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Mía es la venganza; Yo haré justicia, dice el Señor.
EPÍSTOLA A LOS ROMANOS,12:19
La venganza se halla en mi corazón, la muerte en mi mano.
SHAKESPEARE
Capítulo uno
Investigar un asesinato requería tiempo, paciencia, habilidad y tolerancia a la monotonía. La teniente Eve Dallas tenía todas esas cualidades.
Eve sabía que el acto de cometer un asesinato no requería ninguna de esas cualidades. Era demasiado frecuente que se arrebatara una vida por un impulso, un momento de rabia, por diversión o, simplemente, por estupidez. Eso último era lo que, para ella, había empujado a un tal John Henry Bonning a lanzar a un tal Charles Michael Renekee desde una ventana del piso doce de un edificio de la Avenida D.
En esos momentos se encontraba interrogando a Bonning. Calculaba que tardaría unos veinte minutos como máximo en arrancarle una confesión y otros quince en encerrarle y en cumplimentar el informe correspondiente. Quizá llegaría a casa a tiempo.
—Venga, Boner. —Manejaba el habitual tono de policía veterana ante un criminal veterano. Nivel básico, su terreno—. Hazte un favor. Confiesa y podrás apelar defensa propia y disminución de capacidad. Podemos tener esto listo para la hora de la cena. He oído que esta noche hay pasta sorpresa en prisión.
—No lo toqué. —Bonning hizo una mueca con los protuberantes labios y juntó los dedos, largos y gruesos—. El jodido saltó.
Eve suspiró y se sentó ante la pequeña mesa metálica de la Sala de Interrogatorios A. No quería que Booning solicitara un abogado y atascara el proceso. Lo único que tenía que hacer era evitar que pronunciara esas palabras y continuar dirigiéndole en la misma dirección para conseguir terminar con eso.
Los traficantes de segunda clase como Bonning eran siempre lentos, pero antes o después suplicaría la presencia de un representante legal. Se trataba del tira y afloja de siempre, eterno como el crimen. A pesar de que el año 2058 estaba llegando a su fin, el asesinato no había cambiado.
—Él saltó… un rápido pase a través de la ventana. ¿Por qué haría eso, Boner?
Boning frunció la frente de simio, en actitud pensativa.
—¿Porque era un loco bastardo?
—Es una buena idea, Boner, pero no te va ha salvar de pasar a la segunda ronda de apuestas de Quién Jode al Poli.
Él tuvo que pensarlo durante treinta segundos. Luego, estiró lentamente los labios hasta que esbozaron una sonrisa.
—Divertido. Muy divertido, Dallas.
—Sí, estoy pensando en hacer jornada nocturna como cómica. Pero, volvamos a mi trabajo diurno. Vosotros dos estabais preparando un poco de Erótica con el laboratorio portátil en la Avenida D cuando a Renekee, siendo como era un loco bastardo, se le subió la mosca a la nariz y saltó por la ventana atravesando el cristal, cayó doce pisos, rebotó contra el techo de un taxi, para terror de la pareja de turistas de Topeka que se encontraban en el asiento trasero, y esparció su masa cerebral por toda la calle.
—Sí que rebotó —dijo Bonning, con lo que podría calificarse de sonrisa soñadora—. ¿Quién lo hubiera pensado?
Eve no tenía intención de llegar a asesinato en primer grado, y se imaginaba que si le imputaba segundo grado, el abogado designado por el tribunal conseguiría una rebaja de hasta homicidio sin premeditación. Un traficante que jodía a otro traficante no era un caso que hiciera que la justicia se quitara la venda con una sonrisa de emoción. Cumpliría una condena mayor por el tema de las sustancias ilegales que por homicidio. E incluso combinando ambos cargos, era indudable que no pasaría más de un período de tres años encerrado.
Eve cruzó los brazos encima de la mesa y se inclinó hacia delante.
—Boner, ¿tengo cara de estúpida?
Tomándose la pregunta en sentido literal, Bonning entrecerró los ojos y la observó con detenimiento. Ella tenía unos ojos grandes y marrones, pero no eran blandos. Tenía una boca grande y bonita, pero no estaba sonriendo.
—Parece la de una policía —decidió.
—Buena respuesta. No intentes enredarme ahí, Boner. Tú y tu socio tuvisteis una riña, te enojaste y terminaste tu relación personal y profesional lanzándole por la ventana. —Levantó la mano antes de que Bonning pudiera negarlo otra vez—. Así es como yo lo veo. Discutisteis, quizá os disputabais las ganancias, discutíais acerca de los métodos o por una mujer. Los dos os calentasteis. Así que quizá el fue a por ti. Uno debe defenderse, ¿verdad?
