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Londres, 1813
Procura no engendrar bastardos. Éstos te perseguirán incansablemente, incluso después de que los placeres carnales hayan desaparecido.
Anónimo,
The Art of Seduction Reveal’d,
o A Rake’s Rhetorick*
Llegaban tarde.
A la luz de la lámpara de gas, Alexander Black consultó su reloj de bolsillo que le había regalado el mismísimo duque de Wellington. Pasaban veinte minutos de la hora. Había gastado parte del escaso dinero que le quedaba en el brandy francés más selecto de la casa, y ahora sus invitados no se personaban.
Por lo menos, la reserva del salón privado en el hotel no le había costado ni un solo penique. Continuó con la mirada clavada en la calle a través de la ventana y aguzó el oído hacia los establos por la fuerza de la costumbre. Desgraciadamente, no oyó el ansiado ruido trepidante de los cascos de los caballos y de las ruedas de la carroza sobre la calle empedrada.
Estaba profundamente sumergido en sus pensamientos cuando unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento.
—¿Lord Iversley?
Correcto, él era el conde de Iversley. Después de tantos años haciéndose llamar simplemente señor Black, ahora le costaba recordar su recién estrenado título aristocrático.
—Adelante.
Un mozalbete abrió la puerta. Su nerviosismo era palpable e inexplicable, hasta que Alec avistó al individuo que venía detrás del muchacho.
—L… Lord D… Draker está aquí.
El sirviente se encogió y se giró hacia la figura fornida, preso del terror. Era obvio que conocía la reputación del visitante, al que todos llamaban el vizconde Dragón.
—¿N… necesita alguna cosa más, s… señor?
Draker fulminó al sirviente con una fiera mirada. Incluso ataviado con unas vestiduras sencillas y deslucidas, ese hercúleo greñudo era capaz de convertir una piedra en arenilla con tan sólo una mirada.
—¡Largo! —gruñó. Cuando el muchacho hubo desaparecido escaleras abajo, tan rápido como sus piernas se lo permitieron, Draker hizo una mueca de disgusto—. ¡Qué idiotas! Creen que tengo cuernos en la cabeza.
—Entonces quizá no deberíais despedirlos con ladridos —terció Alec secamente.
Los oscuros ojos del gigante se posaron sobre Alec.
—Un hombre sabio no hace nunca alarde de sus opiniones.
—Un hombre sabio jamás invitaría a un individuo como vos, pero me gusta correr riesgos.
—A mí no. —Desde el umbral de la puerta, el vizconde examinó la estancia silenciosamente. El mobiliario era robusto, al gusto de los oficiales del ejército. La sala estaba ocupada por cuatro sillas de madera de roble macizas y una mesa con unas cabezas de leones con la boca abierta, a punto de emitir un rugido, esculpidas en las patas.
Alec ofreció una vaga sonrisa a su invitado. Era importante que Draker se sintiera cómodo.
—Y bien, ¿cuál es el motivo de este encuentro? —preguntó Draker.
—Os lo explicaré tan pronto como llegue el otro invitado.
Draker pareció disgustado, pero finalmente se decidió a entrar en la sala.
—¿También le habéis enviado la misma nota ridícula que a mí, proponiéndole que acepte vuestra invitación si desea que su vida dé un giro radical?
—Si realmente considerasteis que la nota era tan ridícula, decidme, ¿por qué habéis venido?
—No sucede cada día que un conde al que no tengo el placer de conocer tenga la osadía de dirigirse a un hombre de mi reputación.
Alec no dijo nada. Se acomodó en una de las sillas e hizo señas para que su invitado se sentara.
—Poneos cómodo. Si lo deseáis, podéis saciar vuestra sed con este magnífico brandy.
Draker se sentó. En el momento en que iba a asir la copa, un esbelto caballero con el pelo castaño entró por la puerta con paso tranquilo, los miró de forma insolente y, sin sacarse los guantes blancos, depositó sobre la mesa una hoja doblada.
