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CAPÍTULO 1
Yorkshire, 1816
Un grito atravesó la oscuridad.
Balthazar Wycherley, el séptimo conde de Braven—conocido por sus amigos como Brave—, se quedó
paralizado mientras un estridente chillido le helaba la
sangre. Nunca había oído nada parecido. En una noche
húmeda y fría como aquélla, ese sonido parecía algo
maldito.
El aullido fantasmal resonaba contra los árboles que había a su alrededor, desvaneciéndose en un susurro sobrecogedor mientras el viento de octubre lo arrastraba. Levantó la vista hacia las nubes, imposibles de distinguir en el cielo oscuro, salvo donde el roce glacial de la luna las convertía en bocanadas de luminosa plata. Quizá no fuera un fantasma que traía la noticia de su fallecimiento. Quizá era un espectro del pasado. O más probablemente, el de su conciencia culpable. El bosque estaba ahora en perfecto silencio. Ningún fantasma salía de la oscuridad para reclamar su alma. El corazón todavía le palpitaba en el pecho. Con una incómoda determinación, por cierto.
Se quedó allí un momento, intentando escuchar el ruido de cadenas fantasmales antes de reírse amargamente. Así que en eso se había convertido, en un cobarde asustado en el bosque, esperando a que los muertos vinieran a reclamar su venganza, la venganza de ella. Otro grito desgarró la noche, erizándole el cabello de la nuca y haciendo que el corazón casi se le saliera del pecho. Si aquello era un fantasma, era uno aterrorizado.
Brave no pensó. Simplemente reaccionó. Corrió en la dirección del grito, lanzándose entre los árboles y esquivando raíces que lo habrían hecho tropezar, con la agilidad de quien conoce la tierra como su propio rostro. La angustia crecía en su interior, lo guiaba. Tenía que encontrar a la mujer cuyo miedo le producía escalofríos. Era incapaz de decir si lo hacía por heroísmo o con la esperanza de encontrarse cara a cara con el fantasma que lo obsesionaba.
Era incapaz, o no quería decirlo.
Segundos después, ya estaba en la orilla del Wyck. Las últimas lluvias habían hecho crecer el río, que se arremolinaba y rugía en su lecho. La luz de la luna se derramaba por su cauce y plateaba las crestas de las ondas sobre una agua que parecía de tinta. Se estremeció al pensar en lo fría que estaría en esa época del año. Se alzó un brazo en la embravecida corriente, y abrió totalmente los ojos al darse cuenta de que ese brazo pertenecía a una joven que se aferraba tenazmente a una gran roca en la parte más agitada del río. Observó, con la boca seca por el terror, cómo luchaba por agarrarse a la piedra resbaladiza mientras la corriente la empujaba. Si se soltaba, el río la mataría. Cielo santo.
—¿Miranda?
—¡Por favor, ayúdeme!
No, no era Miranda. Esa voz era demasiado débil y estaba demasiado viva para ser de Miranda. Y dependía de él que siguiera estándolo.
—¡Agárrate fuerte! —gritó Brave, haciendo bocina con las manos para que lo oyera. Había un puente a sólo unos cuantos metros corriente arriba. Podía cruzarlo e intentar rescatarla desde la orilla opuesta; aunque no se le ocurría cómo realizar tal hazaña. Pasó una eternidad mientras corría hasta el puente. Al dirigirse hacia ella, vio que la muchacha forcejeaba para mantener la cabeza sobre el agua, mientras la agresiva corriente la golpeaba una y otra vez con sus olas.
Jadeando, se encaramó a la roca un poco más. Tenía la cara crispada por el esfuerzo. Brave se detuvo junto a un altísimo y viejo árbol, y se dio cuenta de lo difícil que iba a ser rescatarla. Tendría que arriesgar su propia vida. Arrojó sus guantes al suelo. Ella lo miró fijamente bajo la helada luz de la luna, con una expresión a la vez de alivio y de temor. Sus ojos, muy abiertos y oscurecidos por el pánico, eran casi demasiado grandes para su cara. Sólo Dios sabía cuánto tiempo llevaba agarrada a aquella roca. Si el frío no la vencía pronto, la tensión en sus hombros lo haría. Como para demostrarle a Brave lo fría que estaba el agua, una ola le salpicó el rostro de espuma. Fueron como pinchazos helados contra sus mejillas. Maldita caballerosidad.
