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ÚLTIMO VIKINGO de Sandra Hill

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Capítulo uno

En un país lejano, año 997 d.C.

Geirolf profirió un salvaje grito vikingo de guerra antes de ocultar la cabeza entre los generosos pechos de Ingrid.

Esto no pareció impresionarla.

Bramó de indignación. A continuación, todavía aferrado a su voluptuosa figura, saltó por encima de la baranda quebrada de su dragón vikingo, partido en dos, que empezaba a sumergirse en la mar embravecida… hacia un naufragio seguro.

En fin, tal es el destino de muchos guerreros vikingos, por otra parte mejor que cualquier otro, pensó Geirolf con cierto fatalismo mientras un remolino succionaba su cuerpo, que giraba de forma incontrolada, cada vez más rápido, hacia las profundidades salobres. «Muy pronto todo habrá acabado… las valquirias ya deberían estar aquí para conducirme hacia Asgard, la morada de los dioses, donde con toda seguridad me aguarda un gran banquete en la otra vida. Espero por lo menos que se trate de Asgard, y no del infierno. Después de todo, he demostrado mi resistencia en este día, no creo que merezca el averno.»

Todavía conteniendo la respiración, abrazó con mayor fuerza a Ingrid, su acompañante en el camino hacia la muerte, y se rió entre dientes. «Quizás esta noche me acostaré con mi verdadera compañera de cama, con pechos tan magníficos como los tuyos, dulce Ingrid.»

Entonces, el instinto de supervivencia se revolvió en el interior de Geirolf, por ventura un reflejo de guerrero. Desde su infancia había sido entrenado para luchar hasta el final. No se rendiría ahora como un crío mocoso.

«¡No! ¡Maldita sea! Soy Geirolf Ericsson del noble clan de Yngling. Por mis venas corre sangre de reyes. Soy un excelente constructor naval y un valiente soldado. No debo morir todavía. Mi honor exige que realice la misión que prometí llevar a cabo a mi padre. La vida depende de mí. Me niego… a… rendirme.»

Con un fuerte impulso de sus piernas, Geirolf pataleó para escapar de la sepultura salina a la que le arrastraba el remolino, y emerger rápidamente, como un delfín, en la superficie de una mar sospechosamente tranquila.

Con un movimiento brusco de cabeza, se sacudió por encima del hombro la venda en que se había convertido su larga cabellera mojada. Para su sorpresa, nada menos que Ingrid —el estrafalario mascarón de proa de madera que representaba a una diosa rubia y bien dotada—, y sus gloriosos pechos le mantenían a flote, cabeceando suavemente sobre las olas del océano.

Hacía ya más de tres años que su hermano Jorund, haciendo gala de su tosco sentido del humor, le había regalado la figura en madera de un torso femenino para embellecer la proa de su último drakkar, el Fiero Lobo. Afortunadamente, Geirolf había conseguido aferrarse al mascarón cuando su navío se quebró en dos hacía tan sólo unos momentos.

Geirolf profirió una carcajada de júbilo ante aquella ironía: salvado por los senos de una mujer. Su madre, lady Asgar, cristiana de origen sajón, diría que era la justa represalia del dios Único como castigo por la vida salvaje y de libertinaje que había llevado su hijo menor. Su padre, el jefe Eric Tryggvason, vikingo por excelencia, se moriría de risa ante la lasciva paradoja. La última amante de Geirolf, la dulce Alyce de Hedeby, chasquearía la lengua en señal de desaprobación, para después simplemente sonreírle satisfecha por el hecho de que siguiera con vida, fuera como fuese.

Dio un lametón al pezón izquierdo de Ingrid, del tamaño de una enorme uva madura, y comprobó su salinidad. Pensó demasiado tarde en la posibilidad de una astilla en su lengua. A la débil luz de la Luna del Demonio, ese extraño fenómeno celeste que le había conducido hasta aquellas peligrosas aguas, miró con ternura a su rígida compañera y se relajó. Su destino ahora estaba en manos de los dioses. La única explicación que podía imaginar era que Odín había decidido librarle del diabólico Storr Grimmsson, el proscrito que asesinara o capturara a la totalidad de su tripulación de fieles marinos hacía siete días y siete noches, salvando únicamente a Geirolf en su decrépito navío en medio de la mar tempestuosa.

Considerando todo lo que le había sucedido, Geirolf determinó que el Dios todopoderoso escandinavo debía tener otros planes para él. Resignado, se dejó llevar por la cadencia de la corriente.

No sabía dónde se encontraba, hacía ya tiempo que había perdido la posición que le ofrecían las estrellas, bajo el aura exótica de la Luna del Demonio… Seguramente mucho más al oeste de lo que ningún vikingo se había aventurado antes. Ni siquiera Eric el Rojo. Tendría mucho que contar a los bardos de la corte de su padre en Vestfold. Con toda seguridad, los escaldos hilvanarían sagas que hablarían de su extraordinario valor durante millones de años. Siempre que consiguiera regresar, claro está.

No, no dejaría que le invadieran pensamientos sombríos, «debo regresar», se juró a sí mismo, mientras acariciaba con la palma de la mano su ancho cinturón de cuero, y asía el pesado broche que escondía el sagrado talismán. De lo contrario, aquel largo viaje no habría tenido sentido. Ni la sangrienta batalla contra Storr, ni la pérdida de tantas vidas. «Sí, debo devolver la reliquia al lugar al que pertenece, tal como ordenó mi padre.»