—Supongo que sois el artífice de esta invitación tan peculiar, ¿me equivoco?
—En absoluto. Soy Iversley —se presentó Alec al tiempo que se levantaba de la silla—. Y vos debéis de ser el dueño del Blue Swan.
—Gavin Byrne para serviros —saludó el individuo con una reverencia teatral.
Alec percibió la creciente tensión de Draker, por lo que rápidamente señaló una de las sillas vacías y dijo:
—Muchas gracias por venir. Sentaos, por favor.
—Podéis sentaros en ésta que yo ocupo —interrumpió Draker. Después se incorporó y se dirigió hacia la puerta—. Yo me marcho.
Por unos instantes Alec pensó que sus planes se iban a desintegrar ante sus propios ojos.
—¿Qué le pasa a ese caballero? —refunfuñó Byrne—. ¿Acaso no tiene suficiente coraje como para hacer negocios conmigo?
Draker se dio la vuelta y clavó los ojos en su interlocutor.
—No creo que nuestro anfitrión quiera proponernos ningún negocio interesante. Probablemente habréis oído hablar de mí, al igual que yo he oído hablar de vos. Soy Draker.
No tuvo que dar más explicaciones. A Byrne se le tensó cada uno de los músculos de la cara, luego se giró y se encaró a Alec.
—¿Qué es esto, Iversley? ¿Una broma de mal gusto? —Avanzó hasta la ventana y observó la calle sin parpadear, claramente molesto—. Vamos, decidles a vuestros amigos que se ocultan ahí abajo para presenciar la primera cita de los dos hermanastros más odiados de Inglaterra que den la cara…
—No hay nadie más, sólo nosotros tres —respondió Alec con cautela.
Byrne continuó oteando a través de la ventana, buscando los destellos de unos ojos entre las sombras.
—¡Ah! Así que lo que buscáis es una compensación económica. ¿Acaso estáis pensando en un chantaje? Pues sintiéndolo mucho os diré que os habéis equivocado. Todo el mundo en Londres está enterado de mis vínculos con la realeza.
—Y de los míos —intervino Draker mientras se pasaba la mano por encima de la cicatriz que se entreveía entre su poblada barba. El padre natural de Draker no se casó con su madre. Por fortuna para Draker, otro hombre estaba casado con ella y lo aceptó como hijo legítimo.
—Habéis organizado esta reunión para nada. Y ahora, si me excusáis…
—Por lo que veo el temible Draker no es más que un cobarde —espetó Alec—, temeroso de celebrar una breve reunión con sus dos hermanos.
Draker lo miró perplejo.
—Veamos si comprendo esta broma, maldito… ¿Qué queréis decir, con eso de dos hermanos? —le preguntó colérico.
—A pesar de mi aparente legitimidad, yo también soy bastardo, igual que vosotros dos. Y hay algo más que compartimos: el mismo padre —respondió Alec. Después alzó la copa con una mano temblorosa para brindar—. ¡Enhorabuena, caballeros! Acabáis de ganar un hermanastro, y el Príncipe de Gales acaba de ganar otro hijo ilegítimo.
Un denso silencio inundó la sala, tan denso como la niebla de Londres. Durante unos interminables segundos, Byrne y Draker contemplaron atónitos a Alec mientras éste apuraba su copa llena de licor.
Draker rompió el incómodo silencio reinante con un potente puñetazo contra la mesa. Tenía la misma mirada desafiante que los leones tallados en las patas que sostenían la mesa; su furia parecía incontenible.
—¡Estáis llevando esta broma demasiado lejos! Jamás he oído un escándalo de esa índole sobre vuestra familia.
—Quizá nadie lo sepa —intervino Byrne—. No sé por qué, pero me inclino por creeros.
—¿Cómo? —le preguntó Draker aturdido.
