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UNA HISTORIA DE ESCÁNDALO , Suzanne Enoch

Capítulo uno

Ningún visitante venía al oeste de Hampshire durante la temporada. En cualquier caso, no expresamente.

Por lo tanto, los tres enormes carruajes, que avanzaban a trompicones por el sendero lleno de baches que conducía de Westminster al camino principal, debían de estar perdidos. Muy perdidos.

Subiéndose un poco la falda marrón de muselina a causa del barro, Emma Grenville se internó presurosamente en el campo a un extremo de la carretera. No era probable que vehículos de un aspecto tan costoso como aquéllos se hicieran a un lado a fin de esquivar a la simple directora de una escuela de señoritas. Y era una vista magnífica. Elizabeth y Jane desearían haber ido de paseo con ella esa mañana, tal y como las había animado a hacer. Tres grandiosos carruajes honraban el oeste de Hampshire en verano… ¿quién lo hubiera pensado?

El primer vehículo pasó por su lado, bamboleándose, sin detenerse; adornaba la puerta un blasón con un dragón rojo y una espada, y las finas cortinas estaban echadas. «Aristocracia», pen­só y su curiosidad se incrementó. Cuando el segundo coche se aproximó, el pequeño conductor calvo la saludó, tocándose el sombrero con las yemas de los dedos y sonrió.

Por el amor de Dios… se había quedado mirando embobada como si fuera una lechera en su primer viaje al mercado. Una de las lecciones primordiales que enseñaba a sus alumnas era la de no quedarse mirando; tenía que poner en práctica sus propias doctrinas. Ruborizándose, Emma prosiguió hacia la academia a paso ligero.

Un ensordecedor chasquido la hizo sobresaltarse y darse la vuelta. El segundo coche corcoveó con un tortuoso giro en el aire, escorando contra uno de los numerosos cantos rodados que se había levantado tras las lluvias primaverales. Volvió a aterrizar de golpe en el camino con un crujido aún más estrepitoso. La rueda más cercana se desprendió del eje, golpeando el suelo a unos centímetros de Emma, y pasó rodando por delante de ella hasta la alta hierba. El vehículo se precipitó hacia delan­te y se detuvo, chirriando, en el fango.

—¡Dios mío! —exclamó Emma, sofocando un grito y llevándose la mano al corazón.

Los caballos pateaban y piafaban y el cochero maldecía mientras ella se apresuraba de nuevo hacia el carruaje. La endeble puerta se abrió suavemente justo cuando Emma llegaba hasta ella.

—¡Maldición, Wycliffe! ¡Tú y tus estúpidas excursiones! —El bien vestido joven se tambaleó en la puerta, luego se escurrió y cayó de cabeza al embarrado camino. Estuvo a punto de aterrizar en sus pies y Emma retrocedió apresuradamente… y chocó contra un muro de ladrillos.

No era un muro de ladrillos, se corrigió cuando éste le agarró del codo al dar ella un traspié.

—¡Cuidado! —dijo con una voz profunda que reverberó por su espalda, y la levantó de nuevo.

El grito de sorpresa de Emma se atascó en su garganta cuando se dio la vuelta. El muro de ladrillos era un hombre gigante: alto, de anchos hombros y sólido. El gigante tenía los ojos verdes y la miraban por debajo de unas aristocráticas cejas curvadas. Una de ellas arqueada con evidente diversión indolente.

—Tal vez podría apartarse.

—¡Oh! —Ella se hizo a un lado, trastabillando; las palabras le fallaron cuando su pie volvió a escurrirse—. Le ruego me perdone. —No lograba recordar haber visto a nadie, mucho menos a un noble, recomponerse de un modo tan… magnífico.

El endiabladamente atractivo gigante pasó rozándola por delante de ella y con un brazo puso en pie al tipo que se había caído.

—¿Te has hecho daño, Blumton? —preguntó.

—¡No, no me he hecho daño, pero mírame! ¡Estoy hecho un asco!

—Sí que lo estás. Lárgate antes de que me pongas perdido de barro. —El gigante señaló la orilla del camino.

—Pero…

—¡Ay, Grey!

Una mujer apareció en la entrada del carruaje y se desplomó con elegancia en los brazos de su salvador. Largos mechones rubios, varios tonos más claros que el cabello color miel, alborotado por el viento, del gigante, se habían soltado de sus horquillas. Sus rizos se derramaron sobre el brazo en una cascada dorada cuando él la sostuvo más cerca de su pecho.

