Novias de escándalo

NOVIAS DE ESCÁNDALO

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LA DAMA Y EL TIGRE

CHRISTINA DODD

CAPITULO 1

Kent, Inglaterra, 1813

La señorita Laura Haver avanzó a tientas hacia el acantilado, dejándose únicamente guiar por el sonido de las olas y el perfume de agua salada de la brisa. Unas nubes surgieron por entre las estrellas, bloqueando la débil luz, y antes de poder darse cuenta de que había alcanzado su meta, su pie dio un paso en falso en los primeros centímetros del precipicio.

Se sentó apresuradamente y consiguió estabilizarse. Luego retrocedió y se acurrucó en la agreste hierba marina. Unas piedras rodaron por la pendiente escarpada hasta caer en la playa propiedad de los Hamilton. A continuación oyó unos gritos que revelaban que había sido descubierta.

No había nada. Tan sólo el eterno balanceo de las olas contra la playa de arena.

Habían transcurrido tres meses. Tres meses de solitario sufrimiento en los que había estudiado a fondo el diario de su hermano y se había esforzado en descifrar sus crípticos garabatos. Tres meses de visitas en vano a la casa de Londres en la que Keefe Hamilton residía y tenía su oficina. Tres meses en los que Leighton le había asegurado que el gobierno vengaría la muerte de Ronald.

Tres meses sabiendo que mentía.

Abajo, un barco crujió en la arena tras ser impulsado por la playa. Temblando de frío y temor, cubrió su pelo castaño con la capucha y se acercó apresuradamente al borde del acantilado. Pese a ser una noche sin luna y tan oscura que apenas veía su mano frente a su cara, pudo advertir linternas que brillaban como luciérnagas. Desprendían destellos de luz sólo cuando los hombres lo juzgaban necesario, y en movimiento pudo advertir al menos diez contrabandistas —ocho descargando el barco, ocho recibiendo en la playa y tres hombres simplemente de pie, al parecer supervisando la operación.

Una figura alta se movía de un lado a otro, y teniendo en cuenta el hecho de que todos los hombres lo obedecían, era evidente que era el jefe. En el diario de Ronald aparecía sólo como “Jean”, pero Laura temía conocer su identidad. Forzó la vista e imploró un único momento de luz —y cuando surgió, se levantó indignada.

—Él es el contrabandista.

Tal como si sus palabras hubieran sido transportadas por el viento hasta las orejas de Leighton, éste se giró y alzó la vista hacia lo alto del acantilado. Ella vio el brillo de sus ojos, y con el instinto de un animal perseguido, se puso de cuclillas detrás de una piedra y permaneció inmóvil. No quería que Leighton la descubriera. Todas sus terribles sospechas se habían confirmado y si había asesinado a su hermano para silenciarlo, no le cabía la menor duda de que no vacilaría en asesinarla a ella también.

Su corazón latía con fuerza y lo único que quería era huir, presa de un pánico incontrolado, pero ya había ido lejos y había demasiado en juego como para perder la compostura. Agudizando el oído podía escuchar las voces de los hombres por encima del chapaleteo de las olas, y ningún grito de alarma le había dado motivos para salir corriendo. Debía mantener la calma, volver al hostal y escribir un informe para las autoridades. Resultaría difícil convencerlos de que un miembro de la Cámara de los Lores no era más que un vulgar delincuente, pero con el diario de Ronald como corroboración lo conseguiría.

Tenía que conseguirlo, por Ronald.

Se arrastró sigilosamente hacia atrás. La falda se le pegó a los talones, unas piedras se incrustaron en las palmas de las manos. Por fin se puso en pie, y se inclinó para sacudirse el polvo de la falda. Al levantarse y entornar los ojos para mirar al horizonte, se percató de que una figura alta obstaculizaba el paso de las estrellas. Lo miró a los ojos, paralizada por el miedo, entonces dio un grito y un respingo, se dio media vuelta y echó a correr.

Podía oír el ruido sordo de las botas tras de sí. La aulaga se le pegaba a la falda y los surcos de la apenas frecuentada carretera se deslizaban y retorcían con la malicia de una serpiente. El viento soplaba a sus espaldas y llevaba el aliento ardiente de aquel hombre hasta su nuca. Se le puso la carne de gallina y gimió en voz baja, presionando el punto de sutura que se le había abierto en la mano. No podía correr más y entonces se atrevió a mirar hacia atrás.

Todo lo que pudo ver fue la negra noche. Las estrellas habían desaparecido por completo y la tormenta que se avecinaba descargó sus primeras gotas en su rostro. Había imaginado a Leighton, pero no estaba ahí.

Dio un suspiro de alivio, redujo la velocidad de su paso y marchó penosamente hacia el hostal. ¡Cuán estúpida y cobarde se había mostrado escapando atropelladamente!Había soñado durante semanas que Leighton la perseguía. Había visto su rostro en todos los hombres morenos que se encontraba por la calle. Algo en Leighton le había convencido de que debía huir y no detenerse jamás.

No siempre había sido así. Cuando Ronald fue asesinado, ella fue a conocer a Leighton, segura de que la ayudaría. Al fin y al cabo, Ronald había sido el secretario personal de Leighton y siempre hablaba de él con gran admiración.

En vez de ello, Leighton se había opuesto enérgica y personalmente a su petición. Según él, ella debía permanecer en casa, tal como le correspondía a una señora, y los contrabandistas pagarían sus culpas ante la justicia a su debido tiempo. Pero ella no podía soportar que la trataran con condescendencia, y menos si se trataba de Leighton. Reaccionó apretando los dientes y se enfrentó a él, haciendo caso omiso de sus hombros, las perfección escultural de sus facciones y su deseo inconsciente de lanzarse a sus brazos y dejar que cuidara de ella. Al inicio de su relación quizás lo hubiera hecho, pero desde el principio su instinto le dijo que tras aquella apariencia plácida se ocultaba algo profundo, poderoso y engañoso.

Todavía temerosa, echó un vistazo tras de sí. Ronald solía decir que era demasiado franca para pasar inadvertida y demasiado honesta para la diplomacia. Tras leer su diario había descubierto que su hermano llevaba un vida secreta. Le había convencido de que no era nada más que el secretario de Leighton, cuando en realidad había estado trabajando para destapar una banda de contrabandistas. Frunció la frente. No se lo había contado porque no quería que lo supiera ni que se preocupara. La había estado protegiendo, y ahora ella se encontraba sola, sin nadie que le ayudara a vengar su muerte aparte de ella.

Ella haría lo mismo con él. Se aseguraría de que los responsables sufrieran del mismo modo que ella había sufrido con la pérdida de su hermano.

La lluvia empezó a golpear contra el suelo con mayor convicción y Laura se colocó el redingote, aquel abrigo que había cosido con sus propias manos, bien ajustado por encima de los hombros.

Tras detectar las luces de “El Toro y el águila”, Laura concentró toda su atención en ellas, como si fueran a ser su salvación. Sabía, claro está, que Leighton trataría de encontrarla, pero no aquella noche. Tenía que descargar brandy y pagar a sus hombres, y jamás imaginaría que ella iba a salir con las primeras luces del día, y menos si debía caminar.

Avanzó con cuidado por el jardín cubierto de barro y empujó la puerta abierta. En los dos días que había pasado allí se había percatado de que si no se iba con cuidado la puerta chirriaba, algo que hacía salir apresuradamente a Ernest de su habitación, sonreír, hacerle una reverencia y saludarla como si fuera la salvación de la mansión de los Leighton.

Y todo por una pequeña mentira que se había visto obligada a decir.

Dios la perdonaría, estaba segura, porque la había dicho en aras de la verdad y la justicia, pero no sabía si el bueno y calvo de Ernest también lo haría.

Las bisagras no hicieron ruido. El salón estaba vacío, como cuando había salido, y Laura no podía creer que hubiera tenido tanta suerte. No quería que nadie supiera que había salido, puesto que a esa misma hora otras noches la gente del pueblo se congregaba en el salón para beber cerveza y conversar. Inmediatamente se preguntó qué les habría mantenido alejados del lugar, puesto que el fuego estaba casi apagado y el lugar parecía abandonado. Entonces oyó unos súbitos gritos de enfado y subió corriendo las escaleras. Una vez arriba se detuvo y escuchó.

Pudo reconocer la voz de Ernest, que parecía agitado y temeroso. La otra voz era de un hombre, más débil y menos clara. Hablaba en un tono que le puso los pelos de punta.

¿Quién era? Apoyando ambas manos en la baranda, bajó sigilosamente dos escalones y escuchó atentamente. ¿Por qué parecía tan amenazador? Sin darse cuenta, pisó el borde del tercer escalón y éste crujió bajo su zapato. La conversación en la cocina cesó y ella permaneció inmóvil. Se oyeron pasos en las tablas del suelo y Ernest entró en la sala. Ella procuró camuflarse entre las sombras, él alzó la vista y la miró a los ojos. La vio; ella juraría que la vio, pero él se encogió de hombros y volvió a la cocina sin que nada que indicara que había advertido su presencia.

La conversación se reanudó, esta vez en un tono más bajo, y ella logró llegar de hurtadillas a su habitación. Sin hacer ruido, sacó la llave del bolso y abrió la puerta. Entró en la habitación, cerró los oscuros paneles de roble tras de sí y dio otra vuelta a la llave para protegerse de cualquier intruso.

Estaba idéntica a como la dejó. Aquella era, tal como Ernest le había dicho la noche que llegó, la mejor estancia del hostal y la única que había acogido a Enrique VIII tras verse sorprendido por una tormenta. Laura no sabía si creerlo, pero lo que sí era cierto era que una cama antigua y monumental presidía la habitación. Descansaba encima de una tarima en una esquina, y del dosel colgaban unas cortinas de terciopelo que se podían cerrar para preservar el calor. Unas gárgolas decoraban los pilares de la cama y todas las barras entre ellos habían sido pulidas y lustradas hasta sacarles brillo. Ernest le había contado con orgullo que se habían desplumado casi 2000 gansos para rellenar aquel colchón. Lo único que ella sabía era que cuando dormía en aquella cama se perdía en ella. El fuego ardía en la chimenea, una pila enorme de troncos de aroma dulce. A un lado se encontraba un banco de madera cuyo alto respaldo la protegía de las corrientes de aire cuando se sentaba en él. Al otro lado había un escritorio y una silla. Como ya era costumbre, lo primero que hizo fue dirigirse al escritorio. Las velas se habían consumido en su ausencia pero continuaban iluminando los documentos esparcidos por la mesa en un fingido desorden. Debajo de los documentos yacía un diario, el diario de Ronald. Aquel diario era la única razón por la que se encontraba en Leighton Village. Era la razón por la que había reconocido el área durante el día y había deducido que aquella cala era el lugar de descarga.

Se aseguró de que el diario estaba a salvo y volvió a cubrirlo con los documentos con sumo cuidado. Era Ronald quien se lo había enseñado. “Oculta las cosas en lugares comunes”, le había dicho. Él lo había aprendido trabajando para Leighton, y a ella le pareció un buen consejo.

Roja de culpabilidad, abrió el cajón del escritorio e introdujo la mano hasta el fondo. Las puntas de sus dedos palparon el frío metal y sacaron una pequeña pistola de plata. En lo que a ella respectaba, prefería ignorar a Ronald y su consejo. No podía soportar la idea de dejar aquel instrumento mortal fuera. Había dejado bien clara su necesidad de intimidad a Ernest y se había asegurado de cerrar la puerta con llave siempre que había salido, pero tener en su poder una arma de fuego como aquella le ponía nerviosa. Era de Ronald, y hasta el día de su asesinato, jamás hubiera imaginado querer llevar una consigo. Sabía utilizarla, naturalmente. Cuando vivían en la India, su padre había insistido en que tomara clases de defensa personal. Pero de vuelta en Inglaterra, ella se creía intocable. Ahora, tras la muerte de Ronald, aquel velo de seguridad se había desvanecido y no confiaba en ningún hombre vivo.

Era curioso, pero empezó a sentirse amenazada por Leighton mucho antes de que la sospecha de que él era el contrabandista se convirtiera en certeza. En una ocasión ella se giró inesperadamente y vio que la contemplaba con una mirada que sólo había visto otra vez en su vida. Cuando sus padres todavía vivían y la familia al completo residía en la India, una vez había visto a un tigre oculto tras la hierba alta, esperando a su presa. El semblante de Leighton revelaba una confianza en sí mismo de tigre. Estaba seguro de que podía tenerla cuando quisiera, pero todavía no había llegado el momento. Aquella expresión en su rostro le produjo un escalofrío, pero cuando quiso corroborarla, se había desvanecido.

Transcurridos ciertos meses, hubo ocasiones en las que Laura llegó a pensar que podría percibir el movimiento impaciente de su cola y la forma en que se agazapaba, listo para saltar.

Temblando, devolvió la pistola a su sitio. Se quitó el redingote mojado, lo colgó en el respaldo del banco y dejó los guantes cerca de las débiles llamas. Se quitó sus practicas botas, ahora llenas de barro, y las colocó con cuidado junto a los guantes. Su vestido de calle azul oscuro, tan adecuado para la ciudad y su trabajo de costurera, estaba empapado por el mal uso de aquella noche. Laura palpó la falda con sus dedos temblorosos. No tenía dinero para remplazarlo; se había gastado hasta el último céntimo en aquel viaje a Kent. Aunque —alzó la barbilla— la pérdida de un mero vestido valía la pena si tenía que llevar al asesino de Ronald frente a la justicia, y estaba muy cerca de conseguirlo. Se arrodillo y restauró el fuego para que volviera a arder intensamente, al tiempo que calentaba sus manos. Cuando se le secó el cabello, los pelos más cortos se desprendieron de la cabeza y se rizaron en salvaje abandono, pero aquella noche no le importaba, porque ¿quién iba a darse cuenta?

