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La trágica historia empieza
¿Cree en las verdades universales? ¿Premoniciones, creencias y moralidades que han ido pasando de generación en generación como ropa desgastada? Shakespeare dijo una vez que el mundo era un escenario y que los mortales éramos simples actores. Si usted lo cree, como muchos de nosotros, entonces la descabellada vida de Randolph Bentham Rutledge podría haber sido calificada de comedia según algunos, y de tragedia según otros, dependiendo del punto de vista de cada uno.
Para sus compañeros de libertinaje era una comedia, mientras durara el dinero. Para su mujer, sus hijos y sus deudores, era una tragedia que contaba con demasiadas salidas a escena. Pero el caballero mismo —debemos usar este calificativo en términos generales— una vez declaró, entre risas, que su vida era simplemente una gran farsa y que se llamaba, con mucho acierto, «La evolución del vividor»; o así se hubiera llamado si el título no lo hubiera usado ya un dibujante proselitista abocado a caer en el pantano del olvido literario.
En realidad, la saga familiar empezó hace mucho tiempo, unos ochenta años antes de la llegada de Guillermo el Conquistador, cuando un campesino de la aldea con mercado de Chipping Campden cargó todo lo que tenía en una desvencijada carreta tirada por bueyes y salió de viaje, campiña adentro. No han pasado a la posteridad los motivos de su aventura, en una época en la que los campesinos sajones moraban toda la vida en un mismo sitio. Pero sabemos que no fue lejos, sólo treinta kilómetros hacia el sur en línea recta y, sin embargo, la distancia cambió el sino de su familia para siempre.
El viajero se llamaba John Campden. Y la leyenda dice que cuando llegó al verde valle de River Coln, paró a descansar en una franja de tierra llana que se extendía hasta las colinas como una exuberante alfombra verde. Allí les quitó los arreos a los bueyes, descargó la carreta y hundió una de las tantas palas en la tierra fértil. Y así empezó el ascenso de la familia hacia el noble estrato de la alta burguesía rural de sangre azul.
Todavía se desconoce cómo un simple sajón consiguió tan magnífica propiedad; si fue gracias a un trabajo honrado, a un hábil engaño o, incluso, a un matrimonio acertado. Pero a lo largo de los siglos, sus descendientes trabajaron incansablemente para construir casitas robustas, aldeas ordenadas y unas imponentes iglesias de lana, denominadas de este modo porque cada sillar y cada candelabro se había pagado con la moneda común de Cotswolds: las ovejas.
Seis siglos más tarde (mucho después de que los Campden hubieran perdido la «p» por el camino y se convirtieran en los Camden) llegó otro John con un gran plan. Usó el dinero de la lana para construir una casa solariega en el mismo lugar donde la leyenda sostenía que su antepasado clavó la primera pala fatídica en la tierra. La casa estaba construida, como todas las casas de ese tiempo y lugar, con piedra marrón, y era tan simétrica, tan exquisita y tan bien proporcionada que los aldeanos se sentían sobrecogidos, y no era para menos. Con unos salientes almenados, unos tejados inclinados muy altos, y con la iglesia parroquial de Saint Michael the Archangel que quedaba literalmente eclipsada por su sombra, Chalcote Court evocaba la riqueza, el poder y la influencia que esta familia ambiciosa había adquirido con tanta diligencia.
Pero la marea de la fortuna y las ruedas de la historia estaban destinadas a volverse en contra de la familia Camden. Cuando casi dos siglos después nació otro John Camden en Chalcote, trajo consigo un tiempo de gran incertidumbre sin darse cuenta. Aunque no había necesidad de dinero, los años de sífilis, de plaga y malestar social serraron ramas enteras del árbol genealógico. Y este último John Camden era un hombre desafortunado que se había pasado cuatro décadas, y casi la misma cantidad de esposas, esforzándose por engendrar un heredero para su dinastía agonizante, hasta que al final sufrió un infarto por una de las últimas estocadas de la espada familiar.
Se despertó dos días después en su inmensa alcoba abovedada y vio a sus dos hijas gemelas, Alice a la derecha y Agnes a la izquierda, inclinadas como si fueran ángeles afligidos sobre lo que John Camden sabía que era su lecho de muerte. El colchón era tan estrecho y el pelo de sus hijas era tan suave y sedoso, que sus cabezas se rozaban la una con la otra. Débil y desorientado, el anciano tenía la impresión de que le ahogaban y le hacían señas para que se fuera. Como eran unas muchachas dóciles, se apartaron al momento. Pero quiso la suerte que la hebilla de Alice se enredara en el pelo de Agnes y fue muy difícil desenmarañarlo después.
Mientras observaba la pelea asombrado y en silencio, el anciano decidió que era una señal de Dios. Con la fuerza que su creador le había reservado, John Camden pidió que fueran a buscar a su abogado a Oxford. Redactó un testamento complicado que abrió una gran herida en el corazón de su herencia. La propiedad que su familia había mantenido intacta con tanto orgullo durante ocho siglos, ahora la iba a dividir él en dos. Alice, un cuarto de hora mayor, tendría la parte que ocupaba Chalcote. La parte más lejana sería para Agnes, una muchacha que se caracterizaba más por su prudencia que por su simpatía.
John Camden formuló tan sólo un último deseo: que la progenie de sus hijas se casara entre sí para, de este modo, reunir —o volver a enredar, si se prefiere— la finca familiar. Pero, lo más importante era que ninguna parcela de tierra debía pasar a otras manos que no fueran las de la familia. Porque, de lo contrario, juró que su alma no descansaría nunca.
Alice pronto se espabiló. En la primera semana de su presentación en sociedad, llamó la atención de un tipo que, según los que le conocían, era el caballero más apuesto y más derrochador de toda Inglaterra. Alice era rica, ingenua y estaba locamente enamorada de él y apenas habían acabado de tocar las campanas de su boda cuando Randolph Rutledge ya se había lanzado a derrochar ochos siglos de arduo trabajo.
