Una primavera para pecar

UNA PRIMAVERA PARA PECAR, Jo Goodman

UNO

Londres, abril de 1815

Su señoría era digno de admiración. Ella estaba dispuesta a admitirlo. Los jóvenes petimetres que recorrían Covent Garden cuando el teatro soltaba a su público dedicaban toda su atención al grupo ataviado con muselinas, y no percibían a los asaltantes que les pasaban rozando. Algunas noches resultaba tan sencillo vaciar el contenido del bolsillo de un caballero que no había ninguna deportividad en ello.

A ella nunca le había importado demasiado la parte deportiva. Zig. Zag. Un gesto de muñeca y dos cortes con una hoja bien afilada era, normalmente, todo lo que hacía falta. Las tiras, incluso las de la mejor seda, se cortaban con tanta facilidad como la mantequilla. A veces, la bolsa con el dinero colgaba, especialmente si iba bien cargada, pero no duraba mucho tiempo. De pies ligeros y de movimientos impredecibles, los ladrones ya se apretaban contra la multitud y se escondían detrás de las faldas, además de debajo de ellas.

El caballero, y ella deducía de su gesto negligente y confiado que él era, por lo menos, un caballero, inclinó la cabeza hacia la mujer que, asida de su brazo, le hablaba. No supo de qué tipo de comentario se trataba, ya que la expresión del caballero permaneció educadamente inalterable. Fue evidente que la mujer creía que su comentario merecía algún tipo de respuesta, dado que arqueó las cejas con actitud expectante. Su señoría permaneció impasible. Esto pareció causar en su acompañante cierta incomodidad, dado que desapareció la sonrisa de sus labios. Por si él no notaba el cambio, la mujer subrayó su desagrado haciendo un puchero con los labios, no con desaprobación, sino con petulancia.

No era un aspecto que le sentara bien a esa mujer de facciones delgadas, pensó mientras avanzaba hacia ellos, pero esa expresión había atrapado la atención del caballero y ni él ni su prostituta hicieron ningún intento por impedir que se acercara.

Vio que los tipos se estaban aproximando a él desde tres direcciones, avanzando entre la gente en una dirección determinada pero sin prisas ni ningún aire amenazante, cuidadosos en la forma en que iban a efectuar el hurto. Por supuesto, si ella no los hubiera estado buscando con la mirada, se le habrían escapado con facilidad. Todo formaba parte del plan, un plan que habían ejecutado con éxito más veces de las que quería recordar. Uno de ellos rozaría con el codo a su víctima, otro le pediría disculpas y el tercero pisaría la falda de su acompañante. Continuarían caminando de prisa, pero sin correr. Eran ladrones con experiencia y conocían demasiado bien su oficio como para llamar la atención más de lo necesario. Si su víctima se daba cuenta de que le habían quitado la bolsa y salía en su persecución, entonces sí correrían. Haría falta más suerte que determinación para pillarlos, dado que tenían una ligereza de pies que igualaba a la ligereza de sus dedos y ponerles las manos encima era como intentar agarrar el mercurio.

Les dedicó toda su atención, calculó el momento en que iban a dar el golpe con tanta deliberación como ellos. Entonces se sorprendió de no ser capaz de percibir nada que estuviera más allá de la trampa que estaba a punto de ser tendida. Quizá fuera porque conocía a los jugadores tan bien que uno de más o de menos en el drama le hacía sospechar. Era como si Yago hubiera hecho entrada con la corte de hadas de la reina Titania; uno sabía inmediatamente que el villano de Otelo no tenía lugar en El sueño de una noche de verano.

Pero no andaba tan equivocada acerca de la naturaleza de ese hombre como para llamarle «villano». Aunque era el tipo de hombre bruto, de facciones anchas y desequilibradas y andar pesado, era en todos los aspectos el doble del peligroso, huidizo y manipulador personaje que Shakespeare había descrito con tanta perfección.

Esos pensamientos le pasaron por la cabeza con tanta rapidez que casi no pudo averiguar su procedencia; actuar en esos momentos fue un impulso que llevó a cabo más por instinto que siguiendo un plan. Había ido a ese lugar con un único propósito: impedir que esos tres jóvenes rufianes vaciaran los bolsillos del caballero. En cuanto vio el destello del filo del atacante, no fue capaz de responder de ninguna otra forma que no fuera impedir que le cortara la garganta al caballero.

Se lanzó a la carrera y su cuerpo ligero desafió la gravedad y se tiró al vuelo. Durante unos instantes quedó suspendida sobre el pavimento de grava y luego se precipitó sobre el caballero, de forma que éste cayó con fuerza contra el suelo.

Lady Georgia Pendelton, condesa de Rivendale, apretó las manos contra el corazón en un gesto que cualquier observador poco cuidadoso hubiera calificado de dramático y, quizá, de exagerado. Los afortunados que se contaban entre el grupo de queridos amigos de la condesa sabían que esos gestos eran sinceros y siempre los recibían como una señal de la profunda simpatía que sentía por ellos.

—No me digas que te hiciste daño, Sherry. No creo que pudiera soportar que me dijeras que te lastimaste.

Sus pálidos ojos grises se achicaron mientras realizaba una inspección completa de su ahijado. Él ya había soportado cierto escrutinio al cruzar la puerta que conducía a su sala de estar, pero en esos momentos ella todavía no sabía que él había tenido una aventura. Ahora debía asegurarse con sus propios ojos de que no había pasado lo peor y que su querido chico estaba bien.

Ese querido chico, Alexander Henry Grantham, vizconde Sheridan, se encontraba en su vigésimo octavo año, y se mostraba tan amablemente cooperador ante ese segundo estudio de su madrina como lo había hecho durante el primero.

Aquella inspección no era ninguna novedad para él. Tenía sólo cinco años la primera vez que fue consciente de ello. En esa ocasión, lady Rivendale se había colado en el cuarto de los niños, con la madre a pocos pasos de ella, y montó un gran alboroto sobre él. Había hecho comentarios acerca del desafortunado oscurecimiento de su pelo, que había pasado de ser de un marrón chocolate con leche a un oscuro chocolate negro. ¿Y no podía hacer nadie nada con ese remolino que apuntaba al norte como una aguja de compás? Los ojos, dijo también mientras le obligaba a levantar la cara, habían perdido todo rastro de que habían sido verdes o de color avellana y ahora eran de un marrón tan oscuro como el del cabello. ¿Por qué estaba tan pálido?, se preguntó, y dado que se trataba de lady Rivendale, la gran amiga de la infancia de su madre y su propia madrina, se había sentido con la libertad de pronunciarlo en voz alta.

