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Capítulo 1
—No puedo creer que ya seas una mujer, Brianna de Beauchamp. Cuando te vi por última vez en Warwick, hace cuatro años, eras todavía una niña —Roger Mortimer tomó las manos de la joven y la besó en la frente. Luego se apartó un poco para observarla con detenimiento—. Estuve presente cuando naciste y nunca hubiera creído que esa criaturita frágil y diminuta pudiera llegar a convertirse en esta exquisita belleza que tengo ante mis ojos.
Brianna levantó las largas pestañas y sonrió al apuesto Mortimer. Era, sin ninguna duda, el hombre más hermoso que había visto en su vida. El corazón comenzó a latirle aceleradamente. Su hermano mayor, Rickard, estaba casado con la hermana de Roger, Catherine, y era uno de los capitanes del ejército de Mortimer.
—Tus ojos pueden derretir corazones de piedra y doblegar al hombre más rudo —dijo Mortimer con absoluta sinceridad.
Brianna tenía ojos de cervatillo, marrones, expresivos y enmarcados por tupidas pestañas con puntas doradas.
—Mi madre no nota que ya soy una mujer, y mi padre tampoco. Piensan que, a los dieciséis años, aun soy una niña.
—¡Qué disparate! Yo me casé a los catorce y fui padre a los quince. Tu madre asistió a mi boda.
—¿Tuviste al niño Edmund a los quince años? —preguntó asombrada Brianna.
Roger echó la cabeza hacia atrás y sonrió.
—A Edmund no le gustaría saber que lo llamas “niño”. Hoy es un hombre de veintiún años y su hermano, Wolf, tiene veinte. Protegen la marca de Gales cuando yo estoy en Irlanda.
Los ojos de Brianna se encendieron con curiosidad.
—¿Wolf?
—Hace unos años encontró un cachorro de lobo perdido y lo crió. Desde entonces lo apodamos Wolf —Mortimer sonrió y sacudió la cabeza—. No puedo creer que hayan pasado dieciséis años desde aquella noche en Windrush.
“¿Nací en Windrush? ¿Por qué diablos no nací en el castillo de Warwick?”, se preguntó Brianna. Sus pensamientos se interrumpieron por la llegada de su madre.
La elegante condesa de Warwick entró exultante de energía en el salón. Se encontró con un sirviente que llevaba dos jarros de cerveza para el invitado.
—¡Bienvenido, Roger! Estoy encantada de volver a verte —la condesa le ofreció uno de los jarros de cerveza a Mortimer y alzó el otro para llevarlo directamente a sus labios— ¿No está lady Mortimer contigo?
—No, se ha quedado en Irlanda. Allí tiene vastas posesiones y lleva una vida muy placentera. Creo que prefiere Irlanda a Gales.
—Tus victorias en Irlanda ya son legendarias. Rickard nos escribe con regularidad y nos mantiene al tanto. Es increíble. Al verte, se nota de inmediato que eres un héroe.
Un año después de la victoria de Robert Bruce sobre el joven rey Eduardo y el ejército inglés en Bannockburn, el rey de Escocia envió a su hermano Eduardo a Irlanda para liberarla del yugo inglés. El rey de Inglaterra, por su parte, eligió a Roger Mortimer, el más feroz de sus lores de la marca galesa, para sofocar la rebelión del pueblo irlandés. Mortimer era un eximio líder militar y en cuatro meses logró recuperar Dundelk, y luego conquistar Ulster. Los últimos cuatros añoshabía permanecido allí desempeñando el cargo de juez supremode Irlanda.
Roger sonrió mientras sus viriles ojos grisáceos estudiaban cada detalle de la bella condesa.
—Tienes una gran habilidad para halagar a un hombre, Jory, al punto de hacerlo sentir un gran conquistador —besó la mano de la condesa—. Tu esposo tiene una suerte diabólica.
Jory de Beauchamp puso los ojos en blanco.
—Aquí llega el diablo.
Warwick rondaba los cincuenta años, pero tenía un porte imponente. Sus sienes blancas contrastaban con el cabello negro. En realidad, los únicos signos que delataban la edad eran los surcos que había en su rostro oscuro.
—Mortimer, dejé a tus hombres en las barracas junto a la armería. Tus hijos se han ocupado de guardar los caballos y me rogaron que no interfiriese en su tarea. Sentémonos junto al fuego, estaremos más cómodos. Tenemos mucho de qué hablar.
