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Capítulo 1
Londres, marzo de 1832
La pluma de avestruz le estaba haciendo cosquillas en la nariz, pero no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Grace Cheval deslizó el arco sobre las cuerdas de su violín, intentando concentrarse en el alegro de Vivaldi El Otoño, en vez de en la enorme pluma que se le había aflojado del sombrero y le caía sobre la mejilla.
Rezaba porque fuera capaz de contener las ganas de estornudar. La pluma no era el único problema. En los salones de baile siempre hacía demasiado calor, sobre todo en los bailes benéficos atestados de gente. Para más inri, se trataba de un baile de disfraces, y el disfraz que le habían asignado a ella no ayudaba demasiado. El pesado jubón de terciopelo propio de un salteador de caminos convertía el hecho de tocar el violín durante una velada entera en una empresa de lo más agotadora. La combinación del jubón, el sombrero de plumas y el antifaz de piel la hacía sentirse como si estuviera dentro de un horno. Mientras tocaba, Grace sacudió varias veces la cabeza, intentando apartarse la pluma de avestruz de la cara sin saltarse una nota, pero sus esfuerzos fueron in fructuosos. Aquella ridícula pluma se empeñaba en volver a caerse una y otra vez para seguir haciéndole cosquillas en la nariz.
Por fin acabó el alegro de Vivaldi, para alivio de Grace. Mientras las parejas que habían estado bailando la cuadrilla abandonaban la pista de baile, ella dejó el violín y el arco sobre su regazo y se arrancó de un tirón la pluma de avestruz que se le había aflojado del sombrero.
La dejó caer al suelo disimuladamente y pasó una hoja de la partitura. Un vals de Weber era la última pieza de la velada. Estaba levantando el violín para volver a tocar cuando uno de sus compañeros de orquestina se inclinó hacia ella.
—Sólo has arrancado la mitad —le dijo en voz baja—. La otra mitad sigue ahí, apuntando al techo y sobresaliendo entre las demás plumas del sombrero.
—Tonterías —espetó ella mientras se colocaba el violín debajo de la barbilla—. Eres un mentiroso, Teddy.
—Lo digo en serio —contestó el joven, recolocándose
la corona de laurel que imitaba la de Julio César
sobre su pelo castaño antes de levantar el arco hacia el
chelo que tenía entre las rodillas—. Sobresale tanto entre
las demás que parece la chimenea de una casa, aunque
un poco peluda.
Grace levantó una ceja.
—Siempre sé cuando estás mintiendo. Se te ponen las orejas rojas.
El joven se rió entre dientes y empezaron a tocar.
Grace había tocado en tantos bailes durante los tres últimos años que se sabía de memoria la mayoría de los valses publicados, lo que le permitía entretenerse observando a las personas que bailaban mientras tocaba.
La reina Isabel de Inglaterra pasó por su lado, bailando con su esposo, Enrique II. Luego se acercó Helena de Troya, que bailaba con un hombre cuyo disfraz tan sólo consistía en un esmoquin negro y una larga capa también negra con el forro dorado, y que le hizo pensar inmediatamente en el diablo de Fausto: Mefistófeles.
La pareja llamaba la atención, ya que la toga blanca
de la mujer contrastaba con el color del pelo y de las
ropas del hombre. Cuando ambos pasaron junto a Grace
dando vueltas, ella se dio cuenta de que el hombre tenía
el pelo moreno y largo, y lo llevaba recogido en una
coleta, un detalle extraño y pasado de moda desde hacía
años, aparte de poco acorde con el disfraz. No llevaba
antifaz y, cuando Grace vislumbró su rostro, le tembló
la mano. Su violín emitió una nota estridente. Ella recuperó
la compostura y el par de bailarines se alejó fuera
de su campo de visión, pero Grace sabía que no se había
equivocado al reconocerlo. Era Dylan Moore.
Nunca olvidaría la noche en que había conocido al famoso compositor, y dudaba que la mayoría de las mujeres pudieran olvidarla de haber estado en su piel. Un hombre imponente, alto, de ojos negro azabache. Cruzarse con su mirada había sido como mirar dentro de un abismo en cuyas profundidades no podía penetrar la luz. Un hombre de mandíbula esculpida que alardeaba de obtener cuanto deseaba, y con un rictus de cinismo que indicaba que se aburría fácilmente después de conseguirlo. Un hombre de impresionante talento, riqueza y posición social, un hombre que parecía tener todo cuanto la vida podía ofrecerle, un hombre que se había puesto el cañón de una pistola bajo el mentón.