También hizo una crítica acerca de la forma de su nariz, que fue definida por su madrina como tan afilada como un pico de viuda y como aguileña por su madre.

—Exactamente igual que su padre —dijo lord Sheridan.

—Sí —repuso su madrina—, pero es de esperar que eso pueda cambiar. No dijo nada de sus labios, y él recordaba haber pensado que eso había sido una amabilidad, dado que lo más probable era que su labio inferior hubiera temblado en esos momentos. A pesar de todo, él se quedó allí de pie y lo aceptó, mirándola con seriedad con unos ojos que ella ya había juzgado demasiado grandes para ese rostro tan delgado.

A ella le gustó la forma en que él se mantenía en pie, y le halagó acerca de su apostura de soldado.

—Ven, danos un abrazo —le dijo, y le rodeó con sus brazos.

Durante mucho tiempo después de eso, Sherry pensó que ese plural se refería a los blandos cojines gemelos que eran sus pechos.

—Debes llamarme «tía Georgia» —le dijo.

Por supuesto, él así lo hizo. ¿Cómo podía rechazar a una mujer con unos pechos tan impresionantes?

Ella desaparecía durante meses, a veces años, y luego se anunciaba sin aviso previo ni ninguna invitación. Siempre era bien recibida. Los regalos llegaban en momentos extraños, nunca por la habitual razón de celebración de un cumpleaños o de una Navidad, sino simplemente porque había pensado en él. Después, cuando su hermana menor llegó a la fantástica edad de seis años y dejó la guardería para ir a la escuela, lady Rivendale declaró que eso también la hacía merecedora de su interés y la cubrió con las atenciones que en un primer momento habían estado reservadas para él.

A él eso no le importó en exceso. Su madrina era en todos los aspectos generosa con sus afectos. Cuanto más daba de sí misma, más parecía tener para dar. Como prueba de ello, sólo tenía que recordar la visita que le hizo en Eton cuando la muerte de sus padres.

Un tío abuelo materno se había hecho cargo en ese momento de él y de su hermana, pero la carga caía pesadamente encima de sus propios hombros, por lo que suponía más un peso que un privilegio, y se sintió feliz de pasar todos esos deberes a lady Rivendale cuando ella lo solicitó. Durante el funeral, al tío abuelo se le oyó decir:

—Qué condenada irresponsabilidad por parte de Sheridan y mi nieta morir cuando sus hijos todavía están creciendo. ¿Qué voy a hacer con esos dos chicos? Oh, con el chico es bastante sencillo. Él, por lo menos, está en Eton. ¿Pero la chica? No obtendré nada de ella excepto lágrimas.

Cuando lady Rivendale llegó a Eton, llevaba a su hermana con ella. Fue una de las pocas veces que no inspeccionó su persona antes de envolverle con sus pesados brazos y sus más pesados pechos; también fue la primera vez que le llamó «Sherry».

Vizconde Sheridan. El título de su padre, ahora suyo, pero de alguna forma únicamente suyo. Nadie había llamado nunca a su padre «Sherry», ni siquiera la intrépida lady Rivendale.

Durante esa visita, ella anunció que a partir de entonces formaban una familia, y lo dijo en un sentido tan práctico que Sherry y su hermana no cuestionaron la sensatez de ello.

No era cuestión de convertirse en una familia; ya lo eran.

—Estoy entero —dijo, volviendo al presente antes de que ella le colocara el dorso de la mano en la frente—. Las consecuencias desastrosas se han visto confinadas a mi levita, que se ha abierto por la costura del hombro, y a la parte trasera de los pantalones, que fue destrozada por la grava. Kearns dice que la levita se arreglará y quedará como antes; los pantalones ya han sido llevados al trapero.

—Estoy segura de que tu ayuda de cámara tiene por la mano tu guardarropa... nunca ha dejado de vestirte impecablemente. Pero ¿qué me dices de tu trasero?

Sherry parpadeó, sorprendido. No debería haberse dejado sorprender por esa observación, dado que lady Rivendale siempre decía lo que pensaba. La mayoría de las veces, su discurso era como el aire fresco. De todas formas, le parecía que si el sujeto de la conversación era su trasero, la idea de esa forma directa de hablar resultaba bastante alarmante.

—La verdad es que eres encantadoramente mojigato —le dijo, bajando ambas manos desde el corazón hasta los antebrazos—. Siempre lo he pensado. No, no debes ofenderte, pues no había ninguna intención de hacerlo.

—Decir que lo soy de una forma encantadora no mitiga lo de mojigato.

Lady Rivendale sonrió ampliamente. Le encantaba cuando utilizaba ese tono seco. Quizá Sherry fuera arrogante, pero tenía el buen sentido de saberlo.

—No voy a dejarme persuadir de dejar pasar mi pregunta sin una respuesta.

Sherry la miró con seriedad.

—Cuando dije que estaba entero, querida, ello incluye mi trasero.

Lady juntó ambas manos y rió con ganas mientras se recostaba cómodamente en el asiento.

—Espléndido. Esto es absolutamente espléndido. Bueno, ¿qué hay de tu acompañante? Supongo que salió sin un rasguño.

Si hubiera sido su hermana quien hubiera hecho ese comentario, él la hubiera reprendido, pero se trataba de su madrina, y se dio cuenta de que le había hecho reír.

—Os sentiréis decepcionada al saber que fue exactamente así.

Ella no lo negó.

—Me preocupaba. No desearía que hubiera sufrido ninguna herida grave, por supuesto.

—Por supuesto.

—Pero pensar en la señorita Dumont cayendo de cabeza, especialmente si lo hizo con poca gracia, bueno, me resulta una imagen deliciosa.

La forma que tenía Sheridan de contenerse a sí mismo hasta el momento en que fuera capaz de ofrecer una respuesta pensada consistía en levantar una única ceja oscura dibujando un pronunciado arco. De esa manera podía comunicar reproche, cautela o, incluso, una sorpresa cuidadosamente calculada. Si la oscura mirada con que acompañaba ese gesto resultaba igual de persuasiva, el receptor de la misma simplemente dejaba de hablar. Pero había veces en que los profundos ojos marrones de Sherry se mostraban tan sólo divertidos, y el efecto de esa ceja arqueada consistía en dar un toque de ironía a su expresión.

—No sabía que conocierais a la señorita Dumont —dijo con tono suave.

—¿Conocer? ¿A tu amante? Eso es difícil, Sherry, y bien lo sabes. —Para ocupar las manos en algo, lady Rivendale levantó la taza de té y tomó un sorbo—. ¿Pero si lo sabía? Sí, por supuesto, cómo podía no saberlo. Ella ha sido tu consorte durante los últimos tres meses. Creo que me enteré de que querías instalarla en esa casa de Jericho Mews.