—Veamos, ¿qué motivos podría tener un hombre que acaba de estrenar un título nobiliario para soltar una patraña como ésa? Ninguno.
Alec respiró profundamente.
—Por favor, sentaos. Tomad un poco de brandy y permitidme que os cuente la historia; os aseguro que no os arrepentiréis.
Byrne se encogió de hombros.
—De acuerdo, me echaré un poco de ese brebaje.
Sin pensarlo dos veces se sirvió una porción generosa de brandy, se desplomó sobre la silla y apuró el contenido de la copa. Tras unos segundos, Draker hizo lo mismo.
Hasta el momento el plan estaba saliendo como Alec había esperado. Él también se sentó y se sirvió más brandy. Los tres bebieron en silencio, lanzándose miradas furtivas intentando descubrir similitudes físicas entre ellos.
Resultaba difícil creer que esos dos fueran sus hermanos. Draker, ancho de pecho y con porte musculoso, había heredado la complexión robusta de los Hanovers pero sin la opulencia de carnes ni el reputado interés por la moda de su progenitor. Con su melena desaliñada, su poblada barba y su vestimenta sencilla y trillada, Draker daba la impresión de despreciar por completo la sociedad y las pautas sociales.
En la otra cara de la moneda estaba Byrne, quien seguramente había venido directamente desde el famoso club de caballeros que regentaba. Su armilla blanca y sus impecables pantalones negros de seda florentina eran la ropa más fina que Alec jamás podría llegar a soñar y, excepto por la aguja coronada por rubíes que lucía en la corbata, la apariencia de Byrne era sorprendentemente sobria, especialmente si se tenía en cuenta los círculos exaltados en los que Byrne se movía.
A pesar de ser declaradamente hijo ilegítimo, su habilidad con los naipes lo habían convertido en un personaje tan popular tanto para el duque de Devonshire como para el camarero más miserable de White’s.
—Vuestra revelación explica las extrañas habladurías en torno a vuestra persona. —Byrne deslizó el dedo por el borde de la copa—. Se dice que vuestro padre os envió a dar la vuelta por Europa, y que durante los diez años que duró el viaje os dedicasteis a buscar el placer constante, incluso no asististeis al entierro de vuestra propia madre.
Alec hizo un gran esfuerzo para suprimir su creciente rabia. Por supuesto que su padre había difundido calumnias acerca de él; ese viejo chivo era incapaz de distinguir la verdad de la mentira.
—Lo cual me parece muy extraño —prosiguió Byrne—, teniendo en consideración que jamás nadie os vio en ninguna fiesta fuera del país. Y yo coincidí con… vuestro padre una sola vez, y os aseguro que no me pareció la clase de individuo capaz de tolerar la deserción de su heredero. Además, estaba la cuestión preocupante de la guerra en tierras europeas.
Alec apuró la copa. Odiaba tener que exponer su vida como un libro abierto ante sus hermanastros, a los que no conocía prácticamente de nada, pero sabía que no le quedaba otra alternativa.
—No había guerra cuando abandoné Inglaterra. Coincidió con el período efímero de la Paz de Amiens.
—¿Dónde estuvisteis, exactamente? —preguntó Draker.
—En Portugal. El viejo conde me envió a vivir con su hermana, cuyo marido portugués creía fervientemente en la eficacia de aplicar castigos corporales a los muchachos ingleses rebeldes. Sólo estuve con ellos un par de años, pero después no pude regresar porque mi padre me vetó pisar sus tierras y contactar con mi madre. —De repente sintió como se le formaba un nudo en la garganta—. Ni siquiera me escribió para informarme de la muerte de mi madre hasta transcurridas varias semanas de su entierro.
—¿Hizo todo eso porque erais el hijo ilegítimo de Jorge IV?