Brianna, haciendo gala de su buena educación, se apartó del grupo, pero no tenía la menor intención de abandonar el salón. Se sentó junto a una ventana desde donde podía oír todo lo que decían los mayores. “No debería... pero lo haré...”
Mortimer estiró sus largas piernas frente al hogar.
—Me sorprendió escuchar que te habías retirado de la corte.
—Lo que ocurre es que los Despencer son los únicos que tienen acceso al rey. Padre e hijo están decididos a acaparar todo el poder político, incluso por encima de los condes y barones de Inglaterra —la expresión del rostro de Warwick se endureció—. Nuestra presencia allí se volvió insostenible.
—Me destrozó el corazón abandonar a Isabel —comentó Jory—. Fui dama de honor de la reina desde que llegó de Francia cuando tenía trece años. Y, como sabes, nos hicimos grandes amigas. Además, ella adoraba a Brianna, eran casi como hermanas. Pero un día llegó Hugh Despencer y me pidió que me retirara de la corte junto con las otras fieles servidoras de la reina. Y nos tuvimos que marchar.
Mortimer apretó los puños.
—Es increíble que Eduardo tenga otro rufián favorito, luego de lo que sucedió con Gaveston. También es increíble que la reina se vea obligada a aceptarlo.
—Cuando nos libramos de Gaveston, el rey volvió con Isabely se dedicó a sus tierras como si fuera un hombre normal. En esa época el viejo Despencer, líder del consejo real, apoyaba con firmeza a los barones. Luego, el año pasado, el avaro canalla aprovechó la oportunidad y nombró a su hijo administrador de la casa real y el Parlamento lo designó miembro del consejo. Tras esas maniobras, a Hugh Despencer no le costó demasiado conseguir los favores del rey —señaló Warwick disgustado.
—Pederasta una vez, pederasta para siempre —sentenció Mortimer.
¿Pederasta? Desconozco el significado de esa palabra pero estoy segura de que significa algo malo. Brianna decidió preguntarle a su madre, pero no delante de su padre. Él quiere que yo sea inocente para siempre.
—Tuve que venir expresamente de Irlanda a causa del codicioso Despencer, quien le robó dos fincas al joven Hugh Audley: las registró a su nombre y está haciendo lo imposible por apoderarse de unas propiedades que me han sido otorgadas. Hugh Despencer desea convertirse en el señor de Gower, que está junto a sus tierras de Glamorgan. Gower le pertenece a John Mowbray, pero Despencer sostiene que Mowbray nunca obtuvo el permiso del rey. Así que está presionando a Eduardo para que le confisque la propiedad y se la otorgue a él —dejó caer el brazo con un gesto ampuloso—. ¿Desde cuándo un barón de la marca de Gales necesita un permiso especial del rey de Inglaterra para demostrar su derecho de propiedad sobre las tierras? ¡Durante siglos, los barones de la marca tuvieron el privilegio sobre los territorios galeses!
Como descendiente del rey Brutus, Roger Mortimer lucía y se expresaba como un verdadero conquistador. Brianna suspiró al contemplar su presencia imponente, majestuosa.
—Obviamente Despencer intenta hacerse de una sólida posición en el corazón mismo del territorio de los barones de la marca galesa —Warwick no hizo ningún esfuerzo por ocultar su desprecio.
—¡Exacto! —exclamó Mortimer con gesto adusto—. Su encumbramiento es una amenaza directa para todos los señores de la marca. Nuestra independencia e incluso nuestras tierras y castillos están en peligro.
—Quiero creer que Mowbray no ha entregado sus tierras —indagó Warwick.
—Estás en lo cierto. Mowbray fue absolutamente inflexible, pero el rey envió a sus hombres a tomarlas por la fuerza. De inmediato, me dirigí a Westmister para persuadir a Eduardo de que no cometa la locura de atacar los privilegios de la marca. Como el rey ignoró mis consejos, solicité una audiencia con la reina y le pedí que empleara su influencia frente al rey. Pero en la reunión, Isabel me dijo disgustada que todo el poder estaba en manos del mancebo de Eduardo.
—Los barones odian a los Despencer —declaró Warwick.
—Son brutales y codiciosos y Hugh tiene un apetito insaciable de poder y riqueza —agregó Jory.
—Los condes de Hereford, Mowbray, Audley y d’Amory se aliaron a nosotros, los Mortimer, para formar una confederación en contra de los Despencer. Además, conseguí sumar a los barones. Todos unidos podremos destruirlos por completo.