—Nunca dijisteis nada.

—No resulta halagador en absoluto que te cueste creerlo. Siempre he mantenido que deberías ocultarme algunos secretos.

—O, por lo menos, tener la ilusión de que los poseo — dijo Sherry en tono seco.

Lady Rivendale tuvo la gracia de ruborizarse. Sofocada y enrojecida, su notable suavidad de compostura todavía conservaba algo de la gran belleza que había sido en su juventud. A sus cincuenta y dos años, todavía era una mujer atractiva según todos los criterios sociales, a pesar de que estaba proporcionadamente más redonda. Las marcas visibles de su avanzada edad consistían en los cabellos agrisados en las sienes y en las ligeras pero permanentes arrugas en el rabillo de los ojos. Dado que se había ganado las últimas riendo ante las extravagancias de la vida, y las primeras sobreviviendo a ellas, las aceptaba ambas sin reproches ni intención alguna de esconderlas. Un militar no esconde sus galones, y para ella eso no era distinto. La vida era una campaña.

—Estás molesto conmigo, Sheridan —le dijo—. No lo niegues; me doy cuenta de que lo estás. Aunque detesto tener que defenderme, no puedo permitir que pienses que te
espío. Cualquier detalle que me llegue a los oídos referente a ti nunca es buscado por mi parte. —Por encima del borde de la delicada taza de porcelana, lady Rivendale vio que la ceja de su ahijado se elevaba una fracción más—. Casi nunca. Por supuesto, esto es cierto en el caso de la señorita Dumont. Yo podría haber vivido feliz el resto de mi vida sin saber que tú tenías tratos con esta mujer, pero fue nada menos que un personaje como lady Calumet quien me repitió el on dit al oído. Lo hizo deliberadamente, no fue un error, sino sólo en mi beneficio. Ella sabe que te adoro.

—Entonces quizá debería extender mis agradecimientos. ¿Será suficiente una nota, o debería hacerle una visita?

Su señoría continuó como si Sherry no la hubiera interrumpido. Él no había dicho en serio nada de lo anterior, y ambos compartían ese conocimiento.

—Dudo que la señorita Dumont sea ni siquiera francesa, así que si va con cuentos acerca de escapar al Terror o de que tiene conexiones con los Borbones para retener tus simpatías y aligerarte los bolsillos, todo eso son mentiras sin sentido. La señorita Duplicidad es como deberían llamarla.

Sherry se alegró de tener el vaso de whisky en las manos y de no haber estado bebiendo de él. Solamente fue por la más casual de las suertes que consiguió tragarse la risa.

—Os lo ruego, no os andéis con rodeos. Si tenéis una opinión, me gustaría oírla.

A diferencia de su amado ahijado, Georgia Pendelton no había reprimido la risa en toda su vida, y no tenía intención de empezar a hacerlo en esos momentos. Nunca se le escapaba ninguna educada risa disimulada. Cuando reía, lo hacía con abandono de la sensatez a favor del placer que le producía una buena carcajada en la garganta. Los hombros y los pechos se unían en esa actividad, pesados al principio y luego simplemente temblorosos, hasta que la primera oleada de diversión pasaba. Había poca delicadeza en esos movimientos, aunque al final, cuando se secaba las lágrimas que se le habían acumulado en los ojos, todo concluía con cierta gravitas.

—Eres un chico endiablado —dijo sin rencor—. Estoy segura de que lo sabía desde el principio. Mira, me has hecho tirar el té. —Dado que hasta la última gota cayó en el plato, la acusación no tuvo el peso de una reprimenda.

Solícito de inmediato, aunque con una formalidad exagerada que convirtió su gesto de preocupación en una parodia, Sheridan se acercó y tomó la taza y el plato de sus manos. Inclinó el plato para que las gotas de té cayeran en la bandeja de servicio, volvió a colocar la taza encima de él y luego le añadió un generoso trago de whisky de su propio vaso.

—Para los nervios —le dijo—. Tomadlo de un trago.

Lady Rivendale se puso en alerta de inmediato.

—¿Qué es eso? No me digas que quieres casarte con esa chica.

—No —dijo él en tono firme—. Lo confieso, la idea nunca me ha pasado por la cabeza. No está aceptado.

Esta vez, la agitación en el pesado pecho de la señora fue de alivio. Ella podría señalarle que por supuesto que estaba aceptado, aunque quizá no del todo bien aceptado. Por molesto que el perfecto sentido del decoro de Sheridan pudiera resultar en ocasiones, había veces, como la que les ocupaba, en que constituía un aspecto de su carácter altamente tranquilizador. Realmente parecía un poco ofendido de que ella hubiera podido considerar, aunque brevemente, esa posibilidad.

—Me alegra profundamente oírlo —dijo ella.

Levantó la taza y dio un largo trago. El whisky combinaba perfectamente bien con el sabor picante del té y la hizo entrar en calor de forma admirable. Le miró, a la expectativa.

—¿Y bien?

—El incidente de la otra tarde en el jardín no fue incruento.

El whisky había conferido un tono rosado a la piel de lady Rivendale. Él había estado en lo correcto al suponer que lo necesitaba.

—Pero no se trató de tu sangre —dijo, con ojos inquisitivos de nuevo.

—No, no fue la mía. —Antes de que pudiera interrumpirle, se apresuró a añadir—: Y no maté, aunque esa idea sí se me ocurrió. Fue el hombre que se precipitó contra mí quien resultó apuñalado.

—Le salió el tiro por la culata, diría. Intentó robarte.

Sherry asintió con la cabeza, pensativo.

—Eso parece.

—¿Albergas alguna duda al respecto?

—No, la verdad es que no. Todo sucedió muy de prisa. La multitud se disolvió casi por completo. Perfectamente comprensible. Podéis imaginar que hubo muchos gritos.

—Una buena parte seguro que provenían de los buenos pulmones de la señorita Dumont.

Él confirmó la observación de su madrina con una leve sonrisa. El recuerdo de las agudas vocalizaciones de Francine después del ataque todavía le resonaba de forma desagradable en los oídos.

—En general, casi todos los testigos que fueron mínimamente creíbles estuvieron de acuerdo en que el hombre tropezó al acercarse y que se apuñaló con su propio filo.

—¿Una herida grave? —preguntó ella—. ¿O le llevarán a la horca por sobrevivir?

—Me temo que no puedo responder a ninguna de vuestras preguntas. Mientras yo era atendido, y la señorita Dumont estaba siendo tranquilizada, se lo llevaron.

—¿Se lo llevaron? ¿Qué quieres decir?

—Sólo eso. Se lo llevaron.

—¿Los vigilantes?