—Sí, aunque en ese momento yo todavía no lo sabía. —Alec se sirvió más brandy—. Me enteré cuando regresé a Inglaterra justo después de la muerte del viejo conde, a través de una carta que mi madre me dejó oculta y en la que me revelaba toda la verdad. Esa información transformó todos mis prejuicios acerca de mí mismo y de mis padres. Por lo que parece, cuando mi madre me engendró hacía muchos meses que mi padre no compartía lecho con ella, pero decidió aceptarme como hijo legítimo antes de que corriera la voz de que el Príncipe de Gales se acostaba con su esposa. Incluso llegó a tolerar mi presencia en su casa hasta que una de mis travesuras en Harrow acabó con su paciencia. Fue entonces cuando me prohibió volver a pisar las tierras de Edenmore.
—¡Cielo santo! Pero ¿qué clase de travesura fue para merecer tal castigo? —preguntó Byrne.
Alec jugueteó con su copa y observó los bellos reflejos de la luz en el cristal.
—Intenté ganar una apuesta de una cena para mí y para mis amigotes imitando a… una persona muy conocida. Pero a pesar de mi similitud física con el individuo y de mis vestimentas acolchadas, era demasiado joven y flaco como para resultar convincente.
—Estáis insinuando que osasteis imitar a… —se sobresaltó Byrne.
—Pues sí; no demostré ser nada astuto con la elección. Opté por el único personaje al que nunca debería haber imitado, y eso no le hizo ni la menor gracia al viejo conde.
Sus dos interlocutores parpadearon y luego empezaron a mondarse de risa. Después de unos segundos, Alec se unió a ellos. Qué extraño se le hacía reír con sonoras carcajadas por lo que había supuesto el peor desastre de su juventud.
—¡Qué ironía…! —Draker intentó hablar mientras continuaba desternillándose de risa—. Vuestro padre… es que sólo con imaginarlo…
Las risotadas habían ido subiendo de tono, disolviendo toda la tensión del ambiente. Cuando los tres lograron calmarse, la sensación de camaradería que se había establecido entre ellos era casi… fraternal.
—Ahora que lo decís, sí que os parecéis a él. —Byrne consiguió recuperar la compostura—. Tenéis los mismos ojos.
—Pero ¿por qué nos contáis esta historia? —preguntó Draker—. ¿Acaso no os importa convertiros en la comidilla de Londres?
—Mi último deseo sería que empezaran a circular habladurías acerca de mi persona y mi familia. Si me he atrevido a contároslo, es porque necesito vuestra ayuda.
Con la misma celeridad extraordinaria con que se había establecido la leve conexión entre ellos, ésta se rompió.
Byrne le propinó una mirada fría llena de cinismo.
—O sea, estáis hablando de dinero, ¿no? Por eso habéis convocado a vuestros dos hermanos ricos, para que os ayuden económicamente.
La expresión de Alec se tornó tensa.
—Es verdad que necesito dinero, pero eso no es lo que os he venido a pedir. Cuando supe realmente quién era mi padre, busqué información sobre sus otros hijos ilegítimos y averigüé que somos los únicos que no nos hemos beneficiado de nuestra conexión directa con la monarquía.
Hizo una pausa y miró a Draker.
—Vos habéis sufrido el rechazo constante de la sociedad desde que echasteis al príncipe y a vuestra madre de vuestras tierras en Castlemaine.
Después se dirigió a Byrne.
—Y el Príncipe de Gales siempre se ha negado a aceptar vuestro vínculo de sangre, por lo que aunque os codeáis con duques en vuestro club selecto, éstos no dejan de criticaros por la espalda. ¿Sabíais que os llaman el bastardo de la perra irlandesa?
—¡Si pillo a uno de esos canallas, juro que le cortaré la lengua! —La cólera de Byrne subió de punto.
Alec se encogió de hombros ante la amenaza.
—Y… como ya habréis imaginado… yo no tengo ni un penique. El conde dilapidó toda la fortuna de mi madre.