Cuando este lamentable error que fue su boda había dado tres hijos, quedaba muy poca propiedad para reunir y, sin embargo, del fantasma de John Camden poco o nada se sabía. Por lo que respecta a Agnes, había continuado con su vida, estaba bien casada y había construido una especie de castillo fortificado en su mitad del terreno. Como aún seguía enojada porque Alice tenía la casa familiar, apenas conocía la existencia de su cuñado de dudosa reputación y ni mucho menos se podía imaginar el sufrimiento de su hermana.
—Bueno, no hay manera de vender bien esta maldita casa —le dijo Randolph a su esposa, una tarde lluviosa mientras miraba de soslayo a través de la ventana del salón que daba al patio delantero de Chalcote—. Nadie con dos dedos de frente querría vivir en este lugar tan espantoso y húmedo.
Despacio, Alice dejó caer la cabeza en el respaldo de su diván de brocado.
—Pero es primavera, Randolph —contestó ella mientras con una pequeña manta cubría con cuidado al bebé al que estaba dando el pecho—. Cam dice que debemos estar agradecidos por la lluvia de primavera. Además, no podemos vender Chalcote, ni tan siquiera hipotecarla, porque papá lo dejó todo arreglado. Cuando nos casamos ya sabías que, algún día, todo sería para Cam.
—Vamos, Alice, deja de lloriquear sobre lo de algún día —dijo con amargura y se dejó caer en el sillón de piel—. Tu principito lo tendrá a su debido tiempo, te lo prometo. Pero si no hago algo cuanto antes, voy a morir de aburrimiento.
Alice lo miró, cansada.
—Deberías pasar más tiempo con Cam o con Catherine —le sugirió ella, desviando la mirada hacia sus hijos, que estaban inclinados sobre una mesa de backgammon en un rincón. El chico estaba sentado con las largas piernas estiradas bajo la mesa, mientras que la niña balanceaba los pies sobre ellas. A su lado, en el suelo, había una docena de ollas de cobre. Inmersos en el juego, los niños parecían ajenos al ruido de las goteras que tenían encima.
Randolph resopló y volvió a mirar a su mujer.
—Cariño, nunca me atrevería a entrometerme —le dijo con un gruñido—. Ese pequeño burgués de allí es cosa tuya. Y rezo a Dios para que sea el salvador que tú esperas, porque esta excusa lamentable de la finca necesita justificación. Y respecto a la chiquilla, creo que es muy graciosa, pero…
«Pero es tan sólo una niña.»
Este último menosprecio se quedó, sin decir, en el aire. Incapaz de resistir la fatiga abrumadora que la asediaba desde que dio a luz, Alice Rutledge suspiró otra vez y cerró los ojos. Debió de quedarse dormida durante un tiempo —le pasaba a menudo— y se levantó al oír los lloros desaforados del bebé. Parecía que sus pechos se vaciaban enseguida y que el niño lloraba siempre de frustración.
—Diablillo avaricioso… —oyó decir a Randolph entre risas—. Nunca tienes suficiente, ¿verdad, chiquitín? Las mujeres son así.
Alice luchó para mantener los ojos abiertos. Su marido estaba inclinado sobre el diván con las manos estiradas para coger al bebé. No tenía las fuerzas necesarias para evitarlo así que, como sucedía en ocasiones, Alice dejaba simplemente que le cogiera al niño. Agitando los bracitos con entusiasmo, el niño se fue a los brazos de su padre entre gorjeos de alegría.
Rápidamente, Randolph calmó al niño haciéndolo saltar sobre sus rodillas con entusiasmo mientras le cantaba una cancioncilla ordinaria de taberna. Se esforzó por no cerrar los ojos y alargó los brazos para arrebatarle el niño.
—¡Déjalo ya, Randolph! Eso es extremadamente vulgar. No quiero que lo expongas a tus vergonzosas costumbres.
Con el niño saltando aún sobre la rodilla, Randolph le lanzó una mirada agria y cortante.
—¡Haz el favor de callar, Alice! Éste es mío, ¿entendido? Al monaguillo y a la mocosa ya los has malcriado, pero a éste… ¡Mira esos ojos! ¡Mira esa sonrisa! ¡Como que me llamo Randolph que este niño tiene mi espíritu y mis gustos!
—Espero que no —contestó Alice con brusquedad.
Randolph sacudió la cabeza y se rio.
—Alice, será mejor que me lo entregues con dignidad. Ya te saliste con la tuya con los otros dos, pero este diablo regordete lleva mi nombre y mi espíritu, y haré con él lo que me plazca.
Entonces la recorrió con la vista deliberadamente.
—Además, querida —añadió, un tanto alegre—, no creo que tengas las fuerzas necesarias para impedírmelo.
Alice dejó caer las manos, tan vacías como lo había sido su vida. Lo único bueno que había salido de ella eran sus hijos: Camden, Catherine y el bebé. Y Randolph tenía razón. ¡Vaya si tenía razón, el condenado! Sus días en esta tierra estaban contados y lo sabía con una certeza aterradora. Y entonces, ¿qué?, Dios mío, ¿qué?
A Cam le había inculcado una autodisciplina rígida para asegurarse de que siempre hiciera lo correcto. Y la naturaleza dulce y la belleza sencilla de Catherine la ayudarían a pescar un buen marido que la apartara de todo esto. Pero el bebé, su pequeño y dulce Bentley, ¿qué sería de él cuando ella se hubiera ido? La pena y el miedo la embargaron de nuevo y se desbordó la eterna fuente de lágrimas.
Los consejos de la señora Weyden
caen en saco roto
«Tout vient à celui qui sait attendre», murmuró Frederica D’Avillez. El tono con que lo dijo sonó a maldición, más que a proverbio. Era, así lo supuso, tan sólo un rastro de alguna clase de francés de antaño que ahora daba vueltas en su cabeza, enloqueciéndola; como aquel pájaro amarillo y verde que vio balanceándose sobre un cable en un escaparate de Piccadilly. «Las cosas de palacio van despacio.» Qué dicho más estúpido; por no calificarlo de mentira flagrante.
