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UN PROMETIDO PERFECTO, de Samantha James

Prólogo

Siempre supo que era un sinvergüenza. A pesar de que los niños de la familia Sterling tenían todos el mismo parentesco y habían crecido en la misma casa, eran, sin lugar a dudas, muy diferentes.

Su hermano mayor, Sebastian, era el responsable: resuelto y formal, estudioso y atento, incluso orgulloso. Su hermana pequeña, Julianna, era la cariñosa, la vitalista por naturaleza.

En cuanto a Justin…

Justin era el vivo retrato de su madre. Sí, era igual que su madre, no sólo físicamente (había heredado la claridad cristalina de sus ojos, que brillaban como la esmeralda más pura; las facciones exquisitas y equilibradas, su hermoso pelo oscuro), sino que… bueno, había heredado otras cosas también. De hecho, él estaba convencido de que lo había heredado todo de ella.

Todavía recordaba aquellos primeros y breves años que siguieron a la huida de su madre con su amante. Aunque él siempre supo que su madre había tenido muchos amantes. Por supuesto, ésta es una de esas cosas de las que nadie habla abiertamente, pero que se dicen por lo bajo, en susurros callados. Y sin llegar a ser un sabelotodo, Justin había sido un niño inteligente capaz de reparar en cada palabra cuchicheada por el servicio, en esas oscuras miradas que compadecían la manera en la que los tres pequeños habían sido abandonados por la marquesa y dejados a merced de su padre, un hombre que daba toda la impresión de estar en desacuerdo con el mundo que le rodeaba. Después de todo, su padre no era de los que querían a todo el mundo. No quería a Sebastian. Ni siquiera quería a la dulce Julianna, a quien todos adoraban. Y especialmente, no quería a Justin, el siempre irreverente Justin.

Sus tutores se referían a él como si fuese una causa perdida. Carecía de disciplina y le consideraban perjudicial, distraído y rebelde. Incapaz de sobresalir en sus lecciones, como lo hacía el estudioso de Sebastian.

Desde su más temprana edad, supo bien que era una suerte que Sebastian hubiese nacido antes que él. Justin sabía que no hubiera llevado con dignidad el título de marqués de Thurston. De alguna forma, siempre estaba haciendo cosas que no debía. Pensando en cosas que no debía, diciendo lo que quizás era mejor callar… especialmente frente a su padre. Nunca estaba de acuerdo con él. No podía quedarse quieto sentado durante horas en el mismo sitio. Se retorcía y removía en su silla. Miraba por la ventana y deseaba con todo su corazón estar en cualquier otro sitio.

Justin detestó los estudios desde el primer día en el que se unió a su hermano en el aula. Un día decidió sencillamente que había tenido bastante. Después del almuerzo, se escabulló de la clase sin decírselo a nadie. Debía de haber sabido que su tutor, el señor Rutherford, se lo diría inmediatamente a su padre. Probablemente, lo hizo porque sabía que lo haría.

Lo que nunca imaginó es que su padre dejaría sus ocupaciones para ir a buscarle. Para un chico de ocho años, era bastante divertido ver cómo todo el mundo salía en su busca. Encaramado en lo alto del árbol del jardín, Justin veía a los sirvientes correr por los establos y por los dominios de Thurston Hall. Se rio al ver a su padre pasando una y otra vez junto al árbol. Hasta que, de repente, su padre se detuvo… y miró hacia arriba.

Por el centelleo de su mirada, quedó claro que el marqués no aprobaba el comportamiento de su hijo:

—¿Por qué no estás en clase? —preguntó el marqués.

—Porque estoy aquí —dijo el pequeño—, ¿es que no lo ves?

—¡Baja de ahí ahora mismo, pequeño desgraciado!

El niño dejó de reírse. Apretó la mandíbula, sus ojos verdes encendidos.

—No —dijo.

Las manos de su padre se cerraron en un puño amenazador.

—¡Que bajes ahora mismo te digo!