Todavía recordaba el vuelco que le había dado el corazón cuando lo había visto desde detrás de las pesadas cortinas de terciopelo del Palladium aquella lejana noche de hacía cinco años. También allí había tocado el violín, con la esperanza de que las notas de una pieza que había compuesto él mismo no fueran ahogadas por el disparo de una arma.
Etienne se la había llevado de vuelta a París al día siguiente y ella no había vuelto a ver a Dylan Moore hasta entonces, pero había oído muchas cosas sobre él durante los cinco años que habían seguido a aquel extraño encuentro. Todo el mundo, desde París hasta Viena, esperaba ansioso las últimas noticias sobre el compositor más famoso de Inglaterra. Y últimamente había habido muchas.
Su tormentoso enredo amoroso con la actriz Abigail Williams acaparó los titulares de las páginas de sociedad de la prensa, un romance que empezó cuando él saltó de su palco del Covent Garden y la arrastró fuera del escenario en plena función, y acabó cuando ella lo sorprendió en la cama con una bella prostituta china que supuestamente había ganado en una partida de cartas. Había vivido sin ocultarlo con media docena de mujeres durante los últimos cinco años, incluyendo una bailarina rusa y la hija ilegítima de un rajá de la India.
Aparte de las noticias sobre Dylan Moore, estaban las habladurías. Se rumoreaba que un accidente de equitación le había afectado al cerebro y se estaba volviendo loco lentamente. Se decía que bebía y jugaba en exceso, consumía opiáceos y fumaba hachís. Se decía que se pasaba días enteros sin dormir, participaba en incontables duelos, aunque sólo de espadas, y montaba a caballo como alma que lleva el diablo, independiente mente de que hiciera carreras en pleno núcleo urbano o de que saltara vallas en su casa de campo. Se decía que no había reto que eludiera, desafío que dejara escapar ni norma que no hubiera quebrantado.
Dylan Moore y su pareja de baile dieron un giro y se colocaron de nuevo delante de Grace, a sólo unos pasos de ella, y Grace inspiró profundamente, sobrecogida ante el cambio que se había producido en aquel hombre en sólo cinco años. Seguía teniendo los anchos hombros y el fuerte torso que ella recordaba, un cuerpo trabajado propio de un hombre hábil en los deportes, pero su semblante había cambiado. Su rostro seguía siendo el de un hombre atractivo, pero presentaba las inconfundibles huellas de la vida disoluta y la dejadez personal; aquellas arrugas esculpidas de forma imborrable en la frente y las comisuras de ojos y boca no deberían existir en un hombre que tan sólo hacía dos años que había superado la treintena. Grace llegó repentinamente a la conclusión, no sin cierto enfado, de que todas las habladurías sobre él debían de ser ciertas. Aquel hombre siempre había tenido costumbres algo disipadas, pero ahora parecía haberse convertido exactamente en el desvergonzado vividor que estaba en boca de todos.
No sabía qué había llevado a aquel hombre a plantearse el suicidio hacía cinco años, pero recordaba su propia convicción de que no lo volvería a intentar y, al parecer, había sido acertada. En vez de escoger morir, era evidente que había decidido irse al otro extremo, vivir de prisa y peligrosamente, como si intentara exprimir hasta la última sensación de cada momento.
A pesar de la declaración que le había hecho de que
no volvería a componer música nunca más, la cosa no
parecía pintar tan mal. Su ópera, Valmont, publicada
hacía cuatro años, seguía representándose en todas las
salas de Inglaterra y del resto de Europa. Su Decimonovena
Sinfonía, aunque no había sido tan aclamada
por la crítica como sus obras anteriores, había sido un
éxito de público aplastante. Pero ya no componía con
la febril energía de sus anteriores obras, y durante el último
año sólo había publicado una sonata.
