En el lecho del deseo

UN JUEGO ESCANDALOSO , Kathryn Smith

Capítulo 1

Londres, primavera de 1818
Diez años. Había pasado una década desde que lo dejó. Ciento veinte meses. En esos años a veces no pensó en ella; por ejemplo, durante el tiempo que pasó en Nueva Escocia. Allá, en un lugar extraño, tuvo otras cosas que ver y en las que concentrarse, además de en lo mucho que la echaba de menos. Pero ahora que había vuelto a Londres, en el escenario familiar y a punto de cumplirse el aniversario de su traición, el recuerdo inundaba su cabeza.

Habían pasado diez años desde que perdió a la mujer que amaba, al igual que el corazón, que ella se llevó consigo sin darse cuenta. Ah, sí. También era el aniversario de la muerte de su padre, pero eso le producía mucho menos dolor que entonces. Mucho menos que la pérdida de su amor, pues se deshizo de él para limpiar el desastre que su padre había dejado tras de sí.

De pie ante una de las muchas ventanas de su estudio, Gabriel Warren, conde de Angelwood, apoyó el antebrazo en el lustroso marco de roble y se inclinó hacia adelante hasta que el antepecho de la ventana se le clavó en el muslo y le rozó la muñeca. Los ojos fijos que le devolvieron la mirada desde el cristal no sólo reflejaban el color gris del día, también la fría desolación de su ánimo. Estaba solo. En Halifax había muchas personas deseosas de entretenerlo con historias mientras tomaban una pinta de cerveza. Siempre había algún baile o alguna taberna adonde ir; siempre había alguien que lo recibía en su casa y lo atiborraba de comida... Claro que en Halifax él no era un conde, sino, sencillamente, el socio de Garnet: un negociante de cierta importancia.

Ahora que había vuelto, se encontraba otra vez en su propio ambiente. No le importaba regresar a lo que le era familiar, porque, aunque en ocasiones ser un«hombre corriente» era bastante duro, echaba de menos la compañía de sus amigos. Julian aún no había vuelto del continente, y Brave, que era padre desde hacía poco, prefería permanecer bien lejos de Londres con su esposa y su hijo. Gabriel se había perdido el nacimiento de su sobrino honorífico, y eso también lo molestaba.

Siguiendo su costumbre, miró a la calle con atención. Todavía albergaba la esperanza de que aquel día sería distinto, y de que ella aparecería de pronto ante su puerta para decirle dónde se había ocultado desde hacía ochenta y siete mil seiscientas horas; aún deseaba saberlo. Aún necesitaba saberlo. Con un resoplido de disgusto, se retiró de la ventana. No hacía ni una semana que estaba en Londres y ya caía en los viejos hábitos. Qué patético.

Tendría que encontrar algo en lo que meterse de lleno, algo que acabara con aquella obsesión; quizá era hora de seguir su lucha contra el juego en Inglaterra. Alguien llamó a la puerta. Enfadado consigo mismo, Gabriel soltó un seco y desconsiderado «¿Qué pasa?» La puerta se abrió y apareció Robinson, el mayordomo. Por su aspecto parecía más un jornalero que un criado, con el cuello grueso y los hombros macizos, pero tenía el par de ojos azul pálido más penetrantes que Gabriel había visto nunca..., además del ingenio más mordaz. Su familia había servido a los condes de Angelwood durante generaciones, y era el único criado que lo trataba más como a un hombre que como a su señor. Gabriel suponía que era porque habían crecido juntos, y pese a que se tomaba familiaridades, a él no le molestaba.

—Ha llegado lord Underwood, señoría. Dice que es un asunto de gran importancia.

Robinson usó un tono brusco y lo miró directamente a los ojos. Su mirada indicaba que no creía en la posibilidad de que fuera algo tan importante. Blaine Foster, vizconde de Underwood, era amigo de Gabriel desde hacía muchos años, y también lo fue de Phillip, su padre. Fue él quien lo ayudó a volver a empezar cuando éste murió, una tarea nada envidiable. Gabriel suspiró y se frotó la nuca con la mano; los músculos estaban tensos, tanto que le dolía la cabeza. No tenía ánimo para ver a nadie, pero Blaine no le habría dicho a Robinson que era importante de no ser así.

—Espera un minuto —Gabriel se estremeció: sus dedos habían dado con un lugar aún más dolorido en la base del cráneo— y luego hazlo pasar.

Robinson asintió con un seco «Como guste», y con una inclinación tan escueta como sus palabras, salió de la habitación y cerró la puerta con un leve chasquido. Gabriel dejó caer el brazo y cruzó la alfombra color burdeos y oro hasta llegar a la maciza mesa de caoba, donde varias botellas de cristal, oscuras y tentadoras, prometían algo de alivio. Tomó una por el cuello, grueso y frío, le quitó el tapón y vertió una generosa medida de whisky en un vaso. Tenía que serenarse antes de que entrara Blaine, y eso implicaba quitársela del pensamiento, o al menos, alejarla todo lo posible. Nunca se iba del todo, y hacía mucho que Gabriel había aceptado el hecho de que, probablemente, nunca se iría. Vació el vaso de un solo trago, que le quemó las entrañas, y se sirvió otro. Hacía años que pensar en ella ya no bastaba para que deseara embriagarse, pero el licor se llevaría el sabor amargo que su recuerdo le dejaba en la boca.