—Un hombre tiene derecho a eso —asintió Bonning, asintiendo rápidamente con la cabeza porque esa historia le sonaba—. Pero no nos peleamos. Simplemente, él quiso volar.
—¿Cómo te hiciste sangre en el labio, por qué tienes el ojo hinchado? ¿Cómo es que tienes los nudillos desollados?
Boning estiró los labios, sonriendo.
—En una pelea de bar.
—¿Cuándo? ¿Dónde?
—¿Quién sabe?
—Sabes hacerlo mejor. Y te darás cuenta cuando realicemos los análisis de la sangre que te hemos encontrado en los nudillos y encontremos que su sangre está mezclada con la tuya. Si encontramos su ADN en tus gordos dedos, voy a por premeditado… alta seguridad, perpetua, sin opción a fianza.
Parpadeó, como si su cerebro procesara información nueva y nada agradable.
—Vamos, Dallas, eso son tonterías. No vas a convencer a nadie de que me fui allí con la idea de matar al viejo Chukaroo. Éramos colegas.
Clavando los ojos en los de él, Eve sacó el comunicador.
—Última oportunidad de que hagas algo por ti. Voy a llamar a mi ayudante para que vaya a buscar los resultados de los análisis. Te voy a encerrar por asesinato en primer grado.
—No fue ningún asesinato. —Deseaba creer que ella estaba marcándose un farol. No era posible ver nada en esos ojos, pensó. Se pasó la lengua por los labios. No podía ver nada en esos ojos de policía—. Fue un accidente —aseguró, inspirado. Eve se limitó a menear la cabeza—. Sí, estábamos riñendo un poco y él… tropezó y se cayó por la ventana.
—Ahora me estás ofendiendo. Un hombre crecido no tropieza en una ventana que se encuentra a un metro del suelo. —Eve encendió el comunicador—. Agente Peabody.
En cuestión de segundos, el rostro redondo y serio de Peabody llenó la pantalla del comunicador.
—Sí, señor.
—Necesito los resultados de los análisis de sangre de Bonning. Envíelos directamente a la sala de interrogatorios A, y avise al fiscal de que tengo un asesinato en primer grado.
—Bueno, un momento, vale, no hace falta llegar hasta ahí. —Boning se pasó el dorso de la mano por los labios. Se debatió consigo mismo unos momentos, pensando que ella no podía pillarle por lo peor. Pero Dallas tenía reputación de haber puesto contra la pared a tipos más gordos que él.
—Ya has tenido tu oportunidad, Boner. Peabody…
—Vino a por mí, como ha dicho. Vino a por mí. Se volvió loco. Voy a contarle cómo fue todo, con franqueza. Quiero hacer una declaración.
—Peabody, aplace el cumplimiento de las órdenes. Informe al fiscal de que el señor Bonning va a hacer una declaración con franqueza.
La expresión de Peabody permaneció inalterable.
—Sí, teniente.
Eve volvió a guardar el comunicador en su bolsillo y entrelazó los dedos de la mano encima de la mesa mientras sonreía, complacida.
—De acuerdo, Boner, dime cómo fue todo.
Al cabo de cincuenta minutos, Eve llegó a su minúscula oficina de la Central de Policía de Nueva York. Tenía el aspecto de una policía, y no sólo por el arnés con el arma que le colgaba del hombro, ni por las gastadas botas y los vaqueros desteñidos. Tenía los ojos de una policía, unos ojos ante los cuales poca cosa escapaba. Tenían un color de miel oscura, y muy raramente mostraban una expresión temblorosa. Su rostro era anguloso, de pronunciados pómulos, y la sorprendentemente generosa boca con el hoyuelo en la barbilla le otorgaban carácter.
Entró con paso largo y andar ágil. No tenía ninguna prisa. Contenta consigo misma, se pasó los dedos por el pelo corto y mal cortado mientras se sentaba ante el escritorio.
Iba a cumplimentar el informe, a enviar las copias a todas las partes y fichar el fin de la jornada. Al otro lado de la ventana, rayada y estrecha, que se encontraba a sus espaldas, el tráfico aéreo era casi un torbellino. El estruendo de los cláxones de los autobuses aéreos y el zumbido constante de las hélices de los helicópteros no la incomodaban. Después de todo, eso se recogía en una de las canciones sobre Nueva York.