—No, no fueron los vigilantes. Fueron sus cómplices, creo. Excepto para apartarle de mí, nadie mostró ninguna preocupación por él. Que estaba herido era evidente. Tenía el puño del cuchillo hundido bajo las costillas y la sangre caía sobre las piedras. Le salió el tiro por la culata, como habéis dicho. Los mirones se acercaron y cuando la zona estuvo despejada de nuevo, había desaparecido.

—Entonces quizá no resultó herido en absoluto.

—No consigo concebir ninguna razón para una treta tan elaborada, pero no importa. Su herida era real. La sangre de mi camisa y de mi chaleco era muy real.

—No mencionaste la sangre antes.

—En esos momentos estábamos hablando de mis heridas —respondió con una perfecta calma—. Y os recuerdo que no hubo ninguna. Por cierto, el chaleco y la camisa siguieron el mismo camino que mis pantalones. Kearns insistió.

—Hizo bien. —Le miró, pensativa—. Me preguntaba por qué has aceptado con tanta facilidad un whisky esta mañana. No es habitual en ti beber tan temprano. Sherry solamente había aceptado el vaso porque sabía que la mayor parte de él serviría para cumplimentar el té de su madrina, pero si ella creía que él necesitaba reunir coraje para exponerle los hechos de la pasada tarde, él no iba a llevarle la contraria.

—Ha sido considerado por tu parte que vinieras y me contaras todo lo que ocurrió, Sherry —le dijo ella—. Tiemblo al pensar hasta qué punto la historia se habrá tergiversado cuando la vuelva a oír de labios de lady Calumet.

—Sí, exacto.

—Hum. —La mirada de Georgia se hizo un tanto borrosa cuando la depositó en algún punto lejano más allá del hombro de su ahijado e inició la tarea de pervertir los hechos hasta que se adecuaran a su opinión de cómo deberían ser contados—. Tendré que presentarlo como que tú le esquivaste ágilmente. No es agradable pensar que simplemente te quedaste tumbado debajo de ese infortunado hombre. ¿Llevabas un cuchillo, Sherry?

—No lo llevaba.

Ella suspiró, esperaba exactamente esa respuesta.

—No importa. Quizás sea mejor que no llevaras ninguna arma. Colocarte en medio del ladrón y de tu señorita es una tontería romántica, por supuesto, pero es el tipo de cosa que a una mamá que adora a su hija casadera le gustaría oír. ¿Estás seguro de que te encontrabas en compañía de la señorita Dumont, querido? Quizá fuera la señorita Harriet Franklin quien te acompañaba. Creo que estarás de acuerdo en que ella inspira mayor galantería que la señorita Dumont.

—Lo que inspira es un corte de digestión.

Lady Rivendale frunció el ceño.

—¿De verdad? Eso es una pena. Admito tener alguna esperanza en ese sentido.

Sherry se limitó a menear la cabeza y se instaló cómodamente en el sillón orejero, aunque si ella le hubiera ofrecido otro trago de whisky, él se lo habría tomado con la prontitud de un hombre hundido por tercera vez.

Lady Nicholas Caldwell, nacida Cybelline Louisa Grantham, pasó rozando al lado del mayordomo, en el vestíbulo de la casa de la ciudad de su hermano, y se anunció brevemente en la biblioteca de Sheridan. Éste se vio atrapado entre el placer y el desmayo de la misma forma en que no sabía si ponerse de pie o permanecer sentado detrás de su escritorio de pulida madera de cerezo.

Cybelline no esperaba ninguna ceremonia por parte de su hermano, aunque sabía que él estaba demasiado presionado para no ofrecérsela.

—Oh, siéntate, Sherry, si eso es lo que deseas. Estoy muy satisfecha de haber venido.

Se quitó rápidamente el mantón de cachemira de los hombros y se desabrochó los lazos de su sombrero de paja. Luego tiró tanto el mantón como el sombrero hacia la silla de damasco y se dirigió hacia el escritorio como si ella fuera una portadora de estandarte de regimiento. Se detuvo solamente cuando estuvo a centímetros de la silla en la cual él se había hundido con lentitud.

—Quizá sea mejor que te levantes —le dijo—. Tengo que ver con mis propios ojos que no estás herido.

—¿Te ofenderías si me pusiera firme? —le preguntó en tono neutro.

—Bestia.

Sherry apartó la silla y se puso de pie, aceptando someterse de nuevo como objeto del cuidadoso escrutinio de un ser querido. El estudio por parte de Cybelline sólo se diferenció del de su madrina en el tono más acerado de sus ojos grises.

—Tienes buen aspecto, Cyb —le dijo él—. Estás deslumbrante, lo sabes.

—Fulminante.

—Eso también, pero prefiero comentarte los aspectos bonitos.

El ceño desapareció por completo del rostro de ella. Puso la mano sobre la suave curva de su vientre. Solamente estaba de tres meses y no le hubiera importado que su estado fuera más visible.

—¿Cómo es posible que siempre sepas decir lo más adecuado?

—Es el mismo instinto que hace que un zorro corra a su guarida: instinto de supervivencia.

Le dio un golpecito en el hombro con el puño.

—Realmente, eres un animal, Sherry. —Tranquilizada al ver que él no estaba herido, Cybelline se apartó y le permitió que volviera a sentarse. Ella eligió la silla tapizada de damasco para descansar, se colocó un pequeño cojín detrás de la espalda y puso los pies encima de un taburete tapizado. Cuando levantó la mirada se dio cuenta de que la atención de él se había depositado en ella. Se rió—. Sí, Sherry. Voy a tener un niño. De verdad. ¿Tenías dudas?

Él parpadeó. Se llevó una mano hasta el pelo negro, y lo consideró con una expresión de disculpa, si no de perplejidad.

—No lo dudo —le aseguró—. Pero creo que justo ahora esa idea me entra en la cabeza.

Ella asintió. Conocía ese sentimiento. Era próximo a su propia experiencia, pero todavía era más parecido a la de su esposo.

—Le pasó lo mismo a Nicholas. Aceptó la noticia rápidamente, pero sé cuál fue el momento exacto en que lo comprendió. Lo cual es sorprendente, la verdad, cuando uno lo piensa, dado que ése es el curso natural de las cosas. ¿Te das cuenta de que vas a ser tío?

—Lo supe desde el principio, pero comprenderás que hasta este momento haya sido un concepto abstracto.

Contempló los hermosos y familiares rasgos de su hermana. Ahora tenían una expresión más suave que cuando entró en la habitación. Entonces solamente podrían haberse descrito como militares. En esos momentos, una suave sonrisa se dibujaba en sus labios, y el tono rosado de sus mejillas tenía la perfección de una rosa inglesa. nos rizos dorados, de un color miel, enmarcaban su expresión serena como un nimbo de oro. Por supuesto, estaba radiante.