Con un profundo suspiro, luchó contra el desfallecimiento esforzándose por mantener los párpados abiertos. Estaba tan cansado y dolorido a causa de la batalla. Si pudiera descansar tan sólo un momento. Pero eso no era posible, debía estar atento a los presagios, ante cualquier señal divina que pudiera indicarle su futuro.

Al amanecer, Geirolf abrió los ojos con gran esfuerzo (debía haberse quedado dormido, a pesar de haberse resistido al sueño), y entonces vio la señal. «¡Loado sea Odín!» Se trataba de un drakkar a medio construir que descansaba sobre una loma verde, en la cima de un escarpado acantilado. Parecía como si estuviera esperándole.

—Vamos, Ingrid —exclamó exultante, dirigiéndose hacia su decorativa acompañante, que ahora cargaba bajo su brazo izquierdo. Con renovada vitalidad, nadó hacia la orilla mientras empezaba a salir el sol—. Ése es el barco que nos llevará de vuelta a casa. Destino. Sí, le llamaré Destino Fiero.

Maine, año 1997 d.C.

—¡De ningún modo! No quiero que el mascarón de proa de mi barco haga ostentación de pechos —exclamó Meredith Foster, sacudiendo la cabeza indignada.

Su ayudante universitario, Mike Johnson, frunció el ceño en un gesto de impaciencia mientras volvía a enrollar los borradores que había preparado para que ella diera el visto bueno.

—Vamos a ver, doctora Foster, he estudiado los mascarones de proa de los barcos vikingos del siglo x y entre ellos no es extraño encontrar figuras que representan a alguna de sus diosas predilectas como adorno.

Meredith dio unos golpecitos nerviosos sobre el escritorio con su lápiz y lo miró con ojos escrutadores por encima de sus gafas de lectura, intentando dilucidar si hablaba en serio o no. El ex marine, que seguía luciendo un corte reglamentario en su rubia cabellera, y que llevaba sus antiguas camisetas del ejército americano combinadas con pantalones vaqueros, tenía un mordaz sentido del humor. Y con frecuencia le tomaba el pelo, considerándola demasiado seria y absorta en su trabajo.

—También era habitual la representación de animales, señor Johnson. Busca un dragón o una serpiente, en lugar de chicas sexys y pechugonas.

Él le devolvió una sonrisa.

—Y no creas que no me he dado cuenta de que esta figura femenina se parece mucho a Sharon Stone —añadió. En el poco tiempo que hacía que conocía a su atractivo ayudante, candidato a doctorarse en Cultura Escandinava de la Alta Edad Media, éste no había ocultado el hecho de que Sharon Stone era la mujer con la que más le gustaría perderse, sin importarle dónde. A veces pensaba que su obsesión por la estrella de cine y sex symbol le ayudaba a olvidar el dolor de la pérdida de su joven esposa, dos años antes, en un insólito accidente de esquí—. No olvides que nos interesa la fidelidad histórica. En ese caso, Sharon Stone es puro anacronismo.

Mike se encogió de hombros en un gesto que venía a decir: «Bueno, ha valido la pena intentarlo», y optó por una nueva estrategia.

—Siempre podemos ponerle un sujetador a la chica.

Meredith alzó una ceja.

—Amigo mío, ni siquiera un Wonder Bra, en combinación con una grúa, conseguirían sostener lo que has dibujado en esos bosquejos.

Mike la miró boquiabierto, atónito ante su inusual picardía, pero reaccionó con rapidez.

—¿Y si se tratara de una figura masculina con otro tipo de… atributos? ¿Te parecería bien?

—Tampoco, aunque representara a Mel Gibson con falda escocesa.

Intercambiaron cálidas sonrisas, y Meredith se sintió satisfecha por haber podido franquear la formalidad habitual en su relación con Mike. Le hacía sentirse bien, por una vez, actuar… con normalidad.

—Además, tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos —puntualizó—. La primavera está a punto de llegar, y todavía no hemos encontrado a un carpintero competente que se haga responsable del proyecto. Ahora que llega el buen tiempo, me gustaría reanudar los trabajos de construcción.

Con un gesto de asentimiento, el joven tomó asiento frente al escritorio, y colocó una pierna sobre las rodillas.

—Trabajé con tu abuelo durante más de un año en el «Proyecto Drakkar de Trondheim», pero él era el constructor jefe. Cuando falleció el otoño pasado, se produjo un parón irreparable.

«Un parón irreparable.» Sí, Meredith lo sabía mejor que nadie. Su abuelo había sido como un faro para ella, la piedra angular en un mundo cada vez más solitario y ajeno, desde el trago amargo que supuso su divorcio hacía más de tres años. ¿Qué haría sin sus sabios consejos y su amor incondicional?

—Estaría más que dispuesto a continuar su labor —prosiguió Mike—, pero sencillamente no tengo el talento para supervisar el trabajo de todos esos estudiantes. Puedo lijar madera y hacer el papel de jefe gruñón con los más hábiles, pero eso es todo.

—Lo sé, y valoro toda la ayuda que me has ofrecido hasta el momento. —Se recogió un mechón tras la oreja, e inconscientemente lo introdujo entre sus cabellos informalmente recogidos en la nuca, mientras reflexionaba sobre su problema común—. Me preocupa el hecho de que nuestros anuncios en la prensa de Bangor apenas tuvieran respuesta, y que ninguno de los candidatos estuviera cualificado. Tal vez si lo intentamos en alguna de las revistas arqueológicas que me recomendó mi hermano aparezca algún alma interesada en el proyecto.