—Encender —ordenó. Resopló con impaciencia al ver que el ordenador permanecía tercamente apagado—. Joder, no empecemos. Enciéndete, capullo.
—Tienes que darle tú código personal —le dijo Peabody mientras entraba en la oficina.
—Creí que éstos volvían a tener reconocimiento de voz.
—Lo hacían. Han muerto. Se supone que estará arreglado, corriendo mucho, al final de la semana.
—Granos en el culo —se quejó Eve—. ¿Cuántos números se supone que tenemos que recordar? Dos, cinco, cero, nueve. —Exhaló con alivió al oír que el ordenador volvía a la vida—. Será mejor que aparezca ese nuevo sistema que han prometido al departamento. —Introdujo un disco en la unidad—. Guardarlo en Bonning, John Henry, caso número 4572077-H. Copiar informe en Whitney, comandante.
—Un trabajo rápido y bueno con Bonning, Dallas.
—Ese tipo tiene el cerebro del tamaño de un pistacho. Tiró a su compañero por la ventana porque se pelearon por quién debía veinte créditos a quién. Y está intentando convencerme de que actuó en defensa propia, por temor a perder la vida. El tipo a quién tiró por la ventana pesaba cuarenta y cinco kilos menos que él y era quince centímetros más bajo. Capullo —dijo, con un suspiro de resignación—. Uno habría pensado que Boner hubiera dicho que el tipo tenía un cuchillo o que le amenazó con una barra de hierro.
Se recostó en el respaldo, medio atenta al zumbido del tráfico al otro lado de la ventana. Uno de los tranvías de pasajeros pasaba chillando sus arengas sobre valores monetarios y créditos a plazos.
«¡Plazos semanales, mensuales y anuales! Forme parte de EzTram, su medio de transporte más cómodo y seguro. Empiece y termine su día laboral con estilo.»
«Si tiene el estilo de las sardinas enlatadas», pensó Eve. Con la fría lluvia de noviembre que había estado cayendo durante todo el día, imaginó que tanto el tráfico aéreo como terrestre tenía que ser horroroso. Una forma perfecta de terminar el día.
—Eso se ha terminado —dijo, mientras recogía la gastada chaqueta de piel—. Voy a fichar, a tiempo para cambiarme. ¿Algún plan emocionante para el fin de semana, Peabody?
—El usual. Sacarme a los hombres de encima como moscas, romper algunos corazones y destrozar varias almas.
Eve sonrió mirando el rostro serio de su ayudante. La valiente Peabody, pensó, una policía desde la punta de ese pelo oscuro hasta las brillantes botas reglamentarias.
—Eres una mujer tan salvaje, Peabody. No comprendo como mantienes ese ritmo.
—Sí, así soy, la reina de la fiesta. —Con una sonrisa seca, Peabody llegaba a la puerta justo cuando sonó el TeleLink de Eve. Las dos fruncieron el ceño—. Treinta segundos más y ya hubiera llegado al pasaje aéreo.
—Probablemente sea Roarke que me llama para recordarme que tenemos esa cena de negocios esta noche. —Eve encendió la unidad—. Homicidio, Dallas.
La pantalla se llenó de destellos de colores oscuros y desagradables al tiempo que sonaba una música grave y lenta. Automáticamente, Eve pulsó la unidad para que localizara la llamada y vio que la frase «llamada ilocalizable» aparecía al pie de la pantalla.
Peabody sacó su TeleLink portátil y se apartó a un lado para contactar con el Control de la Central.
—Se supone que usted es lo mejor que la ciudad tiene para ofrecer, teniente Dallas. ¿Tan buena es usted?
—Una llamada no identificada o ilocalizable a un agente de la policía es ilegal. Estoy obligada a advertirle de que esta comunicación está siendo localizada a través del Sistema de Vigilancia Informática y que está siendo grabada.
—Soy consciente de eso. Dado que acabo de cometer lo que de forma mundana se considera un asesinato en primer grado, no me siento realmente preocupado acerca de molestias menores como una violación electrónica. Tengo la bendición del Señor.
—¿Ah, sí? —Fantástico, pensó, justo lo que necesitaba.
—He sido llamado para llevar a cabo Su misión, y me he bañado en la sangre de Su enemigo.
—¿Tiene Él muchos? Quiero decir que uno tendería a pensar que Él se limitaría a algo así como sonreír ante ellos en lugar de alistarle a usted para que hiciera el trabajo sucio.
Se hizo un silencio, un silencio largo, durante el cual sólo sonó la música fúnebre.