Diez años antes, Lilith Mallory había salido de su vida sin ni siquiera un susurro. Poco después de que el padre de Gabriel se deshiciera de sus preocupaciones mortales, y apenas días después de que ella y Gabriel celebraran su inminente compromiso haciendo el amor por primera vez, se fue del país. El padre no quiso decirle adónde, pero, una vez recuperado del impacto de la muerte de su propio padre, eso no impidió que el conde de veintiún años pusiera el mundo patas arriba buscándola. Nunca la encontró, y ella tampoco intentó ponerse en contacto con él. Sencillamente, parecía haber desaparecido de la faz de la tierra.

Y, como un idiota enamorado, Gabriel nunca la olvidó. Era la primera mujer que amaba, tanto en el plano emocional como en el físico, y el corazón no se recupera con facilidad de una pérdida y una traición como ésas, si es que se llega a recuperarse. Estaba obsesionado y lo sabía; lo comprendía y, a veces, hasta encontraba consuelo en ello. El recuerdo de Lilith y su abandono eran la única constante de su vida. Y aunque le hacía mucho daño pensar en ella, aún le daba un vuelco el corazón cada vez que veía a una mujer con el cabello rojo como el fuego.

—¿Molesto?

—¡Blaine!

Una amplia sonrisa cruzó el rostro de Gabriel cuando su viejo amigo entró en el estudio. En tres amplias zancadas atravesó la habitación y lo saludó con una cordial palmada en los hombros, al tiempo que lo conducía hasta el centro de la sala. Siempre había respetado a Blaine, el único amigo de su padre que le prestaba atención. Al sentarse en uno de los mullidos sillones, tapizados en dorado y beige, situados ante el escritorio, Blaine comentó con cariño:—Qué alegría me da tenerte en casa, Gabe.

Gabriel sonrió.

—La alegría es haber vuelto. ¿Puedo ofrecerte una copa?

Instantes después, cuando los vasos de ambos estuvieron llenos, Gabriel se apoyó en el borde del escritorio y observó con atención a su amigo. Sin ser tan viejo como su padre, aunque mucho mayor que él mismo, Blaine había sido íntimo de los dos, y no tenía motivo para sentirse incómodo en su presencia; sin embargo se advertía en él cierta tensión, cierta rigidez en la expresión y los movimientos. Su pelo, un año atrás tan oscuro como el de Gabe, ahora estaba veteado de plata, y sus ojos verdes, vivos por lo común, parecían mates y cansados.

—¿De qué se trata? —Gabriel mantuvo el tono desenfadado, pese a su inquietud.

Blaine soltó una risa y tomó un buen trago de whisky.

—Siento acudir a ti con mis míseros problemas, pero no sabía con quién hablar, en quién más podía confiar.

La mayoría de los miembros de la mejor sociedad apreciaban y respetaban a Blaine. El hecho de que lo considerara el único a quien podía recurrir llenó de alegría a Gabriel, pero también le dio un susto de muerte.

—¿Le ha ocurrido algo a Victoria?

Blaine hizo un gesto negativo: —No, mi mujer está bien. Se trata de Frederick.

Frederick era su hijo mayor y su heredero, que debía de tener veintipocos, y al que hacía tiempo que Gabriel no veía. Éste tomó un sorbo y preguntó: —¿Qué le pasa a Frederick?

Blaine miró su vaso y frunció el ceño.

—Se ha metido en líos.

—¿En líos?

—Siempre está por ahí con sus amigos: bebiendo, corriendo a caballo o persiguiendo mujeres.

Gabriel dejó ver una amplia sonrisa.

—A mí eso me parece de lo más normal a su edad.

Pero entonces Blaine alzó la cabeza, y su mirada preocupada sorprendió a su amigo.

—Ha estado jugando.

Aquella simple palabra le heló la sangre en las venas. Llevaba años entregado a una campaña contra el juego; por desgracia, al ser éste el pasatiempo preferido de buena parte de la mejor sociedad, resultaba prácticamente imposible conseguir que el Parlamento aprobara una ley en su contra. Sabía por experiencia lo peligroso que podía ser el juego, en especial si uno se convertía en adicto, como su padre. Lamentaría que Frederick se perdiera de la misma manera.

—Dime qué ha pasado. —Quería saberlo sin demora.Blaine tomó otro trago de whisky y se recostó en el sillón.

—Sólo puedo repetir lo que él me contó, y no es que dude ni por asomo de la honradez de mi hijo...

Gabriel no se molestó en recordarle que un hijo mentiría casi sobre cualquier cosa con tal de evitar la cólera de su padre; no era el momento, tratándose de un tema tan serio. Y es que en una partida llegaban a perderse verdaderas fortunas; las mujeres intercambiaban
su virtud por sus pagarés, y a menudo se destrozaban familias sólo porque un estúpido se lo apostaba todo a una carta o a una tirada de dados.

—Hace quince días Frederick salió con unos amigos y fueron a cenar a un club de King Street. Luego acabaron yendo a jugar a las cartas, y uno de los otros propuso que probaran suerte en los reservados.

Gabriel se irguió. No era raro que los clubs de caballeros dispusieran de mesas para cartas y otros juegos de azar, pero en las salas de juego de esos clubs los dados y la ruleta estaban prohibidos, aunque sí solía haberlos en salas reservadas como la que mencionaba Blaine. Y era en esos reservados donde los caballeros aficionados al juego jugaban fuerte. Procurando mantener un tono indiferente, preguntó: —¿Y Frederick fue allí?

