![]() |
|---|
Capítulo uno
Londres, otoño de 1815
Al elegir a un amante, debemos asegurarnos que ambos estemos de acuerdo con los términos de la aventura para evitar que surtan posibles recriminaciones más tarde.
Anónimo,Memorias de una amante
A veces tener hermanastros era un verdadero engorro. Gavin Byrne los miró con el ceño fruncido. El más joven, Alexander Black, el conde de Iversley, era el único de ellos cuya madre había esperado hasta que el joven había alcanzado la mayoría de edad para revelarle que su verdadero padre era el Príncipe de Gales. Después estaba Marcus North, el vizconde Draker, quien debido a su desmesurada corpulencia y a su escandaloso pasado se había ganado el apodo de vizconde Dragón. Draker había conocido a su padre, Su Alteza, durante casi toda su vida, y no consideraba que eso supusiera ninguna ventaja.
Los tres se hallaban en la biblioteca de Draker, y era Draker quien defendía ese gran despropósito.
—¿Que quieres que haga qué? —masculló Byrne.
Draker intercambió una mirada de complicidad con Iversley.
—Me parece que nuestro hermano mayor se está quedando sordo.
Iversley lanzó una estentórea risotada.
—Es que los años no pasan en vano. Se está haciendo viejo.
Gavin esgrimió una mueca de fastidio.
—Todavía tengo fuerza como para azotaros sin piedad con una mano atada a la espalda. Y si creéis que me vais a provocar para que acceda a esa idea descabellada intentando herir mi dignidad, está claro que habéis olvidado con quién estáis tratando. Me he dedicado a manipular a hombres toda mi vida, incluso antes de que os creciera el pelo en las pelotas.
Debería de habérselo figurado cuando Draker le pidió que fuera a su casa un poco antes de la hora prevista para la cena. Gavin tomó uno de los selectos puros de la caja de roble que destacaba sobre el escritorio de la estancia.
—¿Por qué diantre le haría un favor al príncipe?
—Por la recompensa, claro —contestó Draker—. El príncipe te está ofreciendo una baronía.
Ignorando la repentina aceleración de su pulso, Gavin encendió el puro. Un título no iba a resarcir todas las injurias que había tenido que soportar durante los primeros veinte años de su vida, mientras lo llamaban bastardo a la cara, y los últimos quince años, en que la alta sociedad londinense había continuado llamándolo así a sus espaldas. No podía borrar el estigma de ser el hijo bastardo no reconocido del Príncipe de Gales.
Además, Gavin ya gozaba de todo lo que ansiaba. Su club de caballeros le había proporcionado una inmensa fortuna, más de la que jamás habría podido soñar; nunca le faltaba la compañía femenina en la cama, y entre sus amigos se contaban vizcondes, condes y duques.
De acuerdo, quizá esos amigos sólo lo eran por conveniencia, aunque estaban más interesados en su agudeza e ingenio que en su riqueza. Sin embargo, a veces no podía evitar ser dolorosamente consciente de la línea invisible de ilegitimidad que lo separaba de ellos, a pesar de que por sus venas corriera sangre real. Pero no había nada que pudiera hacer para cauterizar ese estigma.
—¿Y por qué me habría de interesar una baronía?
—Si la idea no te seduce —reflexionó Iversley—, por lo menos piensa en tus futuros vástagos. Tu primer hijo legítimo heredaría un título nobiliario.
Gavin lanzó un bufido.
—Eso no supone un incentivo para mí. No tengo intención de casarme ni de engendrar ningún hijo legítimo. Con un poco de suerte, no engendraré ni un solo hijo.
—Entonces, considéralo desde otra perspectiva. —Draker lo miró fijamente—. Es el propio príncipe quien hace entrega de los títulos nobiliarios en el Parlamento. Será la única vez en toda tu vida que estarás tan cerca de que el príncipe reconozca que eres su hijo.
Eso era otro cantar. La idea de que el príncipe se viera forzado públicamente a entregarle un título al bastardo que había rechazado durante años era verdaderamente tentadora. Incluso aunque sólo se tratara de una minúscula fracción de lo que deseaba de ese hombre.
—¿Y él está de acuerdo con el trato?
—Sí —afirmó Draker.
Gavin aspiró una profunda bocanada del puro.
—Pero eso no significa nada. A última hora puede cambiar de opinión.
—No lo hará —insistió Iversley.
—Pues no sería la primera vez —repuso Gavin con tristeza. Sus hermanos sabían lo que el príncipe le había hecho a su madre.
—Me aseguraré de que cumpla su palabra —terció Draker.
—Ya. Ahora que te has convertido en un gran amigo de Su Majestad, crees que puedes ejercer alguna clase de influencia sobre él —le increpó Gavin con sequedad.