«Demasiado ocupado, tal vez», pensó Grace fijándose
en cómo se pegaba al cuerpo de Helena de Troya
mientras bailaban el vals y cómo se inclinaba hacia ella
para susurrarle algo al oído. Un comportamiento escandaloso,
especialmente en un baile público, y muy en
consonancia con su reputación.
En aquel momento, Dylan Moore miró en la dirección de Grace y ella bajó la vista simulando leer la partitura, dando gracias al sombrero que le ocultaba los ojos y al antifaz que le cubría la cara. Cuando volvió a levantar la mirada, Dylan Moore y su pareja se habían fundido otra vez con la multitud de parejas de baile, y Grace suspiró, aliviada. Sabía que Moore no era asunto suyo, pero eso no le impedía experimentar cierta sensación de frustración por haberle salvado la vida a un hombre sólo para que la desperdiciara entregándose al libertinaje y a los excesos.
El vals llegó a su fin, las parejas abandonaron la pista de baile y se dirigieron hacia la sala donde les aguardaba la cena, y los músicos empezaron a recoger sus instrumentos. Mientras Grace guardaba el violín y el arco en el estuche forrado de terciopelo, intentó quitarse a Dylan Moore de la cabeza. Su vida, o como la malgastara, no era de su incumbencia.
Colocó las partituras encima del violín, bajó la tapa del estuche y abrochó las hebillas de las correas de piel. Cogió el estuche por el asa y utilizó la mano que le quedaba libre para coger su atril.
—Me reuniré con vosotros detrás de las caballerizas —le dijo a Teddy—. Aquí hace demasiado calor, necesito un poco de aire fresco.
Él asintió con la cabeza.
—La próxima vez que toquemos en un baile de disfraces, intentaré conseguirte un traje más cómodo —le dijo con una amplia sonrisa.
—Sí, por favor —contestó ella con entusiasmo mientras se volvía—. ¿Podrías traerme un poco de jamón y fiambre frío de la cena, Teddy? —le dijo mirándolo por encima del hombro mientras avanzaba hacia la salida—. Bueno, eso si consigues engatusar a alguna de las camareras antes de irte, claro.
Grace salió del salón de baile, dejando a sus compañeros entregados a su práctica habitual de coquetear con las camareras que servían la cena, para comer gratis de los restos de comida y robarles algún que otro beso. Pasando de largo la magnífica escalera que llevaba a la entrada principal, Grace avanzó hasta el final del pasillo. Al igual que los sirvientes, los músicos contratados debían utilizar la escalera de servicio. Bajó a la planta baja, salió al exterior y se sumergió en la fresca noche de claro de luna.
Conforme cruzaba la fila de carruajes que atestaban el callejón, Grace fue saludando con la cabeza a los cocheros que esperaban para recoger los vehículos cuando finalizara la celebración. Siguió avanzando por las caballerizas hasta el callejón que había detrás, donde había quedado con Teddy. Él vivía cerca de la habitación que Grace tenía alquilada en Bermondsey y la depositaría, sana y salva, en la casa de huéspedes.
Dejó el estuche del violín y el atril junto al muro de ladrillo que separaba los establos de la calle más próxima y empezó a quitarse algunas de las agobiantes prendas del disfraz. Primero se quitó el sombrero, dejando que la larga y lisa cabellera le cayera por la espalda, luego el antifaz, que le tapaba los ojos y, por último, el ceñido jubón, y respiró aliviada cuando lo único que le quedaba del traje eran los pantalones de montar, las botas y una camisa blanca de lino.
Aunque acababa de empezar la primavera, el invierno daba todavía sus últimos coletazos. Un viento, suave pero helado, soplaba en el callejón, y el cuerpo de Grace, cubierto de sudor tras la sofocante atmósfera del salón de baile, recibió con agrado el aire frío de la noche. Lamentablemente, la brisa le trajo también los desagradables olores de Londres. Hasta en Mayfair, incluso cuando hacía frío, era imposible escapar a la hedionda mezcla de olores, procedentes del río, la basura putrefacta y el hollín del carbón, que impregnaba el aire londinense.