—Es de esperar que se muestre usted banal. —La voz sonó más dura en esos momentos, con un tono mordaz. Con un enojo mal contenido—. Como no creyente, ¿cómo puede usted comprender qué significa una compensación divina? Voy a hablar a su nivel. Una adivinanza. ¿Le gustan las adivinanzas, teniente Dallas?
—No. —Dirigió la mirada hacia Peabody y recibió una rápida y frustrada negación de cabeza—. Pero apuesto a que a usted sí.
—Entonces, calme su mente y tranquilice a su espíritu. El nombre de esta pequeña adivinanza es Venganza. Encontrará al primer hijo de tierra irlandesa en medio del lujo, en lo alto de su torre de plata bajo la cual fluye un río oscuro y donde unas cataratas se precipitan desde lo alto. Él suplicó por su vida, y más tarde lo hizo por su muerte. Al no arrepentirse de su enorme pecado, está maldito.
—¿Por qué le ha matado?
—Porque ésa es la tarea para la cual nací.
—¿Dios le ha dicho que nació para matar? —Eve volvió a intentar localizar la llamada, pero volvió a frustrarse—. ¿Cómo se lo hizo saber Él? ¿Le llamó al TeleLink, le mandó un fax? ¿Quizá fue a su encuentro en la barra de un bar?
—No dudará de mí. —El sonido de la respiración se oyó con más fuerza, tensa, temblorosa—. ¿Cree usted que porque es una mujer que se encuentra en una posición de autoridad yo soy menos que usted? Yo me he puesto en contacto con usted, teniente. Recuerde que ha sido así. Quizá las mujeres guían y reconforten a los hombres, pero los hombres fueron creados para proteger, defender y para vengar.
—¿Dios le ha dicho esto también? Supongo que eso demuestra que él es un hombre, también. Un gran ego.
—Temblará usted ante Él, ante mí.
—Sí, claro. —Con la esperanza de que su imagen apareciera con claridad, dirigió la mirada hacia las uñas—. Ya estoy temblando.
—Mi misión es sagrada. Es una misión terrible y divina. De los Proverbios, teniente, 2817: «Si un hombre soporta la carga de la sangre de otro hombre, déjale que sea un fugitivo hasta que muera; no permitas que nadie le ayude.» Los días como fugitivo de éste han terminado… y nadie le ha ayudado.
—Si le ha matado, ¿en qué le convierte eso?
—En la ira de Dios. Tiene veinticuatro horas para demostrar su valía. No me decepcione.
—No voy a decepcionarte, capullo —dijo Eve en cuanto la transmisión terminó—. ¿Alguna cosa, Peabody?
—Nada. Ha bloqueado los localizadores por completo. Ni siquiera pueden decirnos si estaba dentro o fuera del planeta.
—Está dentro del planeta —dijo Eve mientras se sentaba—. Quiere estar cerca para observar.
—Podría ser un chiflado.
—No lo creo. Un fanático, pero no un chiflado. Ordenador, mostrar los edificios comerciales y residenciales que contengan la palabra «lujo» en Nueva York y que tengan vistas al East River o al Hudson. —Repicó con los dedos en la mesa—. Odio las adivinanzas.
—A mí me gustan bastante. —Con el ceño fruncido, Peabody se inclinó por encima del hombro de Eve mientras el ordenador procesaba los datos.
Luxury Arms
Sterling Luxury
Luxury Place
Luxury Towers.
Eve dijo rápidamente:
—Acceso a la imagen de Luxury Towers, en pantalla.
«Procesando…»
La imagen apareció. Unas altísimas torres de color plateado que reflejaban los rayos del sol y la corriente del Hudson, a sus pies. En el extremo oeste, una elegante cascada se precipitaba desde una complicada estructura de tubos y canales.
—Te tengo.
—No puede ser tan fácil —objetó Peabody.
—Él ha querido que fuera fácil. —Porque, pensó Eve, alguien ya había muerto—. Quiere jugar y quiere pavonearse. No puede hacer nada de eso hasta que nos hayamos metido en eso. Ordenador, acceso a los nombres de los residentes del piso superior de Luxury Towers.
«Procesando… El ático es propiedad del Grupo Brennen y es la oficina en Nueva York de Thomas X. Brennen, de Dublín, Irlanda, de cuarenta y dos años de edad, casado, tres hijos, presidente y director del Grupo Brennen, una agencia de espectáculo y comunicación.»
—Vamos a comprobarlo, Peabody. Notificaremos a Avisos de camino.