—Tío Sherry —dijo él en voz alta—. Me sienta bien, creo.

Cybelline se pasó la mano por el vientre otra vez.

—Por supuesto que sí. Serás un tío maravilloso. —El tono de su voz había adoptadoun timbre más grave al expresar esa esperanza—. Matrimonio... hijos... tu condición de tío quizá te inspire.

Él emitió un suave gruñido.

—Seguro que has estado hablando con tía Georgia.

—Ella está completamente receptiva sobre este tema, aunque no es por eso por lo
que he venido hoy.

Sheridan estaba convencido de que así era, pero se preguntó si debería alegrarse de ello. Suspiró y decidió tirar hacia adelante. No tenía ningún sentido esquivar el tema
más tiempo.

—¿Qué has oído, y lo que es más importante, en boca de quién lo has oído?

—Me hubiera gustado oírlo de tu boca —dijo con un tono de reprobación—. Dado que tú no me lo contaste, escuché la historia en boca de la señorita Arbuthnot y lady
Dorsey.

—Entonces tu círculo literario de señoritas se ha dejado encantar por la historia. Supongo que esto puede ser un consuelo para mí. Si mi pobre aventura tiene que ser
embellecida, debe serlo por las mejores mentes. Venga, cuéntamelo.

—Los detalles son los siguientes —dijo, levantando una mano para ir enumerándolos con los dedos—. Fuiste agredido por unos asaltantes en Covent Garden. —Tic—. Acabaste con uno de ellos pegándole un potente puñetazo que le rompió la nariz, y con el otro utilizaste tu propio cuchillo para clavárselo en las tripas. —Tic. Tic—. La señorita Dumont se puso en evidencia chillando como una posesa mientras te atacaban. —Tic—. Y cuando todo hubo acabado, les diste a los vigilantes suficiente dinero para que se ocuparan de tus otrora víctimas de forma adecuada. —Tic.

Sherry contempló la mano abierta de su hermana durante un buen rato antes de hablar.

—Vaya. Esas bromistas le han dado un buen giro a la historia. Tía Georgia la ha tejido con más urdimbre que trama. Sospecho que cuando llegue al club esta noche, sólo la modestia me impedirá admitir que me enfrenté con media docena de la peor ralea de Londres.

—¿Nada de esto es cierto? —preguntó Cybelline.

—Te ha alicaído —le dijo, observando la expresión decepcionada en sus labios—. Y lo siento. Siéntete libre para aumentar la historia si te apetece.

—No estoy decepcionada —dijo con terquedad—, y no voy a tener nada que ver en perpetuar la mentira. ¿Cuál es la verdad?

Él se la contó. Cuando hubo terminado, vio claramente que ella ya no podía negar su decepción.

—¿Es singularmente poco heróico, verdad?

—¿Te tumbaron sin más? —le preguntó ella.

—Así fue.

—¿No intentaste apartar a la señorita Dumont de en medio?

—Ella misma se apartó con gran facilidad. El hecho de que se pusiera a chillar como una posesa no me dispuso en ánimo de salvarla.

—Entonces, esa parte era cierta.

Él se dio unos golpecitos en la oreja con la palma de la mano.

—Es triste, pero es así.

—¿No le clavaste el cuchillo a tu asaltante?

—Ni siquiera pude ocuparme de mí mismo.

—Pensé que podría ser así.

Él la miró con atención.

—¿Hubieras preferido que la historia fuera cierta?

—¡No! —La respuesta sonó forzada y su fuerza se disipó demasiado de prisa—. No —repitió en tono más convincente al cabo de un momento—. No tuviste oportunidad de defenderte.

—Quizá no lo hubiera hecho.

—No lo creo.

Él se encogió de hombros.

—Cuando la situación te pone ante la elección de el dinero o la vida, sólo hay una respuesta sensata. No me gusta el hecho de que la petición ni siquiera fuera realizada.
Me pareció una mala manera que simplemente se precipitara contra mí.

—¿Una mala manera? —preguntó Cybelline con voz débil—. ¿Ésa es tu descripción de los métodos del asaltante? Realmente admiras las buenas maneras.

—No lo niego. ¿Por qué debería hacerlo? Toda profesión debe tener sus métodos básicos. ¿Cómo juzgar el éxito, si no?

—Vaya, Sherry, estás decepcionado por el hecho de que él no fuera mejor.

A pesar de que quedaba claro que su hermana estaba sorprendida ante esa idea, Sherry no comprendía el porqué de ello.

—Por supuesto. ¿De qué otra forma se supone que yo podía desenvolverme? Podría haberme enfrentado a él y vencerle. Quizá no de forma digna, pero sí preferible a quedar atrapado por el peso muerto de su cuerpo y sin respiración. Podríamos habernos peleado por el cuchillo si no se le hubiera clavado en el costado. Él fue tan inepto que tropezó al avanzar y se clavó esa cosa él mismo.

Cybelline frunció el ceño.

—¿Estás seguro de que no tuviste nada que ver con ello? Parece condenadamente extraño que hiciera eso. —Se puso de pie y atravesó la corta distancia hasta el escritorio, de donde tomó el abrecartas de plata que se encontraba colocado con cuidado en el centro. Lo sostuvo por la empuñadura grabada como si fuera a apuñalarle a él y luego jugó con él para ver cómo se lo podía clavar ella misma. Le dio
la vuelta en la mano, lo agarró por el extremo más afilado y lo intentó otra vez.

—Maldita sea —dijo él.

Ella levantó la vista, asustada, y se dio cuenta de que él la había estado observando con atención.

—Vaya, Sherry, tú nunca maldices.

Él no se disculpó por haberlo hecho.

—Déjalo antes de que te hagas daño de verdad a ti y a mi sobrino o sobrina.

Ella bajó la vista y se dio cuenta de que todavía tenía la punta del filo a unos centímetros del costado.

—Esto es lo que estabas haciendo antes de que yo viniera —le dijo. Segura de que estaba diciendo la verdad, no esperó a que él se lo confirmara—. Te estabas preguntando cómo sucedió.

Sherry alargó la mano y esperó a que ella le depositara el abrecartas en la palma. Para evitar más tentaciones, abrió un cajón debajo del escritorio y lo guardó dentro de él.

—Es una cuestión de mera curiosidad —dijo como explicación. Hizo un gesto con la mano invitándola a sentarse otra vez antes de volver a sentarse él mismo—. Tal y como he dicho, todo sucedió con una rapidez asombrosa. Resulta difícil ordenar los detalles en la mente.