Desde la puerta del establo miró con tristeza la oscuridad de la noche durante un largo momento de incertidumbre, enderezó los hombros y se dirigió decidida hacia la terraza ajardinada. Mientras caminaba, se daba golpecitos de impaciencia en el muslo con la fusta; una débil punzada que, de algún modo, le ayudaba a contener las lágrimas, igual que había hecho aquel proverbio en los últimos meses. Las palabras habían mantenido viva la esperanza en el transcurso de una triste puesta de largo en Londres, y la habían amparado aquí en Essex, mientras esperaba con anhelo el regreso de Johnny de su gran viaje.
¡Bueno, pues su paciencia no la había ayudado en nada! Debería haberse ido a Escocia con Zoë y los niños; en vez de eso, se encontraba aquí enclaustrada con su tía Winnie y los hombres de la familia, y ahora ella y Johnny habían terminado. Frederica se apartó con brusquedad una rama de cicuta de la cara y siguió adelante, bajo la radiante luz de la luna y con las botas hundiéndose en la tierra mientras andaba con paso firme por el sendero del jardín. Aquí, en la terraza inferior, dejaban que los jardines crecieran frondosos y naturales. Muy alto, a lo lejos, alguien había dejado encendido un farol cerca de la puerta de atrás. Debería haberlo encontrado acogedor, pero no fue así.
La noche era fría pero no había humedad; en el aire flotaba el aroma de la tierra recién removida. Tomó aliento de nuevo para calmarse y, de pronto, se sintió abrumada por una cierta desesperación que le caló hasta los pulmones y le hizo sacudir los hombros. Sin embargo, resistió y siguió adelante. La rabia era una sensación mejor. Y ella estaba enojada, llena de rencor. Era alarmante el deseo feroz que sentía de hacerle daño a alguien. Se había marchado de Londres sin ninguna razón aparente. Se había equivocado. A pesar de las súplicas entre susurros y las miradas ardientes, todo parecía indicar que Johnny Ellows no había tenido la más mínima intención de casarse con ella.
De repente, se detuvo sobresaltada sin apenas ver el siguiente tramo de escalera que surgía delante de ella, bañado por la luz de la luna. ¿Cómo podía haberse equivocado tanto? ¿Cómo había podido ser tan ingenua?
Pues porque era una muchacha ingenua.
Bueno, las verdades duelen, ¿no? Las cosas no eran tan diferentes aquí como en Londres. Lo único es que el entorno era algo más familiar. La sociedad y, al parecer, también la alta burguesía rural, siempre encontraba alguna razón para menospreciarla. De pronto, Frederica se sintió tan fuera de lugar en Essex como en la ciudad. Al pensar en eso, perdió los estribos. Como presa de una voluntad propia, su fusta azotó con fuerza los arbustos, desprendiendo trozos de follaje que volaron para perderse en la noche. De algún modo extraño, desatar su rabia le resultaba satisfactorio. Estaba cansada de ser tan perfecta, tan tranquila, tan rematadamente comedida. Así que, una y otra vez, golpeó las plantas que bordeaban el camino y las escalinatas, mientras andaba con brío por las terrazas.
«¡No me quiere!», dijo entre dientes, asestando un golpe al enebro que tenía a su izquierda. «¡No, no y no!» Esta vez la víctima fue una forsitia sin hojas, cuyas ramitas secas acabaron astillándose por doquier. Como en un remolino, las ramas de tejo volaban alocadamente en la oscuridad. El fuerte olor de las plantas la envolvía pero ella continuó descargando su ira sobre cualquier arbusto que la luz de la luna salpicara. Las lágrimas, cálidas, amenazaban con derramarse. «¡Ay, Johnny!», pensó ella… Él le había dicho…
Pero resulta que no.
Iba a casarse con su prima en mayo, según él, por órdenes de su padre. Estaba perdidamente enamorado de Frederica, siempre la había querido, pero no podía arriesgarse a que lo desheredaran. No habría ni finca ni una bonita casa solariega.
Frederica le había recordado que tenía una dote generosa, pero parece ser que no era suficiente. ¿Sería mayor la de su prima? El nudo que tenía en la garganta le impidió preguntárselo. Con una sonrisa amarga, Johnny tomó su mano, se la llevó a los labios y se despidió de ella para siempre.
Y, sin embargo, lo que no se dijo fue lo que mejor entendió. Su sangre no era lo bastante azul —o lo bastante inglesa— para la virtuosa familia Ellows. A pesar de los títulos, el dinero y la influencia de sus primos, Frederica era hija ilegítima y, por consiguiente, una bastarda. Además era extranjera y huérfana, lo peor que se podía ser en Inglaterra, o al menos así lo parecía esa noche.
Casi había alcanzado la terraza superior, que estaba bordeada por un muro bajo de piedra, flanqueado a su vez por hileras de arbustos de boj. El farol, colgado aún del gancho cerca de la puerta trasera, vertía una tenue luz amarilla sobre las losas. Echó hacia atrás la fusta y le asestó un último golpe al boj que tenía más cerca.
«¡Virgen santísima!», exclamó una áspera voz masculina.
Frederica se echó atrás y se llevó la mano a la boca. Una silueta ancha y oscura emergió de detrás de los arbustos, intentando cerrar apresuradamente la cremallera de los pantalones.
—¡Por el amor de Dios, Freddie! —gritó el hombre, sujetando la colilla de un puro encendido—. ¡Me vas a dejar apopléjico!
Con el corazón en la boca, Frederica se inclinó hacia delante para atisbar entre las sombras. Y, entonces, mientras se abotonaba los pantalones, vio el resplandor de un sello de oro que le era familiar.
—¡Dios bendito! —masculló Frederica—. Bentley Rutledge, ¿eres tú? ¿Qué estás haciendo, si se puede saber?
Rutledge soltó una risotada y se abrochó el último botón.
—¿A ti qué te parece, Freddie, querida? —Se sacó el puro de la boca y apoyó la cadera contra el muro—. La próxima vez, avísame.
—¡Por el amor de Dios, Rutledge! ¿Acaso no te puso Tess un orinal debajo de la cama?