En sus últimos años de vida, el viejo chivo invirtió mucho dinero en empresas arriesgadas que diezmaron el escaso patrimonio que el asistente corrupto del conde no había logrado malversar. Por culpa de eso y de la idea obsesiva —y carísima— del duque de buscar remedios que curaran algunas supuestas enfermedades que padecía, Alec había heredado una propiedad completamente en ruinas.
—A cada uno de nosotros nos falta algo. Yo carezco de dinero; Byrne no tiene un nombre legítimo, y a Draker la sociedad no lo acepta.
—¿Y qué más le da eso a Draker? —apostilló Byrne frunciendo el ceño—. Parece que vive feliz y satisfecho en su fortaleza de Castlemaine.
—Ya, pero sospecho que a veces piensa que su aislamiento social no le favorece en absoluto. —A pesar de que Draker le reprochó esa observación, Alec se dio cuenta de que no negó los hechos—. ¿No tenéis bajo custodia a la hija que vuestra madre tuvo con el vizconde? ¿Y no se está acercando peligrosamente a la edad de desposarse? Es probable que vuestra situación social os importe un comino, pero me apuesto lo que queráis a que la situación social de vuestra hermana es otra cuestión.
—¡De acuerdo! —estalló Draker—. Mi hermana empieza a cansarme con esa idea de buscarle pareja, pero yo le he dicho que no es lo más acertado. ¿Quién querría casarse con ella? Además, después de las enormes mentiras que mi madre divulgó sobre mí, seguramente Louisa sería tratada como una leprosa a causa de mis pecados.
—Pero si no le buscáis la pareja adecuada, ¿cuánto creéis que tardará en huir con el primer lacayo o idiota local que le muestre un poco de afecto? —señaló Alec.
—¿Por qué os interesa tanto la situación de mi hermana? —preguntó Draker con una tensión latente.
Alec lanzó a Byrne una mirada estudiada.
—Si todo lo que ella necesita es que alguien la exhiba en sociedad… estoy seguro de que Byrne no tendrá ningún reparo en presentarle a ciertos caballeros que… ejem… para saldar las cuentas que tienen pendientes con Byrne, harán lo que nosotros les pidamos.
—¿Habéis dicho «nosotros»? —preguntó Byrne.
—Sí, eso mismo. Gracias a nuestro progenitor, se nos han negado las ventajas que tienen las familias normales y corrientes, conceptos como el de la amistad, la lealtad y la ayuda incondicional. Pero eso no nos debe frenar para conseguir nuestros objetivos.
Draker y Byrne lo miraban fijamente, sin abrir la boca. Alentado por las evidentes muestras de interés, Alec prosiguió con su plan.
—Cada uno de nosotros posee algo que los otros dos necesitan, así que propongo que nos unamos, que formemos una alianza. Actuaremos como si fuéramos una familia; bueno, de hecho, somos hermanastros. Juntos podemos conseguir que la rueda de la fortuna nos sonría; nos podemos ayudar los unos a los otros para lograr aquello que tanto anhelamos.
Byrne arqueó las cejas.
—Y ahora llegamos precisamente a aquello que vos deseáis, ¿verdad? Pero si creéis que os voy a prestar dinero simplemente por nuestro vínculo común con el Príncipe de Gales…
—¡Ya os lo he dicho antes! ¡No quiero vuestro dinero! —terció Alec—. Es cierto que el conde me ha dejado sin blanca y con muchas deudas.
—¡Ah! Y mira por dónde, habéis insinuado que queréis algo de nosotros, y puesto que no somos los favoritos del Príncipe, no esperaréis que consigamos que él os dé dinero…
—¡Por supuesto que no! —replicó Alec firmemente—. Dudo que sepa que soy su hijo, y lo cierto es que prefiero que no lo sepa. Además, él no dispone de tanto dinero como el que yo necesito.
Los ojos de Draker se achicaron.
—¿De qué cantidad estáis hablando?