—Excelente puntería, Alice. —Claramente indiferente por su estado de inconsciencia, hizo ademán de dejar caer su carga en el camino cubierto de barro.

Emma se adelantó.

—Señor, no puede pretender…

Alice se recuperó de inmediato y le lanzó los brazos al cuello.

—¡No te atrevas, Wycliffe! ¡Estás mugriento!

—No es probable que eso me convenza para que continúe cargando contigo de acá para allá. Yo estoy en la mugre, y también lo está esta parlanchina mujer.

—¿Parlanchina? —repitió Emma, frunciendo el ceño.

Gua­po o no, carecía de modales y, tal como les enseñaba a sus alumnas, los modales eran el baremo por el que primero se medía a un caballero. Una segunda mujer logró encaramarse a la puerta del carruaje.

—Ah, suéltalo, Alice, y danos una oportunidad a los demás.

—Yo te rescataré, Sylvia —declaró el enfangado caballero, acercándose otra vez, no sin esfuerzo, hacia el carruaje y alzando los brazos.

—¿Después de haber estado revolcándote en el barro? No seas ridículo, Charles. Grey, ¿si eres tan amable?

Emma tuvo la intención de decir que encontrarían tierra mucho más seca si se limitaban a trasladarse a la orilla del camino, pero puesto que eran nobles, y por lo visto los nobles no apreciaban tales tonterías, se cruzó de brazos y observó. «Mujer charlatana… ¡Ja!»

Grey,* como las damas lo llamaban, parecía un extraño apelativo para un hombre tan dorado y poderoso. «León», o algo que sonara igualmente peligroso, habría sido más apropiado.

Él miró ceñudo a la otra mujer.

—No puedo llevar a todo el mundo.

—Bueno, me niego a ser rescatada por el primo Charles.

Un suspiro apagado sonó varios centímetros detrás de Emma. Al borde del camino, en el agradable suelo seco, había otro noble observando la escena.

Tenía las manos en los bolsillos y sus claros ojos azules brillaban a pesar de la expresión de horrorizado ultraje que reflejaba su delgado y apuesto rostro.

—Muy bien, supongo que sólo quedo yo —dijo con voz lán­guida, observando la empapada calzada con repugnancia.

Sylvia apretó los labios.

—Preferiría que n…

—Sí, así es, Tristan —dijo con brusquedad el hombre más alto—. Deja de andar de puntillas por ahí y ven aquí.

—Espero que me compres un nuevo par de botas, Wycliffe.

Mientras el moreno Tristan se encaminaba hacia ellos con sonoros pasos, Emma miró de nuevo al gigante. El nombre de Wycliffe le sonaba de algo, pero no lograba ubicarlo.

Tenía amigas que habían dejado la academia en los últimos años y habían hecho un buen matrimonio, y supuso que alguna de ellas podría haberle mencionado el nombre. Estaba convencida de que nunca antes lo había visto. A pesar de ser una feliz solterona y firme candidata a vestir santos, él era lo bastante guapo para que Emma se hubiera sentido negligente al no advertirlo. No era habitual que espléndidos caballeros transitaran ese camino.

Como si recordase su presencia, él se volvió para mirarla de nuevo, y Emma no pudo evitar que sus frívolos pensamientos la hicieran sonrojarse.

—Si pretende presenciar esta estupidez, muchacha —dijo él con voz grave y resonante—, al menos sea útil. Vaya a vigilar los caballos mientras Simmons va a buscar los otros carruajes.

Ningún hombre hablaba en ese tono a la directora de una reputada academia para señoritas.

—No soy ninguna muchacha, señor —dijo enérgicamen­te—, y puesto que nadie parece estar herido, motivo por el cual me acerqué, tengo mejores cosas que hacer que caminar por el barro del que ustedes son tan estúpidos de no saber salir. —Se dio media vuelta y volvió al borde del camino con cuidado—. Buenos días.

—¡Qué descaro! —dijo, dando un respingo, un Charles cubierto de barro.

—Bien merecido lo tienes, Wycliffe —dijo la profunda voz de Tristan—. No puedes obligar a todo el mundo a que haga lo que a ti se te antoja.

—Supongo que no podemos esperar que el campesinado reconozca a sus superiores —agregó Sylvia desde su precaria posición en la entrada del carruaje.