La ira del padre no hizo sino inspirar el amotinamiento en el jovenzuelo. Alargando su delgado brazo, Justin se agarró a una rama más alta. Pero en el momento de la subida, oyó un crujido a sus pies. Exultante, bajó la mirada para ver entre las hojas del árbol a su padre, que miraba hacia arriba. La ra­ma cedió. Justin intentó amortiguar la caída anteponiendo con fuer­za la muñeca en la tierra. Oyó un rugido como de fuego atravesándole, un rayo caliente y sibilante, como si una docena de cuchillos se clavaran en cada parte de su cuerpo. Por un momento, fue incapaz de moverse. Fue incluso incapaz de respirar. El dolor era tan intenso que pensó que iba a perder la consciencia.

Al final, rodó y cayó de espaldas. Su padre se quedó de pie mirándole desde arriba, en un gesto profundo y lívido. Enlazando fuertemente los dedos alrededor del brazo ileso de su hijo, tiró para levantarle. Vista desde el lado del padre, la muñeca de Justin se había ladeado formando un ángulo extraño. El dolor era tan insoportable que le daban arcadas. Sin embargo, tragó valientemente la bilis que le ascendía por la garganta. Apretó la mandíbula para encarar el dolor y miró a su padre.

—¡No! —El rugido familiar de su padre retumbó en sus oídos—. ¡No!

—¿No qué? —La tranquilidad del chico no hizo sino enfadar más al marqués.

—¡No me mires de esa manera!

—¿De qué manera?

—¡De la manera en que ella me miraba!

Algo estaba naciendo en el interior del niño, un resentimien­to violento, un torbellino de emociones que no podría controlar aunque lo intentase. En ese momento, Justin odió a su padre. Le odió por el férreo control que ejercía sobre su hermano Sebastian. Le odió por la forma en que ignoraba a la pequeña Julianna. No le importaba que su padre le castigara con la vara. Odiaba a su padre… como sentía que su padre le odiaba a él.

—¿Quién es ella? —preguntó fríamente—. ¿Se refiere a mi madre?

Una llamarada de ira inundó los ojos del padre:

—¡Cállate, chico! ¡Cállate! —Y le dio una bofetada que cruzó con fuerza el rostro del pequeño.

El golpe le hizo caer al suelo de nuevo. Esta vez, se levantó sin ayuda, impulsado por su propia energía. Miró a su padre con unos ojos verdes y brillantes:

—¡No lo haré! —gritó—. ¡Ella no le quería! De la misma manera que yo tampoco le quiero, padre, ni Sebastian… ni nadie. ¡Ésa es la verdad! Quizás por eso le dejó.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? Eres un malvado, eso es lo que eres. ¡Un demonio! —replicó el marqués con furia.

Terribles maldiciones salieron de su boca. No era la primera vez que su padre le había insultado. Tampoco sería la última. Insultos que… bueno, insultos que Justin nunca había confiado a los demás, ni siquiera a Sebastian.

En todo este tiempo, el muchacho se mantuvo firme. No se inmutó, no se permitió ni un parpadeo, aunque cada palabra le estuviese atravesando el corazón, su alma más profunda. Cuando por fin el pesado silencio hizo un hueco entre los dos, se limitó a inclinar la barbilla.

—¿Debo entender, señor, que ha terminado?

El desdén se deslizó junto a su tono de voz, una frigidez que no estaba en consonancia con su edad, mucho menos con su experiencia. Con un gruñido, el marqués volvió a elevar el puño.

De repente, apareció Sebastian. Se interpuso entre los dos y gritó:

—¡Padre, deténgase! Mire la muñeca de Justin… ¡parece que tiene algo grave!

Y así era. Llamaron a un médico. Cuando llegó, Justin yacía en la cama. El médico movió la cabeza:

—Esto está roto —anunció—. Creo que podré colocar el hueso en su sitio, chico, pero debo ser honesto y decirte que va a dolerte como el mismo diablo. Por lo que si necesitas gritar…

El marqués esperaba detrás del doctor. La mirada de Justin se encontró con la de su padre. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de una manzana, sus ojos le quemaban… la imagen de su padre se emborronó por un instante, hasta que pudo volver a enfocarla.

Fue entonces cuando vislumbró en él la cara de satisfacción y se dio cuenta de que ese hombre esperaba que se acobardara, y gimiera, y gritase. Por lo que cerró firmemente la boca. Su madre no lo habría hecho, ni Sebastian. Y él tampoco lo haría.

Sebastian le agarró por el hombro.

