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Prólogo
Londres, 1814
Los murmullos habían empezado a circular en la iglesia. Algo iba mal… muy mal. Apenas unos momentos antes, estaba convencida de que no podía existir un día más perfecto…
El día de su boda.
En la bóveda, los rayos de sol iluminaban las vidrieras de la iglesia de Saint George, situada en Hannover Square, inundando el interior de la nave de una luz efímera y radiante.
Era una señal. Así lo había decidido la señorita Julianna Sterling al bajar del carruaje y aproximarse a la iglesia. Durante mucho tiempo, una nube había cubierto la vida de los Sterlings. Por eso, el que hubiese salido un día tan maravilloso debía de ser un símbolo de la vida que le esperaba, un buen augurio. Estaba segura de que en un día tan glorioso y dorado como éste, todo tenía que salir a la perfección. Su unión con Thomas Markham sería bendecida, bendecida como ninguna otra.
Y después de unos momentos de espera… estaba empezando a sentir los primeros indicios de pánico. Thomas debería haber llegado ya.
¿Dónde estaba?
Una mano le tocó el hombro. Julianna levantó la mirada y se encontró con los ojos grises de su hermano mayor. Si Sebastian se había percatado del murmullo que provenía de los invitados, parecía preferir ignorarlos.
—Pareces una princesa —dijo con voz ronca.
Julianna se esforzó en sonreír. Llevaba un vestido de seda fina, color rosa pálido —su favorito— cubierto de satén plateado. Unos zapatos rosa a juego cubrían sus pies. Las mangas eran de encaje fino de Bruselas y el dobladillo del vestido había sido cubierto con bordados de capullos de rosa blancos, engalanados aquí y allá de hilo plateado. Pero quizás el elemento más asombroso del conjunto fuera el largo y elegante velo que caía por su espalda y arrastraba por el suelo.
—Me siento como si lo fuera —admitió suavemente—; muchas gracias, señor. No puedo negar que tú también estás espectacular.
—¿Y yo qué? —preguntó otra voz, en este caso la de su hermano Justin—, ¿acaso no me merezco yo el mismo cumplido?
Julianna arrugó la nariz.
—Desesperado es lo que estás —replicó— si necesitas que sea tu hermana la que te adule.
—¡Descarada! —se burló Justin.
Rodeada de sus morenos y guapos hermanos, Julianna deslizó sus delicadas manos, cubiertas con guantes de encaje, por el hueco de sendos brazos. Durante veintitrés años, Sebastian y Justin la habían protegido en todo lo que habían podido —y no es que ella lo hubiese querido o necesitado—, motivo por el que los quería aún más.
Justin elevó una ceja y se dirigió a Sebastian.
—Dado que normalmente es la madre la que se encarga de preparar a su hija para la noche de bodas, espero que hayas enseñado a nuestra hermana todo lo que… ¿cómo puedo decirlo de forma delicada?… necesita saber…
—En realidad, pedí a Sebastian que te dejara a ti ese honor, Justin. Después de todo, me consta que eres un hombre de gran experiencia, ¿no es cierto?
Eran raras las ocasiones en que se podía ver a Justin incómodo. Julianna disfrutó el momento.
—Además —siguió con voz melosa—, no lo necesito. Aunque no sea una mujer de grandes conocimientos, estoy muy orgullosa de mi imaginación, por no hablar del hecho de que me hice una adicta a escuchar detrás de las puertas cuando era pequeña y os contabais vuestras conquistas. Se puede decir que aprendí bastante, así que no creo que vaya a escandalizarme en este punto.
Sebastian se enderezó.
—¿Qué demonios estás diciendo…?
—¡Julianna! —exclamó Justin—. Ahora, deja que te diga…
—Dejad de mirarme con esa cara de reprobación. —Parecían tan escandalizados que no pudo contener una carcajada.
No podía imaginarse que sería la última vez que reiría ese día.
Mientras sus hermanos seguían amonestándola, echó un vistazo a la nave de la iglesia. Desde que era una niña, Julianna había soñado con casarse en la iglesia de Saint George, construida hacía casi cien años y donde se había casado el hijo del Rey, el príncipe Augusto. Gracias a Sebastian, el sueño se había hecho realidad. Fue él quien insistió en que la boda tuviera lugar en Saint George.