—¿Braven?
Lo inundó la sorpresa. Ella lo conocía. Asustado, y con bastante recelo, la miró con atención. El largo pelo rubio que parecía de plata sucia a la luz de la luna le oscurecía parte de la cara. Pero no era posible confundir a la dueña de aquellos enormes ojos de niña abandonada y pronunciada nariz. Era Rachel Ashton, la hija de uno de los mejores amigos de su padre. Razón de más para salvarla. Rachel estaba en grave peligro de ahogarse, por no mencionar una congelación mortal. Y sólo él podía ayudarla.
Había pasado bastante tiempo desde la última vez que salvó a alguien. No era suficiente con desearlo. Borrando el pasado de su mente, Brave se quitó el abrigo y se remangó la camisa. El aire otoñal penetraba a través de la fina tela. Se estremeció al pensar que el río estaba mucho más frío.
—¿Qué estás ha... haciendo? —gritó Rachel.
—¡Rescatarte! Si todo sale según lo planeado.
Echando un vistazo a las ramas que colgaban justo encima de su hombro, Brave vaciló. Lo que pensaba era una locura; a los sirvientes les daría un ataque cuando lo descubrieran. Era extraño pero, pese a lo descabellado que parecía su plan, no había estado tan seguro de algo en mucho tiempo. Quizá eso aliviaría el dolor por aquella a la que no había salvado.
Agarrándose a una rama baja, Brave saltó hacia arriba con sorprendente facilidad. Se le pegaron en las palmas enrojecidas algunos trocitos de corteza, que restregó contra sus pantalones antes de acomodarse en posición horizontal. Avanzó poco a poco por la rama del árbol, bien aferrado para mantener el equilibrio y hacer palanca. La corteza iba arrancando los botones de su chaleco. Elárbol era viejo y sólido, pero Brave no había comprobado su resistencia desde que era un niño, y ahora tenía más envergadura que entonces. Menuda ayuda si se caía en el agua junto a ella. Podía nadar, pero ¿podría con el peso de ambos contra la corriente?
La rama no cedió. Satisfecho por ello, se arrastró hacia adelante hasta quedar suspendido directamente sobre Rachel. Ella levantó la vista, muda y con los ojos muy abiertos. Era una mirada que Brave conocía; una expresión desesperada de la que sólo las mujeres parecían capaces. Miranda lo había mirado exactamente igual.Apartó de su mente la insistente visión de unos ojos llenos de lágrimas y volvió a centrarse en lo que estaba haciendo. Era la única oportunidad de Rachel, y no tenía la más mínima intención de defraudarla.
—Espero que esto funcione —murmuró, antes de tomar aire y echarse a un lado. El mundo quedó al revés.¿Cómo se metía en esas situaciones?
Porque las iba buscando. Desde que era pequeño había hecho siempre lo posible para rescatar a toda criatura que lo necesitara. Aunque no siempre con éxito.«Por favor, Dios mío, no dejes que falle esta vez.» Bajo él, Rachel soltó un gemido entrecortado ante su temerario movimiento. Él se habría reído, de no ser porque estaba colgando cabeza abajo como un murciélago, o un perezoso péndulo, sobre el río embravecido. Sabía que sus piernas y la rama podían soportar el peso, pero ¿podrían soportar también el peso de Rachel? El río la arrastraba, tirando de ella hacia su gélido seno. Rachel se irguió intentando recuperar el aliento.
—¡Agárrate a mi mano! —gritó Brave sobre el clamor del agua.
Le rozó la mejilla con los dedos al intentar alcanzarla. Tenía la piel helada, pero suave y sedosa. La impresión casi lo hizo apartar la mano. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que tocó por última vez a una mujer? A pesar de que estaba aterrorizada, Brave no tuvo que decírselo dos veces. Rachel se agarró a su brazo con una mano y después con la otra, gimiendo mientras la corriente parecía que se la iba a llevar.
—Está bien —dijo Brave cuando se aseguró de que la rama no se iba a romper, al menos de momento—. Te tengo.
Sí, pero ¿qué iba a hacer con ella? No tenía ni idea de cómo llevarla hasta la orilla; a no ser que la levantara, e intentar levantar algo que probablemente pesaba más de cincuenta kilos mientras colgaba cabeza abajo no iba a ser nada fácil. Además, sería el doble de difícil si esos cincuenta kilos largos estaban también empapados.
