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Una visión tolerante
«Si un hombre no sigue el paso de sus compañeros,
quizá sea porque oye un tambor diferente,
dejadle que marche al ritmo de la música
que oye, por acompasada o lejana que sea.»
Henry David Thoreau, 1817-1862
1
Glendrochatt se alzaba en lo alto de una colina. Era una casa antigua
con secretos, que representaba cosas muy distintas para
diferentes personas.
Para Giles era su pasado y su futuro: terror y desafío. Para
Isobel era un lugar lleno de calidez y risas, el hogar de sus hijos.
Lorna veía en Glendrochatt el objeto esquivo de sus sueños. Para
Daniel era fascinación y amenaza. ¿Y para Edward y Amy? La
casa vibraba con la música de Amy, pero ¿quién podía saber lo
que pasaba por la cabeza del pequeño Edward?
Cuando Isobel Grant supo que su hermana volvía a casa desde
Sudáfrica, una sombra empañó por un momento su habitual
alegría.
Lorna le escribía para decirle que, ahora que su divorcio era
un hecho, quería empezar de cero y dejar los últimos años atrás.
¿Podía visitarlos y quedarse con ellos hasta que organizara su
vida o, en todo caso, hasta el final del verano? Quizá tuvieran
un trabajo para ella. Naturalmente, no necesitaba recibir remuneración
alguna. Mientras leía aquella letra clara y bien conocida,
Isobel supo, con esa certidumbre interna que suele ser fatalmente
certera, que lo que Lorna quería no era empezar una
nueva vida, sino recoger los hilos de la vieja y tejerlos de forma
diferente.
El desasosiego, como si de una espina de pescado pequeña
pero entera se tratara, le daba punzadas en la garganta.
Se preguntó cómo se sentiría su hermana, que no tenía hijos,
con los niños. Y lo más importante, ¿cómo reaccionarían ellos, en
especial Edward, ante ella? Pensar en el efecto que Edward y
Lorna podían tener el uno en el otro hizo que la inundara un sudor
frío. Eran tantos los cambios que estaban a punto de producirse
en la vida de los Grant que Isobel se preguntaba cómo se
las arreglaría para encajar esa nueva pieza en un puzzle ya de
por sí muy complicado.
Se preguntaba sobre todo cómo reaccionaría Giles a la presencia
de su cuñada.
No habían visto a Lorna desde la última vez que fueron de vacaciones a Sudáfrica y se quedaron en Ciudad del Cabo con ella y su esposo. Pese a lo exuberante de los alrededores y al tren de vida de Lorna, fueron unos días incómodos, con las tensiones apenas contenidas bajo la superficie. Había ciertas fisuras en el matrimonio Cartwright que no presagiaban nada bueno. John Cartwright, un cirujano ocular brillante, era un hombre muy nervioso y exigente, dado a ocasionales estallidos de mal humor que dejaban temblando a todos los que estaban en contacto con él. Isobel pensaba, para sus adentros, que Lorna, su segunda esposa, lo provocaba deliberadamente y luego disfrutaba haciéndose la mártir, cuando él perdía el control. Giles solía defender a Lorna y la hacía objeto de su solícita comprensión, lo que no le ayudó precisamente a granjearse el afecto de su difícil esposo, e Isobel se sintió aliviada cuando acabaron las vacaciones. De eso hacía ya tres años.
Cuando Isobel le alargó la carta de Lorna, la primera reacción de Giles pareció normal, pero llevaba casada con él demasiado tiempo para no saber que los sentimientos que decidía mostrar no siempre coincidían con lo que en verdad sentía.
—Bien, estupendo. Me alegra que por fin haya decidido librarse
de aquel cabrón —dijo, mientras ojeaba las delgadas hojas
de su correo aéreo y trasteaba, simultáneamente, con una sola
mano, en su teléfono móvil.
Isobel se quedó mirando por la ventana, contemplando la torrencial
lluvia escocesa que enlazaba el cielo y la tierra con largas
puntadas diagonales y volvía temporalmente invisibles las colinas.
—Supongo que va a venir —murmuró a regañadientes, después de una pausa—, aunque no es precisamente el mejor momento.
—Pues, mira, no sé. Quizá sea un momento excelente. Vas a necesitar toda la ayuda que puedas conseguir si este nuevo proyecto sale adelante y sabes que todo esto te va a desbordar. Lorna podría ser muy útil.
—Es precisamente su capacidad para ser útil lo que me agobia.— Isobel hizo una mueca.
—Yo podría encontrarle un montón de cosas que hacer.
—Qué bien. Podría llegar a hacerse indispensable —respondió Isobel, con un tono ligero, arqueando una ceja y mirando a su marido.
—Sí que podría. —Giles dejó caer sus palabras como si fueran gotas de un medicamento, cuidadosamente medido.
—De acuerdo, entonces. —Isobel se puso a recoger el formulario para solicitar una beca del Fondo de Lotería para las Artes, junto con las notas que había tomado en una reciente reunión de los fiduciarios de la Fundación Glendrochatt.