Julianna no se opuso. No era sólo un sueño de niña. Sabía que, para Sebastian, era también un símbolo de prosperidad y éxito.
Habían tenido que recorrer un largo camino para que la sociedad volviese a admitir el nombre de los Sterlings. Después de la muerte de su padre, había sido Sebastian el encargado de restaurar la respetabilidad de su apellido.
Los bancos de ambos lados del pasillo estaban llenos de gente. Julianna notó entonces que algunas cabezas empezaban a girarse y mirar el recorrido que iba desde donde ellos estaban de pie junto a la puerta hasta el frente del altar…
Donde Thomas debería estar ya esperando a la novia.
Julianna empezó a sentir un nudo incómodo en el estómago.
—Me atrevería a decir que la mitad de la alta sociedad está hoy aquí —murmuró.
—Creo que hubieses invitado a toda Inglaterra si Sebastian lo hubiera permitido —dijo Justin, con una leve sonrisa. Sebastian no hizo ningún comentario.
La iglesia estaba en silencio. En la galería oeste, el organista carraspeaba mientras esperaba la señal del reverendo Hodgson, que empezaba a apoyarse primero en un pie y luego en otro.
Unos minutos más tarde, Sebastian sacó el reloj de bolsillo y lo abrió con expresión preocupada. La ceremonia debía empezar a la una.
Era la una y cuarto.
Julianna no podía soportar mirar dentro de la iglesia. Los rostros de los invitados habían cambiado su expresión interrogante por una mirada de condolencia. Los murmullos habían dado paso a un silencio vergonzoso.
Imploró a Sebastian con los ojos.
—Algo va mal —dijo, en voz muy baja—. Thomas debería haber llegado ya.
Justin no fue tan generoso. Su expresión era tensa.
—Espero que tenga una buena excusa. Dios mío, llegar tarde a su propia boda…
—¡Justin! Thomas es un buen hombre, compasivo, el mejor hombre del mundo. ¡Sabes tan bien como yo que tiene un corazón de oro!
—Entonces, ¿dónde demonios está? —gruñó Justin.
Julianna empezó a preocuparse.
—¡Ay!, debe de haberle ocurrido algo grave, porque por nada del mundo se perdería este día. Él es un hombre de honor… —su voz se rasgó—, si no, estaría aquí. ¡Estaría aquí! Debe de haber alguna razón…
Y la había. La puerta lateral se abrió. Tres pares de ojos se volvieron hacia ella cuando Samuel, el hermano de Thomas, apareció de repente.
Era muy propio de Justin no andarse con contemplaciones.
—Egad, amigo, ¿dónde está Thomas?
Sebastian se acercó también.
Samuel se detuvo ante Julianna. Apenas podía respirar. Era tanta su pesadumbre que parecía soportar sobre los hombros el peso del universo.
Algo iba mal, muy mal. Lo sentía. Lo sabía.
—Samuel, dígame, ¡dígame lo que pasa!
Fue sólo después cuando se dio cuenta de que tendría que haberlo sabido… Él evitó mirarle a los ojos.
—Lo siento, Julianna pero Thomas se ha ido.
Su corazón se contrajo.
—¿Que se ha ido? —dijo sin poder creer lo que oía.
—Sí. Me pasaron una nota hace un momento. ¡Ah!, no sé cómo decirle esto. Anoche, verá, anoche partió hacia Gretna Green… con Clarice Grey.
Samuel elevó los ojos hacia ella con ansiedad.
—Julianna —se aventuró—, ¿me ha oído?
Julianna le miró fijamente. Esto no podía estar pasando. Era un sueño. No, ¡era una pesadilla! Su corazón estaba tan frío como la piedra que pisaba.
Detrás de ella hubo un grito ahogado colectivo.
—¡Gretna Green! —dijo alguien—. ¡Se ha fugado a Gretna Green con otra mujer!