Cuando se repuso del susto inicial, Frederica no sintió vergüenza. Le daba la impresión de que conocía a Rutledge desde hacía muchísimo tiempo. Era el mejor amigo de su primo Gus y uno de los predilectos en Chatham Lodge, una casa que solía estar hasta los topes de visitas. Y aunque con frecuencia podía oírse a tía Winnie diciendo que Rutledge era un tipo sin escrúpulos, le brillaban siempre los ojos al mencionarle. Frederica miraba a Rutledge de arriba abajo. Winnie había dicho otras cosas, también; cosas que las muchachas solteras probablemente no debían oír.
Pero Frederica las oyó y no dudó ni un momento que fueran ciertas. Rutledge era un hombre alto y apuesto, de ojos marrones seductores, de sonrisa maliciosa, y de pelo oscuro y grueso, que siempre llevaba demasiado largo. De hecho, ahora que lo pensaba, parecía volverse más guapo cada año que pasaba. Y más grande, y más ancho. Y, además, era fuerte. El día después de Navidad la había atrapado bajo el muérdago. Aún recordaba cómo le puso las manos en la cintura de manera que casi se tocaban sus pulgares. Y después la había elevado sin esfuerzo, haciéndola girar mientras la besaba en la boca.
Pero no significó nada en absoluto. Cada año por Navidad, Rutledge solía agarrar y besar a todas las mujeres: a la tía Winnie, a la prima Evie e incluso a Zoë, a la que no besaba nadie porque, a pesar de ser ilegítima, su padre era el gran lord Rannoch. Pero este año, Rutledge cazó a Frederica cuando no había nadie, le dio el beso fugaz y sonoro de costumbre y, entonces, empezó a titubear de una forma extraña. Casi olvidó hacerla girar y el beso se volvió más tierno, como si sus bocas se hubieran separado ligeramente. Después la hizo descender muy despacio, de manera que sus cuerpos se rozaron y sin dejar de apartar los ojos de los suyos. Cuando sus pies tocaron el suelo de nuevo, Frederica se sintió rara y acalorada de repente. Pero, al momento, Rutledge se apartó. Y ésa había sido la última vez que él la besó a ella —o a cualquier otra persona— bajo el muérdago.
Era muy extraño que lo hubiera recordado esta noche. Madre mía, con la tragedia que se le presentaba. La pena por Johnny volvió a inundarla.
—Siento haberte asustado, Rutledge —dijo, jugueteando torpemente con la fusta—. Pero son las doce pasadas. ¿No deberías estar en la cama?
—¿Ah sí, me lo dices a mí? —Con la luz de la luna podía ver sus grandes dientes blancos al sonreír. Rutledge siempre le sonreía—. ¿Y tú qué, cielo?, que vuelves de los establos tan tarde. ¿Quién es el afortunado?
Por un momento no pudo respirar.
—Eso no te incumbe —le espetó al final.
Al oír eso, Rutledge se separó del muro y se tuvo de pie un poco vacilante.
—¿Por qué, Freddie? —susurró, mientras aplastaba el puro con el tacón de la bota—. Es por el joven Ellows, ¿verdad? ¡Ay, esos hombres de Cambridge tienen una suerte!
Esa broma se le clavó en el corazón como un cuchillo y la apuñaló rápida y profundamente. Para mantener el equilibrio, Frederica apoyó la mano en el poste de piedra de la escalera.
—¿Por qué te burlas siempre de mí, Rutledge? —le preguntó, reprimiendo las lágrimas con desprecio. ¿Y cómo es que sólo apareces por aquí cuando quieres evitar un escándalo? ¿O al marido de tu amante? Y hablando de escándalos, ¿por qué deambulas por los jardines solo? ¿No puedes encontrar mejor compañía que yo?
Bajo la luz del farol, Rutledge levantó una ceja y se acercó a ella con su gracia natural y ágil.
—Estaba acabando el puro, Freddie —dijo con más tacto—. Tus primos y yo volvimos tarde del Wrotham Arms, eso es todo. Gus pensó que sería mejor ir a dar un breve paseo con Trent por las terrazas. Hace un rato, él y Theo han ido a acostarle. El pobre diablo pagará por sus pecados mañana.
Frederica se recogió las faldas al pasar al lado de Rutledge y subió los tres primeros peldaños.
—¿Sus pecados? —repitió ella, que ya le había dado la espalda—. Claro, y los demás sois puros y virginales, ¿no?
—¡Haya paz, Freddie! —rio él, agarrándola del hombro con suavidad para que se volviera hacia él—. ¿Qué demonios te pasa?
Y entonces él lo vio. Frederica se dio cuenta cuando la chispa de sus ojos se apagó.
—¿A qué viene todo esto? —murmuró, y ella notó su mano a través de la lana de sus ropas. El joven levantó la otra mano para tocarle la barbilla y le pasó el pulgar debajo del ojo—. ¿Estás llorando? ¿Por qué? ¿Por quién? Dame un nombre, cielo. Te juro por Dios que estará muerto al alba.
Al oír sus palabras, Frederica reaccionó con algo que no parecía ni risa ni llanto. Matar a Johnny —o al menos lisiarle—, era precisamente el tipo de cosas que Rutledge podría hacer si ella se lo pedía. Pero estaba hecha un mar de lágrimas.
Rutledge respiró hondo, le cogió la mano y la atrajo con fuerza hacia él de tal manera que el sombrero se le cayó y rodó por la hierba.
—Calla, Freddie, calla —le dijo con voz suave mientras le rodeaba la cintura con su fuerte brazo—. No llores, amor, no llores. Siento haberme burlado de ti. No debí hacerlo. Pero no llores.
Su simpatía lo empeoró todo. O lo mejoró, no estaba segura. Pero al siguiente sollozo, se le lanzó al cuello. Rutledge le puso una mano en la columna y empezó a acariciarla… Era una mano grande y fuerte, y Frederica necesitaba el tacto de alguien. No importaba demasiado que fuera Bentley Rutledge, el peor bribón de toda la cristiandad. Uno no podía evitar que le cayera bien porque, a pesar de su picardía, siempre la hacía sentir cómoda. Nunca era arrogante o formal o frío. Era Bentley, ni más ni menos.