Habría sido demasiado esperar que, después de casada, Isobel permaneciera mucho tiempo ignorando la vieja relación amorosa de Giles con su hermana. Siempre hay demasiada gente que disfruta comunicando una información desagradable con el débil pretexto de que creen que el receptor «debería saberlo». Giles trató de convencerla de que la relación nunca había sido nada serio —cosas de adolescentes— y le aseguró que, en todo caso, se había acabado mucho antes de que Isobel y él se conocieran.
Ella le creyó y, aunque consternada, aceptó su versión de lo sucedido. Pero lo que sintiera su enigmática hermana, eso era harina de otro costal. Isobel no tenía ninguna intención de decirle a Giles lo peligrosa que encontraba la nueva situación, aunque realmente no necesitaba hacerlo. Giles siempre detectaba cualquier trasfon do, por sutil que fuera; era capaz de atraerlo a la superficie, igual que un imán atrae los alfileres.
—Lo sé, lo sé. No podemos negarnos —dijo Isobel, levantando las manos, como dándose por vencida—. Le escribiré para decirle que estaremos encantados de que se quede con nosotros y que sí que podemos emplearla durante un tiempo, para ayudarla a empezar de nuevo y para que ella nos ayude a salir del apuro en que estamos... aunque insistiré en que le pagaremos adecuadamente, sin admitir discusiones, pero que tendrá que ser algo estrictamente temporal, claro.
—Claro —dijo Giles, y le regaló a su esposa su sonrisa especial, la que hacía que le temblaran las piernas cuando se conocieron... y que aún lo conseguía, de vez en cuando.
—¿Quién de los dos va a encontrar tiempo para llevar a Amy a su clase esta tarde? —preguntó Giles, mirando el reloj.
—Sabéis perfectamente que yo tengo que llevar a Edward al médico, oh, vos, caballero amante de fisgonear en mi agenda —dijo Isobel, riéndose de él—. A veces, eres el colmo, Giles Grant; odias no ser tú quien acompañe a Amy. Estás hecho un viejo farsante, no te atrevas a negarlo.
Giles le dio un golpecito en la nariz. Había sido una pregunta retórica, una manera típica de Giles para subrayar lo mucho que, en su opinión, necesitaban un jugador de reserva en su vida. Le dedicó a su esposa una mirada cariñosa. La gente solía verse arrastrada por el carisma de Giles y se rendía a sus tendencias organizadoras: era como un maremoto que arrasaba con cualquier atisbo de disensión, pero Isobel siempre había sabido resistirse a sus encantos. Giles respetaba su independencia mental y valoraba en mucho su capacidad para divertirse con el lado ridículo de la mayoría de las situaciones y las personas, incluyéndolo a él. Adoraba oírla reír.
El día de la llegada de Lorna se acercaba, e Isobel hizo preparativos especiales para que su hermana estuviera cómoda. Era su forma personal de tocar madera, una especie de trato con el des tino: «Si me porto correctamente y hago que ella se sienta bienvenida de verdad —pensaba Isobel— quizá todo salga bien, quizá recuperemos parte de la intimidad que teníamos en el pasado sin las fricciones que mantuvimos». Pero en realidad no lo creía.
La idea de tener a su hermana viviendo en Glendrochatt hacía que se le cayera el alma a los pies. Lorna, con su piel fina como el papel y sus planes secretos, siempre tan hábilmente escondidos que pocas personas sabían que los tenía; Lorna, tan servicial, tan comprensiva, en la que era tan peligrosamente fácil confiar; Lorna, tan poco de fiar, tan hábil sembrando cizaña en todas partes. Los trabajos de construcción, que habían convertido la vida de los Grant en un caos durante meses, estaban casi terminados; la ceremonia de apertura del Centro de las Artes Glendrochatt estaba cada vez más cerca. Como había señalado Giles, la llegada de Lorna les ahorraría tener que volver a poner anuncios para una secretaria adjunta. Las respuestas a su primer anuncio habían sido numerosas, pero los candidatos en sí mismos habían resultado decepcionantes y la idea de verse obligados a dedicar más tiempo a unas entrevistas interminables y posiblemente infructuosas en aquel momento en particular era desalentadora.
Por suerte, Giles estuvo de acuerdo con Isobel en que Lorna debía recibir un salario acorde a su trabajo. Sabían que no necesitaba el dinero, porque había conseguido un acuerdo de divorcio muy generoso, pero la idea de estar en deuda con ella —una situación que explotaría tarde o temprano— resultaba demasiado angustiosa para Isobel; consideraba que si le daba un cariz profesional, igualmente beneficioso para ambas partes, podría sobrellevarlo.
Decidió alojar a Lorna en uno de los apartamentos en que
estaban transformando los viejos establos para uso de los profesores
visitantes, los artistas y el personal contratado; siempre lo
había reservado para el nuevo secretario. Pensando en los gustos
de su hermana, eligió una cretona con ramitos de muguete
sobre un fondo rosa; una copia encantadora de un viejo diseño
victoriano, para las cortinas y la colcha, y una muselina suiza con
pequeños topos encima de una tela de algodón para el tocador.