Y entonces el rumor se extendió por toda la iglesia como una llama, hasta que sus oídos le retumbaron y no pudo siquiera pensar. Sintió el golpe de miles de ojos como pedazos de cristal que se clavaran en su piel. Se sintió estéril. Desnuda.
Apenas recordaba cómo había salido de la iglesia. Sebastian y Justin la condujeron al exterior y la metieron en el carruaje, protegiéndola de las miradas descaradas de los invitados, que habían empezado ya a salir de la nave.
Cuando llegaron a casa de Sebastian, no había conseguido aún articular una palabra. Justin seguía perjurando, murmurando algo acerca de un duelo, cuando saltó del carruaje.
Sebastian le tocó el hombro.
—¿Julianna? —murmuró—. Jules, ¿estás bien?
—Estoy muy bien —se oyó decir con una voz precisa. Tranquilamente, volvió la cabeza hacia su hermano.
—Menudo escándalo, ¿no crees?
Una sonrisa fantasmagórica se dibujó en los labios de Sebastian.
—Somos Sterlings, Jules. Tal vez sea inevitable. Pero hemos sabido lidiar con los escándalos antes, ¿verdad?
Sabía que sólo quería reconfortarla. Pero claro, para él era muy fácil decirlo. Después de todo, era un hombre. Era más fácil para los hombres. A los hombres no se les etiquetaba de solterones. Sino de sementales. Las alcahuetas de la ciudad hablarían siempre a sus espaldas de cómo había sido abandonada en el altar el día de su boda…
Quería llorar, gritar, echarse en brazos de Sebastian y dejar que reconfortara su dolor. Como cuando era niña. Él era el único que curaba sus heridas y arañazos.
Pero ésta era una herida que no podía curar.
Tenía los ojos tan secos que le dolían. Le miró, mordiéndose los labios para contener el llanto. No quería pestañear porque, si lo hacía, las lágrimas empezarían a rodar por sus mejillas. Sebastian buscó en su cara una y otra vez, y ella se preguntó si acabaría por descubrir la herida de su corazón, el tormento de su alma. Intentaba ser valiente y lo sería. No lloraría, al menos, no todavía.
Porque ya habría tiempo después.
Sebastian salió del carruaje y le ofreció la mano. Julianna la aceptó, saliendo del carruaje también. Al entrar en casa, sintió el cálido beso del sol sobre su cabeza. Riéndose de ella, insultándola.
Lo había perdido todo, pensó. Sus esperanzas de niña, sus maravillosos sueños… Quería hacerse un ovillo y llorar su desgracia.
Porque algo había ocurrido que la cambiaría para siempre.
Había sido deshonrada para siempre.
Capítulo uno
Primavera, 1818
Era una noche perfecta para robar.
Bajo el frondoso cobijo de un viejo roble, la figura de un hombre a caballo inspeccionaba el camino. Era tarde y, aunque un rayo plateado había conseguido traspasar las nubes, la noche era tan oscura y cerrada como las profundidades del infierno. El viento soplaba entre las hojas de los árboles arrancándoles una melodía solitaria y lastimera.
Era lo mejor para disimular su presencia. Las sombras de la noche eran su mejor aliado para la misión que le ocupaba.
Vestía de negro de pies a cabeza, y un antifaz oscuro le ocultaba el rostro por completo, a excepción del brillo de sus ojos. Sentado en su caballo Percival, parecía un hombre acostumbrado a cabalgar durante mucho tiempo, derecho como una flecha, incansable… y con el sigilo de alguien que sabe que su presencia debe pasar inadvertida a toda costa hasta que llegue el momento oportuno de actuar.
A riesgo de perder la vida en ello.
Y el hombre conocido como la Urraca no tenía ningún deseo de encontrarse con Su Creador.
Percival enderezó las orejas y unos dedos negros sujetaron las riendas. Con las rodillas apretadas, intentó tranquilizar los movimientos del gran animal. Le acarició suavemente el cuello.
—Espera —le previno.
Aunque bajo la piel del caballo los músculos siguieran tensos y agarrotados, listos para ponerse en movimiento, el poderoso animal se tranquilizó al sentir la mano de su amo.