Draker resopló con cara de fastidio.
—Jamás hemos sido grandes amigos, pero lo cierto es que ha empezado a arrepentirse de sus acciones pasadas. Así que tienes razón, ahora tengo cierta influencia sobre él.
Gavin sacudió la cabeza con cara de preocupación.
—Os lo digo en serio; Iversley y tú os habéis vuelto más blandos. Desde que habéis sentado la cabeza con vuestras dulces y bellas esposas, veis el mundo a través de un prisma de sentimentalismo absolutamente irreal.
De repente, Gavin se dio cuenta de que su voz y sus palabras transmitían la envidia que sentía hacia sus dos hermanos y decidió no proseguir con su sermón. No envidiaba sus cómodos matrimonios, no; estaba muy satisfecho con su vida de soltero, que le permitía mantener las más tórridas aventuras posibles con mujeres casadas que lo buscaban únicamente para pasar unas cuantas horas de placer.
Le gustaba estar solo y sin compromisos firmes.
—Bueno, entonces, ¿qué tengo que hacer para obtener esa dudosa recompensa? —preguntó al tiempo que enarcaba una ceja.
Iversley se relajó.
—Es muy fácil, de veras. Tienes que convencer a lord Stokely para que invite a cierta dama a la fiesta anual que organiza en su casa para toda esa panda de jugadores empedernidos.
—¿Y cómo os habéis enterado de esa fiesta? —inquirió Gavin.
—El príncipe tiene sus espías —aclaró Draker.
Gavin sacudió la ceniza del puro en el recipiente de latón que Draker tenía para tal fin.
—¿Debo entender que esa mujer es uno de ellos? ¿O una de sus amantes?
Iversley negó rotundamente con la cabeza.
—No es su amante. Y después de haberla conocido, aseguraría que tampoco es su espía.
—Stokely es muy particular con sus invitados. Sólo acepta a aquellos que son buenos jugadores de whist, que les va la juerga, que no se ruborizan ante obscenidades, pero que a la vez son extremadamente discretos. ¿Esa mujer cumple todos estos requisitos?
Draker se quedó pensativo.
—Estoy seguro de que puede ser discreta, dadas las circunstancias. Supongo que podría simular que no se ruboriza ante las actuaciones desvergonzadas de esa panda de degenerados, pero no sé si lady Haversham es avezada en…
—Espera un momento… ¿La marquesa de Haversham? ¿Es ésa la mujer a la que esperas que Stokely invite a su fiesta? Pero ¿te has vuelto loco?
La repentina salida de tono de Byrne tomó a Draker por sorpresa.
—Ya sé que no es la clase de marquesas que frecuentas —respondió a la defensiva—. Es la hija del general Lyon.
—Por eso probablemente esa chalada intentó volarme la tapa de los sesos de un tiro el año pasado.
Draker parpadeó perplejo.
—¡Ah! ¿La conoces?
—Bueno, si a nuestro único encuentro accidentado te atreves a llamarlo así…
Súbitamente recordó la imagen de una joven bajita y despeinada, con una inmensa escopeta bajo el brazo.
—Me desplacé hasta su finca para hablar con su esposo sobre la enorme deuda que tenía contraída con el Blue Swan, y esa chiflada agujereó la capota de mi carroza… además de mi sombrero.
Iversley se echó a reír.
—¿Insinúas que no cayó rendida a tus pies desde el primer momento, como suelen hacer el resto de las damas de la alta sociedad?
Gavin enarcó una ceja.
—Parece ser que la honesta lady Haversham no veía con buenos ojos que su esposo jugara. Estaba cargando nuevamente ese rifle de repetición cuando el mismísimo Haversham apareció por la puerta y la obligó a entrar en casa. De no ser así, en estos momentos me faltaría alguna parte crucial de mi anatomía.
Gavin sacudió la cabeza.
—Esa fierecilla jamás logrará introducirse en los círculos de Stokely, ni siquiera aunque él osara invitarla. No soporta a los jugadores empedernidos. —Se calló un momento y luego prosiguió—: Supongo que no se atrevió a referirte nuestro primer encuentro.
—No —admitió Draker—. Y si fue tan desastroso, ¿por qué eligió tu nombre entre la lista de invitados que le mostró el príncipe?
—Probablemente quiere tenerme más cerca para no fallar el tiro la próxima vez —apostilló Gavin con gazmoñería—. Ahora que su esposo está muerto, pretende saldar viejas cuentas pendientes. Y cambiando de tema, ¿cómo murió Haversham? ¿De un tiro que le propinó su esposa?
—No, nada parecido.
—Bueno, os juro que no maté a ese hombre, si de eso se trata. Me pagó toda la deuda antes de fallecer, así que no tenía ninguna razón para desearle la muerte.