Warwick asintió.
—Iremos a Lancaster y nos prepararemos para solicitarle su apoyo —alzó la vista mientras ingresaba al salón un joven alto que era su viva imagen—. Aquí está Guy Thomas. Debeshaberlo visto por última vez cuando tenía diez u once años. Mira cómo ha crecido.
Brianna aprovechó la presencia de su hermano para escabullirse del salón sin ser vista. Sus pies la condujeron velozmente hacia los establos. Cuando supo que allí habían alojado a una veintena de caballos, Brianna se preocupó por la seguridad de Venus, su yegua favorita.
Apenas llegó al patio, se topó con dos perros que se gruñían como si estuvieran a punto de matarse. La joven se asustó.
—¡Brutus! ¡No! —gritó y sin dudarlo se interpuso entre los contendientes y abrazó al negro lebrel de su padre. Abrió los ojos horrorizada mientras estudiaba a su oponente.
—¡Qué colmillos! ¡Esto no es un perro, es un lobo!
Un hombre apareció de pronto y la alejó de los dos animales.
—¡Niña estúpida! ¿Acaso has perdido la cabeza?
Furiosa, ella le soltó la mano y abofeteó al arrogante y moreno caballero.
—¿Cómo se atreve a traer una bestia así a Warwick?
Él volvió a tomar su mano y la miró fijo con sus ojos grises.
—Mi lobo está domesticado, algo que no sé si podría decir de usted, señorita. Los dos animales estaban marcando su territorio. Dejemos que la naturaleza siga su curso —ordenó.
Brianna observó asombrada cómo los dos animales giraban en círculos mostrando los colmillos. De pronto, se detuvieron emitiendo unos gruñidos sordos. Cuando cada uno demarcó su terreno, se declaró la paz. Brianna alzó la vista para observar el rostro intenso del joven que la retenía en su puño de acero.
—Por favor, suélteme, Wolf Mortimer.
—Oh, sabe mi nombre —luego le soltó la muñeca—. Me hallo en desventaja, señorita.
Ella lo estudió con una mirada altiva.
—Lo siento, pero siempre será así.
“¿Cómo es posible que este incivilizado mequetrefe sea hijo de Roger Mortimer, la cortesía en persona?”, pensó la muchacha
—Brianna, ¿eres tú?
La muchacha se dio vuelta para identificar al joven que la había llamado por su nombre. Era Edmund Mortimer. La última vez que lo había visto era un niño larguirucho.
—Sí, soy yo, Edmund. Bienvenido a Warwick —Brianna le prodigó una sonrisa radiante, con la esperanza de ofender a su hermano troglodita—. Están sirviendo cerveza en el salón. Debes estar sediento. ¡Vamos, Brutus!
Con el lebrel trotando a su lado, Brianna giró la cabeza y dijo fríamente:
—Guarde a su lobo en los establos. No lo quiero ver en el castillo.
—Es una hembra —le corrigió con suma educación Edmund.
—Es cierto —declaró Wolf Mortimer—. Una hembra que necesita que se la domestique —y se tocó la mejilla donde Brianna lo había abofeteado. Luego echó la cabeza hacia atrás y riocon insolencia.
La muchacha tomó el brazo de Edmund y caminó a paso vivo hacia el castillo.
—Tu hermano es un grosero.
Edmund bajó la vista a manera de disculpa.
—Me temo que es un rasgo de los Mortimer.
—No estoy de acuerdo. Tu padre es una de las personas más encantadoras que he conocido, y no soy la única mujer que lo dice. Es famoso por su gran poder de seducción.
Wolf Mortimer se quedó mirando a la pareja hasta que entraron en el castillo. Estaba impresionado por la belleza de la joven. Cuando ella le pegó la bofetada, la lujuria se encendió en sus venas. Era impulsiva y decidida. Y supo de inmediato que la deseaba. No sólo por su belleza sino porque Brianna era puro hielo y fuego: una mujer fogosa, no mansa ni sumisa. Y esa idea lo excitaba. Reconozco tu indoblegable orgullo, pues yo peco del mismo defecto, Brianna de Beauchamp. ¡El desafío es irresistible!