Aunque Emma deseaba puntualizar que «campesinado» era un término arcaico, dado el actual estado de crecimiento económico y de los avances industriales, siguió caminando. Por lo que a ella le importaba, igualmente podían revolcarse en su propia ignorancia y en el espeso barro de Hampshire.

Para cuando resolvieron quién continuaría hasta Haverly Manor y en qué carruaje, Greydon Brakenridge, duque de Wycliffe, comenzaba a desear haberse limitado a recorrer el camino a pie con aquella extraña muchacha. De ese modo ya estaría en la finca de su tío y echándose un bendito vaso de fuerte whisky al coleto.

—Qué muchachas más bonitas hay en Hampshire —musitó Tristan Carroway, vizconde Dare, mientras tomaba asiento en el carruaje en cabeza.

Greydon le lanzó una mirada.

—Era una mema.

—Tú crees que todos son memos. Te reprendió a base de bien.

—Fue grosera. —Alice se sentó tan cerca como pudo de Wy­clif­fe, sin duda para que él pudiera sujetarla en caso de que volviera a desvanecerse. El mal ventilado carruaje cubierto era casi asfixiante. Gracias a Dios que Sylvia había optado por viajar con su doncella—. Sospecho que todo el mundo en esta tierra salvaje dejada de la mano de Dios será bastante bárbaro. —Se estremeció.

Tristan resopló.

—Esto es Hampshire… no África.

—Cómo si alguien pudiera distinguirlo gracias al encuentro que hemos tenido.

Haciendo caso omiso de la discusión, Grey descorrió la cortinilla de su lado del carruaje con la esperanza de encontrar una ligera brisa mientras se encorvaba para mirar por la pequeña ventana. Aquella muchacha del camino había sido una exótica criatura, mejor hablada de lo que había esperado, con sus enormes ojos color avellana en un vivaz rostro ovalado solapado por un bonete ridículamente recatado. Tendría que preguntarle al tío Dennis o a la tía Regina si sabían quién era ella.

Greydon suspiró. Durante años había visto a Dennis y Regina Hawthorne, el conde y la condesa de Haverly, con menor asiduidad de lo que debería y últimamente, desde que había heredado el ducado, incluso con menor frecuencia. La inesperada invitación a Hampshire había sido muy oportuna por varios motivos, aunque resultaba preocupante. No se le ocurrían demasiadas razones por las que Dennis querría tenerle en Haverly en mitad de la temporada de Londres, pero la más probable era que se debiera a motivos económicos.

—¿Qué población dijiste que era la mas próxima, Grey? —preguntó Tristan, abanicándose con su sombrero mientras contemplaba la verde campiña a través de la ventana.

—Basingstoke.

—Basingstoke. Tendré que visitarla.

Grey le miró.

—¿Por qué?

El vizconde le lanzó una amplia sonrisa.

—Si no has reparado en ello, no esperes que sea yo quien te señale los detalles.

Claro que se había percatado, lo cual le molestaba. Si había algo que no necesitaba, eran más líos de faldas.

—Ataca, Tris, si eso evita que me molestes a mí.

—Bonita cosa que decirle a un invitado.

—No eres mi invitado. De hecho, no recuerdo haberte invitado.

Alice rio.

—Londres habría sido irremediablemente aburrida sin usted allí, Su Gracia. —Ella se acercó más. De no haber sido porque, gracias a su peso, no era fácil de mover, las atenciones de la mujer le habrían hecho salir despedido por la puerta del carruaje—. Y prometo mantenerte entretenido.

Tristan se desplazó hacia delante en su asiento, colocando una mano en la rodilla de Greydon.

—Y también yo, Su Gracia.

—Ah, quita.

—Apártate, Dare —se quejó Alice—. Lo vas a estropear todo.

—No olvides que era yo quien iba en el carruaje con Grey. Tú venías detrás de nosotros con Sylvia y Blum…

—Os ruego que intentéis discutir sólo mediante gestos durante un ratito. —Grey se cruzó de brazos y cerró los ojos. En realidad no le importaba tener cerca a Tristan. Además de deberle un enorme favor al vizconde por rescatarle de las garras de una mujer particularmente rapaz, conocía a Tristan desde antes de la universidad… y, durante la temporada, Hampshire no tenía demasiados entretenimientos autóctonos que ofrecer.