—¿Pido refuerzos?
—Comprobaremos el terreno primero. —Eve se ajustó la tira del arnés del arma y se puso la chaqueta.
El tráfico era tan denso como había sospechado. Arrancando y parando en las húmedas calles, sonando con estruendo en el cielo como unas abejas desorientadas. Los carritos ambulantes se protegían con paraguas y no se veía que estuvieran haciendo negocio. Desde las parrillas se elevaba denso el humo, oscureciendo la visibilidad y llenando el aire.
—Haz que la operadora consiga el número de Brennen, Peabody. Si todo es un engaño y él está vivo, será agradable asegurarse de que continúe así.
—Estoy en ello —dijo Peabody, sacando el TeleLink.
Molesta por el retraso que significaba el tráfico, Eve activo las sirenas. Hubiera recibido la misma respuesta si hubiera salido por la ventana y se hubiera puesto a gritar. Los coches permanecieron amontonados como amantes, sin ceder ni un centímetro.
—No hay respuesta —le dijo Peabody—. Un mensaje de voz anuncia que se encuentra fuera hasta dentro de dos semanas a partir de hoy.
—Esperemos que esté hinchándose la barriga en un pub de Dublín. —Observó el tráfico otra vez y sopesó las opciones—. Tengo que hacerlo.
—Oh, teniente, no con este vehículo.
Entonces, Peabody, la intrépida policía, apretó las mandíbulas y cerró los ojos con terror mientras Eve ordenaba un despegue en vertical. El coche tembló, crujió y se elevó quince centímetros del suelo. Volvió a caer con un golpe seco.
—Jodido trozo de mierda. —Esta vez Eve utilizó el puño contra los controles con la suficiente fuerza. Se hirió los nudillos, pero consiguió un despegue tembloroso y titubeante y, luego, el vehículo salió hacia delante en cuanto Eve apretó el acelerador. Rozó el extremo de un paraguas provocando los gritos furiosos del vendedor ambulante, que corrió tras ellas media manzana.
—Ese jodido vendedor ha estado a punto de tocar el parachoques. —Más divertida que enojada, Eve meneó la cabeza—. Un tipo que llevaba patines de aire casi adelantó el coche de un policía a la carrera. ¿En qué se está convirtiendo el mundo, Peabody?
Con los ojos tercamente cerrados, Peabody no movió ni un músculo.
—Lo siento, teniente, está usted interrumpiendo mis oraciones.
Eve mantuvo las sirenas encendidas hasta la entrada principal del Luxury Towers. El descenso fue tan brusco que tuvieron que apretar las mandíbulas, pero consiguió esquivar el brillante parachoques de un XRII Airstream descapotable por dos centímetros.
El portero atravesó corriendo la acera como una bala. La expresión de su rostro combinaba la ofensa y el disgusto mientras les abría la puerta del cacharro de color beis industrial.
—Señora, no puede usted aparcar este… esta cosa aquí.
Eve detuvo las sirenas y sacó la placa.
—Oh, sí que puedo.
El hombre estudio con labios tensos la identificación policial.
—Si quiere, por favor, aparcar en el garaje.
Quizá fuera porque le recordaba a Summerset, el mayordomo que gozaba del afecto y la lealtad de Roarke, y del desdén de ella, pero Eve acercó el rostro al de él y le miró con ojos encendidos.
—Se va a quedar donde lo he dejado, amigo. Y a no ser que quiera que ordene a mi ayudante que le retenga por obstruir a un agente de la policía, me va a acompañar dentro y hasta el ático de Thomas Brennen.
El hombre inspiró por la nariz con fuerza.
—Eso es imposible. El señor Brennen está fuera.
—Peabody, toma nota del nombre y número de identidad de este… ciudadano y encárgate de que le transporten a la Central de Policía.
—Sí, teniente.
—No puede usted arrestarme. —Sus pies enfundados en unas brillantes botas negras trazaron unos nerviosos pasos de baile—. Estoy haciendo mi trabajo.
—Y está usted interfiriendo con el mío. Adivine cuál de los dos trabajos va a parecerle más importante al juez.
Eve observó la mueca que el hombre hizo con los labios antes de apretarlos y esbozar una expresión de desaprobación. Ah, sí, pensó, era clavado a Summerset a pesar de que pesaba nueve kilos más y ocho centímetros más bajo que el azote de su existencia.
—Muy bien, pero puede estar segura de que comunicaré al jefe de la policía y seguridad su conducta. —Observó la placa otra vez—. Teniente.