Durante la cena, el hermano de Brianna, Guy Thomas, casi dos años menor que ella, se sentó junto a los hijos de Mortimer. La conversación versó sobre caballos, caza y armas. Brianna había elegido sentarse con las damas de compañía de su madre, una ubicación que le permitía observar con detenimiento tanto a sus padres como a los invitados.
Su madre, Jory de Beauchamp, era una exquisita belleza que siempre llamaba la atención de los hombres, incluido el actual huésped de honor, Roger Mortimer.
Brianna contemplaba al apuesto lord de la marca con el corazón y los ojos. Sin querer, su vista se desvió hacia Wolf Mortimer. La historia del lobezno no es la única razón de su apodo. Parece un depredador sombrío y gallardo. Apuesto a que es dominante y peligroso. Sus pálidos ojos grises contrastan con su rostro moreno. Su mirada es tan penetrante que parece leer mis pensamientos. Brianna se estremeció ligeramente de desagrado y se esforzó por apartar los ojos de Wolf.
Las damas de su madre estaban hablando de cuánto extrañaban la vida en la corte de la reina Isabel. Ella también extrañaba a la reina y anhelaba volver a verla pronto. De pronto, imaginó cuán bellos debían de estar los jardines de Windsor en esa época del año. Antes de que terminara marzo, llegaría la primavera. Isabel siempre organizaba divertidas fiestas de máscaras que representaban a la reina Ginebra y al rey Arturo. Brianna e Isabel se divertían mucho eligiendo los disfraces y actuando sus papeles. Había siempre música en vivo y bailes, y ella estaba en una edad en la que resultaba muy atractiva para los jóvenes, y por cierto nunca le faltaban pretendientes.
También extrañaba la compañía del príncipe Eduardo. Con frecuencia, salía a cabalgar con él; compartían las clases de caza, y a veces, presenciaba sus clases de esgrima y de arquería. Suspiró y deseó poder regresar a Windsor. Quería conocer al nuevo bebé de la reina Isabel. Joan había nacido en la Torre de Londres y pronto cumpliría un año.
Cuando advirtió que había terminado la cena, sus pensamientos se centraron en el presente. La madre se levantó de la cabecera de la mesa para retirarse y dejar que los hombres bebieran vino y organizaran sus planes. La siguieron las demás mujeres, y Brianna también.
La joven subió al cuarto de su madre, ansiosa por obtener respuestas a muchas de los asuntos que había oído esa tarde. Observó cómo Jory se quitaba el collar de esmeraldas y lo guardaba bajo llave en el alhajero.
—Mamá, siempre creí que había nacido en este castillo, como Guy Thomas. ¿Por qué nací en Windrush?
Sorprendida por la pregunta de su hija, Jory le contestó con una verdad a medias:
—Tu padre y yo nos habíamos peleado —los ojos de su madre brillaban con picardía—. Así que me fui a mi castillo de Windrush con la intención de domesticarlo.
Brianna rio divertida ante la absurda idea de que su padre pudiera ser domesticado, pero sabía que Jory era una auténtica hechicera y quería ser exactamente como ella.
La mujer tomó el cepillo de pelo.
—¿Alguna otra pregunta, querida?
—Sí —respondió Brianna mientras admiraba la hermosa cabellera rubia de su madre—. ¿Qué es un pederasta?
Los ojos de Jory se abrieron de par en par ante la nueva sorpresa.
—Ven y siéntate para que te cepille el cabello. Veo que has escuchado la conversación que mantuvimos con tu padre y Roger.
La muchacha se sentó en un sillón frente al tocador.
—Por supuesto que estaba escuchando.
—Bueno. “Pederasta” es un hombre que prefiere a los hombres antes que a las mujeres.
—¿Al rey Eduardo le gustan los hombres? —preguntó contrariada— ¿Y qué hace entonces con la reina Isabel?
Jory suspiró.
—Es una larga historia, infinitamente triste y perturbadora, pero creo que ya eres lo bastante madura para escucharla.
Brianna tenía la mirada fija en el espejo mientras su madre le cepillaba con suavidad su larga cabellera de color rubio rojizo.
—Cuando Eduardo se casó con Isabel y la trajo de Francia, ella apenas tenía trece años. Vivían en apartamentos separados en Windsor hasta que la niña tuvo edad suficiente para consumar el matrimonio. En ese entonces, me escogieron para ser una de sus damas de honor. Isabel estaba locamente enamorada de Eduardo y lo había idealizado por completo. En cambio, él apenas le prestaba atención, pues solo tenía ojos para su favorito, Piers Gaveston, quien había sido destinado a la corte del príncipe desde muy pequeño. Cuando el rey Eduardo I se enteró de la relación inmoral que mantenía su hijo con Gaveston, lo echó del palacio. Pero en cuanto murió el viejo rey, Eduardo lo trajo de inmediato de regreso a la corte.