—Ah, pues… para arreglar Edenmore, o sea, para reconvertirla en una propiedad productiva y restaurar la mansión para que sea habitable… —resopló—, más o menos unas setenta y cinco mil libras; quizás un poco más.
Draker lanzó un silbido, y Byrne sentenció:
—Tenéis toda la razón del mundo. Nadie os prestará esa cuantiosa suma de dinero. Ni siquiera tendríais posibilidades de conseguirla si probarais suerte en el juego.
—¡Jamás se me ocurriría probar suerte en el juego! —Alec depositó la copa encima de la mesa—. No, llevo tiempo dándole vueltas al asunto y sólo se me ocurre una solución viable: casarme con una rica heredera.
—¡Ni soñarlo! ¡Olvidaos de Louisa! —bramó Draker.
Alec no pudo reprimir un gesto de fastidio.
—Por el amor de Dios, no quiero casarme con una chiquilla recién salida de la escuela. Prefiero a una mujer madura que comprenda las reglas de la sociedad inglesa: Haz lo que te plazca siempre y cuando seas discreto. Puedes ser la persona más vil en privado siempre y cuando te comportes adecuadamente en público. Simula que el matrimonio es un pacto de amor, aunque todos sabemos que sólo se trata de dinero y de posición.
—Pues, la verdad, eso suena más bien cínico —comentó Draker.
—De todas las personas, vos sois la que más sabe, sin lugar a dudas, que no miento. ¿Por qué sino habéis decidido escapar de esta sociedad corrupta y encerraros en vuestra propiedad de Hertfordshire? No es que os acuse de nada; yo también intenté huir y mantenerme alejado de ese entorno en lugar de regresar aquí y pedir lo que era mío, y por eso lo he perdido casi todo.
Alec sonrió amargamente y prosiguió:
—He aprendido la lección. Si sigues las reglas del juego, al menos en público, conseguirás lo que te propones. Y mi deseo es restaurar Edenmore. Por eso tengo que buscar la forma de conseguir una fortuna, igual que hacen otros aristócratas arruinados, y podéis estar seguros de que no cesaré hasta lograr mi objetivo.
Draker sacudió la cabeza enérgicamente.
—Cualquier rica heredera con esa suma de dinero está armada hasta los dientes para no caer en las redes de un cazador de fortunas. Y si ella no lo está, lo estará su padre.
—Pero este señor es un conde —intervino Byrne—. Ahí fuera hay un sinfín de mercaderes que estarían encantados de pagar grandes sumas de dinero si el premio consistiera en convertir a sus hijas en condesas.
—¿Una cantidad tan elevada? —apuntó Alec incrédulo mientras avivaba el fuego de la chimenea—. ¿Qué loco entregaría a su hija junto con setenta y cinco mil libras a un conde cazafortunas con la reputación de ser un truhán que abandonó a su familia a causa de su incontenible anhelo de placer? No puedo contar la verdad sobre mi experiencia fuera del país sin tener que dar explicaciones acerca de la razón real de los problemas entre mi padre y yo, y eso es algo que no deseo hacer.
Alec clavó los ojos en las llamas.
—Pero los rumores por sí solos no tienen por qué repercutir negativamente en mi plan, siempre y cuando consiga ocultar mi pobreza mientras esté cortejando a la rica heredera. Mi intención es pedir la mano de la joven antes de que ella averigüe mi terrible estado financiero.
No, Alec no deseaba cometer el mismo fallo que el viejo conde, que permitió que su futura esposa supiera que quería casarse con ella sólo por su dinero; eso sólo empeoraría las cosas, en lugar de mejorarlas. Se limpió la ceniza de las manos en los pantalones y continuó:
—Por eso necesito vuestra ayuda. Tengo que conseguir que la heredera no se me escape antes de que la verdad sobre mis finanzas se esparza como la pólvora hasta todos los confines de Londres. Pero mi mayor problema es que no conozco a ninguna dama acaudalada. Me fui de aquí cuando todavía era muy joven, y ahora no dispongo de mucho tiempo para realizar tales averiguaciones.