—Pero los carpinteros profesionales exigen mucho más dinero de lo que podemos permitirnos pagar con nuestra subvención.

—Conseguiremos a alguien —respondió convencida. «Incluso aunque tenga que pagar de mi propio fondo fiduciario. Lo que sea con tal de hacer realidad el sueño del abuelo.»—. Mientras tanto, podemos ocupar a nuestros estudiantes con tareas de menor relevancia.

—¿Como por ejemplo el lijado manual? Con arena, tal como lo hacían los constructores navales en la antigüedad, ¿no es así? —dijo Mike, rezongando. Lijar era un trabajo tedioso e interminable que todo el mundo detestaba.

—Así es. —Meredith sonrió mientras se colocaba correctamente las gafas—. Y encárgate de averiguar qué pueden ofrecernos en la carpintería, en relación con la figura de un animal para la proa. Aunque sea un elefante. Simplemente no quiero partes impúdicas humanas.

—Si insistes —murmuró Mike, mientras salía de la oficina—. ¿Un elefante? Dios santo, dónde se ha visto un drakkar vikingo republicano. —Y luego hablaba de anacronismos.

La oscuridad ya cubría con su manto la campiña cuando Meredith acabó su jornada. Conducía por la larga y empinada carretera hacia la casa que había heredado recientemente y que albergaba tantos recuerdos para ella. Con una estructura en forma de «A» y un solo dormitorio, había sido construida por su abuelo con sus propias manos sobre un solitario acantilado con vistas al océano Atlántico. De niños, junto con su hermano mayor, Jared, y su hermana pequeña, Jillian, sus padres les habían enviado allí todos los veranos, mientras ellos, absortos en su importante trabajo como destacados profesores de estudios medievales en la Universidad de Princeton, viajaban para dar conferencias o participaban en una u otra expedición de investigación en museos y excavaciones arqueológicas.

La abuela también estaba entonces, y junto al olor de la madera que tallaba su abuelo, los aromas a pan recién cocido y comida casera inundaban la casa. Meredith no estaba segura de que su madre pudiera cocinar, siempre tan ocupada con su carrera profesional. Pero su madre no consideraba que las artes culinarias fueran una habilidad imprescindible. La empleada doméstica que vivía con ellos se había ocupado siempre de esas tareas.

Meredith observó la casa mientras se aproximaba a ella, y por primera vez se percató de su sencillez y reducido tamaño. Curiosamente, nunca antes había pensado en ello. Pero ahora recordaba que mientras los abuelos dormían en la buhardilla, ella y sus hermanos habían desplegado sus sacos de dormir en el suelo de la sala de estar, o fuera, cuando el tiempo lo permitía, al lado de la piscina. Nunca les había molestado.

¡Tanto cariño! Era lo que más recordaba de ellos… El amor que sus abuelos demostraban tenerse y que prodigaban a sus queridos nietos.

Ahora, no quedaba nada de ello.

Luchando contra el nudo que se le había hecho en la garganta, la mirada de Meredith recorrió veloz el drakkar a medio terminar, iluminado durante un instante por sus faros. Su abuelo había decidido construir su proyecto en la parcela vacía al lado de la casa, en vez de aprovechar el campus de la Universidad de Oxley, demasiado alejado y situado en el interior. En sus cartas, su abuelo le había comentado además que a los estudiantes les encantaba aquel lugar remoto, y que a menudo combinaban su trabajo con una excursión, o descendían por el peligroso acantilado para darse un chapuzón en el océano.

Cogió su maletín y una bolsa pequeña con comestibles del asiento de atrás, y se dirigió hacia la casa sumida en sombras. Había algo tremendamente triste en una casa vacía al ocaso. Era lo único que echaba de menos de su matrimonio con Jeffrey.

Normalmente regresaba a casa antes que ella de la Universidad de Columbia, donde ambos eran profesores. Durante los primeros años, los días más felices de su matrimonio, cuando ella llegaba a casa él ya había empezado a hacer la cena. En el equipo estéreo sonaban sonatas para violín de Vivaldi. Al abrir la puerta era recibida con un vaso helado de Chenin Blanc y una cálida sonrisa. En ocasiones, incluso, su marido le daba la bienvenida de forma incluso más especial.

Aquellos días se habían ido para siempre. Y en parte se alegraba. Pero ese día, cuando abrió la puerta, se encontró con un recibimiento distinto. Además de una gran sorpresa.

Nada más franquear la entrada, un brazo robusto la asió por la cintura, alzándola del suelo, y sintió la presión de un cuchillo en el cuello. La bolsa de la compra cayó al suelo con un ruido sordo, desgarrándose, y el maletín se abrió de un golpe, desparramando su contenido.

—¡Suéltame! —gritó, profiriendo patadas con sus cómodos mocasines, que en ese momento hubiera deseado cambiar por botas de montaña, contra la tibia desnuda de su atacante. Al agitar los brazos golpeó un muslo, también desnudo. Y peludo. «Oh, no, debe de estar desnudo. ¡No, por dios, que no me viole!» Asustada e indignada, gritó con todas sus fuerzas, mientras arañaba los brazos de aquel bruto.