—Maldita sea. —Bajó la mirada hacia ella, consciente de que la sangre le estaba bajando a la cabeza y se empezaba a marear—. Aguanta. Pase lo que pase, no te sueltes. —Un calor difuso empezó a darle vueltas en la cabeza.
—¡No te preocupes! —chilló Rachel—. ¡No lo haré!
Con una determinación fruto de saber que o actuaba entonces o la dejaba morir, Brave apretó la mandíbula, tomó aire y empezó a izarse hacia la rama. Sus hombros crujieron, los músculos del estómago le quemaban y sintió como si los ojos se le salieran de las órbitas, pero consiguió alzarse hasta que fue capaz de agarrar la rama con su mano libre. El peso de ella amenazó con tirarlo hacia abajo. Era una joven fuerte. Brave había tenido suerte de que se llevaran los trajes muy finos. Si hubiera vestido algo más pesado que su empapado traje de muselina y su ligera pelliza, nunca habría sido capaz de levantarla.
Agarrándose a la rama en un abrazo mortal, tensó cada músculo de su cuerpo para ponerse sobre el tronco, y se aferró a la áspera corteza mientras el mundo de pronto se volvía borroso. Le dio vueltas la cabeza, sintió un hormigueo, un mareo, y todo lo vio de colores.
—¡Oh, Dios mío! ¡Por... por favor, no te desmayes! —gritó Rachel, mientras le dislocaba lentamente el brazo del hombro.
Él sonrió con suficiencia, aunque no sabía con seguridad cuál de las imágenes que bailaban ante sus ojos era verdaderamente ella.
—Intentaré no desvanecerme hasta que mi brazo esté completamente dislocado. —Se le empezó a aclarar la visión. Sacudió la cabeza—. Ahora voy a tirar de ti. Cuando te suba hasta donde yo estoy, quiero que te cojas a la rama.
Ella asintió y Brave apretó los dientes. El dolor en su hombro era casi intolerable, pero estaba acostumbrado al dolor. Con la mano libre, tomó el otro brazo de Rachel y empezó a levantarla. Cuando, por fin, bajaron del árbol, Brave estuvo a punto de desplomarse sobre la hierba. Le castañeteaban los dientes. Se apoyó débilmente contra el grueso tronco. La corteza se le clavaba en la piel, pero no le importó. Estaría en baja forma a la mañana siguiente.
—¡Oh, Braven, muchas gracias! —Rachel se abrazó el cuerpo tembloroso y se tambaleó—. Ha... habría muerto si tú no hubieras... aparecido. Yo... qué espanto... morir así.
Él se rió sin alegría. Había cierta ironía en el hecho de que le permitieran rescatar a la chica que no había querido morir. Quizá había un gran plan para el mundo, después de todo. O simplemente había tenido suerte esta vez.
—Me alegro... —las palabras le fallaron al levantar la vista hacia ella. De pie y con el cuello fuera del agua, era definitivamente digna de contemplar.
Un ángel, de hecho. ¿Había sido siempre tan preciosa? Algunos pálidos mechones de cabello le caían por la cara y el esbelto cuello. La fina pelliza y el vestido se pegaban a sus curvas como una segunda piel. Sus grandes ojos parecían brillar con una luz etérea. Sus labios...
—¡Oh, Señor! ¡Tus labios se están poniendo azules!
Fue tambaleándose hasta donde había arrojado su abrigo y le envolvió con él los temblorosos hombros. No podía mirarla, no hasta que su cara recuperara el color. Aquella palidez glacial le traía demasiados recuerdos. Rachel tembló, apoyándose en él.
—Gra... gracias.
—Vamos, tienes que secarte.
Ella no replicó y Brave la ayudó a levantarse. Tampoco preguntó adónde la estaba llevando. Él supuso que estaba demasiado entumecida para que le importara, o que simplemente había dado por sentado que la llevaría a Wyck’s End. Llevándola de la mano, intentó concentrarse en calentarle los dedos, no en lo delicados que eran, ni en lo grande que parecía su propia mano en comparación. Había pasado mucho tiempo desde que sostuvo por última vez la mano de una mujer. Sólo un hombre que hubiera perdido el juicio podía prestar tanta atención a una mocosa medio ahogada.