No era lo que habría escogido para ella misma, pero el rosa siempre
había sido el color favorito de Lorna y la habitación tenía un
aspecto muy refrescante y agradable cuando estuvo acabada. En
cada apartamento, había un cuarto de baño y una sala de estar
con una barra para desayunar que la separaba de la pequeña cocina.
Abajo, había una zona común para que los inquilinos dejaran las botas y los impermeables —esenciales para la vida en Perthshire— y un cuarto de servicio comunitario con una lavadora y una instalación para secar la ropa. Isobel sabía que la mayoría de las personas encontraría que los pisos eran encantadores, pero se preguntaba si Lorna esperaba vivir en famille con ella, Giles y los niños, y se preparó para recibir la actitud ofendida de su hermana.
El jardín de Glendrochatt era un paraíso para los niños. De
pie junto a la fachada sur de la casa, antes de ir a recoger a Lorna
al aeropuerto de Edimburgo, Isobel miró hacia abajo y vio
cómo Amy y Edward pasaban por la balaustrada que llevaba
desde la terraza clásica a una zona más natural, un espacio con
un césped de grama, rodeado de abedules y las especies de rododendros
y azaleas que el abuelo de Giles había traído de los Himalayas.
Los jardines eran famosos gracias precisamente a estas
exóticas variedades. Grupos de helechos rodeaban el claro y,
entre la hierba, crecían campánulas por doquier. Era la zona de
juegos especial de los niños. Un cedro, tan viejo como la propia
casa, extendía sus enormes ramas sobre la hierba, y de una de
ellas colgaba el columpio que habían instalado allí cuando Giles
era niño.
Las cuerdas se habían ido cambiando a lo largo de los
años, pero el asiento de madera era el mismo que hicieron para él treinta y cinco años atrás. También allí estaba el balancín en el
cual un Giles pequeño y solitario se había visto obligado a inventar
sus propios juegos, porque raramente tenía un compañero
que se sentara en el otro extremo de la tabla. Le había enseñado
a Amy cómo sostenerse de pie en el medio, con las piernas
separadas, y hacer que se inclinara peligrosamente arriba y abajo,
controlando con habilidad los rebotes, o quedarse absolutamente
quieto, tan inmóvil como un halcón que se cierne en lo
alto, sostenido por las corrientes de aire caliente, encontrando el
punto de equilibrio perfecto. A veces, Amy tocaba el violín de
pie en el balancín, saboreando el doble desafío que representaba
mantener firme la mitad inferior del cuerpo, mientras se balanceaba
con osadía de cintura para arriba manejando el arco con
un entusiasmo desbordante de energía, aunque Giles se ponía
furioso si la pillaba.
Unos meses atrás, había roto un nuevo violín de tamaño medio que valía quinientas libras al perder el equilibrio y caerse del balancín. Por suerte, pudieron reparar el instrumento y, en cualquier caso, estaba asegurado, pero Giles le había prohibido que volviera a hacer algo tan estúpido e irresponsable nunca más. Isobel lo había respaldado, pero pensó que había algo más en su enfado que la natural ansiedad por que Amy o el violín sufrieran algún daño; cuando tocaba de aquella manera, como un pájaro libre que canta desde lo alto de un árbol, la música de Amy se escapaba de la dirección de Giles.
Mirando ahora a su hija, de pie en el balancín, con las piernas
morenas y desnudas manteniendo pese al viento la larga tabla en
equilibrio sin esfuerzo aparente y los brazos enlazados detrás
de la cabeza, Isobel pensó que era irónico que Giles le hubiera
enseñado a mantener el equilibrio a Amy, cuando a él le resultaba
tan difícil conseguirlo en su propia vida. Se preguntó si
Edward lograría alcanzar algún punto de equilibrio, por lo menos
alguno que los demás pudieran reconocer. Pero, claro, no se
podía juzgar a Edward según las reglas comunes.
Al borde del claro estaba el castillo de madera —otro legado
de la infancia de Giles—, en el cual Amy y Edward habían establecido
su cuartel general. Edward estaba sentado en el puente
levadizo, con la bolsa de serpientes y dinosaurios de juguete que
llevaba a todas partes, unas criaturas aterradoras que libraban
batallas sangrientas y luchaban hasta la muerte bajo la dirección
de su dueño.
—Muere, oh rey de loz dinozaurioz —salmodió Edward,
que ceceaba—. ¡Bang! ¡Bang! Eztáz muerto. Te doy muerte con
mi ezpada.
Isobel pensó, entristecida, que aquellas criaturas de plástico
no eran nada comparadas con los extraños monstruos que se retorcían
en la mente de su hijo, pero por lo menos hoy los niños
estaban jugando juntos, algo que cada vez se hacía más raro conforme
los caminos de los dos empezaban a separarse. Les dijo
adiós con la mano, pero estaban demasiado absortos en sus juegos
para darse cuenta y, mientras iba a buscar el coche, Isobel
Grant deseó desesperadamente poder congelar aquel momento
y no tener que enfrentarse al futuro.