Blaine hizo un gesto negativo.

—No —volvió a soltar una risa amarga—. Aunque quizá no se habría metido en líos de haber seguido a sus amigos.

Gabriel acabó su whisky, dejó el vaso y cruzó los brazos.

—Si deseas que te ayude, no te pongas críptico conmigo, Blaine.

En sus palabras no había ni censura ni aspereza, más bien un amable apremio. Su amigo suspiró y asintió.

—Agradezco tu amistad, Gabe. El caso es que Frederick acabó en un club de juego y se sentó a jugar una partida de faraón. Supongo que nunca habrás jugado a eso.

Gabriel hizo un gesto negativo; sólo había jugado una vez en su vida. Mucho antes de que su padre muriera, participó con sus amigos Brave y Julian en una partida de cartas. Por fortuna, ninguno le encontró el gusto, y se marcharon después de perder unas cuantas guineas. Con todo, dijo a Blaine que estaba al corriente de las reglas; según recordaba, el faraón era un juego sencillo: el jugador apuesta contra la casa, y si acierta, gana. Blaine prosiguió: —Frederick dice que tenía una racha buenísima.

Gabriel no lo puso en duda. Quienes acababan teniendo más problemas eran los que creyeron que las buenas rachas duraban.

—Y entonces cambió su suerte, ¿no?

Blaine asintió, mirando de nuevo su vaso.

—Confiado en que iba a ganar, subió su apuesta, más de lo que podía permitirse.

La sonrisa de Gabriel mostraba amargura y simpatía por su amigo:—Pero perdió.

—Sí.

Gabriel suspiró. Sabía lo que seguía.

—Y has tenido que pagar su deuda.

Blaine alzó la cabeza. Al enfrentarse a la mirada de su interlocutor, sus ojos mostraban la indignación de un padre preocupado.

—Dice que el crupier hizo trampa.

Gabriel frunció el ceño. No era una acusación para hacerla a la ligera.

—¿Está seguro?

—Yo confío en mi hijo, Gabriel. —La expresión de Blaine se endureció.

Gabriel extendió las manos e hizo un gesto negativo.

—No digo que Frederick sea un mentiroso, pero se trata de una acusación grave. ¿Vio cómo lo engañaba el crupier?

Las mejillas de su interlocutor enrojecieron un poco.

—No exactamente, pero dice que hubo algo raro en su conducta. —Se inclinó hacia adelante—. Gabe,¿quieres ayudarme?

Gabriel no titubeó; después de todo lo que Blaine hizo por él a la muerte de su padre, haría cualquier cosa que le pidiera.

—Desde luego. ¿Qué necesitas?

—Quiero asegurarme de que eso no le ocurre a nadie más. Quiero que me ayudes a demostrar que el club hizo trampa. Quiero que clausuren ese sitio.

Algo en la intensidad de la mirada de su amigo hizo que Gabriel se sintiera incómodo. Al preguntarle cómo, Blaine dejó su vaso en el escritorio.

—Ve a ese club...

—¡Que vaya al club! —Gabriel se puso en pie de golpe y luego cruzó media habitación a zancadas—. ¿Estás loco? ¡No puedo! Me tomarían por un hipócrita.

Blaine se puso de pie y se cercó a él con una expresión de súplica que habría conmovido a cualquier amigo, por muy despiadado que fuera. Pero en esta ocasión no podía ayudarlo: aquello iba contra sus principios.

—Gabe, por favor. Alguien tiene que acabar con ellos, y le prometí a Frederick que yo no me metería en el asunto.

—Eres un buen padre, Blaine —respondió Gabriel sin mucha convicción. Estaba a punto de echarse a reír de incredulidad.

—Entonces, ¿irás? —La expresión de su interlocutor estaba iluminada por la esperanza—. ¿Nos ayudarás?

Gabriel suspiró. ¡Por el amor de Dios! Su padre fue un patético tahúr de quien se contaban multitud de historias; todo el mundo estaba al tanto de su reputación.¿Es que Blaine no se daba cuenta de lo que le pedía? Debía hacerlo, porque había visto las consecuencias del juego y no quería que le pasara lo mismo a su propio hijo... Gabriel empezó a flaquear. Miró a su amigo a los ojos.

—¿Qué dirá la gente cuando vean al Conde Angélico en un estabecimiento de juego?

«El Conde Angélico» era como lo llamaban a su espalda los pisaverdes y los dandis. Pretendía ser un insulto, como si Gabriel renegara de su propia sangre por negarse a jugar, ir a burdeles y beber hasta perder el sentido. Les parecía ridículo que no quisiera derrochar su fortuna y la juventud que le quedaba en sórdidas diversiones.

—Piensa en lo bien que le vendrá a tu causa ir a la Cámara de los Lores con pruebas de que un club los está timando...