—Como le plazca. —Hizo una señal a Peabody y siguió al estirado portero hasta la entrada, donde éste activó al androide sustituto para que se encargara de la puerta.
Al otro lado de las brillantes puertas plateadas, el vestíbulo del Luxury Towers era un jardín tropical lleno de altas palmeras, hibisco y pájaros cantores. Una gran piscina rodeaba una fuente con la forma de una mujer de curvas generosas desnuda hasta la cintura y con un pez dorado entre los brazos.
Llegaron ante un ascensor acristalado y el portero marcó un código antes de indicar con un gesto a Eve y a Peabody que entraran. Eve, incómoda ante ese transporte, se mantuvo quieta en el centro mientras Peabody aplastó la nariz contra el cristal durante todo el ascenso.
Al cabo de sesenta y dos pisos, el ascensor se abrió ante un vestíbulo ajardinado más pequeño pero no menos abundante. El portero se detuvo ante una pantalla de seguridad que se encontraba delante del arco de una puerta doble de hierro brillantísimo.
—Portero Strobie, acompañando a la teniente Dallas del Departamento de Policía y Seguridad de Nueva York y a su ayudante.
—El señor Brennen no se encuentra en su residencia en estos momentos —fue la respuesta emitida con una voz musical de acento Irlandés.
Eve se limitó a apartar a Strobie con un codazo.
—Se trata de una emergencia policial. —Llevó la placa hasta el ojo electrónico para que la verificara—. Es imperativo que entre.
—Un momento, teniente. —Se oyó un débil zumbido mientras se escaneaban el rostro y el número de identidad de Eve. Luego se oyó el discreto clic de los cerrojos.
—Entrada permitida, por favor tenga en cuenta que este edificio se encuentra protegido por Scan-Eye.
—Enciende la grabadora, Peabody. Apártese, Strobie. —Eve puso una mano sobre la puerta y llevó la otra hasta el arma. Abrió la puerta con un empujón de hombro.
Lo primero que le llegó fue el olor. Soltó un juramento. Ya había olido una muerte violenta muchas veces para no reconocerla.
Las pálidas paredes de seda azul se encontraban pintadas con grafitis realizados con sangre. Vio el primer miembro de Thomas X. Brennen encima de una alfombra mullida como una nube. La mano se encontraba mostrando la palma, los dedos doblados como en actitud pedigüeña o suplicante. Había sido cortada por la muñeca.
Strobie reprimió una arcada a sus espaldas y salió tropezando hasta el vestíbulo para inhalar un poco de aire floral. Eve penetró en el hedor. Sacó el arma y cubrió la habitación apuntando a un lado y a otro. La intuición le decía que lo que se había llevado a cabo en esa habitación ya había terminado, y que fuera quien fuera que lo hubiera hecho, ya estaba lejos. A pesar de eso, siguió el procedimiento habitual y se adelantó despacio por encima de la alfombra esquivando la sangre cuando era posible.
—Si Strobie ha dejado de vomitar, pregúntale cuál es el camino hasta el dormitorio principal.
—Al final del pasillo a la izquierda —dijo Peabody al cabo de un momento—. Pero todavía está vomitando ahí fuera.
—Búscale un cubo y luego cierra el ascensor y esta puerta.
Eve empezó a avanzar por el pasillo. El olor se hizo más intenso, más denso. Empezó a respirar por la boca, con las mandíbulas apretadas. La puerta del dormitorio no estaba cerrada. A través de la rendija abierta se veía una potente luz artificial y se colaba la majestuosa música de Mozart.
Lo que quedaba de Brennen se encontraba encima de una cama enorme cubierta con un elegante dosel. Uno de los brazos había sido atado con una cadena plateada a uno de los postes. Eve pensó que encontraría los pies en alguna otra parte del espacioso apartamento.
Sin duda, las paredes habían sido insonorizadas y, por supuesto, el hombre debía de haber gritado con fuerza antes de morir. Cuánto tiempo debió de tardar fue lo que Eve se preguntó mientras observaba el cuerpo. ¿Cuánto dolor podía soportar un hombre antes de que el cerebro desconectara y el cuerpo se rindiera?
Thomas Brennen había conocido la respuesta.
Le habían desnudado completamente, y le habían amputado una mano y los dos pies. El único ojo que le quedaba estaba abierto y mirando con una expresión de ciego terror hacia el reflejo de su propia figura mutilada. Le habían sacado las tripas.
—Dios santo —susurró Peabody desde la puerta—. Virgen Santísima.