Su agresor no aflojó ni un ápice, simplemente masculló un improperio entrecortado e incoherente al lado de su cuello desnudo, seguido de un monosílabo gutural que sonó como una orden: «¡Kyrr!».

La única fuente de luz en la casa, sumida en la más absoluta oscuridad, provenía del reflejo del fuego que crepitaba en la chimenea del salón, y de la luna llena, parcialmente visible a través de las puertas acristaladas que daban acceso a un patio con vistas al océano.

¿La chimenea? ¿Su asaltante se había tomado la molestia de encender la chimenea? Gimió, llegando a la conclusión de que efectivamente se trataba de un violador que se quería tomar las cosas con calma. Pensó además, en un ataque de pánico, que era viernes por la noche. Ante sí se desplegaba la perspectiva de un fin de semana entero, durante el cual nadie la echaría de menos ni acudiría en su busca.

«¡Oh, dios! ¡Dios mío! ¿Dónde está mi gas para defensa personal?» Para su desesperación, Meredith vio cómo el spray se alejaba rodando hacia la cocina, junto con tres naranjas, su pluma Parker preferida, y un montón de calderilla procedente de su monedero. «Mantén la calma. Recuerda las clases de autodefensa. Tómate tu tiempo. Piensa antes de actuar.»

«¿Pensar? ¡Ja!» En ese momento se sentía como una ameba perdida en medio de la cadena de sus pensamientos. Una ameba despistada que gritaba desesperadamente.

El hombre cargó con ella hasta el salón, con los pies todavía un palmo por encima del suelo de madera noble. Suponía que se trataba de un hombre por su estatura y el tamaño del peludo antebrazo apretado contra su abdomen, demasiado cerca de la parte inferior de su pecho. Los callos de sus dedos se enganchaban en su blusa de seda. Olía a agua salada, cuero mojado y manzanas.

«¿Manzanas?» Echó una rápida ojeada y comprobó que las seis manzanas McIntosh que había puesto aquella mañana en el frutero de la mesita baja habían desaparecido. Sus corazones estaban esparcidos por el suelo. «¡El muy cerdo!»

Meredith se dio la vuelta en un intento de ver a su agresor, pero la hoja en su garganta se lo impidió. Entonces, siguió pataleando y chillando, y le asestó un par de codazos. Fue como golpear un muro de ladrillos, aunque casi se le desencajaron los brazos de los hombros debido al esfuerzo.

Profiriendo un juramento, «Blód hel!», el desgraciado la lanzó contra el sofá. Se inclinó sobre ella ahogando un rugido, hasta rozar prácticamente su nariz, blandiendo el arma que ella reconoció como el cuchillo para tallar favorito de su abuelo. Repitió la orden anterior, esta vez con mayor claridad, aunque con cierto acento extranjero: «Kyrr!».

Su mente ofuscada archivó el sonido gutural. Le recordaba a un idioma antiguo, como el inglés medieval. Con un doctorado en estudios medievales, era versada en idiomas de la Alta Edad Media. Meredith frunció el ceño confundida, jadeando, intentando incorporarse en vano. El gorila debía de pesar más de noventa kilos, y algunas partes íntimas de su cuerpo estaban empezando a familiarizarse con las del suyo propio. El fantasma de una posible violación de nuevo hizo aparición.

De pronto, se le erizó el vello de la nuca, en señal de alarma, y algo se agitó en su memoria. Aquella palabra pertenecía a un dialecto similar al inglés antiguo, pero distinto.

«Dios mío», pensó. «Kyrr» significaba en nórdico antiguo «estate quieta». Debía saberlo, después de haber pasado su luna de miel con Jeffrey largo tiempo atrás en Islandia, donde todavía se hablaba un dialecto de aquel lenguaje arcaico. Jeffrey la había convencido de que la combinación de luna de miel e investigación era una buena idea. Todo lo que recordaba era el frío.

Profirió una larga secuencia de palabras extranjeras.

El corazón le latía con fuerza ante la desconcertante presión de su cuerpo, por no mencionar la amenaza, analizó cada palabra por separado, y por fin concluyó que le estaba haciendo una pregunta en una mezcla de inglés y nórdico antiguo.

—¿Quién eres tú, mujer?

Su interpretación se vio reforzada cuando el hombre añadió: «HvaD heitir pú?», que sin duda quería decir: «¿Cómo te llamas?».

—Doctora Meredith Foster —dijo chillando. «¿Un ladrón que habla con fluidez un idioma medieval? Debe de ser uno de los amigos de Mike. Se trata de una broma.»

—«Dock-whore Merry-Death»* —repitió lentamente, su aliento directamente sobre su boca. Aliento con olor a manzana. Hubiera esperado algo mejor de Mike—. Merry-Death —volvió a repetir lentamente, saboreando la sonoridad de aquel nombre en su boca.

No tenía intención de corregir su pronunciación, por si acaso no se trataba de un bromista. Y sí, efectivamente le gustaría asesinarle, y a Mike también, alegremente, por haberle dado aquel susto de muerte.

—Geirolf —dijo, señalándose a sí mismo con el dedo—, ég heiti Geirolf.