El hombre escudriñó en la oscuridad en dirección al este. Ésta no era la primera noche en la que se transformaba en la Urraca. Y no sería la última. No hasta que lograse su propósito.
Una tenue sonrisa apareció bajo la máscara negra de seda. Un temblor familiar de nerviosismo recorrió sus venas, la excitación inevitable del momento. Su corazón empezó a latir con fuerza al escuchar un sonido de cascos que se aproximaban y un segundo después vio la luz débil de un farol meciéndose a lo lejos.
La víctima se acercaba.
Esperó a que se hiciera visible, él no era un hombre que se permitiese cometer errores. Justo en ese momento —¡diablos, tenía la suerte del mismo demonio!—, la luna salió de detrás de las nubes. La Urraca soltó riendas, y los cascos del caballo pisotearon la hierba hasta colocarse en medio del camino por el que tenía que pasar el carruaje.
El cochero, al verle, se puso en pie sobre la plataforma y tiró hacia atrás de las riendas. El vehículo se detuvo con un tintineo de arneses y la voz de alto del cochero.
Fríamente, la Urraca dirigió sus dos pistolas al centro del pecho del hombre.
—¡Manos arriba y dame lo que tengas! —le dijo con dureza.
Unas horas antes, Julianna se levantaba la falda y corría por el jardín de la posada, tratando de esquivar los charcos en el camino.
—¡Espere! —gritó.
Estaba claro que el conductor no estaba muy dispuesto a esperar a nadie. La miró.
—Será mejor que se apresure, señora —gruñó—. Se hace tarde.
Tarde. Sí, ésa era precisamente la palabra del día. Hubo un golpetazo cuando cargaron su baúl. Estaba determinada a llegar a Bath, si no esta noche, al menos a la mañana siguiente.
Nada en relación con este viaje le había salido bien. Viajar en transporte público no estaba previsto en la agenda. Por si esto fuera poco, había perdido el coche exprés que transportaba el correo.
Sin respiración, Julianna tomó impulso para subir al carruaje. Acababa de sentarse cuando la puerta se cerró y el vehículo empezó a caminar.
Había tres pasajeros en el compartimento: una mujer mayor, otra con un gran sombrero inclinado y un hombre sentado junto a ella a quien Julianna supuso su marido.
Julianna iba sentada junto a la anciana.
—Buenos días a todos —dijo con amabilidad.
—Buenos días —asintió la mujer mayor.
La otra mujer observó su vestido de viaje de rayas grises con curiosidad.
—¿Viaja sola, señora?
«¿Señora?» Dios mío, ¿con veintisiete años y ya había empezado a envejecer?
—Así es —respondió Julianna sin alterarse—. Mi criada y yo íbamos de camino a Bath. Acabo de comprar una casa allí, ¿sabe? Pero se puso mala ayer por la tarde y tuvimos que detenernos a pasar la noche en la posada. Esperaba que hoy se encontrase mejor pero, lamentablemente, no ha sido así. Esta tarde ya tenía claro que la pobre Peggy no estaría en condiciones de viajar a Bath, así que la mandé de vuelta a Londres en mi carruaje.
El hecho de tener que viajar sola no la incomodaba lo más mínimo.
—Ha sido usted muy amable, señora —dijo la otra mujer—. Pero me temo que nosotros no viajamos tan lejos y los caminos no son muy seguros por la noche.
Su marido censuró sus palabras.
—¡Leticia! Eso no te incumbe.
—No me mires así, Charles. ¡Sabes que es cierto! Está ese horrible bandolero, la Urraca. ¡Me pregunto qué vendrá después! ¡Ese hombre despiadado puede muy bien asesinarnos en nuestras camas! —Dirigió una mirada de súplica a la anciana—. ¡Madre, dígaselo!
La mujer mayor se agarró las manos y balanceó la cabeza.
—Es muy cierto, Charles —dijo con sus ojos redondos—. ¡Ay!, es un tipo horrible esa Urraca.
—¿Lo ve? —Leticia dirigió la vista hacia Julianna.
—Le agradezco su preocupación, señora… —Julianna se detuvo a propósito.