—Justin —escuchó en un susurro—, ¿puedes oírme? No pasa nada si…

—No —rehusó el chico con vehemencia al tiempo que capturaba la mirada de su padre—. No voy a llorar. ¡Yo nunca lloro!

El doctor asintió y dio un paso hacia él. Deslizó el hueso con un crujido enfermizo y lo devolvió a su lugar. El cuerpo delgado de Justin se sacudió, su espalda se arqueó hacia fuera de la cama. Hundió los alargados dedos de su mano sana en las sábanas hasta que todo acabó y pudo yacer en la cama con el rostro aún lívido. Pero no lloró. Ni el más mínimo sonido salió de sus labios…

El marqués carraspeó con disgusto. Sin decir una palabra, se volvió y salió de la habitación.

Malvado.

El marqués no dejaba de insultar a su segundo hijo. Lo hacía a la más mínima ocasión, tan a menudo como le era posible. Se lo decía en voz alta, incluso le gritaba. Y si no había nadie más alrededor, se lo susurraba al oído.

Ni una sola vez durante su infancia recibió Justin Sterling una palmada de reconocimiento de su padre, tampoco una mirada de orgullo. Sabía bien que ni siquiera valía la pena intentarlo, visto el desdén que el marqués le profesaba.

El tiempo pasó. El chico de piernas largas y delgadas se convirtió en un hombre alto, firme y atractivo. Su etapa en Eton estuvo plagada de incidentes y cartas al marqués. La desaprobación de su padre se multiplicó en justo paralelismo con la actitud desafiante de Justin.

Sí, su madre había traído la ruina al apellido familiar, y él se había propuesto cubrirlo de amargura. Sus hazañas eran atroces, su comportamiento espantoso. Todo lo que disgustaba a su padre, era para él motivo de satisfacción. Por pura rebeldía. Bebía, jugaba, frecuentaba los burdeles. Y si su padre se entera­ba… bien, aún mejor.

El verano que cumplió diecisiete años, llegó a casa un momento antes del amanecer de una noche cálida de junio. Acababa de pasar una agradable velada junto a una botella de opor­to y la hija del molinero, una combinación que le había dejado en verdad exhausto. La chica había resultado tener una creatividad que nunca hubiese imaginado. En verdad, su talento con la boca era…

—¿Dónde diablos has estado?

El marqués se interpuso en su camino. Los labios de Justin esbozaron una sonrisa.

—¿Cómo? ¿El señor desea una crónica pormenorizada de mis actividades nocturnas? —Ni siquiera se molestó en dirigirse a él por su nombre. Había dejado de llamarle «papá» hacía años. Ahora tampoco se dignaba en llamarle «padre» cuan­do estaba delante.

Hizo un gesto invitando a su padre a entrar en el estudio, cuya puerta se encontraba abierta.

—Quizás deberíamos sentarnos. Dado el interés de mi velada, esto podría llevarnos algún tiempo. Ahora bien, es justo que le prevenga que el relato podría… digamos, sonrojarle.

—¡No sigas! —silbó el marqués—. ¡No tengo ninguna intención de escuchar tus obscenidades! —Escudriñó a Justin de arriba abajo—. Jesús, estás borracho, ¿no es cierto?

Justin hizo una cortés reverencia ante su padre, tan cortés como pudo permitírselo su estado de embriaguez:

—Una observación no ausente de astucia.

Su padre se mordió el labio de disgusto.

—¡Dios santo, cómo desearía que te fueras, te marcharas y no volvieras nunca más!

Sin perder su sonrisa socarrona, Justin contestó:

—Razón de más para quedarme.

El marqués elevó los puños:

—Como hay un dios que puedo hacerlo. ¡Podría asegurarme de que nunca volvieras a poner un pie en esta casa!

—Claro, pero ¿qué le diría entonces a todo el mundo? Usted impulsa a mi madre a dejarlo y ahora me echa a mí. Sea como sea, no necesita aguantarme sino un poco más. Me voy a Cambridge después del verano, ¿se acuerda?

—Y estaré satisfecho de que así sea, porque cada día contigo es un verdadero infierno.

Justin inclinó la cabeza.

—Un sentimiento, debo decir, que usted y yo compartimos.