—Ella lo sabe. Además, murió a causa de una caída de caballo. —Draker se sirvió un poco de brandy—. Y el modo en que murió no tiene nada que ver con este asunto.
—Pero tampoco sabes concretamente de qué se trata, ¿no es cierto? —remarcó Gavin.
—El príncipe no me lo ha contado, así que tendrás que preguntárselo a esa dama personalmente —dijo Draker mientras le echaba a su hermano una mirada retadora y añadía—: A menos que le tengas tanto miedo a esa mujer que no te atrevas ni a hablar con ella.
Gavin esgrimió una mueca de fastidio. Otra treta para intentar herir su orgullo. ¿Acaso no se había dado cuenta Draker de que él era extremadamente agudo en esa clase de manipulaciones?
—No tengo ningún reparo en que esa mujer me exponga sus propósitos. Pero será mejor que acuda a nuestro encuentro sin armas.
Iversley lanzó a Draker una mirada de complicidad.
—¿Qué opinas, Draker? ¿Vas a buscar a lady Haversham o voy yo?
—¿Esa mujer está aquí? —exclamó Gavin—. ¿Has perdido el juicio o qué? ¿Dejas que esa loca entre en tu casa, y se pasee cerca de tu esposa y de tu hijo? ¿Tienes las armas de fuego a mano, por si acaso?
Draker soltó un bufido.
—Teníamos que organizar un encuentro entre ella y tú que nadie pudiera encontrar sospechoso, así que os hemos invitado a los dos a cenar. Pero esa mujer no puede ser tan pérfida como la pintas. Parece toda una dama; bueno… quizá un poco…
—¿Desquiciada?
—Directa.
—¡Ah! Bueno, si prefieres describirlo así… —murmuró Gavin—. De acuerdo, ve a buscar a esa chalada. Después de que me exponga por qué quiere inmiscuirme en este lío, os diré si acepto o no vuestra propuesta.
Draker asintió con la cabeza y abandonó la estancia con Iversley. Sólo había transcurrido un minuto cuando lady Haversham irrumpió en la biblioteca. Vista de cerca, era mucho más hermosa de como Gavin la recordaba, a pesar del sobrio traje de luto que lucía y del peinado que no la favorecía en absoluto. También ofrecía un aspecto bastante fiero, para tratarse de una mujer que tan sólo le llegaba a la barbilla; pequeña pero matona, con unos avispados ojos verdes y una nariz impudente.
Gavin apagó el puro, aunque no estaba seguro de por qué se preocupaba por ser cortés. A pesar de su título, lady Haversham no era una dama. Era un soldado embutido en una falda.
—Buenas tardes, señor Byrne. —Le ofreció la mano enfundada en un guante negro con unos modos tan insolentes como los de un hombre.
Gavin tomó su mano con firmeza. Con un movimiento rápido, le hizo dar media vuelta hasta que logró apresarla con su propio brazo rodeándola por la cintura, y la mantuvo en esa posición inamovible mientras empezaba a deslizar su otra mano libre por el rígido traje de lana.
Ella empezó a forcejear.
—Pero ¿qué diantre…?
—No os mováis —gruñó él—. Sólo quiero asegurarme que no lleváis ninguna pistola en el bolsillo.
—Por el amor de Dios… —exclamó ella, pero acto seguido enmudeció y dejó de forcejear. Después de unos instantes de soportar la humillación de que el señor Byrne la palpara por todas partes, espetó—: La pistola está en el retículo, que he dejado en la sala de estar de lord Draker, ¿de acuerdo?
Esa mujer era un arsenal andante.
—De acuerdo. —Gavin la soltó, no a causa de sus explicaciones sino porque al pasar las manos por encima de su figura menuda pero sorprendentemente bien formada, se había empezado a excitar, y no quería que ella se diera cuenta. Esa fémina era capaz de dispararle directamente en las pelotas por una impertinencia de ese calibre.
Ella lo miró fijamente al tiempo que se cruzaba de brazos.
—¿Y bien? ¿Me ayudaréis?
Nada más adecuado que ir al grano de la cuestión.
—¿Por qué yo? —le preguntó con curiosidad—. La última vez que nos vimos, no demostrasteis estar exactamente impresionada con mis credenciales.
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de la viuda.
—¿Os referís a que casi agujereé vuestras credenciales? Supongo que debería disculparme por mi actitud beligerante.
—Sería una buena forma de iniciar nuestra relación.
Lady Haversham irguió la barbilla con aire arrogante.
—Sólo intentaba salvar a Philip de la ruina absoluta.
—¿Ruina? Vuestro esposo habría podido pagar esa deuda sin problemas.
La cara de ella se ensombreció con una innegable tristeza.