—Chadwick, Leticia y Charles —se apresuró a decir la mujer—. Y mi madre es la señora Nelson. Ha oído hablar de él, ¿verdad? ¿De la Urraca?
Julianna hizo una mueca. Los periódicos de Londres estaban llenos de comentarios acerca de la Urraca: se estaba convirtiendo en un cuatrero muy famoso. Quizás estaba siendo demasiado inocente pero, en su opinión, se estaba exagerando su reputación con el objetivo de vender más periódicos. En realidad, le gustaría tener un encuentro con ese malhechor, que se había hecho famoso tras haber robado descaradamente al mismísimo secretario del Primer Ministro, el conde de Liverpool. Desde luego una hazaña temeraria, si no estúpida.
Le parecía bastante improbable que pudiesen ser atracados por semejante personaje. Esas cosas no ocurrían a mujeres de su condición. Si le hubiesen preguntado, hubiese descrito su vida como insípida y mundana.
Tres años antes, Sebastian había contraído matrimonio y Julianna había tenido que salir de la residencia familiar. Le había costado mucho superar la vergüenza y el escándalo de ser abandonada en el altar. Julianna se consideraba una persona realista y sabía que su experiencia le había dejado una cicatriz profunda. Pero le gustaba pensar que, al menos, se había convertido en una persona más sabia. Había pasado algún tiempo vagabundeando por Europa, temiendo el día en que tuviese que enfrentarse a la alta sociedad londinense.
¡Menuda sorpresa se había llevado al volver y descubrir que Sebastian iba a casarse!
Fue entonces cuando supo que era hora de enfrentarse a la vida con la cabeza alta. No podía seguir escondiéndose, porque eso no la llevaría a ningún lado. Los hermanos Sterling habían estado siempre muy unidos, las circunstancias de su niñez habían influido en ello. La asignación que le pasaba Sebastian le daba para vivir con comodidad, pero había hecho algunas inversiones por su cuenta que le habían permitido comprarse una modesta casa en Londres así como su nueva adquisición, una encantadora casa solariega en Bath.
Julianna se sentía orgullosa de sus logros, había descubierto en ella un valor y una dignidad que nunca pensó pudiera tener. Todo empezó aquella larga noche en la que Thomas y Clarice volvieron de Gretna Green. Apesadumbrado y arrepentido, Thomas había ido a explicarle lo ocurrido:
—Sé que mi matrimonio con Clarice debe de haber sido un gran trauma para ti —dijo—. No tengo ninguna excusa excepto que… Clarice estaba embarazada de mí, Julianna.
Asombrada, Julianna se quedó en silencio mientras escuchaba a Thomas relatar cómo Clarice había ido a él llorando la noche antes de que ellos —Julianna y Thomas— fueran a casarse.
—No podía hacer otra cosa, Julianna. Clarice y yo hemos sido amigos desde que éramos niños. Nos dejamos llevar por un momento de debilidad, un momento de abandono. Estuvo mal, lo sé. Pero me prometí a mí mismo que nunca lo sabrías. De hecho, tanto Clarice como yo convinimos no continuar viéndonos. Pero cuando vino a mí y me confesó que estaba embarazada, no pude rechazarla. El honor y el deber me obligaban a hacer lo correcto y casarme con ella. Y así lo hice. Me arrepentiré hasta el final de mis días si sé que te he hecho daño, Julianna. Pero hice lo que tenía que hacer.
«Si te he hecho daño…» Sabía que se lo había hecho. Sabía que le amaba con locura…¡Honor y deber! Claro, éstas eran cosas que Julianna entendía, tanto ella como sus hermanos. En realidad, fue eso lo que hizo que Justin no le retara en duelo. Ah, sí, lo había entendido…
Pero perdonarle… eso no era tan fácil.
Y nunca lo olvidaría. Nunca.
El dolor y la amargura se habían desvanecido. Se habían reducido a un pinchazo agudo en su corazón. Nunca volvería a ser tan estúpida, tan confiada. Prefería envejecer sola que casarse simplemente porque así lo estipulaba la sociedad.