—Mírate, ¡tan bebido que casi no puedes tenerte en pie! ¡Apestas a perfume barato! Santo Dios, eres el vivo retrato de tu madre. Ella me avergonzó la muy ramera. Ella manchó el honor de mi familia, como tú lo estás haciendo ahora. Y todos estos años yo he tenido que mirarte, he tenido que ver cómo dirigías tus ojos hacia mí, con sus mismos ojos, con su misma sonrisa. Recordándome a cada momento lo que ella hizo, lo que fue: una ramera dispuesta a abrir sus piernas ante cualquier hombre que se le pusiese enfrente. Tú no eres mucho mejor. Tu sangre está contaminada, como lo estuvo la suya. Ninguna mujer decente te aceptará chico. ¡Ninguna mujer decente te querrá nunca!

Los ojos de Justin se encendieron de rabia. En aquel momento, lo único que quería era empezar a pegar a alguien, devolver el golpe, herir a su padre de la misma manera en la que su padre le había herido.

—¡Si mamá fue tan ramera como asegura —replicó fríamente—, entonces ¿cómo sabe que sus hijos son suyos?

De repente se calló. Miró duramente a su padre y susurró:

—Cielo santo, no lo sabe, ¿verdad?

El marqués no respondió. El silencio se convirtió de repente en una pesada losa. La boca de Justin se abrió en una mueca dramática:

—¿No es increíble? El marqués de Thurston… abandonado por su esposa, quien se mató mientras huía a Francia con su amante… responsable para siempre del cuidado de sus hijos. ¡Cuando en realidad no sabe si alguno de ellos es realmente suyo! Y por supuesto, no podía dejarnos al cuidado de nadie más. Tuvo que reclamarnos porque, simplemente, no lo sabía.

El marqués estaba lívido.

—Cállate, chico. —Pero Justin empezó a reír. De una manera que… no podía parar.

—¡Que te calles te digo! —gritó el marqués. La malicia asomó a sus ojos al dar un amenazador paso hacia delante.

Entonces, todo cambió. El marqués emitió un sonido de ahogo, sus ojos hinchados. Fue a echar mano de la corbata… pero su cuerpo se derrumbó, inerte, al suelo.

Justin no podía apartar los ojos de la figura de su padre, que yacía boca abajo en el suelo de mármol. Hubo un breve instante de terror, en el que su cuerpo se negaba a moverse. Después, el juicio volvió y pudo correr hasta su padre, dejándose caer a la altura de sus rodillas. Le tendió una mano tentativa:

—¿Padre? —susurró. El cuerpo del marqués giró y unos ojos ahora ciegos miraron el techo. Justin empezó a temblar. Una horrible sensación se apoderó de él. Se puso de pie y empezó a correr, empezó a correr hacia su habitación como si fuera el mismísimo demonio quien le persiguiera…

El marqués había muerto. Muerto.

Justin no diría nunca a nadie lo que sucedió aquella noche entre los dos. Lo guardaría en lo más profundo de su alma. Nadie más sabría que él había estado presente… que él había matado a su padre.

Capítulo uno

Londres, 1817

El ambiente que se respiraba en White no era particularmente diferente al de cualquier otra noche. Un grupo de elegantes caballeros rodeaban la mesa de juego. El aire se sentía cargado con el olor a brandy y tabaco. Con su largo cuerpo estrujado en una silla de terciopelo verde, Justin Sterling hojeaba el periódico del día, como si no le interesase lo que éste pudiera revelarle ya, que en realidad, así era. Sus largas piernas cruzadas a la altura de los tobillos, una postura en la que uno nunca deja de estar cómodo.

—¡Que Dios nos coja confesados! ¡Así que por fin te has dignado a honrarnos con tu presencia de nuevo!

Justin miró al intruso por encima del periódico, para encontrarse con los ojos de su amigo Gideon.

Los ojos de Gideon se dirigieron a la silla vacía situada junto a Justin.

—¿Puedo?

—Pero cómo, ¿me estás pidiendo permiso? —Dejó a un lado el periódico. Gideon era un hombre conocido por hacer siempre lo que le apetecía, cuando le apetecía y donde le apetecía. Un hombre de la admiración de Justin, por así decirlo.

—Bueno —dijo Gideon—, teniendo en cuenta lo impredecible de tu estado de ánimo cuando dejaste el país, pensé que sería mejor hacerlo.