Era lo único que podía decir para convencerlo, y Blaine lo sabía. La mejor sociedad protegía enérgicamente sus vicios de clase, hasta que alguno se volvía contra ellos. Si Gabriel probaba que un club los estafaba, sembraría la semilla de la duda. Tal vez empezaran a preguntarse si no estarían estafándolos todos... O, cuando menos, podría convencerlos de que el juego era un riesgo social y de que había que acabar con quienes lo promovían. Aunque también podrían reírsele en la cara y echarlo de la Cámara... Pero si lo demostraba, si conseguía respaldo suficiente, quizá tuviera ocasión de mantener la promesa que le había hecho a su padre.Mientras disfrutaba imaginando el éxito que supondría aquello, Gabriel se dirigió a Blaine con una sonrisa fría y calculadora.

—¿Cómo se llama ese sitio?

Entonces se oyó con claridad el suspiro de alivio de su interlocutor, que le tomó una mano y se la estrechó con profusión.

—Mallory’s. Se llama Mallory’s.

Gabriel se quedó helado. El corazón le golpeó las costillas.

—¿Mallory’s?

Blaine asintió y su frente se frunció un poco.

—Sí. ¿Lo conoces?

Gabriel sacudió la cabeza, no como respuesta, sino para espantar la añoranza que le había despertado aquel nombre.

—No.

—No, claro —añadió Blaine con una leve risilla—; ¿cómo podrías conocerlo? Aunque hubieras estado aquí cuando abrió, hace un año, jamás habrías puesto los pies en un lugar tan escandaloso.

¿Escandaloso? Hasta en los verdaderos baluartes de la sociedad como los clubs White’s y Brooke’s se invitaba al juego. ¡Diablos! White’s incluso tenía un famoso libro de apuestas. Según lo que Blaine le había contado, Mallory’s no era sino otro club para caballeros.¿Qué lo hacía tan distinto? El asunto siguió atormentándolo durante el resto de la visita; no se le fue de la cabeza cuando quedaron en cómo llevaría a cabo la investigación, cuando aseguró que Frederick no se enteraría y cuando Blaine le dio las más sentidas gracias. Al cabo, la curiosidad venció al conde cuando su amigo se disponía a marcharse.

—¿Y qué tiene de escandaloso ese lugar?

Blaine miró a su alrededor, como si lo que estaba a punto de decir fuera tan terrible que no quería que nadie lo oyera.

—Lo lleva una mujer.

¿Una mujer? ¿Una mujer que se apellidaba Mallory?...

Gabriel sintió que la sangre le zumbaba en los oídos mientras unos pinchazos helados aguijoneaban por sus venas. Se sintió vacilar. Era una coincidencia. Nada más. No podía ser ella. La Lilith que él conoció nunca haría nada tan absurdo como regentar un club de juego. Qué absurdo.

 

Lilith Mallory bajó el periódico hasta posarlo en su regazo y, riendo, dijo:—Pero la gente no pagará por leer esto, ¿verdad?

Su acompañante, Mary, sentada junto a una de las ventanas para aprovechar lo que quedaba de luz del día, levantó la vista de su costura. Vestía con sus tonos habituales, beige y crema, a juego con la decoración de la sala. Sin embargo, Lilith sabía que no era algo premeditado, porque Mary, la mayor de las dos, nunca llevaba nada que no fuera beige y crema; de hecho, su lema parecía ser: «cuanto menos color, mejor».

—¿Qué estás leyendo? —preguntó Mary al tiempo que clavaba la aguja en la enagua que zurcía—. ¿La columna del reverendo Sweet?

—Eso es —repuso Lilith con sequedad.

Mary tenía la boca grande, pero cuando sus labios se curvaron en una sonrisa, sus gastadas facciones adquirieron un aire dulce y casi delicado.

—Pues sí, la gente paga bastante dinero por leerlo.

Lilith puso los ojos como platos e hizo un ademán de incredulidad, con lo que una horquilla se le hincó en el cuero cabelludo. Esbozó un gesto de dolor; malditos chismes: once años llevando el pelo recogido y aún no se había acostumbrado a los tirones y los pinchazos.

—Si la gente está dispuesta a comprar tonterías como ésta, me parece que nos hemos equivocado de negocio, amiga mía. —Con un chasquido, volvió a enderezar el periódico y siguió leyendo.

—Dicen que uno no es nadie hasta que el reverendo lo hace trizas en un artículo —comentó Mary llena de admiración—. He oído que algunas damas han empezado a usar sus columnas como guía para preparar las listas de invitados de esta temporada.

El que una dama hiciera algo tan pretencioso no sorprendió en absoluto a Lilith; después de todo, hasta su propia madre habría cometido aquella estupidez. Y cuando su mirada se posó en un párrafo particularmente risible de la columna «Dulces premios», obra del buen reverendo, replicó: —Entonces prepárate, Mary. Me parece que las invitaciones empezarán a llegar a montones.

—¿Cómo?

En el tiempo que tardó en bajar el periódico, Mary cruzó la alfombra de color oro y marfil y, de un brinco, se sentó en el sofá junto a ella.

—¿Ha escrito algo sobre Mallory’s?

Lilith lanzó a su amiga una mirada risueña; para ser una mujer que afirmaba estar harta del sexo opuesto, la verdad era que parecía sentir gran interés por el reverendo Geoffrey Sweet.

—No exactamente. Ha escrito sobre mí.

Con una risa que sólo podía definirse como de júbilo, Mary le arrebató el periódico de las manos.

—¡Déjame ver!