Medio ahogada. Sí. Era irónico.
Se dirigió hacia el sendero que iba desde el río hasta su finca. Era diferente de la ruta que había tomado para llegar al río, y mucho más corta. Impaciente por que él y su ángel congelado entraran en calor, prácticamente la llevó a rastras por el bosque hasta Wyck’s End. Ella iba tropezando tras él como un potrillo recién nacido detrás de su madre. Con suerte, el movimiento le calentaría las extremidades. Intentó no pensar en sus extremidades. Había visto la curva de sus muslos perfilada por su vestido empapado, la suave redondez de sus pantorrillas... No es que ella fuera algo excepcional, pero su reacción hacia ella, sí. Pensaba que una parte de él había muerto en los dosúltimos años. Era a la vez reconfortante y alarmante que su fantasma no se hubiera rendido.
Cuando Rachel cayó de rodillas en el borde de la explanada de césped que había detrás de la casa, la levantó en sus brazos, maldiciendo por lo bajo y, a pesar de las quejas de sus músculos, logró hacer el resto del camino hasta la casa cargando con ella. Rachel se acurrucaba contra él. El castañeteo de sus dientes era el único sonido en la silenciosa noche. Con los brazos ocupados por su empapada carga, Brave le dio a la puerta trasera de Wyck’s End un sonoro golpe con la suela de su bota.Reynolds, su mayordomo, no demostró casi sorpresa al ver a su señor dando traspiés en la puerta de servicio con una mujer en brazos calada hasta los huesos.
—¿Necesita ayuda, señor? —preguntó, arqueando una ceja fina y gris. Llevaba en la casa desde que Brave era un niño, y lo consideraba más un miembro de la familia que un mero criado. Era también uno de los pocos sirvientes que no lo trataban como si fuera a morderles en cualquier momento.
—Un poco de té caliente, Reynolds —respondió con decisión entre gruñidos, dando bandazos por el pasillo—. Y mantas. Y trae alguna de mis batas.
—Sí, señor.
—Un té sería ma... maravilloso —asintió el fardo que llevaba en brazos, haciendo castañetear los dientes—. Gracias.
—Agradécemelo cuando te deje por fin —se quejó Brave mientras maniobraba para doblar la esquina hacia el cuerpo principal de la casa—. Lo apreciaré más.
Atravesó el salón, apenas iluminado. Los retratos de sus antepasados contemplaban con altiva desaprobación el rastro de agua que iba dejando sobre la alfombra. Brave fijó la vista al frente, haciendo caso omiso de sus miradas críticas y concentrándose en su dolor de espalda. Se le hacía cada vez más difícil caminar. Cada paso que daba resonaba en el brillante suelo de mármol. Las estatuas griegas del vestíbulo principal proyectaban sombras monstruosas a la luz de la lámpara, con sus rasgos exagerados. Mientras avanzaba entre ellas, Brave se sentía como un villano salido de una de aquellas novelas populares, llevando a la heroína en peligro a lo más profundo de su guarida.
Qué símil más adecuado.
El ama de llaves, la señora Bugley, y dos doncellas que llevaban las mantas, los siguieron a la biblioteca, donde un fuego encendido bailaba en el hogar y relucía en las curvas doradas de los muebles y los ornamentados marcos de los cuadros. Por una vez Brave se alegraba de que los sirvientes hubieran adquirido la paternal costumbre de esperarlo despiertos. El sillón azul pálido sería el lugar perfecto para que el villano violara a la heroína. Pero la verdad es que prefería ser el héroe de ese cuento.
Dejó a Rachel de pie. No se alejó inmediatamente, por temor a que se cayera sin su apoyo. Pero no cayó. Extrañamente decepcionado, y dudando sobre si debía o no haber abandonado la habitación, Brave esperó detrás de la puerta mientras los sirvientes despojaban a la joven de sus ropas y la envolvían en la bata y en varias mantas gruesas. Deseaba entrar en calor con una copa de brandy.
—Ya está, milord —le informó la señora Bugley al salir, y se volvió para mirar a Rachel con desconfianza.