Era cierto. Incluso su hermana política, Devon, había comentado su mal humor antes de partir. La razón: Justin la ignoraba. No era que echase de menos la compañía, ni femenina ni familiar. En realidad, tenía a su disposición todo aquello que necesitaba o pudiese necesitar. Por tanto, ¿qué más podía pedir un hombre?

No lo sabía. Eso era lo que le martirizaba. En aquel punto, había decidido tres meses antes que un cambio de escenario volvería a poner las cosas en su sitio. Y se había trasladado al continente: París, Roma, Viena… Había viajado para contentar su alma, como una pura concesión a su corazón.

Y ahora estaba de vuelta.

Si bien su corazón no estaba más contento que antes.

Justin alcanzó su vaso de oporto.

—Y mis mejores deseos para ti también —murmuró con sequedad.

—Mis disculpas, entonces. Debo decir que se te ve particularmente bien hoy. —Gideon admiró la lana ceñida a la perfección de su indumentaria—. Debe de ser tu sastre. Weston, supongo.

Justin asintió. Weston era el mejor, y también el más caro, sastre de la ciudad.

—Supones bien.

Un estruendo de risas se oyó no muy lejos.

—¡Dos mil libras al hombre que la consiga!

Justin dirigió su mirada directamente hacia Ashton Bentley, en un momento en el que ejecutaba una reverencia temblorosa. Justin no se sorprendió, habida cuenta de la predilección de Bentley por la bebida, hasta el extremo de que siempre se las arreglaba para sobrepasar los límites de la tolerancia.

—Eleva la apuesta y hazla que merezca la pena —respondió otro sujeto.

Las voces venían de un grupo de hombres congregados a sólo unos pasos del famoso mirador de White donde Beau Brummell y sus contertulios solían reunirse, si bien esta noche no estaban presentes. Al parecer la discusión se estaba poniendo interesante.

Se produjo una ostentosa carcajada.

—¡Nadie la ha visto perder su virtud ni estar a punto de hacerlo, a menos que lo haga en su noche de bodas!

—¡Nunca consentirá en tener relaciones antes del matrimonio! —silbó otro—. ¡Si no, pregunta a Bentley!

—¡Demonios! No necesitaré tomarla en matrimonio, ni siquiera comprometerme con ella, para hacerla mía. ¡Esa rosa será deshojada al final de la estación como me llamo Charles Brentwood!

A lo que otro hombre respondió incrédulo:

—¿Quién? ¿Ella, llevada al huerto? Ni muerta.

—¡Dos mil a que puedo acabar con ella! —se pavoneó Patrick McElroy, el segundo hijo de un conde escocés—. ¡Y su marido, cuando ella se digne a elegir a uno de entre todos los bufones que la cortejan, no se enterará nunca de que no fue el primero!

—Entonces ¿cómo sabremos que el acto fue consumado? —La pregunta era inevitable—. Reclamar el hecho es una cosa, tener éxito otra bien distinta.

Lo cierto es que Justin había estado considerando justamente este punto.

—Tiene razón —exclamó uno entre el griterío—. ¡Necesitaremos una prueba!

—¡Un trofeo! —coreó alguien—. ¡Necesitamos un trofeo!

—¡Un mechón de su cabello será la prueba! ¡No hay otra alma en Inglaterra con el pelo del color del fuego!

Sin duda se trataba de alguna joven debutante quien había captado toda la atención de la temporada. En su opinión, el escocés McElroy resultaba vulgar y Brentwood carecía de finura en su trato con el otro sexo. Por lo que Justin compadeció a la criatura, se tratara de quien se tratase.

La mirada de Justin no se había apartado del grupo.

—Parece que el grupo se pone caliente —murmuró a Gideon—, y confieso que mi curiosidad crece por momentos. ¿Quién es esa mujer que les tiene tan fascinados?

Gideon concedió una sonrisa divertida:

—¿Quién si no la Inalcanzable?

—¿La qué?

—No «qué», sino «quién». Has estado fuera demasiado tiem­po, amigo mío. Después de haber rechazado tres ofertas de matrimonio en una noche (entre ellas la de Bentley), se ha convertido en la Inalcanzable. Se ha hecho bastante famosa estos días, ¿lo sabías? Es la admiración de la temporada.

Justin elevó los ojos al cielo y suspiró:

—Justo lo que Londres necesita. Otra monótona, aburrida e insípida debutante.