Lilith se limitó a sonreír ante su entusiasmo. Hubo un tiempo en que pensó que Mary había perdido su alegría para siempre. La primera vez que la vio, su marido la había llevado a rastras hasta el centro de la calle y realizaba una especie de bárbaro ritual de divorcio. Intentaba subastarla al mejor postor porque ya no le servía: no había logrado tener un hijo, y quien quisiera podía quedársela a cambio de un precio justo. Lo de subastar a una esposa, por lo visto, no resultaba una novedad para las clases bajas, cuya idea de lo que constituía un matrimonio no coincidía con la que tenía la aristocracia, y tampoco, en algunos casos, con la de la Iglesia; lo mismo ocurría con el divorcio.

Indignada, y consciente además de cómo se sentía una persona al verse desechada como una maleta vieja, Lilith pagó el precio. Su criado, Latimer, se hizo pasar por el futuro marido. Era una de las mejores cosas que había hecho en su vida, pues no sólo compró la libertad de aquella mujer, sino que encontró una amiga, algo que echaba en falta desde hacía mucho. Entre ellas sólo había un secreto: el auténtico apellido de Mary. Ésta nunca se lo reveló, y dijo que se llamaba Mary Smith por si su marido cambiaba de parecer; nadie iría jamás a buscar a una Mary Smith, debía de haber miles. A Lilith, que llevaba buena parte de losúltimos diez años esperando que alguien la encontrara, no le entraba en la cabeza aquel deseo de anonimato. No estaba mal: había conseguido estar medio día sin pensar en Gabriel Warren.

—¡Aquí está! ¡Ya lo he encontrado! —Los aterciopelados ojos castaños de Mary se agrandaron de alegría—. Escucha.

Lilith ya había leído parte de lo que el señor Sweet tenía que decir de ella, pero si a Mary le hacía feliz repetirlo, estaba dispuesta a oír. Quizá serviría para mantener a raya los dolorosos recuerdos de Gabriel y de su traición... Al menos durante un rato. Mary empezó a leer dando a su voz un tono de burlona severidad, como si fuera un predicador ante su rebaño:—«Uno de los males más inquietantes y peligrosos que invaden nuestra sociedad es el juego. Pero si el hombre que conduce a su prójimo por esta senda disoluta resulta inquietante, más aún lo es saber que las puertas del Infierno las guarda alguien cuyo propio sexo le exige ser compañera del hombre, no su Judas. Por eso os exhorto vivamente, queridos lectores, a que resistáis la atracción de cierto club que pertenece a cierta hembra de cabello flamígero, cuyo mismo nombre revela su verdadera naturaleza.» ¿Qué quiere decir con esto de que tu nombre revela tu verdadera naturaleza?

Lilith arqueó una ceja. El que Sweet mencionara el origen de su nombre daba prueba de que conocía otras culturas, pues en la tradición judía «Lilith» era un demonio femenino. Ni siquiera su madre, a quien aquel extraño nombre le gustaba sin más, fue consciente de la carga simbólica que otorgó a su única hija. De haberlo sabido, se habría llamado de un modo mucho más dulce y mucho más inglés.

—En algunas culturas Lilith es el nombre de la primera mujer caída —contestó—, anterior incluso a Eva. Fue la primera esposa de Adán, y la expulsaron del Paraíso por negarse a dormir junto a su esposo.

Mary abrió más los ojos. Con una risita, Lilith prosiguió: —Algunos te reverencian como a una diosa y otros te insultan como a una diablesa; desde luego, el reverendo se encuentra en esta última categoría. ¿Qué más dice?

—«Es mi deber, como defensor de Dios, advertiros de que, una vez franqueados esos umbrales de libertinaje, el señuelo de L. M. resulta tan tentador y tan sabroso como el mismo fruto que se le ofreció a Adán.»

—Parece que el reverendo tiene un interés anormal por mis umbrales —comentó Lilith levantándose del sofá—. Sinceramente, ¿podía haberme pintado más lasciva? «Tentadora y sabrosa...» ¡Pues vaya!

Mary sonrió, y las arrugas que rodeaban sus ojos se ahondaron

—Apuesto a que, gracias a su columna, esta noche llenamos.

Con las manos en las caderas, Lilith se volvió entre el frufrú de la seda color verde oscuro de sus faldas. Se le había ocurrido una idea, un pensamiento pícaro y travieso que dibujó en sus labios una sonrisa satisfecha.

—Mary, quiero que mandes una carta de agradecimiento al bueno del reverendo.

Su amiga la miró boquiabierta.

—¡No hablas en serio!

Sonriente, Lilith cruzó contoneándose la alfombra hasta el gran escritorio de roble desde donde dirigía sus negocios. Abrió con llave el cajón superior y rebuscó dentro; luego sacó fichas de juego por valor de veinte libras.

—Adjunta esto a la carta. Dile cuánto agradezco la notoriedad que su columna ha proporcionado a Mallory’s. Dile... —Se detuvo. ¿Cuál sería el mejor medio para poner nervioso a aquel pío y plumífero clérigo?—. Dile que si alguna vez desea caer en la tentación, no tiene más que decírmelo.

Soltando una risa aguda, Mary arrojó el periódico sobre el cojín que tenía al lado y se puso de pie:—¡Lilith, eres una desvergonzada!

No pretendía ser un insulto, pero aun así la palabra escoció un poco. Con la sonrisa algo tensa, Lilith se encogió de hombros.

—Tengo que mantener mi reputación.