Brave casi sonrió. Su ama de llaves pensaba que Rachel era una amenaza para él. Con los brazos cargados de prendas mojadas, las dos doncellas salieron de la habitación, sonriéndole cálidamente, como si fuera el caballero de un cuento de hadas. A pesar de todo lo que le había pasado, sus criados todavía lo veían como algo que no era, como una especie de héroe. Y él lo detestaba. Brave les respondió con una sonrisa forzada de las suyas y entró en la biblioteca. Habría soltado una carcajada al ver a Rachel, de no ser porque su damisela todavía parecía bastante desconsolada.
La habían abrigado como para sobrevivir un invierno en Siberia. Lo único que distinguió entre aquella montaña de mantas fueron los ojos azules más grandes y extraordinarios que había visto nunca. Tenían el color de los arándanos maduros. Cuando Rachel era una niña, aquellos ojos parecían demasiado grandes para su rostro. Brave se alegró de comprobar que ya le sentaban bien.
—¿Has entrado algo en calor?
—Un poco, gracias —respondió, sorbiéndose la nariz.
Brave recordó sus modales y le tendió un pañuelo mientras se sentaba frente a ella. Rachel lo recogió asomando sólo las puntas de los dedos. En seguida llegó el té, y Brave sirvió dos tazas llenas y humeantes. Fue un misterio que lo hiciera sin derramar una gota: no sólo tenía el brazo agarrotado y torpe de haber levantado a Rachel, sus manos eran muchísimo más grandes que la tetera de porcelana.
—¿Leche y azúcar?
Ella asintió con la cabeza desde su inmóvil capullo. Un largo y torneado brazo salió de repente de la montaña de mantas para aceptar la taza. Sus manos eran tan delicadas y hermosas como imaginaba. Brave prefería el brandy pero, como no sabía el efecto que podría tener en él, bebió té. Lo dejó sorprendentemente satisfecho y lo hizo entrar en calor.
Rachel estaba sentada frente a él, erguida como una duquesa a pesar de su absurda apariencia. Aparte de su madre y las sirvientas, era la primera mujer que pisaba Wyck’s End en dos años. Al darse cuenta de ello, Brave sintió que las paredes se le caían encima y de pronto necesitó desesperadamente que se fuera. Pero no podía echarla, al menos hasta que hubiera cumplido con su deber y se asegurase de que estaba bien. Lo cierto es que tampoco podía enviarla a casa vestida solamente con unas mantas. Solamente con unas mantas...
—Rachel —dijo dejando su taza en el plato con un sonoro tintineo—, ¿qué diablos estabas haciendo en el río? Tú deberías saber mejor que nadie lo peligroso que puede ser después de la lluvia.
La dureza de su tono hizo que Rachel levantara una ceja.
—Yo también me alegro de volver a verlo, milord.
Brave suspiró. Todavía era una mocosa. No la había conocido bien de pequeña, pero recordaba que era una niña difícil ya entonces. Y, sin embargo, su padre la adoraba.
—Claro que es un placer verte de nuevo, Rachel. Ha pasado mucho tiempo. Ahora, ¿me puedes decir, por favor, lo que estabas haciendo en el río?
«Intentando ahogarte», se respondió a sí mismo.
Durante una décima de segundo, Brave temió haber dicho las palabras en voz alta. Continuó:
—No puedo imaginarlo.
—A menudo paseo sola por la orilla —admitió ella—. No sabía que estabas todavía aquí. Si lo hubiera sabido, nunca habría entrado en tu propiedad. —Descubrió completamente sus labios rosados y carnosos mientras llevaba a ellos la taza con mano temblorosa.
No, ella no sabía que estaba allí. Casi nadie lo sabía. Era como un fantasma en su propia casa, en su propio pueblo.
—Puedes pasear por mi propiedad siempre que quieras, Rachel, ya lo sabes. Me alegro de que, por casualidad, yo también estuviera ahí fuera esta noche.
—Y yo, mi señor —añadió la muchacha un poco a la defensiva—. Aunque viva para maldecirte a ti y a tu heroísmo.
Brave levantó las cejas ante su enigmático comentario. No le tendrían que importar ni ella ni sus problemas. Suficiente tenía con los suyos. A pesar de todo, preguntó: —¿Ah, sí? ¿Por qué?
La joven negó con la cabeza. La manta dejó entrever su pálido cabello rubio.