—Está en “El Toro y el águila” —Keefe Leighton, el conde de Hamilton, dio un empujón al chico. —Ve y díselo a los demás, después vuelves y esperas en las caballerizas. Yo iré en cuanto haya corroborado la información.

En medio de la oscuridad y la lluvia, Leighton observó a Franklin mientras se marchaba y supo al instante que lo iba a obedecer. Todos sus hombres le eran leales, y sólo a él, pero aquella noche algo había ido mal. Mientras abría la puerta de “El Toro y el águila” de una patada, maldecía a la mujer cuya silueta había visto recortada contra las estrellas.

Laura. Su intuición le decía que era Laura Haver, y sus intuiciones se habían mostrado muy efectivas en todo lo que se refería a ella. ¿Qué hacía allí aquella precisa noche? ¿Qué sabía y cómo lo sabía? ¿Qué le podía haber contado su hermano que había sido incapaz de comunicar a Leighton? Leighton necesitaba conocer las respuestas, así que dejó a sus hombres descargando barriles de brandy y ocultándolos en las cuevas de los acantilados encima de la playa. Leighton tenía que seguir a la mujer.

El salón estaba vacío. Ni siquiera Ernest de pie frente a la lumbre que crepitaba en la chimenea y, mientras se quitaba el barro de las botas, Leighton recorrió con la mirada hasta la última esquina de la estancia. De repente el posadero salió de la cocina, secándose las manos con el delantal. —Eh, ¿Qué hace ahí afuera esta noche? —preguntó toscamente—. ¿Sabe usted qué...

Leighton se quitó el sombrero y Ernest se paró en seco. Algo que se parecía al horror se apoderó momentáneamente de su rostro redondeado. A continuación hizo desaparecer aquella expresión y dejó que esbozó una sonrisa. Se apresuró a recoger el abrigo de Leighton. —Señor. ¡Qué sorpresa! La señora me aseguró que vendría.

—¿La señora?

—La señora llegó ayer, pero no lo esperaba hasta dentro de unos días.

¿De qué estaba hablando aquel hombre? Leighton contuvo la perplejidad en su rostro. Su madre estaba muerta, su abuela a duras penas salía de la finca y ellas eran las únicas aristócratas a las que Ernest llamaba “señoras”. Empleando un tono de voz neutral, Leighton dijo —¿De verdad?

Riendo, Ernest se colocó detrás de la barra del bar y abrió la espita de un barril de la cerveza favorita de Leighton. Mientras el liquido marrón caía en la jarra Ernest dijo —Ya veo, quiere darle una sorpresa a la señora. Para sorpresa la que usted nos ha dado —le guiñó el ojo a Leighton y le alargó la jarra—. Casarse con una joven dama, ¡y además en Gretna Green! Jamás lo hubiéramos imaginado de usted, señor, pero cuando el amor golpea tan repentinamente, un hombre tiene que ponerle grilletes a las patas de la novilla antes de que se lo vaya a pensar.

—Eso mismo pienso yo —Leighton estrechó con fuerza el asa de la jarra y deseó poder agarrar a alguien del cuello con el mismo fervor. Había entrado furioso y decidido, y ahora estaba pasmado por el parloteo de Ernest. Acababa de descubrir que se había casado —y en Gretna Green. —¿Quién más lo sabe?

—Ah... —Ernest limpió la barra con un trapo—. Bueno, si quiere que le diga la verdad, señor, los rumores parecen haber llegado a la aldea.

—¿Y cómo ha ocurrido?

Arriesgándose, Leighton mencionó su nombre. —¿Es que...Laura...lo comentó a mucha gente?

—¡No! Ella fue tan discreta como usted le señaló, y sólo me lo dijo a mí.

Así que era Laura la persona que esperaba en la habitación de arriba. Naturalmente, ella no esperaba que su señor llegara de verdad. Todos aquellos acontecimientos quizás podían volverse a su favor.

Apoyado en los codos, Ernest esbozó una débil sonrisa a Leighton. —Pero claro, las mujeres preguntaron y les di una sola pista, y antes de que me diera cuenta... —alzó las manos en un gesto de impotencia— ya sabemos como son las mujeres, señor. Les encanta chismorrear.

“¡Mierda!”. Leighton se alejó de la barra. ¿Todo el pueblo creía que el señor se había casado? Laura Haver tenía mucho de lo que responder, y la lista crecía minuto aminuto. —Los chismorreos pueden ser la causa de muchos problemas. ¿Y la señora le contó por qué no me encontraba con ella o por qué no fue al Hamilton Court a verme, estando tan cerca?

—Claro señor, me lo contó todo.

Ernest sonreía orgulloso por haber sido el portador de tantos secretos, aunque ciertas arrugas de preocupación estropeaban la tersura de bebé de su piel al tiempo que tornaba su oscura mirada hacia la cocina, como si percibiera peligro en ella. Leighton jamás lo había visto tan preocupado, y aquello le hizo detenerse en seco. En su trabajo, sabía reconocer los gestos de un traidor. Lentamente, se acercó a la barra y se apoyó en ella. —Ernest, ¿hay algo de lo que me quieras hablar?

Leighton conocía el poder de su mirada y Ernest se encogió de miedo, se le cayó el trapo al suelo y se agachó detrás de la barra para recogerlo. —Ahora mismo le acompaño arriba, señor —salió apresuradamente de detrás de la barra, con los hombros encorvados. —Sé que está ansioso por encontrarse con ella.

Para hasta qué puntoErnest quería que desapareciera Leighton dijo: —Antes debería comer algo.

—¡No! Enrest se giró hacia él y se esforzó por sonreír —ahora no. En su habitación. Le llevaré la cena a la habitación.

—Ernest... —Leighton dijo su nombre en señal de advertencia.

—¿Dónde está su ayudante? ¿Está su caballo en el establo?

Leighton observó que Ernest sudaba y se puso al cargo de la situación. Más tarde tendría que ocuparse de Ernest, aunque debía tener en cuenta que Ernest y su familia habían sido los posaderos de “El Toro y el águila” durante doscientos años. Cuando Leighton volviera a bajar las escaleras, Ernest le estaría esperando.

Laura Haver era su primera prioridad. Ella todavía no lo sabía, pero le iba a contar hasta la última gota de lo que sabía. Él se ocuparía de ella. Diablos, no podía esperar a ocuparse de ella. —Ya está decidido —Leighton respondió a Ernest—Vine andando.

—¿Desde su finca? —las cejas de Ernest se arquearon tanto que hubieran llegado hasta su nacimiento del pelo, si lo hubiera tenido. —¿Y no pasó a recoger a la señora antes?

—Todavía no hemos hablado —aquello era verdad. No podía hablar con una señora si ésta no existía.

—¿Una riña? —Ernest chasqueó la lengua, se agachó y hurgó en el bar—. Pero una visita nocturna como esta curará toda incertidumbre . Mire —alargó a Leighton una botella polvorienta de vino—. Esta es una de las mejores. Compártala con ella esta noche.

Leighton tomó la botella, miró hacia las escaleras y por primera vez se preguntó qué haría Laura cuando llamara a la puerta. Seguro que no esperaba que él llegara para reclamar a su “novia” pero... aquella visión se volvió borrosa en un súbito arrebato de calor. Al fin la había pillado. Tendría que interrogarla acerca de su presencia allí, y sabía por experiencia propia que era testaruda, temperamental y empecinada.

Quizás necesitaría toda la noche para interrogarla.

Echó un vistazo a la botella que llevaba en la mano. Quizás tendría que hacer uso de la medicina de la verdad para hacerla hablar, y si aquello no funcionaba, quizás tendría que seducirla —por el bien de la operación, claro está.

Sonrió. La muy idiota se había metido en la boca del lobo.


MELTING ICE- LADY ÁRTICO

STEPHANIE LAURENS

CAPITULO 1


—¡Si cree que la familia va a continuar permitiendo semejantes muestras de hedonismo libertino ahora que ha pasado a ocupar el puesto de su hermano, está usted listo! ¡Va-a-ca-sar-se! ¡Y tal como es debido!

Con las palabras de su tía abuela todavía resonando en sus oídos, palabras que habían sido acompañadas por golpes de bastón, Dyan St. Laurent Dare, muy a su pesar duque de Darke, iba a lomos de su caballo gris por el sendero del bosque. Pasado New Forest el bosque se hacía lo suficientemente espeso como para poder ocultarse en él. El caballo llevaba un paso imprudente, reflejo de su estado de ánimo; el demonio que llevaba dentro quería salir.

Los cascos del caballo rucio retumbaban contra el suelo maltratado: Dyan quería perderse en el ritmo de la velocidad. Tras pasar una tarde entera escuchando las quejas de sus parientes, se sentía enloquecer, y cierta agitación subyacente parecía amenazar los límites de su carácter.

¡Maldito Robert! ¿Por qué tuvo que morir? Y de una mera inflamación de los pulmones. Dylan contuvo un resoplido, se sentía algo culpable. Siempre se había sentido muy apegado a su hermano mayor; y a pesar de que sólo se llevaban dos años, Robert parecía que tuviera cuarenta a los veinte. El carácter formal y conservador de Robert siempre había protegido la personalidad más enérgica y vigorosa de Dylan—por no decir disoluta— de su excesivamente puritana familia.

Ahora Robert estaba muerto —y él estaba en la línea de fuego.

Ésa era la razón por la que huía de Darke Abbey, su casa solariega, y dejaba atrás a sus sufridos parientes. Necesitaba salir —tomar el aire— antes de llegar a cometer un delito grave. Como estrangular a su tía abuela.

La tolerancia no se contaba entre sus virtudes; siempre se le había descrito como impaciente e inconstante. Ni en los momentos más críticos había tolerado intromisiones en su vida, y debía encontrar la forma cortés de comunicárselo a sus tías, tíos —y a su tía abuela Augusta. Claro que ellos lo continuaban viendo como un jovencito. Habían ocupado la casa con la intención de convencerle de lo inmoral de sus formas. Todos ellos creían que el matrimonio iba a ser su salvación; creían que asegurar la sucesión era todo un acierto de cara a conservar sus muchos talentos. Habían dejado claro que casándose con una dulce y dócil dama curaría su inquietud.

Pero no lo conocían. Eran muy pocos los que lo conocían.

Mientras reflexionaba sobre estas cuestiones, Dyan hizo desviar el caballo por un claro y soltó las riendas; el pesado caballo corcoveó en mitad de la larga cuesta.

Acababa de regresar —durante los últimos diez años la India había sido su hogar. Una década antes había dejado Londres con el objeto de empezar una nueva vida—o eso o morir en el intento, y ni siquiera ahora estaba seguro de cual de aquellos dos objetivos había sido, en aquel momento, su máxima prioridad. Con su marcha su familia se había sentido aliviada; el subcontinente indio se hallaba lo suficientemente apartado como para amparar sus tendencias escandalosas. Bajo el sol implacable de la India, su inquietud encontraría mayor libertad de acción para el peligro, la intriga y más peligro. Había sobrevivido y con éxito; ahora era un hombre rico.

Cuando se le comunicó la muerte de Robert y su ascensión al título, su reacción inicial fue no querer que le encontraran. Más tarde, un molesto y profundamente soterrado sentido de la responsabilidad le llevó a liquidar sus activos, realizar sus inversiones —y alejarlo de los absorbentes brazos de la Rani de Barrashnapur.

Cuando llegó a Londres, Robert llevaba muerto al menos un año; así que Dylan creyó que no había prisa alguna en volver a casa. Se entretuvo un tiempo en la ciudad con la idea de reeencontrarse con la vida indolente que había disfrutado allí hacía una década. En lugar de ello, descubrió que se había convertido en un inadaptado social. La previsible sucesión de bailes y fiestas selectas produjeron en él el más soberano aburrimiento, para él algo imposible de tolerar por naturaleza.

Peor todavía, los cuerpos perfumados de aquellas damas tan discretamente disponibles, como nunca antes a su entera disposición, habían fracasado en su intento de despertar sus sentidos adormecidos. Y para alguien como él que, en los últimos diez años, había logrado satisfacer todos y cada uno de sus impulsos sexuales satisfactoria e instantáneamente, la abstinencia durante cualquier periodo de tiempo susceptible de ser medido se convertía en la definición de la peor tortura.

Y si la abstinencia era voluntaria, entonces se convertía en la definición del infierno.

Muy a su pesar, consciente de que su familia estaba al acecho, Dyan regresó a la Abbey, su casa natal. Debía enfrentarse otra vez a las presiones de su familia para que se casara y asegurara la sucesión sin más demora.

Suficiente para enviarlo de vueltala India.

Y a los brazos de la Rani de Barrashnapur.

Recuerdos de cuerpos dorados, seda y satín, embargaron sus sentidos; apretando los dientes, Dyan los logró eliminar de su cabeza. El fin del claro se acercaba, el caballo prácticamente volaba encima de la gruesa hierba: Dyan tiró de las bridas. Aminoró el paso del enorme caballo al galope y tomóel camino de herradura que salía del claro.