Seguidamente, fijó toda su atención en Byrne.
—Vos os movéis en esa clase de círculos de poder, y cada día sois partícipes de mil y un chismes financieros. Vos me podríais proporcionar la información que preciso.
Byrne no dijo nada. Entonces Draker carraspeó con cierto nerviosismo y objetó:
—Puesto que yo me he mantenido al margen de esa sociedad durante más de la mitad de mi vida, no alcanzo a comprender cómo queréis que os ayude.
Alec apartó la vista de Byrne para fijarla en Draker.
—Podríais prestarme una de vuestras carrozas. Puedo conseguir casi todo lo que necesito por medio de un préstamo, pero una carroza no, es demasiado grande.
—¿Decís que no tenéis carroza? —exclamó Byrne sin dar crédito a lo que oía.
Alec se irguió con una tensión evidente. Cómo odiaba esa situación de pedigüeño.
—Mi padre vendió las dos carrozas de la familia. También vendió nuestra casa de Londres, por lo que tengo que alojarme aquí, en el hotel Stephens. De momento he logrado mantener mi refugio en secreto, pero si me desplazo siempre andando, algunos empezarán a sospechar. —Miró directamente a Draker—. Y he pensado que… ya que…
—Ya que yo no hago vida social, podría prestaros una carroza. —Draker terminó la frase.
Alec afirmó con la cabeza, con aire de estar avergonzado.
—Os prometo que no sufrirá ni el más leve rasguño.
En lugar de sentirse insultado, Draker parecía estar disfrutando de lo lindo.
—Si además me prometéis que no engancharéis un par de jamelgos de aspecto escuálido a la carroza…
—¿Me ayudaréis? —preguntó Alec ahora más animado—. ¿Aceptáis uniros a la alianza que propongo?
—Supongo que no tengo nada que perder; especialmente si mi hermanita obtiene un marido decente con ello. —Draker arqueó las cejas y esbozó una sonrisa burlona—. Y no a un cazafortunas.
Alec sonrió con tristeza.
—Espero que la familia de mi rica heredera no sea tan quisquillosa.
—Pues estoy pensando en una chica que podría ser la adecuada —precisó Byrne—. Los jugadores de cartas suelen tener la lengua muy larga.
Alec notó que se le aceleraba el pulso.
—¿Así que vos también os unís a esta alianza?
—¿A la Real Hermandad? Sí. —Byrne experimentó una agria sensación en la boca—. Aunque claro, para vosotros dos es muy fácil, porque ante los ojos de la ley sois hijos legítimos. Pero no podéis convertirme en hijo legítimo ni conseguir que obtenga el respeto que el Príncipe de Gales me negó a mí y a mi madre.
—Estoy seguro de que os podremos ayudar de algún modo. Os prometo que en esta empresa saldréis ganando tanto como nosotros.
—Eso espero —afirmó Byrne—. Además, puede ser divertido ver cómo triunfáis bajo las propias narices de nuestro padre.
Por primera vez en varias semanas, Alec se sintió lleno de esperanza y rió alegremente.
—Entonces, ¿sellamos el pacto? ¿Qué tal si unimos nuestras manos en señal de buena voluntad para conseguir todo aquello que deseamos?
—¡Acepto! —murmuró Draker.
—¡Y yo también! —Byrne sirvió más brandy para todos y propuso un brindis—: ¡A la salud de La Real Hermandad de los Hijos Ilegítimos! ¡Por su futuro y por su prosperidad!
Los otros dos se levantaron, elevaron sus copas al unísono y se apuntaron al brindis. Después Alec volvió a sugerir otro brindis:
—¡A la salud del Príncipe de Gales, nuestro progenitor real! ¡Ojalá se pudra en el infierno!
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