Una reputación tan escandalosa como la de su homónima, y que no había hecho nada por crear, salvo entregarse al hombre —al muchacho— que amaba. Diez años antes Gabriel Warren le quitó mucho más que el honor: le quitó la posibilidad de mostrar su rostro en la buena sociedad sin levantar murmuraciones; le quitó todos los bailes, invitaciones y fiestas que una joven de su edad y su clase tenía que haber disfrutado, y a todas sus amigas. Le quitó el corazón, y también el orgullo. Pero acaso le hizo un favor. Después de todo, vivir con su tía Imogen le había brindado muchas más aventuras de las que le habría deparado Londres. Disfrutó de más libertad e independencia que cualquiera de sus amistades que se quedaron en su país, conoció a gente interesante e hizo nuevos amigos. Y sin embargo, sólo deseaba que Gabriel fuera a buscarla. Pero él no fue jamás.

—Tengo que ir a trabajar —dijo, saliendo con brusquedad del pasado y entrando de nuevo en el presente—. He de supervisar las cosas antes de que abramos. Tráeme la carta cuando la hayas terminado. Quiero leerla antes de que se la mandemos al reverendo Sweet.

Mary pareció sorprenderse.

—Pero ¿va en serio lo de enviarle la carta?

Esta vez la voz de Lilith sonó más natural:—Mi querida Mary, ¿alguna vez has visto que yo no diga algo en serio?

En el piso de abajo, el club hervía ya de actividad cuando Lilith hizo su aparición. Según su costumbre, se detuvo un instante en el pasillo que lo separaba de su entrada particular para comprobar su aspecto en el gran espejo dorado. Como siempre, Luisa, su doncella, había hecho maravillas: el rebelde cabello estaba recogido en la parte superior de la cabeza de modo sofisticado e impecable. Un toque de polvos, apenas perceptible, matizaba el brillo de la nariz y las mejillas, mientras que una sutil mezcla de carmín daba un esplendor natural a los pómulos y los labios. Llevaba unos pendientes con colgantes de topacio que le rozaban la cara al mover la cabeza, y en el cuello relucía un collar a juego.

Satisfecha, Lilith alisó las faldas de su vestido de seda color ámbar: no podía estar mejor. Ninguna dama de sociedad encontraría un fallo en ella, y aquella noche habría más de una en el club. Siempre las había, porque Mallory’s era el único club de Londres abierto tanto a señoras como a caballeros, con reservados para jugar, cenar o descansar, además de otras zonas donde, si lo deseaban, alternaban los hombres y las mujeres.

Al principio Lilith dudó en admitir señoras, temiendo que resultaran un estorbo más que una ayuda. Estaba muy equivocada. Las damas de la buena sociedad se aburrían con sus maridos más aún de lo que ellos se aburrían con ellas, y acudían en masa a Mallory’s para jugar, alternar y coquetear con caballeros que Lilith sabía de sobra que no eran sus maridos. De hecho, atender a ambos sexos le abrió un mundo de posibilidades; a través de las mujeres le llegaban los mejores cotilleos: quién tenía una aventura con quién, o quién estaba al borde del ostracismo social, mientras que a través de los hombres se enteraba de quién estaba en peligro de perder una fortuna o quién engañaba a su esposa.

No podía haberlo planeado mejor. Los que frecuentaban su club tenían una pésima opinión de ella, pero pagaban por estar allí, en forma de cuota, de bebidas o de jugosas pérdidas en las mesas de juego. No se daban cuenta de que aún podían pagar un precio más alto, pues Lilith sabía cosas que la mayoría deseaba mantener en secreto. Y, si fuera preciso, era muy capaz de emplear esa información en su beneficio. Después de todo, nadie la había apoyado diez años atrás.

Recorrió el pasillo con paso rápido, dejando atrás los cuadros y las delicadas molduras que perfilaban las paredes de color celeste. La alfombra azul y dorada, con su estampado de flores de lis, amortiguaba sus pisadas, de modo que en el vestíbulo sólo se oía el crujido de sus faldas y el sordo rumor de las conversaciones. El rumor aumentó de volumen cuando entró en el vestíbulo principal, donde un enlosado sustituía a la alfombra.

Un ajedrezado de baldosas de cálidos tonos en color beige, con incrustaciones en azul oscuro y dorado casaba a la perfección con cuatro columnas acanaladas, en los mismos tonos, una en cada esquina, sostenían el techo. El espacio central lo ocupaba una gran estatua de Venus surgiendo de su concha; una cúpula de cristal la bañaba en sol durante el día y la escarchaba de luz de luna por la noche. El escultor italiano que la hizo afirmaba que su modelo para el rostro y la figura había sido la propia Lilith, pero ella no apreciaba ningún parecido, salvo en que la diosa no andaba escasa de curvas.

—Buenas noches, señor Dunlop.

Saludó a un guapo caballero escocés que admiraba a la Venus y que, con un vivo resplandor en sus ojos azules, respondió: —Buenas noches, lady Lilith. En este preciso momento reparaba en que esta atractiva dama se le parece mucho.

El señor Dunlop era un joven y acaudalado comerciante que había hecho una fortuna en el negocio textil. Tenía más dinero y encanto que algunas de las familias más ricas de Inglaterra, pero no compartía en absoluto su arrogancia. Lilith sonrió ante su tono de flirteo.

—¿Eso cree?