Ahora le daba palmaditas en la espalda.
—Calla, calla —le decía él con dulzura.
—Ay, Bentley, ¡soy tan desgraciada! —sollozó. Y entonces se permitió el raro lujo de hundir la cara en su solapa y llorar lastimosamente. Él olía a caballo, a tabaco y a demasiado brandy pero, no obstante, su fuerza y su tacto eran, sin lugar a dudas, masculinos.
Sin embargo, ella debería estar abrazando a Johnny.
El pensamiento surgió de la nada y la embargó. Frederica cogió aire otra vez y la sacudió el llanto. Como respuesta, Rutledge acomodó su cabeza bajo la barbilla y la atrajo hacia sí.
—¿Qué ha pasado, Freddie? —susurró, rozando su pelo con los labios—. ¿Te han hecho daño? ¿Quién ha sido? Sabes que se lo puedes contar a tu amigo Bentley.
Y en ese instante supo que tenía razón. Bentley Rutledge era el tipo de hombre en el que se podía confiar porque había visto todas las perversidades de la vida y, además, sabía tener la boca cerrada.
—Es… es por Johnny Ellows —dijo entre sollozos—. Al final no quiere casarse conmigo.
Notó cómo la mano de él se inmovilizaba y los dedos se hundían en su espalda.
—¡Qué diablos! —maldijo en voz baja—. ¡Esa sabandija hipócrita! Te ha estado persiguiendo desde que te hacías trenzas.
—¡Lo sé! —gritó ella, con la cara sobre el abrigo de Rutledge—. Pero ahora dice su padre que tiene que casarse con su prima.
—¡Vaya, lo dice su padre! —El desdén rugía en su amplio pecho—. Bueno, ¡pues su padre es un mojigato pedante! Y Ellows no te merece ni por asomo. Gus y yo siempre lo hemos dicho, y ahora sabemos que, por si fuera poco, es un cobarde.
Frederica trató de no llorar.
—¿Qué quieres decir?
Rutledge la estrechó un poco más hacia él.
—Freddie, un hombre que no lucha por ti debe de estar loco —murmuró, acariciándole la cabeza con suavidad—. Yo lo haría, si estuviera en su lugar. Pero… bueno, no lo estoy. Y no lo estaré, por supuesto. Lo que quiero decir es que si ese Johnny Ellows no tiene huevos para… ¡maldita sea! Perdona mi lenguaje, Freddie, pero si no los tiene, puedes encontrar a alguien mucho mejor.
Pero Frederica se limitó a negar con la cabeza contra la lana áspera del abrigo de su amigo.
—Nunca nadie me ha querido. Y nadie lo hará. Me pasé toda la temporada en Londres y no se me declaró ningún caballero. Es porque piensan que no soy lo bastante buena o lo bastante legítima. ¡Pero si ni siquiera Johnny me quiere! Y ahora estoy destinada a marchitarme y a morir soltera.
Notó cómo el cuerpo de Rutledge se paralizaba.
—Calla, Freddie. —Era una reprimenda clara—. Tu primo Gus me dijo que eras la chica más guapa de la temporada pasada. Aquellos zoquetes de ciudad debían de haber oído que ya estabas comprometida. O quizá los intimidó tu tutor, lord Rannoch.
—¡No es por Elliot! —sollozó—. Es por mi madre. Es que… nadie puede ser tan hermosa para poder compensar eso.
—¡Por todos los santos! —La voz se le ahogaba de una forma extraña—. Créeme, cielo, sé de lo que hablo…
Al oír eso, Frederica levantó la cabeza y casi deseó no haberlo hecho. Él la miraba con unos ojos que le cortaron la respiración. Ya no sonreía y los ojos marrones parecían conmovidos de repente, igual que el día después de Navidad.
Hubo un lapso extraño y largo. Más tarde, Frederica no estaría segura de por qué lo hizo, pero se puso de puntillas y se acurrucó contra él. Curiosamente, al hacerlo, pensaba en Johnny o, mejor dicho, pensaba en cómo había perdido el tiempo con él. Tenía casi diecinueve años y estaba preparada para experimentar la vida real. Quizá Rutledge tenía razón y Johnny no la merecía. Su lado malicioso quería que se arrepintiera de lo que había hecho y se preguntaba si debía pedirle a Bentley que le rompiera las piernas después de todo. Pero el otro lado de su cerebro ya se había olvidado de Johnny y pensaba tan sólo en cómo le hicieron sentir las manos y la boca de Bentley sobre la suya unas semanas atrás.
—¿Bentley? —dijo con una voz que se había vuelto ronca—. ¿Te acuerdas de las Navidades pasadas?
Estuvo muy callado durante un momento.
—Puede, ¿por qué?
—Me refiero a cuando tú… cuando me besaste, el día después de Navidad.
Respiró profunda y lentamente.
—Bueno… un poco.
—Estuvo bien —confesó ella—. Y me preguntaba si tú… si te gustaría volver a hacerlo.
Se produjo un largo e incómodo silencio.
—No es una buena idea, Freddie —respondió al final.
Su resistencia era intrigante.
—¿Por qué no? Pensé que… bueno, que te había gustado un poco.
—Y me gustó.
—Entonces hazlo otra vez, por favor.
No pudo resistir más.
—¡Caray, Freddie! —Apenas podía articular palabra. Y, entonces, con un leve sonido de garganta, agachó la cabeza y acercó la boca a la de la chica.
«En un futuro —apuntó Bentley mentalmente—, ten mucho, mucho cuidado dónde vas a mear.»
Éste debió de ser su último pensamiento claro antes de que sus labios rozaran los de Freddie. De alguna manera, a pesar de tener la cabeza nublada por el brandy, tuvo el aplomo necesario para besarla con ternura. Sentía su dolor y confusión, puso la boca sobre la suya, colocó la palma de la mano detrás de su cabeza y rozó sus labios hasta que se abrieron entre jadeos. Freddie besaba como besa una virgen impaciente, que duda a cada paso pero no deja de ser dulce. Muy dulce. Lo único que tenía que hacer, se dijo, era conseguir que se sintiera deseable. Y ése era precisamente el maldito problema: era deseable. Y de una belleza salvaje, con la piel morena y una exuberante cabellera negra. Hacía tres o cuatro años que se había dado cuenta y los pensamientos que habían empezado a desatarse en la cabeza le hacían sentir lascivo. Así pues, creyó prudente tratarla —y bromear con ella— como si fuera una hermana. Pero, bueno, ahora no estaba besando a su hermana, ¿no?