Buscaba algo, continuaba buscando, llevaba años buscando. Buscaba algo —una entidad esquiva— que llenara el vacío en su alma y colmara sus pasiones. Su incapacidad para dar con aquella entidad, para colmar aquella necesidad interna, no sólo lo alteraba sino que lo precipitaba a un estado salvaje —ese demonio que siempre había formado parte de él —que lo consumía lentamente.

Su instinto de depredador lo llevaba a concentrarse en el blanco yapoderarse de él. Su incapacidad para detectar el blanco lo dejaba totalmente desorientado. Como un barco sin timón en mitad de una tormenta.

Soltando riendas en el claro que señalaba la próxima curva, Dyan permaneció inmóvil y respiró hondo, dejando que el caballo rucio hiciera lo mismo.

Unas luces centelleaban por entre los árboles. Se movió para obtener mejor visibilidad, y Dyan vio que el primer piso de la mansión Brooke estaba completamente iluminado. Su amigo de infancia Henry, ahora Lord Brooke, y su esposa Harriet se estaban divirtiendo. Por la intensidad de las luz se podía decir que estaban celebrando una fiesta.

Con las manos en la perilla, Dyan se detuvo a contemplar aquellas tierras. Le vinieron a la cabeza fragmentos de conversaciones oídos durante su estancia en Londres. Alusiones a los Brookes y las fiestas que se celebraban en su casa. De repente le vino a la cabeza la imagen de los rostros que pondrían sus parientes, en particular la de su tía abuela Augusta, si no se presentaba a la cena —o no se presentaba en casa en toda la noche. Sus largos labios se curvaron.

Hacía diez años que no veía a Henry y Harriet; había llegado el momento de recuperar antiguas amistades. Sacudió las riendas y condujo el caballo hacia la mansión Brooke.

—Siento la molestia pero me gustaría hablar con la señora Brooke, por favor, Sherwood —con una bolsa de viaje en los pies, Lady Fiona Winton-Ryder se quitó los guantes e ignoró el gesto de conmoción en el rostro de Sherwood.

—Ah...por supuesto, Lady Fiona —en aquel momento se hizo evidente la vocación de mayordomo de Sherwood, quién recuperó su impasible expresión de mayordomo casi al instante.

Se abrió la puerta del salón; Henry, Lord Brooke, asomó la cabeza. —¿Qué ocurre, Sher... —Henry se detuvo en seco, la miró de arriba a abajo, y le ayudó a entrar en la casa con su bolsa de viaje y su pelliza. Entró en el vestíbulo y cerró la puerta del salón tras de sí. —¡Fiona! —ocultando su sorpresa tras una sonrisa, se adelantó: —¿Algún problema en la mansión Coldstream?

—Así es —apretando los labios, Fiona levantó la cabeza—. Edmund y yo nos hemos peleado —¡la disputa más enconada! Le he asegurado que no me quedaba en Coldstream ni un sólo minuto más —a menos que se disculpara. Así que he venido a pedir cobijo hasta que ello ocurra.

Henry relajó la mandÍula.

Fiona prosiguió: —Soy consciente de que llego en el momento menos oportuno —hizo un gesto con la mano señalando el salón y el bullicio de la reunión allí celebrada. En realidad tenia previsto llegar justo antes de la cena para que Henry, con todos sus invitados aguardando, se viera presionado a acceder —. Pero sé que tenéis muchas habitaciones disponibles —sonrió segura de sí misma: Henry no lo podría negar, conocía aquella casa desde hacía muchos años, sabía muy bien las camas que albergaba. Más que suficientes.

—Ah, sí —Henry levantó un dedo y alisó las arrugas de su fular.

Por más cara de malos amigos que Henry pusiera, Fiona no se amedrentaría.Si las cosas salían como había planeado, Henry pondría peor cara antes de que la velara terminara. Sonó el timbre, y suponiendo que se trataba un invitado que llegaba tarde, Fiona no se giró cuando Sherwood hizo una reverencia y se acercó a la puerta. Fiona aguardaba, con la mirada fija en el rostro de Henry y con las cejas arqueadas.

—Supongo que...—dijo Henry antes de parpadear y fijar la mirada tras de ella.

—Buenas noches, Sherwood.

Aquella voz profunda y retumbante hizo que los ojos de Fiona se apresuraran a mirar.

—Buenas noches, milord...mmm, señor duque.

El corazón de Fiona se detuvo, pegó un salto y empezó a acelerarse. Se puso rígida; la conmoción le destrozó los nervios y bloqueó sus pulmones. Por un instante Fiona compadeció al viejo Sherwood, tartamudo de la sorpresa. Fiona sabía que Dyan acabaría volviendo para ocupar el lugar de su hermano pero ¿por qué tenía que volver precisamente ahora?

Resistió el impulso de girarse precipitadamente; lenta y majestuosamente, con toda la altivez de la que fue capaz, se giró, haciendo gala de la compostura que se esperaba de la hija de un conde —y se encontró con Dyan casi encima suyo.

Sus ojos se encontraron fugazmente, la mirada más oscura y penetrante que había visto en su vida. Con el corazón en un puño, Fiona levantó la barbilla —lo iba a necesitar si quería volver a encontrarse con sus ojos.

Había olvidado lo alto que era Dyan, lo intimidante que podía llegar a resultar su natural elegancia. Alto, delgado, y levemente amenazante, Dyan la rondó —no había otro modo de describir la lánguida arrogancia de sus movimientos —hasta colocarse a su lado. Su nombre era propio de un león, siempre lo había visto como un oscuro felino de la jungla, el rey negro de los depredadores. Su cabellera castaña oscura, negra cuando no se exponía a la luz del sol, un grueso mechón cayendo con desenfado por la frente, además de las facciones duras y austeras de su rostro, contribuían una imagen propia de su linaje arrogantemente autocrático.

Los años en la India le habían cambiado. Fue dándose cuenta de ello a medida que se le aproximaba. La mirada de Fiona reparó en los cambios que había experimentado, algunos evidentes y otros menos. En él había desaparecido todo vestigio de juventud, inocencia y ternura; sus rasgos, ahora bronceados, habían adoptado una dura angulosidad; dotándolos de una fuerza inusitada, más cautivadora de lo que ella recordaba.

La juventud, el hombre joven que ella había conocido, se habían disipado. En su lugar había un leopardo negro, maduro, experto cazador, en pleno auge de su fuerza masculina. La India había desarrollado su lado salvaje y lo había convertido en una arma letal.

Iba vestido con despreocupada elegancia, pantalones de montar de gamuza y abrigo azul marino, brillantes botas de montar negras e impoluta camisa de lino blanco. Su expresión era de estudiada indiferencia.

Dyan se detuvo a la altura de su hombro; su presencia la perturbaba.

Sus miradas colisionaron y a Fiona le sorprendió el hecho de le costara respirar. —Buenas noches, Dyan —dijo arqueando las cejas con altivez—, ¿o tal vez debiera decir señor duque?

Dyan entrecerró los ojos. —Dyan está bien —. Cuando estaba irritado, su tono de voz era cortante, exactamente igual como ella lo recordaba. Bajó la mirada y la fijó en ella durante un instante, en su cara, de pie, y luego la desvió hacia Henry. —Buenas noches, Brooke.

Su despreocupado encanto surgió efecto, como siempre. —Dyan —sin dejar de sonreír, le tendió la mano—. No sabíamos que habías vuelto. ¿Qué te trae de nuevo a estas tierras?

—Mis parientes —Dyan lo sujetaba fuertemente de la mano—, o quizás debería decir —masculló arrastrando las palabras mientras le soltaba la mano a Henry y lanzaba una mirada inquisidora a Fiona —mi tía abuela Augusta.

Henry frunció el entrecejo —¿Tu tía?

—Tía abuela —lo corrigió Dyan, con la mirada todavía fija en el rostro de Fiona —. Créeme, no es lo mismo.

—Yo no veo demasiada diferencia, pero confío en tu palabra —Henry se esforzó sin éxito por captar la atención de Dyan —. ¿Qué ocurre con tu tía abuela?

—Ha logrado arrancarme de mi hogar —dijo Dyan abandonando el rostro obstinadamente impasible de Fiona y devolviendo su atención a Henry— y de mi lecho. Me preguntaba si podría convencerte de que me dejaras pasar la noche aquí.

—Sin lugar a dudas —espetó efusivamente Henry. A continuación miró a Fiona, que sonreía triunfalmente. —Quizás —sugirió ella— si lo consultaras con Harriet...

Harriet no necesitó ser consultada. Apareció en el salón en aquel preciso instante, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí antes de poder ver quién impedía a Henry atender al resto de sus invitados. Cuando vio quien era palideció —enrojeció— y volvió a palidecer.

Dyan contempló la situación con recelo. La reacción de Harriet no se debía a su presencia. Encontrarse a Fiona Winton-Ryder allí, con la bolsa en los pies, le había impactado incluso a él —más de lo que le hubiera gustado. A pesar de no haberlo hecho durante quince años, a pesar de su firme convicción de que Fiona ya no era asunto suyo, su primer y casi irrefrenable impulso fue el de arrastrarla por su cabellera color miel, sacarla de la casa, zarandearla violentamente, colocarla en su caballo y devolverla a la mansión Coldstream.

Teniendo en cuenta lo que le habían contado acerca de las fiestas en la mansión de los Brooke y en posesión de ciertos conocimientos prácticos del tema, encontrarse a Fiona en aquel lugar no sólo le sorprendió: le conmocionó —darse cuenta de ello fue una conmoción en sí misma. La miró detenidamente a los ojos, color avellana y dorado, y vio, sin lugar a dudas, la misma chica que él conocía hace años. Una sensación de alivio impactó en él, justo en mitad de su pecho.

Fiona no había cambiado. No había cambiado lo más mínimo.

Las palabras de Fiona confirmaron sus predicciones.

—Harriet, querida —sonriendo serenamente, Fiona le tendió las manos e intercambiaron el habitual beso—, mucho me temo que he venido a aprovecharme de tu hospitalidad. Tal como le he comentado a Henry, Edmund y yo nos hemos peleado y me niego a continuar en Coldstream hasta llegado el momento de que se disculpe.

Dyan frunció el ceño. Sabía que aquella explicación era falsa, pero ¿por qué demonios se alojaba con su hermano en la mansión Coldstream? ¿Dónde estaba Tony, su esposo, el marqués de Rusdenher? Dyan clavó los ojos en Fiona, pero ella evitó su mirada. La reacción de Harriet ante el cuento de Fiona no pudo ser más reveladora. Sonrojó de rubor y miró impotente a Henry, quien, impasible, le devolvió la mirada.

—Ah...—Harriet se quedó mirando a Fiona con los ojos muy abiertos, y Fionale sonreía alentadoramente; Dyan supo al instante que Harriet se había resignado interiormente y había decidido rendirse al destino. —Pues claro que sí —sus palabras sonaron a rendición; un arruga surcó momentáneamente su frente y luego desapareció. Tomándole de las manos, Harriet prosiguió: —Pediré a Sherwood que te muestre tu habitación —dedicó una leve y esperanzadora sonrisa a Dyan.

El le sonrió tranquilizadoramente y le tendió sus manos. —Ha pasado mucho tiempo, querida Harriet, pero yo también vengo en busca de refugio para escapar de mis parientes. Espero que podáis encontrar un camastro para mí.

—Oh, claro que sí —Harriet sonrió aliviada. Le tomó las manos y al tiempo que le daba un beso en la mejilla, las estrechó afectuosamente. —Tendremos que organizarnos un poquito pero... —se encogió de hombros y se dio la vuelta. —Sherwood...

La esperanza de Harriet —su alivio— ya habían sido comunicados a Henry. Éste dejó a Harriet dando órdenes y se volvió hacia aquellos invitados inesperados, lanzando una elocuente mirada a Dyan. —Bueno, como en los viejos tiempos, ¿verdad?

Dyan examinó el rostro de Henry; se había dado cuenta, Fiona también. Con “los viejos tiempos” se refería a los años de infancia compartidos, cuando, cual pequeño ejercito, él, Fiona, Henry, Harriet y un destacamento de otros niños —todos hijos de la aristocracia local— recorrían New Forest de cabo a rabo. Él era el líder; Fiona, dos años menor que él, su mano derecha, la única de todo el grupo capaz de cuestionar, quejarse —sin pensárselo dos veces— o simplemente cerrarse en banda— si alguna de las aventuras que élproponía era demasiado temeraria, imprudente o demasiado peligrosa al fin y al cabo. En más de una ocasión, Fiona se había visto obligada a arrebatarle las riendas y detenerlo, apelando a su conciencia, una entidad algunas veces incómoda pero otras sorprendentemente convincente.

Del mismo modo, él era la única persona con vida que había logrado dominar a aquella mujer temperamental y complicada que era Fiona. Dyan supuso que era ese aspecto de sus “viejos tiempos” al que Henry se refería con su comentario. Algo que confirmaba su sospecha de que la diversión que Henry y Harriet habían planeado para aquella velada no contaría con la aprobación de Fiona. Pero eso tampoco explicaba qué había ocurrido con el esposo de Fiona.

—Es cierto —dijo lentamente, cortésmente evasivo.

Fiona le lanzó una rápida y sospechosa mirada, pero no dijo nada.

—Si seguís a Sherwood —dijo Harriet señalando las escaleras —os llevará hasta vuestras habitaciones.

Con total naturalidad, Dyan ofreció su brazo a Fiona; ella le lanzó otra mirada sospechosa pero consintió en descansar sus dedos en su manga. En silencio, siguieron al majestuoso Sherwood y subieron las amplias escaleras: un lacayo llevaba la bolsa de viaje de Fiona.