—Sí, señora. Y como escultura es una preciosidad.—Dunlop exhibió una amplia sonrisa—. ¿Va usted al club?

—Así es.

—Entonces quizá me conceda el honor de acompañarme en una de las mesas. Una mujer tan guapa como usted no puede traer más que buena suerte.

Lilith inclinó levemente la cabeza en señal de asentimiento y aceptó el brazo que le ofrecía.

—Estaré encantada, señor Dunlop.

Era una suerte que le agradara aquel comerciante, porque, si no, tendría que haber pensado en una excusa. A su negocio no le convenía que diera una negativa a una persona de tantos posibles y tan aficionado a jugar. El señor Dunlop ganaba en sus mesas tantas veces como perdía, pero gastaba una enorme cantidad de dinero agasajando a sus amigos con toda la comida y el alcohol que desearan. Aquel año Lilith había hecho mucho dinero con él y con sus conocidos, y le habría procurado cualquier capricho, hasta abanicarlo con hojas de palmera si hacía falta, para que siguiera acudiendo a su local.

El señor Dunlop era uno de los pocos hombres que tonteaba con ella, pero nunca iba más allá; era encantador y la hacía reír, y, además, le recordaba mucho a otro sinvergüenza encantador, de pelo negro, que en tiempos la hacía reír siempre. La comparación no parecía favorable para el señor Dunlop, pero lo era.

—Hay una cosa que me parece que debería decirle, lady Lilith.

Mientras él le hablaba, los lacayos les abrieron las puertas del club.

—Creo que habíamos quedado en que me llamaría Lilith.

El gesto que dedicó a los lacayos no impidió que su mirada siguiera pendiente de la opulenta sala, suntuosamente masculina, que tenía delante. En la mayoría de las mesas se jugaba, aunque muchos hombres se encontraban en el comedor o en el fumadero, o incluso en los salones privados de la parte trasera. A medianoche todas estarían llenas, y el volumen de las conversaciones haría difícil hablar en un tono normal.

—Sólo si usted me llama Stephen.

Junto a la puerta, ya dentro y cerca de una palmera que crecía en un tiesto, Lilith se detuvo y miró a su acompañante, sonriéndole con franqueza.

—Muy bien. ¿Qué desea decirme, Stephen?

Él sonrió, y se le marcaron unos hoyuelos y los ojos se le achinaron.

—Me parece que debe saber que esta noche anda por aquí un caballero desconocido, haciendo preguntas sobre usted y sobre el club.

Al instante, Lilith arqueó una ceja.

—¿Un caballero? ¿Es guapo?

Su tono ligero disimuló el palpitar que sentía en el pecho. ¿Sería Bronson, o uno de sus hombres? Y de ser así, ¿qué maldad estaría tramando?

—No tan guapo como yo —respondió el señor Dunlop con su fuerte acento escocés—, pero la verdad es que tiene buena pinta: un hombre alto, con el pelo negro y los ojos claros.

Esta vez su corazón dio un vuelco. ¿Sería verdad? Días atrás, en una tienda, oyó contar a una mujer que el conde de Angelwood estaba de vuelta en Londres. ¿Se atrevería a asomar la cara por su club? ¿Venía por fin a buscarla?... Pues era demasiado tarde. Más que demasiado. Pero estaba precipitándose. No había pruebas de que aquel hombre misterioso fuera Gabriel. Había muchos con el pelo negro y los ojos claros; Samuel Bronson, por ejemplo. Bronson también era alto, y aunque Gabriel lo era, desde luego, no era lo que se dice corpulento; claro que la última vez que lo vio sólo tenía veintiún años. Dios mío. ¿Y si era él?

—¿Lilith?

Lilith alzó la vista y vio la expresión preocupada del señor Dunlop.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, muy bien, Stephen, gracias —sonrió aunque temió que la cara se le resquebrajase al hacerlo—. ¿Sabe dónde se encuentra ahora ese caballero?

El señor Dunlop hizo un gesto negativo.

—Le dije que hablara con Latimer.

Latimer era el gerente del club, además de los ojos y los oídos de Lilith. Conocía a toda la gente importante de Londres, y si no conocía a alguien, se aseguraba de conocerlo. Él le diría quién era aquel visitante entrometido. Si era Bronson, ya le habría pedido que se fuese; a Latimer no le gustaba que el rival de Lilith fisgoneara por su club. No se fiaba de Bronson, y Lilith tampoco; en especial desde que se había vuelto más contundente en sus ofertas para comprar Mallory’s.Últimamente se habían registrado varios actos vandálicos contra ella y su club, y creía que eran obra suya.Lilith suavizó su sonrisa.

—Una cosa, ¿me odiará usted si dejo que se las arregle solo esta noche? Me agradaría muchísimo averiguar quién es ese caballero y qué desea.

El señor Dunlop esbozó una media sonrisa.

—Si alguien puede averiguar qué desea un hombre,ésa es usted, Lilith. Vaya, pues. Yo sé lo que es estar casado con el negocio. Pero venga a buscarme luego, si gusta.

Lilith le dedicó una sonrisa de agradecimiento y le acarició el brazo, y avanzó entre la gente. La mayor parte de los hombres vestía traje de etiqueta, lo que dificultaba identificar a uno en particular; sin embargo, buscó con la vista para dar con uno de estatura aventajada, ancho de espaldas y de pelo negro. No encontró a ninguno. ¿Dónde estaría?