—Bueno, no exactamente una debutante. Tiene casi veintiuno, aunque no creo que haya tenido nunca una puesta de largo. Y desde luego de todo, menos insípida —dijo Gideon dejando escapar una risotada—. Ah, ésta sería la última palabra que yo utilizaría para describir a la Inalcanzable.

—¿Y qué palabra utilizarías tú entonces para describirla?

Justin apuró la copa con los labios, mientras Gideon apretaba los suyos.

—En realidad, una sola palabra no lo haría. Es verdaderamente deliciosa, aunque, ah, ¿debo decir esto? No es una mujer convencional, sino toda una furia. Desde luego, no tiene nada de aburrida y difícilmente podría ser una mujer monótona. Creo que no la he visto nunca vestida de color blanco. Y su pelo es del color del fuego —asintió en dirección al grupo—. Un digno trofeo, verdaderamente.

—Suena como si difícilmente fuera la primera flor de la primavera.

—No es la típica debutante. Pero quizás por eso es tan atrayente. Es una mujer de… ¿cómo decirlo? Una mujer de colosales proporciones. —Gideon emitió un dramático suspiro—. Tie­ne la gracia de un pez fuera del agua y desde luego no podría bailar para salvar su alma.

El arqueo de unas cejas negras perfectamente definidas se hizo más pronunciado y Justin hizo bajar su copa para examinar a Gideon sin dar fe a lo que oía. Hizo un pretendido gesto de disgusto.

—¿La criatura es un gigante, anda a tropezones, su edad está casi al límite y aún así, ha rechazado a tres pretendientes?

—En efecto —afirmó Gideon—, y ni siquiera tiene una fortuna que la respalde.

—Dios mío, ¿es que todos los hombres de la ciudad se han vuelto locos?

Gideon sonrió dulcemente.

—Desde luego. Lo que están es locos, pero locos por ella. Calculo que… sí, quizás la mitad han sido atrapados. Enamorados. Embrujados y arrodillados a sus pies declarando su amor por ella. La otra mitad se encuentran aquí en White —susurró Gideon al oído de Justin—, intentando la forma de mirar bajo sus faldas, como ya has oído.

Incluso el cínico de Justin arqueó una ceja:

—Parece que incluso tú has sido embrujado —observó—, ¿has sucumbido también tú al poder de sus encantos?

Gideon profirió una carcajada como única respuesta. Pero casi antes de que el sonido emergiera de sus labios, sus ojos le traicionaron por una fracción de segundo. Justin le conocía demasiado bien como para no ver lo que Gideon trataba de ocultar. Le dirigió una mirada atenta, casi asombrada. Gideon no era del tipo de personas que se avergüenzan fácilmente.

—No me digas —exclamó Justin al fin— que te encuentras entre la corte de bufones de ahí al lado. —A juzgar por su ceño fruncido, Gideon no se tomó muy bien el cumplido.

Justin no pudo resistirse a la ironía:

—Te puso en tu lugar, ¿no es cierto?

—No seas tan condenadamente engreído —explotó Gideon.

Su amigo dio un sorbo al oporto.

—En verdad que no lo pretendía. —Contempló el interior de su copa, conmovido. No le agradaban las mujeres pelirrojas, y por una buena razón: le recordaban a…

—Pareces bastante asustado, Justin. ¿Qué sucede?

—Por si te interesa, estaba pensando en una mujer que me puso en su sitio hace algunos años.

—¿A ti? ¿Quién?

El incidente que se empeñaba en apartar de su mente no era uno de los más memorables. Ella había conseguido abatir su orgullo, un orgullo que, por aquel entonces, tenía bastante henchido. La razón por la que la chica le había elegido a él para su travesura, la desconocía. Por supuesto, Sebastian seguía recordándole el incidente con la pequeña pícara a la menor ocasión. Niña o no, él nunca había olvidado, mucho menos perdonado, a aquella pequeña salvaje que había intentado degradarle.

—Bastará con que sepas que quizás no somos tan intocables como pensamos, ninguno de los dos. —Se cuidó de decir que la mujer en cuestión no era sino una niña (y que él no era más que un muchacho). Dios sabe que Gideon no hubiese parado de mofarse si lo hubiese sabido.