Dyan tuvo que morderse la lengua mientras subían las escaleras —por la sencilla razón de que no podía formular un solo pensamiento coherente. Sus sentidos de depredador estaban al acecho, totalmente agudizados. En realidad gritaban enloquecidos, demasiado presentes para ser ignorados.

Fiona, quien paseando altivamente a su lado, era la misma chica de siempre. Inalterada. Intacta.

Sin marido.

Dyan lo sabía —lo presentía. Un vistazo rápido a los dedos de su mano izquierda, que reposaba en su manga, lo confirmó. Ningún anillo, ni rastro alguno de que lo hubiera llevado.

Al llegar a lo alto de las escaleras, Dyan respiraba con dificultad. Los cimientos de su vida acababan de cambiar.

No podía interrogar a Fiona delante de los sirvientes. Forzado a contenerse, Dyan le lanzó una mirada, mientras ella se movía con fluidez por su brazo. En altura superaba a la media —le llegaba a los hombros. Llevaba el pelo, reluciente y abundante, recogido en un moño; su cara era un óvalo perfecto con un acabado de marfil satinado. Su mirada, proporcionada por unos enormes ojos color avellana, residía bajo unas finas y arqueadas cejas marrones y conservaba la misma franqueza —la misma inflexible terquedad —de siempre. Aquello último se hacía evidente en el gesto de sus gruesos labios, en la elevación de su barbilla.

Dyan la miró de reojo —y alcanzó a ver una hilera de pecas en el caballete de su nariz. Era tal como la recordaba.

Entonces, ¿qué había ocurrido con Tony? ¿Y por qué estaba ahí Fiona?

Dyan frunció el ceño. —¿Cómo está su hermano? —Siguiendo el rastro deSherwood, doblaron por un largo pasillo.

Fiona continuó con la mirada fija en el infinito y la barbilla levantada. —Edmund se encuentra en un inmejorable estado de salud, gracias.

En el resurgía la necesidad de sacudirla; Dyan apretó los dientes y movió la mandíbula. Habían llegado al final del ala. Los sirvientes corrían de aquí para allá.

Las habitaciones que Harriet les había asignado estaban una junto a la otra — Dyan sospechó que se debía a una buena razón. Una doncella apareció y tras despedirse con un altanero gesto, Fiona desapareció en su habitación.

—Le traigo una pañuelo de cuello limpio, señor duque —el valet de Henry le andaba alrededor—. Si me permite le retiraré la chaqueta y la cepillaré.

Con la mirada fija en la puerta de la habitación de Fiona, Dyan asintió —pero la necesitaré de inmediato.

Cuando Fiona salió, Dyan la estaba esperando.

Oculto entre las sombras, con los hombros apoyados en la pared, Dyan observó a Fiona mientras salía de la habitación. Pasando por alto su presencia, Fiona echó un vistazo al pasillo y cerró la puerta. Con la mano todavía en el pomo, ladeó la cabeza e hizo ademán de escuchar. Un aplique cercano la bañaba en una luz dorada.

A Dyan el corazón le dio un vuelco. Durante un largo minuto apenas pudo respirar, no podía desviar sus ojos de aquella figura envuelta en seda color turquesa, inmóvil frente a la puerta. Aquella era una Fiona que apenas había podido ver en las salas de bailes de Londres hacía diez años. Rizos de oro caían de un moño desde lo alto de su cabeza, mechones brillantes que lograban escapar y enmarcaban su frente y su nuca. El suave contorno de su mandíbula y la grácil curva de su cuello se veían realzados por delicadas gotas aguamarinas que colgaban de los lóbulos de sus orejas; la superficie de piel color marfil de su escote albergaba un colgante a juego. Dyan tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para poder respirar y deshacerse del peso que le oprimía el pecho; el perfume de Fiona, violeta y madreselva, se había apoderado de él, aquella esencia se le había subido a la cabeza.

La sangre le subió a las entrañas.

Años atrás, en Londres, sólo había podido verla a través de los espacios vacíos entre los grupos de gente que la rodeaban, pero jamás había podido verla bien, al menos tal como lo estaba haciendo ahora. Contempló las vertiginosas curvas de sus caderas y su trasero, que quedó bien perfilado cuando Fiona se inclinó ligeramente hacia delante. Al soltar el pomo y ponerse derecha, una nueva sucesión de curvas apareció ante su vista —sus pechos, rubenescamente abundantes, exuberantes, indiscutiblemente deliciosos.

El deseo lo quemaba —un deseo intenso, ardiente y violento.

De repente Dyan se enderezó y se alejó de la pared. Fiona lo oyó y se dio la vuelta.

Dyan dio un paso adelante. —Ahora que estamos solos, quizás pueda contarme qué has venido a hacer aquí sola.

Ella alzó todavía más su naricilla respingona y cerró los párpados. —Si ya lo sabe —dijo al tiempo que se daba la vuelta y emprendía la marcha por el pasillo —, me he peleado con Edmund.

—Y yo he visto volar cerdos esta misma mañana.

—No miento —Fiona percibió la aspereza de su tono—. Usted ha estado fuera muchos años, las cosas cambian —hacía quince años que no hablaban y ahí estaba ella, como siempre, intentando arrebatarle las riendas.

—Qué me está contando —le dijo él caminando a su lado—.Se necesitan generaciones, no sólo años, para cambiar a un hombre como Edmund. Antes creería que tiene a una amante escondida en el ala norte de la mansión Coldstream a que ha estado dispuesto a perder su tiempo discutiendo —o tratando de discutir —con usted.

—Le guste o no le guste, le puedo asegurar...

—Fiona.

Fiona tuvo que esforzarse para no temblar. Había formulado las tres sílabas de su nombre en clave de advertencia —advertencia que ella reconocía muy bien. Desde donde estaban se advertían las escaleras, pero Fiona sabía que jamás llegaría a ellas —a menos que le contara la verdad a Dylan. Conocía muy bien su manera de proceder; cuestiones de menor consideración, como su dignidad o el hecho de que Fiona se pusiera a gritar, no iban a detenerle. Fiona respiró hondo. —Para su información, Harriet y yo mantuvimos una conversación la semana pasada, cuando vino a tomar el té a casa.

Fiona continuó andando; cuanto menos tiempo pasara a solas con Dyan, más cerca estaría de su objetivo—. Me habló de las fiestas que organiza Henry —de repente calló, consciente del calor en sus mejillas. Al fin y al cabo, sólo estaba hablando con Dyan. Fiona levantó la cabeza— y de las actividades a las que Henry invitaba a participar a sus invitados. Y en las que él también se involucraba.

Todavía a su lado, Dyan parpadeó. —Los invitados de Henry.

Fiona asintió con la cabeza y bajó las escaleras —Eso es —Sherwood estaba de pie en la puerta del comedor y Fiona se aproximó a Dyan y bajó el tono de voz —. Ya sabes como es Harriet, no tiene suficientes agallas. Decidí que lo mínimo que podía hacer era venir a brindarle mi apoyo. Al menos de este modo no tendrá que vivir toda su vida atemorizada por su reputación.

—¿Atemorizada por su...? —Dyan estaba asombrado. Bajó apresuradamente las escaleras tras Fiona—. Fiona —Dyan pestañeó, volvió a enfocar la vista y vio que Fiona lo había dejado atrás. —¡Eh! Un momento —Dyan fue tras de ella, la cogió por el brazo y la detuvo, sacudiéndola de tal forma que quedó oculta a la vista de Sherwood. —Escuche...

Fiona clavó su mirada en el lugar en que Dyan la sujetaba por el codo con la mano.

—No sé que le dijo Harriet, pero no...

—Dyan, suélteme. Ahora mismo.

Dyan la obedeció. Al instante. La voz temblorosa de Fiona lo dejó desconcertado durante unos instantes.

Fiona no levantó la vista: dio un paso atrás y le dijo sin mirarle a los ojos: —No esperaba que estuviera de acuerdo conmigo, tampoco esperaba que me ayudara —levantó la barbilla—. Pero no intente detenerme.

Tras aquello, Fiona se giró y le dio la espalda. A continuación levantó la cabeza y entró en el salón comedor.

Dyan soltó un gruñido y fue tras ella.

Cruzó el umbral de la puerta justo en el momento en que Sherwood abría su boca para anunciar a Fiona. Dyan le pisó el pie.

Sherwood le lanzó una mirada angustiada, casi recriminatoria. —La señoritaWinton —le dijo Dyan entre dientes, retirando el pie.

Con envidiable aplomo, Sherwood anunció a la señorita Winton y su excelencia el duque de Darke.

Dyan examinó rápidamente la mesa de invitados. Harriet había dejado dos asientos libres, uno junto al otro, en uno de los lados de la mesa. Los asientos se hallaban en un punto equidistante entre Harriet y Herry, sentados a ambos extremos de la mesa. Los caballeros se apresuraron a levantarse y las sillas chirriaron; todas las cabezas se volvieron para averiguar quiénes eran los invitados de última hora. Con la única excepción de Henry, todos los hombres reaccionaron de forma similar ante la entrada de Fiona —abrieron los ojos de par en par en un intento por retener sus exuberantes encantos; sus labios se curvaron formando sonrisas anticipatorias. Más de uno buscó a tientas su vasocasi sin saber dónde estaban.

Dyan se pegó a Fiona y procuró hacer buena cara. Era consciente de la expectación que estaba causando su presencia —del ardiente interés que se despertó en muchos ojos femeninos, el repentino aumento de la atención y el sutil acicalamiento en las damas. Podía percibir los largos tentáculos de la excitación sexual. Pero él decidió ignorarlos.

Dyan hizo un gesto al sirviente para que se apartara y retiró la silla a Fiona. Su mente racional tuvo que recordarle que Fiona lo había rechazado de forma contundente quince años atrás, y que nada ya tenía él que ver con ella. Pero aquel recordatorio cayó en oídos sordos. Dyan advirtió que un supuesto caballero había echado mano de su binóculo para verlos de cerca aprovechando el revuelo general. Dyan lo miró inquisidoramente y un segundo más tarde el caballero se ponía colorado, soltaba el binóculo y se ponía a hablar con la dama que tenía a su lado.

Mientras esperaba a que Fiona dispusiera adecuadamente sus vestido para sentarse, Dyan dirigió su mirada hacia uno de los extremos de la mesa. Su mirada, afilada como un sable, se encontró con la mirada de suplicante impotencia de Harriet. Dyan se hizo un solemne juramento y se sentó.

—Es un placer, su excelencia, volver a verlo por aquí —dijo la mujer sentada a la izquierda de Dyan, una bella dama con el pecho casi tan al descubierto como Fiona.La dama se le acercó y le sonrió afectuosamente —. No sabía que era amigo de los Brookes.

—Amigo de infancia —le informó Dyan lacónicamente. Luego se volvió hacia Fiona.

Dyan se encontró con una sopera entre ambos. Fiona se estaba sirviendo, al parecer concentrada. Una vez terminó de servirse, le tendió el cucharón, evitando encontrarse con su mirada. Dyan extendió la mano para recoger elcucharón pero tuvo que recogerlo en el aire. Fiona lo dejó caer antes de que sus dedos lo tocaran. Molesto, Dyan se sirvió la densa sopa de ostras e hizo un gesto al sirviente para que se retirara.

—¿Se ha enterado de la fiesta que el viejo Rawlsley dio en su mansión de Sussex?

El resto de invitados, algo más adelantados en la cena, estaban terminando sus platos y a punto de entrar en la siguiente fase que consistía en hacer corros de conversación en de la mesa.

—Gillings dijo que vendría mañana —tenía que quedarse en la ciudad y esperar a que su esposa volviera a la mansión Gillings.

Dyan mantenía la mirada fija en el plato para evitar a todos aquellos que querían captar su atención. Fiona también mantenía la vista baja. Dyan la miró de reojo. Ella, con las pestañas decorosamente entrecerradas, tomaba su sopa. Y luchaba para controlar sus nervios. El hecho de que Dyan le hubiera tocado la había hecho retroceder quince años —al momento en que él la besó en el bosque y la tierra dejó de girar. Con sólo tocarla le temblaron las piernas; tenía ganas de gritar por todos los sueños inalcanzados, sueños que no llegaron a ser nada, que se habían convertido en polvo. Fiona relegó aquellos recuerdos a lo más profundo de un cajón mental para después cerrarlo —no iba a permitir que el pasado la atormentara.

Gradualmente, Fiona fue recuperando la calma; pudo incluso llegar a saborear la sopa.

A su lado, Dyan continuaba con la mirada absorta en su sopa, removiéndola distraídamente; cuando al fin pareció haber tomado alguna decisión, se acercó la cuchara a la boca y sorbió: —Está claro que es usted más obstinada que nunca —la miró de soslayo y sus miradas se encontraron. —Realmente cree que está participando en una cruzada por el bien, ¿verdad?

Fiona levantó una ceja altaneramente. —Siempre será mejor que una cruzada por el mal.

Aquella respuesta lo dejó sin habla. Al menos durante medio minuto. —Fiona, como mínimo permítame que le sugiera, o que introduzca la idea en su cabeza de que Harriet quizás no es tan inocente como usted cree.

Fiona apretó los labios y luchó por retener sus palabras pero acabaron saliendo, ácidas y agrias. —Usted puede sugerir lo que le plazca, pero no voy a aceptar ni una sola de sus sugerencias en torno a este asunto. Soy consciente de que tienes dificultades a la hora de distinguir entre una dama virtuosa y una mujer de vida alegre.