A pesar de las atrocidades que tuvo que pasar en su niñez —el abandono de la madre, la indiferencia del padre—, Julianna nunca había perdido la fe en el matrimonio. Una madraza, la había llamado siempre Sebastian, una esposa dulce y cariñosa dispuesta siempre a cuidar de los demás.
Debía de ser verdad. Ah, sí, estaba en su naturaleza ser madre y esposa. Tal vez había sido el hecho de que su madre les hubiese dejado para escaparse con su amante lo que había hecho crecer en Julianna el deseo de ser todo lo que su madre no había sido. Julianna estaba convencida de que toda la sórdida pantomima que habían vivido sus padres había reforzado su idea de que cuando se casase —y siendo niña, nunca había dudado de que lo haría— lo haría por amor y sólo por amor. Ah, sí, esa necesidad de marido y niños había ido creciendo en su interior conforme se iba haciendo adulta. Desde siempre había planeado el día de su boda.
Pero, extrañamente, ya no le dolía pensar en ese día.
Lo que más le dolía era saber que nunca tendría un hijo propio. No, no tendría niños.
Porque no habría marido.
Y ese dolor era el que más tiempo le había llevado superar… y sabía que lo llevaría guardado en su pecho bajo llave hasta el final de los tiempos. Nunca experimentaría la alegría de amamantar a un hijo… su propio hijo. Porque encontrar marido estaba fuera de su alcance, o para ser más precisa, fuera de sus sueños. Y por eso había también enterrado el deseo de ser madre. Porque no era posible.
No, ya no era tan confiada con los demás, ya no sólo veía bondad en los que la rodeaban. Y en cuanto a las «urracas» que había en el mundo, bueno, también éste encontraría su merecido.
—Estoy segura de que todo el reino ha oído hablar de la Urraca —contestó sin darle importancia.
La señora Chadwick la miró.
—¿No le da miedo?
—¿Miedo de un hombre que no conozco, que no puedo ver? —Sonriendo, Julianna sacudió la cabeza, divertida. Había oído toda clase de historias sobre las fechorías de ese hombre en los últimos días. La idea de un salteador de caminos le hacía temblar, pero no de terror. En realidad, si se entregaba a sus fantasías, ¡esa idea le resultaba incluso romántica!
—Aunque claro, si apareciese por esa puerta —asintió—, reconozco que pensaría de otra manera.
—Ah, pero debería tener miedo. Es usted un poco bravucona. Sin duda, él se sentiría muy complacido de bajarle los humos. Eso y más —asintió la señora Chadwick con complicidad.
Julianna levantó las cejas.
—Ah, desde luego —añadió su madre—, las historias que hemos oído… no son para repetirlas ante oídos educados.
El señor Chadwick habló por fin.
—Pero ¿qué tonterías estáis diciendo?
—¡No son tonterías, Charles! —Su mujer levantó la barbilla—. Ninguna dama querría caer en sus manos, porque sin duda su destino sería peor que la muerte, ¡y no creo que necesite dar más detalles sobre el asunto! Ese hombre es el demonio en persona, hasta se dice que sus ojos son como los del diablo, y todo el mundo lo sabe.
La insinuación no pasó desapercibida para Julianna, que dejó de sonreír. Hasta ese momento, había deseado un poco de aventura… Sin embargo, se mordió la cara interna de la boca y reconsideró el asunto. A pesar de toda la notoriedad que rodeaba la figura de la Urraca, los periódicos de Londres no habían dicho nada acerca de que acosase a las mujeres.
La señora Chadwick se frotó las manos mientras miraba ansiosamente fuera de la ventana.
—¡Ay! Espero que el conductor se dé prisa. Quiero estar en casa antes de que anochezca. No me sentiré segura hasta que esté en mi casita junto al fuego y con una buena taza de té en la mano.
Charles Chadwick imploró con los ojos al cielo.
—Por el amor de Dios, mujer, ¡deja de lloriquear! ¡Si la Urraca nos aborda, por Dios, te aseguro que seré yo mismo el que te ponga en su caballo para que pueda por fin perderte de vista!
La señora Nelson dio un grito ahogado.