—Estupendo. Ahora que ya hemos dejado atrás las presentaciones, Rolf, encanto, ¿qué te parece si te quitas de encima? Hasta ahora, parece que no hay daños graves, pero debes de pesar más de una tonelada, y me estás arrugando mi mejor blusa de Yves Saint Laurent, y…

Interrumpió su retahíla al comprobar que se levantaba con un solo y suave movimiento, algo por otro lado notable en un hombre de su tamaño. No pudo evitar quedarse boquiabierta ante el primer vistazo que lanzó a su atacante.

Con solo alargar el brazo habría podido tocar a aquel hombre tan alto, de casi dos metros de altura, que estaba de pie ante ella. Llevaba una túnica sin mangas de cuero fino y flexible. El atuendo medieval quedaba ceñido a la cintura mediante un ancho cinturón con una enorme hebilla circular de metal que semejaba oro, en la que había grabada la figura de un animal enroscado. En la parte superior de los brazos, tremendamente fibrados, lucía brazales de plata grabados. Jillian, que había diseñado su propia línea de joyería de estilo medieval, se volvería loca si viera aquellas obras de arte. ¡Qué diablos! Incluso su hermano Jared, el arqueólogo, quedaría impresionado. Aunque se tratara de meras reproducciones, eran las mejores piezas que Meredith hubiera visto nunca fuera de un museo.

Sus cabellos de color castaño claro le llegaban hasta los hombros. Estaban húmedos, como si acabara de darse un placentero baño. Calzaba botas de cuero de suela plana, atadas con tiras que le llegaban hasta las rodillas.

Un vikingo. Su captor parecía un antiguo dios vikingo.

Un dios vikingo extremadamente atractivo.

Meredith nunca se había fijado demasiado en los atributos físicos de un hombre. Educada en un hogar de eruditos, siempre le había atraído más el intelecto que la masa muscular. Sin embargo, por primera vez en su vida, comprendió por qué las estudiantes femeninas deliraban ante la imagen de Brad Pitt o ponían los ojos en blanco cuando un estudiante especialmente atractivo con pantalones apretados pasaba a su lado.

«Oh, dios mío. Mis hormonas están experimentando una regresión.» Se mordió el labio inferior para evitar decir una estupidez, como por ejemplo, «¿Puedo tocarte?». Pero en su interior estaba chillando como una quinceañera llevada por el deseo.

¡Increíble! Fuera donde fuese que Mike hubiera encontrado a ese tipo, se había superado a sí mismo. Tal vez se tratara de uno de esos hombres que hacían striptease en clubs nocturnos para mujeres. ¡Sí! «Vikingos’R Us.»

Pero, no, no era posible, parecía tan… auténtico. Meredith le observó más detenidamente. Viejas cicatrices y heridas recientes de las que manaba sangre (probablemente fuera salsa de tomate) cubrían la mayor parte de la piel visible de aquel cuerpo musculoso, desde sus hombros macizos hasta su rostro de facciones perfectas y sus pantorrillas delineadas por los tendones. A pesar de su ceño fruncido y pose amenazadora, aquel gigante era abrumadoramente atractivo. Se parecía bastante a aquel actor, Kevin Sorbo, del programa de televisión sobre Hércules, en versión vikinga. No es que viera demasiada televisión, se dijo a sí misma con cierta irrelevancia histérica.

Alzó la barbilla con altanería, y profirió con suma insolencia y arrastrando las palabras toda una letanía en nórdico antiguo, en un tono demasiado bajo para que ella pudiera entenderlo todo. Meredith no necesitaba un traductor para saber lo que le estaba preguntando.

—¿Te gusta lo que ves?

Sintió vergüenza al pensar que había estado observándole durante demasiado tiempo.

—No demasiado —mintió.

Se sentó de manera informal sobre la mesita, con las piernas separadas, y Meredith se preguntó (aunque reprendiéndose a sí misma) si llevaría ropa interior bajo su corta túnica. Él se restregó con las puntas de los dedos su hirsuta mandíbula mientras la examinaba, aparentemente contrariado, como si fuera incapaz de entenderla. Después, acarició distraídamente con los dedos de la otra mano la hebilla de su cinto, que Meredith hubiera jurado que era de oro macizo.

Para su sorpresa, ya no temía a aquel tipo. En realidad, sentía una profunda compasión injustificada por él, aunque todavía tuviera entre sus manos el cuchillo de su abuelo. Parecía perdido, como un niño pequeño.

Debía de tratarse de un actor, contratado por Mike. ¿Acaso no le había dicho su ayudante, una y mil veces, que necesitaba animarse? De hecho, en una ocasión, le había regalado una novela llamada Amor con un cowboy ardiente, en la que una profesora universitaria lo dejaba todo por una breve relación con un cowboy, tras el abandono de su amante.

¡Basta ya! Se acabaron los juegos. Quizá, si le amenazaba con denunciarle, aquel estúpido daría por terminada la broma y se iría a casa. Forzando un tono amenazador en su voz y frunciendo el ceño, gritó:

—Fuera de mi casa… violador, o llamaré a la policía.

Él parpadeó mientras la miraba atónito, y a continuación observó su cinturón con una expresión extraña. La ira reemplazó rápidamente al aturdimiento, cuando se volvió hacia ella.

—¿Violador? ¿Me estás llamando violador? ¡Ja! Soy Geirolf Ericsson. Mi padre es gobernador de Vestfold y hermano de Olaf, rey de toda Noruega…

—Sí, y yo soy la reina de Inglaterra —respondió Meredith con sorna.