Justin retomó la conversación que les ocupaba:

—Debe de ser impresionante esa criatura a la que llamáis la Inalcanzable. Debe de serlo si ha sido capaz de tenerte a ti, el bribón más conocido de la ciudad, suplicando por sus faldas.

—Oh, pero creo que esa distinción te pertenece a ti. —Era evidente que Gideon había recuperado su aplomo y estaba otra vez dispuesto a enfrentarse con cualquiera—. No obstante, si piensas que podrías hacerlo mejor, deberías incluirte también entre los que apuestan. —Y señaló el grupo en el que todavía se discutía sobre la Inalcanzable, en términos aún más indecentes.

Antes de que Justin pudiese contestar, la voz de Bentley cruzó de nuevo el salón.

—¡Tres mil libras para el hombre que consiga deshojar a la Inalcanzable!

—¡Ajá! —exclamó Gideon—, las apuestas empiezan a subir.

Justin movió la cabeza con desaprobación.

—Dios santo, Bentley está bebido. Alguien debería sacarlo de aquí antes de que vaya a la mesa de juegos y pierda hasta la ropa interior.

—¿Quién acepta la apuesta? —Hubo un puñado de manos alzadas en respuesta, cinco en total: McElroy, Brentwood, Lester Drummond, William Hardaway (¡un muchacho recién salido del colegio!) y Gregory Fitzroy.

—¡Que conste! —gritó la voz—. ¡Tres mil libras para aquel de vosotros cinco que consiga a la Inalcanzable!

Hubo en la sala un estrépito triunfal de vítores, lanzamientos de billetes por los aires y un hombre fue enviado a por el libro oficial de apuestas. No es que Justin estuviera sorprendi­do por la apuesta, dado que en lo referente a apuestas, nada se consideraba sagrado aquí en White (tampoco en ningún otro club masculino de la ciudad). Eran todos unos granujas, decidió Justin no sin una mueca de burla, y él y Gideon, los peores del grupo.

Muy a pesar suyo, Justin se encontró pensando en la Inalcanzable y en lo que podría hacerla tan especial. Su mirada volvió a Gideon. Le pareció desconcertante ver que los ojos de Gideon se habían cerrado de nuevo. Justin no estaba seguro de que le gustase el aire de divertimento que vio en su rostro.

Conocía bien lo que significaba que Gideon ladease así la cabeza.

—Intrigado estamos, ¿eh, Justin?

Justin se encogió de hombros.

La risa de Gideon se hizo más fuerte.

—Admítelo. Nos conocemos desde hace mucho tiempo. Estás intrigado. Si no por la enorme cantidad de dinero que está en juego, sí por el hecho de que la Inalcanzable haya merecido mi interés.

Una ceja negra cargada de elegancia se elevó en su rostro:

—Debe de ser verdaderamente un témpano de hielo si se resiste a tus encantos.

Gideon no confirmó ni negó nada. En su lugar, un centelleo salió de sus ojos.

—Si ése es el caso, no hay duda de que estás pensando en derretirlo.

—Ni siquiera tengo intención de intentarlo —dijo Justin con brusquedad.

—Lo confieso, me estás desilusionando. —Gideon simuló un lamento—. Tú, el hombre de innumerables conquistas. Por Dios, te has ido y has vuelto casi… si me permites decirlo, has vuelto casi respetable. Te estás convirtiendo en un zoquete.

Ahora sí, eso merecía una carcajada.

Tenía un demonio dentro y todo el mundo lo sabía… todos menos, quizás, su hermano Sebastian, a quien le gustaba recordarle que tenía momentos de respetabilidad. La manera en la que se había aventurado en varios negocios y había conseguido una respetable suma de dinero, por ejemplo. También, había dejado la casa familiar dos años atrás y había alquilado su propio lugar, justo antes de la boda de Sebastian. Razones por las cuales, pensaba su hermano, podía considerársele respetable.

Un halo de simpatía empezaba a invadirle, sobre todo porque ya iba por su tercera copa de oporto. Aún así, su sonrisa fue un poco forzada.

—No te molestes en superarme, Gideon —respondió amigablemente.

Gideon hizo un gesto hacia el grupo que seguía congregado alrededor del libro de apuestas.

—Entonces, ¿por qué estás eludiendo el tema?