Cerró los ojos y se volvió para apoyar la espalda en el muro, inhalando el hedor que la envolvía con profundo desagrado y deseando poder regresar a la campiña inglesa, donde había pasado su infancia. «Quién pudiera respirar aquel aire veraniego que incitaba al sueño, oír el rumor del mar y el zumbido de las abejas, y dejarse embriagar por la fragancia de las rosas», pensó. Pero aquello era imposible. Nunca podría volver allí: las mujeres que han deshonrado a su familia no pueden regresar nunca a casa.
Etienne le había prometido que le mostraría el mundo y había cumplido su palabra. Grace pensó en todos los lugares hermosos y emocionantes adonde la había llevado su marido durante su breve matrimonio: París, Salzburgo, Florencia, Praga, Viena..., todas las capitales europeas, donde Etienne se había convertido durante un tiempo en el niño mimado de los adinerados mecenas de la alta aristocracia, y sus cuadros, en sus adoradas posesiones.
«Por ahora, no habrá más veranos en el campo, más rosas ni un lugar que pueda considerar mío y llamar “hogar”», se dijo. El sueldo de una vendedora de naranjas que de vez en cuando tocaba el violín en fiestas le permitía pagar a duras penas la diminuta habitación que tenía alquilada en una casa de huéspedes y la comida que necesitaba llevarse a la boca, pero, desde luego, no daba para comprarse una casa.
—Algún día —juró al aire de la noche, dando voz a sus deseos más profundos—, volveré a tener un hogar, una casita de mi propiedad en el campo. De color crema —añadió—. Con contraventanas de color azul pizarra y un jardín de rosas.
—¿Me permite que sugiera también unas cuantas jardineras llenas de siemprevivas, geranios y hiedra?
Aquella pregunta formulada en tono jocoso interrumpió el ensueño de Grace, que abrió los ojos para encontrarse con la inconfundible silueta de Dylan Moore a unos cuatro metros de distancia.
—¿Y tal vez... un castaño de Indias? —añadió.
Estaba junto a la pared del establo, se había soltado el pelo, la capa le colgaba de los fuertes hombros como una sombra, y su corbata blanca resplandecía entre los pliegues azabaches de la noche.
—¿Tiene por costumbre hablar sola? —le preguntó.
—Sólo cuando no me doy cuenta de que hay alguien escuchando a escondidas.
Dylan no se disculpó.
—Por lo menos, he podido ver otra vez a mi mujer de la limpieza. —Dio un paso hacia ella—. Intenté por todos los medios dar con usted. La busqué por todas partes. Pregunté en el Palladium, pero usted había dejado su puesto de trabajo sin previo aviso y nadie sabía adónde se había marchado. En cualquier multitud en la que me veía inmerso, analizaba cara por cara, desesperado por encontrar la suya. Me fijaba en todas las mujeres que veía fregando suelos. Estudiaba el rostro de cada violinista que se cruzaba en mi camino. Hasta me informé en el gremio de músicos. Sin ningún resultado.
—¿Por qué me buscó?
—Para decirle lo mucho que la odiaba, por supuesto.
Dylan había dicho aquellas palabras a la ligera y en tono jocoso, pero Grace se las tomó al pie de la letra.
—¿Odiarme? —repitió—. ¡Pero si le salvé la vida!
—Sí, y cómo la maldije por haberlo hecho. —Dio otro paso hacia ella y el movimiento lo hizo salir de la oscuridad, dejándose iluminar por el resplandor de la farola que había detrás de Grace—. A veces —prosiguió—, intentaba convencerme de que se me había aparecido en un sueño, que usted era una fantasía evocada por mis más profundos anhelos y que no la volvería a ver porque no existía. Pero no acababa de hacerme a la idea. Deseaba tan desesperadamente que usted fuese real. Por mucho que me esforzara, no podía seguir odiándola, aunque usted me salvó la vida cuando yo no quería ser salvado.
—Pero ahora que ha pasado el tiempo, ¿no está usted contento de haber conservado la vida?
—¿Contento? ¡No! —El ímpetu de su respuesta sobresaltó a Grace. Dylan bajó la mirada, apretándose las sienes con las palmas de las manos como si le doliera la cabeza—. ¡Dios mío, no! ¡En absoluto!
Había una angustia tan auténtica en su voz. Grace lo miró y sintió una punzada de compasión que, acto seguido, desestimó implacablemente. «Artistas», pensó.