—Rachel —bromeó con un desenfado que no había sentido en mucho tiempo—, no puedes decirle a un hombre que lo maldecirás y no darle explicaciones.
Brave se apoyó en el respaldo de su sillón y cruzó las piernas. Notaba los muslos todavía un poco débiles. Rachel levantó los ojos al cielo y, después de dejar la taza en el plato, respondió:
—Sir Henry quiere que me case.
Brave no veía el problema. Aunque tampoco comprendía por qué la idea de verla casada le resultaba tan perturbadora.
—¿No es ésa la labor de un padrastro?
—Tal vez, si lo hiciera un poco mejor, yo apreciaría sus esfuerzos. —Su tono era ligero, divertido, pero en sus ojos había amargura y oscuridad.
—¿Debo entender con eso que te opones a esa boda?—Brave levantó su copa.
Rachel asintió.
—Pero mi padrastro está muy entusiasmado y no aceptará una negativa. Desafortunadamente eso es lo que pretendo hacer: negarme. No le va a gustar que le estropee los planes, ni a él, ni al yerno que ha escogido.
Sir Henry Westhaver nunca le había parecido un hombre que aceptase una derrota a la ligera. De hecho, nunca le había parecido un hombre de verdad. Brave se consideró afortunado. Su madre hacía tiempo que había claudicado en sus intentos de meterlo en el mercado del matrimonio. Dudaba que volviera a sacar de nuevo el tema en una temporada. Si es que lo volvía a hacer.
—¿Y quién es el afortunado? —preguntó llevándose la taza a los labios.
—El vizconde Charlton.
Por suerte todavía no había bebido, de lo contrario, se habría atragantado.
—Pero ¡si tiene por lo menos cincuenta años!
«Y es gordo y lascivo», pensó.
Ella asintió con una lúgubre sonrisa.
—Ya ves por qué puedo maldecir tu buena obra.
¿Qué clase de padre —ni siquiera un padrastro— casaría a su hija con un hombre así? Uno codicioso, sin lugar a dudas. La idea de un viejo como Charlton poniéndole un dedo encima a la escultural figura de Rachel enfureció a Brave, aunque jamás lo reconocería. Depositó el plato con la taza sobre la mesa que había entre ellos y dejó las manos muertas sobre los muslos, como le habían dicho que hiciera cuando sintiera la necesidad de romper algo, cosa que no le sucedía desde hacía bastante tiempo.
—Si hay algo que pueda hacer... —Se esforzó para
que su voz pareciera tranquila.¿Qué diablos estaba haciendo? No tenía que importarle
con quién la iban a casar, ni lo que le ocurriera,
siempre que no fuera dentro de sus propiedades.
Rachel levantó los ojos con una sonrisa tensa.
—A no ser que se case conmigo en su lugar, milord, no creo que pueda hacer nada. ¿Necesita una condesa?
Por una décima de segundo pensó que ella hablaba en serio, pero en seguida se dio cuenta de que bromeaba.¿O no? En los labios de Rachel había una sonrisa, aunque en sus ojos no había alegría. Apretó los puños; no con violencia, sino por el repentino y doloroso descubrimiento de la desesperación de Rachel. Conocía ese sentimiento, esa certeza de que la batalla que se va a librar nunca traerá la victoria.Su naturaleza lo impulsaba a ayudarla, pero las voces que oía en su interior le decían que era una locura siquiera considerarlo.
—Me temo que no soy un buen partido —respondió suavemente, esperando que sonara menos grave de lo que le pareció.En el pasado sí fue un buen partido, o por lo menos él pensaba que lo era. Entonces le dijeron lo contrario, y comprobó que era cierto.
—¡Vaya! —dijo ella con un despreocupado gesto de la mano—. Bueno, era sólo una idea.
El silencio fue a la vez incómodo y bienvenido. Brave le dio un sorbo a su té y se quedó mirando fijamente la danza de las llamas en la chimenea. No tenía ni idea de qué decir. ¿Cuánto faltaba para que Rachel pudiera irse? Echó un vistazo a la puerta, deseando ver a una doncella trayendo ropas secas.
—No siento los pies —anunció ella con algo parecido a un hipo, mirando el inmóvil montón de mantas que había cerca del fuego.
Maldiciendo entre dientes, Brave se levantó de un salto. Cruzó con violencia el breve espacio que los separaba, se arrodilló ante ella y hundió las manos bajo las mantas. Rozó con las yemas de los dedos la piel fría.