—Sí, es cierto. Había ganado el dinero vendiéndole a lord Stokely algo que pertenecía a mi familia.
De repente, todo empezaba a cobrar sentido.
—Y por eso deseáis una invitación a la fiesta que Stokely ofrecerá en su casa. Para recuperar lo que os pertenece. O, más exactamente, para robarlo.
—Si pudiera recuperarlo comprándolo con dinero, lo haría. Pero lord Stokely se niega a vender.
—¿Se lo habéis preguntado?
—Su Alteza lo hizo. —Cuando los ojos de Gavin se achicaron, ella añadió precipitadamente—: En nombre de mi familia, por supuesto.
Pero Gavin no la creyó. El príncipe jamás había demostrado ninguna tendencia filantrópica. Fuera cual fuese ese patrimonio, el príncipe demostraba tener un enorme interés por él. Si no, no se le habría ocurrido ofrecerle a Gavin una baronía para recuperarlo.
—¿Y cómo podéis estar tan segura de que está en la finca de Stokely? Tiene otra casa en la ciudad. Incluso es posible que lo haya depositado en un banco, para que esté mejor custodiado.
—Ese individuo jamás lo perdería de vista. Además, su casa en la ciudad sólo cuenta con un par de sirvientes a jornada completa; sería muy fácil entrar a robar. Stokely no asumiría tal riesgo.
—Y, sin embargo, creéis que correrá el riesgo de invitaros a su fiesta, aún sabiendo que posee algo que queréis y que él se niega a venderos.
—Él no sabe que yo sé que lo tiene.
—¿Qué habéis dicho?
—Mi marido le contó a lord Stokely que lo había heredado de mi padre, cuando en realidad mi padre me lo había dado a mí, y Philip lo robó sin que yo lo supiera. Sólo me di cuenta de que había desaparecido cuando lord Stokely escribió a Su Alteza y le refirió que lo tenía, entonces el príncipe me pidió que fuera a Londres a hablar con él.
—¿Y por qué diablos Stokely escribió a Su Alteza?
Ella parpadeó, como dándose cuenta de que había hablado más de lo necesario.
—No… no tengo ni la menor idea.
Mentirosa. Por el momento, Gavin no insistió más.
—¿Y de qué forma me afecta a mí toda esta enmarañada trama?
Ella arqueó una ceja con patente soberbia.
—Ah, habéis decidido que os ayude a robar ese objeto porque vuestro esposo lo vendió para poder saldar la deuda que tenía conmigo.
—Si no os hubiera debido tanto dinero a causa del juego…
—Si no me hubiera debido tanto dinero a mí, se lo habría debido a otro. Vuestro esposo mostraba una clarísima debilidad por los juegos de cartas, y no podéis culparme de eso, lady Haversham.
—Debería de haber sabido que un tipo como vos es incapaz de mostrar ni un ápice de simpatía.
—Así es. De todos modos, aunque quisiera ayudaros, dudo que pudiera.
—¿Qué intentáis decirme?
Él rio despiadadamente.
—Stokely sólo invita a cierto tipo de personas a las fiestas que ofrece en su casa, y vos no pertenecéis a esa clase de personas.
—Porque no me gusta el juego.
—Porque no sois la clase de jugadora que interesa. —Gavin encendió un nuevo puro y dio una profunda bocanada—. No obstante, podría intentar recuperar ese patrimonio…
—No —lo atajó ella con firmeza—. Tengo que recuperarlo yo.
¿Qué diablos podía ser ese misterioso objeto?
—Por lo menos, decidme qué es lo que pretendéis robar y por qué.
La viuda se puso visiblemente tensa.
—No puedo hacerlo. Y si insistís, no me quedará más remedio que solicitar ayuda a otra persona.
—Pues adelante. Aunque os lo aseguro: si yo no consigo un pase para esa fiesta, nadie más podrá.
Una expresión de incredulidad y desprecio se extendió por las bellas facciones de lady Haversham.
—¿No os han dicho que a cambio obtendréis una baronía?
—Me las he apañado muy bien hasta ahora, sin la dichosa baronía, así que no es un cebo que me quite el sueño.
—¿Y si os dijera que al ayudarme prestaríais un gran servicio a vuestro país?
Gavin lanzó una risotada.
—Eso todavía me convence menos. ¿Qué ha hecho mi país por mí para que tenga que sentirme obligado a darle algo a cambio?
Ella lo miraba exasperada.
—No os supondrá ningún altercado. Sólo debéis convencer a lord Stokely para que me invite a la fiesta. Decidle que soy vuestra pareja de whist, o algo parecido.
—¿Sabéis jugar a las cartas?
La viuda volvió a levantar airadamente la barbilla.