Con el corazón más acongojado y el estómago más tenso de lo que estaba dispuesta a reconocer, fue sin prisas hasta al otro lado del club, donde los ventanales abiertos permitían que la brisa nocturna refrescara la sala. No quería admitir, ni siquiera ante sí misma, que había esperado ver a Gabriel. Estaba muy cansada de no saber qué ocurrió, y aunque él no la quisiera como ella, a estas alturas sólo deseaba saber la verdad... Y también, que se tragara los dientes de un puñetazo. Al pasar junto a las mesas fue murmurando frases de ánimo. A la mayoría de los hombres les daba igual su reputación: le sonrieron y alzaron sus copas. Aunque ni que decir tiene que no hablaban con ella cuando otras mujeres estaban presentes. Alguno lanzó una velada insinuación pero, prudentemente, se guardó de ir demasiado lejos. El último que le hizo proposiciones deshonestas fue expulsado del club de forma indefinida, y nadie más quiso arriesgarse a recibir semejante castigo.

El orgullo de Lilith no se tomaba a mal que la consideraran digna de correr riesgos; las pocas ganas de disgustarla le demostraban el poder que tenía sobre ellos, y esta idea le agradaba. Estaba riéndose de un chiste que le contaba el duque de Wellington cuando vio salir a la terraza a un hombre muy alto y muy robusto, con una abundante mata de pelo negro que le llegaba hasta el cuello. Todo su cuerpo se quedó helado. No le vio la cara, sólo la anchura de los hombros cubiertos con su atuendo de etiqueta; el frac y los pantalones eran de un corte exquisito, pero la caída y el tejido disimulaban la posición económica de quien los vestía. Lilith estaba convencida de que, aunque no fuese Gabriel —y lo cierto es que era alguien mucho más grande que el muchacho que ella recordaba—, sin duda se trataba del hombre que iba buscando.

Absorta en su presa, fue tras él e ignoró a quienes intentaron llamar su atención a su paso, pero el desconocido se alejó hasta perderse de vista. Entonces apresuró la marcha y se hundió en la oscuridad de la terraza. Al sentir que la rodeaba el frío aire de la noche, se estremeció; en abril aún hacía un poco de fresco, y más después de la intensa lluvia de los días anteriores, pero no volvió atrás. Se quedó un instante quieta en el lago de luz que proyectaban las puertas abiertas; luego, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, avanzó con cautela.

Toda su vida le habían enseñado que la seguridad estaba en la luz y en los números, y allí fuera, de noche, se sintió vulnerable; vulnerable ante un hombre que no era ni amigo ni enemigo... Pero allí no había nadie. Lord Braxton y lord Somerville fumaban sus puritos un poco más allá de los ventanales, tan enfrascados en su conversación que no les preguntó si habían visto al caballero misterioso; probablemente, ni siquiera la veían a ella. La terraza se prolongaba a su derecha hasta quedar sumida en una negrura casi completa al otro extremo; allí daba una de las habitaciones que solía usar como despacho, con las cortinas corridas para que nadie supiera si había alguien dentro o no. El club había sufrido hacía poco un robo con allanamiento, nada de importancia, que Lilith también achacaba a Bronson, y no quería atraer a los ladrones dejando el despacho abierto de par en par.

Pasó junto a unas macetas con plantas, una mesa y unas sillas donde los caballeros podían sentarse a tomar una copa tranquilos. Había llegado casi al final de la terraza y seguía sin haber rastro de su presa, pero estaba allí. Tenía que estar. Con el sonido de fondo de su propia respiración, Lilith llegó al otro extremo de la balaustrada. Allí sólo había oscuridad. Frunció el ceño, dio la vuelta y miró ante sí; Somerville y Braxton seguían charlando, pero no vio a nadie más. ¿Dónde estaba aquel hombre? No podía haberse esfumado.

Volvió a pasear su mirada por la terraza y de repente notó una sensación de ahogo: la puerta del despacho estaba abierta. Aquel desgraciado estaba dentro, y ella sabía con qué ideas. Ya estaba harta; si Bronson creía que podía intimidarla tan fácilmente, es que tramaba otra cosa. Pero esta vez atraparía a su secuaz; una pequeña venganza contra Bronson y contra su club, Hazards.

Despacio y en silencio, Lilith se acercó de puntillas a la puerta; emplearía el elemento sorpresa, y luego gritaría bien fuerte con la esperanza de que Somerville y Braxton acudieran en su auxilio, o, al menos, de que detuvieran al ladrón si trataba de escapar por delante de ellos. Si entraba corriendo en el club, Latimer y algún empleado lo cogerían. No quiso pensar en lo que ocurriría si el desconocido decidía atacarla. Los dedos le temblaban cuando tocó el frío cristal; contuvo el aliento y empujó un poco la puerta. Ésta se abrió con tanta fuerza y tan rápido que Lilith perdió el equilibrio. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar: dos fuertes manos la agarraron por los hombros y la enderezaron.

Entonces levantó la vista y siguió sin gritar, aunque quiso hacerlo; porque el hombre que la sostenía tenía los ojos fijos en ella: unos ojos tan pálidos y tan claros que se veía reflejada en sus pupilas. Y también porque, definitivamente, aquel hombre era un ladrón. Era el que le había robado el corazón hacía diez años.

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