—¡Braven! —exclamó, apartándose de él.
Él miró al techo.
—Comprendo tus castas reservas, Rachel, pero si no dejas que me ocupe de tus pies, podrías perderlos.
Su palidez natural, aumentada por el frío, se acentuó todavía más.
—¿De verdad? ¿Podría perder los pies?
Brave asintió con la cabeza.
—Ocurre en casos extremos, cuando hay una prolongada exposición al frío. Puede que estés bien, pero¿quieres correr el riesgo?
Mirándolo con recelo, extendió las piernas cautelosamente hacia él.
—¿Dolerá?
Él se puso en cuclillas.
—¿No es mejor el dolor que nada en absoluto?
Dios era testigo de que él preferiría sufrir las llamas del infierno antes que el abotargamiento que impregnaba su alma.
—No sabría decirte... —repuso Rachel con perplejidad, mientras buscaba su mirada.
—Entonces te envidio.
Los ojos de Rachel eran tan inquisitivos que tuvo que apartar la mirada. Fue quitando capa tras capa las mantas hasta que alcanzó la carne helada que había debajo.
—¡Dios mío! ¡Qué grandes son! —exclamó, incapaz de ocultar su asombro. El resto de ella parecía tan etéreo, tan de otro mundo... ¿Quién iba a imaginar que una criatura tan delicada podía tener unos pies tan largos?Ella se inclinó hacia adelante de modo que sus caras casi se tocaron.
—Para darle una patada mejor, milord —le advirtió con una sonrisa burlona.
Brave levantó las manos en señal de rendición y volvió a ponerse en cuclillas.
—Le ruego que no me dé patadas, señorita. Temo que me pueda causar una conmoción.
Rachel se rió y sus oscuros ojos brillaron.
—Qué impertinente es usted, lord Braven.
Brave le envolvió con la mano uno de los pies helados, esbozando una sonrisa. En verdad, sus pies eran largos para tratarse de una mujer, pero esbeltos y finos. Se imaginó recorriendo con la lengua su alto empeine. Como no podía hacerlo, se obligó a masajearlo. Dios santo, ¿qué hacía él teniendo tales pensamientos con una muchacha que conocía desde que ambos eran niños?
—Tienes las manos tan calientes... —dijo Rachel con una voz susurrante que le provocó un escalofrío por la espalda.
Las mantas se separaron cuando se reclinó hacia atrás en el sillón y descubrieron sus piernas por encima de las rodillas. Llevaba puesta también la bata de Brave, y el brocado de seda color vino contrastaba con sus pálidas y torneadas pantorrillas.Aun sabiendo que no debía hacerlo, los ojos de Brave subieron por la pierna que tenía entre las manos, pasando bajo la dulce curva de su rodilla hacia el blando y redondo muslo que asomaba a través de los pliegues de la bata. La pequeña Rachel Ashton se había convertido en toda una belleza voluptuosa. Sin darse cuenta, sus manos pararon de masajear al imaginarse lo que podría ver si le abría las piernas un poco más...
—¿Pasa algo? —preguntó ella inocentemente, echándose hacia adelante de nuevo.
El movimiento abrió la bata un poco más. El calor inundó las mejillas de Brave al contemplar su carne desnuda. Se sintió como un escolar intentando mirar bajo las faldas de una niña. Demasiado lejos. Había ido demasiado lejos. Tragó saliva con dificultad y tomó aire profundamente. Estaba temblando. Cielo santo, podía olerla. Su fragancia era tenue, pero dulce, de almizcle, y decididamente femenina.
—No —respondió él con sequedad, apartando con esfuerzo los ojos del oscuro vértice que ocultaba su suculenta carne.
Su sexo empezó a palpitar de deseo. Su miembro presionaba contra sus ajustados pantalones de gamuza. Maldición, ¿qué le estaba ocurriendo? Sería por la fuerte impresión de esa tarde. Tenía que ser eso. Era la única explicación para el calor que sentía en la sangre y su extraordinaria reacción. Sería la euforia de haberle salvado la vida. Nada más. Tomó la esquina de una de las mantas y la colocó estratégicamente sobre su vientre. Mirando fijamente los dedos de los pies de Rachel, tartamudeó:
—Cre... creo que a lo mejor te he estado haciendo daño...