—Me defiendo bastante bien.
Esa fémina estaba mintiendo de nuevo. Y no lo hacía de forma convincente.
—Stokely es siempre mi pareja de whist. Además, las fiestas en su casa suelen incluir unas cartas muy escandalosas. Estoy seguro de que os ruborizaríais entre esa panda de jugadores.
—No acostumbro a ruborizarme fácilmente. Recordad, viví bastantes años en el extranjero. He visto más cosas que la mayoría de las mujeres inglesas.
Pero Gavin se apostaba lo que fuera a que ella jamás había visto nada similar a una de las fiestas de Stokely.
—De todos modos, no creo que sea posible. Stokely sólo invita a reputados jugadores, de los que conoce su forma de jugar.
Ella frunció el ceño.
—Otra gente en la lista de invitados no encaja con la descripción que me acabáis de dar… como el capitán Jones.
—Cierto, pero su amante, ladyHungate, sí. Por eso lord Hungate y su amante también estarán allí. Sólo es posible obtener una invitación de Stokely si se es un jugador avezado o el amante o esposo de un jugador avezado.
La cara de lady Haversham se iluminó.
—¿Por qué no me lo habíais dicho antes? ¡Podríais conseguir que me invitara si alegáis que soy vuestra amante!
Gavin la miró sin parpadear. Había poca gente que fuera capaz de sorprenderlo, y ladyHaversham lo había conseguido por segunda vez. Se trataba de la invitación más rocambolesca que jamás le habían hecho.
Y, para ser sinceros, la más excitante.
La repasó de arriba abajo, lentamente, contemplando impúdicamente los amplios pechos que se ocultaban detrás de la tela negra tan sobria. Después bajó los ojos hasta la cintura de avispa y las sinuosas curvas que prometían arropar un gran trasero. Cuando ella se ruborizó, Gavin tuvo que contenerse para no echarse a reír. Esa mujer destilaba inocencia por todos los costados, así que ¿por qué diablos le estaba ofreciendo ese trato indecoroso?
Lady Haversham bajó la vista y dijo:
—Espero que no hayáis elegido ya a una mujer para asistir a esa fiesta. Sé que vos y ladyJenner…
—He terminado con ladyJenner —la cortó él mientras apagaba el puro—. Estoy sin amante en estos momentos, pero… veamos, no podéis estar hablando en serio.
—Supongo que no soy la clase de mujer que generalmente preferís…
—¿Os referís a la clase de mujer que no me dispararía un tiro?
Ella resopló molesta.
—No. Me refería a la típica rubia despampanante y absolutamente desvergonzada que soléis llevar colgada del brazo en cualquier evento social.
—Parecéis saber muchas cosas de mí, más de las que yo sé de vos.
—Vuestras preferencias por un cierto tipo de mujeres son legendarias. No puedo alterar mi altura ni el color de mi pelo, ni el hecho de que acostumbre a conseguir lo que quiero usando la cabeza, no el cuerpo, pero creo que con un poco de asesoría podría comportarme como una amante suficientemente convincente.
—Me parece que necesitaríais algo más que un poco de asesoría. —Tomándola por sorpresa, le desabrochó el lazo negro del cuello que sostenía ese vestido tan poco agraciado—. Tendréis que cambiar esa indumentaria por algo más sensual. Nadie creerá que sea capaz de mantener un idilio con una mujer vestida como un cuervo.
Lady Haversham levantó la vista y clavó los ojos en los de él, unos ojos fieramente desafiantes.
—Y supongo que también me pediréis que me corte la melena, porque ahora no están de moda las melenas, y que torture mi pelo con ridículos rizos…
—No, no seré tan drástico. —A él le gustaba el pelo largo, y se moría de ganas por enredar sus dedos en el de esa mujer—. Pero podríais usar los servicios de una dama de compañía, para que os lo acicale con un poco más de gracia.
Ella se puso claramente tensa.
—Ya dispongo de una dama de compañía. Lo que pasa es que no es muy diestra en el arte de peinar.
—Claro, una dama de compañía que no sabe peinar a su señora. —Gavin deslizó un dedo por la parte superior de su vestido, demasiado tapado para su gusto—. Y seguro que también es responsable de vestiros de esta forma tan recatada.
Lady Haversham le apartó los dedos de un manotazo.
—Puedo adquirir ropa más a la moda, si es necesario.
Una sonrisa socarrona surcó los labios de él.
—Ya, pero ¿seréis capaz de tolerar que os toque lascivamente?
—Estoy segura de que podría imitar a una mujerzuela bastante bien. No debe de costar tanto, ¿no?
La sonrisa de Gavin se desvaneció.
—¿De veras estáis sugiriendo que queréis haceros pasar por mi amante?
Ella pestañeó.