—Cuando era pequeña, recuerdo que Eduardo y Gaveston estaban siempre juntos. Era comprensible que la reina Isabel lo detestara.
—Todos odiábamos a Gaveston, porque manipulaba a Eduardo como un titiritero. Era codicioso y ávido de poder. Y estaba rodeado de un grupo de parientes y amigos serviles que querían desangrar al rey. Solía engalanarse con las joyas de la Corona y Eduardo llegó incluso a ofrendarle los regalos de boda de la reina Isabel.
—¿O sea que Eduardo estaba enamorado de Gaveston? —preguntó con inocencia Brianna.
—Para Eduardo era mucho más que un amor frívolo, era un amor absoluto. Lo atosigaba de obsequios, tierras y títulos. Y así fue como Gaveston logró que el rey se enemistara con los barones.
—¿Y cuándo advirtió la reina Isabel de que Eduardo amaba a Gaveston?
—Una vez entró en la alcoba de su marido... Su inocencia se esfumó en ese preciso instante. Se sintió desolada y decidió escribirle a su padre contándole lo que había visto. El rey de Francia se comunicó de inmediato con Thomas, conde de Lancaster. Dado que Thomas era el noble inglés más importante, el rey Felipe le encargó que se ocupara de cuidar a la reina y que se deshiciera del amante de Eduardo.
—¿Y qué pasó? —preguntó ansiosa Brianna.
—El Parlamento expulsó a Gaveston de la corte en varias ocasiones, pero Eduardo lo volvía a traer. La gota que rebasó el vaso fue la muerte de mi querida amiga, la princesa Juana. El rey casó de inmediato a la hija de su hermana, la joven Margarita, con Gaveston para que pudiera apropiarse de todas las tierras y castillos que su padre, Gilbert de Clare, le había legado.
—Recuerdo lo dolorida que estabas en esa época. Yo pensaba que se debía sólo a la muerte de Juana, pero ahora entiendo que había algo más.
—Margarita era como una hija para mí. Eduardo la casó con un monstruo y yo no podía hacer nada. El rey gobernaba por derecho divino, pero, en realidad, quien gobernaba era Gaveston.
Brianna, que había escuchado comentarios perturbadores acerca de la muerte de Gaveston, le susurró a su madre:
—¿Papá lo asesinó?
Sus miradas se encontraron en el espejo.
—No, hija. ¡Por Dios, no! Hay miles de rumores acerca de asesinatos cometidos por tu padre y ninguno de ellos es cierto. El Parlamento juzgó a Gaveston y lo declararon culpable de cuarenta delitos, tales como dar malos consejos al rey, robar el Gran Sello Real de Inglaterra, y usarlo en su propio beneficio, e inducir al rey a provocar la guerra civil. Gaveston huyó a su castillo de Scarborough, otra donación de Eduardo. Finalmente se rindió ante Pembroke con la condición de que le perdonaran la vida. Pembroke y sus soldados trajeron al prisionero a Warwick. Recuerdo esa noche como si fuera ayer. Thomas de Lancaster llegó y exigió la custodia de Gaveston. Yo sabía cuánto lo odiaba y lo que sería capaz de hacerle. Utilicé todos mis artilugios femeninos para convencer a tu padre de que dejara a Gaveston en Warwick durante esa noche.
—¿Y tus sospechas se cumplieron? —susurró Brianna.
La madre asintió.
—En cuanto estuvieron en la tierra de Lancaster, Gaveston fue ejecutado y Thomas asumió toda la responsabilidad.
Jory dejó el cepillo en el tocador y se sentó en la cama.
—Confieso que me sentí aliviada al saber que la joven Margarita había enviudado. Al año siguiente ella se casó con Hugh Audley, el gran barón de la marca, quien sí merecía heredar el condado de Gloucester. Brianna se acostó a su lado.
—Por favor, cuéntame el resto de la historia, mamá.