Alice también sería tolerable si no se hubiera empeñado en verlo como candidato al matrimonio; como si él tuviera intención de casarse después de su escapada por los pelos de lady Caroline Sheffield. Pero, por lo visto, Alice no creía en la profundidad de sus convicciones, ya que cada vez que había terminado en su cama durante las últimas semanas parecía querer hablar de joyas… anillos, en particular. Y Alice no era la única mujer que le perseguía, de modo que huir a Hampshire durante una o dos semanas le había parecido una oportunidad irresistible.

—¿No es aquello Haverly? —preguntó Tristan.

Grey abrió los ojos.

—Lo es.

Siempre le había profesado un gran cariño a la antigua finca de su tío. Una profusión de verdes enredaderas trepaban hacia las ventanas, que se reflejaban en la cristalina superficie del estanque que anidaba al pie de la larga colina en declive. Cisnes y patos nadaban en la orilla del agua mientras ovejas pastando salpicaban el terreno a ambos lados del amplio camino curvo de entrada, confiriéndole a la escena una imagen de paraíso pastoral, el paradigma perfecto de un cuadro de Gainsborough.

—Todo parece estar en orden —musitó.

—¿Esperabas que algo fuera mal? —Tristan se desplazó hacia delante a fin de lograr una mejor vista.

Grey adoptó una postura más relajada, maldiciéndose por haber estimulado la infinita curiosidad de Dare.

—No esperaba nada. Me sorprendió la invitación para que viniera de visita, es todo, y me alivia que todo parezca estar en orden.

—Yo creo que es pintoresco. —Alice se inclinó por delante de su brazo, apretando su abundante busto contra él—. ¿A cuánto dijiste que estaba Basingstoke?

—No lo dije. A unos tres kilómetros, más o menos.

—¿Y los vecinos más próximos?

—¿Acaso planeas dedicarte a hacer visitas sociales? —Tristan esbozó una ligera sonrisa—. ¿O es que vas evaluar a la competencia femenina de los alrededores?

—Estoy siendo sociable, algo que al parecer tú necesitas practicar —se quejó ella.

—Eso es lo que estoy intentando en este preciso momento, querida.

Grey cerró los ojos de nuevo, la sien le palpitaba mientras los dos reanudaban la pelea. El viaje a Haverly debería haber sido un agradable y pacífico entretenimiento. No había contado con que sus problemas lo acompañasen hasta Hampshire.

Sin embargo, una vez que Alice hubo descubierto sus planes, enseguida se lo había contado a todos los que ocupaban su palco en los jardines Vauxhall. La única alternativa viable, apar­te de asesinarlos, había sido hacerles jurar el silencio y sugerir que le acompañaran.

—Grey, ¿es que no vas a defenderme? —exigió Alice.

Él abrió un ojo.

—Fue idea tuya venir a Hampshire. Arréglatelas tú sola.

Normalmente, le gustaba una buena discusión como al que más, y todavía más un buen desafío. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, consideraba que las disputas carecían de sentido, y los retos no eran más que una quimera. Él era el maldito duque de Wycliffe: podía conseguir todo lo que quería con suma facilidad, e incluso más de lo que deseaba le era ofrecido inmediatamente en bandeja de plata. Últimamente, parecía pasar más tiempo evadiendo problemas que buscándolos. Demasiada excitación para la temeraria juventud de cualquiera.

El coche se detuvo suavemente. Sofocando el impulso de bajar de un salto y escapar al bosque de hayas, Greydon aguardó hasta que Hobbes, el mayordomo de Haverly, abrió la puerta del carruaje.

—Su Gracia —dijo con su bronca voz, áspera como la gra­va—. Bienvenido de nuevo a Haverly.

—Gracias, Hobbes —Se apeó, volviéndose para ofrecerle la mano a Alice—. Perdimos un coche a un kilómetro y medio de aquí. Tendrá que enviar un herrero y probablemente una rueda nueva. Dejé a Simmons y a la mitad de los criados atrás con los caballos.

—Me ocuparé inmediatamente de ello, Su Gracia. ¿Confío en que no hubo heridos?

—Mis ropas tendrán que ser sacrificadas —dijo Blumton mientras se apeaba del asiento junto al cochero—. Muchas gracias por hacer que me cociera al sol. Me siento como un ladrillo.