Su marido había consumido tal dosis de su compasión que le quedaba muy poca. Los artistas atormentados habían dejado de merecerle la menor simpatía.
—Pobre hombre —dijo irónicamente—. Dinero, fama, contactos, éxito, bien parecido y con talento. Cuánto debe de estar sufriendo.
Él levantó la cabeza, agitando hacia atrás su larga cabellera como un semental inquieto, pero cuando habló, lo hizo arrastrando las palabras, y el desasosiego volvía a estar presente en su voz.
—Ya lo creo que sufro. La vida es tan condenadamente agotadora.
Ella inhaló aire sonoramente por la nariz en señal de desaprobación.
—No tengo ninguna duda al respecto, dada la tristemente famosa forma de vida que usted lleva.
—Veo que se ha mantenido informada, ¿me equivoco?
Dylan parecía bastante complacido ante el descubrimiento, lo que todavía enfadó más a Grace.
—Lo bastante como para saber que usted ha estado
viviendo como si deseara la muerte, señor. Ríase si
quiere, pero yo no lo encuentro nada gracioso. Si estoy
equivocada sobre usted, si usted sigue prefiriendo estar
muerto, dígame entonces qué hace aquí, plantado delante
de mí y hablando conmigo. —Estaba cansada de
aquella conversación, cansada de intentar razonar otra
vez con un hombre de temperamento artístico. Había
escapado de aquella cárcel hacía tiempo—. Matarse es
fácil. ¿Por qué no lo ha hecho ya?
—¡Por usted! —le respondió con tal pasión que Grace se sobresaltó. Él dio varios pasos rápidos hasta que ya sólo los separaba la longitud de un brazo—. ¿Todavía no lo entiende? Por usted. Sólo por usted.
Dylan levantó los brazos y apoyó las manos en la pared, a ambos lados del cuerpo de Grace, acorralándola. Ella se puso tensa y sintió una súbita punzada de miedo. Apretó la espalda contra el duro muro de ladrillo y levantó la barbilla para mirar a Dylan directamente a los ojos. La luz de la farola que había detrás de la pared los iluminó y, en aquel dorado resplandor, Grace comprobó que los ojos de aquel hombre eran opacos, como un cielo nocturno sin estrellas.
—No puede responsabilizarme de su vida o de su muerte, señor.
—¿Ah, no? —Se inclinó hacia ella, acercándosele todavía más, tanto que su cálido aliento acarició la mejilla de Grace en el frío de la noche—. Usted, su rostro, su voz, sus ojos. ¡Dios mío, sus ojos! La música que la rodea. Todo ello me ha atormentado durante estos largos cinco años. La esperanza de que volvería a verla, de que volvería a oír su música, esa esperanza es la que me ha permitido seguir adelante, día tras día.
—¿Yo? —Grace negó con la cabeza, atónita—. ¿Por qué yo? ¿Qué música?
Él se separó un poco de ella y no contestó. El eco del tráfico que pasaba por la ruidosa calle cercana resonó en las paredes del callejón mientras ambos se miraban fijamente en silencio. Grace esperó, sin atreverse a mover un solo músculo, sin saber muy bien qué haría él si ella se movía. La brisa primaveral arrastró un mechón de la larga y rubia melena de Grace sobre su rostro.
Eso atrajo la atención de Dylan. Levantó la mano para apartarle el pelo de la cara antes de que ella pudiera hacerlo, y algo cambió en su interior. Su cuerpo se relajó y su expresión se dulcificó, reflejando una ternura que Grace no había visto antes en aquel rostro.
—Es tan encantadora como recordaba —susurró mientras le rozaba la mejilla con los nudillos—. Increíblemente encantadora.
La forma en que él le había hablado la puso nerviosa, y sintió el despertar de algo completamente inesperado, algo que creía muerto en su interior desde hacía tiempo.
El deseo. Cobró vida al instante, desencadenado por la sutil caricia de la mano de Dylan en su mejilla. Inspiró profundamente, intentando desterrar de su cuerpo y alejar de su mente aquella sensación, pero no consiguió hacerlo. Era como si la cálida luz del sol bañara todo su cuerpo tras la fría oscuridad de un largo invierno. Lo había olvidado por completo; había olvidado cómo se siente la caricia de un hombre.