—Por supuesto.
Gavin se quedó desconcertado ante la sensación de decepción que sentía. Se quedó pensativo unos instantes y luego añadió:
—Si deseáis arriesgar vuestra reputación haciéndoos pasar por mi amante, entonces tendréis que actuar como tal.
Lady Haversham pareció alarmarse ante tal idea.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Por razones obvias: entretenimiento, compañía… placer. No se trata de proteger su virtud; las viudas pueden hacer lo que quieran.
Él se inclinó hacia delante para oler el aroma que desprendía lady Haversham: exótico, desconocido, y más agrio que dulce. Sorprendente. Habría supuesto que esa mujer se bañaba con lejía. Ese nuevo descubrimiento todavía lo intrigó más.
—Tenerla como amante podría ser una de las razones que me motivaría a ayudaros —dijo, empleando su mejor tono seductor.
Para su sorpresa, ella se echó a reír.
—Pero si ni siquiera os gusto.
—No cuando me apuntáis con una pistola. —Deslizó un dedo por la pequeña mandíbula de ladyHaversham, quien empezó a respirar con patente dificultad—. Pero si concentrarais toda vuestra fiera energía en complacer a un hombre en la cama…
—¡Como si supiera cómo se hace eso! —Apartó la mano de su interlocutor con otra risotada, aunque esta vez la risa parecía forzada—. Soy una mujer respetable, por el amor de Dios.
—Mis amantes suelen serlo. Pero eso no significa que no puedan gozar en la cama.
El porte arrogante desapareció de la cara de la viuda.
—¿Puedo hablaros con franqueza, señor Byrne?
Gavin sonrió.
—¿Acaso alguna vez no habéis sido franca conmigo?
—Preferiría fingir que soy vuestra amante, pero no comportarme como tal, si no os importa.
—Ah, pero yo no necesito a una amante sólo de apariencia. Puedo disponer de una amante real cuando lo desee.
LadyHaversham observó visiblemente irritada.
—¿Me estáis diciendo que no me ayudaréis a menos que me convierta en vuestra amante de verdad?
—Exactamente.
Lo cierto es que Gavin no estaba marcándose ningún farol. Empezaba a atraerle la idea de tener a lady Haversham como amante.
«Cuidado», se dijo a sí mismo. No había nada malo en desear a una mujer, pero en este caso el caramelo era más apetitoso por el hecho de que venía con un patrimonio que parecía también interesar muchísimo al Príncipe de Gales. Gavin esperaba sacar mucho más que una simple baronía de todo ese asunto. Buscaba obtener nada más ni nada menos que la confesión pública de Su Majestad de cómo había ultrajado a su madre.
No le importaba que eso provocara un escándalo que el príncipe no pudiera soportar en el momento actual. Gavin deseaba poner fin a ese agravio de una vez por todas. Pero necesitaba ayuda, y ladyHaversham parecía ofrecérsela… siempre y cuando sus pensamientos lujuriosos no le hicieran perder la cabeza por esa mujer.
Un prolongado suspiro se escapó de los labios de la viuda.
—De acuerdo. Supongo que podré soportar teneros sobre mí, para que descarguéis vuestros instintos animales.
La confesión de ella tomó a Gavin por sorpresa.
—Tenerme encima y…
—Pude soportarlo con mi esposo, así que algunos encuentros más de ese tipo no me harán ningún daño.
Pero Gavin no se dejó engañar por el siguiente suspiro de resignación que soltó ella. Esa mujer únicamente intentaba desanimarlo.
—Ya, pero es que si os acostarais conmigo, sería…
—Sí, sí, sería toda una bendición, por supuesto.
El sarcasmo en su tono no logró amilanarlo.
—Entonces, trato hecho —dijo él.
Lady Haversham volvió a ponerse rígida.
—No creo que sea justo que me pidáis un pago adicional por vuestros servicios, cuando Su Alteza ya os ha ofrecido la baronía. —Mas cuando vio que el señor Byrne la miraba con suspicacia, añadió rápidamente—: Pero… de acuerdo, os pagaré con esa gratificación adicional.
Ahora ella intentaba reducir el juego de seducción a un mero acto mercenario. Pero sus manos temblorosas la delataban, todo era un farol. No se atrevería a seguir adelante. Pero… el patrimonio era sumamente importante para ella, y para el príncipe.
Gavin pensó en seguir presionándola para ver hasta qué punto sería capaz de seguir adelante con el pacto, pero la verdad era que le gustaba el empuje que demostraba tener esa mujer. ¿Qué placer experimentaría al llevar a la cama a una fémina que no quería estar ahí? Se tomaría todo su tiempo para ponerla nerviosa, y seguro que el placer sería más intenso al final.