—Pareces un ladrillo —dijo amablemente Tristan—. Pero siempre te queda el estanque como opción.

Una expresión de horror cruzó su cara, el dandi retrocedió hacia la mansión.

—Ni te me acerques, Dare.

—Oh, cierra la boca, Charles —interpuso lady Sylvia con un chasquido desde el coche de atrás—. Hablas más que nadie que conozca, primo. Deberíais haberle oído toda la mañana. Venga parlotear, parlotear y parlotear.

—Hum. —Grey se volvió para conducirles hasta las amplias puertas de roble de Haverly—. No estarías otra vez sugiriendo que el Parlamento sea disuelto, ¿verdad, Blumton?

—Por supuesto que no. Sólo señalé que restringir el poder del Rey limita el poder del país.

Tristan abrió la boca, pero Sylvia puso su delicada mano sobre ella.

—No. No le animarás. Le llevo escuchando desde que salimos de Londres. La próxima vez conseguiré viajar con Gr…

—¡Greydon!

Dennis Hawthorne, conde de Haverly, dobló la esquina de la casa. Su cara redonda lucía una amplia sonrisa, y batía las manos dando palmas mientras se aproximaba. A pesar de que seguía sonriendo, arrugas de preocupación fruncían su frente, y sus ojos parecían inquietantemente sombríos. Grey se adelantó a saludarlo, considerando su valoración anterior. Algo iba definitivamente mal.

—Tío Dennis —le saludó, permitiendo que el hombre más bajo le diera un fuerte abrazo—. Tienes buen aspecto.

—También tú, muchacho. Preséntame a tus amigos. Ya conozco a Dare, por supuesto.

Tristan tendió la mano con presteza.

—Gracias por la invitación, Haverly. Su Gracia se estaba consumiendo en Londres.

—¿Eh? —Dennis alzó la vista hacia su sobrino con el ceño fruncido—. No te habrás puesto enfermo, ¿verdad, muchacho?

Solamente el tío Dennis seguía llamándole «muchacho».

—Difícilmente —dijo con sequedad, lanzándole a Tristan una mirada admonitoria—. Lo que sucede es que me hago vie­jo. Tío, permíteme que te presente a lady Sylvia Kincaid y a la señorita Boswell. Y la gallina cubierta de barro es el primo de Syl­via, lord Charles Blumton.

—Os doy la bienvenida a todos —dijo el conde, haciendo una reverencia y estrechando manos—. Espero que no encontréis Hampshire demasiado rústico. Esto no es Londres, pero tenemos nuestras formas de divertirnos.

—¿Como cuáles? —preguntó Alice, mirando a Greydon des­de debajo de sus pestañas.

—Bueno, Haverly celebra un picnic, casi una feria, todos los meses de agosto. Y el jueves la academia presentará Romeo y Julieta.

La expresión de Charles se iluminó.

—¿Academia? ¿Qué academia?

Greydon frunció el ceño al darse cuenta de que había aterrizado directamente en medio de territorio enemigo.

—Santo Dios. La maldita academia. Casi me había olvidado de esa plaga en el paisaje.

—Eso no es nada justo —repuso su tío, señalando hacia la entrada principal—. La academia de la señorita Grenville es un colegio para jóvenes damas de alta alcurnia, lord Charles. Está en tierras de Haverly.

—¿Una escuela para señoritas? —Parecía que Charles se hubiera tragado algo amargo—. ¿Supongo, pues, Wycliffe, que también desaprueba la educación de las mujeres?

Grey esquivó a su enlodado acompañante y entró en la man­sión.

—No tengo problema alguno con la educación de las mujeres —dijo sobre su hombro—. Lo que sucede es que nunca he visto que se hiciera de un modo apropiado.

—No seas animal, Wycliffe —dijo lady Sylvia en un suave murmullo—. Yo asistí a un colegio de señoritas.

—¿Y qué aprendiste? —preguntó él, arrugando el ceño cuan­do Dare masculló una maldición. Debería haberlo pensado mejor antes de sacar el tema a colación—. Ah, sí. Aprendiste a decir cualquier cosa que yo quiero oír. Y a seguir la tradición de convertirte en una dependiente, inútil…

—¿Imagino, entonces, que no vamos a asistir a la representación? —interrumpió Tristan, siguiéndolo adentro.

—Sólo si me matas primero y arrastras mi cadáver en descomposición contigo.

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