—¡No te atreverías! —dijo la madre, traspasando con la mirada a su yerno.
Julianna bajó los ojos, tratando de contener la risa. Los cuatro se quedaron en silencio.
Pasaron por otros pueblos, pero nadie más subió al vehículo. Estaba ya anocheciendo cuando el carruaje empezó a aminorar la marcha. Leticia Chadwick estaba ya levantada en su asiento antes incluso de que el coche parase frente a una pequeña taberna.
—Por fin —casi cantó de emoción. Después, se dirigió a Julianna—. Le deseo que tenga un viaje seguro.
Julianna sonrió como despedida, agradeciendo la bocanada de aire fresco que entró al abrirse la puerta. Era fresco y limpio, sin rastro de hollín o humo. Pensó que era estupendo estar fuera de Londres. Había tomado la decisión de ir a Bath de forma impulsiva, pero disfrutaba con la oportunidad de descansar y tomarse un respiro del frenético ritmo de la temporada, que estaba ahora en su pleno apogeo.
El trío desembarcó. Julianna se preguntó por el estado pasional del matrimonio: sin duda no se encontraban en la flor de la juventud. En ese momento vio que Charles Chadwick tomaba a su esposa del brazo, protector, para cruzar la calle. Leticia le miró, con una leve sonrisa en los labios. Un extraño dolor le subió por la garganta, un dolor por lo que hubiese sido…
Miró a otro lado. Ningún otro pasajero subió al vehículo por lo que el carruaje no tardó en marcharse. El conductor gritó, y continuaron el camino. Las ruedas traqueteaban y chirriaban conforme iban ganando velocidad.
No pasó mucho tiempo antes de que la oscuridad lo envolviera todo. Se encontró mirando con nerviosismo por la ventana, escudriñando el lado del camino para ver si veía algo detrás de cada árbol y arbusto. Pronto empezó a sentirse mareada. ¡Ah, qué estupidez, asustarse de esa manera por los comentarios de los Chadwick!
Intentó relajarse. Por fin, el movimiento monótono del carruaje fue adormilándola. El balanceo del coche provocó que sus ojos se cerraran muy poco después.
Lo siguiente que recordó fue sentir cómo se golpeaba contra el suelo. Despierta, abrió los ojos y se tocó el hombro sobre el que había caído. ¿Qué diablos…? El pánico le hizo temblar; todo estaba negro dentro del carruaje.
Y fuera de él, también.
Iba a incorporarse de nuevo y sentarse en los cojines cuando un sonido de voces masculinas llamó su atención. El conductor… y alguien más.
—¡Baje el arma, le… le digo! —tartamudeó el conductor—. No hay nada de valor a bordo, se lo juro. Tenga piedad —balbució el hombre—, ¡se lo ruego, tenga piedad!
Un hormigueo traspasó su espina dorsal. La puerta se abrió y se encontró con los cañones brillantes de dos pistolas. Levantó los ojos aterrorizada y se encontró con los del hombre que las sostenía.
Los ojos eran su única parte visible de la cara. Incluso en la oscuridad, no había posibilidad de confundir el color. Brillaban como un fuego claro y dorado, un fuego de otro mundo.
Los ojos del diablo.
—¿Así que nada de valor a bordo, eh?
Una corriente de aire frío inundó el interior del carruaje. Pero nada comparado con el frío que sintió al oír esa voz… Suavemente poderosa, como si el acero rasgase una tela de seda, pensó aturdida.
Ella había detestado siempre a las mujeres tontas y débiles. Sin embargo, cuando él puso sus ojos en ella —¡en toda ella, atrevido e irreverente!— sintió que iba a morir allí mismo.
Se le puso la carne de gallina. No podía moverse, mucho menos hablar. Ni siquiera podía tragar para hacer pasar el nudo que le ahogaba la garganta. El miedo le impedía pensar. Tenía la boca seca. Lo único en lo que podía pensar era en que si la señora Chadwick estuviese allí, se sentiría muy satisfecha consigo misma al ver que sus temores eran ciertos. Porque por algún motivo Julianna estuvo segura de que era él…