—. Creo que la maternidad te sienta muy bien.

—Por supuesto que sí.

Sur se volvió hacia sus padres.

—Madre.

La besó en la mejilla y la encontró cálida a pesar del semblante frío que adoptaba. Sur miró al conde para ver si tendría ayuda por esa parte y vio inmediatamente que tenía su simpatía, si bien encubierta. Mostrar su respaldo total ante el desagrado de su madre hubiera sido una insensatez. No era la clase de infracción que un hombre tan circunspecto como el conde cometiera a menudo.

—Padre, le encuentro muy bien.

Entonces llegó la oportunidad que la condesa de Redding había estado esperando, y saltó.

—Por supuesto que está bien. ¿Por qué no iba a estarlo? Me tiene a mí para asegurar que así sea. Y tú podrías decir lo mismo si no optaras por vivir solo, viajando con amigos de cierta reputación, frecuentando lugares cuya existencia ninguna mujer quiere conocer —y aún menos una madre—, además de comportarte de la manera más zafia, siendo el hazmerreír del teatro, y después con… —en este punto, bajó la voz; Southerton suponía que era para que su sobrino de cuatro meses no oyera el punto más destacado— una bailarina.

Sur miró a Niles. El niño estaba muy atento. Emma no se dignó ni a parecer avergonzada. Tenía un rostro casi tan embelesado como el de su hijo. Sur rodeó una silla cercana y se sirvió té de la bandeja de plata.

—La señorita Parr es una actriz, madre, no una bailarina.

—Es… —volvieron otra vez los susurros— de la farándula…

El conde intervino y le cogió la mano a su esposa.

—Ya es suficiente. No harás más que alterarte.

—Ya estoy alterada. Tu hijo se encarga de eso, milord. No tiene ni tu buen juicio ni tu compasión para comportarse de otro modo.

Sur suspiró y se sentó en la silla, bebió el té educadamente y dejó que su madre, poco a poco, dejara de dar vueltas. La quería muchísimo pero a veces le recordaba a una peonza infantil, de cuerda bien ceñida y de muchos colores. De pequeño le encantaba ese juguete.

La condesa no dio muchos más rodeos acerca del problema de la bailarina. Fue directamente al centro de la cuestión, una inquietud para la cual podía contar con la ayuda incondicional de su marido.

—Es hora de que te cases, Sur. Y no hay peros que valgan. Precisamente ayer estuve hablando con Celia de esto mismo.

Sur se dio cuenta de que su madre no mencionó las dos cosas más importantes conscientemente. Una, que hablaba con Celia de eso cada día; y dos, que Celia era Celia Worth Hampton, la condesa viuda de Northam. Tan sólo unos segundos antes se había referido a Norte como uno de sus amigos de «cierta reputación». Ahora ese mismo amigo estaba a punto de ser glorificado por haber tenido el buen juicio de casarse. También obviaría que ese evento fue un asunto de lo más descalabrado.

Sur se acordó con melancolía que su peonza tenía el mismo efecto mareante en él.

Lillian Rheems Forrester siguió en esa línea durante unos minutos más, consumiendo la mayor parte de la paciencia de su hijo.

Cuando terminó, miró a su primogénito con satisfacción, segura de haber minado sus defensas y haberle convencido con la lógica de sus argumentos y la sensatez de sus consejos.

Por encima del borde de su taza, él bajó la mirada para esconder su expresión azorada y asintió serenamente.

—Me ocuparé de inmediato en esta empresa de encontrar esposa.

Entonces, la condesa levantó las manos.

—Habla con él, milord —le dijo a su marido—. Creo que se me ha agotado la paciencia. Sólo quiere seguirme la corriente.

Redding se mordió el labio.

—Tienes razón, querida. Sur, deja de seguirle la corriente a tu madre.

—Sí, señor.

El conde miró a su esposa con recelo.

—¿Ves? Ya está.

Los ojos grisáceos de Lilly miraban alternativamente a sus dos hombres favoritos y luego, se rindió.

—Muy bien… Defendeos el uno al otro. Siempre hacéis lo mismo, por mucho que finjáis lo contrario.

Su mirada se posó brevemente en su nieto, y vio que Emma le abrazaba con más fuerza, aunque con gran cuidado. ¡Ja! Ahí estaba el futuro de los Forrester.

Sur casi se echó a reír cuando vio que la atención de su madre se desviaba hacia la siguiente generación. Podría haber sentido lástima por Niles si no hubiera estado tan seguro de la capacidad de Emma para proteger a su hijo. En cuanto a ella, era su lengua viperina la que había provocado esa arenga en primer lugar. Ahora mismo tampoco le merecía mucha simpatía.

—Ya que nadie tiene interés alguno en mi versión de los acontecimientos de anoche —dijo Sur—, me gustaría saber có­mo ha llegado a vuestros oídos, y en tan poco tiempo. Yo acabo de levantarme de la cama.

Emma contestó que primero se lo había contado su marido a la hora de desayunar. Él, a su vez, lo oyó de lord Hastings durante su paseo vespertino a caballo por el parque. Ella no podía confirmar la procedencia del cuento, pero había oído una historia similar de lady Rowena Douglas, que había venido a su casa esa mañana. El conde y la condesa callaron su fuente, si bien Sur no tenía duda alguna acerca de quién era.

—La crítica dice que es una actriz de gran talento sobre el escenario —dijo Emma—. Tú también lo crees, ¿Sur?

—Eso se acerca mucho a mi opinión, sí.

Emma suspiró.

—Tengo ganas de verla, ya desde antes de que Welsley hubiera accedido a llevarme. Ahora, contigo en el centro de la historia, me dice que tendremos que esperar. Justo cuando todo el mundo pide verla. Es una lástima por ti, Sur, pero es lo que sucede: Welsley dice que no podemos ir porque causaría revuelo y no sería justo para la señorita Parr. Dice que tenemos que esperar hasta que se olvide todo este cotilleo.

Sur no dijo nada. Pensó que si el coronel no quería apartarle de este caso, el cotilleo no había hecho más que empezar.

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