Las cejas de Dyan se arquearon. —¿De qué demonios me está hablando?

Fiona se encogió de hombros. —Me ha confundido con una de esas muchachas desvergonzadas con las que se relacionaba usted años atrás.

—¿Cómo? —gritó justo en el momento en el que el resto de invitadosdemostraban su entusiasmo por el próximo plato que Sherwood y sus ayudantes acababan de servir. Fiona se limitó a arquear las cejas y tomar una cucharada de sopa.

La turbulencia a su izquierda no se calmaba, a pesar de que Dyan bajó el tono de voz. —Jamás la he confundido con nadie.

Aquellas palabras sonaron duras —y amargas. Dyan frunció el ceño y removió la sopa furiosamente. Jamás la había confundido con ninguna otra mujer. —¿De qué demonios está hablando?

Dyan alzó la vista y vio a Fiona enrojecer levemente. A continuación le lanzó una fugaz mirada, bajó la vista y dejó la cuchara en la mitad perfecta del plato. —De cuando me besó en el bosque. Ni siquiera debes acordarse.

¿Acordarse? Dyan la miró fijamente a los ojos. La gente no olvidaba los momentos más cruciales de su vida. Dyan se tuvo que morder la lengua para no hablar más de la cuenta; apretó al mandíbula y apartó la vista. Tenía una memoria prodigiosa, sobre todo en todo lo que se refería a Fiona. De repente recordó la escena del bosque —algo que no se había permitido hacer en los últimos diez años. Con todo, no le resultó nada difícil volver a aquel lugar, al claro en el que habían parado para que los caballos descansaran después de haber perdido deliberadamente a Henry. Tampoco le resulto difícil recordar las duras palabras que Fiona dejó grabadas en su cabeza después de que él la soltara y ella pudiera volver a respirar. —¡Ni se le ocurra confundirme con una de esas muchachas desvergonzadas! A continuación se calló y le dirigió una fugaz mirada, expectante. Él, sorprendido y herido, a duras penas pudo devolverle la mirada. Ella respiró hondo y emprendió una dura diatriba contra él. Una increpación mordaz, malintencionada e hiriente. Fiona pasó por alto aquel incidente, relativizándolo, rechazando lo que podría haber sido —demonios, lo había sido para él —un momento glorioso.

Dyan frunció el ceño; miró a Fiona. —Jamás pensé que fuera...ni la confundí con una muchacha desvergonzada. Ni con cualquier otra mujer.

—Oh.

Aquella insolente incredulidad le ponía de los nervios.

No —aquella única sílaba vibró de ira contenida—. No lo pensaba.

Un sirviente se colocó entre los dos para retirar los platos. Dyan apartó la mirada con el pretexto de echar un vistazo a los invitados, pero lo único que alcanzó a ver fue una suerte de neblina oscura. La vieja herida continuaba ahí —abierta, palpitante y demasiado fresca. Todavía podía sentir su impacto, aquel dolor totalmente inesperado.

Saborear la amargura que lo había invadido.

—Le pido disculpas, su excelencia.

El criado les había servido platos limpios. Fríamente, con expresión cortés, Fiona se sirvió comida de las bandejas que ya habían sido desvalijadas. Dyan se forzó a hacer lo mismo —se suponía que debía comer, o como mínimo guardar las apariencias.

—Aquí tiene, señorita Winton. Permítame —el cabalero a la derecha de Fiona le alargó una gran bandeja para que la inspeccionara. Fiona le recompensó dedicándole una fugaz sonrisa. Mientras Fiona hacía su selección, la mirada del caballero descendía. Un minuto más tarde la volvía a levantar aturdido. Dyan apretó los dientes y pinchó con el tenedor una tajada de rosbif.

Hubo más damas y caballeros que se mostraron en exceso corteses: Dyan rechazó abnegadamente toda invitación a la interacción. A su lado, podía sentir el frío muro que la altivez de Fiona se había encargado de construir entre ellos para evitar posibles acercamientos.

Sherwood andaba cerca. —¿Más vino, señor duque? —Dyan asintió bruscamente. Sherwood le llenó la copa, luego la de Fiona. Ella continuaba sirviéndose. Cuando terminaba con una bandeja se la pasaba a él. Con desgana, Dyan iba apilando comida en el plato. Desde el rabillo del ojo vio cómo Fiona levantaba la cabeza, examinaba fugazmente la mesa y hacía señas para que le pasaran una última bandeja. Los caballeros accedieron gustosos a acercarle la comida, ella sonrió benignamente y la recogió —luego se la pasó a él sin decir palabra.

Dyan la recibió enfurruñado y miró su contenido: cerdo en salsa de vino. Fiona odiaba el cerdo y a él en cambio aquel plato le encantaba. Tras soltar un gruñido, se sirvió y la miró con el ceño fruncido. Comía plácidamente —ni siquiera hacia ademán de querer mirarlo; Dyan no estaba seguro de que se hubiera dado cuenta de lo que acababa de hacer.

Aquella idea le ayudó a controlar su genio. Cogió el tenedor y el cuchillo y masculló con los dientes todavía apretados: —No la besé porque pensara que era una desvergonzada.

Fiona le dirigió una mirada de desconfianza, llena de cautela. —¿Entonces por qué me besó?

—Porque me apetecía —Dyan se dispuso a cortar el rosbif—. Porque quería besarla a usted. No a cualquier otra mujer, a usted. Creí que le gustaría, y que a mí también.

—¿Y le gustó?

—El beso, sí. El resto, no.

El resto —las palabras grabadas en la cabeza de Dyan, las mismas ella había utilizado para destrozarlo —estaban grabadas en su corazón. Fiona lo miró a través de sus pestañas y se movió en la silla. Dyan jamás mentía. Podíadeformar la verdad pero jamás mentía. Fiona apretó los labios y se puso a juguetear con sus guisantes. —Yo pensé... que quería aprovecharse de la situación —sin levantar la mirada, Fiona se encogió de hombros—, que tan sólo lo hizo porqué yo estaba allí, una chica fácil.

—No tanfácil —hubo un silencio sepulcral y él dijo en voz baja: —Jamás pensaría algo así de usted.

A Fiona se le cayó el mundo encima. No podía creer que se hubiera equivocado tanto juzgándolo de aquel modo. Sentía retortijones en el estómago. Se le cayó el alma a los pies. Recorrió aquellos últimos años mentalmente, sus sueños de esperanza y desesperanza y, lentamente, se fue recuperando.

A Fiona tampoco le faltaba razón. Había tenido innumerables oportunidades de decirle que sentía algo por ella —aunque ella tampoco le había pedido una declaración, una confirmación de que para él no era otra muchacha desvergonzada, que significaba algo más que eso. Él no lo había dejado claro —ni entonces, ni después. Ella lo había esperado, se había dicho a sí misma que Dyan la acabaría sorprendiendo, después de haberle pedido demasiado y demasiado pronto. Ella se había enamorado de tal forma de él que fue incapaz de creer que él, siempre ejerciendo de líder, no lo estaba de ella. Así que lo esperó durante años, justo cuando él estaba pasando una temporada en Oxford. Pero él ni siquiera volvió durante las vacaciones. Mientras ella se engañaba en Hampshire, él construía los cimientos de su futura vida. Pero Fiona había aprendido la lección —vió la verdad— cuando se mudó a la ciudad. Oh, no. Jamás pudo olvidar todos aquellos años echados por la borda, los ríos de aquellos años malgastados. Levantó la cabeza y tomó su copa de vino. —Si tanto le gustó, no entiendo por qué no intentó repetir el ejercicio.

—¿Después de lo que me dijo? Tendría que haberme puesto una armadura.

Fiona se encorvó y dejó la copa otra vez en la mesa. —En Londres, como mínimo, podrías haberse acercado a mí y saludarme, en lugar de hacerme un gesto con la cabeza en mitad de un mar de personas.

—Si me hubiera mirado una sola vez, quizás lo hubiera hecho.

—¿Una sola vez? — Fiona se recolocó en la silla y lo miró fijamente a los ojos—. ¿Una sola vez? Le miré más de mil veces, ¡cualquier idiota hubiera sido capaz de verlo!

Dyan abrió la boca. Fiona levantó la mano y dijo : —Un momento —. Entonces cerró los ojos como si fuera un vidente, sólo que en lugar de mirar hacia el futuro miróhacia el pasado—. Lady Morecambe, Mrs. Hennessy y la condesa de Carnbourne.

Volvió a abrir los ojos y miró a Dyan.

Dyan necesitó un tiempo para poder ubicarlas —tres amantes suyas de aquella época, justo la temporada en la que él y Fiona habían coincidido en Londres. Desconcertado, Dyan dio un resoplido y la miró desconfiado. —¿Cómo se enteró? No pudo intuirlo simplemente observando. No era tan evidente.

Usted no lo eras. Ellas — con el semblante enfurecido, Fiona ensartó una gamba en la brocheta—. Era ridículo, todas aquellas mujeres haciendo méritos para captar su atención. Así que si me hubiera mirado, aunque sólo hubiera sido una vez...

—Heslethwaite, Phillips, Montgomery, Halifax y, como no, Rusden. Si quiere continúo.

Sus más asiduos pretendientes. Fiona se volvió hacia él y lo miró fijamente.

Dyan le dedicó una mirada desafiante y dijo: —¿Por qué demonios cree que todas esas mujeres tenían que hacer tantos méritos para atraer mi atención? —a pesar de hablar con los dientes apretados, su tono de voz era suave—. Porque siempre estaba dando vueltas. ¡Por usted! Cuando pienso en los malabarismos que tuve que hacer para ocultarlo.

—Quizás hubiera sido más fácil haberme mirado cuando yo le miraba —exaltada, Fiona volvió a concentrarse en su plato —Muy bien —dijo agitando frenéticamente el cuchillo en el aire—, también podría haber hecho el gran esfuerzo de cruzar la pista de baile e invitarme a bailar.

—¿Cómo? Luchar contra las hordas para pedir turno para poder bailar con usted? —Dyan soltó una risotada. Inmediatamente después dijo: —A parte de todo lo demás, jamás llegaba a los bailes lo suficientemente pronto.

—Podría haber hecho una excepción, podría haberlo intentado de verdad.

—Oh, sin lugar a dudas, y estar en boca de todos los chismosos. Imagínese, Lord Dyan Dare apareciendo en un baile a tiempo para pedir turno para poder bailar con Lady Fion Winton-Ryder. No cuesta nada imaginar qué maldades se podrían haber llegado a hacer con semejante información.

Fiona dijo despectivamente: —Claro, podría haberse unido a la cola de la mañana, aunque permítame que le diga que para usted las mañanas no existían porque debía recuperarse de las noches anteriores.

—Mi capacidad de recuperación es mucho más poderosa de lo que pueda llegar aimaginar. En todo caso, no creo que a sus padres les hubiera gustado demasiado que hiciera cola por usted. Además, tenía muchas razones para creer que mis insinuaciones habían sido terminantemente aplacadas.

No se podía pasar por alto el trasfondo amargo de su tono. Fiona no lo veía capaz de fingir. Se mordió el labio y examinó su plato medio vacío. —No pensé que fuera a rendirse tan fácilmente, no si iba en serio.

Dyan respiró hondo y su pecho se expandió. Se recostó en la silla y cogió la copa de vino. ¿Y si en la escena del claro ella realmente había dicho lo que afirmaba decir? Dyan se obligó a considerarlo, a estudiar sus palabras de la forma másdesapasionada posible. Quince años más tarde —también muchas mujeres más tarde—, las palabras de Fiona cobraban un nuevo significado. No, se vio obligado a reconocer, Fiona no lograría hacerle cambiar de opinión —ahora no—teniendo en cuenta que ahora Dyan sabía cómo reaccionaban las mujeres, sus inseguridades y miedos, sus fijaciones. ¿Pero entonces? Expulso aire lentamente. —Pues iba en serio.

Dyan hizo lo reconoció en silencio y repasó mentalmente los últimos años. Recordó sus diecisiete años, cuando empezó a conocer a las mujeres. Y Fiona había sido... bueno, siempre había pensado que era —y siempre sería— suya. Él creyó que reaccionaría ante sus insinuaciones. Cuando lo rechazo....aquel fue un golpe del que jamás se recuperó.

Tras torcer el gesto, Dyan se movió en la silla y devolvió la copa a la mesa. Algo que siempre le había intrigado parecía amenazar con aclararse. —Por cierto, ¿qué es eso de que no sabe bailar el vals? Pero si yo mismo le enseñé a bailarlo.

Fiona dejó el cuchillo y el tenedor en la mesa. Alcanzó una bandeja de dulces, se volvió de espaldas y la ofreció a los caballeros que quedaban a su derecha. Desconcertado, Dyan alcanzó a coger uno. Fiona sonreía alentadoramente, sin girarse hacia él. Dyan había respondido a su pregunta sin darse cuenta. No podía bailar el vals porque él se lo había enseñado.

Con el resto de estilos se las apañaba perfectamente bien; no había ninguno que requiriera el grado de contacto físico —contacto íntimo— que implicaba el vals. Por suerte, había detectado el problema en una pequeña fiesta informal en la que se les permitía practicar el vals, antes de su introducción formal en las salas de baile. Cuando Dyan era el que la estrechaba entre sus brazos, no tenía el menor problema; cuando su pareja aquella noche —un jovencito caballero perfectamente inocente, hermano de una de sus amigas —había intentado hacer lo mismo, se le bloquearon todos los músculos del cuerpo. No era por miedo, era una especie de revulsión. Había procurado luchar contra aquella reacción y había terminado desmayándose. Después de aquello, no volvió a bailar el vals jamás. Aquel veto sacó a su madre de quicio pero ella lo mantuvo contra viento y marea: jamás volvió a bailar el vals con nadie que no fuera Dyan.