Cybelline no creía que Sherry hubiera experimentado esa dificultad antes. Era analítico hasta la locura. La tía Georgia afirmaba que se trataba de un fallo de carácter, aunque lo explotaba alegremente cada vez que la ayuda de Sherry era necesaria para resolver algún tipo de problema molesto. Mirándole con suspicacia, le preguntó:

—No estabas bebido, ¿no?

—No. —El hecho de que se lo preguntara le sorprendió—. Ya sabes que no bebo en...

—Exceso —acabó ella—. Sí, lo sé. Entorpece la mente, reduce las facultades. Mal estado físico y demás.

Le molestó un poco que sus puntos de vista sobre ese tema se expusieran de forma tan desdeñosa, pero excepto por la elevación de la ceja en una mínima fracción, no reaccionó. De todas formas, Cybelline estaba llegando al centro de su discurso y no iba a dejarse interrumpir fácilmente.

—Me preguntaba por la influencia de la señorita Dumont. Se sabe que es una persona que invita a...

—¿Los excesos? —dijo Sherry en tono neutro.

—La excitación. —Se aclaró la garganta y continuó—. Me doy cuenta de que te parece impropio que yo saque el tema de tu querida, pero yo...

—Impropio y de mal gusto.

—Muy bien —dijo ella aceptando el callado reproche como adecuado—. Impropio y de mal gusto. A pesar de ello, eso no reduce la necesidad de hablar llanamente. Te quiero con locura, Sherry, pero me gustaría que te colocaras en situaciones mejores. Su reputación le confiere todos aquellos rasgos que tú detestas. No tiene corazón, Sherry. Es el oportunismo, no los principios, lo que la guía.

—A pesar del riesgo de animarte a que continúes nadando por aguas tan peligrosas, Cyb, permíteme decirte que no tengo ningún interés en el corazón de la señorita Dumont, y no me sentiría halagado si ella quisiera unir el suyo con el mío. Te equivocas, no obstante, al decir que no tiene principios, y estás en lo cierto cuando dices que ella decide su camino cuando una oportunidad se le presenta. Ambas cosas no son excluyentes entre sí.

—No me gusta su influencia —dijo Cybelline en tono áspero.

Se hizo un momento de pausa, y luego Sherry soltó una sonora carcajada.

—Confieso que he sido lento en pillar el tema, pero me doy cuenta de que tus argumentos no tienen nada que ver con la influencia de la señorita Dumont. Mi desastroso tropiezo con los asaltantes es solamente una excusa para que me enumeres de nuevo los motivos por los cuales la señorita Anne Meadows debe resultar de mi interés.

El rubor que apareció en el rostro de Cybelline hacía inútil cualquier tipo de defensa.

—Tú mismo has admitido que es pasablemente encantadora.

—Creo que dije que es encantadora al pasar de largo.

—Y le ofreciste el gran cumplido de decir que no estaba exenta de inteligencia.

—Igual que no lo están las criaturas más insignificantes de Dios.

—Cuando trataste con ella en Almack declaraste de forma bastante convincente que tenía cualidades.

—Para contar los pasos —repuso él—, no para ejecutarlos.

Cybelline intentó que Sherry se desmintiera dirigiéndole una mirada acusadora y dura, pero fue inútil. La sonrisa de él disipó la intención de ella de continuar presionándole.

—A partir de este momento, desconfiaré de todos tus cumplidos.

—¿Por qué? Siempre digo lo que pienso.

—Pero no todo aquello que piensas. Comprendo que en esto existe una importante diferencia.

Él esbozó media sonrisa mientras la miraba con expresión de aprobación.

—Tú tampoco estás exenta de inteligencia.

Ella rió y alargó la mano para tomar el sombrero.

—Voy a retirarme antes de que mandes más insultos en mi dirección.

Sherry se puso de pie.

—Ha sido atento por tu parte venir. Yo hubiera ido a visitarte hoy, puedes estar segura.

—Lo sé —lo dijo en voz baja mientras se anudaba las cintas del sombrero a un lado de la barbilla—. Pero ese on dit resultaba tan alarmante como delicioso y no podía esperar a que me lo contaras todo. —Dudó un momento—. ¿Tendrás cuidado, verdad, Sherry? No creo que pudiera soportar que te sucediera algo malo.

Él rodeó el escritorio para colocarse delante de su hermana. Tomó las manos de ella entre las suyas y le dio un ligero apretón.

—Mírame, Cybelline. —Cuando ella lo hizo, él se dispuso a calmar sus miedos—. La señorita Dumont no tiene ninguna culpa de lo que sucedió la otra noche. Lo del teatro fue idea mía, al igual que lo fue el paseo de después. Yo me preparaba para el inevitable y desagradable final de la noche, dado que estaba decidido a romper con ella. Ahora, ¿estás satisfecha? Te he contado más cosas de mis asuntos privados de lo que tenía intención de hacer, y no te lo estoy contando porque me lo hayas preguntado, sino porque detesto la idea de que ni tú ni la tía Georgia os podáis felicitar por haber influenciado en esta conclusión.

A Sherry no se le escapó el ligero sobresalto de su hermana, aunque ella realizó un intento admirable de ocultarlo.

—Vaya —dijo él, divertido y acusador al mismo tiempo—. Me doy cuenta de que vas a otorgarte méritos a pesar de mis esfuerzos en lo contrario. Te advierto que tengas cuidado, de todas maneras, porque todavía no he roto y quizá me sienta inducido por motivos maliciosos a reconsiderarlo.

—No lo harás —dijo ella con tono de certeza—. No tienes ninguna intención maliciosa.

—Quizá —repuso—, pero harás bien en no plantar esa semilla.

Cybelline se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Le resultaba sencillo olvidar el porte alto e impresionante que tenía. Al tener que ponerse de puntillas lo recordó.

Él la hizo bajar con un gesto amable.

—¿Vendrás a cenar esta noche, Sherry? —le preguntó.

Él tomó su chal y se lo colocó en los hombros.

—Voy al club a jugar a las cartas, luego tengo un asunto de negocios que debo atender.

Ella se dio cuenta de que hablaba de la señorita Dumont. Era raro, pensó, que un acuerdo con una querida no fuera otra cosa que un asunto de negocios. ¿Siempre era
así?, se preguntó. ¿O siempre era así para Sherry?

A Sherry no le gustó la mirada especulativa que vio en los ojos de su hermana. La tomó del codo con suavidad y la acompañó en dirección a la puerta. Al notar que ella caminaba por su cuenta, la soltó.

Cybelline no se detuvo hasta que llegó a la puerta. No se dio la vuelta por completo, sino que echó un vistazo hacia atrás por encima del hombro.