Cuando Gavin no dijo nada, ella añadió:
—¿Cerramos el trato ahora? Los caballeros suelen ser rápidos cuando se corren dentro de una dama, así que si queréis, me levanto la falda y lo hacemos antes de que nadie sepa…
—Ya es suficiente, señora. No hace falta que sigáis. Y decidme, ¿dónde habéis aprendido esa expresión tan escandalosa de que los caballeros «nos corremos» dentro de las mujeres?
Lady Haversham lo miró fríamente.
—Me he pasado la mayor parte de mi vida entre soldados. Mi padre es general, ¿recordáis?
—Lo había olvidado. —Por eso se había intentado zafar de él con ese manotazo bravío unos minutos antes. Estaba claro que no lo conocía en absoluto. Habría hecho falta un ejército entero para paralizarlo o disuadirlo de tocar a una mujer.
—Perfecto —aceptó él suavemente—. Estoy de acuerdo con esta farsa sólo en apariencia y no en hechos consumados. —El alivio en los ojos de la viuda al averiguar que no tenía que compartir la cama con él no le gustó en absoluto, así que añadió—: De momento.
—¿Estáis seguro? —espetó ella—. Porque todavía podría…
—Cuidado, encanto —la interrumpió con ese tono de voz suave y arrebatador que sabía modular tan bien—. Si uno tiene una racha ganadora, es mejor saber cuándo hay que parar y no tentar demasiado la suerte.
Gavin clavó la vista en los labios temblorosos de ladyHaversham. Después se dio la vuelta, se dirigió a la puerta y la abrió.
—Y ahora marchaos y portaos como una chica buena. Mi pacto con vos es condicional; dependerá de si Su Alteza acepta algunos de mis términos. Y eso es algo entre él y yo.
A pesar de que ella se sentía indignada por la forma en que él la estaba despidiendo, se limitó a asentir con la cabeza y se dirigió hacia la puerta abierta.
—Os agradezco vuestra ayuda, señor Byrne.
—No hay ninguna necesidad de ser tan formal. Si tenemos que simular que somos amantes, será mejor que me llaméis Byrne, como todo el mundo hace. —Enarcó una ceja y apuntó—: O simplemente llamadme cariño.
Lady Haversham se jactó de una forma muy poco educada.
—Y a mí podéis llamarme Christabel.
—¿Cómo es posible que a la hija de un general le pusieran un nombre tan hermoso?
—También he tenido una madre, ¿sabéis?
Y dicho esto salió de la biblioteca, contorneando sus seductoras caderas.
Mientras el calor se apoderaba de sus partes bajas, Gavin se quedó maravillado de la perversa intensidad con que se sentía atraído hacia ella. Había dicho que tenía una madre, ¿no? Pues esa mujer debía de ser una amazona o un hada madrina o una diablesa venida directamente del infierno. Ninguna dama inglesa habría sido capaz de engendrar una fémina tan arrolladoramente fiera como ladyHaversham.
Una fémina tan arrolladoramente fiera que pensaba que podía desalentarlo haciéndole creer que una aventura amorosa entre ellos sería desastrosa, o incluso peor, una mera transacción de negocios.
Pero esa situación no iba a durar mucho tiempo. Dentro de poco, tendría a la viuda Haversham postrada ante sus pies, rogándole que la hiciera suya, aunque fuera lo último que hiciese en su vida.
Por algo había conseguido erigir una fortuna gracias a su fabulosa habilidad para mezclar los negocios con el placer. De momento, jugaría la partida tal y como ella deseaba, pero al final pensaba quedarse con todo: con ese misterioso patrimonio, vengarse del príncipe, y disponer de una complaciente Christabel en su lecho.
—¿Y bien?
La voz de Iversley lo sacó de su ensimismamiento. Levantó la vista y vio cómo se le acercaban sus dos hermanos. Después de que entraran en la estancia, cerró la puerta.
—Acepto. Lo haré.
—Excelente —dijo Draker.
—Aunque a cambio de una condición. Quiero una audiencia privada con el príncipe cuando todo este lío se acabe.
—¿Por qué? —preguntó Draker.
—Tengo mis propias razones.
Draker lo miró con desconfianza y luego suspiró.
—Veré si puedo conseguir que acceda a tu condición.
—Dile que será mejor que acepte, si quiere que ayude a Christabel.
—¿Christabel? —repitió Iversley desconcertado.
Como de todos modos tarde o temprano se iban a enterar, lo mejor era contarles el plan.
—Stokely sólo invitará a esa viuda tan buena y honesta si se hace pasar por mi amante. Y eso es lo que hará.
Draker lo miró con evidentes muestras de preocupación.