Cuando las yemas de los dedos de Dylan se deslizaron por su mejilla para acomodarle el mechón de pelo detrás de la oreja, había estado a punto de girar la cara hacia su palma para besársela. A punto.
—¿Qué quiere de mí? —le preguntó, intentando hilvanar un discurso racional, pero el calor del cuerpo de aquel hombre tan cerca del suyo y la profunda confusión que le generaba el torrente de sensaciones que estaba experimentando le impedían pensar con claridad—. ¿Acaso está intentando seducirme?
—¿Seducirla? —repitió él, pensativo, deslizando delicadamente la yema del dedo hacia adelante y hacia atrás por la curva de la oreja de Grace—. No se me ocurre nada que pudiera complacerme más que seducirla. Usted me embriaga.
—Usted es un hombre ardiente, ¿verdad? —Grace hizo el ademán de mirar hacia otro lado, pero él deslizó la mano entre su melena para obligarla a mirarlo a la cara. Ella lo miró fijamente, miró sus ojos oscuros y apasionados y su sensual boca. Era ridículo, ella lo sabía, que casi un completo desconocido pudiera hacerla sentir de aquel modo, tan húmeda, blanda y caliente, como un caramelo derritiéndose al sol. Aquellas caricias la estaban derritiendo literalmente por dentro. Sabía que debería colarse bajo uno de los brazos de Dylan Moore y escabullirse, pero algo le impedía moverse—. Esto no tiene sentido —se mofó, pero le salió una voz grave, profunda, temblorosa, la voz de una mujer que se está dejando seducir y que está disfrutando del proceso—. Ni siquiera me conoce.
—Tengo la sensación de que la conozco. —Le acarició la sien con la yema del pulgar—. Oigo música cuando la miro.
A Grace se le escapó una risita al oír aquel tópico. «Seguro que sabe hacerlo mejor», se dijo.
—Por supuesto. ¿Cómo no iba a oírla?
Su tono burlón pareció encender algo dentro de él. Volvió a moverse, ladeándole la cabeza mientras se inclinaba sobre ella y la apretaba contra el muro con todo el peso de su cuerpo. A ella se le aceleró el pulso y notó que se estremecía por dentro ante aquella agresiva aproximación.
Se dio cuenta, para su disgusto, de que no era miedo lo que sentía, sino expectación. No era de extrañar que Dylan Moore se hubiera acostado con tantas mujeres. Tenía un don especial para llevárselas a la cama.
Él bajó la cabeza y, antes de que ella pudiera pensar, estaba separando los labios para aceptar su beso. Fue un beso apasionado, dado con las bocas completamente abiertas, que desencadenó oleadas de placer por todo el cuerpo de Grace, un placer tan asombroso que incluso se le escapó un gemido.
Él le acarició la lengua con la suya, ahondando el beso. Como si el cuerpo de Grace tuviera voluntad propia, sus manos se agarraron a los bordes de la capa de Dylan, cerró los puños fuertemente y se puso de puntillas para devolverle el beso con la desvergonzada avidez de una prostituta. Hacía tanto tiempo que no se sentía así. Llevaba tanto tiempo sin desear fervientemente los besos de un hombre, el tacto de su piel, su cuerpo. Se sentía tan increíblemente viva en aquel momento. Soltó la capa y le rodeó el cuello con los brazos, apretándose más contra el duro muro de su cuerpo.
Él dejó escapar un gemido grave y ardiente en la boca de Grace. Su mano abandonó el cabello para iniciar un inexorable descenso por el esbelto cuello de ella, pasando por el esternón, hasta llegar a los senos. Allí se detuvo sólo un segundo, lo suficiente para notar el rápido palpitar de su corazón bajo las yemas de los dedos a través de la camisa de lino antes de proseguir su recorrido para detenerse en la cintura. La separó del muro, la rodeó con un brazo y la levantó en el aire hasta que sus caderas encajaron perfectamente en las de él.
Aquello era una locura.