—Necesito el equipo de campo. Precintaremos el apartamento y daremos aviso. Averigua dónde se encuentra su familia. Avisa de esto al Departamento de Detección Electrónica. Si Feeney se encuentra allí, dile que bloquee a los medios de comunicación antes de dar ningún detalle. Intentemos mantener la discreción el máximo tiempo posible.
Peabody se esforzó por tragar saliva dos veces para asegurarse de que los alimentos de la comida siguieran en su sitio.
—Sí, teniente.
—Vaya a buscar a Strobie y reténgalo antes de que pueda decir nada de esto.
Cuando Eve se giró, Peabody vio una expresión de pena en sus ojos. Pero ésta desapareció inmediatamente y sus ojos volvieron a mostrarse inexpresivos y fríos.
—Pongámonos en marcha. Quiero freír a ese hijo de puta.
***
Era casi media noche cuando Eve se arrastraba escaleras arriba hasta la puerta de entrada de su casa. Tenía el estómago en un puño, le escocían los ojos y le dolía enormemente la cabeza. El hedor de esa cruel muerte todavía impregnaba su cuerpo a pesar de que se había duchado y casi se había arrancado una capa de piel en las duchas de la Central antes de volver a casa.
Lo que más deseaba en ese momento era olvidarlo todo, y rezaba desesperadamente para no ver la imagen destrozada de Thomas Brennen al cerrar los ojos para dormir.
La puerta se abrió antes de que Eve llegara a ella. Summerset apareció perfilado por la titilante luz de un candelabro que se encontraba a sus espaldas. Su figura huesuda y alta rezumaba desaprobación.
—Llega usted imperdonablemente tarde, teniente. Sus invitados ya se preparan para marcharse.
¿Invitados? Su sobrecargada cabeza luchó con la palabra y al final se acordó. Una cena. ¿Se suponía que tenía que preocuparse por una cena después de la noche que había tenido?
—Que te den —le dijo al pasar por su lado.
Summerset la sujetó por el brazo con sus dedos finos.
—Como esposa de Roarke, se espera de usted que lleve a cabo ciertos deberes sociales, como es el de acompañarle durante un asunto tan importante como del que se trataba en la cena de esta noche.
La furia sobrepasó al cansancio en un segundo. Eve apretó un puño.
—Apártate antes de que …
—Eve, cariño.
La voz de Roarke, que combinaba una expresión de bienvenida, de divertimiento y de cautela en esas dos palabras, le impidió levantar el puño y descargarlo. Con el ceño fruncido, se giró y le vio ante la puerta del vestíbulo. Eve sabía que él tenía un esbelto y musculoso cuerpo que podía detener el corazón de una mujer sin que importara qué llevaba puesto, o qué no llevaba. El pelo largo flotaba, oscuro como la noche, hasta los hombros a ambos lados de un rostro que a menudo recordaba a una pintura del Renacimiento. Unos pronunciados pómulos, unos ojos más azules que el caro cobalto, y unos labios hechos para pronunciar poesía, dar órdenes y volver loca a una mujer.
En menos de un año, él le había hecho bajar las defensas, la había obligado a abrir su corazón y, lo más sorprendente de todo, no sólo se había ganado su amor sino su confianza.
Y todavía era capaz de enojarla.
Para Eve, él era el primer y único milagro que había habido en su vida.
—Llego tarde. Lo siento. —Lo dijo rápidamente, más en tono de desafío que de disculpa.
Él asintió y le dirigió una sonrisa arqueando una ceja.
—Estoy seguro de que ha sido inevitable. —Le ofreció una mano.
Eve cruzó el vestíbulo y ofreció la suya. Él la notó tensa y fría. En sus ojos del color del whisky, Roarke percibió tanto furia como cansancio. Ya se había acostumbrado a ver ambas cosas en ellos. Estaba pálida, y eso le preocupó. Vio las manchas de sangre seca en sus pantalones gastados, y deseó que no fuera la sangre de ella.
Le dio un rápido y cálido apretón en la mano antes de llevársela a los labios. La miró fijamente.
—Estás cansada, teniente —murmuró con su habitual y mágico acento irlandés—. Justo les estaba acompañando fuera. Sólo unos minutos más, ¿de acuerdo?
—Sí, claro. De acuerdo. —El enojo de Eve empezó a bajar—. Siento haber jodido esto. Sé que era importante. —Detrás de él, en la hermosamente amueblada sala, Eve vio a más de doce elegantes hombres y mujeres, vestidos con formalidad. Se veía el brillo de las joyas y se oía el susurro de las sedas. Parte de la reticencia que sentía debió de haberse hecho evidente en su rostro sin que pudiera evitarlo, porque Roarke se rio.