Fiona sintió la mirada de Dyan en su rostro. En cualquier momento le exigiría una respuesta. Fiona echó un vistazo a su alrededor pero los demás comensales, tras aceptar su desinterés, estaban absortos en sus propias conversaciones; no quedaba nadie libre que la pudiera rescatar. Fiona intentó aliviar los nudos en su estómago y respiró profundamente para calmarse y poder reflexionar.

Harriet se puso en pie en uno de los extremos de la mesa y suspiró, interiormente aliviada. Fiona cogió su servilleta y la colocó junto al plato.

Dyan miró a Harriet con el ceño fruncido. Jamás había poseído el don de la oportunidad. Harriet parecía un poco alegre, sus inhibiciones parecían estar suavizadas por el vino que ella misma había ordenado servir. Fiona, gracias a Dios, apenas había tomado unos sorbos.

Dyan se levantó con el resto de caballeros y retiró la silla a Fiona. Cuando ella se volvió, Dyan le bloqueó el camino. —Por el amor de Dios —le susurró Dyan—, finja un dolor de cabeza —Dyan le hizo señas para que lo mirara y puso todo el énfasis del que fue capaz en la advertencia: —retírese pronto.

Ella lo miró detenidamente a los ojos, su rostro y consideró sus palabras y sus motivos.

Dyan se disponía a hablar para clarificar ambos motivos y...

—Mi querida señorita Winton, soy Lady Henderson.

La mascara cortés de Fiona, todo confianza en sí misma, entró en acción. Mientras Fiona sonreía y le daba la mano a Lady Henderson, una mujer rubia algo mayor, Dylan refunfuñaba interiormente. Forzado a quedarse al margen de la conversación, a dejar escapar a Fiona, no podía evitar preguntarse cuanto tiempo tenía que pasar para que los invitados se dieran cuenta de que la gracia innata de Fiona y sus aires aristocráticos eran demasiado elevados para ser una mera señorita Winton.

Tras dedicarle una última, fría y evasiva mirada, Fiona emprendió la marcha al lado de Lady Henderson y con la cabeza alta, abandonó la estancia. Dylan andaba enfurruñado. Volvió a su asiento.

Y rezó para que, por una sola vez, Fiona se limitara a hacer lo que quisiera.


WEDDING KNIGHT (NOCHE DE BODAS)

CELESTE BRADLEY

Para las hermanas.

Y para que jamás tengamos que tirar adelante solos

CAPITULO 1

Inglaterra, 1813

En el cementerio reinaba el más absoluto silencio, a excepción del sonido de los pasos apresurados de unos pies y su propia respiración ahogada. Kitty Trapp se detuvo un momento para recobrar el aliento en una enorme lápida de piedra que tenía grabados una miríada de querubines y la palabra “bienamado”. El sol de la mañana todavía tenía que elevarse por encima de las casas que rodeaban aquel cementerio de Londres y, por ello, las sombras eran borrosas y pocos definidas.

Allí. Una luz blanca resplandeció entre dos enormes lápidas —un simple destello de luz, tan inconsistente como la niebla— y luego desapareció.

Otra vez. La luz de las primeras horas de la mañana se abrió paso entre la nieblae iluminó una figura blanquinosa. Kitty esquivó una lápida y se apresuró a refugiarse en unos de los laterales de un gran mausoleo, donde se lamentó de su sedentaria existencia, después de sufrir un ataque de flato. Con una mano se cogía de la cintura y con la otra mantenía alzada su falda —sin dejar de correr. Más rápido.

Con el último arranque de energía del que se sentía capaz, Kitty atravesó el seto decorativo que separaba los riscos de los menos ricos hasta incluso después de morir. Alargó la mano y...

Alcanzó la manga de su hermana antes de que pudiera cometer el mayor error de su vida.

Kitty necesitó un tiempo para recuperar el aliento y poder hablar. —¡Bettina Melrose Trapp! ¡Vuelve a la iglesia inmediatamente! ¿En qué estarías pensando dándote a la fuga de semejante lugar sagrado? ¿Y en el día de tu boda?

Mientras forcejeaba con su hermana gemela para que la soltara, Bitty prorrumpió en sollozos. Pero Kitty llevaba muchos años interponiéndose en su camino y tenía mucha experiencia. Quizás fuera algo menos atractiva, algo más joven y, económicamente hablando, mucho menos deseable que ella, pero también era algo más alta y mucho, mucho más malvada.

Bitty forcejeó con más ímpetu ante la sorpresa de Kitty, que no podía creer que Bitty temiera tan poco estropear su vestido de novia. Pero aquello no la indujo a soltarla. Detrás de ellas se encontraba una iglesia a rebosar de gente influyente, entre ellos el Primer ministro británico y la mitad de miembros de la cámara de los Lores.

Tras pensar en los innumerables esfuerzos que había llevado a cabo su madre para impresionar al imperioso Lord Liverpool, Kitty empezó a tirar de ella con fuerza, rumbo a aquella pequeña estancia que daba a la nave y en la que se suponía que debían esperar a que sonaran las primeras notas de la marcha nupcial.

—¡Pero es que no quiero! —Bitty forcejeó con más fuerza, aunque Kitty se percató de que sus gemidos eran velados —¡no quiero casarme con él delante de toda esa gente!.

—Esto es algo que tendrías que haber considerado antes de aceptar la propuesta de matrimonio del Sr. Knight —Tras abrir la vieja puerta en forma de arco que daba a la parte trasera de la nave, Kitty arrastró a su hermana hacia adentro. Sólo la soltó tras haber cerrado la enorme puerta de roble con sus bisagras de hierro y echado el enorme pasador.

En otra pequeña estancia que también daba a la nave, el Sr. Alfred Theodious Knigt deambulaba por la habitación ajustándose el fular. El retumbar de una puerta en algún lugar de la iglesia lo sobresaltó. Se detuvo inmóvil unos instantes, pero nada destacable pareció seguir a aquel estruendo. Como era de esperar, las cosas transcurrían según lo planeado.

No es que tuviera ninguna prisa en casarse con la chica de los Trapp. Bitty no despertaba precisamente en él una pasión irrefrenable. Si estudiaba las cosas con frialdad —y Knight lo examinaba todo con frialdad—la chica le convenía en todos los sentidos. Tenía una apariencia de los más corriente, no era precisamente bonita. Rubia, algo positivo aunque necesario. De reputación intachable —a pesar de su reciente fatal error —y de conducta discreta.

Aquello último era importante, porque Knight no quería que su matrimonio diera lugar a suculentos rumores. Sobre todo después de haber tenido que pasar toda la vida soportando las estupideces de su desvergonzada madre. No iba a tolerar semejantes extravagancias en su propia esposa.

Además, aquella mujer procedía de una buena familia, muy bien relacionada. Figura: en un punto intermedio entre una satisfactoria voluptuosidad y el sobrepeso. Gusto: espantoso, pero esto era algo de lo que él ya se había ocupado. Herencia: lo suficientemente buena como para brindar interesantes posibilidades pero no para eclipsar la suya.

Y finalmente, aunque ocupara un puesto de menor importancia en su mente, el hecho de casarse con Bettina Trapp le ayudaría a limpiar una mancha en el nombre de su familia. Como si fueran tan fácil de borrar las fechorías de su hermanastro pequeño John Tuttle.

Fruto de la aventura de su madre con un adiestrador de caballos que había sido contratado para encargarse de la cría los purasangre, John Tutle jamás había mostrado el más mínimo respeto por sus orígenes. De hecho, John parecía estar empeñado en seguir la estela pecaminosa de la Sra. Knight.

Unas semanas antes, Tuttle decidió llenarse los bolsillos con la herencia de laseñorita Trapp. Haciendo gala de su carácter traidor, John acorraló a la joven e ingenua Bettina Trapp en un balcón durante un baile e intentó abalanzarse sobre ella como un perro hambriento. Gracias a la entrada en escena de la hermana de Bettina se pudo evitar un escándalo que hubiera conmocionado todo Londres.

Knight cayó en la cuenta de que jamás había visto a la hermana de su novia. De acuerdo con la descripción de un borracho y furioso John, momentos antes de que Knight lo embarcara en el próximo barco a las Antillas, la otra hermana Trapp era unabruja .

Típico de los hermanos pequeños, Knight estaba seguro.

La marcha nupcial debía estar a punto de empezar. Con la calma que lo caracterizaba, el Sr. Alfred Theodius Knight aplacó el aburrimiento y volvió a ajustarse el fular, perfectamente anudado a su cuello.

De pie y de espaldas a la única salida de la diminuta estancia, Kitty se cruzó de brazos y lanzó a Bitty una mirada de tierna exasperación. Bitty era incapaz de acometer cualquier acto sin hacer de ello un acontecimiento, ni siquiera algo tan simple como llegar a un altar. El melodrama estaba tan arraigado en Bitty como su mermada capacidad de decisión y su manifiesta timidez. A pesar de ello, su falta de voluntad era lo único que permitía a Kitty vivir con su consentida y narcisista hermana.

Pero Bitty no era la única culpable de ello. Kitty creía que ella hubiera sido tan maleable como Bitty si en ella hubieran recaído todas las ambiciones sociales de sus padres. En lugar de ello, había tenido que luchar cada día de su vida para que sus padres advirtieran su presencia.

Quizás ésa era la razón por la que Bitty era tan propensa al teatro, para ella una especie de válvula de escape para sus sueños y aspiraciones. Aunque Kitty no lo terminaba de entender. En su opinión, los sueños y aspiraciones de Bitty coincidían por completo con los de su madre.

Hasta la fecha, naturalmente.

—Si no querías una boda por todo lo alto, ¿por qué no lo dijiste hace unas semanas? ¿O ayer, como muy tarde? ¿Qué va a decir el Sr. Knight?

—Ah, no puedo soportar pensar en él. Es tan oscuro... ¡tan siniestro!

Kitty parpadeó. —¿No te gusta su aspecto? ¿Entonces por qué accediste a casarte con él? —le parecía increíble. Kitty lo vio el día que fue a pedir la mano de Bitty. El rellano de las escaleras era un lugar ideal para espiar a alguien en el vestíbulo sin ser visto. En su opinión, el adusto y silencioso Sr. Knight era un hombre ideal, como mínimo por lo que se refería a sus facciones regulares y sus bellos ojos oscuros.

Bitty se limitó a encogerse de hombros. —No quiero hablar de ello.

—Pues se trata de un pequeño detalle que tendrías que haber mencionado antes —masculló Kitty. Agitó las manos en el aire y dijo: —En estos momentos, el pobre hombre está ahí de pie esperándote! ¡Tienes a todo el mundo entero esperándote!

Decir aquello no había sido lo más adecuado. Bitty dio un paso atrás y, con una habilidad pasmosa, alcanzó su espalda y empezó a desabrocharse los botones de su vestido de seda blanca. —No, no, no... —a continuación Bitty tiró de las mangas, perfectamente ajustadas. Justo ahí, ¡con medio mundo en la iglesia esperando a que saliera por la puerta!

—Bitty, ¿qué estás haciendo? —Kitty se apresuró a subirle el vestido, pero Bitty se retorcía y se resistía a ponerse aquel costoso vestido bordado de seda, tratándolo como si fuera un trapo mugriento.

—¡No!

A Kitty le sorprendió el tono vehemente en la voz de su hermana. ¿Ahora Bitty había decidido dejar al descubierto su espina dorsal? Kitty decidió cambiar de táctica. —Bitty, espera —dijo en un tono de voz tranquilizador—, piénsalo bien. Hoy es el día de tu boda. Todo es como tú has querido. Esta es la iglesia en la que mamá y papá se casaron. Las flores son las que tú siempre has soñado. Tu vestido... —Bueno, para ser sinceros, el vestido era horrible, tan sobrecargado y adornado, sin un solo centímetro que respirara. En su opinión Bitty jamás había tenido buen gusto, como su madre.

Kitty se dejó de delicadezas y fue directa al grano.

—Bettina Melrose Trapp, ¡ponte el vestido inmediatamente! —aquello no surgió efecto. Bitty se quitó el vestido y lo lanzó a una silla sin mayor contemplaciones.

Alguien golpeó la puerta y el ruido retumbó en la iglesia. —¿Chicas?

Kitty cerró los ojos. —Mamá —Las cosas iban de mal en peor. Bitty se apresuró a ocultarse detrás del biombo. La muy cobarde.

La señora Betraice Trapp, respetable matrona y patrona de todo lo socialmente ventajoso, entró en la estancia como un barco cargado de lavanda a toda vela. —¿Kitty? ¿Dónde está tu hermana? Advirtió el vestido en la silla. —¿Todavía no se ha vestido? ¡El párroco nos está esperando!

Kitty temía una escena. Las ambiciones de su madre confrontadas con la teatralidad de Bitty —por cierto, una escena larga, escandalosa y muy pública. Sin perder un minuto, Kitty se le acercó.

—Mamá, tienes que retrasar unos minutos la ceremonia —dijo Kitty a su madre tomándola por la cintura y la dirigiéndola hacia a la puerta— un pequeño percance con el pelo, nada más. Será un momento.