Bentley sabía que debía parar pero, como sucedía con la mayoría de sus pecados, simplemente no lo hizo. Una vez había empezado, se sentía demasiado bien para dejarlo. Colocó la otra mano en su espalda y la atrajo hacia sí con delicadeza mientras se abría paso con la legua al interior de su boca. Freddie jadeó, enviando aire fresco en su boca, a la vez que se dio cuenta de que todo esto era nuevo para ella. Pero ahora le rodeaba el cuello con los brazos y se aferraba a él con un claro apetito femenino: una invitación que él no había rechazado nunca.
Entonces, para acabar de empeorar las cosas, ella empezó a devolverle las caricias y a mover la lengua junto a la suya, introduciéndola en su boca y emitiendo unos sonidos increíblemente seductores desde el fondo de la garganta. Él deseó que no lo hubiera hecho. Debería haber rezado para que un milagro le diera la fortaleza para poder apartar la boca de la suya e irse a la cama de una puñetera vez. Solo.
Pero la autodisciplina nunca había sido su fuerte y cuando ella lo besó con más intensidad, aferró sus cabellos y le inclinó la cabeza de una manera salvaje, dejándole al descubierto la curva del cuello. La besó allí, subió hasta acariciarle esas cejas delicadas con los labios y descendió después hasta la mejilla. Frederica gimió otra vez y, a cambio, Bentley exploró su cuerpo con las manos, despojándola de su inocencia con la boca mientras le acariciaba el trasero sinuoso.
La besó una y otra vez hasta que se sintió flotar en una especie de turbia embriaguez seductora. De algún modo, Freddie sabía cómo hacerle perder la cabeza. Le hacía morirse de placer —una emoción que casi había ahogado con los excesos de la vida. Tenía que ser su inocencia, el deseo de poseer a una mujer que ningún hombre hubiera tocado antes. Pero cuando deslizó una mano bajo su trasero y la atrajo un poco más hacia él, se le aceleró la respiración, inhaló profundamente y, en ese momento, se dio cuenta de que debía de ser algo peor. Hacía mucho tiempo que no podía apartar los ojos de la muchacha.
Dios mío. No podía hacerlo. A ella no. Y a Gus tampoco. Por muchos pecados que hubiera cometido, Bentley era un amigo fiel.
De repente, y para su sorpresa, Frederica apartó la boca.
—¿Bentley? —susurró—. ¿De verdad crees que soy hermosa? ¿Y deseable? ¿Me deseas?
En la oscuridad, Bentley la miró.
—¡Por Dios, Freddie! Si fueras más deseable, Rannoch y yo nos enfrentaríamos al alba.
Frederica se mordió los labios con incertidumbre.
—Ven conmigo —musitó atropelladamente—. No podemos quedarnos aquí, alguien podría vernos.
Como un cordero al que llevan al matadero —un símil extraño si es que se le puede llamar así— Bentley la tomó de la mano y se dejó guiar escaleras abajo, hacia las sombras de la terraza inferior. Quiso morir cuando ella se giró y lo miró. La luna le bañaba con su luz las facciones perfectas y ligeramente exóticas. Eran sus cejas, decidió de repente. Dios, siempre le habían gustado sus cejas. Bentley sentía que perdía el control por momentos.
Intentaba recordar que lo hacía porque le habían hecho daño. Las jóvenes eran así. Lo había visto muy a menudo, y había intentado evitarlo a toda costa. Las mujeres maduras, el tipo que él prefería, eran lo bastante inteligentes para saber que había siempre otro amante a la vuelta de la esquina que pudiera aliviar el dolor del orgullo herido. Pero Freddie, Dios la asista, no lo sabía y era su deber explicárselo.
Ella lo estrechó contra su cuerpo una vez más. Aunque a él le temblaban las manos, las colocó sobre los hombros de la chica con firmeza y la zarandeó.
—Cariño, no lo hagas —le dijo a modo de advertencia—. No te adentres nunca en la oscuridad con un hombre como yo.
Ella le miró, medio inocente y medio seductora.
—¿Es que no me quieres?
—Con urgencia. —De algún modo consiguió darle un beso fraternal en la punta de la nariz—. Con locura, y de la peor manera posible. Ahora defráudame, Freddie. Márchate, vete a la cama. Sola.
Sin mediar palabra, ella se acercó y entrelazó los dedos con los suyos. Con una sonrisa pícara lo sentó en un banco de hierro forjado y volvió la cabeza para besarlo. Madre mía, la muchacha era toda una belleza. La vez que estuvo lejos de Chatham durante un tiempo consiguió olvidar lo hermosa que era. Y ahora era ella la que quería que él la besara.
—No —susurró él.
—Sí —insistió ella—. Hazlo ahora, por favor.
Así que la complació. Menudo bribón sinvergüenza estaba hecho, pero lo hizo, y apretó sus labios sobre los de ella con fuerza, como si quisiera que la dureza la hiciera volver en sí. Lo hizo bruscamente, con violencia, echando la cabeza de la chica para atrás mientras atraía su cuerpo hacia él. Se desplazó para atraparla entre el banco y su cuerpo, para que pudiera notar el prominente bulto de su pene. La besó una vez tras otra hasta que la dulzura se extinguió y dejó tan sólo la necesidad visceral. Ya no era un juego. Su pecho subía y bajaba como un fuelle. Le deslizó la lengua dentro de la boca en lo que debió haber sido una parodia alarmante. Una señal inequívoca de lo que quería, lo que anhelaba en realidad. Y ella no flaqueó.
Sin saber cómo, encontró la fuerza para despegar los labios de los suyos.