—Espero que no hayas coaccionado a esa pobre mujer…
—Ah, se me olvidaba: sólo fingirá ser mi amante. Hemos acordado fingir, tal y como Regina y tú hicisteis con vuestro falso cortejo.
—Es cierto que empezó como una farsa —admitió Draker—. Pero el engaño no duró demasiado.
Una sonrisa coronó los labios de Gavin.
—Exactamente.
—Pensaba que no te gustaba ladyHaversham —espetó Draker.
Gavin se imaginó el cuerpo lleno de curvas de Christabel, muy cerca del suyo, cuando él la había tocado, y tuvo la certeza de que podría pasarlo en grande con ese pedazo de fémina.
—Esa mujer es capaz de excitar a cualquier hombre.
Draker, que solía mostrarse muy serio ante tales cuestiones, frunció el ceño, pero Iversley se echó a reír.
—¿Qué es lo que encuentras tan divertido? —le preguntó Gavin.
—Pues que el engaño de Draker con Regina terminó en boda —argumentó Iversley con una sonrisa maliciosa—. ¿O acaso lo habías olvidado?
Entonces Draker también se echó a reír, y Gavin puso cara de pocos amigos.
—No os preocupéis. No tengo ningún interés en casarme.
Sólo una vez había estado a punto de pasar por el altar, cuando tenía veintidós años. Pero Anna Bingham lo había salvado de cometer esa tontería.
—Las mujeres consiguen que los hombres cambiemos de forma de pensar —proclamó Iversley.
—Pues eso no me pasará a mí. —Las miradas de complicidad entre sus dos hermanos con risitas incluidas lo exasperaron—. Además, ladyHaversham parece estar muy cómoda en su situación actual.
Draker enarcó una ceja.
—Pero eso también podría cambiar.
—Por todos los santos, en este sentido eres tan patético como tu esposa, con sus sermones sobre enamorarse y sobre bendiciones conyugales. Muy al contrario de lo que Regina cree, algunos solteros no estamos interesados en el amor; en absoluto.
El desastre con Anna le había enseñado que existían unos márgenes incluso en el amor que no debían ser rebasados, que su preferencia por las mujeres bellas y sofisticadas le venía como anillo al dedo para lograr lo que buscaba: idilios amorosos fugaces y punto. Ninguna mujer respetable se casaría con él, a menos que lo hiciera por dinero, y Gavin no deseaba contraer un matrimonio de conveniencia.
Además, cuantas más aventuras adúlteras saboreaba, más cínico se tornaba en cuanto a la idea del matrimonio, a pesar de que tenía en sus hermanos dos buenos ejemplos de matrimonios felices.
Las mujeres que se preciaban de ser respetables únicamente se casaban por intereses financieros o sociales. ¿Acaso Katherine o ladyRegina se habrían casado con sus hermanos si éstos no hubieran poseído un título nobiliario?
Se negó a explorar esa cuestión con más profundidad, puesto que le hacía sentir incómodamente consciente de la diferencia fundamental que existía entre él y sus hermanastros. Los esposos de sus madres los habían reconocido como hijos legítimos.
La madre de Gavin no había gozado de esa oportunidad, por lo que él estaba predestinado a ser tachado de bastardo hasta el final de sus días.
A menos que se convirtiera en el barón Byrne. En realidad la idea lo seducía; especialmente si con ello conseguía forzar al Príncipe de Gales a saldar algunas cuentas pendientes y a convertir a la intrigante Christabel en su amante real, como parte del trato.
—No se hable más; trato hecho —dijo, listo para cambiar de tema—. Conseguiré que Stokely incluya a Christabel en su lista de invitados, y Su Majestad me entregará una baronía.
—Que así sea, pues —remató Draker.
—Estamos muy contentos de que hayas aceptado finalmente el trato —añadió Iversley—. Ya va siendo hora de que obtengas algo más de nuestra alianza que un puro entretenimiento.
—No os preocupéis; con esta historia pretendo obtener mucho más que un puro entretenimiento, os lo aseguro.
Cuando Iversley lo observó intrigado, Gavin añadió rápidamente:
—Bueno, esto requiere un brindis. —Llenó las tres copas de brandy, elevó la suya y proclamó—: Por la Real Hermandad de los Bastardos.
Sus hermanos se unieron al brindis y después bebieron. Cuando Gavin quiso llenar la copa de Draker por segunda vez, éste negó efusivamente con la cabeza. Entonces miró a Iversley, quien jugueteaba deliberadamente con su copa para evitar que le sirviera más brandy.
—De verdad, os habéis ablandado demasiado —murmuró Gavin, entonces se llenó su propia copa y volvió a alzarla con aire desafiante al tiempo que anunciaba—: ¡Y a la salud de nuestro progenitor real! ¡Ojalá se pudra en el infierno!