—Oh, no —le aseguró ella, recostándose de nuevo hacia atrás—. Ya empiezo a sentir algo de calor en ese pie. —Meneó los dedos del pie que él sostenía.
—Bien.
Lo frotó enérgicamente. El pie se estaba volviendo rosa conforme la sangre y las palmas de sus manos lo iban calentando. No permitió que su mirada se alejara de sus manos. Intentó mantener la mente en blanco, pero no pudo evitar que el perfume de Rachel sedujera su olfato. Restregó también el otro pie, rápidamente, y después se levantó para acercar aún más el sillón de ella al fuego.
—Así. Ya deberías estar bien.
Se quedó con las manos cruzadas por delante para esconder la tenaz evidencia de su reacción. Rachel le sonrió, y su sonrisa originó pequeñas arruguitas alrededor de sus enormes ojos.
—Ya me ha salvado dos veces, milord. Me temo que pronto tendré que declararlo mi héroe —dijo con voz risueña.
Brave sintió que se le hacía un nudo en la garganta, casi se quedó sin aliento. La mayoría de los hombres matarían porque una bella mujer los considerara héroes, pero él no. La sola mención de esa palabra casi le volvía la erección tan flácida como una corbata usada.
—Preferiría que no lo hicieras. No me gustaría que tal alabanza cayera sobre mi cabeza, o la tuya. —Ahora se estaba comportando como un estúpido.
Rachel asintió y su sonrisa se desvaneció.
—Tienes razón —dijo, dejando la mirada en el aire, inexpresiva, aunque el hundimiento de sus hombros lo decía todo—. Podría esperar que tú, un apuesto y joven caballero, me salvaras todo el tiempo, en vez de salvarme a mí misma.
Brave no estaba seguro de cómo tomarse su franqueza.
—Totalmente cierto —respondió, con tono desenfadado.
Rachel se incorporó un poco en el sillón y la manta de su cabeza cayó hacia atrás, descubriendo la cabellera húmeda, con mechas plateadas, que enmarcaba su rostro como un halo. El perfil de una pantorrilla todavía era visible, y Brave supo que no había visto nunca nada tan tentador.
—No espero que me rescates otra vez, Brave. Ya has hecho bastante. Siempre estaré en deuda contigo.
Una parte de él deseaba echar a correr. Otra quería reír, y una tercera quería ir hacia ella y tirarle de los pies hasta tumbarla en el suelo. Quería sentir el roce de los pechos de Rachel, y penetrar su boca con la lengua hasta que ambos tuvieran el sabor del otro. Quería perderse en su cuerpo seductor, hundirse en su suavidad hasta volver a sentirse humano.
Ella había dicho que sería su héroe. Cielos, ¿en qué estaba pensando? Tenía que poner fin a esa situación antes de que se transformara aún más en un cuento de hadas. Había rescatado a la princesa una vez —dos veces, según ella—, pero sus poderes caballerescos tenían un límite, sobre todo porque él sabía, demasiado bien, que eran una pura farsa.
Ella lo observaba fijamente, con la frente arrugada.
—Tu familia debe de estar bastante preocupada por ti —dijo Brave volviéndose hacia la puerta—. Mi madre siempre deja ropa para sus invitados. Encontraré algo para que te vistas y me aseguraré de que llegas sana y salva a casa.
—No es necesa...
—¡No!
Levantó la mirada hacia él, sorprendida por su vehemencia. Los ojos enormes y oscuros de Rachel contrastaban con la palidez de su piel. No podía culparla por mirarlo así. Había reaccionado como un loco.
—Insisto —continuó Brave con un tono de voz mucho más suave—. No descansaría tranquilo sabiendo que estás sola ahí fuera.
Después de decir esto, hizo una ligera reverencia y salió a grandes zancadas de la habitación. Cada fibra de su ser estaba crispada por el esfuerzo que le supuso alejarse de ella, aunque su mente le dijera que era lo mejor que podía hacer. Cuanto antes saliera Rachel de su casa, antes podría volver a su aislamiento, en el que había llegado a encontrar seguridad. Una mujer como Rachel Ashton podía ofrecer todo menos seguridad. Cuando la puerta se cerró tras él, echó a correr como un poseso.