Jory acarició la cabeza de su niña, y accedió:
—Afligido por la muerte de Gaveston, Eduardo se acercó a su esposa pues estaba totalmente solo. Isabel sabía que era un debilucho pero sintió compasión por él y trató de reconfortarlo. La muy inocente llegó a pensar que, por fin, Eduardo había comenzado a amarla. Por fin, se convirtieron en marido y mujer. Y así fue como la reina dio a luz al príncipe Eduardo y a sus otros hijos. Aunque no estaban enamorados, al menos su relación era afable y cortés. Esta situación duró casi diez años. Todo parecía estar en orden hasta que entraron en escena los codiciosos Despencer. El viejo Despencer era consejero del rey y nombró a su hijo Hugh administrador de la casa real. De inmediato, Hugh Despencer se metió en la alcoba de Eduardo y así fue como recomenzaron los problemas.
—Son sodomitas —murmuró Brianna perturbada.
Su madre puso los ojos en blanco.
—¿Dónde has aprendido esa palabra? Si tu padre te escuchara, te azotaría.
—Está en la Biblia —reveló Brianna con inocencia—. Siempre supuse que había algo raro en Hugh Despencer —de pronto, se le hizo un nudo en la garganta—. ¡Pobre reina Isabel! Imagino que se sentirá muy sola. Nos debe extrañar tanto como nosotras la extrañamos a ella.
—Sí, es muy triste. No ha conocido el amor de un hombre. Durante los primeros años de su matrimonio, la reina adoraba a Eduardo con todo su corazón. Tuve que consolarla incontables veces mientras sollozaba en mi regazo. Estaba enferma de celos. No podía soportar que el rey le diera todo su amor a Gaveston y no guardara ni un poquito para ella. Luego de la desaparición de su favorito, Eduardo se acercó a Isabel como si recién se conocieran. Ella fue tan generosa que lo perdonó. Aunque, debo admitirlo, la reina creyó que se había curado de su desviación. Cumplió con su deber hacia el rey y le dio hijos, y todo el mundo comenzó a creer que los monarcas llevaban la vida de un matrimonio normal. Pero ahora que Eduardo ha vuelto a avergonzarla y humillarla con Hugh Despencer, el matrimonio está terminado.
—Nunca me enamoraré de un hombre a menos que demuestre que me ama —declaró Brianna con vehemencia.
Jory sonrió frente al candor de su hija.
—No se puede controlar el amor, querida. Él siempre te controla. El corazón ama sin razones.
Mientras regresaba de la torre principal, Brianna seguía pensando. Las cosas que había escuchado esa noche respondían muchas de las preguntas que se hacía respecto de la pareja real. Siempre había notado que eran fríos, corteses y distantes. Que su relación no tenía nada que ver con el amor apasionado que se profesaban sus padres.
Atravesó el corredor que llevaba a la torre donde se encontraba su dormitorio. Cuando llegó al cruce que conducía al ala este donde estaban situadas las habitaciones de huéspedes, se topó frente a frente con Wolf Mortimer. En cuanto lo reconoció, se recompuso y se mostró distante.
—Le he prohibido traer a su loba al castillo.
El joven la miró divertido.
—En general, ignoro las órdenes de las mujeres.
Brianna se indignó.
—¿Cómo se atreve a desobedecerme?
Wolf hizo un gran esfuerzo por no soltar una risotada.
—Me crié con una pandilla de hermanas fogosas y mandonas. He sabido manejar a las mujeres y sus caprichos desde los cinco años. No pienso empezar a obedecer órdenes femeninas a esta edad.
—Yo no soy una de sus hermanas.
—No, señorita Brianna, usted es mucho más vanidosa y malcriada.
Parece que el maldito diablo disfruta provocándome.
—¡Sus modales son escandalosos, Mortimer!
—En cambio, usted tiene los modales de una dama refinada, Brianna de Beauchamp. Vuelva a su cuarto de niña, nunca debió abandonarlo.
—¡Cuarto de niña! —gritó indignada Brianna.
—Sólo un bebé podría tener miedo de Sombra.
—¿Miedo? Yo no le temo a su horrible loba.
—Demuéstrelo —la provocó.
Su inmenso orgullo le hizo vencer el miedo. Y tras un momento de duda, acercó la mano al animal. La loba plateada la olfateó con cuidado mientras sus ojos dorados la estudiaban.
—Su perfume no la asusta —dijo el joven.
—Y el suyo a mí tampoco me molesta. En cambio, me ofende sobremanera el hedor de su dueño.
La joven alzó la cabeza y se fue. La risa burlona de Wolf retumbó en todo el corredor.