—No, no lo eres. Aelfgifu es la reina de toda Inglaterra, y no hubo mujer más huraña en toda la historia de la marina de Inglaterra. Dudo que viva otro año. Ya pasó en varias ocasiones por los dolores del parto y, sin embargo, sólo le ha dado un heredero al rey Etelredo.

Ella le miró boquiabierta.

Agitó una mano en el aire imperiosamente, enojado por el hecho de que le hubiera interrumpido.

—Escucha esto, mi señora… Yo, Geirolf Ericsson, no tengo necesidad de forzar a ninguna moza para prodigarle mis atenciones. Las mujeres han suplicado mis favores desde que era un muchacho sin ninguna experiencia.

«¿Favores?» Puso los ojos en blanco ante su arrogancia.

—Escucha tú, gallito, me da igual si eres el mismísimo Kevin Sorbo. Sal inmediatamente de mi casa.

—Tu lenguaje… es extraño. ¿Quién es Kevin Sorbo?

Mientras hablaba, el hombre arrugó el ceño y observó atentamente la hebilla de su cinto, que ahora sujetaba con fuerza. Entonces farfulló para sí mismo:

—¡Qué extraño! Puedo entender y hablar una lengua extranjera mientras toco el talismán.

—No me tomes el pelo —dijo Meredith con desdén, pero simultáneamente se dio cuenta de que ahora también ella podía entenderle. Lo más extraño era que sabía que ambos hablaban idiomas distintos. Un escalofrío de alerta le recorrió la piel—. No sé si esto es idea de alguien, un chiste de mal gusto, o si eres un ladrón o un violador, pero…

Meredith interrumpió su discurso al percibir un fuerte olor como de carne chamuscada. Con ayuda de su olfato exploró la estancia. No pudo creer lo que veían sus ojos. En la chimenea estaba asándose un animal despellejado, insertado en un palo.

—¿Qué… qué es eso? —preguntó en tono estridente—. ¡Oh, dios! ¿No será el gato que últimamente merodeaba por la parte trasera de la casa? ¿Has… has matado a Garfield?

—¿Garfield?

—Sí, Garfield, el gato.

Geirolf respondió con los ojos como platos.

—¿Un gato? ¿Crees que he matado un gato? ¿Y que pensaba comérmelo? Blód hel! —Después sonrió—. Es un conejo.

—¿Un conejo? —En su interior, Meredith suspiró aliviada.

—Sí, doy fe de ello.

«¿Qué pretende al emplear ese lenguaje arcaico?» Él seguía sonriendo, como si matar un conejo fuera algo normal. Seguramente se trataba de uno de esos racistas fanáticos de la Asociación Nacional del Rifle.

—¿Por qué… estás… asando… un… conejo? —preguntó muy despacio, apenas capaz de refrenar su ira.

—Porque… tengo… hambre —replicó, imitando su insidioso tono de voz—. Y porque estoy harto de comer pescado crudo. ¿Por qué si no?

«Por supuesto. ¿Por qué si no?»

—¿Hambre? ¿Pescado crudo? Pero… ¿de dónde has sacado el conejo?

Espiró ruidosamente en señal de exasperación, dando a entender que estaba formulando preguntas estúpidas.

—Lo cacé en los alrededores de tu mansión.

—¿Mi mansión?

—Tu feudo. ¿Por qué repites continuamente mis palabras? ¿Eres una descerebrada?

—No, no soy ninguna descerebrada, tú… tú, sí lo eres. —De repente, otro pensamiento cruzó por su mente: «¿Dónde está… el resto?». Señor, esperaba no encontrarse el pellejo y las tripas en el fregadero de la cocina, sobre todo porque su triturador de basuras estaba estropeado.

—Hice una ofrenda a los dioses, por supuesto, en agradecimiento por su protección. —Miró de forma significativa a las llamas, que se reflejaban en sus ojos de color whisky con un pícaro resplandor.

—Me parece que no he entendido bien. ¿Has dicho que utilizaste mi chimenea como altar de sacrificios para un dios pagano?

Geirolf respondió encogiéndose de hombros.

—Venero a todos los dioses, el cristiano y los escandinavos.

—¿Cómo te atreves a celebrar un rito pagano en mi chimenea?

Aspiró profundamente para añadir:

—¡Por la sagrada Freya! Tu voz podría atravesar una armadura oxidada. Será mejor que cierres la boca, mujer, o tal vez decida sacrificar también a una virgen.

Todavía podía apreciarse una chispa de picardía en sus brillantes ojos. Meredith decidió que eran del color del bourbon añejo. Sí, ojos de alcohólico. Sus labios carnosos temblaban como con un tic nervioso. ¿O acaso estaría reprimiendo una sonrisa burlona?

—Bueno, menos mal que no soy virgen —espetó.

Geirolf respondió ofreciendo a Meredith una amplia sonrisa, exhibiendo sus deslumbrantes dientes blancos. Su mente pensó: «Muy bien. ¿Y qué?». Pero otra parte de su cuerpo decía: «¡Oh, dios!».

Pero enseguida, aquel desgraciado la devolvió a la realidad.

—Debía haber imaginado que una mujer entrada en años como tú ya habría separado sus muslos para el placer. ¿Dónde está tu hombre?

«¿Entrada en años? ¿Separar los muslos? ¡Qué cara tiene este bruto machista!»