—Freddie, ¡para! —le dijo con una voz ahogada y grave—. Esto ya no es un beso de Navidad. Debemos dejarlo ya.
Freddie le dirigió una mirada intensa y cargada de seguridad que daba a entender que ella ya lo sabía. Ya no había rastro de la niña. Y con un sonido ligeramente ahogado, Bentley entreabrió la boca y recorrió su delicado cuello con los labios.
—Freddie. —Le salió el nombre del pecho—: Si me tocas otra vez, aunque sólo me roces la cara con los labios, te juro que no me podré contener y te echaré sobre el césped para f…
Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza.
—Y le haré algo a tu cuerpo que está muy, muy mal.
Ella acercó los labios a su oreja.
—Bentley, estoy cansada de ser tan buena —susurró—. ¿Acaso quieres que cuando muera, vieja y marchita, siga siendo virgen?
—Dios mío —susurró. Y por primera vez en su vida la frase no fue una blasfemia.
Freddie fue la primera que se quitó el abrigo. Bentley la siguió y, con él, lo que le quedaba de compostura. El deseo que sentía por ella era como un ser vivo, algo que no podía contener. Con rapidez, y antes de que pudiera pensárselo bien, logró que abriera la boca de nuevo y empezó a desabrocharle la camisa. Era una tarea que había repetido mil veces, a menudo en la oscuridad y muchas veces borracho —es decir, más borracho de lo que estaba ahora— y, sin embargo, le temblaba la mano y tardó más de lo normal.
Freddie supo lo que iba a hacer Bentley en el momento en que sus dedos empezaron a juguetear con los botones de su camisa. «No puedo fingir que no lo sé —se dijo—, o que de alguna manera es por su culpa.»
Ella lo sabía y no le importaba. Incluso tenía alguna noción vaga de lo que estaba entregando. Pero Johnny nunca la había besado como Bentley Rutledge. Dudaba —¡y tanto que lo dudaba!— que él y la mayoría de los hombres lo supieran.
Bentley era y siempre sería un calavera, pero la deseaba de verdad y Frederica estaba cansada de reservarse para un matrimonio que nunca se celebraría. Ella tenía deseos, un sentimiento, que en ocasiones era como un fuego ardiente en la sangre, y que no conocía o no entendía. Sin embargo, intuía que Bentley sí lo entendería.
—Freddie —dijo con la voz entrecortada mientras una suave brisa le rozaba los pechos—. Freddie, por el amor de Dios, di algo. Tesoro, no soy bueno para ti. Dime que no. Párame los pies.
Pero Frederica se limitó a inclinar la cabeza y a acariciar con la mejilla su barba de un día. Era rugosa pero tan agradable… Como si fuera una mezcla de humo, jabón y sudor.
—Maldita sea —susurró él. Después, con las manos temblorosas, le quitó la camisa de batista por encima de los hombros y la tiró al césped.
Ella notaba el calor de su aliento sobre el pecho. Entonces él separó los labios y empezó a besarlo, a lamerlo, a través de la fina tela de su vestido. Una y otra vez, atrajo la punta hacia los dientes, haciendo que algo lento y dulce subiera en espiral por el cuerpo de la muchacha. Y cuando ella pensó que ya no podía aguantar más el tormento, arqueó la espalda y dejó ir un leve gemido. Pero en la garganta de Bentley hubo otro sonido y éste centró su atención en el otro pecho, lamiéndolo hasta que la tela colgó obscenamente de sus pezones endurecidos.
Sentía calor, embriaguez y miedo. Tenía las manos abiertas sobre su espalda y la empujaba hacia él. Freddie percibía el olor de su pelo y su esencia a través del calor que emanaban sus ropas; que la hizo suspirar por tocarle y se sintió avergonzada por no saber cómo. Pero temblaba cuando sus manos bajaron rozándole la cintura hasta llegar a la gruesa lana de su falda. Sin esfuerzo, se la subió primero hasta la mitad de los muslos y, después, siguió hasta subírsela del todo, dejando escapar un gemido. Con la boca aún pegada a su pecho, le deslizó una mano entre las piernas.
—Freddie. —La palabra era una súplica desesperada—. ¿Es esto un sí? Amor, ¿sabes lo que te estoy pidiendo? Si lo sabes, dime que sí; o que no. Por favor.
Ella deslizó las manos por la enorme amplitud de su pecho y le miró. Los fuertes músculos temblaron por sus caricias: un testimonio del deseo que él sentía.
—Sí —contestó ella, con suavidad pero con convicción.
—Santo Dios, Freddie, esto es un suicidio —dijo y se tumbó junto a ella en el duro césped invernal, acogiendo todo el peso de la joven sobre el pecho. Ella permaneció tumbada sobre él, con el muslo rozando la protuberancia dura y palpitante que había advertido bajo la bragueta. Sabía qué era eso. Había crecido en el campo con tres primos muy varoniles. Abrió las manos sobre su pecho y lo miró a través de una maraña de pelo.
Con delicadeza, lo atravesó con los dedos y se lo apartó de la cara. Y, después, tras un momento de duda, la atrajo hacia sí y la besó con intensidad durante un buen rato.
Cuando él rompió el beso, Frederica se dio cuenta de que jadeaba con desenfreno. Con gracilidad, se hizo a un lado y cargó su peso sobre ella. En el fragor de la pasión, se desprendieron con avidez de botas, medias y calzones. El fresco aire de la noche acariciaba gran parte del cuerpo de la chica. Bentley, el rostro acariciado por las sombras, estaba colocado encima de ella y se apoyaba en los fuertes antebrazos.
Sus ojos. ¡Cuánto deseaba poder ver sus ojos otra vez! Era curioso que no se hubiera dado cuenta antes de lo cálidos que eran.
—Sí —repitió, y Bentley se llevó la mano a la bragueta, que desabrochó con rapidez. Freddie no podía ver mucho en la oscuridad pero supuso que sería mejor así. Notó cómo su mano se deslizaba entre sus muslos y la tocaba de un modo íntimo. Él gimió de satisfacción y, con la rodilla, le separó las piernas con suavidad.