Beatrice Trapp volvió la cabeza y dirigió su mirada al vestido de novia, abandonado y vacío. —Pero vais a necesitar mi ayuda para terminar de vestir a Bitty.

Kitty dio un pequeño empujón a su madre para terminar de sacarla de la habitación y dijo: —No te preocupes, mamá. En breves instantes tienes a la novia lista para casarse.

Fuera como fuera.

En la iglesia había centenares de personas. Aquello significaba que casi un millar de ojos se posarían en Kitty tan pronto como diera el primer paso hacia el altar del brazo su padre.

Este plan es horrible. La conciencia de Kitty parecía golpear contra el muro de aquella mentira, como si estuviera atrapada en ella y quisiera salir. No lo hagas.

Kitty aplacó contundentemente la protesta. Tampoco había para tanto. Sólo le estaba haciendo un favor a Bitty. Lo hacía por ella y por sus padres, y nadie, a excepción de ellas, se daría cuenta. No había para tanto, cuando eran pequeñas lo hacían constantemente.

El Sr. Night permanecía de pie, alto e imponente, junto al párroco. Dios santo, ¿siempre había tenido aquellos hombros tan amplios? El velo de Kitty —de Bitty — pendía místicamente entre ella y el novio —el novio de Bitty.

Kitty volvió al tema que le ocupaba. Sólo iba a tener que aguantar hasta el final de la ceremonia, volver a casa a cambiarse, obligar a su hermana a coger las maletas y darle un beso antes de que se fuera de luna de miel.

Sólo que...había esperado ese momento toda su vida y jamás hubiera imaginado que sería en una farsa, una broma tan indigna. La que tenía que ser su primera y única vez caminando hacia el altar se vio truncada. Kitty no sabía si recuperaría la pureza necesaria para volver a recorrer aquel camino.

Así que cuando llegó al altar y se volvió para ver al Sr. Knight, unas lágrimas muy creíbles aparecieron en sus ojos.

Knight no se preocupó en reprimir un evidente suspiro de impaciencia ante el suave cántico del párroco. La pompa y el simbolismo que envolvían a lo que él veía como una transacción económica no dejaban de sorprenderlo.

La novia rompió a llorar a su lado. Knight esperó que no resultara ser más idiota de la cuenta. Por el momento no había alcanzado a ver rastro de neurona alguna en su cerebro. Las últimas informaciones que le habían llegado de ella le inducían a pensar que ni siquiera parecía saber cuidar de sí misma. La impresión que tuvo de ella el día en que fue a pedir su mano no fue muy favorable, puesto que su única reacción tras conocer la noticia fue parpadear, palidecer y asentir con la cabeza.

Aun y así, Knight no perdió la esperanza de encontrar algo parecido a la inteligencia detrás de aquella vacua apariencia. No podía soportar la idea de tener que pasar un largo e íntimo futuro con una mujer completamente estúpida.

Tomó a la novia de la mano en el momento adecuado, dijo la correspondiente letanía y se unió para siempre a una mujer que apenas conocía de nada.

Felicidad conyugal, dijo el párroco. Knight lo veía como una transacción comercial, nada más.

Todos los invitados acudieron a la mansión Trapp para asistir al banquete nupcial. Tan pronto como le fue posible, Kitty corrió hacia su habitación. Cambiarse le llevaría unos pocos minutos, sobretodo si Bitty lo había dejado todo preparado, tal como habían convenido.

Cuando llegó a lo alto de las escaleras se dio cuenta de que en ningún momento —antes, durante o después de la ceremonia— sus padres habían preguntado por ella...eh...Kitty. Se detuvo ante la puerta de su dormitorio y pasó por alto el dolor que le causaba que nadie hubiera advertido su ausencia en la ceremonia.

Entró a toda prisa en el dormitorio y esbozó una sonrisa, dispuesta a explicar la última hora a Bitty con todo lujo de detalles.

Pero en la habitación no había nadie, y en la de Bitty tampoco. Ni en el cuarto de baño, ni en la pequeña sala de estar. Peor, peor todavía... las maletas de viaje de Bitty habían desaparecido.

Bitty se había esfumado.

Kitty se dejó caer en la cama, sin importarle que el inestimable satén de su vestido, del vestido de Bitty, se arrugara.

¿Qué podía hacer? Estuvo tentada a avisar a sus padres de que Bitty había huido pero... entonces también debería explicarles la farsa que habían llevado a cabo. Y si aquelengaño llegaba a hacerse público...

Kitty tragó saliva. Si la noticia de una novia renuente ya era lo suficientemente escandalosa, ¡la noticia de una novia que se había dado a la fuga supondría la ruina para su familia! Y a ella se la tacharía públicamente de mentirosa y liante. Sus padres se verían arrastrados por el escándalo y no habría forma humana de detenerlo. ¡El Sr. Knight incluso podría llegar a denunciarlos aduciendo algún delito criminal!

—Oh, Bitty —dijo suspirando—¿Qué hemos hecho?

Estaba mareada y cada vez se encontraba peor. Kitty se levantó para poder llegar a los botones del vestido que estaba empezando a odiar, cada vez con más fuerza. No fue fácil, pero se las apañó para salir de él. Por suerte, no había tenido que llevar corsé porque Bitty había ganado algo de peso durante su compromiso.

Por primera vez, a Kitty se le ocurrió pensar que su hermana quizás había sido muy infeliz durante todo el compromiso. Kitty intentó recordar si Bitty había intentado comunicar esa infelicidad en alguna ocasión.

No fue capaz de pensar en ningún momento concreto, pero ahora que lo pensaba, Bitty últimamente había estado muy callada, sobre todo cuando no estaba organizando los detalles de la boda.

Kitty siempre había procurado ser honesta consigo misma y de repente se dio cuenta de que quizás se había mostrado un tanto celosa de su hermana durante los preparativos de la boda. De hecho, justo después de que el compromiso se hiciera público, Kitty había hecho todo lo posible para evitar hablar con su hermana, y lo había justificado ante sí misma diciéndose que no tenía por qué oír por enésima vez como iba a ser el encaje del velo de Bitty.

Tendría que haberse dado cuenta de que aquella Bitty insoportable era en realidad una Bitty desdichada. Ahora era demasiado tarde. Bitty había huido y Kitty no tenía la más mínima idea de donde podía estar. Si de algo estaba segura era de que no debía estar con ninguna de las familias que conocían, puesto que nadie iba a ayudar a una jovencita a buscarse su ruina. Así pues, ¿dónde podía estar?¿cuándo volvería?

¿Por qué la había dejado en la estacada? Bitty siempre había sido una persona profundamente absorta en sí misma, de ello no cabía la menor duda, pero tenía que darse cuenta de que Kitty no iba a poder guardar aquel secreto para siempre. ¿Qué sentido tenía aquella falsa boda si Bitty jamás se había planeado comportarse como una esposa?

Vestida con sólo una camiseta y unas medias, Kitty empezó a dar vueltas por la habitación. Debía ordenar su mente, aquello era lo que la tía Clara le hubiera aconsejado. La tía Clara era Lady Etheridge, la esposa del consejero del Primer Ministro. También era una famosa caricaturista de políticos que no temía a nada ni a nadie.

A Kitty le hubiera encantado que la tía Clara estuviera a su lado en aquellos momentos, pero Lady Etheridge había comunicado su ausencia del banquete nupcial debido a su falta de apetito aquella mañana.

Kitty cogió el cepillo de plata e intentó deshacer la maraña en que se había convertido su pelo tras ponerse el velo.

Antes de desaparecer, Bitty había tenido tiempo de quitarse el complejo entramado de lazos y nudos que Kitty se había encargado de confeccionar aquella mañana. No es que fuera algo habitual en ella, Bitty había insistido en que fuera su hermana quien lo hiciera y no una doncella aquella mañana.

En el momento, Kitty se había sentido halagada, y muy dispuesta a hacerle el favor, pero de pronto un oscuro pensamiento le vino a la cabeza. ¿Y si Bitty hubieraplaneado su huida con antelación? ¿Podría entonces haberla inducido maquiavélicamente a que fuera al altar en su lugar, en una especie de sacrificio antiguo?

No, era evidente que Bitty no era capaz de semejante bajeza. El pánico de aquella mañana era verdadero, de ello no le cabía la menor duda, Kitty hubiera puesto la mano en el fuego. Bitty simplemente se había exaltado más de la cuenta y había decidido huir de sus propios temores.

Seguro que era eso.

Bitty volvería, a Kitty no le cabía la menor duda. Su hermana volvería tan pronto como se hubiera calmado y a tiempo para hacer el cambio. Todavía no era necesario alertar a mamá y papá. El Sr. Knight...

Continuaría con aquella farsa hasta que Bitty volviera, quizás aquella misma noche o la mañana siguiente. Bitty no iba a rebasar los límites de la corrección pasando tantas noches fuera de casa. Podría apañárselas una noche, dos ya era difícil y pasadas las dos noches necesitaría la ayuda de toda la familia y el servicio —y ello significaría que empezarían a correr rumores. No, Bitty estaría de vuelta en casa en menos de dos días.

Claro que eso no le aclaraba lo que Kitty debía hacer esa noche.

La noche de bodas.


LA PROPOSICIÓN- THE PROPOSITION

LESLIELAFOY

Para las madres del Wichitar Junior Wind Hockey

Lo mejor del juego

CAPITULO 1

Londres, Inglaterra

30 de abril de 1877

Julia Hamilton observó su reflejo en el espejo del baño de señoras y se preguntó cuándohabía empezado a envejecer, en qué preciso instante el cansancio se había asentado en sus huesos. Intentó sonreír pero lo único que consiguió fue intensificar las arrugas de la comisura de la boca y hacer que sus ojos azules se vieran todavía más apagados y pálidos. Se suponía que las futuras novias tenían que estar resplandecientes y rebosantes de alegría.

Resplandeciente definitivamente no estaba. Y alegre... Julia suspiró. Las fiestas jamás le habían llamado la atención; no le gustaba el ruido ni las luces brillantes, las conversaciones absurdas ni la estúpida competencia que se establecía entre las mujeres. Todo aquello le parecía una monumental pérdida de tiempo y energía. Y la fiesta de aquella noche le estaba pareciendo más ruidosa, absurda e imprescindible que nunca.

Por lo menos, Julia se dijo a sí misma tras echar un vistazo a media docena de mujeres que se acicalaban frente a los espejos, ella ya había dejado de formar parte de aquella competición. El hecho de que se hubiera prometido el mes pasado no sólo la había excluido de aquella refriega indeseable, sino que también la había hecho en cierta medida invisible. No parecía gran cosa, pero ella se alegraba en grado sumo. Y todavía se alegró más cuando su prometido le comunicó que no tardarían demasiado en irse.Por desgracia, tendrían que esperar un poco antes de poder disfrutar de semejante liberación. Lawrence debía ocuparse de unos asuntos. Tal como había anunciado justo después de saludar al anfitrión y la anfitriona, y justo antes de dejarla sola en mitad de la sala de baile.

—¡A que no sabéis quién está aquí!

Julia y todos los demás allí presentes se giraron para saber quién era aquellamujer, casi sin aliento, de pie en la entrada que guardaba semejante secreto. Por la forma en que presionaba su estómago, cualquiera hubiera dicho que las noticias eran tan fabulosas que se había ido corriendo al baño de señoras parapoder compartirlas. El brillo en sus ojos le hizo pensar que quizás se trataba de algún miembro de la realeza. La mujer recorrió la estancia con sus ojos y antes de que nadie pudiera decir nada espetó: —¡Rennick St. James!

A Julia el corazón le dio un vuelco, se quedó sin respiración y el pulso se le aceleró sobremanera. ¿Rennick estaba de vuelta en Inglaterra? ¿Estaba allí? Era como si lo estuviera viendo; su traviesa sonrisa, el destello de sus ojos negros, sus finamente cincelados rasgos. Y como si se viera a ella también. Correría a saludarlo, se lanzaría a sus fuertes brazos sonriente y dejaría que la estrechara fuertemente contra su pecho.

El corazón le latía con fuerza y la sangre le hervía, pero Julia se apresuró a aplacar aquel impulso. ¿Cómo podía ni siquiera pensar en algo así? Con solo hablar con Rennick se exponía al escándalo. Si se arrojaba a los brazos de Rennick en la sala de baile y...Londres jamás lo olvidaría, Lawrence jamás se lo perdonaría y Giles se retorcería en la tumba. Y sus hijos... El pulso de su corazón se estaba volviendo a activar. Gracias a Dios, Christopher y Emma se encontraban estudiando lejos de allí y no se iban a enterar de que Rennick había vuelto. Lo adoraban. Del mismo modo que él los adoraba a ellos. Con qué empeño habían insistido en que su madre lo esperara. Jamás pudieron entender por qué no lo hizo.

—¿Lo has visto? —oyó que alguien preguntaba.

—Sí —respondió una chica que acababa de entrar en el baño—. Ha entregado el sombrero y sus guantes, y cuando yo salía de la habitación, saludaba a Lord y Lady Wells.

—¿Como sabes que era él? —alguien le preguntó.

—Me lo ha dicho mi padre. También me ha dicho que permanezca lo máximo alejada posible de él —informó la chica, que apareció de repente a sus espaldas paramirarse en el espejo. Se pellizcó las mejillas y añadió: —Mi padre también me ha dicho que si me pide la tarjeta de baile, debo encontrar una forma cortés de negarme.