En aquel momento, Justin se enfadó:

—En primer lugar, porque parece que ella es insoportable. En segundo lugar, porque no hay duda de que es un parangón de virtudes…

—¡Ah, eso sin lugar a dudas! ¿No te mencioné que es la hija del vicario?

El corazón de Justin se encogió. La hija del vicario… el pelo del color del fuego… Pero no era posible. Apartó inmediatamente la idea de su cabeza. Era imposible que fuera ella.

—Puedo ser muchas cosas, pero no soy un embaucador de mujeres inocentes. —Elevó a Gideon su mirada más condescendiente, aquella que hubiera hecho correr a más de uno.

Sin embargo, en Gideon no provocaba ese efecto. En realidad, no provocó sino otra de sus risotadas.

—Perdóname. Pero por lo que tengo entendido, eres un embaucador de cualquier mujer que se cruce en tu camino.

—Detesto a las pelirrojas. Y tengo una verdadera animadversión por las vírgenes.

—¿Cómo? ¿Quieres decir que nunca has estado con una virgen?

—Creo que no —relató Justin con desgana—, ya sabes que mis gustos son refinados, nada de particular: rubias pálidas y delicadas.

—¿Dudas de tus habilidades? Una mujer de la talla de la Inal­canzable requiere un trato gentil. Sólo piénsalo: una virgen, para hacer y moldearla como te plazca. —Gideon le profirió una mirada llena de exageración—. ¿O quizás, como hombre de edad, tienes miedo de que tu aclamado encanto esté desapareciendo?

Justin se dignó a dedicarle una media sonrisa. Los dos sabían la verdad.

Gideon prosiguió:

—Entiendo que necesitas otro tipo de persuasión. Sin duda, los tres mil de Bentley no son una justa suma para un hombre de tu categoría. ¿Qué te parece si hacemos esta apuesta más interesante?

Con los ojos siempre fijos en él prosiguió:

—Te propongo que doblemos la cifra, una apuesta entre nosotros dos. Algo privado, entre dos amigos, si lo deseas. —Sonrió—. A menudo me he preguntado qué mujer puede resistir­se al hombre calificado como el más guapo de toda Inglaterra. ¿Exis­te esa mujer? Seis mil libras a que ella lo hace. Seis mil libras a que esa mujer es la Inalcanzable.

Justin se quedó callado. Seducir fríamente a una virgen, hacer que se enamorase de él cruelmente para que pudiese…

Dios. Que estuviera solamente considerándolo decía tan poco de su carácter, o de su falta de él… De hecho, sólo probaba lo que todos decían siempre…

No tenía redención.

Era un granuja, y por mucho que Sebastian protestase, sabía que nunca cambiaría.

—Seis mil libras —añadió Gideon de manera deliberada—, y te garantizo que cada penique merece la pena. Sólo te pongo una condición.

—¿Y de qué se trata?

—Debe ser tuya al final de este mes.

Una sonrisa tardó en aflorar a los labios de Justin.

—¿Y qué prueba querrás?

—Bueno, me atrevo a decir que sabré cuándo la criatura ha caído entre tus garras.

Estaba bebido, pensó Justin, quizás tan bebido como ese estúpido de Bentley, o quizás era que no quería reconsiderar la idea. Pero él era un hombre que no podía resistirse a un desafío. Y Gideon lo sabía.

Había habido muchas mujeres en su vida. Había alcanzado la edad de veintinueve, y hasta entonces ninguna mujer había conseguido captar su interés durante más de unas semanas. Él era como su madre en este aspecto, pensó con tristeza. Total, ¿qué sería una más?

Y si todo lo que se decía sobre la Inalcanzable era cierto… si no ocurría nada más, podría resultar un entretenido escarceo.

Entonces se encontró con los ojos de Gideon.

—Sabes —murmuró Justin—, que nunca hago una apuesta a menos que crea que puedo ganarla.

—¡Cuánta arrogancia! Además, creo que quizás seas tú el que tengas que pagarme. Recuerda, tienes que librarte también del resto de la multitud. —El gesto de Gideon se dirigió hacia Brentwood y McElroy.

Justin echó atrás la silla y se puso en pie.

—Algo me dice que tú sabes dónde puedo encontrar a ese dechado de virtudes.

Gideon le miró con ojos chispeantes.

—Creo que podría ser en el baile de Farthingale.

 

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