—Sólo tengo treinta y cinco años. Apuesto a que tú tienes más o menos la misma edad, zopenco entrado en años. Y no tengo marido, si es lo que quieres saber. —Meredith se arrepintió inmediatamente de sus palabras precipitadas y se retractó—. Quiero decir que mi marido volverá a casa muy pronto.

Geirolf arqueó las cejas, no muy convencido.

—Así que eres una mujer de vida licenciosa, y además entrada en años, que vive sola. ¿Es aquí donde entretienes a tus amantes? —Dicho esto, la recorrió con la mirada en un examen rápido de su físico, que claramente ponía en entredicho su capacidad para atraer a los hombres.

Le daba igual que aquel simio blandiera un cuchillo. Meredith ya había tenido bastante. Se puso en pie de un salto, con las manos en las caderas, exigiendo una respuesta:

—¿Quién eres y qué estás haciendo en mi casa?

Ég er ty´ndur. —Geirolf observó a aquella belicosa mujer que se atrevía a desafiar sus órdenes, mientras Meredith intentaba analizar su respuesta, palabra por palabra.

—Estoy perdido —tradujo.

A él todavía le pitaban los oídos a causa de sus chillidos estridentes. De los arañazos en sus antebrazos manaba la sangre. Y «Merry-Death», aquella mujer de extraño nombre, se atrevía a acusarle de ser un violador. Como si pudiera gustarle una mujer como ésa. Demasiado alta. Demasiado delgada. Con una lengua demasiado larga. Y vieja. A él le gustaban las mujeres jóvenes, de carnes blandas y dóciles. Como Alyce.

Sintió la tentación de lanzar a aquella moza estúpida a la mar embravecida, pero primero necesitaba respuestas. Por otra parte, temía que se tratase de una bruja. Cuando entró en la casa, lo primero que hizo fue explorar todas las estancias, pero no encontró las marcas habituales en el suelo. Tampoco encontró velas o lámparas de esteatita. Especialmente interesante le pareció la estancia con un armario mágico que arrojaba luz al abrir su puerta. En su interior encontró un trozo de queso, que resultó incomestible, recubierto como estaba por una película invisible, imposible de masticar.

En caso de que fuera una hechicera (y sus ojos de color verde pálido, que ahora relampagueaban furiosos, delataban esa condición), debería andarse con cuidado. Incluso con la protección de su talismán, no era fácil hacer frente a los hechizos de una bruja. Pero Merry-Death, sin duda alguna, pagaría por sus insultos más adelante. Le mostraría cuál es el destino de una mujer rebelde.

—Mi señora, hvar er ég? —bramó irritado—. ¿Dónde estoy?

Aquella pregunta la desarmó. Sus enormes ojos rápidamente se posaron sobre sus múltiples magulladuras, dulcificados por la compasión. «¡Mmm! —pensó Geirolf—, a esta mujer debería habérsele ocurrido ofrecer la hospitalidad de su tierra a un viajero. Y más teniendo en cuenta que estoy herido.»

—¿También te golpeaste la cabeza? —inquirió.

Geirolf hizo una mueca de indignación. Obviamente, aquella mujer le consideraba estúpido.

—Responde, mujer. ¿Dónde estoy?

—Maine.

—Maine. Nunca he oído hablar de tal lugar. ¿Estamos en Groenlandia, el nuevo mundo descubierto por Eric el Rojo?

—¿Lo dices en serio? Maine se encuentra al nordeste de Estados Unidos, Groenlandia se encuentra a unos dos mil cuatrocientos kilómetros al norte.

—Mmm. Mi barco se desvió del rumbo mucho más de lo que creía.

—¿Del rumbo? Más bien, se salió de tu globo terráqueo.

—Es culpa de mi hermano Jorund. Él es el cartógrafo de la familia.

—¿Jared? ¿Fue mi hermano Jared quien te envió? —La arruga que le surcaba la frente (Geirolf hubiera apostado que era permanente) desapareció, y antes de que él pudiera enmendar el malentendido, Meredith se centró en el resto de la información.

—¿Tu barco?

—¡Por las uñas de los pies de Thor! Te pareces a la cotorra que Jorund trajo consigo de oriente. Siempre cuac, cuac, cuac y continuamente repitiéndolo todo. —Se deleitó con el gruñido que sus palabras provocaron en aquella irritable mujer—. Sí, en efecto, mi drakkar, Fiero Lobo, navegó a la deriva durante días, desde la batalla contra Storr Grimmsson hace una semana. Pero finalmente se hundió. Extrañaré terriblemente a mi Fiero Lobo. Era uno de los mejores barcos que construí en mi vida.

A Merry-Death se le iluminó la cara.

—¿Eres un constructor naval? Por eso te envió Jared. ¿O fue Mike?

Geirolf ignoró sus confusas palabras.

—Sí, soy el mejor constructor naval del mundo —dijo vanagloriándose—, y Grimmsson pagará con su vida por la pérdida de mi tripulación y de mi barco. No importa, puedo construir nuevos barcos sin problema —prosiguió mientras pensaba: «Como ese que hay fuera, que me llevará de regreso a mi tierra. Pero es mejor que no revele mis planes todavía»—. A diferencia de una vida humana, una embarcación siempre puede ser reemplazada.

—Pero… pero… ¿cómo llegaste hasta aquí?

—Mi barco se hundió —repitió sin ocultar que estaba haciendo alarde de paciencia—, y nadé hasta llegar a la orilla esta mañana.

Merry-Death dio un gritito ahogado.