—Dios, Freddie. —Y susurró con agonía—: Espero poder hacerlo bien.
Y luego, sin decir nada más, ella notó el cálido peso del pene erecto contra su cuerpo. Fue entonces cuando sintió un momento de pánico. Como si lo hubiera advertido, Bentley bajó la cabeza y le rozó la oreja con los labios.
—Si me dices que pare, amor, lo haré. Puedo hacerlo.
Parecía como si intentara convencerse. Ella sacudió la cabeza y notó cómo el cabello se restregaba contra el césped.
—No, no —dijo entrecortadamente mientras intentaba aferrarse a él a ciegas—. Tómame y dame placer, Bentley. No me importa lo que pueda pasar.
Y, en ese momento, le dijo la verdad: quería el goce que su cuerpo le prometía. Lo quería pero a la vez lo temía. Sin embargo, estaba cansada de esperar. El calor de la sangre palpitante la inundaba por completo y el cuerpo de él la inmovilizaba, la forzaba a permanecer sobre la dura tierra mientras le abría las piernas con las suyas.
Iba demasiado rápido. Bentley se dio cuenta cuando oyó otra inhalación brusca. Se detuvo y, con rudeza, cambió de postura e introdujo un dedo, después dos, a través de su suave vello rizado con ligeros movimientos de vaivén. Se moría de deseo por ella aunque sabía que no debía hacerlo. Sin embargo lo hacía. Y ahora estaba perdido —poco más o menos— en su dulce cuerpo virginal. Con cada caricia, se adentraba más en su incitante calor hasta que con un dedo rozó su clítoris. Freddie empezó a jadear y después a gemir, y el sonido le recordó la verdadera trascendencia de lo que estaba a punto de hacer.
«Esto es todo, chico —advirtió—. Hazlo y prácticamente estarás casado. Entre la espada y la pared. Atrapado en una ratonera humana.»
O quizá no.
La familia de Freddie era… bueno, poco convencional. Y no creía que ella fuera tan ingenua para quedarse con él. Sus primos preferirían matarle, así de simple. Gus seguramente lo intentaría y Rannoch lo conseguiría. Pero tenía la terrible convicción de que una sola vez con Freddie valía la pena. Los sonidos de la noche y la fragancia de las hojas secas que los envolvía le hicieron tomar conciencia de la mujer que tenía bajo su cuerpo.
Dios, estaba húmeda de deseo, al menos de forma audible, y el pensamiento le transmitió una sensación de poder increíble. Quería que se estremeciera de placer, quería oír su voz suave y entrecortada en el oído. Sabía que sería diferente, más dulce. Y, sin embargo, estaba bastante asustado. ¿Le dolería? ¿Gritaría? Jesús, eso sí que no lo podría soportar.
Al acariciarla de nuevo, le introdujo dos dedos enteros y Freddie gimió. Con una precisión delicada, los extraía y los volvía a introducir, más profundamente cada vez hasta que notó la fina membrana turgente que la naturaleza le había dado. Y, de pronto, quiso rasgarla con una ferocidad inaudita en él. «Iba a ser suya. —Aquel pensamiento descabellado lo golpeó con fuerza—. Suya.» La había tocado como nadie lo había hecho hasta entonces y la necesidad de reivindicarla, de embestir con su cuerpo esa delicada barrera y poseerla, lo recorría en el interior como un relámpago.
No podía esperar más. Se apoyó por encima de sus hombros con una mano, acogió el peso de su pene con la otra y exploró con suavidad las sedosas capas de pie para su sorpresa; ella se incorporó para acercarse a él y estaba tan húmeda y resbaladiza que prácticamente le hizo perder el control.
—Con cuidado, cielo —le susurró—. Oh, no, no, Freddie. Déjame a mí, amor.
Pero sabía que ya no podría evitar el siguiente paso. Aún así se resistió e intentó echarse atrás, casi sin darse cuenta. Con movimientos inocentes y ansiosos, ella seguía alzándose para llegar a él, para seguirle, clavándole las uñas en los hombros. Empujó las caderas de la chica hacia la hierba pero, cuando ella volvió a arquearse en medio de gemidos ahogados, se introdujo hasta la mitad.
Sacudió la cabeza y le susurró algo. ¿Una súplica? ¿Un ruego? Santo cielo, era tan hermosa que creyó morir. Y entonces, con un grito de júbilo, se aventuró en su interior. Poco más recordó después de eso, algo realmente extraño en él. Solía contemplarse a sí mismo cuando hacía el amor, distante y desapasionado, aunque pareciera algo sin sentido.
Esta vez, sin embargo, era como si la luz y el calor fluyeran en él, conduciéndolo hacia ella. Dios mío, ¡cuánto intentó retenerse! Cerró los ojos con fuerza y hundió los dedos en la hierba y después en la tierra misma. Pero no pudo reprimir el deseo salvaje que parecía dominarle.
Se asfixiaba, se ahogaba en su suavidad virginal y perfecta. Su delicada carne lo arrastraba, absorbiendo la esencia pura de su ser. Una y otra vez, él empujaba y exploraba. Quería —mejor dicho, necesitaba— hacerlo bien para ella. Ella lo poseía, era él y, sin embargo, Bentley tenía miedo de no poder llevarla consigo. Quizá fue sólo una cuestión de segundos, quizá pasaron horas. Y entonces, débilmente, oyó el dulce grito de urgencia de Freddie. Notó cómo sus piernas se le enroscaban a la cintura para atraerlo hacia ella. Sus movimientos eran torpes e ingenuos pero tan hermosos… Notaba cómo le temblaban los brazos y el cuerpo entero.
Freddie se arqueó de nuevo emitiendo un leve gemido y entonces su boca se abrió como si gritara en silencio, el sonido del éxtasis perfecto. La petite mort. La pequeña muerte. En aquel momento, fue como si el infierno entero quebrara la cabeza de Bentley. No pensó ni un momento en tomárselo con calma, ni en retirarse, sino que movió las caderas de arriba abajo hasta que al final, esa luz exquisita explotó en su cabeza y emanó las semillas, calientes y voraces, que marcaron a Freddie como suya.