—¿Sabes, Sherry, que creo que la señorita Dumont es la mayor tonta por dejarte ir?

 

Francine Dumont no era una tonta. Sherry lo había tenido muy en cuenta al escoger la pieza de joyería que le serviría para terminar esa asociación de una forma amistosa. Se sentía afortunado de que no le hubieran robado la pasada noche. El desafortunado asaltante podría haberse hecho con la cajita de terciopelo que había llevado al teatro y cuyo valioso contenido eran unos pendientes de esmeraldas. La posibilidad de perderlos no hubiera valido el precio de poner su vida en riesgo, aunque no estaba seguro de que Francine hubiera pensado lo mismo.

Se encontraba tumbado en la cama, tranquilo, aunque no precisamente satisfecho, y miraba hacia el techo. Al lado de la cama, la llama de la vela ardía y creaba unos juegos de luz y sombras sobre el yeso del techo que le llamaban la atención.

—¿Quizá estás pensando en la otra noche? —Francine Dumont se apoyó en un codo y miró el perfil del rostro de Sherry—. ¿Qué sucede, Sheridan? Tienes pensamientos
profundos, non?

—No.

—Entonces, no son pensamientos muy decentes, ¿eh? —bromeó ella con un fuerte acento inglés—. D’accord. Yo tengo una debilidad por tus pensamientos poco decentes.

Los míos te van a gustar. —Colocó dos dedos de la mano encima del pecho de él y empezó a caminar con ellos hacia su pelvis. Él le sujetó la muñeca justo cuando introducía la mano debajo de la sábana y ella frunció el ceño—. Qu’estce que c’est? ¿No te encuentras bien?

—Ésta es la última vez que te hago una visita.

Est-ce que c’est vrai? ¿Es eso cierto?

—Sí.

Ella se sentó en la cama. Sus pechos se elevaron, invitadores, cuando ella se echó el pelo por detrás de los hombros. Se dio cuenta con cierta satisfacción de que los ojos de él seguían sus movimientos y estiró el cuerpo deliberadamente, arqueando la espalda para tentarle con los pezones rosados.

—Nunca dije que no tuvieras tus encantos —le dijo él.

La falta de inflexión en la voz de él le hizo darse cuenta de que estaba derrotada antes de haber disparado la primera salva. Para salvar un mínimo de orgullo, le dijo:

—Puedo hacer que me desees.

—Nunca lo he dudado. —Su pene estaba creciendo en esos momentos.

Dejarla no tenía que ver con aquello que ella podía ofrecerle sino con aquello que no podía ofrecerle. No intentó explicárselo a ella; ella no lo comprendería. Por supuesto,
el acuerdo con ella se debía en gran parte al hecho de que ella no podía comprender. Ella no era complicada en ese sentido, y él no deseaba una vida complicada. Un acuerdo directo era lo que había querido, y eso era precisamente lo que había recibido. En ese sentido, estaba bien. Muy, muy bien.

Sherry vio que los generosos labios de ella no sonreían.

Tu es agitée —le dijo con suavidad—. Je comprends, et je regrette.

Merci.

Sherry rió con la boca cerrada y se incorporó en la cama.

—Sería inteligente por tu parte que dedicaras parte de tus ganancias a unas lecciones de francés. He dicho que estás molesta y que yo lo comprendía y que lo siento. Eso no era exactamente un cumplido.

—Entonces, no deberías pronunciarlo como si lo fuera —repuso ella, cortante.

Ahora Sherry sonrió. Su mala pronunciación del inglés era evidente por su ausencia.

—Los trucos siempre han estado por debajo de ti, Fanny.

—Oh, no me llames así. Detesto ese nombre.

—Es un nombre perfectamente normal. ¿Es de verdad el tuyo?

Ella alargó la mano para tomar la bata de seda que se encontraba a los pies de la cama y se la puso.

—Sí —dijo, tragándose esa última sílaba mientras se anudaba el cinturón de la bata—. No Francine o Francesca, ni siquiera Francis. Fanny.

—¿Y tu apellido? ¿Es Dumont? —Él parpadeó sorprendido al ver la mirada que ella le dirigía—. Oh, no —continuó, pensándolo mejor—. No me lo digas... Du mont... montaña... —Levantó una mano para detenerla. No podía permitir que ella quisiera arrancarle los ojos—. Hill —dijo—. Tu nombre de nacimiento es Fanny Hill.

Sherry tuvo que moverse rápidamente. Ella le había tirado una almohada a la cabeza y ya estaba intentando coger el cepillo de pelo que se encontraba en la mesilla de
noche. Él lo esquivó cuando éste pasó volando al lado de su cabeza.

—¡Basta! Una tregua.

Esto le costaría caro, sospechaba él, pero valía la pena pagar hasta el último centavo. La miró con la misma desconfianza con que ella le miraba a él.

—¿Has terminado?

Fanny relajó la mano con que sujetaba el espejo. Era su espejo favorito, y no le hubiera gustado que se rompiera. Eso, más que la petición de tregua de Sheridan, fue lo que la decidió.

—No soy esa Fanny Hill —dijo con énfasis—. Ella era... era... común.

—Por supuesto que no lo eres.

Él no le explicó que John Cleland había escrito Memorias de una cortesana hacía más de cincuenta años. Se preguntó si ella habría leído el libro o si alguien le habría hablado de las aventuras eróticas de su heroína, Fanny Hill. Decidió que se trataba de lo último, porque si no fuera así, ella no habría calificado a la señorita Hill de «común». A él siempre le había parecido que Fanny Hill no tenía la carga de la culpa y que el placer la había liberado, lo cual la convertía en una mujer muy poco común en cualquier época.

—Me doy cuenta de que no aprobarías ninguna comparación —le dijo—, pero no es una mujer que no tenga virtudes.

La desconfiada mirada de Fanny no cambió, pero finalmente dejó el espejo a un lado.

—¿No se lo dirás a nadie?

—Un caballero no hace ese tipo de cosas. Inexplicablemente, Fanny pensó que iba a llorar. Se resistió a esa emoción y se apartó de la gran cama.

—Quiero tener la casa por lo menos un mes más, quizá dos.

Sherry había encontrado sus calzones y se los puso. Era de la inquebrantable opinión de que las negociaciones se llevaban a cabo mejor si uno llevaba puestos los pantalones.

—Estoy dispuesto a ofrecerte tres, pero no creo que necesites tanto tiempo para encontrar otro protector.

—¡Oh! —exclamó ella, interesada a pesar de sí misma—. ¿Has oído voces de algo?

—Algo —repitió él—. ¿Conoces a Makepeace?

—¿El señor Charles Makepeace?

—El mismo.

—¿Está interesado en un acuerdo?