Grace volvió la cabeza para interrumpir el beso, jadeando. Soltó el cuello de Dylan y dejó caer los brazos a ambos lados, pero él no la dejó zafarse de él. Siguió sosteniéndola por la cintura y apretándola contra su cuerpo, enredando los labios en su rubia melena mientras los pies de Grace colgaban a unos centímetros del suelo.
Era imposible ignorar la dureza de la evidente excitación
de Dylan, y ella se avergonzó por haber permitido
que un hombre que apenas conocía la colocara en aquella
postura, un hombre que, como él mismo había admitido,
había llegado a odiarla. Volvió a mirarlo a los ojos,
intentando controlar sus confusas emociones.
—¡Suélteme!
Él aflojó la presión, pero sólo lo suficiente para dejar que el cuerpo de Grace resbalara hacia abajo y sus botas entraran en contacto con el suelo.
—Oí música dentro de mi cabeza la primera vez que la vi. Cuando he vuelto a verla en el salón de baile, ha sido la música lo que me ha permitido reconocerla. A pesar de ese estúpido sombrero y del antifaz, a pesar del vals de Weber y de las voces de toda la gente que hablaba a mi alrededor, he sabido que era usted por la música que he oído dentro de mi cabeza.
—Usted es compositor —se apresuró a contestar ella, casi sin aliento—. Supongo que debe de oír música constantemente. ¿Qué importancia puede tener eso? —Luego apoyó las palmas en el pecho de Dylan, sintiendo la dureza de sus músculos bajo las manos cuando intentó empujarlo para zafarse de él. Era como empujar un muro, y él no se movió ni un ápice.
—Mucha más de la que puede imaginar.
Dylan estaba empezando a soltarla cuando otra voz, una voz de hombre enfurecido, interrumpió la conversación.
—¡Aléjese de ella!
Grace miró por encima del hombro de Dylan y vio a
Teddy, que acababa de volver la esquina de los establos
y avanzaba en su dirección. Todavía tenía puesto el disfraz
y, bajo el brazo, llevaba un fardo de arpillera aparentemente
lleno de comida. Con sendas manos sostenía
el estuche del chelo y el atril. Los dejó caer mientras se
aproximaba acelerando el paso.
Dylan volvió la cabeza para echar un vistazo a Teddy por encima del hombro, pero no pareció alterarse en absoluto ante la visión del aquel joven aparentemente enfadado.
—Nunca se me ocurriría pelearme con su gallardo caballero —dijo mientras volvía a mirar a Grace. El tono sarcástico y guasón había vuelto a su voz—. Sobre todo teniendo en cuenta que viste toga.
Dylan le dio un rápido beso en la boca y luego la soltó, separándose de ella y dejando una amplia distancia para que Teddy pudiera interponerse entre ambos.
El joven apretó los puños mientras se plantaba entre los dos, de cara a Dylan.
—¿Estás bien, Grace? —le preguntó sin volverse para mirarla.
Teddy apenas tenía dieciocho años, pero estaba dispuesto a defenderla de un hombre que le sacaba más de quince centímetros de estatura y veinticinco kilos de peso. Grace le puso una mano en el brazo.
—Estoy perfectamente bien, Teddy —respondió, y miró a Dylan por encima del hombro del joven—. Él ya se iba.
Dylan se inclinó ante Grace.
—Me despido y le deseo muy buenas noches —dijo. Seguía ignorando al joven que había acudido a rescatar a Grace. Se dio media vuelta y empezó a andar hacia el salón, donde proseguía la fiesta, pero se detuvo y miró a Grace por encima del hombro—. Antes ha hablado de responsabilidades —dijo—. Los chinos dicen que, cuando uno salva a un hombre de la muerte, es responsable de su vida. Nos volveremos a ver, Grace. Le doy mi palabra.
Ella lo observó mientras daba media vuelta. El extremo de su capa se ahuecó y onduló tras él, arrastrado por la brisa, mientras el forro dorado de satén resplandecía a la luz de la farola.
«Muy apropiado que un hombre como él haya escogido ser Mefistófeles en un baile de disfraces», pensó Grace. Ella le había salvado la vida con las mejores intenciones, pero, mientras Dylan Moore se fundía con las sombras de la noche y desaparecía en la oscuridad, se preguntó, como si de un presentimiento se tratara, si sus buenas intenciones podrían acabar llevándola al infierno.