—¿Has sobrevivido a un naufragio?

Le llevó un rato asimilar el significado de sus palabras, a pesar de que el talismán estaba haciendo un estupendo trabajo de traducción. Tal vez fuera realmente corta de entendederas, como creyó en un primer momento.

—No me extraña que parezca que te han dado una paliza. ¿Por qué no lo dijiste antes? Dios santo, ¿tuviste que escalar el acantilado?

Por fin parecía que merecía un poco de compasión divina tras sus terribles experiencias.

—Sí, y te aseguro que no fue nada fácil cargar con Ingrid.

—¿Ingrid? —preguntó con un chillido—. ¿Has traído una mujer contigo?

—¿Una mujer? —replicó, riendo—. Sí, podríamos usar esa denominación.

Las pálidas mejillas de Merry-Death se tornaron escarlata de ira. Obviamente, la muchacha no tenía sentido del humor. Pero Geirolf empezaba a darse cuenta de que contaba con otros atributos. El moño poco favorecedor en el que llevaba recogidos sus cabellos en la nuca se había deshecho, permitiendo que éstos se desparramaran sobre su «jubón» de seda de color marrón pálido, parecido al de la madera de nogal barnizada. Las manos en las caderas ponían de relieve los anchos «calzones» de hombre de color marrón que cubrían su delgado cuerpo, mientras daba golpecitos en el suelo con sus mocasines de cuero.

Demasiado marrón, pensó sin darse cuenta. ¿Acaso intentaba ocultar su feminidad? ¿Quería parecerse a un triste árbol? No, no podía ser un árbol con aquella melena cobriza y esos ojos verdes de bruja.

Con toda seguridad no era su tipo. Pero tampoco era tan ­feúcha como le había parecido en un primer momento.

¡Y su insensatez! Una mujer que le exigía respuestas, a él, un karl de alta clase de Noruega.

«¡Ja! Muy pronto la pondré en su sitio.»

—Sí, Ingrid está fuera, al lado de tu foso, secándose tras nuestro prolongado baño.

—¿En mi foso?

Sus ojos dejaron de parecerle tan bellos, ahora que bizqueaban con frustración. Estaba convencido de que aquella mujer era estúpida.

—Sí, esa zanja hecha de piedra con agua azul en su interior.

—¿La piscina? ¿Quitaste la lona de la piscina del abuelo? Oh, no, esto ya es el colmo. No puedo creer que dejaras fuera a una mujer, probablemente herida, mientras entrabas en mi casa sin permiso, para mascullar conjuros sobre un pobre animal y luego atacarme.

Ignorando su resoplido de incredulidad ante sus acusaciones, Merry-Death se dirigió hacia las extrañas puertas de cristal y aspiró profundamente ante la primera imagen de Ingrid, que yacía boca arriba, con los pechos apuntando al cielo y sus pezones rojos refulgiendo bajo los rayos de la luna llena.

—Mike Johnson, te mataré. Ya te advertí que no quería una rubia tonta en mi mascarón de proa —murmuró la mujer. Después dio media vuelta, y avanzó a grandes zancadas hacia él, sin duda con la intención de soltarle otra ácida perorata. Pero se detuvo a medio camino.

—¿Qué… qué estás haciendo?

Geirolf estaba desabrochándose la hebilla del cinturón con ademán de quitarse la túnica. Ladeando la cabeza, perplejo ante su expresión de pánico, intentó tranquilizarla.

—No tienes motivos para tener miedo, no pretendo hacerte daño… a menos que me rechaces.

—¿Rechazar?

—Si actúas precipitadamente.

—¿Precipitadamente?

Se encogió de hombros.

—Sí, mi malhumorada cotorra. No intentes atacarme. Ni tampoco escapar. Si no, me veré obligado a cortarte la cabeza o arrojarte al acantilado.

La mujer cerró la boca y sofocó un grito, que aparentemente nada tenía que ver con sus palabras. Cuando Geirolf se quitó la túnica, ya no pudo quitarle los ojos de encima. Ataviado tan sólo por un taparrabos y las botas, vio cómo la mujer retrocedía asustada. ¡Sagrado Thor! A buen seguro, ya habría visto algún hombre desnudo, si como ella misma decía ya no era virgen.

—¿Qué estás haciendo? —dijo con voz entrecortada.

—Voy a quitarme la sal de la piel en tu foso. Después voy a comerme el conejo. Y a continuación me gustaría dormir largo y tendido. ¿Dónde está tu lecho de pieles, por cierto? No lo he visto antes, cuando exploré tu mansión.

—Vístete —ordenó, apartando la vista como una tímida doncella.

Señor, estaba harto de sus quejas y de su falso pudor.

—No, no lo haré. Y puede que tú también debas quitarte tus vestiduras. —Acababa de descubrir que empezaba a sentir otro tipo de necesidades, aparte de sus ganas de comer conejo. En la euforia retrasada por haber escapado milagrosamente de la guadaña de la muerte, ahora sentía la necesidad de celebrar la vida… tal como hacían los guerreros cuando volvían de una batalla desde el principio de los tiempos.

La mujer, atónita, abrió sus ojos verdes como platos.

—A pesar de tu cuerpo huesudo y tu lengua viperina —dijo en tono informativo, añadiendo una sonrisa que intentaba indicar el gran honor que le estaba concediendo— he decidido tomarte como mi compañera de cama mientras visito tus tierras.

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