Julia recogió su bolso y su abanico y se levantó, dejando el espejo libre para la chica. Rennick jamás pedía tarjetas de baile. En todo caso cogía la tarjeta, sonreía perversamente, la hacía a pedazos y bailaba con la chica todo lo que quería. Algo que se correspondía a la perfección con su forma de ver la vida. Cuánto lo había echado de menos aquellos tres últimos años. Con Rennick la vida era siempre tan intensa, tan deliciosamente impredecible. Incluso las fiestas se hacían soportables cuando Rennick estaba alrededor.

Una voz ansiosa preguntó: —¿Es tan guapo como dicen?

—Oh, sí —suspiró la chica, apretando los labios con la intención de hacerlos parecer más carnosos y brillantes.

—Me pregunto por qué habrá vuelto a Londres así, tan de repente.

—Su padre está mal de salud, tontita —dijo alguien desde el otro extremo de la habitación—. No te enteras de nada. El título de conde será suyo en menos de un año.

¿Lord Parnell mal de salud? Julia parpadeó, sorprendida por la noticia. ¿Cómo era posible que no se hubiera enterado antes? No tardó en encontrar la respuesta. Robert St. James, el duque de Parnell, era uno de los mejores amigos de Giles, de edad similar. Tras el fallecimiento de su esposo, su círculo de amigos se había ido modificando casi sin darse cuenta.

—Bueno, pues me alegro de que tu padre te advirtiera que te alejaras de él —dijo una chica de grandes pechos y un corpiño de seda verde que apenas le cubría los pezones—. No me hubiera gustado nada tener que vérmelas contigo en mi camino a la consecución del título.

—No creo que un hombre como Rennick St. James se vaya a interesar por alguien como tú.

Julia arqueó una ceja y echó un vistazo a todas y cada una de las mujeres de aquella habitación. A menos que hubiera cambiado mucho en su exilio, Rennick nosería capaz de rechazar ni una sola mujer de las presentes. Al menos hasta poderlas probar todo lo que ellas le permitieran. Y lo más probable era que al menos dos o tres de ellas le dejaran probar todo lo que tenían.

—Pues tengo un buen linaje que ofrecer.

—Lo último en que está interesado Rennick St. James es en linajes —dijo una voz familiar desde la entrada. Julia sonrió y se sentó en el sofá tapizado mientras Anne Michaels entraba en la habitación con su característico aire de serena autoridad—, a menos que estéis dispuestas a entregarle vuestra virtud, no advertirá vuestra presencia.

—Quizás yo lo esté —dijo la chica cuyo padre le había prohibido terminantemente bailar con Rennick.

—Tampoco serás la primera en estarlo —dijo Ann entre risas dejándose caer en el sofá, al lado de Julia—. Pero si lo haces pensando que te va a pedir matrimonio al día siguiente, estás muy equivocada. Tampoco serás la única mujer en esa cola. Está muy solicitado.

—En mi opinión, eso todavía lo hace más atractivo —dijo la chica del vestido verde ahuecando los rizos que enmarcaban su rostro—. Imaginad el triunfo de ser la persona con la que finalmente sienta cabeza.

— jamás sentará la cabeza —dijo Anna, reproduciendo en voz alta los pensamientos de Julia—, quizás se llegue a casar para tener un legítimo heredero, pero compadezco a la mujer que escoja para ello. Será una yegua de cría y nada más. Jamás le podrá ser fiel. Él es incapaz de semejante restricción.

Y ella morirá con el corazón en un puño, añadió Julia para sus adentros con el cuello tensado. Abrió el abanico y produjo con él una brisa que refrescara sus súbitamente acalorados pechos y cuello. Aquel movimiento no pasó desapercibido a Anne.

—Julia, cariño —susurró mientras jugueteaba con una de las rosas de seda que caían en cascada por los hombros de Julia—, me ha sorprendido bastante que vinieras esta noche. Pensé que declinarías la invitación de Lady Well arguyendo puro cansancio.

Lo había intentado. No menos de tres veces, pero Lawrence no había querido ni siquiera escucharla. Julia apenas logró esbozar una débil sonrisa. —Lawrence es de la opinión de que las fiestas son el pretexto perfecto para hacer negocios después de laoficina.

—Y no podría atender a ellas sin ti —dijo su amiga con pleno conocimiento de causa—no sin levantar ciertas sospechas respecto a vuestra próximas nupcias —dijo mientras ajustaba el nudo de un lazo de grosgrain—. ¿Y cómo marchan los preparativos?

Los preparativos. Había terminado odiando todo pensamiento que tuviera que ver con ellos. Otra de sus tendencias antinupciales. —Hasta la fecha —respondió, haciendo acopio de todo lo que pudo para poder esbozar una sonrisa que pareciera serena— todavía quedan por decidir muchos detalles. Espero que los próximos cuatro días se sucedan con normalidad, sin crisis de ningún tipo. Quizás sea por la edad, pero no recuerdo todo este trabajo en mi primera ceremonia.

Anne soltó una risita. —Me pregunto cuál va a ser la reacción de Rennick cuando se entere de tus planes.

Le ocurría algo increíble, desconcertante y asombroso. Al recordar el rostro de Rennick, parte de su sangre corría tranquila por sus venas. Pero la otra mitad hervía como lava. Julia aceleró el ritmo de su abanico y consideró que lo mejor que podía hacer era mostrarse, al menos en apariencia, circunspecta. —Dudo mucho que lo sepa. Y si así fuera, no creo que haya ninguna razón por la que él deba considerarlo algo malo.

—Era buen amigo de tu último marido, que en paz descanse.

También había sido buen amigo suyo, pero aquella información no aportaba nada bueno a su plan de mantener las apariencias. —Rennick no dudará, en la primera oportunidad que se le presente, en darme el pésame por el fallecimiento de Giles, pero a parte de eso, no creo que tengamos nada más de lo que hablar.

—Bien —dijo la chica del vestido verde alejándose del espejo y tirando del corpiño para dejar sus pechos todavía más al descubierto—, no me gustaría nada tener que competir con usted también , Lady Clayburn.

—Ello no será necesario porque no pienso interponerme en su camino —prometió Julia—y le deseo —a todas ustedes —toda la suerte del mundo.

Tal como era de esperar, aquella declaración las indujo a la acción. Con una sonrisa apenas contenida, Julia observó a la chica del vestido de seda verde mirar hacia la puerta y junto a las otras jóvenes chicas emprender una rápida salida.

Cuando la última falda desapareció de la habitación Anne se rió. —Comomariposas alrededor de la luz.

—No creo quehaya ninguna mínimamente capaz de rechazarlo —añadió Julia con un gesto de negación—, pero como regalo de bienvenida, estará encantado.

—¿Podría comentarte algo, Julia?

—¿Acerca de qué? —preguntó con cautela, conociendo bien su tendencia a la honestidad.

—De la vida, supongo.

Julia se preparó. Aceleró el ritmo del abanico y procuró pensar en una excusa para poder salir de la habitación. Pero para ir ¿dónde?, planteó su mente racional. ¿Para que Rennick la pudiera ver? ¿Salir ahí y que resistir la tentación de verle? Dios, a nadie le sentaba mejor la ropa que a Rennick St. James. Resultaba tan apetitoso, tan decadentemente sencillo imaginar su cuerpo desnudo.

—Lawrence Morris quizás sea el Caballero del Reino —dijo Anne en voz baja —y la mente financiera más aguda del imperio, pero has elegido el camino más cómodo, Julia Hamilton. Puedes hacerlo mucho mejor.

Y también podía hacerlo mucho peor. —¿A qué te refieres? A mí no me interesan ni los títulos ni el estatus social. Tú lo sabes. O al menos deberías saberlo.

—No es eso a lo que me refiero —Anne replicó al instante—. Lawrence se parece mucho a Giles. Aunque es considerablemente más joven y menos agradable. ¿De verdad no esperas más de tu segundo matrimonio?

Su estómago estuvo a punto de tomar la iniciativa pero su mente racional le devolvió el control y ofreció una explicación razonable: —En realidad no. Y tiene que ver en gran medida con el confort de lo predecible y el equilibrio familiar.

—¿Y nada entonces que ver con Rennick St. James?

El pulso se le aceleró y el cuello se le volvió a tensar. Inconscientemente, Julia volvió a acelerar el ritmo del abanico. Cuando se percató del estado de nerviosismo que aquel hecho delataba, lo cerró de golpe y lo dejó caer en su regazo. —Tengo treinta y tres años, Anne —indicó, aliviada de que su voz no sonara entrecortada ni agitada, que era exactamente como se sentía por dentro—, soy demasiado mayor para ejercer de yegua de cría. Y demasiado orgullosa para tener que ver como mi marido emprende aventura tras aventura.

Anne hizo un gesto de negación con la mano. —A los treinta y tres no se es demasiado mayor, Julia. Mi madre tuvo cuatro hijos a esa edad. Y por otro lado, Rennick podría haber cambiado en estos últimos tres años. Podría estar finalmente preparado para establecerse y formar una familiar.

— ¿Rennick? —soltó una carcajada—. Jamás. Tú misma lo has dicho hace unos minutos. Fallezca joven o fallezca mayor, el fin le llegará sin duda alguna en el lecho de la mujer de otro, eso lo sabemos todos.

—Y la pena es que —dijo su amiga levantándose del sofá— tú no seas lo suficientemente audaz como para que sea tu cama.

—¡Anne!
Anne se puso en jarras, esbozó una gran sonrisa y la miró con las cejas arqueadas. —Por el amor de Dios, Julia. Debes ser la única persona sobre la faz del la tierra que no sabe que Rennick era en gran parte amigo de Giles porque quería seducirte.

Oh, Dios. Con lo que había trabajado para guardar las distancias y conseguir una relación intachable con su marido para que nadie pusiera en duda la rectitud de su carácter y la felicidad de su matrimonio. ¿Y había sido todo en vano? ¿Habían estado cuchicheando a sus espaldas durante los últimos trece años?

—Oh, no. No te preocupes —respondió Anne afectuosamente—todo el mundo sabía que Rennick no tenía la más mínima posibilidad. Eres la corrección en persona. Todo el mundo sabía que a Rennick le atraía el hecho de que tu conquista fuera una causa perdida.

—Yo no soy la corrección en persona —protestó Julia—. “No si tenemos en cuenta los pensamientos y sueños perturbadores que asedian a mi cabeza”, dijo para sus adentros.

—Ya —Anne replicó—, nos conocemos desde siempre. Nómbrame una única ocasión en la que no hayas actuado en base a las expectativas de los demás. Nómbrame una sola ocasión en que deliberadamente —o incluso accidentalmente— hayas dado cualquier paso que hubiera podido levantar el más mínimo rumor.

—¿Por qué iba a querer levantar un escándalo?

—¿Escándalo? Julia, querida, jamás has dado a hablar, ¿cómo quieres ahora levantar un escándalo? El escándalo está muy por encima de tus posibilidades.

—¿Y debería sentirme avergonzada por ello? —le preguntó, por alguna extraña razón profundamente dolida.

—No, para nada —respondió afectuosamente—. Sólo intentaba sugerirte que cuando Rennick St. James se acerque a ti y te ofrezca sus condolencias, tantees un poco el terreno y veas si hay algo más de lo que tengáis que hablar.

Sabía de lo que Rennick iba a querer hablar con ella. Lo había visto en sus ojos en incontables ocasiones, lo había percibido en la forma en que pronunciaba su nombre. Y Julia sabía lo mucho que aquello lo afectaba, lo peligroso que resultaba estar cerca de él. —Me caso dentro de cinco días, Anne. Es un poco tarde para disfrutar de las poco honorables atenciones de Rennick.

Anne suspiró profundamente e hizo un gesto de negación con la cabeza. —¿Y a quién le importa que sean o no sean honorables, Julia? Y será demasiado tarde cuando seas Lady Morris. Por el amor de Dios, ¿quieres pasar el resto de tu vida preguntándote cómo hubiera sido hacer el amor con Rennick St. James?

Julia la miró, sorprendida por el hecho de que Anne conociera el secreto más oscuro y profundo de sus tormentos. ¿Es que todo el mundo lo sabía?, ¿sería ella tan transparente? —No puedo creer —dijo tartamudeando— que te hayas atrevido a sugerirme algo así.

—Permíteme que te dé un consejo, querida... —su sonrisa había desaparecido —Si estuviera en tu lugar —dijo con gravedad— me tiraría encima suyo antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. La vida es para vivirla. Y es mejor vivirla de una forma desenfadada que con prudencia y recato. Por una vez en tu vida, Julia Hamilton, atrévete a vivirla. Aunque sólo sea durante unas horas.

Y tras semejante pronunciamiento, un franco y duro desafío para Julia, Anne se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Julia sola en el baño de mujeres, aturdida y desorientada. Y asustada.

Abrió el abanico e inició un lento movimiento, mientras reflexionaba sobre el camino que la había llevado al horrible dilema al que se veía inesperadamente enfrentada. Ella tenía diecisiete años cuando su padre la casó con Giles Hamilton. Él era treinta años mayor que ella, viudo y sin hijos, y el hombre más considerado, adorable y maravilloso que jamás había conocido. Ella se sentía complacida de ser su esposa, la madre de sus hijos, la señora de sus fincas.

Y un día de invierno treinta años atrás, Giles volvió de un viaje de negocios de Londres con Rennick St. James. Julia lo conoció en el vestíbulo y desde aquel día su vida no volvió a ser la misma. Tras mirarle a los ojos sintió que un arco de calor se l