—No puedo decir que sea así, pero estoy seguro de que eso dependerá de ti. Sé que se encuentra en una vía muerta.

Ella lo pensó.

—Un hombre nunca funciona bien en ese estado.

—Eso es exactamente lo que pienso yo. Es cuando estamos más vulnerables.

—Tú no, Sheridan. Tú tienes una manera propia de ser implacable. No creo que nunca te hayas encontrado en una vía muerta. Acabarías con esa situación inmediatamente.

Ella estaba más cerca de la verdad de lo que él habría creído posible. Antes de que ella pudiera llegar a la conclusión lógica que se deducía de eso y que se diera cuenta de que eso era precisamente lo que él estaba haciendo en esos momentos, señaló su levita.

—Te he traído un regalo.

Vio que la mirada de ella se iluminaba y supo que ya no pensaba en vías muertas. La avaricia era, quizá, la más honesta de sus emociones, y él no la culpaba por ello. La observó mientras ella rebuscaba en la levita y se reía, encantada, al encontrar la cajita.

—¡Oh, Sherry! —exclamó casi sin respiración, impresionada al ver las esmeraldas—. ¡Qué joyas tan bonitas!

Él cruzó la habitación y se colocó a su lado.

Regardes-moi, mon petite. —Le tocó el hoyuelo de la barbilla y le hizo mover el rostro, encantadoramente ansioso, hacia él—. Francine Dumont lo diría exactamente
de la siguiente forma: Quels jolis bijoux!

Sólo hicieron falta tres días más para que Sherry arreglara sus otros asuntos. Ninguno de ellos tenía relación con ninguna mujer, así que escoger los regalos con cuidado no le retrasó la partida al campo. Anuló todos los compromisos del mes siguiente enviando sus disculpas sin ningún tipo de explicación que las acompañara. Sabía que las malas lenguas darían por sentado que su partida se debía a que había matado al ladrón. No existía ninguna forma de cambiar esa versión, y Sherry ni siquiera lo intentó. Volvió al lugar del robo fallido en busca de alguna pista, pero nadie que fuera susceptible de tener alguna información quiso hablar con él.

Las bandas de las peores calles de Holborn, las que vagaban por Covent y Vauxhall, y los pupilos de las escuelas del crimen que se asentaban en St. Giles-in-the-Fields y en St. Martin’s formaban un grupo muy cerrado. Hablar con ellos era un desafío, porque cuando no querían ser comprendidos hablaban con una entonación que era indescifrable a sus oídos. Se trataba de inglés, ciertamente, pero aquellas frases le resultaban más extranjeras que el francés para Fanny Hill.

Las preguntas sobre el ladrón, incluso las más inofensivas relacionadas con su salud, eran recibidas con miradas inexpresivas o suspicaces. No había nadie que quisiera aceptar dinero para el cuidado del hombre. De todos modos, había muchos que lo hubieran cogido; por supuesto, debía comprobar a menudo en los bolsillos que todavía lo tenía, pero no albergaba ninguna fe en que sus soberanos se utilizaran en ningún momento ni para el cuidado del hombre ni para su entierro.

Al final no pudo hacer nada más que acabar con la situación. La señorita Hill tenía razón al decir que él no soportaba eso. Era exactamente como ella lo había dicho: él tenía su propia manera de ser implacable. A Sherry no le importaba en absoluto que los gabachos pensaran que escapaba de algo. La verdad era que se precipitaba hacia algo, y ya había tomado esa decisión un mes antes de la noche de Covent Garden. Tomar esa decisión fue lo que le condujo esa noche a la ópera, no a la inversa.

Londres nunca ejerció en él la fascinación que ejercía en otros de su clase. Le gustaba jugar a las cartas, por supuesto, la camaradería de los clubes, la política dentro y fuera del Parlamento, las mujeres dentro y fuera de la cama, un baile de vez en cuando, pero la agitación de todo ello le aburría hasta la locura. Mantenía la casa porque pertenecía a la familia, y no podía ignorar todas las responsabilidades de su posición en la ciudad, pero era sólo en Granville donde podía renovar su espíritu.

Necesitaba respirar aire limpio, pintar cuando le apeteciera, cabalgar a través de los campos verdes, enterrar las manos profundamente en la tierra fecunda de la granja y renovar sus amistades a su ritmo, no bajo demanda.

Sherry estaba de pie, de espaldas a la entrada de la biblioteca, realizando la última inspección en los estantes para ver si se había dejado algún volumen que le apeteciera llevar consigo. El carruaje ya se encontraba ante la entrada de la casa, y Kearns llegaría pronto para informarle de que todo estaba a punto.

El alboroto que se oyó de repente en la entrada no le hizo volverse hacia allí. La breve atención que le dedicó consistió en pensar que su ama de llaves se ocuparía de ello. Lady Ponsonby conocía cuáles eran sus obligaciones y sabía lo que le gustaba. Nunca había sucedido nada de lo que ella no se hubiera podido ocupar. El grito, cuando se oyó, le preocupó un tanto, pero lo dejó pasar. No reconoció la voz. Tenía un timbre juvenil y toda la energía que solamente un joven podía expresar. La verdad es que le hizo sonreír. Un muchacho de la cocina, sin duda, enojado por alguna tarea que se esperaba que realizara y demasiado tonto para darse cuenta de que lady Ponsonby no le dejaría salir de la cocina.

Se oyó otro grito, más bien de llanto esa vez. Pero se trataba de una voz distinta. Y luego otro grito de llanto, sí, un llanto definitivamente esa vez. Lady Ponsonby, decidió.
Un chillido, aullidos, insultos y más gritos, algunos de ellos sonaban en un idioma extranjero.

Incapaz de imaginar qué era lo que lady Ponsonby no podía manejar, Sherry se dio media vuelta y caminó despacio hacia la puerta abierta. Su presencia y una única ceja arqueada tuvieron el efecto deseado: un silencio inmediato. El problema fue que no duró lo suficiente. Al cabo de un instante, tres de los golfos callejeros más desaliñados que nunca había visto empujaron a lady Ponsonby y se abalanzaron sobre él. Él dio un paso a un lado de tal forma que cuando ellos se detuvieron se encontraron atrapados en la biblioteca.

—Voy a mandar que llamen a las autoridades —dijo lady Ponsonby.

—Un momento —le ordenó Sherry—. Ya os avisaré cuándo.

Sherry ya se dirigía hacia la biblioteca en el momento en que lady Ponsonby abría la boca, sorprendida. Cerró la puerta con firmeza ante ella y se volvió hacia sus visitantes, que no invitados. Tal y como sospechaba, empezaron a hablar todos a la vez y no comprendió ni una palabra.

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