—Cinco minutos, Eve. Dudo que eso sea ni de lejos tan malo como lo que debes de haberte encontrado esta noche.
Él la acompañó hacia dentro. Era un hombre que se sentía tan cómodo entre la riqueza y los privilegios de la comodidad como entre el hedor de los callejones y la violencia que había en ellos. Con facilidad presentó a su mujer a las personas a quienes no conocía y le recordó con discreción los nombres de aquéllos a quienes había conocido en algún otro momento mientras continuaba acompañando a todos los invitados hacia la puerta.
Eve notó los olores de perfumes caros y de vino, del humo fragante de los troncos de madera de manzano que crepitaban suavemente en la chimenea. Pero el recuerdo del hedor de la sangre permaneció por debajo de todo eso.
Roarke se preguntó si ella tenía idea de lo impresionante que estaba, ahí de pie en medio de todo ese brillo, con su chaqueta vieja y sus vaqueros manchados, su pelo revuelto, su piel pálida y su esbelto y tenso cuerpo en un gesto de pura voluntad.
Pensó que era la pura encarnación del coraje.
Cuando cerraron la puerta detrás del último de los invitados, Eve meneó la cabeza.
—Summerset tiene razón. No estoy preparada para este asunto de ser la esposa de Roarke.
—Eres mi esposa.
—Eso no significa que sea buena en ese papel. Te he decepcionado. Debería haber… —Dejó de hablar porque la boca de él estaba sobre la suya. Cálida, posesiva, consiguió deshacer los nudos de tensión que sentía en la nuca. Sin darse ni cuenta, Eve llevó los brazos alrededor de la cintura de él y se quedó abrazándole.
—Así —murmuró él—. Esto está mejor. Yo tengo mis negocios. —Le levantó la barbilla y le acarició el hoyuelo de la barbilla con el dedo pulgar—. Mi trabajo. Y tú tienes el tuyo.
—Pero era un negocio importante. Una fusión de cómo se llame.
—Una fusión con Scottoline… más bien una compra, en verdad, y debería haber llegado a un acuerdo a final de semana. A pesar de no haber contado con tu deliciosa presencia durante la cena. A pesar de todo, deberías haber llamado. Estaba preocupado.
—Me olvidé. No siempre puedo acordarme. No estoy acostumbrada a esto. —Introdujo las manos en los bolsillos y empezó a caminar arriba y abajo del vestíbulo—. No estoy acostumbrada a esto. Cada vez que pienso que sí que lo estoy, resulta que no lo estoy. Y aparezco aquí, en medio de todos estos mega ricos, con aspecto de yonqui callejera.
—Por el contrario, tienes aspecto de policía. Creo que varios de nuestros invitados se han sentido muy impresionados por el destello de tu arma debajo de la chaqueta y por los restos de sangre en los vaqueros. No es tuya, supongo.
—No. —De repente, no pudo soportarlo más. Se giró hacia las escaleras, subió dos peldaños y se sentó. Se encontraba en compañía de Roarke, así que se permitió cubrirse la cara con las manos.
Él se sentó a su lado y le pasó un brazo por encima de los hombros.
—Ha sido algo malo.
—Casi siempre es posible decir que lo que uno ha visto es algo malo, incluso que ha sido lo peor. La mayoría de las veces, eso es casi cierto. No puedo decir lo mismo esta vez. —Todavía sentía el estómago cerrado en un puño—. Nunca he visto nada peor.
Roarke sabía con qué convivía ella cada día, y había visto una gran parte de eso por sí mismo.
—¿Quieres hablar de eso conmigo?
—No, Dios, no. No quiero pensar en ello durante unas cuantas horas. No quiero pensar en nada.
—Puedo ayudarte en eso.
Por primera vez en muchas horas, Eve sonrió.
—Apuesto a que sí.
—Empezaremos así. —Se levantó y la tomó en brazos.
—No tienes que llevarme. Estoy bien.
Él le sonrió mientras empezaba a subir las escaleras.
—Quizá me hace sentir más hombre.
—En ese caso… —Le pasó los brazos alrededor del cuello y apoyó la cabeza sobre su hombro. Era agradable. Muy agradable—. Lo mínimo que puedo hacer después de dejarte plantado esta noche es permitir que te sientas más hombre.
—Es lo mínimo de lo mínimo —asintió él.